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¿Héroes o Piratas?

Summary:

Tras la batalla en Wano, Luffy obliga a los Sombrero de Paja bajar por la cascada en lugar del puerto seguro en Hakumai. La caída es brutal pero la oscuridad los envuelve y una poderosa ráfaga de viento hace volar de la cubierta a siete de los tripulantes del Thousand Sunny. Usopp y Robin son los primeros en despertar y darse cuenta de que ya no están en su mundo. Han sido transportados al mundo de la Odisea. Atrapados en la isla de los cíclopes, el duo es encuentra con el capitán de la armada de Ítaca y hacen una alianza para poder encontrar a sus nakama perdidos al tiempo que los mugiwara hacen hasta lo imposible por salvar a los itacenses y ayudarlos a volver a casa.

Notes:

Hola a toda la gente hermosa de esta plataforma. Han pasado un par de años desde mi último fic, pero estoy especialmente orgullosa de este en particular. Es un fic completo que iré compartiendo semana a semana. Hoy por ser la primera publicación compartiré los primeros tres capítulos. Espero les guste tanto como a mí me gustó escribirlo.

Un par de detalles antes de comenzar. Si bien me inspiré en gran medida en la ambientación de Epic para todo lo referente a la Odisea, también tomé varios detalles canónicos de la obra original. También traté de respetar lo más posible la mitología griega original pero sí hay varias libertades creativas que tomé.

Espero les guste.

Chapter 1: LA ISLA DE LOS CÍCLOPES

Notes:

ACTO 1

(See the end of the chapter for more notes.)

Chapter Text

Tras la ardua batalla en Wano, los Sombrero de Paja se dirigían a Hakumai para usar el puerto oficial. El barco de los piratas Corazón navegaba cerca, y a lo lejos, vieron cómo el barco del capitán Kid cambiaba de rumbo. A gritos, el capitán pelirrojo se burló de que sus antiguos aliados pensaban tomar la ruta segura para salir de Wano. Incluso los llamó escorias.

El insulto no pasó desapercibido y, Luffy siendo Luffy, tomó el timón. En contra del ruego desesperado de Chopper y Usopp, cambió el curso del Sunny para utilizar la cascada. Ni siquiera notó que Law hacía exactamente lo mismo.

Al ir con la corriente, los barcos aumentaron su velocidad hasta que, en un segundo, ya no había más océano debajo de los cascos.

Los barcos se sostuvieron en el aire una fracción de segundo antes de comenzar a caer.

La tripulación no pudo hacer nada más que gritar y tratar de permanecer a bordo. Sabían que el barco seguirá cayendo hasta colisionar con el mar azul.

O al menos eso es lo que creían.

Una oscuridad sobrenatural comenzó a rodear el Sunny y de la nada, un poderoso viento se unió a la fuerza gravitacional haciendo volar a dos de los Mugiwaras fuera del barco.

Lo último que vieron fue a su capitán tratando de alcanzarlos.

La oscuridad los engulló por completo.

Usopp cerró con fuerza los ojos sintiendo las manos de Robin sostenerlo firmemente. El inventor no estaba seguro de cuánto tiempo habían pasado en la penumbra pero, de un momento a otro, pasaron de la oscuridad total a la cegadora luz de día. El sol los recibió como una bofetada tras la negrura.

Aún continuaban cayendo pero esta vez, divisaron una isla.

“¡ROBIN! ¡LA ISLA! ¡LA ISLA!”, Usopp gritó con desesperación

“Cien Fleur: Wing,” dijo Robin invocando sus alas.

Con delicadeza, los llevó a tierra. Nada más tocar la arena, Usopp cayó de rodillas. Su cuerpo entero temblaba como hoja y a su corazón poco le faltó para saltarle del pecho. No veía al Sunny por ninguna parte. Comenzó a entrar en crisis. Gritaba los nombres de sus nakamas una y otra vez pero no obtuvo respuesta alguna.

Robin observaba el lugar con calma.

“Quizá estemos muertos,” comentó con la misma serenidad con la que hablaría del clima.

“¡ROBIN! ¡NO DIGAS ESO! ¡NO PODEMOS ESTAR MUERTOS!” la regañó Usopp a gritos.

Robin soltó una pequeña risa. Era claro que le divertía la respuesta de su nakama.

“De cualquier forma, no podemos quedarnos aquí. Sigamos la playa. Tal vez encontremos el Sunny al otro lado de la isla,” propuso la mujer echándose a caminar.

Con lágrimas en los ojos Usopp comenzó a seguir a Robin. Su nariz moqueaba y sus brazos colgaban como si se hubieran transformado en plomo.

Caminaron por un buen rato hasta que, tras unas rocas, encontraron una flota de navíos. Estos barcos eran muy distintos a los de Wano y la gente también. Desde las armaduras hasta sus armas, los Sombrero de Paja notaron la diferencia.

“¡ALTO AHÍ!”, un hombre alto, de complexión oscura, con una gran espada en la espalda, ordenó.

El resto de sus compañeros desenfundaron sus espadas o alistaron lanzas.

“¿Q-q-quiénes son ustedes?” preguntó Usopp.

