Work Text:
Spencer solo quiere terminar su turno.
Recuerda que, siendo un niño, un día su madre le dijo que podía llenar un frasco con monedas, echando una cada vez que estuviese enojado, perdiera la paciencia o creyera que la gente está siendo estúpida. Spencer respondió que solo con lo último, acabaría teniendo el frasco lleno en menos de una semana.
Ahora cree que podría llenar un segundo frasco —quizás un tercero— atendiendo a su cliente actual.
—¡Niño, te estoy diciendo que esto no fue lo que pedí! —grita el cliente, histérico—. ¡Dame mi maldito café, o tú y yo tendremos un serio problema!
—Su orden fue un capuchino, por lo que le ofrecimos un capuchino. —Spencer le señala la bebida con ambas manos, como una ofrenda. También sonríe lo mejor que puede—. No puedo ofrecerle algo más, si esto fue lo que pidió.
—¡Acaso no me estás escuchando!? ¡Te dije que esta no es mi maldita orden!
—Usted pidió capuchino, así que…
El argumento de Spencer es interrumpido por dos manos, que lo sujetan con agresividad por el cuello del uniforme. De reojo, Spencer observa cómo la taza de poliestireno vuela por los aires y aterriza en el suelo, formando un asqueroso charco de café.
Oh, esto es nuevo.
Lo lamenta, cree que es el mejor café que ha hecho hasta la fecha.
—Mira, maldito bicho raro —susurra a pocos centímetros del rostro de Spencer, con una respiración pesada—. No sé si esa cabeza tuya entiende algo de lo que digo, probablemente no, porque ni siquiera puedes mirarme bien a los ojos, pero te pedí algo y si no me lo das, juro por Dios que…
Los insultos que Spencer espera nunca llegan, en cambio, ve como uno de los brazos que lo sujeta es apretado por alguien más. Observa y es alguien de traje, alguien importante, supone.
Aquel hombre aparte al cliente con brusquedad, lo que Spencer aprovecha para recomponerse lo mejor que puede. Abre la boca para decir algo, pero el cliente, fiel a su actitud conflictiva, discute antes de poder decir algo.
—¿Quién cree que eres para tocarme?
—Y usted ¿quién se cree para tratar a alguien así? —contraataca el otro hombre—. Ese chico solo está haciendo su trabajo.
—¿Hacer su trabajo? —pregunta el cliente en un tono sarcástico y burlón—. ¡Este bicho es un maldito inútil, que ni siquiera sabe hacer bien un pedido!
Spencer traga saliva tras escuchar eso último, no sabe ni dónde debería mirar. Al final el tipo tiene razón: no puede ni verlo a los ojos. Aunque si lo piensa bien, no es algo que merece. Este hombre es abusivo, la probabilidad de que hubiera tratado igual a Ivonny, u otro empleado, es muy alta.
No justifica que no pueda mirar a los ojos a quienes atiende, pero con este hombre puede tener una excusa.
Detiene sus cavilaciones cuando la persona que lo defiende le dice:
—Deberías echarlo de aquí.
La declaración hace que Spencer se atreva a mirarlo, con la incredulidad adornando su rostro. Está por responder cuando, por tercera vez, el cliente lo interrumpe.
—¡Tú quién te crees para decir algo así!? —pregunta enojada, sujetando el brazo del desconocido.
—Alguien con quién no querrá tener problemas. —El hombre se deshace del agarre, con una mirada de advertencia que hace que el otro retroceda—. Ahora le aconsejo que se largue.
—¡No puedes…!
—No haga que se lo diga de nuevo —amenaza, ahora mostrando lo que parece ser una identificación policial—. Retírese.
El orgullo del hombre parece magullado por la orden, pero obedece. Spencer lo ve salir, rezongando entre dientes al cruzar la puerta, lo que deben ser al menos un par de groserías por segundo.
Spencer también observa cómo Ivonny limpia el desastre del suelo. Ella lo mira y le sonríe, luego hace un gesto de desdén con la mano y le señala al hombre frente a él, quien lo acaba de defender; a su lado hay otro hombre, alguien que Spencer vio que no quería intervenir en la discusión.
Se pregunta si también es un oficial.
—Lamento lo ocurrido —dice Spencer, una vez que centra su atención en ambos sujetos.
—No te disculpes, no es tu culpa que haya personas así.
Spencer intenta sonreír, pero lo único que consigue es apretar los labios de una manera bastante extraña. Cree que, cuán mínimo, debe mirarle a los ojos mientras hablan, por lo que lo intenta lo mejor que puede.
—Lo habrás notado, pero soy… Somos del FBI —corrige, señalando a su acompañante. Levanta su identificación, con el otro imitando su acción—. Agente Hotchner, agente Gideon.
Spencer tiene ahora la oportunidad de ponerles nombres.
—Bien —respondió—. ¿Necesitas que los ayuden en algo?
—Estamos siguiendo la pista de un sospechoso —explica el agente Hotchner—, y sus huellas nos guiaron hasta aquí. Nos gustaría saber si pudieras hacer una identificación.
—Claro.
Spencer sigue los movimientos del agente Hotchner. Observa cómo toma la carpeta de manila ofrecida por el agente Gideon, de dónde saca dos fotografías y coloca una al lado de la otra sobre la barra. Le da la oportunidad a Spencer de analizarlas con atención.
A Spencer no le toma más de unos pocos segundos reconocer a uno de ellos.
—Él. —Señala la fotografía de la izquierda—. Estuvo aquí hace un par de días, al otro nunca lo he visto, si ha estado por aquí debía ser en el turno de la tarde. Deberían preguntarle a quienes trabajan en ese horario.
— ¿Estás seguro? —pregunta el agente Hotchner—. Digo, fue una identificación un poco… Rápidamente.
—Sí, lo estoy.
La simpleza de su respuesta logra captar la atención del agente Gideon, dado que por primera vez interviene en la conversación.
—Parece, entonces, que tienes una buena memoria, muy buena.
Spencer capta la curiosidad en sus ojos, aunque mantiene un semblante sereno y serio. Se da cuenta de que probablemente el agente quiere saber más, Spencer sabe cómo se ve alguien con un interés genuino en las capacidades que suele mostrar en determinadas situaciones.
Generalmente no es algo que le intimide, le gusta mostrar de lo que es capaz. La inteligencia que posee no es algo que se debía guardar, lo decía su madre, y sabe que tiene razón; Sin embargo, la persona frente a él es un agente del FBI.
No sabe qué tan lejos puede ir, no quiere parecer un charlatán, pero su boca se mueve antes de considerar sus opciones.
—Tengo memoria eidética y un IQ de 187.
Parece un charlatán.
El silencio que le sigue a su comentario es pesado, opacado por los pocos clientes de la cafetería, quienes no hacen mucho más que intercambiar comentarios fugaces y susurros entre ellos.
—Eso es impresionante —dice al fin el agente Hotchner—. En nuestra investigación nos topamos con un genio.
—Supongo —susurra Spencer, rehuyendo del contacto visual.
El agente Hotchner le agradece a Spencer su ayuda, también le deja una tarjeta de presentación. Por si acaso , dice. Luego recoge ambas fotografías y van con otros empleados que también ayudarán con la investigación.
Aunque Spencer quiere seguir mirando, tiene más clientes que atender. Minutos después, nota que el agente Gideon le dedica un último vistazo antes de salir.
Sus ojos siguen a ambos agentes hasta que suben al auto. Agradece que tengan grandes ventanas, gracias a eso puede ver la espalda del agente Hotchner avanzar hasta el auto.
Piensa que tiene sentido que sea un agente federal, tiene todo el porte de uno. Su actitud y expresión severa también le van bien, aunque inevitablemente el físico es el mismo que tenían sus acosadores en el instituto, algo que le entristece. Realmente no es el mismo, el agente Hotchner es un adulto, pero las proporciones del cuerpo son tan similares que le pone los pelos de punta.
Toma la tarjeta de presentación que hizo a un lado de la barra, y acaricia los bordes con los dedos.
Se pregunta qué busca exactamente el FBI.
*
Spencer siente que todo le da vueltas mientras alguien lo empuja hacia adelante, pero sigue sentado, así que no termina de entender en dónde lo llevan. La cabeza le duele y cree que las luces son demasiado brillantes, además de que siente que algo le escuece de la nariz, pero duda mucho que sean mocos.
Intenta moverte, pero un dolor agudo le pincha el estómago y se extiende por todo su torso. Lo único que consigue es retorcerse sobre sí mismo, más lo que cree que es un regaño de parte de alguien que lo acompaña.
No está seguro de quiénes son, pero sabe que son varios. Uno de ellos le sostiene la mano, no tan fuerte para doler, pero con la firmeza suficiente para decir estoy aquí. Es una mano más pequeña que la suya, y aún así siente todo ese apoyo del que nunca se creyó merecedor.
Quiere cerrar los ojos, pero escucha una voz suave que le pide que no lo haga, por lo que obedece con un poco de esfuerzo. Se gana un elogio por eso, lo que casi le hace sonreír, sino fuera porque siente que sus pulmones están por revender.
La mano que lo sujeta se separa de él cuando lo mueven a lo que cree que es una camilla. Se da cuenta, entonces, que está en un hospital.
