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Flins
Espiar a la gente no era algo que acostumbrara a hacer. No solo implicaba una grave falta de modales, sino también de confianza en los demás, incluso si él no se consideraba alguien que depositara su confianza con facilidad. Sin embargo, excepciones existían, aunque eran muy pocas, y no estaba dispuesto a arruinar su imagen solo por un poco de entretenimiento personal.
Por eso, tras pensarlo un rato, supo que había llegado el momento de terminar el inocente juego y revelarse. Al fin y al cabo, nada podría haberle dado más satisfacción que ver a una de esas raras excepciones suyas llegar media hora antes al lugar acordado, solo para encontrarse con él. A medida que se acercaba, percibió el momento exacto en que su joven amo recurriría a una de sus mentiras habituales para ocultar su obsesión con la puntualidad.
—Ah, Sr. Flins —dijo el joven—. Llega justo a tiempo. Yo también acabo de llegar.
Ahí estaba, la pequeña mentira que Flins ya había desmantelado.
—Es usted muy considerado, Amo Illuga. Pero, de hecho, sé que lleva sentado aquí bastante tiempo.
Las pálidas mejillas de su joven amo se tiñeron con el más leve tono rosado.
—…Si me vio, ¿por qué no dijo nada?
—Tenía curiosidad por ver cuánto tiempo seguiría sentado. ¿Acaso no notó que me acerqué?
El Maestro Illuga resopló.
—¿Cómo podría? Siempre aparece de la nada sin hacer el menor ruido —señaló—. Además, ¿cuántas veces tengo que decirle que no me llame “Amo”? ¡No merezco ese título!
—Discrepo —respondió Flins—. ¿Por qué un joven tan versado en las normas sociales como usted no sería digno de ese título?
—Por favor, Lord Flins… Eh… ¡Sr. Flins! —Illuga parecía tener problemas para recomponerse—. Se lo ruego, ¡si me halaga más, acabaré rojo como un tomate!
Esa última frase dibujó una pequeña sonrisa traviesa en los labios de Flins. No lo admitiría en voz alta, pero encontraba sumamente entrañable y entretenido lo fácil que era hacer sonrojar a su joven amo. Además… ¿“Lord” Flins? Ja… interesante.
—Ah, usted sí que me conoce. —respondió al fin— Mis conocidos más recientes dicen que me encanta halagar a los demás, y nunca sé qué contestar ante eso. ¿Usted qué opina?
Flins esperó pacientemente la respuesta de su joven amo. Esos ojos celestes, con un vibrante tono rojo en el centro que los hacía resaltar con el brillo de lunas sangrantes, se entrecerraron mientras fruncía el ceño en profunda concentración. Fue bastante divertido ver cuán en serio Illuga se tomaba el asunto.
—Creo que no entienden por qué lo hace. A usted simplemente le encanta inflar a la gente hasta que se vuelven grandes y felices globos de aire caliente que flotan hacia el cielo.
Flins soltó una suave carcajada, sabiendo muy bien que el lamparero había dado en el blanco. A menudo se preguntaba por qué las respuestas de Illuga siempre eran tan acertadas, y por ende le resultaban tan satisfactorias. O tal vez lo que realmente le complacía era que su joven amo fuera el único que consideraba cada uno de los matices de Flins antes de responder preguntas relacionadas con su carácter personal.
Ah, bueno. Tendría que reflexionar sobre eso más tarde. Había un asunto más urgente que deseaba discutir con su querido colega.
—Con toda sinceridad —continuó—, solo espero que traigan buenas noticias cuando vuelvan a poner los pies en la tierra. O mejor dicho, en Nod Krai.
El silencio se instaló entre ellos, lo que le indicó a Flins que había llegado el momento de abordar el delicado tema que los había reunido allí, en medio de una ciudad oxidada a punto de ser despojada de su vida desbordante.
—…¿La situación es tan grave?
«Oh, no tiene idea…» pensó Flins. Ni siquiera estaba seguro de que “grave” fuera la palabra adecuada para describirla. Para empezar, El Doctor había logrado construir con éxito una Médula Lunar artificial, matando a múltiples ciudadanos y soldados Fatui en medio de sus peligrosos experimentos. Por otro lado, la señorita Columbina seguía desaparecida, siendo su estado completamente desconocido para todos. Y lo peor de todo: el Viajero, presuntamente el miembro más importante del grupo, había sido capturado. Haría falta mucho más que un milagro si Flins y el resto del equipo querían detener esta locura.
Sin embargo, eso era irrelevante. La realidad seguía siendo la misma, y el destino crítico de Nod Krai no cambiaría si no accionaban.
—Acabamos de tener una reunión estratégica. Déjeme ponerle al tanto.