“¡Nosotros hacemos las preguntas aquí!” respondió el hombre.

“Es mejor cooperar, Usopp,” Robin le indicó mientras levantaba sus brazos para indicar que estaba desarmada.

Usopp la imitó y esperó. De entre los grandes hombres que les bloqueaban el paso apareció una figura más baja. Llevaba gafas, una banda en la frente y una barba muy corta.

“Euríloco, por favor. No creo que todo esto sea necesario. Lo lamento mucho, mi amigo puede ser muy cabeza dura. Me llamo Polites,” se presentó el hombre. “¿Quiénes son ustedes?”

“Me llamo Usopp y... y... ¡y soy un capitán pirata con una armada de más de 2,000 hombres que me son absolutamente leales! ¡Ellos… eh… nos esperan al otro lado de la isla!” el inventor mintió sin poder contenerse.

El hombre llamado Euríloco apretó con más fuerza la empuñadura de su espada.

“¿2,000 hombres? Esos son demasiados hombres,” dijo un nuevo guerrero.

Llevaba el cabello hasta los hombros, su rostro sombreado por una ligera barba y una capa de lana púrpura que, claramente, había visto mejores días.

“S-si. Y-y-y todo es verdad. Son mis subordinados y si yo quisiera, puedo hacer que ellos vuelen en mil pedazos sus barcos,” Usopp tartamudeó ligeramente.

“¿Y entonces, por qué si tienes tantos hombres decidiste venir a tierra con sólo una mujer?” el hombre de la capa cruzó sus brazos y alzó una ceja. “No me digas que fue solo por intimidad.”

Usopp se puso rojo como un tomate, y Robin apenas se inmutó, pero ambos contestaron al unísono mientras hacían una equis con sus brazos.

“¡PARA NADA!”

Robin posó su mano sobre el hombro de Usopp y tomó el control de la conversación.

“Hemos perdido a nuestra tripulación. Pensamos que nuestro barco podría estar cerca y estábamos rodeando la isla para comprobarlo.”

El hombre de la capa los miró por un momento y luego sintió un ligero jalón en la ropa. Polites lo miraba con esos ojos de perrito a los que no podía negar nada. Luchó por resistirse, pero al final, con un suspiro dijo:

“Bajen las armas.”

“Pero Capitán...” Euríloco intentó rechistar.

El capitán levantó su mano para interrumpirlo, Euríloco bajó su arma con un sentimiento de derrota que no podía sacudirse de encima.

“¿Cuál es la vela de su barco?”

“¿La vela?” Usopp repitió en voz baja un poco sorprendido por la pregunta, pero contestó:

“Pues… son blancas excepto por la vela mayor que tiene nuestra insignia pirata. Un cráneo sonriente sobre dos huesos en forma de equis con un sombrero de paja.”

“¿Más mentiras?” Euríloco preguntó molesto. “Ningún barco tiene más de una vela. Todo el mundo sabe eso.”

“¡El Sunny sí! ¡Tiene muchas velas! ¡Es un barco enorme! Franky lo construyó junto con el Sr. Iceburg y los chicos de Galley-la en sólo cinco días,” Usopp presumió con orgullo.

“Ahora sí estoy seguro de que son mentiras. Construir un barco en cinco días es imposible,” Euríloco continuó con su ataque.

“En realidad, todo eso es cierto,” contestó Robin con su tono sereno.

“Hum. Por supuesto que lo vas a defender. Seguro él te está pagando,” Euríloco siguió.

Los Mugiwara se veían algo cansados del argumento y simplemente suspiraron.

“Ellos van a continuar creyendo eso, ¿verdad, Robin?”

“Así parece.”

“¿Robin? ¿Ese es su nombre?” preguntó Polites, cambiando de tema con un tono mucho más amistoso.

Ella asintió.

“Nico Robin,” se presentó la mujer.

“Bien, está claro que exceptuando a Polites, nadie confía en lo que ustedes dicen. ¿Qué proponen?” intervino el capitán.

“Nos gustaría su ayuda para encontrar a nuestros compañeros. No sabemos dónde están, pero si de algo podemos ayudar en el camino, estén por seguros que nos aseguraremos de que lleguen sanos y salvos a casa,” dijo Robin.

“¿Y si no encontramos a sus compañeros en el camino?” el capitán presionó.

“Agradeceríamos cualquier ayuda para conseguir un navío y continuar nuestra búsqueda,” Robin contestó sin perder tiempo.

“Dices que, de ser necesario, nos mantendrán a salvo. Pero dime, ¿qué puede hacer por nosotros un hombre que se esconde tras las piernas de una mujer?”

La ironía no estaba perdida en el comentario. El atuendo de Robin, aunque normal para el Thousand Sunny y el Nuevo Mundo, claramente incomodaba a estos hombres. ¿Qué podía decir Robin? Se sentía especialmente linda en su blusa color arena y sus shorts amarillos con rayas naranjas.

“¿Y qué ayuda podríamos necesitar de ella, que habla con la lengua de una diplomática?” continuó el capitán. “¿Qué no podría lograr esta flota por sus propios medios?”

