Chapter Text
Manuel se desespertó con el corazón acelerado y una incomodidad pegada al cuerpo, como si el sueño hubiese sido real. Agarra su celular rápido, chequeando la hora, larga un suspiro aliviado, eran apenas las 6 de la mañana. Era temprano y la alarma todavía no había sonado.
Se quedó mirando el techo unos minutos, esperando que el sueño se acomodara en algún rincón de la cabeza. No lo analizo. No hacía falta. Ese tipo de sueños no pedían explicación.
Era martes.
Volvían las clases después del Día del Estudiante.
Se levantó despacio, sacandose las sábanas de encima mientras se sienta, siseo al sentir el piso frío bajo sus pies, se queda un rato más sentado calculando cuantas faltas le quedaban a ver si podía faltar. La idea duró poco, hoy tenia prueba así que faltar no era una opción. Salió de su habitacion hacia el baño y atravesó el pasillo casi sin mirar, chocando con la pared. Cuando encontró el baño entró y en este se miró apenas, lo justo para confirmar que seguía ahí. Se lavó la cara y los dientes, aceptó su destino del día y salió.
Entró a la cocina ya con el uniforme puesto, saludó a su madre mientras agarraba una tostada de la mesada.
“¿Dormiste bien?” Preguntó.
“Sí” Dijo Manuel, sin pensar.
Mentia fácil con cosas así.
Agarró el celular y lo desbloqueó por costumbre. Abrió Instagram, cerró, volvió a abrír. Scrolleo sin atención real hasta que apareció una historia de alguen que conocía demasiado bien. Se detuvo un segundo. Dos. Despuestos cerró la aplicación rápido, como si quedarse fuera peligroso.
“Hoy tenias prueba, ¿no?” Dijo su mamá.
“Quimica.”
“Bueno, ponete las pilas.”
Salió a buscar su mochila, todavia con la tostada en la boca Manuel se colgó la mochila y salió antes de que siga hablando salud vagamente a su madre. Afuera, el aire ya estaba pesado. Caminó con los auriculares puestos, aunque no escuchaba nada. Le gustaba fingir que estaba aislado, aunque supiera que no lo estaba.
Pensaba en escenas sueltas. En escenas ficticias con sus amigos, algunas en el colegio, creaba cosas que deseaba que realmente pasaran. Pensaba, sin querer pensar.
No sabe cómo se perdio tanto en sus pensamientos pero el colegio apareció al final de la cuadra.
°°°
El aula estaba igual que siempre, no es que en un día iba a cambiar mucho, el ventilador seguía haciendo ruido sin mover aire. Manuel se sentó en su lugar de siempre, el tercer banco contra la pared. Dos filas más adelante a su izquierda estaba el: Lautaro. De espaldas, con la remera del uniforme un poco arrugada, el pelo todavía húmedo de la ducha rápida, garabateando algo en el margen del cuaderno como si ya estuviera rindiendo mentalmente. Manuel sintió que el estomago se le daba vuelta. No eran nervios por la prueba. Era por verlo ahí, tan cerca y tan lejos al mismo tiempo.
El ruido de la silla al lado suyo lo sacó de sus pensamientos, Santiago llegó y se envió a su lado, dejando caer la mochila al piso como si cargara ladrillos en vez de libros. Se estiró exageradamente en la silla, con un bostezo finalizó y miró a Manuel de reojo.
“Qué dormimos juntos que no me saludas.” Dijo Santiago, dándose cuenta que ni así Manuel le dio atención siguió hablando.
“Deja de mirarlo tanto, lo vas a ojear” Dijo en voz baja.
“No rompas las pelotas”
Manuel se encogió de hombres, intentando parecer normal, pero sus ojos volvieron solos hacia adelante, hacia la nuca de Lautaro. El ventilador seguía zumbando como un mosquito gigante, sin refrescar nada. Manuel sintió que el estomago se le daba vuelta otra vez, no por la evaluación que se venía, sino por lo cerca que estaba todo y lo lejos que seguía sintienese.
El aula quedó en silencio de repente cuando entró la profesora. Apoyo sus cosas en el escritorio tranquilamente, como si no sintiera los nervios de sus alumnos.
“Guarden todo lo que tienen arriba de los bancos, saquen algunas hojas y una lapicera.” Decia mientras pasaba banco por banco dejando las fotocopias divididas en tema 1 y 2.
Manuel se acomodo medio incomodo en la silla, se quedó mirando la madera rayada del banco. Santiago se inclinó de golpe hacia él, la voz temblando.
