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La vida de Maxell Emiliam Wolff-Horner siempre había seguido una línea tan recta y luminosa que casi parecía escrita por algún guionista exagerado del universo.
Para él, el mundo tenía un modo curioso de abrirse como una puerta automática cada vez que quería algo; era una sensación tan normal en su día a día que jamás había cuestionado si ese privilegio era mérito propio, producto de su apellido o simplemente consecuencia de haber sido criado entre el orden calculado de Toto, el caos brillante de Christian y la devoción casi ridícula de su hermano y el paddock que lo había visto crecer como a un príncipe heredero de la famosa escudería del toro.
Desde pequeño, Max se movía con la seguridad de quien nunca ha escuchado un "no", y esa confianza se había convertido en un sello que fascinaba y exasperaba por igual a todos los que lo rodeaban.
Para el público, Max era encantador o infernal dependiendo del ángulo con el que se lo mirara. Algunos lo veían como un sol abrasador que iluminaba cada curva del circuito; otros lo describían como la reencarnación misma de la maldad del destino que Red Bull imponía sobre los demás equipos y sus segundos pilotos. Y, aunque Max fingía que las opiniones no le importaban, había algo irritante en aquel fenómeno de amor-odio que lo perseguía.
Una parte de él se divertía, otra se confundía, y otra, la más profunda, solo quería ser visto como un chico de diecinueve años intentando correr rápido para sentirse vivo y que, por pura casualidad, está por ganar su primer campeonato. Siempre supuso que todos lo amaban, pero nada lo preparó para descubrir que había alguien que lo veía de una forma completamente distinta, alguien que no le daba ni el beneficio de la duda: Michel Alonso-Webber.
Michel había irrumpido en la temporada como una bocanada de aire dulce en medio del desastre que era McLaren. Llegó a finales de la campaña, anunciado como un rookie estrella para 2026, pero con permiso para conducir en algunas carreras, justo cuando el equipo necesitaba desesperadamente un respiro. Kevin Magnussen estaba en cinta, el lunático que podía enviarte al muro durante una carrera, pero era un amor de gente en la vida cotidiana. El alfa les había obsequiado los pocos puntos que podían presumir luego de años desastrosos, su fiel piloto que siempre dio la cara por ellos, necesitaba descansos entre carreras.
Su primera caminata por el paddock quedó grabada en la memoria colectiva como si el sol entero se hubiera encaprichado con él: una sonrisa grande, dulce y brillante, cargada de hoyuelos; brazos abiertos para todos; y esa energía extrovertida que hacía que incluso los mecánicos más grumpy levantaran la vista solo para recibir un abrazo inesperado.
Era imposible no derretirse un poco.
Max lo vio llegar desde la entrada de su propio garage, apoyado contra una mesa llena de sensores y cables, con esa postura desenfadada que usaba siempre que intentaba parecer casual y un poco disociado. Observó cómo Michel se lanzaba sobre Liam en un abrazo de koala, cómo Mick lo levantaba del suelo mientras ambos reían, cómo Esteban recibía un trenzado de brazaletes coloridos que Michel había hecho a mano durante la semana previa. Uno por uno, los pilotos titulares fueron cayendo en el encanto del pecoso, y Max, sin admitirlo, sintió un pequeño destello de anticipación infantil.
No es que necesitara un brazalete. Es que el chico se lo había dado a todos. Absolutamente a todos.
Cuando Michel llegó al área de Ferrari, Ollie lo rodeó con los brazos y lo levantó como si pesara lo mismo que un saco de nubes; Isack le acomodó un mechón detrás de la oreja; Kimi le enseñó un dibujo de Senna que una fan le había obsequiado; Jack emocionado mostró los brazaletes que le obsequiaron los fans y Gabriel, le invito un poco de helado artesanal que compro camino al circuito.
Y Max, desde su lugar, con los brazos cruzados, tragó esa sensación tonta de querer ser parte del momento sin saber por qué demonios la quería.