“¡Ponnos a prueba!” Usopp intercedió rápidamente. “Lo que quieras, podemos hacerlo.”

El capitán los miró por unos instantes más.

“Muy bien, si así lo quieren. Sabemos de buena fuente que existe una cueva en la costa este de la isla donde hay provisiones para la flota. Formarán parte de la expedición y ayudarán a cargar los barcos.”

“Suena justo,” contestó Robin sin dudar.

“Muy bien, Polites, que el guía nos indique el camino.”

“De acuerdo Capitán,” contestó Polites sacando algo de su bolsillo.

Para la sorpresa de Usopp, el guía era una pequeña criatura con carita ancha y cuerpo pequeño. Parecía estar hecho de nubes, excepto por sus ojos rosas brillante y su gran sonrisa del mismo color.

“Uwa, que adorable. ¿Qué es?” preguntó el inventor.

“Es un winion. Lo conocimos en una isla cercana. Cuando estábamos por zarpar, este amiguito y otros dos se unieron a la tripulación.”

Robin miraba maravillada al pequeño y adorable ser, y un leve rubor apareció en su usualmente estoica cara. Usopp rió un poco de verla así. No era común, pero siempre era divertido sorprenderla con esa ternura tan rara en ella.

Con el winion al frente, el grupo continuó la expedición hacia la cueva.

El camino era escarpado pero despejado. Los soldados subían con dificultad, sus pesadas armaduras limitaban sus movimientos.

Finalmente, cuando el sol estaba en su punto más alto, llegaron a la cueva. La entrada era oscura pero se escuchaban balidos de ovejas desde dentro. Avanzaron con cautela hasta hallar unas antorchas encendidas en una de las cámaras. El olor de heno fresco y animal de corral comenzó a llenar el túnel.

Los winions tenían razón: el rebaño era enorme, suficiente para alimentar a toda la flota. Incluso había varios cajones llenos de fruta en una esquina. El olor dulce que se desprendía de la fruta madura era muy agradable.

Los rostros de Usopp y Polites se iluminaron casi al mismo tiempo. No podían creer lo que veían. Este parecía un gran golpe de suerte.

Euríloco también tenía una expresión de satisfacción en el rostro

“Está bien, Po. Ganaste esta vez. Tus criaturitas cumplieron con su promesa,” dijo con tono orgulloso.

El capitán observó un momento antes de hablar.

“Es casi demasiado perfecto. ¿Por qué los winions ignorarían toda esta comida?”

“Capitán, por una vez en tu vida ¿podrías ser más positivo?” lo regañó Polites.

Usopp se alejó unos pasos y comenzó a rodear el rebaño, maravillado por el tamaño de las ovejas. Sabía que, si habían crecido tanto, era porque alguien las había cuidado bien. Además, parecían tan esponjosas que le apetecía tomar una siesta encima de ellas.

De pronto, un silbido cortó el aire.

Una flecha había dado en el blanco y matado a uno de los animales. La pobre no supo ni qué la había golpeado pues se desplomó al piso sin siquiera rechistar.

El inventor giró de inmediato. Corrió de regreso y alcanzó a ver al capitán griego guardando su arco con calma. Sintió una punzada de tristeza por la criatura, pero sabía que necesitaban provisiones. Entendía que era necesario… aunque no dejaba de dolerle.

Se quedó observando en silencio cómo los soldados trabajaban en torno al cuerpo del animal. No supo cuánto tiempo estuvo así, con la mirada fija, pero algo cambió en el ambiente.

El suelo vibró.

Primero fue un leve temblor. Luego un estruendo sordo.

Usopp se congeló. Su instinto le gritó que aquello no era normal. De repente, el agradable olor en la cueva se volvió agrio y agobiante. Le costaba tragar saliva.

Había vivido lo suficiente en la Gran Ruta Marítima y el Nuevo Mundo para saber que, si la tierra retumbaba así… algo grande, algo muy grande, se avecinaba.

“¡Debemos irnos!” exclamó alarmado.

Todos habían sentido el temblor de la tierra. Fuera lo que fuera, avanzaba en dirección a ellos. Debatieron entre tomar o no las ovejas por un segundo. No se irían con las manos vacías. Cargaron el cadáver de la oveja entre cuatro tripulantes mientras el resto alzó sus lanzas en guardia.

Corrieron hacia la salida pero ya era muy tarde.

La entrada era bloqueada por un monstruo enorme con un solo ojo en la mitad de su frente.

“Polifemo,” susurraron los aterrorizados winions, escondiéndose detrás de Polites.

Usopp soltó un grito de terror, echando sus brazos hacia arriba. Los soldados, por su parte, comenzaron a caminar hacia atrás, las armas listas. Jamás perdieron el contacto visual por miedo a que el monstruo se alocara.

El capitán dio un paso hacia delante.

“Saludos,” dijo, “somos navegantes, venimos en son de paz.”

Usopp sudaba y sus rodillas temblaban sin parar. Este cíclope era casi tan alto como Big Mom, aunque no parecía tan fuerte. El cíclope bajó la mirada hacia ellos. Sus labios temblaron.