«¿Cómo llegué aquí?» Quiere preguntar, pero cuando intenta hablar lo único que consigue es un ataque de tos, que empeora el dolor abdominal.
Aún con su memoria eidética, sus recuerdos están fragmentados. Probablemente sea el dolor de cabeza, o la hemorragia nasal, o también el dolor en su cuerpo. Quizás un cúmulo de todo.
Spencer no lo sabe, pero le está costando soportarlo.
—Cariño, por favor —le susurra a alguien—, quédate conmigo, ¿bien? No, no, no cierres los ojos, no lo hagas… Eso, conmigo.
El esfuerzo que hace por mantenerse despierto es monumental, pero siempre ha sido un chico de estadísticas, y todas le dicen que no va a poder aguantar mucho más, por más elogios y porras que le echen. Lo apuesta todo a que acabará inconsciente, y esta vez no perderá.
—No, no, no…
Es lo último que oye antes de quedarse dormido.
*
Lo primero que ve Spencer apenas despierta son luces brillantes, que le escuecen sus ya de por sí doloridos ojos. Spencer odia esas malditas luces . Cuando salga, lo primero que hará es quejarse con recursos humanos.
Siente que flota de un lado a otro, con un dejo de dolor adherido a los músculos. Un sentimiento, si lo piensa bien, pero no está para pensar correctamente. Quiere aprovechar que puede actuar como un estúpido, gracias a lo que supone que son los medicamentos.
Aunque en medio de la confusión se cuestiona si así se siente una persona con inteligencia promedio. O tal vez se necesita un IQ mucho más bajo para eso.
Intenta moverte, pero aquel dejo de dolor se hace más fuerte y lo mantiene quieto. Se da cuenta que tiene suturas en el labio y un collarín rodeando su cuello. Casi maldice, pero alguien se acerca a su lado y le pide que no haga esfuerzo.
Parpadea un par de veces para adaptarse a la luz, antes de encontrarse con los ojos del agente Hotchner.
—¿Usted? —pregunta con voz ronca. Ante esto cierra los ojos y carraspea—. ¿Qué hace aquí?
El agente Hotchner no responde de inmediato, sino que le acerca un vaso de agua a Spencer y lo ayuda a beber, con cuidado de no lastimar la herida de sus labios. Luego de asegurarse de que está bien, responda:
—Tu amiga me llamó y me contó lo que pasó.
Spencer quiere preguntar a qué se refiere, él no tiene amigas, mucho menos alguien que pueda comunicarse directamente con un agente federal. Intenta disipar la niebla que cubre sus recuerdos, pero le cuesta trabajo pese a que el efecto de los medicamentos está acabando.
En medio del esfuerzo, recuerda a Ivonny. Le mostró la tarjeta de presentación y le explicó la conversación que tuvo con el FBI. No la compartió con ella, pero probablemente también le dieron una.
Junto a ese recuerdo, aparece otro. Es más bien una emoción. Un sentimiento de acompañamiento que no sentía desde que era niño y su madre leía sus libros favoritos. Es una mano sujetando la suya con cuidado, como el que se le da a un pájaro de alas heridas.
—Ya veo.
—Lamento lo que te sucedió, ella también me dijo que alcanzaste a decir que fue el sospechoso que identificaste ayer.
Spencer lo recuerda, haber llegado hasta la cafetería después de la agresión, a muy duras penas. Trató de explicarse lo mejor que pudo, pero no alcanzó a decir mucho a causa del dolor.
—Joven…
—Reid —completa Spencer—. Spencer Reid.
—Joven Reid, si estás de acuerdo, me gustaría tomar tu declaración.
—De acuerdo.
Spencer explica paso a paso lo que recuerda, lo que es básicamente todo, mientras el agente toma notas mentales, supone Spencer. Cuando termina su relación, nota como el agente Hotchner lo observa con atención.
—No era una broma lo de la memoria eidética —comenta el agente.
—No sé hacer bromas.
—Bueno, no estás solo en eso.
Spencer carraspea ante la compasión, además de que le duele la garganta por haber hablado tanto. Otra vez, el agente le acerca el vaso de agua.
Spencer ignora la sensación de la mano del hombre tocando su hombro. El contacto envía escalofríos por su columna, pero no dice nada. Casi se ahoga cuando aquella mano se mueve más cerca de su cuello.
Spencer cree que podría sujetar su nuca, sino fuera por el collarín.
—«Fue un movimiento inconsciente» —razona Spencer—. Gracias.
Spencer no comenta nada acerca de ese ligero movimiento que vio en los labios del agente. Sigue parpadeando lentamente cuando el silencio pesa en la habitación.
No pasa mucho tiempo hasta que el hombre dice:
—Tendrás custodia policial.
El collarín es lo único que evita que Spencer voltee bruscamente después de tal declaración.
—¿Disculpe? —pregunta con incredulidad.
—Te agredieron, y fue un hombre que catalogamos como peligroso.
—Solo fue una paliza, no un método de tortura.
—Reid. —Suspira el agente Hotchner—. Te mandó al hospital, con tres costillas rotas, un labio partido y la necesidad de un collarín. Y de tu cara ni hablemos.
—Pero…
—Por Dios, tuviste un neumotórax que pudo haberte matado.
—¡Pero no lo hizo! —réplica de Spencer.
—Esperarás entonces que lo haga?
Spencer abre la boca para responder, pero no vende nada. No quiere morir, menos a manos de un criminal, pero siente que alguien cuidando de él las veinticuatro horas del día es invasivo.
Desde niño aprendió a ser independiente, a valerse por sí mismo. Cuando su padre se fue y quedó a cargo de una madre con un diagnóstico problemático, luchó él solo para salir adelante. Hasta los problemas más minúsculos los escondió debajo del tapete, en un intento desesperado de no empeorar la triste realidad en la que ambos vivían.
Cuando intenta limpiar la lágrima que cae por su mejilla, se último el rostro. Con la frustración cae una del otro lado, y cuando quiere limpiarla también, el agente Hotchner lo detiene, sosteniendo su brazo con cuidado.
—Reid, estás en todo tu derecho de rechazar la custodia policial, pero no te recomendaría hacerlo.
El tono con el que lo dice es bajo y pausado, como si le estuviera explicando pacientemente a un niño porque no debe acercarse a una toma de corriente.
Spencer lo ve a los ojos, igual que el hombre a él. Es gracias a ese momento, y ese cruce de miradas, que Spencer se da cuenta que nunca ha dejado de mirar, desde que recuperó la conciencia y notó la compañía.
Aunque lo ve llorar, el agente Hotchner no hace preguntas, solo sostiene y le sugiere por su bienestar. Por su vida .
Está por decir algo, cuando Ivonny entra en la habitación.
—Mi llamada se alargó más de lo que esperaba… —Ivonny nota la cercanía de ambos hombres y se frena en seco—. Si están en algo puedo volver luego.
El agente Hotchner suelta a Spencer, sin prisas, ni nada que ocultar. Explique la situación, omitiendo el momento de vulnerabilidad emocional de Spencer.
Luego de esto se despide, deseándole a Spencer una pronta recuperación. No solo es una cortesía. Es sinceridad, esa que no se actúa, porque viene desde la esencia de quien la proporciona.
Cuando Ivonny y Spencer están solos, la chica se acerca a preguntar cómo está, es entonces que Spencer piensa que el agente Hotchner no es el único que habla con sinceridad.
Aprovecha el momento para agradecerle su ayuda. Reconoce la sonrisa tímida de la chica tras aquellas palabras, por lo que los siguientes días, durante su estancia en el hospital, sigue diciéndolo.
Cuando llega el día de su alta, un oficial de custodia está esperándolo. Piensa en el agente Hotchner y sus palabras. El hombre tiene razón, podría rechazar la protección.
No lo hace.
Suspira y le dice a Ivonny que suba a la patrulla. Ella solo lo hace después de ayudar a Spencer a subir primero, el bolso con las pocas cosas de Spencer va sobre sus piernas. Él pregunta si es incómodo, pero Ivonny desestima su preocupación.
Spencer le indica al oficial su dirección, pero el hombre dice que ya tiene fichada su casa, como parte de su trabajo. Spencer bufa, pero no comenta nada más aparte.
El trayecto a casa está lleno de preguntas por parte de Ivonny sobre su estado. Casi quiere decir que se calle, pero es grosero y ella solo se preocupa por él.
Cuando llegan a la casa, Ivonny lo ayuda a bajar. Le dan las gracias al oficial antes de entrar, quien les dice que se quedará de guardia por ahora, y les avisará cuando llegue el relevo.
Spencer no puede evitar la incomodidad que llega cuando alguien más entra a su casa, una casa demasiado grande y solitaria para un estudiante universitario.
Varias veces pareció venderla, pero hay algo que no lo deja separarse de ella. Tal vez aún siente la esencia de su madre en ciertos rincones de lo que alguna vez pudo llamar hogar. Siente que sería una traición deshacerse de ella, una traición peor que haberla internado.
—No, eso fue por su bien —reflexiona en voz alta.
—¿Dijiste algo? —pregunta Ivonny luego de dejar la mochila en el sofá.
—No, nada.
Antes de iniciar una discusión, Spencer intenta disuadir el tema con otro. El trabajo parece ser el único tema de conversación que tienen en común, por lo que pregunta si no necesita ir a trabajar.
