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El joven yacía arrodillado en el suelo mojado. La lluvia caía con violencia sobre su figura encorvada, pegándole la tela delgada de color blanco al cuerpo. El velo mojado que cubría su rostro le dificultaba respirar, pero sus manos, atadas a su espalda, le impedían quitárselo.
Sus acompañantes lo abandonaron ahí, alejándose del lugar sobre sus caballos, el galope sobre la roca adoquinada cada vez más distante.
Ante él se erguía un imponente y tétrico castillo. A la luz de la luna y con el débil fuego de las lámparas titilantes, parecía que Lautaro se encontraba en aquellos cuentos de terror que sus primos mayores solían contarle.
El joven tosió, ahogándose con el agua que caía contra el velo que cubría su rostro, e intentó refugiar su cabeza contra su pecho, sollozando desconsoladamente.
De pronto, las puertas del castillo se abrieron, y aunque Lautaro no podía ver, sabía lo que le esperaba tras esas puertas.
Sintió unos pasos pisando charcos de agua en el suelo rocoso, deteniéndose frente a él.
El rubio sintió un latigazo cuando, de forma brusca, su cuello fue estirado hacia atrás y el velo fue removido de su rostro.
El joven muchacho apretó los ojos con fuerza, preso del miedo, mientras las lágrimas caían sin control por sus mejillas.
La mano del recién llegado le agarró el rostro, apretujándole las mejillas con fuerza medida.
—Abre los ojos —ordenó.
Lautaro no pudo hacer más que obedecer, encontrándose con unos orbes brillantes, color escarlata. Su corazón se aceleró ante la antinatural imagen. El dueño de aquellos ojos poseía una belleza igual de sobrenatural. El hombre sonrió depredadoramente y se lamió los labios, dejando entrever unos alargados colmillos dentro de su boca.
—Mmhmm, qué lindo eres —la voz melosa del hombre le provocó un escalofrío intenso—. Me recuerdas a un ciervo; seguramente tu carne sea igual de deliciosa.
Lautaro respiraba entrecortadamente. Intentó apartar su rostro del agarre del monstruo sin éxito y, con todo el aire que quedaba en sus pulmones, chilló:
—¡Papá! ¡Papi, por favor, sálvame!
El joven gritó con todas sus fuerzas, aunque sabía bien que nadie vendría a su rescate.
—Oh, pobre criatura —dijo el hombre sarcásticamente—. Sabes bien que tu padre te entregó a mí. Tu destino fue sellado generaciones atrás.
Lautaro lo sabía. Siempre lo supo. Aquel era su destino; su vida había sido negociada hace muchos años atrás.
—No llores, querido. Te prometo que, de ahora en adelante, serás tratado con la gentileza que merece un ser tan delicado como tú.
El hombre lo levantó en sus brazos, llevándolo dentro del castillo, que ahora sería su nueva prisión. De por vida.
En algún momento, el joven perdió la conciencia, despertando desorientado en una cama mullida y blandita. A pesar de la comodidad del catre, Lautaro sentía la garganta en llamas y la cara ardiendo en fiebre.
—Veo que ya despertaste.
La voz lo sobresaltó, su mirada dirigiéndose a una esquina oscura de la habitación con el corazón desbocado. El joven rubio no distinguía nada en la oscuridad hasta que los ojos rojos de la criatura destellaron desde las sombras, y de ellas emergió el hombre que lo recogió antes de desmayarse. Aquel hombre que tenía la vida de Lautaro entre sus manos.
El joven, aterrado, se arrinconó contra el cabezal de la cama.
—¡No te acerques! ¿Quién eres? ¿Qué eres?
El hombre detuvo sus pasos, con las manos en alto. A la luz de las linternas se veía mucho más humano que la última vez que lo vio. Sus ojos ahora eran de un color verde, su piel aceitunada era lisa, libre de imperfecciones, y su rostro se veía juvenil.
—Mi nombre es Manuel, hijo de la casa Merlo. Como bien sabes, tú eres Lautaro Moschini. Tus antepasados te ofrecieron a mí a cambio de riquezas, hace décadas atrás. Aunque se supone que deberías ser una mujer —dijo el pelinegro contemplativamente—. Tu familia creyó que podría esquivar la deuda si tu madre no paría ninguna mujer —chistó burlonamente—. Debieron ser más listos. Ahora su reino no tiene heredero.
—¿Qué eres? —reiteró el joven príncipe.
