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Trauma compartido

Summary:

Nancy Wheeler y Jonathan Byers se aman y no se dejaran ir tan facil

Work Text:

​Finalmente, el horror se había disipado, dejando tras de sí un silencio espeso, casi sólido, que se instalaba en los pulmones. Eran libres, sí, pero esa libertad sabía a ceniza; habían dejado demasiados pedazos de sí mismos en el camino. La 'luz del día' que Jonathan empezaba a vislumbrar no era un sol radiante, sino una claridad pálida, como la que sigue a una tormenta que lo ha arrasado todo.

​Jonathan cerró la última maleta. El sonido de la cremallera rasgando el aire fue un eco definitivo en el sotano de los Wheeler. Su madre y Hopper ya tenían una casa de verdad, un hogar con cimientos que no estaban empapados de pesadillas. Debería haber estado feliz, pero sus manos se demoraban sobre la lona de la maleta, recorriendo las costuras con una lentitud agónica. Inconscientemente, estaba intentando estirar los minutos, queriendo huir de ese sótano y, al mismo tiempo, deseando fundirse con las sombras del lugar solo un poco más. Cada segundo que ganaba era un segundo más que pasaba bajo el mismo techo que ella.

​Pronto llegaría la universidad. El futuro, que antes era un concepto abstracto y borroso, ahora se cernía sobre él con la precisión de un cronómetro. Nancy también se iría. El mismo camino, pero hacia destinos opuestos.

​Tragó en seco, sintiendo una ansiedad que no lograba disolverse. Sus pensamientos regresaron inevitablemente a aquella noche en el Upside Down, donde el aire sabía a metal y muerte. Allí, en la oscuridad, algo se había roto silenciosamente. No era que el amor se hubiera evaporado; al contrario, era tan vasto que ya no cabía entre ellos. Recordó la 'no propuesta' de matrimonio, la risa nerviosa, la promesa tácita que brillaba en los ojos de Nancy cuando dijo que sí. Fue un momento de luz pura, pero ahora se sentía como una fotografía vieja que se desvanece al sol.
​Habían sido un equipo pero en el proceso se habían olvidado de cómo ser individuos. Se habían necesitado tanto, con una desesperación tan absoluta, que terminaron robándose el aire el uno al otro. Se amaban, pero ese amor se había convertido en un ancla en medio de un océano que ambos necesitaban cruzar por separado.

Jonathan soltó un suspiro tembloroso que pareció retumbar en el sótano ahora vacío. Subió las escaleras con un peso que no venía de la fatiga, sino de la certeza de que cada escalón lo alejaba de una vida que no volvería a recuperar. Al cruzar la sala, el silencio de los Wheeler le resultó asfixiante. No había rastro de Nancy. Una parte de él, la más cobarde, se sintió aliviada; la otra, la que aún latía por ella, sintió un vacío gélido en el estómago.

​Sin embargo, al abrir la puerta que daba al garaje, el aire frío le golpeó el rostro y ahí la vio. Nancy estaba apoyada contra el capó de su auto, una silueta frágil pero firme recortada contra la luz grisácea. Tenía los brazos cruzados con fuerza, como si intentara mantener sus propias piezas unidas para que no se desparramaran por el suelo de cemento.

​—Oh… pensé que… —Las palabras se le atascaron en la garganta, volviéndose ásperas. Verla allí, por última vez, era como mirar un sol que se apaga; dolía, pero era imposible desviar la vista.

​—Jonathan, yo… no soy un monstruo desalmado —dijo ella al fin, su voz era un hilo fino pero cargado de una amargura triste. Finalmente le sostuvo la mirada, y Jonathan creyó ver en sus ojos el reflejo de todas las batallas que habían librado juntos—. ¿Eso es todo? —preguntó ella, desviando la vista hacia la maleta que él cargaba. Ese trozo de lona vieja parecía contener, de repente, los restos de su historia. Una vez que esa maleta entrara al auto, el "nosotros" se convertiría oficialmente en "tú y yo".

​—Sí… es todo —murmuró él. Se rascó la nuca en un gesto automático, buscando un consuelo que no existía—. Supongo que podrás estar tranquila ahora. Sin monstruos, sin huidas... Y yo… en unos días me iré a la universidad.

​—Lo sé… yo igual. —Nancy se mordió el labio con tanta fuerza que Jonathan temió que se hiciera daño. Había un grito atrapado en ese gesto, una confesión que se negaba a salir porque ambos tenían miedo de lo que pasaría si se pronunciaba.

​—Supongo que espero que te vaya bien allá —dijo Jonathan, forzando una sonrisa rota que no llegó a sus ojos. Era una sonrisa de despedida, de esas que se dan en los funerales.

​—Yo igual —susurró ella, y el espacio entre los dos se sintió, de repente, como un abismo de miles de kilómetros.