Ivonny reconoce lo que intenta hacer, pero le sigue el juego, así Spencer se entera que la chica planea quedarse a pasar la noche con él, y aunque Spencer insiste en que no es necesario, ella dice que es por su bien y promete irse mañana.
Spencer suspira y se resigna, no quiere pelear por esto. Ahora tiene a Ivonny, sus analgésicos y una almohada por si quiere toser y estornudar.
Agradece que al pedirle privacidad para escribir, ella accede, no sin antes ayudar a alcanzar lápiz y papel. También pregunta para quién es la carta, pero Spencer no responde, y aunque al principio Ivonny es insistente, acaba por dejarlo solo.
Las manos de Spencer descansan en la almohada que tiene sobre las piernas, con el lápiz rotando entre sus dedos, en un intento de calmar su ansiedad.
Ha pasado un tiempo desde la última vez que le escribió a su madre.
El movimiento aún le duele un poco, por lo que no es tan rápido como de costumbre, cuando estudia a altas horas de la noche. Se detiene y empieza a escribir:
Querida madre
Quiero que sepas que estoy bien
Spencer tacha sus palabras, decir eso es el equivalente a decir realmente que no lo está.
Vuelve a empezar.
Querida madre
El motivo con el que te escribo es para decirte que han sido días complicados, pero he salido adelante
Lo mismo, pero con otras palabras.
Querida madre
Sé que te parece extraño que te escriba, mi última carta llegó hace algún tiempo, pero dicen que un hijo siempre quiere que su madre sepa que está bien. Yo no soy la excepción, aunque siempre crecí escuchando lo contrario. No me molesta, al contrario, te agradezco haberme hecho saber y entender cuán excepcional yo era.
Esta vez no tacha nada, pero no sigue escribiendo. No hasta haberlo leído al menos tres veces más. Y continúa.
No lo digo a menudo, quizás porque pienso que en el fondo ya lo sabes, pero estuve pensando y creo que no es suficiente. Yo debo decirlo, sin importar si lo sabes o no, porque sé que mis palabras tienen un significado especial para ti, incluso si es algo obvio. Alguna vez dijiste que no existen las cosas obvias, sino la gente que se cansa de escucharlas, pero que tú nunca lo harías, especialmente si viene de la persona que más ama en el mundo. En aquel momento no lo entendí. Aún con mi alto coeficiente intelectual, me costaba entenderte en ocasiones, pero me gustaba escucharte hablar. Aún me gusta, aunque no lo haga con regularidad. Me gustan muchas cosas que tienen que ver contigo, el consuelo es una de ellas. Me gustaba que me arrullaras, cuando tu mente te dejaba hacerlo.
Spencer cree que esa última frase es de más, así que la raya con amargura.
Ojalá hubieras estado en aquella sala de hospital, en lugar de un agente federal. Sí, un agente federal. Fue amable, pero no eras tú. Además, tiene un aspecto un poco intimidante. Pero no demasiado, o quizás lo veo así porque me defendió en un altercado que tuve en el trabajo. Claro, también tengo trabajo. Nada importante. Y sí, el agente federal estuvo en mi trabajo, pero tampoco es importante. No estoy en problemas, todo lo contrario, ayudé. Quiero pensar que lo hice, el agente Hotchner nunca me dijo si lo hice o no. Ojalá que sí, ojalá me lo dijera.
Se sorprende al darse cuenta de que escribe sobre el agente Hotchner, sin realmente necesitar hacerlo. Además, está contando algo que preocuparía a su madre si decide enviar su carta. También le sorprende su deseo de volver a ver y/o saber sobre el agente.
Arruga las hojas tachadas hasta convertirlas en bolas de papel, para tirarlas a la basura. Y piensa si enviar lo último que escribió es una buena idea. Quizás no debería enviar nada en absoluto.
Intenta calmar la inquietud de tus manos, pero tomar una decisión le está costando demasiado trabajo; aparte se da cuenta de que tiene la garganta seca, y necesita un vaso de agua.
Esto activa un recuerdo.
Se pregunta si el agente Hotchner volvería a ayudarle. No puede saberlo, por lo que se levanta a tomar agua por sí mismo, no quiere molestar a Ivonny por algo mínimo.
El esfuerzo de ir y venir le quita gran parte de su energía, aunque cree que también tienen que ver los analgésicos recetados. El agotamiento es tanto que casi se deja caer en el sofá, sino fuera por sus costillas rotas.
Cierra los ojos y se deja llevar.
Un fuerte ruido lo despierta pocos minutos después.
—¿Qué…?
—¡Reid! —El agente Hotchner corre a su lado y se agacha frente a Spencer. Luego toma sus manos entre las suyas—. ¿Estás bien?
Spencer parpadea confundido. Cree que está soñando.
—Eh, sí, yo…
—¡Spencer! —grita Ivonny cuando aparece corriendo desde el pasillo—. ¿Estás bien? ¿Qué fue ese ruido…?
Ella se queda callada cuando ve el agarre de manos de ambos. Intenta disimular su sorpresa, pero falla estrepitosamente cuando abre y cierra la boca como un pez fuera del agua. Spencer se da cuenta y se sonroja como un niño descubierto en una travesura.
Deshace la unión de sus manos, pero el daño ya está hecho: Ivonny los ha visto.
Y solo Dios sabe lo que está pensando.
Spencer quiere explicar la situación, pero la chica no le da tiempo de hablar y se da la vuelta. Sin decir nada, regresa por el mismo camino por donde llegó.
—Creo que tu amiga pudo haber malinterpretado la situación —dice el agente Hotchner, en un tono que parece una disculpa.
—Probablemente —susurra Spencer, sin apartar los ojos del pasillo por dónde se fue Ivonny. Suspira cuando no la ve por ningún lado, y vuelve a mirar al agente—. ¿Qué hace usted aquí y por qué entró de esa manera a mi casa?
—Lamento lo de tu puerta. —El agente Hotchner se levanta y toma asiento al lado de Spencer en el sofá—. Estuve llamando pero nadie atendía, miré por la ventana y te vi tirado aquí y pensé lo peor.
—«No estaba tirado».
—Me alegro de haberme equivocado.
Spencer no sabe que respondió a ese último, por lo que rehuye de la mirada del agente Hotchner, y entonces el agente vuelve a hablar:
—Vine a despedir a tu oficial de custodia, ya no lo necesitas.
—Vaya, no estuvo ni un día cuidando mi casa.
—Eso es bueno. —El agente sonríe. Es una media sonrisa en realidad—. Ya atrapamos al ignoto.
—¿Ignoto? —pregunta Spencer, curiosa.
—Así le llamamos al sospechoso.
Spencer reflexiona sobre la respuesta. En algún lado leyó que nombrar a los asesinos con algún apodo particular, les crea un sentido de identidad y pertenencias que solo haría crecer su ego, además de irrespetar a las víctimas de cuentos criminales.
El agente Hotchner no lo dice directamente, pero Spencer sabe que eso es de lo que habla cuando se refieren a él —o cuyo caso ella— como ignoto .
Al hacerse el silencio, Spencer no sabe qué responder, o si debería preguntar algo más. Acaba diciendo lo primero que cruza por su cabeza.
—Entonces, vino a despedirse, ¿no?
El tono de Spencer intenta imitar una broma, pero la mirada que recibe del agente Hotchner es intensa, y ya no sabe qué tan bien recibido fue su comentario.
—Quería asegurarme de que te estás recuperando bien.
Oh .
—Bueno… —Spencer carraspea—. Todo bien, un poco de dolor, pero es normal, la medicación ayuda. También me da sueño, por eso me dormí, aunque por suerte es el único efecto secundario que me ha dado hasta el momento. No descarto que acabe teniendo náuseas o mareos, pero espero que no, sería doloroso vomitar con las costillas rotas, y podría incluso retrasar el proceso de recuperación…
Spencer detiene su monólogo abruptamente cuando se da cuenta de que es demasiado. Para su sorpresa, el otro hombre no parece incómodo ni molesto. Más bien, está atento a lo que dice Spencer, y no parece tener intención de interrumpirlo.
—Pues ojalá solo queda en eso y nada más —responde el agente finalmente.
—Sí, ojalá —coincide Spencer en voz baja y antes de que se forme un nuevo silencio, agrega—: ahora que el caso se cerró debe estar ansioso por regresar a Virginia.
—¿Mhm?
—Deben esperarlo en casa.
Cuando Spencer señala el anillo en el dedo del agente Hotchner, nota como éste hace una mueca que intenta disimular. Su rostro refleja la misma severidad que tiene desde que lo conoció, pero tocar y girar su anillo le dicen a Spencer que algo no está del todo bien.
Los segundos dónde sus ojos se fijan en el objeto, también dicen más de lo que el hombre podría admitir en voz alta.
—Volver, eh —susurra el agente Hotchner.
Spencer no sabe cómo debe interpretar el momento. Siente que existe una especie de vulnerabilidad en el aire, pero no se atreve a decir nada.
Él mismo se expuso sin querer, en aquella habitación de hospital. No hubo preguntas, reproches o miradas raras, solo un gesto para evitar que se siguiera lastimando.
