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Kaiser pensó que había sido una idea estúpida apostar contra Gesner, pero parecía un asunto sin importancia, algo intrascendental en una estúpida fiesta. Gracias a esa experiencia ahora sabía que su tolerancia al alcohol era mínima y que unos cuantos años de terapia no eran una solución mágica para sus malditos problemas de infancia. Así que ahora se encontraba cumpliendo su parte de la apuesta, caminando hacia un restaurante de comida italiana al que no quería ir, pero al que tenía que asistir. Michael ignoró a Erik durante semanas, incluso lo mandó al diablo cuando le recordaba que tenía algo pendiente qué cumplir. Eso lo había fastidiado en más de un sentido, así que decidió acabar de raíz con el problema y pasar unas cuantas horas en una cita con otras 9 personas. Era sencillo, 5 chicas y 5 chicos en una cena, hablando cosas sin importancia hasta que finalmente llegaba la cuenta y cada quien tomaba su camino.
Él podía ignorar lo máximo posible a todo, incluso a las chicas que solían reírse tontamente a su alrededor, tocándolo sin permiso, sonriendo como si llevaran una vida conociéndolo. Kaiser estaba acostumbrado a la fama que había comenzado a alcanzar, aunque le hubiera tomado un tiempo integrarse al equipo titular y convertirse en el delantero estrella. Nunca pudo conseguir a un perro lo suficientemente bueno para que funcionara a largo plazo. Los resultados fueron evidentes, presentes en su tardío ingreso al Bastard München y en las sesiones de terapia obligatorias a las que fue obligado a asistir, cuando demostró que era “incapaz” de integrarse con el resto del equipo.
De todas formas, nada de esto importaba. A los 19 años llevaba una vida más o menos satisfactoria, aunque no podía negar que a veces se preguntaba si las cosas podrían haber sido distintas. El sonido de una notificación lo distrajo, Michael procedió a revisar su teléfono. Era un mensaje molesto de Gesner, como siempre estaba más pendiente de todo lo que no le importaba. Era un imbécil degenerado molesto la mitad del tiempo y la otra mitad era un jugador que podía tolerar.
Más te vale aparecer, mi novia está aquí y le prometió a sus amigas que vendrías.
Vaya imbécil, así que lo había vendido prácticamente. Miró a su alrededor y se dio cuenta que solo tenía que cruzar la calle para llegar, así que caminó con el paso lento y desganado, observando las luces que iluminaban las calles oscuras de Múnich. El clima fresco anunciaba el inicio del verano, apenas había unas cuantas nubes en el cielo nocturno. Al llegar al frente del restaurante, vio a un chico de cabello magenta parado en la puerta, inseguro de entrar.
El chico estiró la mano y la retrocedió, un segundo después escuchó un par de quejas inentendibles. Kaiser encontraba divertida la forma en que comenzó a agarrarse la cabeza de forma exagerada, como si la desesperación exudara de su cuerpo.
―No puedo hacer esto ―susurró derrotado, en un tono de voz demasiado suave y chillona para un chico cuya altura casi igualaba la de él.
El imbécil desesperado seguía sin quitarse de la puerta, pero Kaiser tampoco lo empujaba para entrar. Este espectáculo era lo más interesante de toda su semana, aunque recibir los mensajes molestos de Gesner comenzaba a agotar su paciencia. Sin embargo, antes de que él pudiera tomar una decisión, oyó el ruido de palmas golpeando un rostro.
―Sí, sí puedo ―volvió a susurrar, después su figura comenzó a alejarse tras el portazo de la puerta.
En todo este intercambio de nula productividad, se preguntó qué demonios a alguien como para no fijarse en la presencia de Michael Kaiser a menos de un metro de distancia. Decidió ingresar también, para cuando llegó a la mesa vio de nuevo la mata de pelo magenta.
Su noche apenas comenzaba a mejorar.
Ness había intentado zafarse del compromiso de la cita un par de veces, pero el problema es que nunca rompía una promesa. Últimamente no le gustaban las reuniones grupales, la universidad lo había dejado agotado tras largas semanas de exámenes y proyectos que consumieron sus horas de sueño. Apenas había dormido en los últimos días, su horario de comida era un desastre y su rostro tenía evidentes ojeras. La única razón por la que aceptó la cita a ciegas es porque su compañera Ada insistió en agradecerle por ser un buen compañero en clases, aunque él sabía que era más por su evidente depresión de las últimas semanas. En ese momento, Alexis había pensado que era un gesto muy bonito de su parte, pero ahora lo único que deseaba era una almohada donde dormir.
Decidió volver a revisar su teléfono, más por costumbre que por una razón real. Ada mencionó que su novio había traído a alguien especial y que pronto vendría, así que no le quedaba de otra más que esperar. Ness comenzó a revisar sus redes sociales sin prestar mucha atención a los detalles, sus ojos se cerraban más de lo debido con cada parpadeo. Quizá podría dormir un poquito hasta que llegara la última persona de la cita.