El francotirador lo observaba sin pestañear, pero sintió cómo su corazón se estrujaba cuando lo escuchó decir:

“Mataron a mi oveja. Mi oveja favorita,” su voz grave y rota. “¿Qué les da el derecho de infligir un dolor así?”

Los soldados pusieron el cadáver en el suelo lentamente.

El cíclope se hincó y su mano gigante acarició a la oveja con mucho cuidado.

“Es un malentendido,” continuó el capitán. “No vinimos aquí a robar, pero viendo que te hemos causado daño, quizá podamos hacer un trato tú y yo. Te daré nuestro más grande tesoro si nos permites irnos de aquí con vida. Observa, el mejor vino del mundo.”

El capitán sostuvo en alto un odre donde llevaba dicho vino, ofreciéndolo con una sonrisa.

Usopp no pudo evitar sentir rabia. Sin pensarlo, comenzó a caminar hacia el cíclope. Se paró ante la oveja y las lágrimas comenzaron a correr por su cara. Con sumo cuidado, retiró la flecha del cuello del animal, ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor: no oyó el rugido de Polifemo, ni el ruego de Polites.

Flecha en mano, se plantó ante el cíclope, levantó la mirada por un momento para luego caer de rodillas gritando:

“¡Perdón! ¡No teníamos idea de que eran tus amigos! ¡Perdónanos!”

Sus gritos apenas contenían sus berreos.

“¡Sé que el vino no traerá de regreso a tu amigo! Sé que este pecado es imperdonable… ¡pero te ruego que nos perdones!” continuó, su frente tocando el suelo.

Robin observaba todo desde su lugar, inmóvil por fuera, pero entendía el corazón de su nakama. Ella también conocía el dolor de perder a tus seres amados y ni todo el vino del mundo sería capaz de regresarlos a la vida.

Por otro lado, el capitán no pensaba igual. Su cara estaba llena de sorpresa e ira, claramente, la intervención de Usopp no era bienvenida. Era evidente que el capitán había formulado un plan y el vino era clave, pero al no beberlo, todo se había venido abajo.

“Tienes razón narizón. Nunca podrán expiar este pecado mientras vivan así que mueran,” respondió finalmente el cíclope levantando el puño.

Cuando Usopp miró hacia arriba, el golpe había sido detenido por una mano gigante. Miró de reojo a su nakama con una sonrisa de alivio.

“¡Usopp, apresúrate!” gritó Robin.

Con una velocidad y una destreza nunca antes vista por el capitán, Usopp sacó de su bolsa una gran resortera color negro, casi tan grande como su torso.

“¡Ataque Estrella Somnífera!” gritó, lanzando lo que parecía una pequeña esfera gris.

El proyectil impactó contra la cara del cíclope y explotó, liberando una nube de color azul claro que hizo al cíclope cerrar su ojo y dar un paso hacia atrás. Tosió un par de veces y, en menos de quince latidos, se había desplomado levantando una gran nube de polvo. Los ronquidos eran el único indicador de que estaban a salvo.

Por ahora.

La calma duró poco pues, detrás del inventor, la voz del capitán estalló.

“Por todos los dioses. ¿Qué fue todo eso? ¿Por qué tuviste que interrumpir? Ahora nadie podrá salir de esta cueva.”

Tomó a Usopp por el cuello y lo sacudió con fuerza.

“¡Dijeron que podíamos contar con ustedes para lo que fuera, pero casi provocan que nos maten a todos!”

“¡No teníamos idea de que estas ovejas no eran comida, sino preciadas compañeras!” Usopp refutó con la misma energía, soltándose del agarre del capitán con un fuerte manotazo. “El cíclope tenía razón. No teníamos ningún derecho de irrumpir en su hogar, ni mucho menos a herir a sus amigas.”

“¡Los monstruos no tienen amigos y nosotros necesitamos la comida!”

“¡Sólo porque es diferente a ti no significa que sea un monstruo! ¿Quieres saber lo que sí es un monstruo?” espetó Usopp. “¡Es aquel que oprime al inocente! ¡Aquel que arrebata la comida, la vida y los sueños de otros! ¡Es quien abusa de su poder y su fuerza para beneficiarse a sí mismo sin importarle a quién lastime! ¡ESO ES UN MONSTRUO!”

La pasión con la que Usopp hablaba le indicaba al capitán que este hombre miedoso tenía experiencia de primera mano, pero sus palabras contrariaban todo lo que le habían enseñado: pide lo que quieras y si no te lo dan, tómalo por la fuerza. Doblega al que se niega a servirte. Enseña quién tiene el poder.

Según este sujeto, eso era lo que hacía un monstruo.

¿Acaso él se había convertido en un monstruo mucho antes del incidente con el bebé?

¿Y si Usopp tenía razón…? No, no podía permitirse ese tipo de distracciones en esos momentos. Además, aún debían escapar de la cueva. No era seguro y tampoco sabían cuánto tiempo duraría el efecto del gas.

“Entonces, ¿qué proponen?”, preguntó con escepticismo el capitán.

La mujer dio un paso al frente.

“Yo moveré al cíclope, lo rodaré un poco para que podamos salir. Entonces podremos regresar al barco,” Robin declaró.