Es su turno de ofrecer ayuda, no por una deuda, sino por la comprensión que en su momento sintió cuando alguien, sin decirle nada, le dió a entender el basta, antes de que se hiciera daño.
Casi se muere el labio, antes de recordar las suturas que aún no han terminado de sanar. Cuando está por hablar, el agente Hotchner se adelanta diciendo:
—Deben estar esperándome, debo irme.
Spencer no sabe si se refiere a su casa en Virginia, o si habla de su equipo de trabajo. De cualquier manera, el hombre tiene razón.
Lo ve levantarse y caminar hacia la puerta, a paso lento, no porque no tenga prisa, sino porque la incomodidad se le adhiere al cuerpo. Es algo que Spencer nota, y le pesa a sí mismo también.
Antes de pensarlo mucho más, dice:
—Si algún día vuelve a Las Vegas, debes probar el café de nuestra cafetería.
Con ayuda de su vista periférica, observe de reojo la reacción del agente Hotchner. Nota la media sonrisa plasmada en su semblante. Es breve, pero sincera.
—Te tomaré la palabra. —Avanza unos pasos más hasta llegar a la puerta y sujeta el pomo—. Y no te preocupes por esto, enviaré a alguien a repararlo.
Cuando Spencer queda solo, suspira largo y tendido. Se mirando queda fijamente la pared, con su mente evaluando diferentes variables.
Ninguna es conveniente.
Decide calmarse, pero escucha la voz de Ivonny diciendo algo sobre un muy posible flechazo, y la tranquilidad de Spencer se desmorona.
—Esto es un desastre —dice con pesar.
*
Han pasado varios meses desde que Spencer completó su recuperación. Sigue trabajando en la cafetería, y pronto será la presentación de su segunda —realmente será la tercera— tesis doctoral. Hubo apenas una pequeña celebración para la primera, pero Ivonny y su padre insisten en celebrar a lo grande la próxima vez.
Incluso el novio de Ivonny apoya la idea.
Según las matemáticas, tres le ganan a uno, por lo que no tiene más opción que aceptar. Igual piensa que es lindo que haya personas que se preocupen por él.
Justo por eso se esfuerza en su trabajo, incluso si el esfuerzo termina en coqueteos incómodos.
—Te lo digo en serio —insiste la clienta—, tus ojos son preciosos, no deberías esconderte así.
—Aquí tienes. —Spencer ignora el comentario y entrega la orden de un macchiato y un bagel de queso crema. Sonríe incómodo cuando nota que la chica le guiña un ojo—. Que tengas un buen día.
Escucha una risita ahogada detrás de él cuando la chica se marcha.
—Si hubiera sabido que lo necesario para atraer más clientes, era traer a un chico lindo, lo hubiera hecho desde hace mucho tiempo —bromea Ivonny.
Spencer se burla. —No soy lindo.
—Claro, lo que digas.
Spencer la aparta antes de que logre pellizcarle un cachete. Ella se queja, pero no lo intenta de nuevo. Ambos se animan cuando escuchan la campana de la puerta sonar, pero se llevan una sorpresa cuando ven a su próximo cliente.
El agente Hotchner .
—¿Otro loco suelto? —susurra Ivonny, como si compartiera un secreto con su amigo.
—Hola, señorita Stabler, joven Reid.
—¿Joven Reid? —pregunta ella y voltea hacia Spencer—. ¿No crees que es algo formal? Deberías dejar que te llame Spencer.
—Eh…
—Si es que al agente no le molesta. —La chica se gira de nuevo hacia el agente Hotchner—. ¿Podría llamarlo Spencer? Si es que viene como cliente.
—Viene en calidad de cliente? —pregunta Spencer.
—La última vez dijiste que debería probar el café de aquí.
-Oh. —Ivonny se anima—. ¿Le dijiste eso?
Spencer se sonroja. —Claro, podría ser un buen cliente.
Ivonny alterna sus ojos entre Spencer y el agente Hotchner. Los entrecierra y parece que quiere decir algo, pero permanece en silencio. Luego dice que necesita buscar ir a la sala de descanso, dejando a ambos hombres solos.
—¿Te parece bien? —pregunta el agente Hotchner.
—¿El qué?
—Llámame por tu nombre.
—Ah. —Spencer parece considerarlo en serio—. No veo problema, es como dijo Ivonny, si es usted un cliente puede llamarme como lo prefería.
—¿Te tutean siempre?
—La mayor parte del tiempo, sí —responde Spencer. Luego sonríe como si recordara algo—. Sería muy raro que alguien que viene a comprarme café me hablara de usted.
—También me sentiría raro si alguien que me vende café hiciera lo mismo.
Spencer reprime una sonrisa y finge no captar la indirecta. Intercambian un par de palabras más, hasta que Spencer entrega la orden y, aunque el agente Hotchner quiere pagar, insiste en que es cortesía de la casa.
No lo es, pero Spencer lo pagará después.
Antes de irse, el agente Hotchner le desea un buen día a Spencer, quien le responde con una sonrisa y un regreso pronto. Una cortesía, como con todos los clientes.
Coloca ambos brazos sobre la barra, mientras su cabeza descansa en ellos, relajada y con suspiros demasiado soñadores para alguien como él.
Es ridículo.
Trata de convertir la energía de sus pensamientos en productividad, para rendir el resto del turno, pero el agente Hotchner sigue rondando su mente. Acaba de verlo irse, es absurdo.
El ritmo de su corazón le da una pista de lo que sucede, pero decide que lo mejor es ignorarlo por un tiempo, un tiempo lo suficientemente largo para que él mismo se dé por vencido.
El resto del turno transcurre con normalidad. Algunos clientes coqueteando con Spencer, nada nuevo. Uno se atreve a dejar su número de teléfono, algo que Spencer bota de camino a la universidad.
Aún le faltan quince minutos para entrar a la clase, lo que piensa que es cuestión de azares, cuando se cruza con el agente Gideon, el hombre que acompañaba al agente Hotchner en aquella ocasión, quien le pide unos minutos de su tiempo para conversar.
—¿Por qué quiere hablar conmigo?
—Estuve investigando sobre ti, muchacho.
—¿Investigando? —pregunta Spencer, con la confusión grabada en el rostro.
—Desde aquel día en la cafetería, noté algo muy interesante en ti, Spencer… No te molesta que uses tu nombre, ¿o sí?
Spencer parpadea varias veces, pero niega con la cabeza. Tampoco le agrada, pero no es lo peor que un desconocido le puede hacer.
—Aquella vez mostraste una capacidad extraordinaria —explica el agente Gideon—. Además, dijiste que eras un genio.
—No lo hice.
—No textualmente, pero es lo que eres. —El agente se saca la mano del bolsillo, y empieza a gesticular tan rápido que su interlocutor se pierde—. También estuve viendo tu trabajo, es impecable; Eres tan joven. Imagina todo lo que aprenderás en el futuro.
Ha escuchado las mismas palabras tantas veces, principalmente de sus profesores. Muchos consideran que Spencer es un diamante que tiene mucho más brillo para dar del que ha demostrado hasta hoy. Es como si sus capacidades, aún con sus licenciaturas y doctorados, no estuviesen completas.
Hoy, el hombre que se para frente a él, quiere darle a Spencer la oportunidad de hacerlo, cuando le dice:
—Chico, seré directo: me gustaría que trabajaras conmigo, más específicamente en la unidad de análisis conductual del FBI.
A lo largo de su vida escolar, Spencer ha sido víctima de todo tipo de bromas. Unas más fuertes que otras, como si fuera todo una competencia sobre quien hiere más al erudito del salón. Algunas eran originales, otras no tanto.
No obstante, esta podría ser una broma bastante original. Si no fuera, porque no lo es. Spencer sabe que este hombre es un agente federal, lo ha visto, ha sido testigo. No es un actor pagado por ex compañeros enfadados, ni el padre de alguno que tan inmaduramente ha decidido cooperar con ellos.
Las manos de Spencer Sudán y siente que los ojos del agente Gideon esperan una respuesta inmediata.
Cómo si fuera tan fácil, además…
—¿No soy muy joven como para entrar al FBI? —pregunta Spencer.
—Con un chico excepcional, se pueden hacer algunas excepciones.
Sutilmente, la respiración de Spencer se ha vuelto errática.
—Escúchame, no tienes que darme una respuesta aquí y ahora. —El agente Gideon saca una tarjeta de presentación del bolsillo de su camisa, y se la ofrece a Spencer—. Llámame cuando estés listo.
Existe la vacilación por algunos segundos, pero Spencer acepta la tarjeta. Promete llamar pronto, aunque ni él mismo está seguro de ello.
Se muere el labio cuando el agente se marcha. Mire fijamente la tarjeta mientras la golpea varias veces con su índice de dedo. Se pregunta si fue buena idea dejar la puerta abierta a un posible sí.
Lo pensará mejor después de las clases y la última evaluación de su tesis, por ahora guarda aquella información de contacto en uno de sus libros y camina rápido hasta el salón de clases.
Con suerte así despejará su mente.
Pero para la mala suerte de Spencer, no es lo que sucede. No solo eso, sino que el clima parece querer jugarle una muy mala broma. Es como si su estado de ánimo se hubiera mezclado con los alrededores y lo hicieran todo gris para él.