—Soy tu nuevo marido, querido.
(…)
—¿Estás loco? No puedes ser mi marido, criatura. ¡Soy un varón! —El joven intentó aferrarse a su rosario por reflejo, pero este había sido despojado de él horas atrás—. Y sabes bien a qué me refería. ¿Qué eres?
El joven pelinegro, Manuel, se rió con deleite.
—Tienes un corazón bravo, eso te lo reconozco, aunque quizás estás demasiado acostumbrado a ser la persona más poderosa del lugar, ¿no? —dijo él.
Lautaro recorrió el lugar con la mirada. No había ventanas hacia el exterior, tan solo una puerta que conducía al pasillo iluminado por antorchas.
Quizás si llego a la puerta antes que él…
Pensó.
—No llegarías a la puerta antes que yo, escuincle —dijo Manuel, negando con la cabeza.
Lautaro se quedó helado, sintiendo un escalofrío recorrer su cuerpo.
No es posible, ¿lo dije en voz alta?, se dijo mentalmente.
—No en voz alta, pero tus pensamientos sí que son muy ruidosos, y tus expresiones faciales no esconden nada tampoco.
El joven rubio se jaló el cabello, tratando irracionalmente de impedir que la criatura invadiera su mente.
—Ok, tranquilo, escucha. Yo tengo mis secretos también, ¿okey? ¿Qué tal si respetas un poco mi privacidad y empezamos desde cero?
Lautaro lo miraba desconfiado desde la cama. Se sentía horrible, pero no vio más salida que seguirle el juego al monstruo, de momento.
—¿Vas a comerme? —dijo el joven príncipe.
—Solo si quieres —respondió el pelinegro, levantando las cejas sugestivamente.
Lautaro hizo una mueca de desagrado.
—Oh, Dios.
La criatura largó una carcajada.
—No pienso comerte, aunque te informo que tu familia creía que eso estaba haciendo al traerte aquí: dejarme la cena en la puerta de mi casa —explicó Manuel.
Lautaro bajó la mirada. Él supuso que su familia lo estaba entregando como sacrificio.
—No. Hace décadas atrás, tus antepasados me pidieron parte de mis riquezas a cambio de una de sus descendientes, virgen. Una vez que su reino sea próspero, como lo es ahora…
¿Décadas? ¿Qué edad tiene esta criatura?, pensó. La sonrisa del monstruo le hizo saber que había escuchado sus pensamientos, pero no respondió su pregunta.
—¿Por qué yo? No soy la mujer que te prometieron —dijo Lautaro.
—Porque la fecha límite llegó y porque, a pesar de todo, tienes una cara exquisita. Sabía que la genética de tus antepasados solo podría engendrar tal belleza.
Lautaro hizo otra mueca ante el comentario aberrante.
—Si piensas tomar mi mano, Dios te castigará por tus pecados —le dijo con desprecio.
—Un castigo más, un castigo menos, ¿qué más da? —respondió, encogiéndose de hombros.
A Lautaro no le extrañó la herejía de la criatura.
—Dios me castigará a mí por tus pecados —agregó.
La criatura pareció sentir simpatía por un momento.
—Estoy seguro de que tu dios te perdonará a pesar de todo. Deberías quedarte tranquilo.
La panza del rubio rugió vergonzosamente y este intentó fingir demencia ante la incomodidad.
—Déjame ayudarte. Vamos a llevarte a comer algo, muchacho.
Lautaro se quedó en su lugar, desconfiado, contemplando sus opciones.
—Mierda —pensó, pues era lo bastante listo como para saber que no tenía ninguna.
El joven príncipe ignoró la mano extendida de la criatura y se levantó a su lado, tambaleante.
Manuel lo agarró por la cintura antes de que sus piernas cedieran. El joven se sonrojó bajo el toque de la criatura, pero no se resistió.
Los pasillos del castillo eran oscuros en su mayoría. Al dar una vuelta en uno de estos, se encontró con unas ventanas al exterior. Ya era de mañana, pensó. La luz era tenue, las nubes eran oscuras y espesas, mas la tormenta había cesado. Manuel lo condujo por el lado de la sombra que se proyectaba en el pasillo.
La vista de afuera era lúgubre. El bosque envolvía el castillo y, a la lejanía, Lautaro pudo ver las orillas del pueblo que el joven reinaba. Había una fina niebla pegada al suelo del bosque.