“Que hago Manuel, no tenemos el mismo tema. ¿vos dormiste algo? Me toca tema 2 seguro, si esta conchuda me odia, seguro me da el peor tema.” Se pasó las manos por la cara, viendo como se acercaba la profesora, estaba a punto de hiperventilar. “Ya está, no apruebo, no se nada eh pero nada. Yo cago encima. Me van a matar en casa.”
Manuel lo miró de reojo, todavia con la cabeza en Lautaro, pero el pánico de Santiago era contagioso. Lo agarró del brazo, para que lo mirara.
“Porque no cerras un poco el orto, amigo” Manuel lo miro por fin, suspiro al ver como Santi ponía cara de cachorro asustado. “Vos sabés lo básico, ¿no? Balances, enlaces... eso lo tenés. Concéntrate en lo que sí sabés y lo demás lo adivinás. Siempre te sale bien cuando te ponés nervioso al final.”
Santiago negó con la cabeza, rápido, como un perro mojado. Y antes de que pueda responder la profesora les dejo sus pruebas, Manuel la agarró sin mirarla mucho. Bien, el podía, era fácil: saldos, ecuaciones, todo lo que sabe de memoria. Dos filas adelante Lautaro ya estaba escribiendo despacio, tachando, renegando bajito. Santiago, al lado, empezó a escribir con mano temblorosa, murmurando maldiciones por lo bajo cada dos segundos.
“Estoy muerto” Vuelve a quejarse.
Manuel, en cambio, respondió sin drama. Sabía las respuestas. Las puso una por una, sin dudar. Aprobado seguro. Pero mientras escribía, cada tanto levantaba la vista. Lautaro seguía ahí, luchando con la hoja, y Manuel sintió que el pecho se le apretaba un poco más. No sabía por qué. O sí sabía, pero no quería nombre todavia.
Fue uno de los primeros en entrar, volviendo a su banco pasado por al lado de Lautaro, viendo su hoja. Tenián el mismo tema pero este sigue haciendo el problema 3. Volvió a su banco, esperando que todos terminaran. El timbre del recreo sonó, Santiago salió primero, pálido como un fantasma, murmurando “me mataron”. Manuel lo siguió al pasillo, pero no hablaron mucho. Llegando al patio se quedaron en la sombra a un costado de este, lejos del ruido principal.
Santiago se tiró para atrás, mirando el cielo.
“Me cogió lindo la pruebita esta eh” Murmura rápido.
“Exagerado. Vas a ver que aprobás raspando.”
Santiago soltó una risa amarga.
“Ojalá. ¿y vos? Seguro sacaste 9, como siempre.” Renegó.
“Puede ser.” Manuel se encoge de hombres.
No dijo más. No hacía falta. Se quedaron callados un rato, mirando a la gente. Lautaro estaba al otro lado del patio, con sus amigos, riéndose de algo. Manuel lo miró sin disimulo esta vez. No podía evitarlo.
Santiago lo notó, pero no dijo nada al principio. Solo suspiro.
“Sos un cagón” Le soltó, de la nada.
Manuel se tenso, no porque se enojara sino porque sentía que tenía razón y eso le molestaba. El realmente puede caminar ahora, acortar la distancia y hablarle pero siente que apenas llegue le van a salir las palabras cortas, ¿Y si dice una pelotudez? No, prefiere seguir así, mirándolo a lo lejos.
“¿Pensará que lo estoy acosando?” Manuel tragó saliva. El corazón le latía tan fuerte que sentía que se le iba a salir por la boca.
“Sí, seguro. ¿pensas en algún momento hacer algo?”
El timbre del final del recreo sonó a lo lejos, pero ninguno se movió. La gente empezó a entrar al edificio educativo, pero ellos se quedaron ahí, como si el patio fuera un limbo.
“¿Sabés que es lo peor? Que si seguís así, no va a pasar nada. Porque vos no hace nada, y el no tiene por que hace algo. Nadie lee la mente. Nadie se da cuenta de que te está muriendo por dentro si no abrís la boca.”
Manuel sintió un nudo en la garganta. Miró otra vez hacia Lautaro. Ya se estaba yendo con los amigos, riéndose todavia. En un segundo iba a desaparecer por el pasillo.
Pero Manuel no apartó la vista del todo. Lautaro giró la cabeza un segundo, como si sintiera que lo miraban. Sus ojos se cruzaron. Solo un instante. Lautaro sonrió chiquito, de lejos, y entró con sus amigos.
