Actions

Work Header

CAYENDO POR VOS

Summary:

Franco solo tenía que cuidar a un gato. Fácil, ¿no?
Pero cuando Ozzy decide treparse a un árbol y dejarlo colgado como un koala histérico, las cosas se complican.
Entre un vecino chismoso, un bombero demasiado atractivo y un montón de vergüenza, Franco descubre que a veces los rescates no son solo de cuatro patas...
AU con mi ship favorita: FRANSCAR

Notes:

Buenas noches para todos!!
ACLARACION IMPORTANTISIMA: Si encuentran este fic en WATTPAD, es de mi propiedad! Asi que no se asusten.
En el fic se van a encontrar con modismos argentinos!
Sin más espero que lo disfruten!

Chapter Text

Franco Verstappen supo que debió negarse desde el momento en que Lando —su mejor amigo y vecino del 6.º piso, depto. H— le tiró la brillante idea de cuidar a su gato. Un maine coon de tres años llamado Ozzy.
Sin dejarle espacio a dudas ni negativas, aun cuando Franco con suerte podía cuidar de él mismo y de las dos plantas que tenía en su depto. —y solo porque no debía regarlas todos los días—, pronto tuvo un nuevo inquilino en su hogar.
Hoy era sábado y el día estaba medio gris en Londres. Ideal para estar en el sillón con el mate calentito mientras veía la nueva serie que Gabi, su compañero brasileño del trabajo, le había recomendado. A su lado, bastante cómodo y ocupando poco más de medio sillón, estaba Ozzy. Ambos disfrutaban de la paz del momento: el gato ronroneaba y Fran le hacía mimos detrás de las orejas. Muy distinto a la mañana, cuando se habían desconocido.
Ozzy, en un berrinche, había tirado su tazón de agua sobre el del alimento. Y sí, puede ser que al argentino se le haya pasado por alto cambiarle el agua, pero esa no era excusa para semejante comportamiento, si alguien le preguntaba.
—¿Podés creer que deje que el chabón la trate así? —full concentrado en la escena que se desarrollaba en la pantalla de su televisor, Franco le preguntó al gato. Y como si este entendiera lo que le dijo, levantó la cabeza, lo miró un instante y volvió a acomodarse mejor.
—Sí, tenés razón, es una tarada —y le dio un sorbo a su mate, volviendo a centrar su atención en el televisor.
Después del cuarto capítulo consecutivo, y ya sintiendo el trasero un poco entumecido, Fran pensó que era hora de hacer un stop, estirar las piernas y ver qué iba a cenar esa noche.
—Bueno Ozzy, es hora de estirar las piernas —movió la cabeza buscando con la mirada al gato en el sillón. Grande fue su sorpresa al no encontrarlo.
—¿Ozzy? —volvió a llamarlo. Al no obtener respuesta, de un salto se levantó del sillón y comenzó a buscarlo.
Se fijó en la cocina, en su dormitorio, en el baño e incluso en el lavadero, pero del gato ni un bigote.
—Pero será posible, la puta madre. ¿Dónde se metió este gato? —su acento argento brotó de sus labios al tiempo que los nervios se le crispaban.

 

