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La misión más importante

Summary:

Suneater se enfrenta al mayor desafío a lo largo de su carrera, no a manos de un villano sino frente a un grupo de niños de primaria.
Hay motivos personales que lo impulsan a dar lo mejor de sí para que está misión sea un éxito

Work Text:

A veces Tamaki se preguntaba por qué, después de tantos años como héroe profesional, su estómago seguía retorciéndose igual que cuando era un estudiante nervioso enfrentando su primer entrenamiento.

Había enfrentado villanos capaces de destruir edificios enteros, criaturas alteradas por drogas ilegales, y hasta amenazas tan impredecibles que ni sus instintos podían anticiparlas. Y aun así, nada de eso —nada— lograba provocarle la misma presión en el pecho que sentía ahora.

No puedo fallar...no hoy.

El sudor frío comenzó a picarle en la nuca mientras repasaba cada posible escenario desastroso.

—¡Ánimo Suneater! —La voz de FatGum irrumpió directamente la catarata de pensamientos, arrancándolo de su propia tragedia imaginaria—. ¡Será pan comido!

Tamaki parpadeó, confundido por un segundo, como si recién recordara dónde estaba. Fat sonrió, animado como siempre, y le dio una palmada suave pero firme en la espalda.

—Es una inofensiva charla motivacional  —continuó— Sólo entramos, contamos  lo que hacemos, inspiramos a los niños y nos marchamos. Fácil

Kirishima ya estaba adelantado unos pasos, con el pecho inflado y una sonrisa que irradiaba entusiasmo puro.
—¡Yo sí creo que es una tarea importante!. Los niños son el futuro, ¿verdad?. Por eso es genial que entiendan nuestro trabajo y cómo ellos también pueden ser héroes. —exclamó, levantando un brazo con emoción— Apuesto a que los chicos van a emocionarse cuando nos vean. Sobre todo contigo Amajiki-senpai. Eres muy popular con los niños.

Tamaki casi se atraganta. Popular. Él. No sabía si reír, huir o esconder la cara detrás de su capucha. Podía sentir su estómago comprimirse aún más.

—No lo agobies, Kirishima. – FatGum soltó una risotada suave. –  Amajiki solo necesita entrar, hablar un poco y sonreír. Ya verás que no muerden. No todos, al menos.

Pero incluso con las palabras alentadoras de sus compañeros, él no podía evitarlo. Mentalmente seguía hecho un desastre.

Tengo que hacerlo bien. Tengo que…

No terminó el pensamiento porque cuando menos se dio cuenta, FatGum ya se encontraba llamando a la puerta del salón 1A. 

La maestra sonrió con un brillo especial en los ojos mientras se ubicaba frente al pizarrón.

—Niños, hoy tenemos visitas sorpresa —anunció con un tono dulce provocando que toda la clase enderezara la espalda en sus asientos—. Unos héroes muy importantes han venido para contarnos un poco sobre su trabajo. Por favor, demos una cordial bienvenida.

Los murmullos estallaron de inmediato: pequeñas voces emocionadas, risitas contenidas, comentarios atropellados.
La maestra extendió un brazo hacia la puerta y les indicó que podían pasar.

FatGum entró primero, enorme y radiante como siempre. Algunos niños abrieron la boca de sorpresa. Otros aplaudieron sin esperar indicaciones.
Kirishima apareció detrás, caminando con energía, levantando una mano a modo de saludo.
Y finalmente Tamaki entró… tratando de no encorvarse y queriendo que sus piernas no temblaran tanto.

Caminó hasta colocarse junto a sus compañeros, frente al salón entero. Filas de pequeños uniformes, miradas brillantes, murmullos que parecían miles aunque apenas eran veinte chicos. Y esa sensación punzante en su pecho.

Respira. Solo respira.

FatGum tomó la delantera.
—¡Hola niños ! —dijo con voz cálida y contagiosa—. Soy FatGum, su amigo y héroe profesional y junto a mis compañeros venimos a contarles cómo es nuestro trabajo.