Para cuando terminan las clases, todo es lluvia y viento frío. No quiere quedarse en la universidad, pero no tiene paraguas ni abrigo impermeable, y debe llegar a la estación del metro antes de que sea haga más tarde.
Corre el riesgo de contraer un resfriado, pero quizás sí se apresura la lluvia no lo empape demasiado. Frunce los labios con asco y se coloca la mochila en la cabeza, listo para empezar a correr.
No tiene tiempo de poner un pie en la carretera, cuando un auto se detiene a su lado y le salpica los zapatos. Está por reclamar cuando el conductor baja el vidrio y Spencer se encuentra con la cara del agente Hotchner.
— ¿Necesitas que te lleve, Spencer?
Hay un golpe en el pecho de Spencer, seguido de otro más fuerte, y luego otro más. Es una sensación casi desagradable.
Casi .
Piensa en declinar la oferta, pero la lluvia no se calmará pronto y debe llegar a casa. Puede pedir al menos que se acerque a la estación del metro. Eso es suficiente.
Asiente con la cabeza, y antes de poder abrir la puerta, el agente Hotchner lo hace por él. Se queda paralizado un momento, con la misma sensación en el pecho, pero no dice nada y sube en silencio.
—Hola —saluda el agente.
—Hola.
Spencer traga saliva al darse cuenta de que su voz es casi un murmullo. Se coloca el cinturón de seguridad, mientras el agente Hotchner pone el auto en marcha otra vez.
Spencer cree que será un viaje silencioso, pero el agente Hotchner comenta:
—Noto que te recuperaste bien.
—Fueron unas semanas agobiantes, pero salí adelante.
—Es gratificante ver qué una víctima se recupera después de una agresión, sobre todo una como la que sufriste.
Spencer no responde, sino que analiza las palabras.
Para el agente Hotchner él no es más que una víctima, lo que tiene sentido. Resultó herido en la línea de fuego, justo después de saltar al bando de los federales. Quizás lo que siente el agente Hotchner es culpa, por haber puesto a Spencer en peligro de alguna manera.
Manejar tal posibilidad le incomoda más de lo que quisiera admitir. Los golpes en su pecho son desagradables ahora.
—¿Spencer? —llama el agente Hotchner.
—¿Eh? Sí, dígame.
El hombre sonríe.
—No es necesario que me hables de usted, yo no lo hago contigo.
—Bueno, es un agente del FBI, no sé qué tan prudente sería eso.
—No le des tantas vueltas, solo soy una persona común, de carne y hueso. —Es su turno de dudar cuando ve que Spencer no parece convencido—. Si te sientes más cómodo, puedo ordenarte, como agente federal, que me tutees.
Es una broma tonta que toma a Spencer desprevenido, no creía al agente capaz de hacer una. Sonríe, sin darle tantas vueltas. La sensación de que tamborilea en su pecho se aligera, permitiéndole respirar con más calma.
Spencer se permite seguirle el juego al agente Hotchner.
—No pensé que fuera de los que abuso de su autoridad.
—Oh, no lo hago, solo fue una sugerencia.
—Por supuesto… —Extiende la última voz, esperando que el mensaje llegue.
—Aarón —completa el agente Hotchner, y al notar la incomodidad de Spencer con tal nivel de confianza, sugiere—: o en su defecto, puedes llamarme Hotch.
—Bien, agente Hotch.
El agente Hotchner... Hotch, apenas mira un segundo a Spencer, antes de regresar a la carretera. Su expresión es divertida, lo que divierte también a Spencer.
El chico observa a través de los cristales empañados lo que dejan atrás en su viaje de carretera. Los edificios vistosos, llenos de luces brillantes y negocios nocturnos que cobran vida cuando anochece. En un momento dado, Spencer se da cuenta de que la estación del metro quedó atrás hace un tiempo.
—Creo que nos pasamos la estación del metro.
—Sí, hace rato, de hecho —confirma Hotch, sin voltearse hacia Spencer.
—¿Vamos a devolvernos?
—Spencer, cuando ofrecí llevarte no me refería a la estación del metro. Te llevaré a casa, no te preocupes. No tengo memoria eidética, pero aún recuerdo la dirección.
En el silencio tras la declaración de Hotch, el sonido del impacto de un rayo impulsa a Spencer a hablar, quien siente como en su pecho la ligereza desaparece, dando paso a un golpeteo errático que casi le corta la respiración.
El vaivén de emociones hará que Spencer pierda la cabeza.
—Ah, sí, claro… Gracias.
Por primera vez siente que su mente está en blanco, algo que siempre ha creído imposible. Un genio certificado como él no ha podido dejar de pensar desde que tiene la capacidad de hacerlo, que sucede justo ahora le parece una broma de mal gusto.
No quiere mirar el perfil de Hotch, hay algo en él que inquieta las manos de Spencer, por lo que busca otro sitio dónde mirar. Es cuando nota aquel anillo por segunda vez.
No quiere hablar de ello, la última vez que lo hizo elevó la tensión de la habitación al menos dos veces más de lo normal. No va a cometer el mismo error otra vez.
Aunque su curiosidad no desaparece, y no puede apartar la vista. Fue por su falta de disimulo que Hotch se dió cuenta, y no le dió tiempo suficiente a Spencer para crear una excusa.
—No estoy casado, Spencer.
—¿Y por qué el anillo? —Spencer quiere morderse la lengua después de preguntar, sobre todo cuando escucha a Hotch dejar escapar un fuerte suspiro.
—Mi esposa falleció hace casi dos años —dice Hotch luego de un momento de silencio—. No me he podido quitar el anillo desde entonces, bueno, nunca me lo he quitado desde que nos casamos. Pero si lo hago ahora, es como aceptar que nunca volverá.
Spencer nota como Hotch aprieta el volante con más fuerza, antes de aflojar el agarre de nuevo. También percibe la tensión en su mandíbula. Es mínimo, pero Spencer la puede ver igual.
No es experto en lenguaje corporal, pero sabe que todo en Hotch grita inquietud y ansiedad.
El resto del camino pasa en silencio. Sabe que debería ofrecerle consuelo, palabras de alivio. Lo que no dio antes, cuando vio que la tristeza adornaba los ojos de Hotch al escuchar la palabra hogar.
Es tarde para retomar la conversación, y hablar seriamente de ello. Llegan a casa de Spencer, por lo que es momento de despedirse.
Cuando baja del auto, Spencer se da cuenta de que la intensidad de la lluvia bajó considerablemente, pero algunas gotas de agua aún le salpican el pelo.
En lugar de dar las gracias, Spencer dice:
—Realmente no lo hará, tenga o no ese anillo.
La mirada de Hotch sobre Spencer es intensa, pero no dice nada, sabe que Spencer no ha terminado de hablar.
—No he amado a nadie al punto de querer sostenerlo incluso después de su muerte, pero me atrevería a decir que es algo que acabaría en mi propia destrucción. —La inseguridad tiñe las palabras de Spencer. Aún así, continúa—. Y no es por un anillo, o cualquier otra cosa, eso da igual. Es por lo que representa, el no poder seguir con mi vida porque sigo aferrado a algo que no va a suceder jamás.
Y así es como Spencer agradece un favor, con un monólogo sin sentido, mientras tiene el pelo empapado y su cuerpo tirita de frío.
No se queda a esperar una respuesta. Se da la vuelta y, con pasos largos, llega a la puerta. Entra, con el corazón colgando de un hilo, antes de que sus piernas caigan y lo dejen en el suelo, dónde piensa que no debe ser tan directo.
¿Qué fue lo que dijo?
*
Dos días después, Spencer aprovecha la poca influencia de los clientes para relevarle el trabajo a alguien más. Lee mientras afuera el clima parece enfurecido con la gente.
Ivonny acerca un té a la mesa cuando lo escucha estornudar por quinta vez en los últimos dos minutos.
—Bebe esto, te ayudará algo caliente.
—Estoy bien. —dice Spencer mientras arruga la nariz.
Ella frunce los labios, enfurruñada cuando Spencer ni siquiera levanta la vista de su libro. Aburrida, se le ocurre decir:
—Pensé que vería a tu novio más seguido por aquí.
El comentario capta toda la atención de Spencer, quien observa estupefacto el rostro de Ivonny. La chica, feliz de obtener una reacción, sonríe. La campana suena cuando está por hablar, y se entusiasma al ver por encima del hombro de Spencer.
—Hablando del rey de Roma.
Spencer voltea y encuentra a Hotch en la entrada. Lleva un paraguas en la mano, que gotea y hace un desastre en el suelo. La imagen le da un vuelco al corazón, que escucha por encima de las bromas de su amiga y la tormenta de afuera.
Vuelve a fijarse en su libro e ignora por completo como Ivonny se levanta y lo deja solo, con una sonrisa burlona en el rostro. Le pica la nariz otra vez y antes de poder estornudar, le da un sorbo al té dejado en la mesa.
Está bueno, aunque con las prisas se quema la lengua.
—Deberías tener más cuidado —sugiere alguien a su lado.
Spencer sabe quién es ese alguien .
—Está bien, no es nada —aseguró él, rehuyendo del contacto visual.
Hotch toma asiento frente a él. No lleva consigo el paraguas, y Spencer piensa que Ivonny se ofreció a tomarlo. Sabe que es grosero seguir leyendo mientras está en compañía, por lo que cierra su libro e intenta prestar atención a la otra persona.