“DIOS POR FAVOR DECIME QUE NO DEJE LA PUERTA DEL BALCÓN ABIERTA”. La voz en su cabeza, que extrañamente sonaba a la de su amigo Lando, le advirtió. Ni siquiera tuvo que acercarse porque ya veía la cortina moverse por la brisa. Salió al balcón y, antes de poder llamar al felino con la esperanza de que quizás estuviera jugando entre las plantas que decoraban el lugar, un maullido se escuchó.
Sus ojos buscaron frenéticos al maine coon, solo para encontrarlo sobre una de las ramas más altas del árbol cercano, aferrado como si su vida dependiera de ello, y quizás no solo la suya.
Franco volvió a pensar que debió haberse negado a cuidar al gato, o que si ya había aceptado el trabajo al menos debió haber puesto la tela de protección para evitar JUSTAMENTE que esto pasara. Pero como no lo hizo, estas eran las consecuencias.
Sabía que no debía ponerse nervioso ni caer preso del pánico, debía mantener la calma y tratar de salir de esa situación de vida o muerte. No solo para el gato, sino también para él: si algo le pasaba al felino, el siguiente en morir sería él, pero a manos de Lando.
—Tranquilo Ozzy, ya busco con qué bajarte —le dijo al gato, otra vez esperando que lo entendiera. El tema es que no alcanzó a dar ni dos pasos cuando otra vez el maullido lastimero y asustado lo llamó.
Franco juró que vio los mejores momentos de su vida pasar delante de sus ojos. Fue un lindo espectáculo, lástima que no pudo disfrutarlo, porque Ozzy ahora colgaba de sus patas delanteras.
El subidón de adrenalina lo empujó y, antes de siquiera pensarlo, su cuerpo ya había cruzado el barandal. Ahora eran él y Ozzy los que compartían lugar en la rama.
—¡Franco! ¡¿Qué estás haciendo, niño?! —una voz desde abajo gritó espantada. George, su vecino del 5.º B, lo había reconocido al instante.
“Lo que me faltaba,justo vos tenías que estar afuera, George”. Si no estuviera ocupado tratando de alcanzar al gato —que se alejaba como si él tuviera la peste— y de no caerse, Franco le habría puesto cara de pocos amigos.
No lo malentiendan, a él le agradaba su vecino. George era un tipo bastante copado, amable —como cualquier británico—, pero un chismoso de primera. Y en este momento no estaba interesado en tratar con él.
—Tranquilo, Georgi, está todo bajo control —trató de hacerle saber que todo estaba bien, pero sus ojos estaban fijos en el felino. Esa era su meta.
De ser así, habría visto que su vecino ya había sacado el celular de su bolsillo y, histérico, marcaba el número de emergencias.
—Ozzy, amor, vení para acá —estiró la mano tratando de agarrarlo, pero el animal volvió a alejarse, igual de espantado.
—Gato hijo de puta —no pudo evitar que el insulto se le escapara de entre los dientes.
—Fran tranquilo, ya vienen los bomberos —desde abajo, su vecino volvió a gritarle.
Solo entonces Franco miró en dirección a George, para encontrarse con la larga figura del hombre con su celular en mano.
—¿Qué? ¡George, no! Está todo bien, lo tengo bajo control —y como si el destino quisiera burlarse de él, la rama crujió.
Espantado, Franco abandonó su intento de rescate y abrazó el tronco con ambos brazos, buscando que la rama no se partiera.
“Causa de muerte: caída de un árbol en un intento patético de salvar al gato de su mejor amigo”. Si no estuviera luchando por no caerse, Franco se hubiera reído de sí mismo y de su ridícula muerte.
— Ozzy por favor, bajá— si moría al menos quería estar seguro de que el gato regresara a su dueño.

Grande fue su sorpresa — y sus instintos asesinos también— cuando vio que el gato, bajaba muy tranquilamente de la rama y regresaba a su balcón. Cómo si nunca hubiera estado en peligro.

Oh…. Antes de morir cometería gatisidio. El estupido gato jamás había estado en peligro y ahora, él; que había saltado sin pensarlo, había sido abandonado a su suerte.