Los niños aplaudieron con entusiasmo.
Kirishima dio un paso al frente, su sonrisa era tan grande que hasta la maestra pareció contagiarse.
—¡Soy RedRiot y me emociona mucho estar aquí!  Les contaré la importancia de conocer y entrenar sus dones para poder ayudar a otros. 

Luego giró hacia Tamaki, dándole espacio con absoluta confianza.

Tamaki sintió que el aire se volvía sólido de golpe. Debía decir algo, cualquier cosa. Tan simple… excepto que para él, jamás lo era. Intentó dar un paso adelante y abrir la boca.

—Y-yo… e-este…soy..Sun..Suneater.. —las sílabas se escaparon torpes, como si chocaran entre sí antes de salir—. Ehm… b-buenos días…

Los niños lo miraban atentos. Demasiado atentos.
Un océano de ojos, curiosos, inocentes, inquietos.
Tamaki sintió que todos ellos pesaban sobre su pecho como un bloque imposible de mover.

Imagínalos como papas. Solo papas. Papas apiladas en sillas. Fácil…

Intentó visualizarlo, pero la imagen se deformó, absurda, ridícula. Su corazón seguía latiendo rápido, ahogándolo desde dentro.

No funcionaba. Así que buscó otra estrategia: Un punto fijo. Solo uno, algo en lo que anclar su mente antes de derrumbarse.

Y entonces los vio, un par de ojos azules, grandes y redondos. Una niña pequeña, sentada en la segunda fila que lo miraba con una mezcla extraña de preocupación y expectativa.

Tamaki intentó hablar otra vez, forzando el aire a atravesar la garganta cerrada.

—Y-yo… ehm…

Pero el sonido murió antes de tomar forma y la presión lo envolvió como un puño invisible. De repente, la necesidad de escapar fue tan fuerte que no logró resistirla.

Su cuerpo se movió antes de que su mente lo decidiera: dio media vuelta y salió corriendo por la puerta del salón, casi tropezando, casi sin ver nada.

—¡Suneater! —intentó llamarlo Kirishima, pero ya había desaparecido por el pasillo.

FatGum reaccionó al instante, dando una risotada nerviosa mientras se rascaba la cabeza frente a los niños.

—Bueno, bueno, ya ven… a veces hasta los héroes se ponen nerviosos —comentó, intentando aligerar la situación—. Pero no se preocupen, él está bien. Mientras tanto… ¿qué tal una demostración?

Los niños se rieron y rápidamente volvieron la atención al frente del salón. Todos, excepto por una sola niña que no apartaba la vista de la puerta.

Sus pequeñas cejas fruncidas transmitían una inquietud profunda y pensativa hasta que pareció haber llegado a una resolución y se levantó de su asiento.

—¿Miho-chan? —preguntó la maestra—. ¿A dónde vas?

La niña no respondió.

Simplemente salió del banco, dio unos pasos cortos y firmes, y echó a correr detrás del héroe que había huido

En el pasillo, Tamaki permanecía con la frente apoyada contra la pared. Sentía el pulso acelerado, las manos frías y la vergüenza quemándole la garganta. Tenía un solo día… un solo día para no arruinar nada. ¿Por qué siempre tenía que ser así?

Se maldijo en silencio, encogiendo los hombros mientras intentaba desaparecer en la pared.

Entonces sintió algo.

Una pequeña mano, tibia y suave, rodeando sus dedos.

Tamaki parpadeó, confuso, y bajó la mirada para encontrar un par de ojos enormes y azules, mirándolo con una preocupación tan pura que lo desarmó al instante.

—¿Estás bien? —preguntó ella con voz pequeña.

Tamaki se enderezó de golpe, el corazón dándole un salto.
—Y-yo… lo siento, lo siento mucho… d-de verdad… perdón por—

—Respira —lo interrumpió ella con una calma insólita en una niña tan pequeña.