Al menos eso había pensado hasta que escuchó un murmullo elevado y unos cuantos gritos de las chicas a su lado. Para cuando abrió los ojos un chico rubio de ojos azules lo miraba fijamente, su sonrisa destilaba arrogancia y un aura tan abrumadora que casi lo despierta, podía jurar que lo había visto en algún. Ness parpadeó un par de veces, sacudió su cabeza y después apenas pudo asimilar que el rubio decidió sentarse a su lado, para la gran decepción de todas las chicas.
No podía ser maleducado, así que trató de quitarse el sueño de encima y sonrió como estaba acostumbrado.
―¡Hola! Un gusto conocerte, me llamo Alexis Ness ―dijo cantarín, usando la poca energía social que tenía para toda la noche.
Cuando el otro muchacho no contestó, Ness abrió uno de sus ojos para mirar por qué estaba tan callado. El otro únicamente lo observó como si estuviera analizando un tubo de ensayo. Lo hizo sentir incómodo, así que carraspeó y decidió seguir siendo amable.
―Uhm, ¿cómo te llamas?
Un jadeo se escuchó por toda la mesa, especialmente de las chicas. Alexis no entendía nada y al parecer el chico rubio tampoco, ya que se río en su cara como si nada. Este era el segundo motivo por el que no le gustaban las reuniones cuando estaba tan estresado, apenas podía seguir el ritmo de las conversaciones con el sueño cayendo en sus parpados, como tuviera un hechizo de larga duración.
―Soy Michael Kaiser ―respondió arrogante, con la barbilla alzada, la sonrisa mostrando sus dientes blancos, los ojos llenos de diversión maliciosa.
Pero todo lo que Ness veía estaba difuminado por el cansancio, parecía una imagen lejana dentro de su cabeza. Alexis parpadeó un par de veces y sonrió otra vez, un poco menos teatral que antes. Volvió a escuchar risas ahogadas, vio a Michael mirar con desprecio a uno de los chicos que parecía disfrutar de lo que sea que estuviera pasando.
―¿Realmente no conoces a Kaiser?
Ness entrecerró los ojos y miró de nuevo al rubio, tratando de recordar dónde lo había visto. El problema era que la universidad había estropeado su memoria con todos los exámenes que había hecho esa semana.
Sintió a todos mirándolo con demasiada atención.
―¿No? ―soltó nervioso, tratando de disimular su incomodidad. Estaba seguro que estaba sonrojado por la vergüenza.
Ada fue quien se río esta vez, Kaiser parecía desconcertado. Increíble, así que él era alguien famoso.
―Ness, ¿recuerdas que te hablé de alguien especial que vendría hoy? ―preguntó ella con mucha diversión, pero no de forma desagradable―. Kaiser es un jugador del Bastar München, así como Erik.
Ella levantó su mano entrelazada con la de Gesner, lo conocía de las fotos que ella solía mostrarle cuando le contaba cosas aleatorias sobre sus citas. La realización fue cayendo poco a poco en su cerebro y aún más evidente en su rostro.
Así que él era Michael Kaiser.
El delantero estrella del Bastard München que hablaba todo el mundo en la universidad durante la temporada de ligas.
Qué vergüenza, ¡por Dios!
―¡Oh, lo siento mucho! ―se disculpó rápido, tratando de ignorar la profunda mirada que el chico le dedicó―. Hace mucho tiempo que ya no veo fútbol, de verdad lo lamento.
Kaiser se reacomodó en su silla, sonriendo de forma complaciente, ya sin la mirada de desconcierto anterior que tenía. Parecía ocultar una broma interna que solo él mismo entendería, Ness tuvo curiosidad hasta que sintió la repentina necesidad de bostezar. Lo que más deseaba en este momento era recostarse en la comodidad de su cama y sus suaves sábanas, cubierto por la profunda oscuridad de su departamento.
Esperaba soportar el resto de la noche.
Michael estaba harto a la mitad de la cena. Las chicas no dejaban de coquetearle, aunque se supone que el propósito de la cita era justamente eso. Gesner quería fastidiarlo y no solo lo estaba logrando, sino que disfrutaba burlarse de él, seguía enviando mensajes con la intensión de provocarlo.
Lamento que no fueras reconocido por la única persona que parece interesarte esta noche.
Maldito imbécil. Kaiser decidió esconder su molestia una vez más con una sonrisa engreída, después guardó su teléfono en el bolsillo de su pantalón. La charla en la mesa había sido de lo más aburrida, no podía esperar a encontrar una excusa para irse. Lo único entretenido era el chico tonto que había encontrado en la entrada. Ahora podía verlo de cerca, con los rizos cayendo sobre su frente, las ojeras profundas debajo de sus ojos y el rostro más pálido de lo usual. Michael estaba seguro que no había dormido al menos una semana, no es que fuera algo de su interés, pero a diferencia de todas las personas en la mesa, incluyendo los chicos, era el único que no parecía interesado en él.