Le es imposible no notar que aquel anillo sigue ahí, y traga saliva al recordar lo que dijo sobre él. Cuando no supo del agente en estos últimos dos días, casi aceptó que aquella fuera de su última conversación.
Le dejó una espina en el corazón, pero no había razón para seguir teniendo ningún tipo de comunicación. Sin contar que Hotch es un agente federal, no está en la ciudad de vacaciones.
Y la sensación de que Hotch aún lo ve como una víctima, persiste en la mente de Spencer, como una maldita astilla clavada en la palma.
—¿Qué estás leyendo?
—Eh. —Spencer traga saliva—. Es solo un libro de física.
El rostro de Hotch refleja la misma sorpresa que mostró Ivonny cuando lo encontró leyendo un libro así por primera vez, algo que siente que le calienta las mejillas.
Y como si le salvara la vida —o no— aparece la chica con una taza de café. Un simple café negro, pero que Spencer sin duda es todo el estilo de Hotch. A lo mejor no tiene azúcar, o al menos, muy poca.
—Buenos días, agente Hotchner —saluda Ivonny, antes de colocar el café en la mesa—. Invita a la casa.
Hotch agradece por la amabilidad e Ivonny se retira. Cuando está lo suficientemente lejos y sin que el agente la vea, le guiña un ojo a Spencer, quien se sonroja aún más fuerte.
—Espero que esto no salga de su bolsillo —comenta el agente Hotchner después de probar el café—. Mhm, realmente está bien.
—¿Qué quieres decir?
—La vez pasada, el café, sé que lo pagaste tú.
Spencer tamborilea los dedos contra la mesa.
—¿Te diste cuenta?
—Soy perfilador —explica con sencillez—, claro que lo hice. Y realmente no debías hacerlo, siendo universitario deberías guardar tu dinero para cosas importantes.
— Pff , hablas como si un café me fuera a llevar a la quiebra. De todas formas no tengo problemas con el dinero.
-¿No? —Hotch alza una ceja.
—Usé mis capacidades intelectuales para ganar dinero apenas cumplió los dieciocho años.
— ¿Y por qué hasta la mayoría de edad?
Spencer sabe que lo que hizo no está mal, pero dígalo en voz alta frente a un agente del FBI lo inquieta. Frunce los labios al ver que Hotch espera su respuesta.
—Apuestas.
—¿Apuestas?
—Todo legal —explica Spencer. Trata de seguir dando una buena imagen—. Por eso esperé hasta los dieciocho.
—Spencer, en realidad la edad mínima es veintiún años…
—Hay estados en los que puedes hacerlo a los dieciocho, además ni siquiera bebí alcohol, siempre me mantuve dentro del marco legal y me abstuve a las reglas. Si quieres arrestarme no podrías hacerlo.
—No quiero arrestarte, Spencer. —Hotch suspira—. Entonces, ¿viajaste a otros estados solo para apostar?
Spencer sonríe.
—Al final del día, eres de Las Vegas, tengas la edad que tengas. —Hotch da un sorbo de café, antes de preguntar—: ¿y si el dinero no es un problema para ti, por qué trabajas?
—Bueno… Perdí una apuesta contra Ivonny, y me lo cobró haciéndome trabajar aquí.
—¿Estás trabajando para pagar una apuesta?
—Sí —responde Spencer, avergonzado. Cuando nota la expresión de disgusto de Hotch, aclara—: pero no creas que no me pagan, realmente soy un trabajador como todos los demás.
Nota que las cejas de Hotch se suavizan, para luego escucharlo decir:
—Una apuesta, eh. Cómo dije, eres de Las Vegas, sin importar tu edad.
Spencer no se ofende por el comentario, y toma otro sorbo de té cuando nota reseca la garganta. De repente, la bebida parece más dulce que antes.
Hotch termina su café y se despide de Spencer, con la promesa de regresar cuando el caso esté cerrado.
—Ah, Spencer. —Hace una pausa antes de irse—. Gracias.
—¿Por qué?
—Por ya no hablarme de usted.
Si Hotch no lo menciona, Spencer no lo habría notado. Él solo sintió la naturalidad de la conversación y se dejó llevar. Al final así se siente estar cerca de Hotch, como algo que solo fluye y se deja arrastrar por el viento. Hojas otoñales, probablemente.
Y es apenas la tercera vez que platican.
Se pregunta cómo son las conversaciones con él, y que tanto soportaría su corazón antes de estallar dentro de su pecho. Y si le gustaría escucharlo hablar de vuelta, pese a sus divagaciones y temas que no son interesantes para la mayoría.
Cuando ve finalmente a Hotch, se da cuenta que imagina un sentimiento, lo que elimina el sabor dulce del té. Vuelve a ser tan amargo como su amiga lo sirvió antes.
—¿Y bien? —pregunta Ivonny cuando se sienta frente a Spencer.
—¿Bien qué?
—Pues tú y el agente Hotchner.
—¿De qué estás hablando? —pregunta Spencer, en un intento de aparente ignorancia.
—No creas que no me doy cuenta, no me tomes por tonta.
Spencer suspira, no tiene sentido ocultarle algo a la única testigo, desde el comienzo, de lo que se ha estado gestando entre los dos hombres. O más bien, lo que Spencer siente por el otro hombre.
Observe el resto de té olvidado en la taza. Imagina, por un segundo, que allí podrás encontrar la respuesta.
—No hay nada entre el agente Hotchner y yo —dice con pesar—. Él solo se preocupa por la persona que fue víctima de uno de sus sospechosos anteriores.
Spencer espera un reclamo que nunca llega, y sigue bebiendo el resto del té.
—Oh, por Dios, ¡no puede ser lo que piensas! —Ivonny golpea la mesa con las manos abiertas—. ¡Ese hombre podría llevarte a la cama y mientras te coge pensarás que lo hace porque le preocupa la paliza que te dieron!
Spencer se atraganta cuando escucha el comentario. El ataque de tos que le sigue parece interminable, mientras Ivonny le golpea la espalda y le pide que no muera.
—¡¿Cómo dices algo así!?
—Es la verdad, Spencer. —Ivonny suspira y vuelve a su asiento—. Se nota que ese hombre te mira de la misma manera que lo haces tú.
Vuelve a mirar la taza, ahora vacía, y se cuestiona qué tan prudente es creer que tales palabras son ciertas. Un hombre de al menos el doble de su edad, sintiendo lo mismo que él. Es inaudito.
El sentimiento que crece en el corazón de Spencer es extraño y difícil de explicar. No entiende lo que es un flechazo, pero no está seguro de poder reducir lo que siente a simplemente eso.
Aunque debería hacerlo.
No conoce a este hombre, ni él a Spencer. Apareció en su vida un día y luego se fue, para volver tiempo después. El amor pide más que eso para florecer.
Y, sin embargo, las flores ya comienzan a crecer y rodear todo el jardín.
—Oh, entonces deberías aceptar la oferta de ese tal agente Gideon.
— ¿Qué tiene que ver? —La mira con un extraño hundimiento de cejas.
—Si aceptas, ustedes dos podrían trabajar juntos. Tú y el agente Hotchner, quiero decir.
El día anterior le contó a Ivonny la oferta del agente Gideon. Ambos estuvieron un largo rato conversando sobre el tema, pero sin llegar a una decisión concreta. Ella solo le terminó diciendo, al final de la plástica, que todo dependía si realmente se veía a sí mismo como un agente federal.
Spencer aún no lo sabe, se le hace muy difícil concebir la imagen. Una persona como él, teniendo un trabajo importante en el gobierno. Es como un ratón caminando entre leones.
Y el añadido de trabajar con Hotch …
—No quiero aceptar un trabajo así, solo por estar cerca de alguien que me gusta —susurra Spencer, mientras se abraza a sí mismo y huye del contacto visual.
—Entonces si te gusta —dice en tono de burla, seguido de una risa infantil.
—¡Ivonny!
La risa de Ivonny se hace más fuerte, lo que logra sonrojar a Spencer, y mientras ella se levanta a atender a los clientes recién llegados —sin dejarlo en paz—, el chico se encoge en su asiento.
Toma el libro que dejó abandonado antes y busca la página que estaba leyendo. En cuestión de pocos minutos termina el libro, aunque se da cuenta de que no prestaba atención a la lectura.
Su cabeza está en otro lado.
No tiene tiempo de cuestionar la situación, cuando Ivonny le dice que es hora de que vuelva a trabajar. Ella sonríe, con esos ojos cómplices que perseguirán a Spencer hasta el FBI, si es que acaba aceptando el trabajo.
Y ahí está de nuevo, con la rutina de servir café y sonreír, aunque el cliente le quiera sacar los ojos. Al menos con este trabajo aprendió que odia la atención al público.
Ivonny sigue mirándolo de soslayo, pero prefiere fingir que no se da cuenta, tal vez así ella no se de cuenta de cuan asfixiante es la angustia de Spencer.
La lluvia sigue torrencial afuera, y la gente busca un refugio caliente a través de lattes clásicos, tés y mocas acaramelados.