Se acercó un poco más y apretó suavemente su mano.

—Juntos, ¿sí?

Tamaki abrió la boca, aturdido, pero la niña ya había comenzado: inhalar… exhalar…lento, constante

Él la imitó casi sin pensarlo y el aire empezó a entrar otra vez. Poco a poco, su pecho dejó de oprimir y el zumbido en su cabeza se detuvo. 

—¿Te sientes mejor, papá? —preguntó ella cuando lo notó más tranquilo.

Tamaki soltó el aire en un suspiro tembloroso y asintió, agradecido, casi avergonzado de la ternura que lo invadía.
Se agachó hasta quedar a su altura.

—Miho… lamento lo que pasó —murmuró, mirando al suelo antes de forzarse a verla a los ojos—. Yo sé cuánto esperabas este día. Y… y te decepcioné. No estuve a la altura… y de verdad lo siento.

Miho, sin dudar ni un segundo, levantó ambas manos y tomó las mejillas de su padre, obligándolo a sostener su mirada azul profunda.

—Nop…—dijo con dulzura, pero con firmeza infantil—. Quiero que todos vean que Suneater es mi papá, pero no me  importa lo que digan. ¡Para mí eres el mejor héroe del mundo!

Tamaki sintió un ardor en los ojos y tragó con dificultad.
Entonces la expresión de Miho cambió a una más seria, vulnerable.

—Pero… no quiero que te sientas mal —admitió bajito—. Podemos irnos a casa, no me voy a enojar. 

Él la miró, sorprendido por su desinterés, ya que esta charla era lo único de lo que había hablado los últimos tres días. 
La tomó en brazos sin pensarlo y se incorporó, estrechándola contra él con fuerza. Miho rodeó su cuello, respondiendo con un abrazo igual de intenso. 

Después de unos segundos, Tamaki respiró hondo. Sintió algo parecido a valor asomarse entre sus inseguridades.

—Vamos —dijo al fin, con una determinación suave pero firme—  Es hora de que regresemos al salón. Juntos.

Miho sonrió, apoyando la cabeza en su hombro.

Cuando cruzó nuevamente el umbral del aula con Miho de la mano, lo primero que vio fue a RedRiot endureciendo ambos brazos como si fueran gigantescas placas de roca viviente. Los chicos aplaudían y gritaban fascinados ante cada movimiento.

—¡Ahí estás, Suneater! —exclamó Kirishima al verlo entrar—. ¡Llegas justo a tiempo! Estamos mostrando nuestros dones. ¿Te unes a la demostración?

Tamaki tragó saliva. Las miradas empezaron a volverse hacia él otra vez, como agujas pequeñas clavándose en su pecho. Instintivamente buscó la mano de Miho… pero ella ya lo estaba mirando, con una sonrisa suave.

Asintió con un hilo de voz y avanzó un paso.

—E-esto… mi don… se llama Manifestar…

Mientras hablaba, dejó que tentáculos marinos surgieran de sus brazos. Algunos niños se sobresaltaron, otros se inclinaron hacia adelante con los ojos bien abiertos. Miho levantó ambos brazos, emocionada, anticipando lo que venía.

Con un poco más de confianza, la tomó con delicadeza usando dos tentáculos, levantándola suavemente del suelo. Los niños soltaron un “¡woooow!” colectivo. Luego la depositó de nuevo sobre su asiento, sana y salva.

—¡Es muy divertido! —declaró con una risita encantada

Kirishima dio un paso al frente para apoyarlo.
—¡Y también puede manifestar otras cosas dependiendo de lo que coma! ¿Verdad, Suneater?

Tamaki respiró hondo y dejó que sus dedos adoptaran la forma de pezuña de vaca, luego mostró una membrana translúcida a modo de aleta y, por último, las alas. Nada muy intimidante, solo demostraciones suaves que venían y se iban.