Cualquier otro día habría sido una ofensa, también lo hubiera tomado como un intento patético por querer resaltar sobre los demás, pero la mata magenta no tenía idea de quién era. El tal Ness estaba más interesado en cerrar los ojos cada que nadie interactuaba con él, lo cual había sucedido al menos unas cinco veces. Michael pensó en primera instancia que era una persona asocial, alguien como él que prefería estar solo, pero pronto se dio cuenta que se debía a un cansancio profundo. Cuando despertaba y alguien conversaba con él, cambiaba por completo, con una sonrisa demasiado brillante y una voz expresiva, seguía el hilo de la conversación con genuino interés.
Un espécimen interesante.
―¿Y cuál es tu tipo, Alexis? ―preguntó una de las chicas tontas, tenía el cabello suelto y largo, de un color azabache que igualaba el de sus ojos.
Era el tipo de chica que Gesner clasificaba como una hermosura, pero la mata magenta la miró de la misma forma que a todas.
―¿Mi tipo? ―repitió pensativo, lo vio jugar con el tenedor y la comida a medias, apenas tocada lo que iba de la cena―. Bueno, en realidad creo realmente que no tengo uno.
Las chicas observaron en silencio, pero la mirada perversa de Gesner hizo que Michael deseara la muerte prematura de su compañero de equipo.
―¿Entonces saldrías con un chico? ―preguntó Erik de forma poco sutil, mirando primero a Ness y luego a Kaiser.
Su novia Ada ahogó una risa ruidosa, el resto de chicas estaban confundidas, al igual que Alexis. Michael ya sabía que el muy maldito de mierda de Gesner estaba tratando de provocarlo, pero esta noche no obtendría eso.
Kaiser ya estaba planeando cómo escapar de esto.
―Oh, bueno ―empezó Ness nervioso, tomó su vaso de limonada y le dio un sorbo―, creo que no me importa mientras esté enamorado.
La mayoría de chicas en la mesa chillaron de la emoción y comenzaron a hacer un sinfín de preguntas inútiles. Justo cuando Michael por fin respiraba un poco de paz, sintió unos dedos delgados y suaves tocándole su mano derecha. El nivel de confianza de la gente que no conocía superaba su paciencia, era curioso cómo ser famoso venía junto a un paquete entero sobre perder su espacio personal.
Kaiser apartó su mano sin ninguna culpa, la chica se ofendió, pero ocultó su molestia.
―¿Y cuál es tu tipo, Kaiser? ―preguntó la inoportuna en cuestión.
El resto de solteras en la mesa hicieron el peor intento por no parecer interesadas. Michael sabía cómo destrozar las esperanzas de la gente, así que se recostó por completo en el respaldo de la silla y resopló.
―Mi tipo es alguien que sea hermoso, inteligente y lleno de amor ―respondió engreído, vio de una en una a las chicas y después fijó su mirada en Ness, quien estaba otra vez regresando al reino de los sueños.
Kaiser le dio una sutil patada debajo de la mesa que lo despertó de forma brusca. El vaso de limonada de Alexis tambaleó hasta caerse en los pantalones y parte de la camisa del rubio, tal y como lo había previsto. El escándalo no se hizo esperar, pero lo que no esperaba era la forma en que la mata magenta tomó las servilletas y se quedó paralizado antes de si quiera tocarlo.
―¡Lo siento, lo siento! ―repitió afligido, estaba finalmente despierto y en pánico―. ¿Puedo secarte? En verdad lo lamento mucho, no fue mi intensión-
Vaya, pensó divertido. La mayoría de personas tomarían la primera oportunidad que tenían para poder tocarlo, era una excusa perfecta para tenerlo tan cerca y este chico preguntaba antes de si quiera acercarse tanto. Ignoró la agradable sensación que sintió al respecto y prestó más atención a los ojos desesperados de Ness y su expresión preocupada por arreglar el desastre. Sintió un cosquilleo particular en su interior.
Era el momento ideal para irse.
―Vamos al baño ―dijo tranquilo e inexpresivo, se levantó de su silla y espero a Ness―. ¿O piensas dejarme así?
El chico reaccionó de inmediato, negando con demasiada energía, después comenzó a seguirlo camino al baño. Kaiser nunca había visto a una persona que encajara con el código canino, era increíble lo parecido que era su comportamiento a un cachorro completamente perdido siguiendo a alguien que apenas conoce. Sería mucho más fácil convencerlo de salir lo más pronto del restaurante. Para cuando llegaron al baño la suerte siguió sonriéndole, no había nadie.
Se quedó parado sin hacer nada unos segundos, después escuchó la voz suave de Ness.
―¿Entonces puedo secarte? ―preguntó amable, mirándolo con culpa en su interior―. Pagaré la tintorería también, debe ser un traje muy caro y te sienta muy bien, debe gustarte mucho-
Kaiser pensó que hablaba demasiado, aunque seguía siendo gracioso. Decidió girarse sin previo aviso y sin responder su pregunta, ni a su sarta de palabrerías.
