Work Text:
"Claro que es tu culpa"
Mikey cerró los ojos con fuerza al recordar la frase. No importaba cómo la hubiera dicho Raphael, ni desde dónde naciera; su mente solo había entendido una cosa: había fallado. Otra vez.
Abraza con fuerza los restos del peluche que lo acompaña desde la infancia, que alguna vez fue su protector en la inocencia. Él comprende muy bien; sabe que nunca debió confiar en alguien tan ruin y cruel como Chris Bradford. Puso en riesgo a quienes más amaba; todo lo que conocía pudo ser destruido por su error. Comprende que las palabras de Raphael fueron desde el temor, desde la preocupación; pensar en todo lo que pudo perder hace que duela más.
Soltó un suspiro cansado, agotado, con la poca energía que le queda. Giró sobre sí mismo, viendo ahora la mesita de noche, o más bien, la madera desgastada que encontraron en la basura. Arriba de ella, el pequeño reloj indica las 3:31 a. m.
Por más que él intenta, no puede dormir. Cierra los ojos y solo piensa en los eventos sucedidos, y se culpa. "Si no hubiera sido tan ingenuo", "si hubiera visto desde el inicio las intenciones maliciosas". Son pensamientos que pasan por su cabeza, pero de nuevo volvió a errar, y su mente no lo deja pasar. Recuerda con dolor que no es la primera vez que falla; recuerda las miradas y comentarios que él mismo provocó, la decepción que generó. Sus ojos empezaron a humedecerse.
—Ellos tienen razón, no importa qué tan genial sea, siempre encontraré la manera de arruinarlo —susurró para nadie en la oscura habitación. Abrazó con más fuerza al peluche.
Se rindió ante la idea de dormir. Con pesadez se levantó de su cama y decidió que comería algo; con suerte, en la cocina aún habría restos de pizza, algún consuelo para su pobre corazón.
Los pasillos estaban casi en un silencio total, vacíos; el único ruido provenía del laboratorio, donde seguramente Donatello trabajaba en un experimento.
Mikey podrá ser torpe, pero seguía siendo un ninja. Entrenó quince años de su vida; no le fue difícil llegar a la cocina sin mayor ruido. Su sonrisa creció al poner la mano en el refrigerador, esperando encontrar deliciosa pizza.
—¡Oh, vamos! Vida injusta -al abrir el refrigerador, se dio cuenta de que todo rastro de comida chatarra había desaparecido. En su lugar, las ensaladas que Leonardo suele comer— Maldito vegetariano.
Sin otra alternativa, agarró uno de los tantos táperes, soltando pucheros y maldiciones típicas. Al dar el primer bocado, se recordó por qué prohíbe a su líder entrar a la cocina: sentía que comía hojas sacadas de la misma tierra, sin ser lavadas o procesadas. Mikey rodó los ojos en decepción; ¿qué podía esperar de la tortuga que una vez prendió fuego al agua?
Sentado en su tortura, recordó unos años atrás, cuando apenas tenían diez años después de la mutación. Su hermano de azul le pidió ayuda: quería impresionar a su sensei con sus habilidades culinarias. Fue un desastre. Por mucho que Mikey intentó ayudar, Leonardo encontraba la manera de estropear la comida. El naranja soltó una risa al recordar cómo su mayor no podía cumplir una simple indicación. La cocina quedó hecha un caos, aunque ambos fueron castigados por su travesura. El menor recuerda más las risas que ambos soltaban: dos niños que, en el desastre, encontraron diversión.
La sonrisa de Mikey por el recuerdo se fue tan rápido como llegó. Ha pasado un tiempo desde que su hermano se reía de esa forma, sin preocupaciones. Ahora, con su nuevo puesto de líder, la ansiedad, terquedad y responsabilidad lo consumen.
Mikey no sabe cuándo su hermano dejó de reír con él. Fue tan natural la manera en que cambió con los años, que lo notó como normal.
Para Mikey, Leonardo siempre fue su héroe: el hermano mayor que siempre pudo con todo, el que los protegía a todos, el que, con justa razón, es el favorito de su padre, el que nunca tiene miedo.
Exacto que sí, sí tenía miedo. Recuerda la mirada que su hermano azul le dio cuando lo encontró atado, siendo presa de una docena de ninjas robot. Aunque acabaron con todos ellos, Mikey no puede sacar de su mente esos ojos azules llenos de miedo y preocupación. Se siente tan culpable, tan inútil por no poder evitar que esos ojos estuvieran tristes.