—Tranquilo, en un momento estoy con vos —de pronto una voz desconocida llegó a sus oídos.
Franco pestañeó. ¿Era Dios? ¿Era su ángel guardián? Nop: era un bombero en el autobrazo del camión, que flotaba a pocos metros de él.
Y pensó que quizá morir por la caída no iba a ser tan terrible si se ahorraba la muerte por la vergüenza. Porque no había escuchado la sirena del móvil ni el autobrazo extenderse.
—Te llamás Franco, ¿no? —volvió a hablar el bombero.
—¿Cómo sabés eso? —encontrando su voz y superando la sorpresa inicial, Franco pudo responder.
—George, tu vecino, me dijo tu nombre.
“PERO GEORGE, LA CONCHA DE TU MADRE, CHABÓN”. Mentalmente Franco deseó a su vecino una muerte lenta y dolorosa, mientras todavía se aferraba al roble cual koala.
—Bien, Fran, necesito que te acerques lo más que puedas, yo te voy a agarrar —por mucho que el bombero estaba siendo amable, Franco no quería soltar el tronco.
Su expresión debía haberlo delatado, porque el bombero volvió a hablarle:
—No podés quedarte aquí arriba —Fran vio como el bombero le dedicó una mirada que rozaba entre divertida y de regaño—. Te prometo que aquí te recibo. No te voy a dejar caer.
Fran negó con la cabeza. La idea de abandonar la seguridad del árbol lo aterraba.
—Soy Oscar y te prometo que aquí te espero, Fran.
Había algo en el tono de voz del bombero que lo atrajo, como si una cuerda invisible lo obligara a hacerle caso.
Aun con miedo, Franco estiró su brazo izquierdo en dirección al agente civil y, antes de que pudiera darse cuenta, la mano enguantada lo rodeó de la muñeca. Ya con un poco más de confianza, soltó la corteza y, con un pequeño movimiento, saltó hacia la caja del autobrazo.
—Te tengo —Oscar rodeó la cintura de Franco para afirmarlo.
Franco se removió un poco en sus brazos, hasta que sus rostros quedaron peligrosamente cerca. Y el niñero de Ozzy juraba que jamás había visto un par de ojos tan bonitos. Y él hablaba desde la experiencia.
Lando, su mejor amigo, tenía unos verdes preciosos. George, su vecino chismoso, tenía los azules más claros que se podían imaginar. Incluso su padre Max tenía unos azul grisáceo únicos, y de Sergio había heredado esos marrón verdosos que veía en su reflejo.
Pero la mirada miel que lo tenía atrapado en ese momento… le sacó el aire de los pulmones. Jamás había visto unos ojos tan lindos.
—¿Estás bien? —el hombre le preguntó mientras el brazo del móvil comenzaba su descenso.
Franco parpadeó, tragó saliva… y lo único que salió de su boca fue:
—Eh… hola.
Porque claro, nada mejor que saludar al bombero con los ojos más lindos que haya visto nunca. Eran como la miel. Y Fran amaba la miel.
Dándose cuenta de la boludez que acababa de decir, frunció el ceño ligeramente y contestó:
—Sí, sí, estoy bien. Solo… solo estaba un poco asustado —mentir antes de aceptar que acababa de quedar prendado de un desconocido de mirada de miel era mejor que cualquier cosa.
—Me alegro. Ahora vamos a bajar, ¿sí? Tranquilo.
Después del breve intercambio, el autobrazo regresó a su lugar natural y ambos pasajeros pudieron descender.
Fran jamás en su vida diría que estaba tan feliz de estar en tierra firme. Y puede ser que tuvo que recibir la ayuda de otro bombero, un hombre moreno impresionante; y si se le quedó mirando tampoco podían culparlo: los hombres en uniforme eran su debilidad.
—¡FRAN! —George pronto estuvo al lado suyo y lo abrazó como si fuera su padre.
—Mocoso, me asustaste. ¿Qué hacías ahí arriba? —lo regañó como si lo hubiera encontrado robando galletas de la alacena y no colgando desde el 6.º piso.
Frunciendo el ceño, decidió que mejor ignoraría a George por el momento antes de ser maleducado. Así que se escapó de sus brazos y volvió a concentrarse en el bombero que lo había ayudado.
—Muchas gracias por haberme ayudado y lamento las molestias. Georgi no tendría que haberlos llamado; tenía todo bajo control —realmente odiaba que su vecino hubiera llamado a los bomberos, y más ahora que tenía un adonis delante suyo.
Oscar, parado delante suyo —muy cerca, si alguien le preguntaba, pero no, no se estaba quejando—, procedió a sacarse el casco amarillo y la capucha ignífuga, dejando a la vista su piel pálida y su cabello claro. Centró toda su atención en Franco y le regaló una sonrisa que lo encandiló.
—No pasa nada, para eso estamos.
“DIOS CHABON TENES QUE SER TAN LINDO LA PUTA MADREEE” La voz de su cabeza seguía sonando como Lando.
De repente, el mismo bombero que lo había ayudado a salir de la caja; el moreno impresionante, se acercó con un papel y lapicera en mano y le susurro algo al oído a Oscar.
—Jefe— el bombero centró su atención en el moreno— Si, ya le pido los datos.
Y antes de alejarse, el moreno ojeó a Franco, movió la cabeza en señal de saludo y se alejó.
— Bien, disculpa pero voy a necesitar tus datos para el registro de la intervención— Oscar dejó el casco en el piso y agarró la lapicera. A Fran le llamó la atención pero si se lo pedía el agente civil era por algo, ¿no?
— Nombre completo? Dni? ¿Edad? Celular?

Fran brindó toda su información, y puede ser que ahora que los niveles de adrenalina bajaron ya esté imaginando cosas, pero cuando dijo su edad; Oscar recorrió descaradamente su cuerpo.
¿Se sintió manoseado visualmente?Si. ¿Se iba a quejar? Negativo a base, porque él ya había relojeado a Oscar del derecho y el revés.