“¿Con esa mano gigante?” el capitán arqueó una ceja.

“O tal vez más,” Robin sonrió ligeramente.

Levantó sus manos formando una equis frente a su pecho y pronunció:

“Mil Fleurs: Gigantesco Mano.”

Como si la cueva misma obedeciera su voluntad, cientos de manos brotaron de la piedra, entrelazándose hasta formar dos colosales brazos que surgieron bajo el umbral.

“Roll,” Robin comandó.

Los soldados quedaron boquiabiertos, entre el asombro y el miedo, sin decidir si temerle más al cíclope inconsciente o a la mujer que había hecho florecer extremidades. El hechizo se rompió cuando ella les ordenó:

“¡Corran!”

Sin pensarlo demasiado, todos obedecieron sin chistar dejando a su capitán, Euríloco y el extraño dúo de forasteros atrás.

“¿Me harán repetir mis palabras?” Robin preguntó de manera juguetona.

“Vamos,” indicó Usopp.

Los cuatro corrieron por donde habían llegado en dirección al barco.

Llegaron a la playa sin aliento. El capitán entendía que sin las ovejas ni la fruta sus hombres pasarían hambre hasta que pudieran encontrar otra isla. Y el hambre siempre era predecesor del caos.

¿Qué hacer si estos extraños no habían cooperado como habían prometido?

“¿Dónde está la comida que nos prometieron las criaturas de nube?” preguntó alguien a bordo del barco principal.

“Pregúntale a los forasteros,” Euríloco dijo lanzando dagas por los ojos a los Mugiwara.

“Sólo diré que no me gusta nada tener que hacer esto, pero entiendo que sean circunstancias especiales,” dijo Robin antes de darles la espalda a los hombres.

El capitán la observó con detenimiento mientras ella repetía la misma pose.

“Mil Fleurs,” invocó Robin.

A diferencia de la última vez, no creció una mano gigante ni dos, sino que el camino por el que habían llegado se plagó de pares de manos, más allá de dónde llegaba la mirada. Los hombres que no habían visto el poder de Robin tuvieron una amplia variedad de respuestas, pero en su mayoría era sorpresa y miedo.

“Delphinium,” completó Robin.

Al principio no sucedió nada, pero tras unos segundos Polites fue el primero en entender lo que pasaba.

“¡Las cajas de fruta! ¡Vienen hacia acá!”

No había terminado de decir la frase cuando la primera caja estaba por tocar la playa. Usopp reaccionó rápido pues vio venir la segunda caja.

“¡Hay que mover esto rápido!” dijo.

Polites corrió a ayudarlo y entre ambos movieron el primer cajón justo antes de que llegara el segundo. Los hombres de la flota parecieron entender la tarea y tras verificar con su capitán, se apresuraron a sacar el botín del camino.

En total, Robin llevó hasta la playa veinticuatro cajas de fruta. No era mucho considerando el tamaño de la flota, pero bastaba para mantener la esperanza viva un par de días más. Y a veces, eso era suficiente.

Los hombres cargaban los cajones de fruta, dos por nave. Muchos miraban de reojo a Robin, con cautela. Si eso podía hacer ella, ¿qué podría hacer el hombre narizón? Esta pregunta plagaba sus mentes cuando comenzaron a sentir el retumbar de la tierra. Sólo quedaba una caja por subir al barco principal pero el vello erizado de sus nucas los detuvo en seco.

Primero un leve temblor, luego un retumbar seco. Como un tambor lejano. Después otro. Y otro más, hasta que las hojas de los árboles comenzaron a temblar. De entre los árboles, cinco siluetas colosales emergieron con pasos pesados que sacudían el suelo. Todos de diferentes alturas y formas, pero con un aura amenazadora muy poderosa. Sin embargo, ninguno parecía ser tan alto como el cíclope de la cueva.

Uno de los marinos soltó la caja que llevaba. Otro cayó de rodillas. Era como si el bosque respirara con furia. Usopp se estremeció, pero, al igual que Robin, se prepararon para el posible enfrentamiento.

“¿Quién fue?” dijo uno de ellos, llevando en una de sus manos un enorme garrote. “¿Quién lastimó a Polifemo?”

“¡Nadie! ¡Lo juro que fue Nadie!” gritó el capitán.

“¿Nadie? ¿quién de ustedes es Nadie?” rugió el segundo cíclope, su labio se curvó alrededor del colmillo que estaba fuera de lugar.

“Ninguno de mis hombres tiene ese nombre, pero vimos a una persona extraña correr hacía ese lado de la isla. Seguramente será Nadie,” continuó diciendo el capitán mientras señalaba al lado opuesto de la isla.

“¿¡QUÉ?! ¡¿MÁS EXTRAÑOS!?” rugió el tercer cíclope que era el más bajo de todos, pero el más obeso. “¡Esto es una invasión!”

“Perdonen que no lo hayamos podido detener. Era muy fuerte. Incluso dijo que era más fuerte que los cíclopes y huyó riendo a carcajadas,” explicó el capitán.

