Work Text:
—No nos parecemos en nada. —Es la escueta y fría declaración de Johnny, frunciendo los labios y el entrecejo con molestia al verse superado por la reciente observación de Gyro hacía su stand.
Un stand que, a palabras del mismo Johnny, difiere de la cruel persona que es él realmente. Aunque Gyro, mucho más perspicaz de lo que aparenta, intuye que Johnny solo está molesto porque su stand no es precisamente lo que uno esperaría de una entidad del alma. Es decir, atemorizante o, en todo caso, imponente. Es como recibir el premio de la lotería; ilusionado por obtener una cantidad de dinero exorbitante, para luego recibir un montón de cupones de descuento para catálogos. En ese aspecto, puede medio empatizar con su joven compañero. Johnny se siente estafado si se compara con el stand robado de Diego.
Sus ojos verdes se desvían de Johnny y miran a la pequeña criatura que revolotea entre ellos, insimismada en deflorar la manzanilla seca con la que Johnny prepara el té; flotando a varios metros del suelo, pero no más allá de la altura del pecho de Gyro. Para absoluta indignación de Johnny, quién está sentado en el petate mientras contempla el descaro de su alma rosada y estrellada ignorarle, pero la culpa la tiene él por seguir juzgando a su stand con ahínco.
Zeppeli trata de no reírse. Y tampoco de querer cerrarle la boca estampándole el mapa en su bonita cara.
—Para mí son lo mismo. —Dice Gyro, volviendo a lo suyo con el mapa en las manos, pasando de largo como esos ojos azules tratan de incinerarlo metafóricamente.
A pocos metros, Valkyrie y Slow Dancer relichan, avisando que uno de sus jinetes está a nada de desproticar contra el otro. No sería ninguna sorpresa que fuera Johnny, a veces el rubio tenía este temperamento que fastidiaba a Gyro por ser un quejón neurótico cuando la situación lo superaba. Se daba más en batalla que fuera de esta, pero era igual de insufrible por qué Johnny tenía una terquedad casi inquebrantable. Le producía dolores de cabeza.
—¿De dónde sacas que esto se parece a mí? —pregunta molesto, señalando, con el dedo a Tusk. Cómo es usual en él.
Gyro, por segunda vez, aparta su mirada del mapa y se fija en la criatura. Sigue desflorando las flores, tirando los pétalos secos al suelo terroso sin mucha preocupación por el desdén de su dueño. O lo que sea que Johnny sea para esta criatura. Sus apéndices revolotean suavemente, tiene manos diminutas y un poco regordetas. Gyro es incapaz de asociarlo con un animal en específico, así que se abstiene de darle una etiqueta. Tusk, notando su mirada, deja las florecillas de manzanilla y mira a Gyro con esos enormes ojos llorosos. Pareciera como si en cualquier momento se echara a llorar, muy afín a Johnny y su manera de canalizar el estrés. Son igual de llorones, pero su joven compañero nunca admitira eso. Antes muerto que afrontar un defecto suyo, observado por un hombre grosero y que no sabe cuándo cerrar la boca.
—Es rosa y tiene estrellas.
—¿Y eso qué?
—¿A ti te gustan los colores pasteles y las estrellas, no? —Inquiere Gyro, pasando sus ojos de Tusk a Johnny. El rubio solo acentúa ese fruncido del entrecejo. Tiene el alma tan amargada que Gyro tiende a cuestionarse si podrá descongelar ese aparente invierno perpetuo de su coraza—. Ya sabes —hace un ademán de mano muy propio de él y del que Johnny se burla arremedando con torpeza—, vistes pantalones, muñequeras y gorro con estampado de estrellas. Tienes un tatuaje de estrella detrás de hombro...
—Marca de nacimiento. —Rectifica Johnny, y Gyro parpadea un poco incrédulo. El silencio de la tarde se hace presente por un corto lapsus.
Se miran fijamente. Tusk regresa a sus flores, jugando a esa tontería de "me quiere, no me quiere". El pequeño stand parece más entretenido en su labor que en el par de hombres tontos que tratan de desvelar un misterio que ni siquiera fue uno en primer lugar.
—¿Ah? ¿Me estás tomando el pelo?
—No. Todos en mi familia la tienen.
—Ese es otro punto. Tu apellido, Joestar. Joe-star.
Johnny bufa, tratando de contener una muesca de indignación y el sonido de una risa seca. Para Gyro ya es casi una victoria.
—Déjalo —dice Johnny, haciendo el mismo gesto de desdén que Gyro de hace unos minutos atrás—, vas a hacer una estúpida broma al respecto y no estoy de humor para tus juegos de palabras.
Juegos de palabras que solo Gyro entendía, porque Johnny detestaba la lógica absurda de sus pensamientos intelectuales. Vamos, ni siquiera acabó la escuela secundaria y Gyro había ido hasta la universidad, el interés por el conocimiento era muy diferente entre ellos. A Johnny solo le importaba aprender lo que le beneficiaba. A Gyro en verdad le gustaba aprender por cuenta propia.
Gyro sonríe. Es todo dientes de oro y apellido impreso. Es feo, pero a Johnny le gusta —un poco. Solo un poquito— su fea cara desecanjada en una muesca burlona.
—Vamos, no podría desperdiciar una oportunidad como está. Solo se tiene una en la vida, Joe-star.
Ahora Johnny se frustra con Gyro, dejando de lado a Tusk y su ardua labor de jugar con flores y flotar entre ellos como un hada de cuentos infantiles. Se arremanga el gorro sobre su melena rubia y rebelde, murmurando por lo bajo cuánto se arrepentía de haber hecho que la conversación se desviará a esto.
—...Ya te estabas tardando.
—Nyo-ho.
—Por Dios, Gyro. No te atrevas.
Es demasiado tarde para detenerlo. Cuando Johnny menos lo espera, escucha el chiste más soso y estúpido de su vida sobre su apellido. Aunque, como era de esperarse, termina por darle la razón a Gyro —diciendo a regañadientes que le gusta y lo bien elaborado y profundo que es su intelecto para crear tremenda obra maestra de la comedia contemporánea— y procura escribirlo para la posteridad.
El mundo debe saber que alguna vez existió alguien como Gyro Zeppeli. Un imbécil.