Manuel sintió que el corazón le latía fuerte. No dijo nada. Solo se quedó ahí, siendo empujado por Santiago para entrar al aula. Todavia le quedaban tres horas más de torutura.
°°°
Manuel salió del colegio con la mochila colgando de un solo hombro, el sol calentaba las calles, que se llenaban de ese ruido familiar en cada salida. Caminaba despacio, a la par de Santiago, quien iba pateando una piedra que se cruzaba en la vereda, sin hablar mucho. El silencio entre ellos era comodo.
Llegaron a la esquina donde les toca separarse, Santiago doblaba a la izquierda, Manuel seguía derecho tres cuadras más. Ahí se frenaron, como si el semáforo invisible los hubiera detenido.
“Vamos para el club después” Dijo Santiago, sin mirarlo.
Manuel parpadeó, todavia con la cabeza en el patio, en Lautaro mirándolo.
“¿Al club? ¿hoy?”
Santiago se encogió de hombres, pateó la piedra una última vez y la mandó rodando hace la calle.
“Sí, boludo. Hoy quedamos en jugar o lo que sea. Y vos hace semanas que no vas. Te vas a oxidar.”
Manuel miró hacia el piso. Pensó en tirarse en la cama, poner música, scrollear IG hasta encontrar una historia de Lautaro (aun sabía que no iba a subir nada nuevo), y queda ahí hasta que la mamá lo llama a comer. La idea era tentadora. Segura.
“Estoy re cansado.” Murmuró.
Santiago rodó los ojos.
“Siempre está re cansado cuando se trata de sacarte de tu casa. Pero si vas, capaz te distraes un rato...” Hizo un gesto vago con la mano hacia atrás, hacia el colegio. “De todo eso.”
Manuel sintió que le ardía la nuca. Sabía perfectamente de que había.
“No es tan fácil olvidarse.”
“Nadie dijo olvidarse. Dije distraerte.” Santiago lo miró fijo. “Además, quién sabe. Capaz Lauti va también. A veces se aparece con los pibes. Juega de 9, hace goles de chilena y después se cree Messi.”
Manuel levantó la vista rápido, el corazón le dio un vuelo.
“¿Va?”
Santiago sonrió de costado, como si hubiera tirado el anzuelo y Manuel hubiera mordido.
“No se, boludo. Capaz va. Capaz no. Pero si no vas, nunca vas a saberlo. Y si va...” Hizo una pausa, bajando la voz. “Capaz tenés una chance de hablarle sin que sea en el aula, sin que haya veinte pibes mirando. En el club es distinto, nadie se fija si hablás con alguien.”
“Sos un hijo de puta.” Soltó Manuel al fin, con una sonrisa nerviosa que no pudo ocultar.
Santiago soltó una carcajada y emperzó a alejarse caminando de espaldas hacia la izquierda.
“A las seis, Manu. No me hagas ir a buscarte a tu casa porque le digo a tu vieja que estás deprimido por un pibe y ahí sí que no te salva ni Messi.”
“¡Callate, tarado!” Le gritó Manuel, aun ya sin fuerza.
Se quedó parado en la esquina unos segundos más. El sol le daba de lleno en la cara, pero ya no sentía tanto el cansancio. La "seguridad" de su cama y el stalkeao en todas las redes empezaron a parecerle una condena aburrida.
Caminó las tres cuadras que le faltaban casi sin darse cuenta. Al llegar a su casa, tiró la mochila en el living y fue directo al baño a mirarse al espejo. Se pasó la mano por el pelo, acomodanose los mechones que el calor había dejado rebeldes.
"¿Ira posta?" Duda.
Sabía que Santiago probablemente no tenía idea de si Lautaro iba a estar ahí, pero la sola posibilidad de que el club fuera un terreno neutral, un lugar donde las palabras fluyeran más fácil que dentro del colegio, era suficiente.
La duda se volvía cada vez más pesada. Se imaginaba llegando y encontrando a Santiago solo, riéndose de su ingenuidad. O peor: encontrando a Lautaro, pero dándose cuenta de que allí tambien era un extraño para el.
Sabía que lo más era probable que, si lo veía, apenas se saludarian con un "hola" medio seco o un choque de manos distante. Esos saludos que no significan nada pero que a Manuel le dolian un poquito, porque le recordaban que todavía solo eran compañeros de curso.