Descendieron por unas altas escaleras hasta llegar a la primera planta. El lugar era enorme. Lautaro se sentía exhausto de la caminata desde la habitación.
—¿Te gustaría una fruta fresca? —ofreció el pelinegro.
Lautaro no respondió de inmediato, tratando de ser cauto.
Comería lo que sea, tengo tanta hambre, se dijo mentalmente.
El hombre asintió y lo condujo por la planta baja hasta un jardín en el centro del castillo, conectando los extremos con un arco de árboles y flores silvestres. Manuel extendió la mano y recogió un fruto rojo del árbol.
—¿Conoces esta fruta? —se la presentó.
Lautaro asintió.
—Una granada, como las que traían los mercaderes al reino a veces. Mi padre decía que eran un lujo solo para la realeza.
El joven príncipe tomó la fruta entre sus manos y la partió, comiendo de ella sus granos sabrosos.
—Es una fruta con mucho simbolismo —dijo la criatura—. Los griegos solían relacionarla con su dios del inframundo.
—¿Tenían más de un dios? —preguntó el rubio, genuinamente curioso.
Manuel puso su mano en la espalda baja del príncipe y lo condujo por el jardín.
—Bueno, cuenta el mito que el rey de los dioses le ofreció a su hermano, Hades, la mano de Perséfone en contra de los deseos de su madre.
Lautaro entendió de repente por qué le relataba esa historia.
—O sea que la vendieron, como a mí —dijo el príncipe secamente.
—Básicamente. Pero, contra todo pronóstico, Perséfone se enamoró de Hades y de su reino en el inframundo —continuó el pelinegro—. Y cuando su madre llegó a su rescate, Perséfone se comió una granada como aquella para sellar un juramento. A partir de entonces, cada invierno ella volvería con su amado al inframundo y regresaría con su madre al inicio de la primavera.
Lautaro miró el fruto rojo en sus manos, con la boca llena.
—¿Me estás diciendo que acabo de sellar un juramento?
Manuel se rió delicadamente.
—Claro que no, bobo. Es solamente un mito.
Lautaro tragó pesadamente y entraron de regreso al castillo.
—¿No hay criados en el castillo? —preguntó el rubio.
—Solía haber más personas aquí, pero hace mucho tiempo que estoy solo —dijo agriamente—. Tal vez debería traer servidumbre ahora que estás tú aquí, que te atiendan como mereces.
El príncipe frunció el ceño, pero un olor a carne asada le llamó más la atención, haciendo que su estómago rugiera nuevamente.
Llegaron a un comedor con una mesa larga. Manuel lo sentó en la silla al extremo de la mesa y desapareció tras una puerta al fondo de la habitación.
Había un montón de cuadros decorando la estancia: pinturas de personas que no reconocía e incluso algunas donde aparecía Manuel, con el mismo aspecto que lucía hoy en día.
La criatura regresó con un plato en sus manos y lo puso frente a él. La carne se veía jugosa; debía haberse estado preparando sobre las brasas un buen tiempo.
—Es venado. Espero que te guste —dijo Manuel, sentándose a un costado, observándolo.
Lautaro no pudo resistirse a dar un bocado, suspirando con gusto por el sabor de la carne. Fue a dar un segundo, pero se detuvo al notar la mirada atenta del pelinegro.
—¿Tú no comes? —quiso saber el rubio.
—No necesito comer —respondió con simpleza.
El joven príncipe habría indagado más, si no estuviese ocupado engullendo su comida.
Devoró el platillo en tan solo cinco minutos.
—Necesito tomar un baño —dijo el rubio, sintiéndose con derecho a exigir.
¿Quieres que sea bien atendido, no?, pensó, esperando que la criatura le leyera los pensamientos.
—Por supuesto —respondió Manuel.
——
El cuarto de baño era diferente al que tenía en su castillo. Era una pileta poco profunda, con un agua cristalina y fresca que brotaba de una fuente en la pared.
Lautaro se despojó de sus ropas en la entrada del baño y caminó descalzo hasta la pileta. Se giró sobre sus talones para encontrarse con Manuel, que lo miraba con una sonrisa lasciva y los ojos hambrientos.
De pronto, Lautaro sintió la necesidad de taparse, incómodo bajo la intensa mirada de la criatura.
¿No puede estar sintiendo deseo por otro hombre, cierto?, pensó el príncipe, mas no se atrevía a descubrirse.