El tercer cíclope volvió a rugir y antes de entender qué estaba pasando ya había empezado a correr en la dirección dada por el capitán, lo siguieron el segundo y cuarto cíclope. El primer cíclope estaba a punto de correr detrás de sus hermanos cuando de la nada notó uno de los cajones. Se agachó, la olfateó como un perro rastreador, y gruñó con certeza feroz:

“Esa caja de fruta es de Polifemo,” indicó el último cíclope señalándola. “Lo vi recogiendo la fruta ayer por la mañana. Le gusta ese color.”

“¿Por qué tienen ustedes esto? Polifemo no comparte nada más que con sus ovejas,” inquirió el primer cíclope.

De manera discreta, el capitán ya había indicado a sus hombres empezar a zarpar y once de sus barcos ya se encontraban en aguas lo suficientemente profundas como para usar los remos.

El hombre le lanzó una mirada a Usopp y este asintió.

“¡MENTIROSO!” gritó el quinto cíclope.

Las gaviotas salieron volando despavoridas y la misma playa pareció temblar. Pero antes de que cualquiera de los dos pudiese hacer algo Usopp ya había sacado su resortera una vez más y anunció:

“¡Ataque Doble Estrella Somnífera!”

En un santiamén, ambos cíclopes habían caído en la playa, pero los gritos habían alertado a sus hermanos. El último cajón fue abandonado en la arena. Las velas crujieron al inflarse. La flota se alejaba con la prisa de quien sabe que el más mínimo error significaría volver a enfrentarse a una muerte horrible.

“¿Por qué siempre nos pasa esto?” se lamentó Usopp una vez que la isla era sólo un punto en el horizonte.

Robin sólo soltó una pequeña risa al oír a su compañero.

Más veces de las que podía contar con una mano habían tenido que salir huyendo de alguna isla y le parecía cómico cómo esa suerte parecía perseguirlos aún en este lugar tan extraño. A cierta distancia de ellos el capitán y sus dos amigos los observaban. Los itacenses no estaban seguros de qué pensar sobre ellos. Nunca habían conocido a personas semejantes.

“Son extraños, pero son buenos,” dijo Polites.

“Son extraños. No podemos fiarnos. ¿Qué sabemos sobre ellos?” Euríloco argumentó.

“Ellos nos ayudaron. Sin ellos no tendríamos comida,” Polites refutó.

“Sin ellos habríamos conseguido carne,” el segundo al mando contestó.

“Sin ellos, estaríamos muertos,” el hombre de las gafas finalizó.

Euríloco apretó la mandíbula, mirando hacia el horizonte donde la isla comenzaba a desvanecerse tras la bruma. No respondió de inmediato. El silencio se instaló entre los tres hombres, solo interrumpido por el crujido de la madera bajo sus pies y el chapoteo de los remos.

“¿Y qué pasa cuando se vuelvan contra nosotros?” murmuró al fin. “¿Qué haremos entonces, Polites? ¿Usaremos palabras bonitas otra vez?”

“Entonces pelearemos,” respondió el de gafas, sin levantar la voz. “Pero no antes.”

El capitán continuó en silencio, mirando a lo lejos donde Robin y Usopp charlaban entre sí, ajenos al dilema que se cocinaba a sus espaldas.

“Lo único que sé, es que he visto monstruos. Reales,” continuó Polites, más para sí mismo que para los demás “Y esos dos… no lo son.”

Euríloco no respondió, pero sus ojos seguían clavados en la proa.

Tras un vacilante momento el capitán finalmente caminó hacia los extraños.

“Necesitamos hablar. Acompáñenme.”

Usopp y Robin siguieron al capitán a la parte de abajo del barco pasando por un largo corredor y hasta llegar al único camarote. No había mucho en la habitación. Una cama, un baúl y una lámpara de aceite colgada del techo. La puerta se cerró y el capitán finalmente los encaró.

“Necesito saberlo todo. Soy todo oídos.”

Usopp se rascó la cabeza un poco confundido.

“¿Todo? ¿Estás seguro? Es una historia un poco larga.”

“Tenemos tiempo.”

“Muy bien, tú lo pediste. Toma asiento y Usopp te contará todo,” dijo con entusiasmo el inventor.

Durante las siguientes horas Usopp se dedicó a contarle todo al capitán. Cómo conoció a Luffy, Nami y Zoro; cómo dieron con el Baratie por accidente y Luffy reclutó al mejor chef de los mares; cómo derrotaron a la tripulación de Arlong; cómo conocieron y escaparon de Smoker y los Marines en Loguetown; cómo entraron a la Gran Ruta Marítima por la montaña inversa casi chocando con Laboon; cómo conocieron a Baroque Works y pensaron que Vivi era una mala persona al principio; cómo conocieron a Dorry y Broggy, los gigantes que peleaban cada vez que el volcán principal explotaba; cómo casi pierden a Nami pero encontraron al mejor doctor del mundo y Luffy lo reclutó.

“Sí, y cuando descubrimos que un Shichibukai estaba detrás de la sequía de Alabasta, todos estaban temblando… así que me levanté, señalé hacia adelante y grité: ‘¡Es hora de que este gran héroe entre en acción!’” contó Usopp.

“Un… ¿Shi…chi… qué?” interrumpió el capitán.