Los niños observaban como si él fuese pura magia. Y entonces, como es natural en los niños, las preguntas se descontrolaron de golpe.

—¿Si comes dulces tu pelo cambia de color?
—¿Y si tragas un chicle, tu cabeza se infla como un globo?
—¿Puedes convertirte en un sándwich?
—¿Qué pasa si comes gelatina? ¿Puedes rebotar?
—¿Podrías hacer que tus mocos tengan gusto y comerlos?

Tamaki se quedó completamente inmóvil, debatiéndose entre el horror y la confusión.

—E-eso… no sería muy útil para pelear contra los villanos… —respondió, con una honestidad tan seria que los niños estallaron en carcajadas.

Kirishima también se rió y señaló al pequeño que había hecho la pregunta de los mocos.

—¡Amigo, eso sí que es un asco!

La clase rugió de risas y el alumno en cuestión claramente orgulloso de su ingenio.

Satisfecho con la actuación de sus compañeros, FatGum dio dos palmadas contundentes para recuperar el ritmo de la actividad.

—Bueno, bueno, chicos, ¡dejemos a Suneater respirar un poquito! —dijo con buen humor—. Hablando de caramelos…¡¿Quién quiere dulces?!

FatGum atrajo de inmediato la atención de todo el grupo cuando sacó una bolsa con dulces y comenzó a repartirlos entre el público emocionado. 

Tamaki sintió que el aire por fin volvía a entrar a sus pulmones sin dificultad.

Desvió la mirada hacia Miho, que conversaba animada con su compañero de pupitre.  

—Tu papá es muy raro —dijo pero lejos de sonar como un insulto parecía genuinamente impresionado, cómo si aquello fuera una cualidad envidiable.

Miho asintió orgullosa, inflando el pecho.

—¡Sí! Mi papá es el mejor.---

Sintió que la garganta se le apretaba… pero esta vez de pura felicidad.
Era raro, sí. Ansioso. Desastroso a veces. Pero para su hija, era el mejor.
Así que , incluso si su ansiedad lo mataba, haría cualquier cosa por verla feliz. 

Nejire abrió la puerta con un largo suspiro. El cansancio le pesaba en los hombros y todavía podía oler el ligero olor a humo a pesar de haberse bañado en la agencia antes de volver a casa. 

—¡Ya llegué! —anunció con voz algo apagada.

—Bienvenida —respondió Tamaki, suave, como siempre

La voz provenía de la cocina, así que caminó hasta allí y lo encontró de espaldas, picando verduras sobre una tabla. El olor a sopa fresca llenaba el ambiente.
Nejire sintió una punzada de culpa.

—Perdón por llegar tarde — se disculpó porque técnicamente esa noche era su turno de cocinar– Tuvimos una emergencia de última hora.

Tamaki negó con la cabeza sin voltearse, moviendo la mano en un gesto torpe pero cariñoso.

—Descuida, no me molesta. Cuando vi en las noticias que la agencia de Ryukyu estaba ayudando a apagar un incendio en Nara imaginé que podrías llegar tarde.

Nejire se quedó quieta un segundo. A veces olvidaba lo profundamente atento que él era con los detalles… especialmente cuando se trataba de ellas.
Sonrió, avanzó y lo rodeó por la cintura desde atrás, acomodando sus brazos bajo los suyos mientras él seguía picando. Le dió un fugaz beso y apoyó la mejilla en su espalda, cálida, familiar.

—Gracias… —murmuró, dejándose sostener por ese momento tranquilo que solo Tamaki podía darle.

Pasaron unos segundos así, respirando al mismo ritmo.
Nejire abrió la boca para preguntar que tal su día pero antes de que pudiera decir algo, escuchó pasos acelerados desde el pasillo.

En un reflejo, se separó de Tamaki justo a tiempo para abrir los brazos.

—¡Maaamáaaa!