El pelinegro se quitó sus ropas, quedando desnudo al igual que él.
Creo que eso responde mi pregunta, se contestó a sí mismo Lautaro, arrancando su mirada del cuerpo ajeno.
Se dio la vuelta para ingresar a la pileta. El agua le llegaba hasta la cintura y se sumergió en ella.
Cuando emergió del agua, Manuel ya se encontraba junto a él. Lautaro intentó alejarse, pero el pelinegro lo sostuvo del brazo, acercándolo a sí mismo.
—¿Por qué tan nervioso? Seguramente estás acostumbrado a que alguien más te limpie, ¿no es así, alteza?
Lautaro se sonrojó violentamente.
—Nunca por un degenerado —respondió el príncipe.
Manuel sonrió; si lo había ofendido, no se le notaba en el rostro.
—No seas tonto, ven aquí —dijo, mientras con la otra mano usaba un paño mojado para tallarle los brazos.
Lautaro se cuestionó si había sido inteligente meterse en esa situación, mientras la criatura lo enjabonaba y pasaba el paño por su cuerpo.
—Cuida tus manos —advirtió el rubio.
Manuel no respondió, concentrado en su labor. Estiró los brazos del príncipe, pasándole el trapo por sus articulaciones, bíceps y debajo de la axila. Lautaro evitaba mirar a los ojos de la criatura mientras esta lo atendía con delicadeza.
El pelinegro lo hizo voltearse para fregarle la espalda. El joven príncipe se sintió mucho más vulnerable con la criatura a sus espaldas, tallándole los omóplatos y la columna. Su cuerpo entero se tensó cuando Manuel le puso ambas manos en la cintura.
—Para —advirtió Lautaro, quitándose las manos del pelinegro de encima.
El rubio se volteó para ver cómo los ojos de la criatura brillaban en color escarlata, lo que lo puso aún más nervioso.
—No puedo dejar que me limpies. Prácticamente puedo sentir tus pensamientos en tus manos —se quejó Lautaro.
—¿Y qué tiene de malo? —dijo Manuel, encogiéndose de hombros.
—Soy un hombre.
—Eso a mí no me importa.
—Pero a mí sí.
Manuel se quedó callado por unos segundos, estudiando el rostro enfadado de Lautaro.
—Bien, entonces te dejaré continuar solo.
El trapo mojado golpeó la cara del príncipe. Se tragó sus reclamos al ver que la criatura se terminaba de asear a sí mismo en paz, y Lautaro se permitió relajarse, sentado en un escalón de la piscina. Sus pensamientos estaban desparramados, sobre todo porque sabía que el otro hombre podía escucharlos.
—Saldré a conseguir servidumbre —dijo Manuel, subiendo los escalones para secarse con una tela colgada.
—¿No te preocupa que pueda escaparme? —dijo el príncipe, sabiendo que no podría ocultar sus intenciones ni aunque lo intentara.
—Te encontraría aunque te escondas bajo tierra —respondió él, dejando sus ojos destellar fugazmente.
Lautaro sintió un escalofrío recorrer su cuerpo, decidiendo que no quería probar su suerte.
De todas formas, ¿a dónde iría? Su familia lo vendió para ser sacrificado, o eso creían ellos, pensó.
La criatura le regaló una expresión compasiva antes de desaparecer tras la puerta del baño, dejando a Lautaro tan solo con el eco del agua fluyendo en las paredes cavernosas.
El príncipe abandonó el agua cuando ya estaba arrugado como pasa y exploró el castillo, por los interminables pasillos y habitaciones. El jardín era su lugar favorito, aunque casi no había lugares para tomar el sol. Conoció la cocina, la sala del trono y lo que creyó que era la alcoba de Manuel.
Para ser un castillo tan ostentoso, la decoración era bastante simple. Las telas eran de buena calidad, sí, pero nada muy extravagante como las cosas que solía encontrar en su propio hogar.
Encontró una puerta que llevaba a una biblioteca, conectada a la alcoba. Tenía montones de libros antiquísimos, registros que hablaban de la antigua Babilonia e incluso de reinos ingleses, daneses y checos.
—Bueno, algo tendré que hacer para matar el tiempo —dijo Lautaro, y comenzó a leer, sentándose en una butaca con un montón de libros amontonados sobre el escritorio.
En algún momento, el rubio cayó rendido ante el sueño, hundiendo su cara en el libro de historia que leía antes de ceder al cansancio.