“Shichibukai. Son siete de los piratas más fuertes y temidos del mundo,” explicó Robin con calma. “El Gobierno Mundial los ha reconocido como amenazas tan grandes que prefirieron hacer un trato con ellos: carta blanca para hacer lo que quisieran, a cambio de favores para ellos.”

El capitán pasó una mano por su cara tratando de entender la jerarquía de poder de la que hablaban estos dos.

“Entonces, ¿los Shichibukai son los que gobiernan sobre los demás piratas?”

“No. Sólo son piratas fuertes. Aunque, si hablamos de poder político, los cuatro Yonkos se colocarían por encima de los Shichibukai,” continuó Robin. “No solo son temibles: dominan territorios enteros y tienen flotas capaces de destruir reinos enteros. Además, ellos son demasiado para el Gobierno y, ya que no los pueden controlar ni detener, simplemente no se meten en sus asuntos. Confían en que cada emperador mantendrá a raya al otro.”

“Exactamente Robin, y pues, cómo iba diciendo, yo los inspiré para ir y derrotar al terrible Crocodile…”

Robin soltó una risita.

“En realidad, ese debió ser Luffy,” corrigió.

“Ah… sí, bueno, este, jeje, Luffy ayudó algo,” tartamudeó Usopp. “Lo importante aquí es que ayudamos a Vivi a reunirse con su padre y detener la guerra de Alabasta.”

El capitán había pasado de tener la espalda contra la pared a apoyar los codos en sus rodillas. Era como si las historias ejercieran un peso sobre él.

“¿Me están diciendo, que enfrentaron y derrotaron a uno de esos Shichibukai?”

“Y vaya que no fue fácil. Luffy perdió dos veces antes de derrotarlo. Su poder era aterrador. Recuerdo que podía controlar la arena y también chupar el agua de cualquier cosa. Si te tocaba podías terminar como momia y morir,” recordó Usopp.

El capitán levantó una ceja y le lanzó una mirada de incredulidad.

“Y, ¿entonces?” preguntó, su voz cansada.

Usopp siguió su historia. Desde la isla de Jaya hasta la emotiva despedida del Going Merry, su primer barco. Estaba contando la peculiar táctica de Robin para lograr que Franky se uniese a la tripulación cuando el capitán levantó una mano. Sentía que su cabeza daba mil vueltas. Era demasiada información.

¿Cómo un grupo tan pequeño de personas había logrado superar tantos encuentros con seres tan aparentemente poderosos? Y ¿por qué lo hacían? ¿Qué ganarían con eso?

“Perdóname,” se disculpó Usopp con sinceridad. “¿Estás bien? Creo que me dejé llevar y hablé de más.”

El capitán soltó un largo suspiro mientras reorganizaba sus ideas. No era solo agotamiento; era la sensación de que su mundo, de pronto, se había vuelto demasiado grande. Miró al cuentacuentos y luego a la mujer, quien no decía mucho, pero cuya mirada parecía llevar el peso de cada palabra narrada… o al menos de la mayoría.

“Puedo notar que aún te quedan cosas por decir Usopp,” dijo finalmente el capitán, “pero ¿podríamos continuar mañana? Creo que ha sido suficiente por hoy.”

“¿Entonces nos crees?” la voz de Usopp estaba llena de esperanza.

El capitán lo pensó por un momento. No respondió de inmediato, como si estuviera evaluando cada palabra que acababa de oír.

“Creo… que no me estás mintiendo,” dijo al fin, con voz grave. “Y eso ya es más de lo que puedo decir de muchos hombres que conozco desde hace años.”

Robin asintió levemente, sin dejar de observarlo. El silencio que siguió no fue incómodo, sino pesado. Parecía impregnado de lo que no se dijo, de los nombres de lugares y personas que para el capitán eran apenas sonidos, pero para Usopp eran memorias tan vivas como el mar que los rodeaba.

“Yo también he navegado por mares lejanos, pero nunca me crucé con nada parecido a ustedes. Ni siquiera en las peores historias que contaban los ancianos de Ítaca,” confesó el capitán.

Se incorporó con cierta dificultad, se acercó a la puerta del camarote y la abrió. Los Sombrero de Paja entendieron la señal y comenzaron a salir del camarote.

“Mañana podemos continuar,” su voz sonó más cansada de lo que pretendía pero, sin darse cuenta, su rostro ya esbozaba una media sonrisa.

Usopp sonrió, aliviado.

“¡Hecho! ¡Prometo que la segunda parte es aún mejor!”

“¿Aún mejor, dices?”

El capitán tenía problemas para creerlo.

Usopp se encogió de hombros. “Bueno, es que muchas cosas cambiaron en el Archipiélago Sabaody.”

“No puedo esperar para escucharlo mañana.”

“Por cierto,” Robin intercedió en su usual tono suave. “Ya conoces a casi toda nuestra tripulación, pero no sabemos ni tu nombre.”

El capitán la observó unos instantes. La omisión adrede inicial había sido sustituida por un mero descuido y el hombre de pronto se sintió como un niño pequeño de nuevo siendo reprendido por su madre por sus malos modales.