—Va a venir —murmuró Max para sí, intentando ignorar que Sebastian lo miraba de reojo con esa sonrisa conocedora que lo sacaba de quicio—. Obvio que va a venir.
Michel siguió avanzando por el paddock, saludando y aceptando felicitaciones, repartiendo más brazaletes que un festival de verano. Y cuando finalmente llegó al límite entre McLaren y Red Bull, Max se enderezó como si hubiera sonado un llamado interno. Se pasó una mano por el cabello, levantó la barbilla apenas y puso su mejor sonrisa de: "todos me quieren, porque soy yo".
Pero el pecoso atrevido ni siquiera giró la cabeza.
Pasó al lado del enorme logo de Red Bull sin frenar un solo paso, como si el garaje estuviera contaminado con un virus peligroso, y se encaminó directo hacia Alpine para abrazar a Pierre y enseñarle otro brazalete. Max parpadeó dos veces, incrédulo, sintiendo cómo el aire se le iba de golpe del pecho, como si le hubieran empujado sin avisar.
—¿Perdón? —susurró, más para sí que para alguien más.
—Ay, hermanito... —Sebastian soltó una risita suave mientras se cruzaba de brazos—. Creo que ese sí fue un "no me interesas".
Max apretó la mandíbula, pero no respondió. Estaba acostumbrado a ser ignorado por haters, periodistas, incluso por su propio padre cuando quería hacerse el dramático. Pero por un chico que abrazaba a medio paddock y repartía pulseritas como si fueran tesoros sentimentales... eso sí era personal.
En los días siguientes, terminó de confirmarlo. Cada vez que el nombre "Max" aparecía en una conversación cerca de Michel, la sonrisa del pecoso se congelaba como si hubiera mordido algo amargo. Cuando alguien pronunciaba "Wolff-Horner", Michel fruncía los labios con un gesto aprendido. Y cuando mencionaban "Sebastian", añadía un suspiro nostálgico que atravesaba el pecho de Max como una estaca.
La peor parte era escucharlo decir, sin filtros ni diplomacia:
—Es un idiota igual que su hermano. —Como si Sebastian y él compartieran una misma esencia de arrogancia por defecto.
Nadie supo que decir, así que simplemente rieron para apaciguar la incomodidad. Max era como un héroe para ellos. Con apenas diecinueve años, había logrado conseguir el subcampeonato en su segundo año y en este tercer año, está luchando el campeonato con George William Fisichella-Räikkönen.
El rubio se quedó quieto, sin saber que hacer, no sabía si quería replicar, reírse, gritar o simplemente... entender por qué Michel lo detestaba sin siquiera haber intercambiado dos palabras con él. Esa fue la primera vez en su vida que descubrió la sensación amarga y punzante de un "no"
Max pasó los días siguientes en un estado que nunca había experimentado, una mezcla extraña entre curiosidad e incredulidad que lo mantenía pensando en Michel incluso cuando intentaba concentrarse en sus simulaciones. Caminó de un lado a otro del garaje de Red Bull con las manos en los bolsillos, el ceño fruncido y esa expresión concentrada que Toto siempre decía que solo aparecía cuando Max realmente pensaba y no cuando estaba fingiendo antes de hacer un berrinche.
Para el alfa, no tenía sentido. Ninguno. Max sabía —porque se lo habían repetido toda su vida— que era encantador, magnético e imposible de ignorar. Entonces, ¿cómo diablos, Michel, podía mirarlo como si fuera una mancha molesta en el suelo? Y fue ahí, en medio de ese bucle mental tan desordenado, donde la idea le cayó encima como una revelación absurda y brillante.
¡Pero claro! Eso tenía que ser. El chico de pecas bonitas no lo evita por lo odiará. ¡Lo evitaba porque estaba terriblemente enamorado de él!
—Él... está enamorado de mí —murmuró, como si acabara de descubrir la partícula perdida del universo. Le brillaron los ojos, se enderezó de golpe y luego, una sonrisa tonta y orgullosa se le dibujó en los labios. Su padre siempre lo había dicho: había nacido con el magnetismo alfa de los Wolff, algo que no se podía enseñar ni fingir.