―¿Quieres largarte de aquí?
La expresión de Ness pasó por un sinfín de emociones hasta que se decidió por una máscara de una sonrisa resignada. No entendía por qué, le estaba ofreciendo un trato, además no tenía por qué lamentarse, a nadie le importaría si de repente desaparecían. Gesner se lo merecía de todas formas.
Frunció el ceño y soltó un suspiro lleno de molestia.
―Cla-claro, te dejaré solo ―soltó la mata magenta, extendiéndole las servilletas que se había llevado de la mesa.
¿Qué mierda?, pensó molesto.
Vio a Ness girarse para salir.
―¿Qué mierda? ―cuasi gritó en voz alta―. ¿Acaso quieres seguir asistiendo a esta farsa de citas a ciegas?
Este imbécil estaba haciendo que se saliera de su papel, Michael odiaba sacar a flote esa parte de sí mismo que reaccionaba antes de pensar. Se supone que era un tipo fácil de convencer. Justo cuando estaba a punto de irse, Ness se dio la vuelta para hablar con él.
―No es ninguna farsa ―expresó firme, parecía un poco más molesto―. Una amiga me invitó porque estaba preocupada por mí, así que no es una tontería.
Kaiser levantó una ceja, sorprendido por el arrebato repentino. Así que el chico tenía agallas.
―Pero estoy muy cansado, he dormido… un poco menos de lo usual.
Era una explicación vaga y un eufemismo, este tipo no había dormido al menos una semana, sino es que diez días completos. Sin embargo, Kaiser se dio cuenta que iniciaron mal la conversación, debía sacar todo su arsenal para poder convencerlo y desaparecer sin que Gesner siguiera fastidiándolo. Asintió despacio, como si comprendiera lo que decía, caminó lento hacia donde se encontraba y acortó el espacio entre los dos. Al menos lo suficiente como para crear algo de familiaridad.
―Asumiré que prefieres estar en otro lado, ¿no? ―habló espacio, mirándolo directo a los ojos―. Preferirías dormir.
Ness decidió asentir también, más cauteloso que antes.
―Y yo también deseo lo mismo ―mintió con sumo descaro, en realidad no quería estar ahí, sin importar cuánto no había dormido―, pero no quiero escuchar a Gesner quejarse porque me largué antes de que la cena termine.
En realidad quería tener una excusa válida para que olvidara el tema de la apuesta. Miró al chico y vio la duda apareciendo en sus ojos magenta.
―¿Entonces?
Estaba por caer, Michael lo sabía, solo necesita empujar un poco más. Él se apartó unos centímetros, lo suficiente para poder analizar sus expresiones.
―Entonces simplemente nos iremos juntos, ya que mi traje se arruinó y para ti es una emergencia enmendarlo ―finalizó desinteresado, revisando los mensajes molestos que Erik seguía enviando.
Creo que ya escogiste tu cita esta noche :)
Kaiser respondió el mensaje con un “Jódete, deja de decir estupideces, haré lo que quiera esta noche” y después guardó el teléfono. La mata magenta miraba el suelo, parecía contemplar su propuesta con una seriedad que le parecía que estaba de más.
―No estoy seguro ―respondió frunciendo el ceño y los labios―. Creo que sería grosero irnos sin avisarle a nadie.
Una risa casi aflora en su pecho. Gracioso, pensó de repente, como un pensamiento fugaz. Si creía que no podía convencerlo era porque aún no conocía a Michael Kaiser, aunque en realidad nadie era capaz de ver más allá del jugador de fútbol. Aun así, él sabía qué cartas usar para ganar.
―¿Te has visto en un espejo? ―preguntó casual y burlón el rubio, le había salido el tono un poco más divertido de lo previsto.
―¿Qué? ―soltó Ness confundido, se movió rápido de la puerta y se miró en el espejo.
Escuchó un fuerte “AHHHHH” que le hizo soltar una risa espontánea. Mierda, la mata magenta era una fuente de comedia interesante involuntaria. Se dio la vuelta y lo vio tocándose el rostro pálido, las ojeras pronunciadas. En verdad no se había visto en un espejo en quién sabe cuánto tiempo y lo más gracioso es que quizá era lo único que había necesitado para convencerlo. Tampoco iba a mentir, no tenía idea de qué carajos estudiaba este chico ni estaba interesado, aunque estaba un poco sorprendido por el daño colateral que podía dejar la universidad.
Durante su infancia no tuvo una oportunidad de estudiar en una escuela de forma regular, ni tampoco en la adolescencia. Cuando entró a la academia del Bastard München terminó por estudiar la secundaria y la preparatoria, pero no había vivido una experiencia normal. Era extraño ver lo que la universidad podía hacerle a alguien cuyo ánimo parecía no derrumbarse, en especial en una estúpida reunión de citas a ciegas que podía catalogar como bastante deplorable.