Y así pasa el resto del día, entre pedidos de bebidas calientes y un par de reclamos porque el café está muy caliente o, por el contrario, muy frío. Spencer no entiende, sigue al pie de la letra las indicaciones del cliente. Ivonny intenta animarlo diciendole que no lo tome personal, todos los clientes son así, sea en una cafetería o un puesto de periódicos.
Cuando llega la noche y la cafetería cierra al público, Ivonny sirve para ella y Spencer un par de tazas de café cuando el resto de empleados se va.
—No le cuentes a nadie. —Guiña un ojo cuando le pasa el frapuchino a Spencer—. Ten, una bomba de azúcar como las que te gustan.
—Por supuesto que sí. —Spencer da el primer sorbo y casi jadea de felicidad por su sabor.
—No deberías tomar bebidas heladas a estas horas.
—¿Y por qué me la das?
—Por aceptar cubrir el turno completo—. Sonríe divertida—. Y para celebrar tu primer amor.
La mano de Spencer que sostiene su frapuchino queda suspendida en el aire, para luego volver a la barra y que el hielo tintineando contra el vaso de la bebida, sea el único sonido que interrumpe el silencio del ambiente.
Ivonny toma su propio café, ignorando la mirada perdida de Spencer, pero con una nueva sonrisa cuando se da cuenta.
Cuando termina de beber, dice que pasará a la sala de descanso antes de irse, también insiste para que Spencer termine su propio café y deje de estar en las nubes.
Pero le cuesta concentrarse cuando una sola palabra cruza por su mente: amor .
Su ensimismo es interrumpido por la campana de la entrada.
—Está cerrado…
—¡Spencer!
Hotch.
El hombre no lleva su saco y corre hacia él y le sujeta por el brazo, acción que enloquece el pulso de Spencer. Traga saliva cuando se da cuenta de que algo va mal.
—¿Estás solo? —pregunta Hotch.
—Eh, no —responde Spencer, antes de remojarse los labios para continuar—: Ivonny también está aquí.
—Bien, ambos deben salir de aquí… ¡Ya!
Spencer quiere preguntar qué sucede, pero Ivonny sale de la sala de descanso. Camina hasta ellos mientras se hace una coleta en su largo cabello rubio. Sonríe al notar la presencia del agente Hotchner, y parece a punto de hacer una broma, pero cae al suelo antes de que Spencer pueda procesar el ruido que acaba de escuchar.
Hotch los arroja a ambos al suelo, dónde se esconden detrás de la barra, entonces Spencer comprende que se trata de disparos.
Y acaban de dispararle a Ivonny .
—No, no, no… —Spencer niega una y otra vez, pero cuando intenta moverse Hotch lo detiene—. ¡Déjame, tengo que ir con ella!
—¡No, puedes salir herido!
—¡No puedo simplemente dejarla!
El ruido alrededor es ensordecedor. Los cristales rotos, las balas chocando contra las mesas, y algún hombre gritando como un desquiciado. Spencer no entiende lo que dice, en lo único que piensa es en su amiga desangrándose en el suelo, sin que nadie pueda ayudarla.
Su ansiedad crece cada segundo, y todo su cuerpo no deja de temblar cuando nota que Hotch devuelve los disparos. Spencer aprovecha la distracción para llegar hasta Ivonny, sin considerar el peligro al que se expone.
—Ivonny, ¿me escuchas? —pregunta con voz temblorosa—. Estarás bien, te tengo.
La chica parece querer hablar, pero se le hace imposible. Solo tose, con su boca acumulando sangre, además de la sangre que empapa su camisa. Tiene las pupilas dilatadas y busca a ciegas la mano de Spencer, quien la sostiene con fuerza y palabras de aliento.
—¡Spencer, muévete! —ordena Hotch, sin dejar de disparar.
—¡Te dije que no la voy a dejar!
—¡Entonces debes moverla también, pero no puedes quedarte ahí!
Spencer no necesita recibir la orden una segunda vez. Empieza a mover a Ivonny hacia el sitio más seguro, por detrás de la barra. Hotch se mueve para cubrirlos mientras Spencer retrocede con la chica.
Pero antes de que el propio Spencer pueda estar a salvo, recibe un disparo en el brazo.
—¡Spencer! —grita Hotch. Da un último disparo antes de arrodillarse junto al chico—. Oye, tranquilo, vas a estar bien.
No siento que va a estar bien, pero no es lo que le importa ahora. Su amiga sigue perdiendo sangre y agotando sus fuerzas, le aterra que no aguante mucho más.
Ignora la herida en su brazo y junta sus manos sobre el abdomen de Ivonny, dónde hace presión. Ella reacciona ante el dolor, pero sigue sin poder hablar.
—Solicité refuerzos, ¿dónde están? —dice Hotch a través del micrófono en su muñeca—. ¡Tengo dos heridos aquí!
Los ruidos alrededor de Spencer se desvanecen: los disparos, la voz de Hotch, el desconocido que no para de gritar. Todo se reduce a la vida de Ivonny, la vida que de un segundo a otro puede desaparecer.
Ignora su propio dolor para centrarse en el de ella.
No sabe lo que pasó a su alrededor en los minutos que estuvo perdido, pero alguien lo separa de Ivonny cuando llegan dos paramédicos para atenderla. Sus ojos siguen los movimientos del médico personal, pero una voz dice que también deben atenderlo a él.
Recuerda entonces que está herido. Y duele, duele mucho.
—Spencer —susurra Hotch. Sus ojos siguen lo mismo que los ojos de Spencer ven. Luego se centra en él, para asegurar su bienestar—. Ella estará bien, pero necesita que tú también lo estés.
—Fue solo un roce, estoy bien. —Se muere el labio, al borde las lágrimas, pero sin atreverse a llorar en voz alta.
—Eso lo deciden los médicos, vamos.
—¿Puedo ir con ella?
Spencer voltea hacia Hotch cuando hace la pregunta, deseoso de oír un sí. Quiere reclamar cuando Hotch le da una negativa con la cabeza, pero un paramédico habla con Spencer y le pide que lo acompañe.
Cuando salen del local destrozado, con los pies arrastrando los vidrios y muchos pedazos de madera, Spencer observa cómo suben a Ivonny a una ambulancia. Los médicos dan instrucciones rápidas, saben que la vida de la chica pende de un hilo.
Él sube a otra, seguido de Hotch junto a los paramédicos. Una vez en el vehículo empieza la revisión: signos vitales, presión arterial, reflejos; Mientras lo acomodan en la camilla.
La posición permite a Spencer ver cómo el paramédico coloca una vía en su brazo no herido. Tiene un deja vu cuando siente el piquete de la aguja.
El sonido de las sirenas, las curvas que toma la ambulancia, el oxímetro en su dedo y el dolor punzante en su brazo agitan a Spencer.
¿Cómo en un segundo estaban tomando café y al siguiente un lunático les disparaba?
Su respiración empieza a desestabilizarse, por lo que uno de los paramédicos se apresura a colocar puntos nasales para el manejo de la situación. Spencer casi no lo siente, por la calidez de unos dedos que tocan los suyos.
De reojo, observa a Hotch. En sus ojos ve la preocupación, pero también existe una calma que llega hasta Spencer y afloja sus pulmones. Recuerda verlo arriesgarse para protegerlo. No porque sea un agente federal, sino porque se trataba de la vida de Spencer.
Una lágrima cae finalmente por su rostro, pero lucha para que sea la única.
—No, lo mejor es que no lo toque —dice el paramédico, mientras rompe el contacto físico de ambos hombres.
Lo siguiente son preguntas constantes sobre su nombre, el lugar donde está, qué día es hoy… Spencer escucha el sonido del lapicero contra la hoja del formulario médico; la información que el paramédico ofrece por radio al hospital y, de nuevo, las sirenas de la ambulancia, que por alguna razón parecen ser más fuertes que antes.
Vuelve a mirar de soslayo a Hotch, quien nunca ha dejado de verlo.
Cuando llega al hospital, Spencer insiste en poder caminar solo, pero el paramédico lo detiene con mano firme. Le explica brevemente el protocolo, y antes de que Spencer pueda protestar, la expresión severa de Hotch aparece a su lado.
—No discutas, obedece.
Suena tal como una orden impuesta por un agente federal, por lo que no le queda más que acatar.
Mientras lo trasladan al cubículo de urgencias, la mente de Spencer se vuelve a desconectar. Apenas responder las preguntas necesarias, pero su corazón y pensamientos se mantienen alerta en búsqueda de la vida que se perdía en sus manos.
Sabe que revisan su respiración, sus pulmones y la herida de bala, pero se siente en trance, sin algo que lo mantiene firme en el suelo. El ardor del tratamiento de la herida funciona de alguna forma, y lo devuelve a la realidad.
Al regresar de la sala de imagenología, Spencer quiere salir corriendo y preguntando por Ivonny. Realmente ha querido hacerlo desde que subió a la ambulancia, pero sabía que nadie le respondería. Ahora ambos están en el mismo hospital, y Spencer necesita saber de ella.
La puerta de la habitación se abre, espera ver a algún médico u otro enfermero, pero se trata de Hotch.
—Hola —saluda en voz baja, mientras se acerca con cuidado—. ¿Cómo te sientes?
—Bien.