Toda hambre en él se fue lejos de su cuerpo; se sentía incapaz de seguir comiendo, en parte por los recuerdos que atormentaban su madrugada, en parte por lo horrible que sabía la creación de su hermano.
—Mi admiración por ti es en todos los sentidos, menos en lo culinario —susurró dejando el resto de la ensalada dentro del refrigerador; su paladar maldecía hasta en chino.
Mikey volvió a suspirar. Se dirigió, cansado, por la sala. Caminaba en círculos, deseando poder cerrar los ojos; los ruidos del laboratorio le acompañaban y, por alguna razón, le empezaban a enfadar.
La sala estaba hecha un desastre: muchas piezas de ejercicio, el muñeco de entrenamiento favorito de Raphael estaba tirado con odio sobre el suelo; los rasguños mostraban que fue usado hace poco.
—Mucho se habla de que no ordeno mi cuarto, pero nada del horror que Raph deja constantemente en la sala.
Mikey sabe que su hermano rojo no sabe expresar sus emociones; la furia es lo mejor que puede mostrar, y por lo visto, lo demostró bastante esa noche. El miedo hizo que se desquitara con lo primero que vio. Mikey solo puede sentir lástima y culpa: hizo que su hermano perdiera los estribos, nuevamente.
Su cerebro lo vuelve a traicionar. Últimamente su hermano rojo se molesta más con él; su sola presencia desencadena odio en el temperamental. Siente que hay algo en él que está mal, que es demasiado molesto para el mayor; los insultos constantes pasan como golpes a su corazón.
Pero hubo una vez, una vez donde su Raphie era su mejor amigo, su más grande aliado en las travesuras. Pasaban horas planeando sus mejores bromas; ese dúo le sacó la mayoría de canas que tiene su padre. Su hermano favorito.
Pero todo cambió. Raphael cambió, Mikey no.
Mikey solo desearía volver a esos días; extraña al hermano que no lo apartaba, que decía abiertamente que lo amaba, que nunca lo trataría mal, con el que buscaba cualquier excusa para hacer pijamadas. Desea con todo corazón que alguien le traiga a ese niño feliz y se lleve al adolescente gruñón.
Pero ya no eran más niños felices, ignorantes de la maldad del mundo, de la decepción y el odio, del dolor y el miedo.
Del engaño y la traición.
Mikey suelta una lágrima.
—Quizás debería seguir tu ejemplo, ya no soy un niño, quizás no eres tú quien está mal por cambiar, quizás soy el que está mal por no haber cambiado —colocó con cuidado el muñeco en su lugar, tan desgastado.
Sigue caminando como un zombi en busca de cerebro, tan concentrado en su miseria que no notó una de las pesas que a Raphael tampoco le importó guardar.
Lo que siguió fue un ruido fuerte y una maldición por lo bajo. Mikey tenía la esperanza de que el golpe lograra dejarlo inconsciente; al menos una manera de dormir y parar su mente. Quedó inerte en el frío suelo, frustrado al darse cuenta de que seguía despierto, y ahora con dolor. Aun así, no se levantó. El frío era molesto, mas su cuerpo no tenía fuerzas.
Mikey está tan frustrado y cansado, pero aun así podría hacer una lista de cien cosas que siente que están mal en él.
Escuchó cómo una puerta era abierta con rapidez, y luego unos pasos corriendo en busca del ruido: pisadas irregulares y sin tanto ruido, inseguras. Mikey es observador; ha vivido con ellos tanto tiempo como para reconocer los ruidos que cada uno hace al caminar. El grito que escuchó confirmó su sospecha.
—¡Por la barba de Darwin! ¡Mikey! —Donatello rápidamente lo sentó. El naranja notó el miedo en sus ojos mientras revisaba que estuviera bien. Al darse cuenta de que no había mayor peligro, solo gritó—¡¿Perdiste tu caparazón?! ¡¿Qué hacías en el suelo?!
—Está cómodo y fresquito, deberías intentarlo —la sonrisa del naranja creció al ver cómo el enojo contrario solo pasaba a decepción.
Sintió cómo una mano golpeaba su cabeza, no con fuerza.
—Es demasiado tarde, deberías volver a dormir —habló el morado, ayudando a su hermano a pararse.
—Fácilmente podría decir lo mismo. ¿Te has visto al espejo últimamente? Pareces lo que Leo cocinó hace tres días —Mikey soltó un quejido al estar completamente parado; su pie dolía— Aún estamos creciendo, no dormir afectará tu salud, si sigues así, tu cerebro y el mío no tendrán tantas diferencias.
Su hermano soltó una pequeña risa cansada, tan sutil.