Michael escuchó otra ola de quejas sobre lo mal que se veía. Si no tuviera que cuidar más su imagen, lo llamaría perdedor de cien formas distintas, pero no podía arriesgarse, incluso si este tipo parecía completamente inofensivo. Sin embargo, Kaiser había tenido suficiente, así que caminó sin él hasta la puerta.
―¡E-espera! ―gritó Ness sorprendido, después le siguió el paso camino a la salida del restaurante.
Kaiser no respondió al llamado ni tampoco aminoró el paso, ya estaba harto. Para cuando llegaron a la calle, el viento le refrescó el rostro y un poco los ánimos. Ness tardó un poco más en llegar, aunque no es como si lo estuviera esperando.
―Perdón por tardar, le dije le dije a los demás que arruiné todo tu traje y no puedes seguir la cena así.
Levantó una ceja, no había esperado un gesto así de su parte, en especial porque había mostrado resistencia con su plan y su forma de expresarse sobre la cita en general. Servicial y amable, parecía ser lo que principalmente definía a Alexis Ness. Sin embargo, sin importar cuán eficiente había sido, no iba a darle las gracias.
―Bien ―finalizó más tranquilo, sacó su teléfono y empezó a caminar para cruzar la calle.
Ness volvió a seguirle el paso, un poco inseguro, como si no pusiera bien qué iba a hacer ahora. Unas cuantas cuadras después escuchó la voz vacilante del chico.
―Disculpa, Kaiser ―dijo sin mirarlo, se escuchaba un poco menos cansado que antes―. ¿Puedo darte mi número? De verdad quisiera pagarte la tintorería para-
Michael se detuvo y lo miró como si fuera estúpido.
―Es solo limonada ―señaló de forma condescendiente, sin embargo el chico no retrocedió.
―Sí, pero fue mi culpa ―insistió sin brusquedad, todavía con el tono amable de antes.
Él extendió su teléfono con la pantalla mostrando su número de teléfono para que Kaiser pudiera apuntarlo, le estaba dando la elección para que él lo llamara y no al revés. Era una decisión más considerada de lo que pensaba, pero no iba a caer en su juego. Michael tuvo ganas de jugar con la mata magenta, así que se acercó más de lo apropiado a su espacio personal, acortando la distancia para que se vieran directo a los ojos.
―Hay mejores formas de pedir mi número de teléfono, ¿sabes?
Ness se puso rojo, como si no pudiera creer que le hubiera dicho algo así. Se sentía satisfactorio tener control sobre él.
―N-no, no es por eso ―explicó entre tartamudeos―. Incluso si es solo limonada es mi responsabilidad y debo enmendarlo.
Era curioso como la determinación brillaba en sus ojos y en ningún momento pareció intimidado por la cercanía, por Kaiser o por la situación. Le enfermaba lo diferente que era, aunque apartarlo e irse parecía más una derrota.
―Mucha gente mataría por mi número de teléfono ―bajó un poco más el tono de voz, hasta que sintió que solo ambos podían escucharlo―, en especial de un jugador de fútbol como yo.
Una chispa de dolor y algo más que no pudo identificar aparecieron en sus ojos, en su rostro, en la expresión casi derrotada que Ness apartó en un par de segundos.
―Ya no veo fútbol.
Ni si quiera lo vio a los ojos, Kaiser lo encontró interesante. Sin más, tomó el teléfono de la mata magenta y anotó el número con el nombre que le pareció más apropiado. El silenció predominó en este último intercambio entre los dos, hasta que finalmente cada uno tomó caminos separados para sus respectivos departamentos.
Esa no sería la única vez que lo miraría.
Ness suspiró con melancolía mientras dibujaba garabatos en su libreta, el profesor explicaba con entusiasmo las pruebas siguientes que harían en el laboratorio, había realmente un conocimiento y experiencia impregnados en su clase. El problema era que nada de eso le interesaba, estaba más interesado dibujar rosas en su libreta, mientras recordaba su encuentro con Michael Kaiser hace un mes. No habían interactuado desde entonces, nunca lo llamó para pagar la tintorería. Y aunque nunca le vio el tatuaje en su cuello, con una búsqueda rápida en internet pudo encontrar más información sobre él.
Era un jugador increíble, el corazón le latió con fuerza cuando vio sus jugadas. Magia, pensó con la garganta desgarrada por sueños que no había podido cumplir, sueños por los que se rindió el día que falló las pruebas para entrar al Bastard. Se había rendido ante sus padres, aceptando una carrera en la universidad, estudiando bioquímica con la resignación más grande que había tenido en años. Ness vivió una adolescencia atormentada por sueños rotos y la sombra de lo que pudo haber sido real. Mirar a Michael Kaiser era como estar en una ilusión, lo veía correr en el campo con tanta libertad, le cosquilleaban los dedos de los pies por correr en el campo y estar en el mismo espacio que él.