No tardó mucho en relatar los hechos: el secuestro del Viajero, los perturbadores hallazgos del señor Albedo y su equipo en los campos de experimentación del Doctor, y el plan del Gran Maestro Varka para poner fin al desastre. Por su parte, el Amo Illuga no solo era un guerrero excepcional, sino también un excelente oyente; tomó la información que Flins le proporcionó y la procesó con la diligencia y eficiencia propias de un Líder de Escuadra de los Lampareros. Su mirada concentrada delataba cómo su mente ya estaba en marcha, planeando estrategias y asignando tareas a sus camaradas, ante lo cual Flins solo pudo asentir en silencio.
—En resumen, necesitamos que Piramida y las islas principales sean evacuadas —concluyó el joven amo cuando Flins terminó—. También necesitamos enviar un equipo de Ratniki que recorra las regiones más remotas de la nación, para corroborar que los civiles hayan evacuado.
—Solo espero que tengamos suficiente personal disponible —dijo Flins.
—Sí, lo tenemos. El viejo Nikita hará todo lo posible por ayudar, y también podemos llamar a los que están de patrulla para que se enfoquen en esto.
—Excelente. Confío en que usted y los demás se asegurarán de que todo marche bien. Ahora, no lo olvide: una vez que cumplan con esta tarea, asegúrense de evacuar a Snezhnaya o a Natlan. La Zarina y la Arconte Pyro ya deberían haber sido informadas de la crisis en Nod Krai.
El Amo Illuga asintió, una expresión extraña oscureciendo sus facciones. Sus ojos ahora transmitían algo que Flins no pasó por alto: una versión silenciosa, seria y profundamente perturbada de Illuga que, lo sabía, pronto comenzaría a hacer preguntas.
—Ah… ¿Flins?
—¿Mm? —El aludido apretó ligeramente el puño detrás de la espalda, cuidando de que su repentina ansiedad no se filtrara en su expresión.
Otro tramo de silencio se extendió entre ellos. El fae no deseaba ser el primero en romperlo, pero parecía que su amo tampoco se atrevía.
—Si tiene algo que decir, joven amo, soy todo oídos.
Silencio otra vez. El Amo Illuga se tomó su tiempo antes de finalmente expresar sus pensamientos.
—Mencionó usted que tiene… algo más que hacer después. Acaso… —pareció luchar por encontrar las palabras adecuadas—… ¿será difícil?
«No difícil. Terrible.»
—Dudo que sea sencillo.
Nada que decir durante otro momento incómodo. Flins no estaba dispuesto a dar más detalles, e Illuga parecía estar perdiendo la paciencia. Fue la primera vez que el fae sintió algo parecido a la culpa tras esquivar con éxito las insistentes indagaciones de su amo.
—Sé que somos Lampareros, y que es nuestro deber dar un paso al frente y proteger a otros en tiempos de crisis —dijo Illuga tras un pesado suspiro—. Pero… tengo la sensación de que se está metiendo en algo extremadamente peligroso, incluso para nuestros estándares.
Ante eso, Flins no supo qué responder, así que permaneció en silencio. Era lo mejor por ahora.
—Por muy malas que hayan sido las cosas en el pasado —continuó Illuga—, Nod Krai nunca se ha enfrentado a una evacuación masiva. Y por cómo suena todo esto… sospecho que usted no tiene intención de venir con nosotros.
Flins siguió sin responder. Illuga no se rindió.
—No quiero entrometerme en sus asuntos, de verdad. Pero sea lo que sea que esté planeando… no tiene que hacerlo, ¿sabe?
Ah… qué ternura. Él pensaba que Flins quería cumplir con su tarea por voluntad propia. Si tan solo supiera…
Bueno… debería saberlo, ¿no? Sería justo. Era su camarada; el hijo de su líder; su único amigo verdadero. No era exagerado afirmar cuánto confiaba Flins en él en comparación de otras personas. El fae lo meditó y, finalmente, concluyó que no haría demasiado daño decírselo. Al fin y al cabo, por mucho que Illuga lo regañara después, el joven lamparero no podría hacer nada al respecto. Así que habló:
—He sido afectado por algún tipo de maldición.
—…¿Qué?
«Oh, Cielos…»
—También me han dicho que podría activarse si salgo de Nod Krai. Por eso… no puedo irme, y en cambio debo actuar, aunque sea solo para resolver este problema.
El silencio que siguió lo hizo replantearse todas sus decisiones de vida hasta ese momento, incluida la que acababa de tomar.
—…N-no. No. ¿Por qué? ¡¿Por qué alguien querría maldecirte?!
La fatalidad en la voz de Illuga no ayudó en absoluto. No había otra opción más que terminar lo que ya había comenzado.
—La lista de aquellos de aquellos que han sido pisoteados por otros en nombre de sus ideales es, sin duda, larga —dijo Flins con calma—. Yo… simplemente tuve la desgracia de estar involucrado.
Illuga abrió la boca y luego la cerró.