Cuando la FIA le hizo los exámenes médicos dos años atrás y confirmó que era alfa, nadie se sorprendió. Desde entonces, Max había aprendido a disfrutar esa atención, a leer las miradas esquivas, los silencios largos, las negaciones torpes. Negación. Eso era. Michel estaba en negación.
—Ah... —murmuró para sí, acomodándose el reloj como si acabara de resolver un misterio cósmico—. Pobrecito.
Convencido de su teoría, Max decidió que lo correcto —lo generoso, incluso— era facilitarle las cosas. Y para eso necesitaba no solo una excusa perfecta, sino que también un cómplice, quien suavizaría el ambiente y haría que todo parezca casual.
Alguien adorable, manipulable y demasiado acostumbrado a seguirle la corriente. Alguien como Liam.
Liam Jack Fisichella-Räikkönen. Su kiwi de apoyo emocional, su piloto junior favorito, el cachorro que había adoptado casi sin darse cuenta y al que había protegido con uñas y dientes. No le sorprendía en absoluto que Liam resultara omega; le sorprendía más bien que alguien tan dulce hubiera sobrevivido tanto tiempo en ese mundo sin él.
Gracias a Max, seguía en el segundo equipo (Junior) de Red Bull, ahora emparejado con su recién descubierto alfa, Isack Hadjar, que lo miraba como si Liam fuera una bendición caída del cielo. También era hermano menor del insufrible de George, pero es un dato irrelevante según Max.
—Liam me va a ayudar —decidió Max mientras salía del hospitality, con ese orgullo infantil que lo hacía imposible de detener. Caminó directo al área del equipo junior, con pasos largos y una sonrisa que podía significar cualquier cosa, desde un plan romántico hasta un desastre inminente.
Encontró a Liam sentado en una mesa pequeña, comiendo de un tupper lleno de fruta mientras Isack le daba de comer en la boca, mientras lo observaba para asegurarse que el omega no se ahogara con un trozo de manzana.
—Oye, baby kiwi —saludó Max con voz cantarina, apoyándose en la mesa como un gato preparado para algo.
Liam levantó la vista, sonriendo con ese gesto dulce que siempre derretía a todos.
—¿Todo bien, Max? —preguntó, y se hizo a un lado para que Isack pudiera acercarse un poco más a él, como si el francés funcionara como su sombra protectora.
—Perfecto, pero —respondió Max, apoyándose demasiado cerca de él mientras observaban las pantallas— ¿No te parece que el paddock está... aburrido hoy?
Liam levantó la vista, parpadeó un par de veces y sonrió con esa calma que siempre tenía.
—¿De qué hablas? Es viernes, Max. Siempre está caótico.
—Exacto —replicó él, señalando hacia el exterior—. Caótico. Y pensé que podríamos... no sé, ir a saludar gente. Socializar.
—¿Tú? —Liam soltó una risita—. ¿Socializar por deporte?
—Por... caridad —corrigió Max, ya caminando hacia la salida, mientras arrastraba a Liam con él. Pero antes de que pudiera acercarse a la salida, Isack se cruzó en el camino con la ceja levantada, los brazos cruzados y el instinto territorial típico de un alfa que ya olía algún nivel de caos en las palabras de Max.
—¿A dónde crees que llevas a mi omega? —preguntó él, tensándose un poco —Liam necesita comer fruta, tiene anemia. Puede sufrir un mareos durante la carrera.
—Ay calmate, tengo más derechos que tú por antigüedad, lo devolveré más tarde, hasta entonces distraete en algo. No sé, ayuda a tu amiguito oso en su plan para conquistar a Esteban o algo. Necesito que Liam me ayude.
—¿Qué tipo de ayuda? —preguntó el francés, tensándose un poco.
—Algo inocente —prometió Max, levantando las manos en señal de paz—. Solo necesito estar... casualmente cerca de Michel Alonso-Webber hoy. Varias veces. Bueno... todas las veces posibles.