Miho apareció corriendo y saltó directo hacia ella. Nejire la levantó del suelo con facilidad y la rodeó con un abrazo fuerte, riendo mientras la giraba apenas en el aire.

—¡Miho-chaaan! ¡¿Cómo está mi pequeña hada?! —dijo antes de bombardearla con besos, especialmente en sus orejitas puntiagudas que le parecían la parte más adorable de su hija. 

La niña se retorció entre risas.

—¡Mamá, eso hace cosquillas! —protestó, pero sin querer que se detuviera.

Nejire siguió riendo, apoyando la frente contra la de su hija, sintiendo que por fin podía dejar atrás el cansancio del día. Porque no había nada más reparador que volver a casa con ellos dos.

—¿Cómo te fue hoy? ¿Te divertiste? ¿Qué hicieron en la escuela? ¿Alguien se cayó? ¿Comiste bien? ¿Jugaste con—?

Miho, con la misma paciencia con la que trataba a su padre, apoyó su manita en la mejilla de su madre.

—Mamá… —dijo con tono dulce—. Tienes que esperar a que responda. 

Nejire parpadeó, sorprendida, y luego se soltó en una risa musical.

—Tienes razón, tienes razón. Perdón, me emocioné —dijo, apretándola un poco más contra su pecho.

Desde la cocina, Tamaki no pudo evitar sonreír ante la escena. Estaba agradecido de que su hija hubiera sacado lo mejor de ambos, era inteligente y tranquila pero también muy sociable y optimista.

Con más calma, Nejire volvió a preguntar:

—Entonces, Miho… ¿Cómo te fue hoy?

La niña enderezó la espalda, completamente energizada, y empezó a contar su día.

—¡Papá estuvo increíble! —declaró, extendiendo los brazos como si fueran alas—. ¡Todos en la clase se quedaron impresionados! Mostró sus tentáculos y me levantó y me bajó así, ¡shhh, pum! Y luego Kirishima-san ayudó y todos preguntaron un montón de cosas raras, y uno dijo que si papá se comía un chicle su cabeza se iba a inflar y—

A medida que hablaba, Miho comenzó a flotar sin darse cuenta, elevándose unos centímetros mientras agitaba las manos, movía los pies y giraba un poco, completamente atrapada por la emoción del relato que  impulsaba pequeñas ondas de energía de sus pies gracias al don heredado de su madre.

Nejire la miraba con una mezcla de orgullo y ternura absoluta. Era inevitable verla así sin sentir el corazón derretirse un poco.

Tamaki, en cambio, sintió cómo las orejas se le ponían rojas hasta la punta. Escuchar a su hija elogiarlo con tanta pasión… eran demasiadas emociones por un día. 

Finalmente, Miho volvió a bajar y se acomodó de nuevo en los brazos de su madre. Inspiró hondo, como si lo que iba a decir fuera lo más importante del día.

—Y… y fue el mejor día de mi vida —concluyó, sonriendo de oreja a oreja.

Nejire rozó su nariz con la de la niña, encantada.

—La cena estará lista pronto — interrumpió, buscando recuperar un poco de compostura después de tantos halagos—. Miho, ¿puedes ir a lavarte las manos?

—¡Sí, papi! —respondió la niña al instante y en cuanto su madre la bajó de nuevo al piso, salió corriendo por el  pasillo. 

Miró hacia el pasillo por donde Miho había desaparecido, todavía sonriendo con ternura por los elogios de su hija. Pero cuando giró de nuevo, notó que Nejire lo observaba con una expresión… distinta. Una mezcla entre determinación suave y algo que no terminaba de descifrar.

—¿Qué sucede? —preguntó, preocupado.

Nejire no titubeó. Respondió directa y atrevida cómo sólo ella podía ser. 

—Quiero otro — dijo simplemente

Tamaki se atraganta y creé que podría desmayarse ahí mismo. Si la admiración de su hija no lo mataba,  su hermosa y descarada esposa lo haría tarde o temprano. 

 

 

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