El silencio se instaló entre ellos, pesado y espeso, pero esta vez no había lugar donde esconderse. Jonathan caminó hacia el auto con movimientos mecánicos, sintiendo el peso de su propia existencia en cada paso. Abrió la puerta y arrojó la maleta dentro; el sonido del golpe sordo contra el asiento trasero sonó como el cierre de un ataúd. Nancy se apartó apenas unos centímetros, un espacio mínimo que, sin embargo, se sentía como un precipicio. Él la vio tragar saliva, sus ojos fijos en el brillo metálico de las llaves en su mano. Eran el símbolo de su partida.

​—Bueno, yo… supongo que adiós —murmuró él, bajando la cabeza. Era incapaz de sostenerle la mirada a esos ojos de los que se había enamorado con una devoción casi religiosa. Sentía que, si la miraba un segundo más, sus piernas cederían—. Quizás nos volvamos a cruzar en Navidad, o algo así —agregó, intentando desesperadamente inyectar una normalidad falsa para que el aire no fuera tan irrespirable—. ¿Verdad?

​—Claro, sí. La Navidad —asintió Nancy. Su voz sonó pequeña, estrangulada por un nudo que le cerraba la garganta. Sus palabras eran solo un eco vacío de una promesa que ambos sabían frágil.

​Entonces, se miraron. En ese cruce de miradas, el cristal de sus ojos amenazó con romperse en lágrimas. Jonathan fue el primero en ceder; siempre había sido él quien caía primero ante ella. Acortó la distancia y la envolvió en un abrazo que pretendía ser una despedida, pero que se convirtió en un refugio. En ese instante, sus corazones latieron con una fuerza frenética, una arritmia compartida. Se aferraron con una desesperación antigua, recordándoles esos abrazos tras las batallas, cuando el olor a azufre y sangre todavía estaba fresco y la alegría de estar vivos lo borraba todo.

​Pero ahora no había Demogorgones, ni Vecna, ni relojes de pie marcando el final. No había un enemigo externo al que culpar. Se estaban perdiendo el uno al otro en la luz del día, de forma lenta y civilizada, y ese dolor era infinitamente más corrosivo que cualquier herida de batalla.

Se separaron con una lentitud tortuosa, manteniendo sus frentes unidas. El calor de su aliento compartido era lo único que los mantenía en el presente. Jonathan bajó la mirada y tomó la mano de Nancy entre las suyas. Con el pulgar, recorrió con una delicadeza casi sagrada la línea rugosa de la cicatriz en su palma. Esa marca, forjada en sangre y pacto, era el recordatorio de que estaban unidos de por vida, aunque sus caminos estuvieran a punto de bifurcarse para siempre. Era el mapa de su historia grabado en la piel, un lazo que ni la distancia ni el olvido podrían borrar, y sin embargo, se sentía como una promesa.

​Silencio. Un silencio que ya no era una pausa, sino el final.

No se dijeron nada más; las palabras habían muerto en el aire denso del garaje. Jonathan bajó la cabeza y presionó sus labios contra la palma de Nancy, un beso suave, casi un rezo, sobre la piel que conocía de memoria. Se separó de su cuerpo con una lentitud que dolía, alejándose de ese calor que había sido su único refugio durante noches interminables, más de las que su memoria podía procesar sin romperse.

—Adiós, Nancy Wheeler —dijo él, usando su nombre completo como si fuera una forma de devolverle su identidad, de soltarla finalmente.

Una lágrima rebelde, cargada de todo lo que no se atrevieron a decir, rodó por la mejilla de Nancy.

—Adiós, Jonathan Byers —respondió ella, y el sonido de su nombre en los labios de Nancy fue el golpe de gracia.

Jonathan apretó su mano en un puño, las uñas clavándose en su propia cicatriz, luchando contra el impulso salvaje de dar media vuelta, correr hacia ella y esconderse en su cuello para siempre. Respiró un aire que se sentía como vidrio molido y entró en el auto. Sus dedos temblaban de forma tan violenta que el metal de la llave tintineó contra la cerradura, un sonido pequeño y patético en la inmensidad de su pérdida. Cuando el motor finalmente cobró vida, Jonathan miró a su amada una última vez a través del cristal; la imagen de Nancy se veía distorsionada, como si ya perteneciera a un sueño del que estaba despertando.

Nancy se llevó la mano a la boca, hundiendo los dedos en su piel para ahogar los sollozos que amenazaban con destruirla por dentro. No solo estaba viendo un auto alejarse; sentía, con una claridad aterradora, que su propio corazón estaba abandonando su pecho para irse con el.