Liam parpadeó, masticando lentamente una uva como si su cerebro necesitara tiempo para procesar la cantidad de absurdo. —Max... ¿quieres perseguir a Michel?
—No perseguir —corrigió él, ofendido—. Quiero facilitarle la aceptación de que está enamorado de mí.
Isack soltó una risa incrédula. Había escuchado que Max era egocéntrico, pero el amor propio que se tenía, si tan solo pudiera convertirse en dinero, fácilmente podría resolver la hambruna mundial y estaba seguro de que incluso sobraría para que se lo devolvieran.
—Estás completamente loco —dijo, aunque su tono tenía un toque de diversión genuina. Liam, en cambio, se llevó una mano a la boca para contener una carcajada, sus ojos brillando de emoción pura, aunque no dijo nada.
Y así, los encuentros "casuales" empezaron. Max comenzó a aparecer como si fuera pura coincidencia: cerca del hospitality de McLaren, junto al simulador compartido, en el pasillo estrecho donde los fotógrafos se amontonaban. Siempre con Liam al lado, siempre sonriendo y usando ese encanto que sabía activar sin esfuerzo. Y finalmente, luego de dos días, encontró la primera oportunidad para hablarle.
—Hola —dijo Max, como si no hubiera ensayado ese tono frente al espejo—. No sabía que estarías por aquí.
Michel lo miró apenas un segundo, con sarcasmo evidente, era la reunión con la FIA, obviamente tenía que estar ahí. Así que simplemente desvió la atención sin más.
—Ahora lo sabes —respondió, antes de girarse hacia Liam—. Pequeño pai de limón ¿Cómo estás? ¿Dormiste bien?
Max lo observó, incrédulo, no supo cómo reaccionar así que se quedó callado. George que estaba sentado a su lado, fingió escuchar música para reírse sin levantar sospechas. A pesar de eso no quiso rendirse, así que estuvo soltando bromas tontas, comentarios ligeros, pero nada. ¡Michel ni siquiera se sonrojaba o lo miraba! Simplemente... lo trataba como si fuera irrelevante. Peor aún: como si fuera una bicho molesto.
Luego de esa reunión Liam no paró de estornudar, otra vez, cuando volvió al hospitality de su escudería, Isack tuvo suficiente. Tres días...tres días seguidos, en los que Liam comía a destiempo, tenía mareos mientras conducía, comía más chocolate de la cuenta y de tanto seguir a Max no consumía sus batidos especiales para su anemia, lo que ocasionaba que sufriera golpes de calor.
Y lo peor de todo es que se la pasaba estornudando tanto que su nariz estaba irritada al igual que sus ojos. Las feromonas de Max se habían estado saliendo de control y al ser tan fuertes Liam tenía una reacción alérgica.
¿No se los mencione? Las feromonas de Maxwell eran de ámbar oscuro con pimienta y vainilla seca. Para su mala suerte, su kiwi de apoyo emocional era alérgico a la tercera nota aromática de sus feromonas.
Un dato que sus padres explicaron múltiples veces, luego de que Giancarlo Fisichella tuviera que haber retenido a su esposo Kimi Räikkönen, cuando la primera reacción fue tan severa que Max asustado llevó a Liam al hospital. El finlandés, casi descuartiza al pobre chico que se escondió detrás de Toto. Aunque no menciono palabras, su sola mirada lo hizo tener pesadillas. Y todo porque George, lo acusó de intentar envenenarlo.
¡Ah! George y Max, los enemigos aparentemente jurados. El par de amigos más chismosos que tiene el paddock, que se enojan y reconcilian en un periodo cíclico de seis meses. Aunque hay excepciones, como la de ahora. Porque mientras Max está llorando luego del regaño de su padre, George, escondido, graba cómo se come un moco que Sebastian no pudo limpiar.
Los stickers de WhatsApp que planea compartir con el paddock entero, serán muy graciosos. Luego de esto, le enviará una canasta de frutas a Isack para felicitarlo; y todo porque le envió una carta a Toto para quejarse del comportamiento de Max.