—…Yo…
El silencio implacable se prolongó aún más, tenso como la cuerda de un arco. Flins resistió el impulso de llenarlo; había aprendido hacía mucho que algunas verdades necesitaban asentarse antes de poder ser soportadas.
—Francamente, Sr. Flins —continuó Illuga al fin, con la voz tensa—, estoy furioso.
El fae parpadeó, repentinamente dominado por el extraño impulso de… reír. No por las palabras de su amo (las cuales carecían de humor alguno, dada la situación), sino por la forma en que este las había formulado. El joven lamparero ciertamente tenía una manera adorable de expresar emociones fuertes.
—¡No deberías tomarte a la ligera un asunto tan serio! —continuó gritando Illuga.
—Ja… —Flins no pudo evitar que una risa suave y entrecortada escapara—. En efecto, eso hago. ¿Y?
Su joven amo lo miró como si acabara de hablar en un idioma extranjero, sus ojos de lunas sangrantes bien abiertos.
—¿Y qué? ¡Que estoy furioso por esto!
—Mm… Me temo que no hay nada que pueda hacer al respecto —Flins entrelazó las manos detrás de la espalda, con una postura impecable—. Las cosas pasan, y solo hay que lidiar con ellas.
El joven humano dio un paso adelante, la frustración irradiando de él en oleadas. Flins lo notó todo, por supuesto. La mandíbula apretada, las manos inquietas, la respiración superficial… La mente de Illuga estaba cayendo en espiral hacia malos recuerdos: compañeros perdidos, oscuridad, muerte acechando en horribles pesadillas. Entonces Flins comprendió la verdadera razón detrás de la ira de su amigo: el miedo.
—Si se siente enfadado —añadió Flins con ligereza—, ¿quizá podría beber un vaso de agua? ¿O dos?
Illuga parpadeó una vez.
—¡Oye! ¿Quieres decir… que mi enojo no te afecta para nada? ¿Es que quiere romperme el corazón?
Se produjo una pausa, que solo sirvió como un tenso asentimiento silencioso. Illuga soltó otro suspiro pesado.
—¡Estoy… devastado!
Eso le indicó a Flins que ya había sido suficiente. Illuga no estaba actuando; realmente estaba molesto y sobrepasado por emociones intensas. Seguir haciéndose el tonto sería profundamente insensible.
Su mirada y su tono se suavizaron, intentando empatizar con su querida excepción.
—Entonces permítame expresar mi más sinceras disculpas, Joven Amo. Venga al faro algún día, cuando esta situación se haya resuelto. Pescaremos un poco, haremos una parrillada, jugaremos a las cartas y tomaremos sol. Suena encantador, ¿no?
Illuga resopló pese a sí mismo.
—Bueno, sí. Si es que no mueres antes.
Las palabras quedaron suspendidas entre ellos. Flins no dijo nada más, ni tampoco el Maestro Illuga.
Por un momento, el mundo pareció contener la respiración junto a ambos, el ruido distante de la Villa Nasha amortiguado e indistinto. El lamparero féerico casi se preguntó si algo más sería dicho en aquel punto, ya que incluso respirar se había vuelto una carga. El pecho se le sentía apretado por una sensación desconocida, como raíces podridas atravesando tierra infertil.
Fue entonces cuando Illuga se acercó un poco más. No lo suficiente como para invadir su espacio, pero sí como para que Flins se volviera dolorosamente consciente del calor que irradiaba de él, del ritmo irregular de su respiración.
—Tal vez debería ser más directo —murmuró—. Em… acércate un poco, Flins.
«Vaya… Eso no suena nada bien», pensó el aludido. Inclinó la cabeza lo justo para cerrar la distancia, con curiosidad y desconfianza punzándole bajo la piel.
—…Como desee.
Illuga lo guió lejos de la mesa y hacia el extremo más apartado de la terraza del bar, donde el murmullo se diluía y las luces de los faroles se volvían escasas. El espacio había sido ocupado parcialmente por cajas apiladas y estructuras metálicas descartadas, dispuestas menos como almacenamiento y más como una barricada accidental, devorando el sonido y la vista. El cartón y el hierro se alzaban a su alrededor en muros irregulares, apagando la música, silenciando las risas, convirtiendo el resto del mundo en algo distante. No era lo bastante apartado como para ser privado, notó Flins, pero sí lo suficientemente tranquilo como para fingirlo.
También notó, con leve diversión, lo natural que le resultaba a Illuga colocarlos allí, medio ocultos, medio olvidados, como si el rincón mismo hubiera estado esperando que se le confiara algo. Las palabras, sospechó, no viajarían lejos desde allí. Ni tampoco las intenciones ocultas.