Se quedó allí, estática, observando cómo el viejo auto —el escenario de sus conversaciones más profundas y de sus entregas más íntimas— retrocedía hacia la calle. El vehículo que tantas veces había sido su burbuja de seguridad ahora se convertía en el barco que lo transportaba al otro lado del mundo. Se quedó mirando el espacio vacío que dejó el coche, un rectángulo de cemento frío que de repente parecía el lugar más solitario de la Tierra.

Se había ido. Para siempre.

De pronto, el aire se volvió sólido en sus pulmones. El oxígeno no pasaba. Una pregunta comenzó a martillear en sus sienes con una violencia aterradora: ¿Qué había hecho? Las palabras "tiempo" y "distancia" ahora le sonaban a conceptos vacíos, a mentiras intelectuales que se había contado para intentar sobrevivir. ¿Por qué había permitido que se alejara el único hombre que había sido su ancla, su compañero de trinchera, su mejor amigo y la única persona con la que podía imaginar un futuro real?

Bajó la vista hacia su palma. La marca de la cicatriz parecía arder, recordándole que no solo estaba perdiendo a un novio; estaba perdiendo su propia historia. En ese segundo de claridad brutal, todas las dudas, las sombras de Steve y el miedo al compromiso se desvanecieron como humo.

Solo quedaba una certeza, una verdad tan pura que dolía: amaba a Jonathan Byers con una fuerza que la estaba consumiendo.

—Jonathan… —susurró, pero el sonido del motor alejándose era más fuerte. Miró la marca en su mano y luego el coche que se hacía más pequeño al final de la calle—. ¡Jonathan! —Esta vez su voz recuperó su fuerza.

Sus pies reaccionaron antes que su mente. Salió del garaje, sus zapatos golpeando el pavimento con un ritmo frenético. Comenzó a correr, el aire frío azotándole el rostro y las lágrimas nublándole la vista.

—¡Jonathan, detente! —Gritó con los pulmones ardiendo, su voz desgarrándose en el aire quieto del barrio.

A lo lejos, las luces de freno se encendieron. El auto se detuvo a un costado. Jonathan salió, el rostro desencajado por la confusión y una chispa de esperanza que temía encender.

—Nancy, ¿qué sucede? ¿Estás bien?

Pero ella no tenía palabras, no le quedaban. Se lanzó contra él con un impacto que los hizo retroceder a ambos. Se aferró a su chaqueta, enterrando los dedos en la tela con una desesperación animal, como si la vida misma dependiera de ese contacto. Y, en cierto modo, así era: el mundo podía seguir cayéndose a pedazos, pero mientras estuviera en sus brazos, ella finalmente estaba en casa.

—Lo siento, lo siento todo, Jon… —Las palabras de Nancy salían entrecortadas, tropezando con su propia respiración. Se aferró a las solapas de su chaqueta, buscando su mirada con una urgencia que le quemaba el pecho—. No sé en qué estaba pensando, no sé qué me pasó… pero no te quiero lejos, ¿me oyes? Te quiero conmigo, Jonathan. Te necesito a mi lado.

Las lágrimas finalmente desbordaron, trazando surcos cálidos en sus mejillas frías.

—Te amo, Jonathan Byers. —Lo dijo como si fuera una confesión sagrada, la única verdad que importaba en un mundo en ruinas.

—Nancy… —El nombre de ella escapó de sus labios como un suspiro de alivio puro. Una sonrisa, la primera que nacía del alma en meses, se extendió por el rostro de Jonathan. La miró con una mezcla de asombro y adoración, como si estuviera presenciando un milagro en mitad de esa calle desierta. La tomó del rostro, sus dedos acunando su mandíbula con una ternura infinita—. Nancy Wheeler, te amo. Y te amo aún más por no dejarme ir… gracias. Gracias por detenerme.

—Jonathan… —Un pequeño hipido, un sollozo de puro agotamiento emocional, escapó de ella. Hundió el rostro en el hueco de su cuello, aspirando ese aroma a café, cuarto oscuro y hogar que solo él tenía. Se aferró a su espalda, sintiendo los latidos del corazón de Jonathan contra su propio pecho, finalmente sincronizados.

—Nancy, mi Nancy —susurró él, envolviéndola con sus brazos, protegiéndola del mundo entero—. Solucionaremos esto. La distancia, la universidad, el miedo… lo haremos juntos, te lo prometo. Pero no me dejes ir —su voz se quebró ligeramente, revelando toda la vulnerabilidad que había intentado ocultar minutos antes—. Por favor, no me dejes ir nunca más.

Se quedaron allí, fundidos en un abrazo que no era solo una despedida cancelada, sino un nuevo cimiento. El motor del auto seguía encendido a pocos metros, pero ya no representaba una huida, sino el vehículo hacia un futuro compartido. Bajo la luz pálida de la tarde de Hawkins, ambos comprendieron que, después de haber sobrevivido al infierno, merecían el cielo. Y ese cielo solo existía si estaban juntos.