Cuando Lautaro recuperó la conciencia, estaba siendo levantado sin esfuerzo en los brazos de la criatura.
—Cómo me encontraste —murmuró, adormilado.
Manuel lo dejó sobre su cama con cuidado y lo miró desde arriba, con la mirada suavizada.
—Tu olor es muy fuerte —respondió sin más explicaciones.
Eso no tiene sentido, me bañé bien esta mañana, pensó el rubio.
—No es eso. Tu olor personal persiste sobre otros de tu entorno, como el jabón —respondió el pelinegro, e inhaló profundamente—. Hueles a miel y canela.
El príncipe se olfateó a sí mismo, pero no captó el aroma que el otro comentaba, por lo que decidió ignorarlo.
—¿Ya se hizo de noche? —preguntó Lautaro—. ¿Conseguiste los sirvientes que querías?
—Sí, traje sirvientes. Ya se instalaron en el castillo. Ya casi es de noche, aún no se esconde el sol —respondió Manuel, y se alejó de la cama—. Le pediré a uno de ellos que te traiga algo para cenar.
Desapareció un momento tras la puerta. Lautaro pudo oír cómo este le daba órdenes a un sirviente. Escuchó un “sí, señor” amortiguado por las paredes de roca.
El rubio vio con atención cómo la criatura regresaba a la habitación, sentándose al borde de la cama.
—¿Aún te sientes enfermo?
El príncipe negó con la cabeza.
—Me siento mucho mejor desde el almuerzo.
Manuel le puso el dorso de su mano contra la frente para sentir su temperatura. Parecía satisfecho, pero no apartó la mano; en cambio, le dio una caricia en la mejilla, acunando su rostro.
Lautaro sintió cómo su corazón se aceleraba por el toque tan íntimo e incluso desbordante de afecto. Por un momento, el joven príncipe pudo simpatizar con el otro chico, atrapado en un cuerpo que no reflejaba los años que había tenido que aguantar en soledad.
El pensamiento lo entristeció de repente, y Lautaro lo dejó acariciar su rostro, cerrando los ojos.
Esto debería estar muy mal, ¿no? Compartir un momento tan íntimo no tan solo con otro varón, sino ni más ni menos que con su captor.
Captor. Esa palabra hizo que Lautaro se cuestionara.
¿Realmente soy su prisionero?, pensó el rubio.
Ni siquiera intenté escaparme. ¿Realmente me quedo aquí contra mi voluntad?
Lautaro sabía que gran parte de sus razones para quedarse eran el miedo que le tenía a la criatura, aunque también reconocía que no le quedaba otro lugar en un mundo donde su familia lo daba por muerto.
Manuel sabía las dudas que inundaban la mente de Lautaro e hizo una mueca, sintiéndose culpable por la situación del muchacho.
—Sé que no estás aquí por decisión propia, amor —comenzó. Lautaro no sintió disgusto esta vez por los afectos del pelinegro, sino una profunda curiosidad—. Por favor, dame una oportunidad para demostrarte que puedo ser digno de ti. Dame un tiempo, y si después de todo eso aún así quieres marcharte, no te detendré.
Los ojos del pelinegro brillaban con un reflejo humano. Sus orbes verdes suplicaban por su favor.
Lautaro lo escuchó atentamente, sintiendo un sonrojo cubrirlo de pies a cabeza. No pudo evitar sentir compasión otra vez.
Solo. Él está solo en este castillo, se dijo mentalmente.
El príncipe se mordió el labio, ansioso.
—No creo que tengas idea de lo profundamente incorrecta que sería una posible unión entre nosotros —dijo Lautaro con cautela—. Pero siento que ignorar un alma perdida como la tuya sería muy cruel, incluso para una criatura como tú.
Manuel no pudo evitar verse dolido ante la palabra “criatura”, mas no hizo comentarios al respecto.
—Entonces, mi amor, ¿me darás la oportunidad de cortejarte?
Lautaro le sonrió con lástima.
—No quiero que te decepciones cuando fracases.
Al ver que Manuel seguía esperando una respuesta, el príncipe agregó:
—Estoy de acuerdo con las condiciones. Si no consigues enamorarme hasta el equinoccio de primavera, me marcharé, como la mujer de tus mitos, Perséfone.
Manuel sonrió satisfecho. Un mes era todo lo que necesitaba. Le tomó la mano derecha al príncipe y depositó un beso en ella.
—Trato hecho.