No es su mejor respuesta, pero no tiene fuerzas para iniciar una conversación real, así que evita el contacto visual, no quiere que Hotch lo vea vulnerable.
Mucho más .
Pero él, con la delicadeza de quién toca una mariposa, coloca sus dedos bajo la barbilla de Spencer. Luego va despacio, hasta que sus ojos se encuentran.
—No te escondas de mí.
Las palabras son suficientes para que Spencer rompa en un llanto profundo y desgarrador. Todo el miedo, la ansiedad y la desesperación acumuladas empiezan a salir. Arañan la garganta de Spencer y lo dejan sin aliento una vez más.
Un par de brazos fuertes lo sostienen, dónde nadie más estaría para él. Le deja esconder el rostro en su pecho, empapar su camisa con lágrimas de dolor. Todo lo necesario para que sepa que no tiene porqué cargar con todo solo.
—Ella no puede morir, Aarón.
—No lo hará —asegura Hotch, sin apartar a Spencer de su pecho—. Aguantó hasta que llegaron los médicos, es fuerte, saldrá de esto.
—¿Pero y sí…?
—No, no lo pienses. Todo saldrá bien.
Poco a poco, el llanto de Spencer se convierte en sollozos que luego son hipos. Con esto Hotch se aparta apenas unos centímetros de él, lo que le permite ver sus ojos ahora rojos e hinchados.
—Intenta descansar —sugiere Hotch—, si puedes. Trataré de conseguir información.
Spencer sentado con la cabeza.
Justo cuando Hotch sale, siente el cuerpo más pesado. Sus ojos tampoco aguantan mucho más abiertos, y es cuando cae en cuenta de que los medicamentos para el dolor siempre le traen el mismo efecto secundario, y lo ponen a dormir.
Cuando despierta, no sabe cuánto tiempo ha pasado, pero ve a Hotch sentado a su lado ya una enfermera acabando de salir de la habitación.
—Hola, Spencer.
—Hola, Aarón.
El tono de voz de ambos es bajo, como si compartieran un secreto. Hotch aprovecha la cercanía para acariciar el cabello de Spencer, quien sonríe complacido por el gesto.
—Ivonny salió bien de la cirugía —informa Hotch, sin dejar de mirar a Spencer.
Spencer cierra los ojos y exhala profundamente. Aquello era lo que necesitaba escuchar.
—Gracias… —comienza Spencer, sin abrir aún los ojos—. Por todo.
No hay una respuesta, pero no la necesita, Hotch tocando su cabello lo dice todo. Debe ser lo más cercano a flotar en una nube que existe, y podría vivir así por el resto de su vida.
Tristemente todo tiene su final, pero al menos viene en las formas para su alta médica. Cuando todo está listo, en la sala de espera se encuentra con el novio y el padre de Ivonny, quienes se consternan al ver que Spencer también resultó herido.
De repente, aparece un médico llamando su nombre.
—Sí, soy yo —responde cuando se acerca al médico.
—La paciente solicita verlo.
Parpadea varias veces y voltea a ver a Hotch, junto al padre y el novio de Ivonny, quienes le insisten que no la haga esperar tanto. Hotch concuerda con ellos.
Spencer sigue al médico, quien le entrega la indumentaria de aislamiento. Con las prendas aseguradas, Spencer finalmente entra a la habitación de Ivonny.
Respira profundamente cuando la ve: piel pálida, labios resecos y ojeras que ella no dejaría ver a nadie en la calle. Desde que Spencer la conoce, sabe que le gusta arreglarse. Seguramente odia su aspecto actual. También sigue conectado a varios monitores y sondas.
Se acerca y ella intenta sonreírle lo mejor que puede.
—Hey, tú —dice, casi arrastrando las palabras.
—Sí, yo.
—Eso fue intenso, ¿eh?
—Lo fue —confirma Spencer, con un ligero temblor en su voz.
—Me salvaste la vida.
Spencer suena con ironía. No cree haberle salvado la vida.
—No, tú te aferraste a ella.
—Porque estuviste ahí, conmigo, y no me dejaste ir tan fácil.
— ¿Entonces querías verme para darme las gracias? —Suelta una risita sin gracia.
La chica no responde de inmediato, toma su tiempo para ver a Spencer a través de sus párpados cansados y confundidos. No admitirá en voz alta que le cuesta formar una frase coherente, pero quiere hablar con Spencer ahora.
—Nos atacó alguien que la policía debe atrapar, ¿pero cuántos más no hay sueltos?
Spencer espera, pero tiene una idea de lo que va a decir a continuación.
—Debes aceptar ese trabajo, Spencer.
—Yo no…
—Y esto no se trata de estar cerca de la persona que ama. —Ivonny inhala lento y pausado—. Sino de las vidas que puedes salvar.
Spencer no responde. Pasan los minutos y el silencio entre ellos pesa en cantidad. Con movimientos espasmódicos, Ivonny mueve su mano para sujetar la de Spencer. Y el contacto físico es suficiente para entender cuál es la decisión correcta.
Escucha al médico ordenarle salir. Se despide de ella, con la esperanza de que todo mejorará para ambos. Una vez afuera, se queda a mitad del pasillo, analizando las palabras de Ivonny.
No tiene la tarjeta del agente Gideon a la mano, pero no la necesita. Memorizó el número de contacto apenas lo leyó. Ahora debes encontrar un teléfono y hacer esa llamada, antes de que pueda arrepentirse.
*
—Fue una pésima idea de haber pedido comida china.
Spencer lucha por sujetar los palillos correctamente, pero cada intento le sale peor que el anterior, es como si tuviera los dedos bañados en aceite.
Hace una mueca de frustración cada vez que los deja caer, lo que hace reír a Aarón cuando lo ve. Spencer piensa que atacar a un agente federal debería considerarse un acto legal en ciertos casos.
—Por fin te conozco una debilidad, genio.
—No es una debilidad —rezonga Spencer entre dientes—, simplemente los palillos no funcionan para comer, ¿por qué no utilizan cubiertos normales, como la gente normal?
Hace el último intento, que sale mal, antes de tirar los palillos a un lado. Chasquea la lengua y echa la cabeza hacia atrás. Cree que es la peor humillación que ha sufrido en los últimos meses.
Escucha la risita de Aarón por encima de él, lo que hace crecer su frustración. Que Aarón esté en el sofá y Spencer en el suelo, solo eleva su nivel de vergüenza.
Aunque fue decisión de Spencer, ahora cree que fue su peor idea.
—Recuérdame porque estoy en el suelo y tú no.
—Así lo quisiste —respondió Aarón con simpleza—. Te dije que te sentaras conmigo.
Spencer vuelve a chasquear la lengua. —Estaba escribiendo una carta.
—Pero íbamos a comer, Spencer, la carta podía esperar.
—Tengo que contarle a Ivonny cómo va la mudanza y la diferencia de vivir en Virginia comparada con Las Vegas.
Spencer escucha el murmullo de Aarón, pero no entiende lo que dice. Mira hacia arriba y encuentra a Aarón revolviendo su propia comida en la caja para llevar, con una expresión seria en el rostro. Spencer entrecierra los ojos, luego sonríe cuando finalmente lo entiende.
—¿De verdad estás celoso?
-No. —Aarón da un bocado a la comida. Luego de masticar y tragar, continúa—. Solo es extraño que ni siquiera le escribas a tu madre, pero a Ivonny le envía cartas constantes desde que llegaste a Virginia.
Hay un silencio pesado tras la confesión de Aarón, quien empieza con un tic nervioso en la pierna cuando Spencer lo observa con atención, sin decir nada. Un minuto después, el sonido de una risa estruendosa inunda la habitación.
—Es un espectáculo ver a un hombre como Aarón Hotchner sentir celos.
—No estoy celoso, Spencer —replica Aarón, y frunce el ceño cuando ve que Spencer no para de reír—. No soy un adolescente molesto, porque la persona que le gusta habla con alguien más.
La última frase calma las risas de Spencer de un tajo. Corta el contacto visual con Aarón y observa sus propias manos, como si fuera lo más interesante del mundo, mientras siente que toda la sangre le sube al rostro y las orejas.
Traga saliva cuando siente que Aarón le toca el hombro con los nudillos. Una petición silenciosa, suave; no está seguro de querer aceptar. Pero lo hace, y cuando voltea, se pierde en los ojos oscuros de Aarón.
—Ven, siéntate conmigo.
Hay un solo momento de vacilación, antes de que Spencer obedezca. No solo se sienta con él. Está cerca, casi encima, pero sabe que a Aarón no le molesta. En todo caso, lo envuelve entre sus brazos, como un arrullo. La cercanía entre ambos nunca ha sido un inconveniente. Desde la primera vez que Aarón lo sujetó, el cuerpo de Spencer se acostumbró al contacto.
—Mañana es la entrevista, ¿no? —pregunta Aarón, con la mejilla pegada al cabello de Spencer.
—Sí, ¿irás conmigo?
—Claro, después de todo, me ofrecí para ayudar a establecerte en la ciudad.
Spencer sonríe y se acurruca más en el abrazo de Aarón. Toma su mano entre las suyas, dónde el anillo que alguna vez amargó los recuerdos de Aarón, ya no está.
Aquello fue lo que marcó el inicio de un futuro lleno de promesas, un futuro que ahora ambos luchan por cumplir.