Mikey no esperó que su hermano saltara sobre él; abrió los ojos con gran fuerza cuando sintió cómo unos brazos verdes lo rodeaban. Su hermano lo estaba abrazando, con fuerza y miedo.
—Nos diste un gran susto, de verdad, tenía miedo, yo pensé que... Dios, creí que —el morado dejó de hablar, no sabía expresar lo que sentía con palabras, nunca fue bueno en eso; sostuvo a su hermano como si fuera un frágil cristal— Por favor, no vuelvas a hacer eso, ponerte en riesgo, no soportaría perderte.
Mikey dejó de escuchar las palabras que salían de su hermano; en su lugar, su mente repetía "ponerte en riesgo". Era su culpa, el dolor que soltaba el morado lo confirmaba. Sabía que lo dicho por su hermano era de súplica, de miedo, pero no podía encontrar otro significado que la culpa propia: él se puso en riesgo, él hizo que sus hermanos estén tristes, desolados y enojados.
Porque su ingenuidad hizo que creyera en el único hombre humano que le mostró un poco de comprensión. Cayó en sus garras porque él mismo se puso ahí; puso en peligro a todos porque fue muy inocente para reconocer el mal. Ni siquiera pudo defenderse cuando todo se puso feo, fue humillado.
"Quién podría ser amigo con alguien como tú"
Las palabras de Bradford seguirán pegadas en su mente, porque tenía razón, porque fue su culpa, porque olvidó que es el monstruo, porque es el niño que nunca creció, porque es el débil.
No supo cuándo, pero estaba llorando en el hombro de su hermano, y el morado en el suyo, tan destrozados: uno creyó que perdía a su pedazo de sol, el otro muere en culpa.
El naranja sintió odio hacia sí mismo al ver el rostro destrozado de su hermano.
[...]
Abrió los ojos con dificultad; sentía sus párpados pesar más que él. Seguía igual de cansado, como si lo poco que durmió no hubiera contado para su energía.
Lo primero que notó fue la sombra imponente que estaba sobre él; lo segundo, el brazo del morado sobre él. Durmieron plácidamente sobre el sofá. El menor sonrió al verlo durmiendo en paz; la última vez que lo vio con los ojos cerrados fue cuando el enemigo de turno lo dañó tanto hasta dejarlo inconsciente. Sacudió su cabeza rápidamente, dejando de lado el cansancio, centrándose en la gran figura.
Su sensei frente a él, con la misma expresión impoluta de siempre.
—Buenos días, Miguel Ángel, deseo hablar contigo sobre lo sucedido ayer, hijo mío —la rata ofreció la mano, ayudando a su hijo a dejar el cómodo sofá polvoriento— Acompáñame al dojo, por favor, no deseo despertar a tu hermano.
Mikey lo siguió sin más; su mente apenas funcionaba por la falta de sueño, mas la desesperación crecía en cada paso. Sus ojos cansados miraban el suelo con tristeza; sabía que el regaño no se podía evitar.
El gran árbol los esperaba al entrar, junto a él, el incienso del que el menor no era fan; un olor que no lo ayudaba a calmar. Mikey no entiende cómo hay gente que logra paz con ese olor tan nauseabundo.
—Lo lamento tanto.
—¿Qué es lo que lamentas, hijo mío? —su padre cerró los ojos, frente a frente, sentados los dos en el taburete.
—Fue mi culpa, no debí confiar en un desconocido, nos puse en peligro a todos, les volví a fallar, por mi culpa todo pudo-
—No es tu culpa, hijo mío —su padre lo interrumpió con rapidez, miró a su hijo a los ojos— No fuiste tú quien usó para obtener información, no fuiste tú quien engañó.
—¡Pero fui yo quien se dejó engañar, yo tenía que saber, yo creí en él! —Mikey empezaba a dejar salir el enojo contenido, la frustración que cae sobre sí.
—Tú creíste en un adulto que te manipuló —la rata puso su mano sobre el hombro del naranja—El único culpable aquí es él, el adulto que no tuvo honra y se aprovechó de la inocencia de un niño, no eras tú el que tenía que saber, era él el que no tenía por qué dañarte —Miguel Ángel alzó su mirada, mirando los ojos de su padre— No fue tu culpa, hijo mío, y nunca la será.
Las lágrimas volvieron a salir, igual que hace unas horas, en grandes cantidades, pero esta vez es diferente, porque sabe la verdad.
No fue su culpa.
"Tu mereces mejores amigos que él"
Las palabras que pronunció anteriormente su hermano dejaron de dañarlo; ya no encontraba su culpa en ellas.