“Mi señora, usted tiene toda la razón. Una disculpa. Mi nombre es Odiseo, soy el legítimo Rey de Ítaca y mis hombres y yo esperamos vientos favorables para regresar a casa después de una larga guerra.”

“Mucho gusto Odiseo. Nosotros los Sombrero de Paja nos encargaremos de que lleguen todos sanos y salvos a casa. Confía en nosotros,” Usopp dijo con entusiasmo.

Con esa promesa, la conversación del día llegó a su fin, y ambos salieron en busca de Polites

Al salir Usopp y Robin, el ambiente en la sala se aligeró, pero aún quedaba una tensión en el aire. En el silencio, Odiseo, con los brazos cruzados, se quedó pensando en lo que acababa de suceder y lo que acababa de escuchar. Las historias lo habían removido más de lo que quería admitir.

La puerta se abrió de golpe, pero esta vez fue Euríloco quien entró, su rostro oscuro por la frustración.

“¿Qué demonios fue eso, Odiseo?” reclamó el segundo al mando en tono áspero. “¡¿Realmente vas a permitir que esos dos te desafíen así?! ¿Esos extraños nos están tomando el pelo, y tú les das cabida?”

Sujetó a su amigo por los hombros, apretando más de lo necesario, como si las palabras no fueran suficiente para contener la furia.

“¡Eso nos pone en peligro a todos nosotros y lo sabes!”

Odiseo no respondió de inmediato. Sus ojos que habían estado observando el baile del fuego en su lámpara, se volvieron lentamente hacia Euríloco. La mirada del capitán era seria, casi fría. No había ira en su tono, solo una calma que dejaba en claro que había considerado sus palabras antes de responder.

“Euríloco, sé que no entiendes lo que ha pasado aquí. Pero te aseguro que las palabras de Usopp no fueron en vano. A veces, la batalla no se gana solo con fuerza, sino con empatía. Tal vez… esta es una oportunidad.”

Euríloco lo sacudió otra vez y reprochó con tono molesto, casi desafiante:

“¡¿Entonces vas a permitir que esos idiotas nos lleven por un camino de debilidad?! ¡Las guerras no se ganan con palabras Odiseo y tú bien lo sabes!”

Odiseo le dirigió una mirada dura. Tomó sus muñecas y obligó a su cuñado a soltarlo.

“Escúchame, Euríloco. Los hombres como tú, que buscan la confrontación a toda costa, a veces pierden de vista el panorama más grande. Gente como Usopp y Robin guarda fuerzas que no se ven a simple vista. Y si lo que vimos hoy es apenas el comienzo… sería una locura tratarlos como enemigos,” dijo con voz grave y controlada.

Euríloco frunció el ceño, claramente frustrado. Hubo un pequeño silencio en el camarote.

“No lo entiendo,” dijo finalmente.

“Lo sé,” le contestó Odiseo tras una pequeña pausa y desviando la mirada hacia el fuego nuevamente, pensativo.

Euríloco salió muy molesto del camarote de su capitán, pretendiendo azotar la puerta detrás de él. A tan solo unos centímetros de tocarse la puerta y el cerrojo, Odiseo sintió aquella presencia que lo acompañaba desde el encuentro en el bosque a sus 13 años.

Las llamas de la lámpara se quedaron inmóviles, suspendidas en el aire como esculturas de ámbar. El crujido del barco cesó. Incluso el polvo quedó flotando en su lugar. El mundo a su alrededor se fue deteniendo poco a poco hasta quedar completamente congelado.

Escuchó la voz antes siquiera de sentir la presencia en el camarote.

“Dejar vivos a los cíclopes fue estúpido y peligroso y lo sabes Odiseo” comenzó a decirle Atenea.

“Lo sé, pero no hubo tiempo de matarlos. Esas dos personas... nunca había visto a nadie hacer lo que hizo la señora Robin y, Usopp, no tengo idea de qué fue lo que les lanzó a los cíclopes. Los tumbó en un momento. ¿Habías escuchado de ellos antes?”

“Nunca. No me fío de ellos por completo y tú tampoco deberías. Creí que te había entrenado mejor que esto,” Atenea le dijo con cierto desdén.

“Al menos todos estamos vivos,” Odiseo intentó usar el mismo argumento de Polites con la diosa.

“Por ahora, pero ¿qué detiene al hambriento de amotinarse?”

“Lo sé, lo sé, pero todo lo que ellos dicen haber vivido...”

“No te fíes de nadie,” Atenea lo interrumpió. “No puedes ni debes caer ante la debilidad. Endurece tu corazón. Ya lo sabes.”

Odiseo apretó los dientes y sus puños asintiendo casi por obligación.

“No vuelvas a decepcionarme,” le advirtió Atenea antes de marcharse.

El tiempo retomó su curso, la puerta finalmente se cerró con un azotón. Todo en lo que podía pensar Odiseo era en un viejo sombrero de paja con una franja roja.

Notes:

Como referencias a los dioses y semidioses compartiré el nombre del artista en el que me basé para las descripciones. Sus trabajos son magníficos. Si no los han visto, los recomiendo mucho:

Polifemo: Wolfythewitch
Atenea: Gigi