Nada de eso ocurriría, porque no se trataba solo de jugar juntos, sino de su incapacidad, su falta de valor y por haber renunciado a su deseo de seguir jugando fútbol. Alexis volvió a suspirar, ignorando por completo las instrucciones del profesor. Su promedio no era una maravilla, pero sus padres solían presionarlo menos cuando no daba más problemas. Así que mientras no perdiera ningún curso nunca se enterarían de sus verdaderos pensamientos.
Terminó de dibujar dos rosas azules entrelazadas cuando sintió la vibración de su teléfono con un mensaje de un número desconocido.
Hola, soy Erik Gesner, el novio de Ada
Ada me dijo que pasara a traerla hoy a la universidad, pero creo que su teléfono está apagado. ¿Podrías llevarla al estacionamiento en media hora? Gracias.
Por cierto, tu número me lo dio Kaiser ;)
Su corazón dio un vuelco, ¿él todavía conservaba su número? Ness sacudió su cabeza y trató de buscar a Ada entre los demás estudiantes, cuando la vio le hizo una seña.
―Alexis Ness ―reprendió el profesor.
Su día apenas estaba iniciando.
Lo último que pensó que Ness era que estaría en frente del auto de Michael Kaiser. Había llevado a su amiga al estacionamiento, esperando con ella a que el novio de Ada apareciera. Durante unos buenos diez minutos estuvieron conversando hasta que fueron interrumpidos por un claxon. Gesner los saludó con entusiasmo y los invitó a ambos a subir, aunque era evidente que no era el dueño del carro, ni tampoco el conductor. El rubio llevaba gafas y una gorra para ocultar su identidad, si era honesto tampoco era infalible. Alexis quería creer que no estaba familiarizado con su aspecto como para reconocerlo al instante.
Para cuando todos estaban dentro del auto, sintió algo de vergüenza cuando se sentó en el asiento a la par del conductor. No entendía por qué, pero quería tener sentimientos tan complicados ahora, necesita mantenerse al día con sus clases. Se supone que ya había superado todos sus sentimientos con respecto al fútbol, el hecho de volver a sentir algo de forma tan latente era abrumador.
―¿Ness, cierto? ―preguntó Kaiser mientras encendía el auto.
―Sí, Alexis Ness ―respondió rápido, con el corazón latiendo en su garganta.
Gesner se reía y coqueteaba con Ada en el asiento de atrás, una pareja en plena etapa de enamoramiento. Alexis no estaba celoso, era bueno ver a las personas felices por haber encontrado el amor.
―Parece que finalmente estás durmiendo ―comentó Michael sin mirarlo, lleno de un tono provocador.
―S-sí, gracias ―respondió de forma incoherente.
No podía mirarlo a la cara, trataba de ignorar el hecho de que estaba teniendo un colapso nervioso. Había tenido un día pesado en la universidad, apenas tenía ganas de asistir, no quería seguir haciendo proyectos y tareas, tampoco se sentía con ánimos de nada. Lo único que deseaba últimamente era acabar con todo lo que tenía pendiente y dormir, hasta que ya no sintiera la presión constante en el pecho por insistir en algo que ni siquiera le gustara. Suspiró pesadamente, Kaiser le lanzó un par de miradas curiosas.
―¿Qué estudias?
Ness parpadeó, un poco sorprendido por el interés.
―Bioquímica ―respondió educado, su voz sonaba decaída.
Ni si quiera sabía a dónde iban, pero tampoco quería preguntarles, se sentía aún más nervioso mientras miraba las calles que reconocía pasar y pasar. Dicho sea de paso, ni si quiera tenía dinero, tuvo que dejar su trabajo de medio tiempo hacía unas semanas porque no podía con ambas cosas a la vez. Se mordió el labio inferior, quizá debería decirles cuál era su parada.
―¿A dónde vamos? ―preguntó Ada, mucho más relajada de lo que Ness ha estado en meses.
―Vamos al club, cariño ―respondió Gesner con suma coquetería.
Kaiser suspiró dramáticamente, parecía detestar las muestras de afecto públicas.
―¿Al club de fútbol? ―preguntó Ness, más nervioso y en pánico de lo que le gustaría.
―¿No quieres ir? ―cuestionó Kaiser mientras giraba el volante con naturalidad.
Ness tenía mucho encima, tareas que debía entregar y debía estudiar para su prueba en el laboratorio mañana, pero contra todo su sentido común, decidió optar por la única cosa que latía fuerte en su pecho.
―Sí ―respondió de forma automática.
Kaiser lo miró un segundo, su rostro no reflejaba ninguna emoción en particular más que la simple aceptación de su respuesta.
Michael era consciente de todas las acciones patéticas de Gesner por fastidiarlo. Cuando le pidió el favor de llevarlo a la universidad para poder recoger a su novia, tenía el fuerte presentimiento de que esto no era un simple favor. Sin embargo, no había dejado el tema de la cena donde se fue sin previo aviso, en especial porque Erik pensaba que había tenido algo con Ness. El qué exactamente todavía no lo sabía, pero sus bromas y chistes al respecto no habían parado desde hace un mes. Kaiser dejaría que pensara lo que quisiera, estaba más ocupado tratando de escalar hacia la cima del mundo del fútbol.
