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El viento gélido de las montañas de Xuandu soplaba con fuerza, pero para Yan Wushi, el frío no era más que una distracción. Permanecía de pie en el borde del precipicio, observando la figura que practicaba con la espada unos metros más allá.
Shen Qiao se movía con una elegancia que desafiaba la gravedad. Su espada, trazaba ondas de luz plateada en el aire gris del amanecer. La espada bailaba al son de Shen Qiao. No había malicia en sus movimientos, solo una rectitud que, incluso después de tantos años, seguía irritando y fascinando a Yan Wushi a partes iguales.
—A-Qiao —llamó Yan Wushi, su voz cargada de un tono seductor—. Si sigues practicando con tanto fervor, las nubes se disiparán por puro miedo a tu virtud.
Shen Qiao detuvo su movimiento. Su respiración era tranquila, apenas un hilo de vapor en el aire frío. Se giró, guardando la espada con una gracia impecable.
—Yan-Zongzhu siempre llega sin ser invitado —dijo Shen Qiao, aunque no había veneno en sus palabras. Sus ojos, antes nublados por la ceguera y ahora claros, reflejaban una calma profunda.
Yan Wushi se acercó, reduciendo la distancia con pasos lentos y calculados. Se detuvo lo suficientemente cerca como para que Shen Qiao pudiera oler su fragancia y la esencia de peligro que siempre lo rodeaba.
—He venido a ver si finalmente has decidido abandonar esta montaña aburrida y unirte a mí en un viaje al sur —Yan Wushi extendió una mano, rozando con el dorso de sus dedos la mejilla de Shen Qiao, que estaba fría por el clima—. El mundo es caótico, A-Qiao. ¿Por qué desperdiciar tu talento aquí?
Shen Qiao no se apartó, un gesto que en el pasado habría sido impensable.
—El mundo siempre es caótico, Yan Wushi. Pero mi lugar es donde pueda hacer el mayor bien. Además... —una pequeña y sutil sonrisa curvó sus labios— sé que, si me quedo aquí el tiempo suficiente, eventualmente vendrás a buscarme.
Yan Wushi soltó una carcajada genuina, un sonido profundo que resonó en el pecho de Shen Qiao.
—Te has vuelto astuto, mi querido taoísta. ¿Es que mi influencia finalmente está corrompiendo tu corazón puro?
—No es corrupción —respondió Shen Qiao, dando un paso adelante, acortando la distancia entre ellos—. Es comprensión. Sé que, bajo todas esas capas de arrogancia y desprecio por la humanidad, hay alguien que no puede evitar volver a la luz.
Yan Wushi entrecerró los ojos. Por un momento, la máscara de soberbia vaciló. Atrapó la barbilla de Shen Qiao con firmeza, pero sin brusquedad, obligándolo a sostenerle la mirada.
—La luz es cegadora, A-Qiao. Solo tú eres capaz de mirarla sin parpadear.
—Entonces mírame a mí —susurró Shen Qiao.
Yan Wushi no necesitó más invitación. Se inclinó y capturó los labios de Shen Qiao en un beso que mezclaba la posesividad del líder de la Secta Huanyue con una ternura que solo el líder de la Montaña Xuandu lograba evocar. Era una danza de sombras y luz, un equilibrio que solo ellos dos, después de traiciones y redenciones, habían aprendido a mantener.
Cuando se separaron, Yan Wushi mantenía una expresión de triunfo, aunque sus ojos brillaban con algo parecido a la devoción.
—Está bien —cedió Yan Wushi—. Me quedaré en Xuandu unos días. Pero solo porque el té aquí es pasable.
Shen Qiao sonrió, sabiendo perfectamente que el té era lo último que le importaba al hombre frente a él.
—Como desees, Yan-Lang. Prepararé una habitación.
—No te molestes —murmuró Yan Wushi, pasando un brazo alrededor de los hombros de Shen Qiao mientras caminaban hacia los pabellones—. Ya sé exactamente dónde voy a dormir.
Shen Qiao suspiró, pero no protestó, permitiendo que el hombre lo guiara hacia el calor del hogar y al de su propio cuerpo. En ese rincón del mundo, entre la nieve y el incienso, finalmente habían encontrado la paz, el uno junto al otro.