—¿Qué hacías en el árbol?— le consultó.

Y toda la vergüenza que había sentido hace un momento regresó con la fuerza y rapidez de un tren bala a toda máquina.

—Yo…si....— Fran podía sentir el calor subiendo desde el cuello hasta la frente—Pasa que el gato de mi amigo saltó al árbol y traté de rescatarlo pero el desgraciado volvió solo al balcón y me dejó abandonado. Igual insisto, George no debió molestarlos,yo podía solo— había que fingir autosuficiencia hasta el final.

—Igual hizo bien tu vecino, si te caías desde esa altura es muy probable que te quebraras algo. Y dijiste ¿gato?— Oscar trató de hacer memoria si había un felino con Fran, pero no había nadie ni nada más con el joven.
—Si, Ozzy. Es el gato de mi amigo Lando. Lo estoy cuidando porque él no está.
Franco se quiso golpear la cabeza pero cuando estaba nervioso hablaba hasta por los codos.
— Bien. Eso sería todo. Ahora te acompaño a tu departamento para verificar que el gato esté bien y eres libre de nuestra presencia— Oscar se rió solo de su propio chiste. Y aunque Fran soltó un risa suave por dentro pensaba
“Pero si te queres quedar no me quejo”

En un silencio bastante cómodo para cualquiera que conociera a Franco Verstappen y su incapacidad de quedarse callado más de 5 minutos, subieron los pisos hasta su departamento.
Oscar ingresó a su hogar y encontró al gato tranquilo en el sillón, como si Ozzy no hubiera sido el responsable de semejante movimiento. Después de un rápida revisión informa:
—Ah, parece que está perfectamente bien— y le regala un mimo detrás de las orejas.
Franco se rasca la nuca, incómodo.
—Sí… el muy hijo de… —mira al gato, que lo observa con cara de “¿y vos qué mirás?”— …el muy travieso. Ni siquiera sé en qué momento salió por el balcón.
Oscar sonríe, corta la tensión con un:
—Bueno, misión cumplida. Me alegro que todo esté en orden.
—Oscar ¿verdad?— cuando recibió la confirmación, continuó— En serio les agradezco que hayan venido a ayudarme. No se como agradecerles.
— No te preocupes, un placer ayudarte y que no haya sido nada más grave— otra vez esa mirada por su cuerpo.
“Basta papi de mirarme así, que no te dejo salir de aquí. !FRANCO CONTROLATE POR FAVOR!” Su mirada estaba fija en cualquier lado que no sea el rostro de Oscar, pues tenía miedo de que su expresión demuestre lo que pensaba.
Se despiden. Oscar se va, no sin antes regalarle otra sonrisa brillante al joven.
Franco cerró la puerta y soltó un suspiro largo. Se giró hacia el sillón, donde Ozzy lo miraba con total indiferencia.
—¿Vos te das cuenta, no? —gruñó—. Por tu culpa casi me mato, y encima me hiciste pasar la vergüenza del siglo.
El gato bostezó y se acomodó, como si nada.
—Claro, ni bola me das. Traidor peludo —resopló Franco, dejándose caer en la silla.
Un golpe en la puerta lo hizo saltar. Bufó, seguro de que era George con algún comentario. Abrió sin mirar… y se congeló.
—Oscar… ¿Qué hacés acá?
El bombero se rascó la nuca, incómodo, con la libreta todavía en la mano.
—Perdón, sé que ya me fui y te juro que no soy así… no podía irme sin decirte que… bueno, sos hermoso— con un ligero temblor en las manos, Oscar le extendió un papel cortado bruscamente.
Franco parpadeó, rojo como un tomate, mudo. Ni en sus más locos sueños imaginó que algo como esto le pasaría a él. Recibió el papel y en él, escrito a las apuradas, había un número de celular.
Como si ya no estuviera lo suficientemente sorprendido, centró su mirada en Oscar preguntando sin palabras.
—Termino mi turno en una hora…y estaba pensando que quizás podemos ir a cenar o algo?.
Aunque la postura de Oscar trató de emular la misma seguridad con la que lo ayudó cuando estaba colgando del árbol, Fran no pudo evitar notar el leve temblor en la voz.
Franco sonrió, tranquilo, con esa seguridad que no sabía que tenía.
—Sí, me encantaría. De hecho por culpa de Ozzy me iba a quedar sin cena.
Y de fondo, Ozzy maulló en desacuerdo.