Su carrera no podría describirse como estancada, cada año se esforzaba por subir el número de goles, sus estadísticas, intenta ser más allá de una simple promesa. La presión continuaba cerniéndose sobre sus hombres, sin embargo, había algo que hacía falta, una pieza faltante en el rompecabezas de sus jugadas. Mientras trataba de descifrarlo, tampoco podía evitar distraerse con cosas cotidianas como era lo usual, en especial con las visitas a terapia que tenía semanalmente.
Observó de tanto en tanto a Ness, con el rostro con más color y constantemente sonrojado desde que subió al auto, aunque su cabello seguía siendo una mata de rizos desordenados. Casi podía jurar que era tan suave como tocar algodón y si estaba fijándose en estas tonterías, era para evitar prestarle demasiada atención a Gesner y su novia. Era repugnante la forma en que mostraban afecto de forma tan pública.
Casi le hizo desear abandonarlos a media calle.
―¿Ya casi llegamos? ―preguntó la mata magenta, mirando con asombro el edificio en el que se habían detenido.
La sede del Bastard no era nada impresionante, una pizca de curiosidad se encendió en Michael. Durante años se dedicó a leer libros de psicología, podía decir con orgullo que era bueno leyendo a la gente, a diferencia de lo que Gesner opinara sobre él. Era curioso que Ness haya dicho que ya no miraba fútbol, pero veía con asombro algo que prefería ignorar. Si su instinto no le fallaba, esto tenía que ver con algún sueño frustrado.
Todos salieron del auto y entraron sin más espera, tanto Gesner y Kaiser se digirieron a los vestidores, mientras Ness y Ada fueron directamente al campo de fútbol. Unos cinco minutos después, estaban los cuatro juntos de pie en medio de la cancha. Erik seguía siendo coqueteando con su pareja como si no hubiera un mañana, mientras Ness parecía ver con nostalgia el campo. Era un día aburrido en pleno mes de junio, nadie en el equipo podía satisfacer las ganas de innovar en el campo como estaba previsto todo en la mente del rubio.
Monótono, predecible, sin chispa. Los centrocampistas del equipo no eran malos, pero tampoco alcanzaban la cima de un talento por encima de la media. Había estado frustrado con la falta de una integración más fructífera en el equipo, pero también en la terapia le habían sugerido tratar de sobrevivir menos y vivir más. Kaiser nunca podía definir una línea más clara entre ambas, porque cada día se sentía como una batalla constante entre sus propios deseos y lo que esperaba el resto del mundo de él.
Michael volvió a mirar a Ness, ahora se mordía el labio inferior con más fuerza de lo que parecía un tic nervioso. Había visto esa mirada de desesperación antes, esa debilidad y anhelo hirviendo debajo de la piel.
―¿Practicas fútbol? ―soltó Kaiser de repente, más veloz que su razonamiento más reciente.
Alexis parpadeó un par de veces antes de responder.
―Sí ―susurró melancólico―, todavía lo hago cuando necesito respirar.
Kaiser ignoró su poesía.
―Mi bolso está en la banca ―señaló el sitio con un dedo de su mano derecha―. Tengo un uniforme extra, ve a los vestuarios y póntelo.
La incredulidad y la confusión estaban mezcladas en la expresión de Ness, incluso podía ver desde donde estaba cómo apenas podía creer lo que estaba ocurriendo, abrumado por la situación. Fue entonces cuando algunos otros jugadores del equipo aparecieron, Gesner los saludó.
―Ve ahora ―ordenó casual, se acercó a Alexis y le dio un empujón.
Ness siguió las instrucciones que le dio sin cuestionarlo. Kaiser quería comprobar algo y necesitaba que tuviera ropa adecuada, por los zapatos no se preocupaba. La mata magenta llevaba un par de zapatos deportivos que soportarían un par de jugadas, así que estaría bien. Un par de minutos más tarde, Alexis regresó con el uniforme puesto, le sentaba bastante bien.
―¿Esto para qué es? ―preguntó Ness, mirando al resto de jugadores esparcidos por ahí.
Kaiser ignoró su pregunta.
―¿En qué posición jugabas?
El chico le frunció el ceño, bastante ofendido porque ignoraba cualquier otra palabra que le dirigía, pero igual respondió.
―Centrocampista.
Bien, pensó satisfecho. Esto era una estupidez y podía justificarlo con aburrimiento, además si no conseguía nada con esto, tampoco pasaba nada. Gesner dejaría de fastidiarlo si veía que no hacía más que hacerle pasar un mal rato a Alexis, un chico que no tenía en absoluto nada que ver. Quizá a su novia le entraría culpa y finalmente dejarían su complot.
―Juegas conmigo ahora.