Ya no había excusas, no podía darse la vuelta e irse. Ya estaba ahí, y peor, Santiago ya lo había visto. El grito de su amigo había sido como un lazo que lo arrastraba hace el centro de la cancha, obligando a abandonar la sombra del portón.
Manuel empezó a caminar. Cada paso que daba sobre el cemento le retumbaba en los oidos. Se sentía demasiado consciente de todo. Se dejó caer pesado en el banco, mientras sacaba los botines de su mochila para intercambiarlos con las zapatillas que tenían puestas.
Manuel se quedó congelado, con los dedos entumecidos sobre los cordones. Santiago ya estaba en la otra punta de la cancha gritándole a un pibe para que le pasara la pelota; él ya estaba en su mundo, pero Manuel se sentía atrapado en el suyo, uno mucho más oscuro.
Escuchó la risa de los amigos de Lautaro otra vez. Se sentían tan dueños del lugar, tan comodos en su desiterés por todo lo que no fuera su propio círculo.
“¿Qué hacés, Merlo? ¿viniste a jugar un rato?”
Manuel levantó la vista, sorprendido. Era Luciano, uno de los que siempre estaba pegado a Lautaro en los recreos. Lucho le sonreía con una sonrisa totalmente genuina, levantando una mano en un saludo relajado mientras se tomaba el resto de su Gatorade. Manuel, descolocado, apenas pudo asentar con la cabeza y soltar un "hola" que apenas pudo escucharse.
Manuel forzó una sonrisa y se puso de pie con las piernas pesadas. El saludo de Luciano, tan normal y tan buena onda, le había dejado un sabor amargo en la boca. Lucho estaba ahí, Santiago estaba ahí, todo el mundo estaba ahí, pero el lugar que Manuel había estado rastreando con la mirada desde que cruzó el portón seguía vacío.
Y dolía. Dolía de una forma física, como una presión en el pecho que no lo dejaba respirar bien.
Había intentado convencerse de que no era para tanto, de que el solo venía a jugar y a distraerse, pero el contraste entre su tarde de nervios y la ausencia de Lautaro era demasiado evidente. Mientras Manuel pasaba una hora eligiendo una camiseta y debatiendo con su propio reflejo si valía la pena ir, Lautaro simplemente no estaba. No había aparecido.
Entró a la cancha con una rabia sorda que no sabía de donde venía. Jugó como si estuviera tratando de romper algo. Corrió pelotas que en otro momento hubiera dado por perdidas, trabó con fuerza, y cada vez que pateaba al arco lo hacia con una violencia que sorprendió hasta a Santiago. No era juego bonito, era una descarga de energía pura; como si quisiera que, aunque Lautaro no estuviera ahí para verlo, el eco de sus goles le llegara de alguna forma. O quizás, simplemente, para dejar de pensar que era un idiota.
“¡Para un poco, Manu! ¿qué mierda desayunaste?” Le gritó Santiago después de que Manuel clavara el tercer gol seguido.
Manuel apenas le sonrió de costado. No era alegría, era una combustión interna que necesitaba quemarse antes de llegar a casa. Cuando terminó el partido, Manuel estaba empapado en sudor, con el pecho subiendo y bajando rápido. Se sentó en el banco a tomar agua, mirando el piso. Santiago se acercó, secándose la nuca con la remera.
“Che, recién me dijeron.” Dijo Santiago, guardando sus cosas. “Al final Lautaro no vino porque se quedó jugando a la Play. Dijo que "ni en pedo caminaba tres cuadras con este calor.”
Manuel apretó la botella de plástico. Un ruido seco, un crujido que pareciá sonar en toda la cuadra.
"Ni en pedo caminaba tres cuadras".
Eso era. Para Lautaro, el club y todo lo que pasara ahí era algo que se podía postergar por un joystick y un aire acondicionado. No era maldad, era algo mucho peor: era la intrascendencia. Mientras Manuel sentía que se le iba la vida en cada cruce de miradas, para Lautaro, Manuel y el resto de los pibes eran una opción secundaria, algo que no valía el esfuerzo de caminar tres cuadras bajo el sol.
“Un pajero.” Siguió Santiago, sin darle importancia.
“¿Vamos?”
“Vamos.“ Dijo Manuel, pero se quedó un segundo más mirando la cancha vacía.
Se sentía expuesto. Como si el perfume que se había puesto y la camiseta que eligió fueran cárteles luminosos gritando su desesperación.
Y lo peor, ni siquiera hace tanto calor. La temperatura no llegaba ni a los 28 grados.