Kaiser se acercó al equipo para decirles que jugaría con Ness esta vez. Hicieron un montón de preguntas estúpidas, pero dado que la novia de Gesner estaba también por ahí, todos asumieron que se trataba de un favor que debía, de un fan que deseaba cumplir un sueño. No era típico de él hacer este tipo de cosas, pero tampoco asistir a la cena a la que Gesner lo obligó a ir, así que podría ser una apuesta que perdió otra vez. Debían aprovechar el tiempo mientras el entrenador todavía no aparecía.
Unos cinco minutos después, con los nervios de Alexis a flor de piel, comenzaron a jugar. Lo vio moverse con evidente falta de práctica real con jugadores, pero había algo en la capacidad que tenía para abrirse espacios, para pasar el balón, una sincronía en sus pies mientras se movía naturalmente por el campo. Kaiser estaba mirando la forma en que sus tobillos podían moverse con tanta flexibilidad. Por cada minuto que seguía acostumbrándose al ritmo despiadado del campo, por cada caída, por cada vez que el balón le era robado, una determinación particular parecía florecer en su rostro. Unos quince minutos después, consiguió leer sus movimientos y le dio el balón justo donde lo necesitaba. Nadie pensó que había sido una casualidad.
El resto del equipo veía de Ness a Kaiser sin creerse mucho lo que había sucedido. Mensah silbó de forma escandalosa.
―Sí que sabes jugar, ¿eh? ―comentó Ali, jadeando un poco mientras lo veía―. ¿De dónde lo sacaste?
Kaiser sonrió con sorna, pavoneándose con el éxito de un centrocampista que parecía vibrar por los halagos.
―De un laboratorio ―respondió sarcástico.
Ness soltó una risa suave que a Michael le agradó un poco más que su sonrisa educada.
El equipo jugó junto a Alexis otros quince minutos más hasta que el entrenador llegó a poner orden. Ada se sentó junto a él para conversar, ella estaba tan impresionada como el resto de jugadores, pero él sabía la verdad. Podría haber sido mucho mejor, tener más fuerza en las piernas, tener músculos reales donde ahora apenas se veían. Una culpa fuerte se alojó en su estómago, no dejaba de pensar en lo fácil que había sido abandonarlo todo cuando pensó que la magia no existía. Pero vivía latente en su interior, el problema era que ahora era tarde. El dolor era devastador, tenía muchas ganas de llegar a su casa y llorar, hasta que pudiera regresar como si nada a la universidad, para seguir fingiendo algo que no era y jamás sería.
Para cuando dieron las seis de la tarde, Ada se fue con Gesner, Kaiser fue el último en quedarse en el campo. Ambos estaban sentados frente a la portería al momento en el que vieron al sol caer para dar paso a la noche.
―Gracias por dejarme jugar hoy ―expresó Ness lleno de afecto, Kaiser dejó de mirar al cielo y fijó sus ojos azules en su rostro.
―Seguías con esa expresión de cachorro abatido, como si quisieras que jugaran contigo.
Ness trató de evitar hacer un puchero, no era justa la comparación.
―No parezco un perro ―se defendió demasiado ofendido.
Kaiser se río en su cara.
―¿Te has visto en un espejo? ―preguntó con sorna, su sonrisa era más amplia que la última vez que lo vio burlándose de él.
―¡Oye, no seas pesado conmigo! ―se quejó Alexis, de forma involuntaria hizo el puchero que había intentado evitar.
Michael le dio un empujón con su brazo, podría decirse que era lo más cercano a algo amistoso o eso creía Ness, quien terminó en el suelo. No hizo el esfuerzo por levantarse, era hermoso mirar el cielo después de haber vivido otra vez una experiencia así. El rubio no tardó en acostarse a su lado.
―Entrena conmigo.
El mundo de Alexis se detuvo.
―¿Qué?
Lo volteó a mirar, los ojos azules seguían fijos en el cielo.
―Eres diferente ―soltó reflexivo, en un tono un poco más apacible no le había escuchado antes―. Necesito mejorar mis jugadas y me servirías para mejorar mi visión en el campo.
Se levantó rápido, sentándose mientras cerraba el puño de su mano justo en el pecho. El corazón iba a estallarle, la encrucijada de sus sueños contra la contundente realidad que sus padres le habían destinado desde que nació. Jugar fútbol, mostrar su magia, esta proposición no lo llevaría a jugar para el equipo de forma profesional, no lo llevaría a ningún lado. Sintió las lágrimas acumulándose en sus ojos.
―Pero no puedo, aunque quisiera, tengo la universidad encima, es demasiado, nunca me aceptarán en un equipo real, no tengo oportunidad ―habló rápido, las palabras salían a borbotones―. Y duele jugar sabiendo eso, que nunca podré ser más que eso y… y yo…
Kaiser no hizo ningún intento por callarlo, solo esperó a que su voz se perdiera entre el eco de sus propias palabras. Fue entonces cuando el rubio dijo las únicas palabras que ya no había esperado escuchar, pero que deseó desde los 8 años.
―¿Crees en lo imposible?