—Escucha, se dice que estuviste metido en un verdadero espectáculo de terror recientemente —dijo Illuga al cabo de un rato, casi en un susurro—. La gente quedó asombrada de que regresaras vivo del último ataque de la Cacería Salvaje, antes de que todo se descontrolara así. Han estado… debatiendo si siquiera eres humano, ¿sabes?
Flins miró a su amo y, una vez más, una sonrisa amenazó con aparecer antes de que lograra contenerla. Ahí estaba de nuevo esa curiosidad tan característica; esa pretensión inocente de que eran otros quienes se preguntaban cosas, y no él mismo. Como si Flins no se supiera ya de memoria los hábitos de Illuga.
—He regresado sano y salvo de muchas crisis —respondió con suavidad—. Cuando dice “la gente”, ¿se refiere a otras personas, o simplemente a usted?
Illuga vaciló, mostrando que había sido atrapado otra vez. Exhaló con brusquedad.
—…Bien. Seré franco. Tú… en realidad no eres humano, ¿verdad? ¿Esta maldición tiene que ver con eso, quizá?
El fae se tomó un momento, aunque solo fuera por cortesía. No era la primera vez que aquella pregunta surgía entre ellos, aunque lo directo de esta ocasión resultaba sorprendente. Flins había reflexionado incontables veces si debía seguir manteniendo a su querido colega en la ignorancia, solo para terminar sin reunir el coraje suficiente para dar el salto. O más que coraje, lo que necesitaba era una buena razón. Confiar en Illuga no era justificación suficiente para abrirse sobre sus orígenes y su pasado tan a la ligera. Al menos… no todavía.
Así que decidió mantenerse firme en su resolución de seguir el juego. Preguntas de esa naturaleza merecían al menos la ilusión de consideración (o eso creía que harían los humanos normales). Además, ver a Illuga ahí, sincero y claramente arrepentido de su propia audacia, era algo encantador.
—Jajaja… —rió Flins, ligero e imperturbable— ¡Cielos! Eso sí que sería aterrador.
Illuga chasqueó la lengua con frustración, desviando la mirada. Flins supo entonces que había ganado el juego, y que su amo no tenía más opción que rendirse.
—¿Sabes qué? ¡Olvídalo! —exclamó—. Retomemos esto cuando todo haya terminado.
—Un plan sensato —convino Flins—. Aunque sí un tanto ominoso.
Otra pausa, esta más suave. Más triste. Las lunas sangrantes de Illuga se clavaron directamente en sus orbes dorados, suplicando sin palabras.
El pecho de Flins volvió a apretarse. Si había algo que no podía soportar en este mundo antiguo, era esa mirada.
—Solo… —Illuga tragó saliva— prométeme que volverás con vida, ¿sí?
Flins estuvo a punto de no ceder. Las promesas eran lo más difícil de cargar, pues incluso la más mínima variable podía cambiar las circunstancias y decisiones de uno, poniendo en riesgo la capacidad de cumplirlas. Romper una promesa no solo rompía palabras, sino también la fe depositada en ellas; la fe de otra persona. Y aun así… por Illuga —por él, y solo por él—, Flins se encontró dispuesto a soportar ese peso.
—Lo prometo.
—¿Lo prometes? ¿De verdad?
El aire se tornó más cálido. La voz de Illuga estaba llena de cariño, preocupación, necesidad, todo a la vez. ¿Cómo podría Flins atreverse a provocarlo como siempre lo hacía en ese momento?
—Ja. —Su sonrisa fue más suave y genuina que nunca— ¿Cómo podría mentirle, joven amo?
Illuga lo miró entonces. De verdad. Como si quisiera grabar la imagen en su memoria.
Y antes de que Flins pudiera decir algo más, antes de que pudiera refugiarse en la cortesía o el humor, Illuga cerró por completo la distancia entre los dos y lo besó. Tuvo que estirarse para hacerlo, ponerse de puntas, los dedos aferrándose a la ropa de Flins. Al principio, Illuga rozó sus labios un poco más arriba de lo debido, el aliento cálido e irregular, la diferencia de altura interponiéndose entre ambos.
Flins se quedó inmóvil. El contacto era torpe, sincero, desesperado de esa forma en que solo las personas contenidas se permiten serlo. Labios cálidos, tan vivos, deslizándose contra los suyos como manteca…
Luego, lentamente, el fae se dejó llevar. Se inclinó sin pensarlo, bajando para encontrarse con Illuga como correspondía, entregándose al beso como si corrigiera un equilibrio que nunca debió estar roto. Una mano se posó en la cintura de Illuga, firme pero cuidadosa, anclándolo allí mismo. La otra subió para sostenerle la mandíbula, el pulgar rozando la piel cálida y sonrojada del joven lamparero mientras el beso se profundizaba. Flins saboreó preocupación, determinación y algo peligrosamente cercano al anhelo en esos labios que se derretían contra los suyos, acompañados de suaves gemidos que le cortaban la respiración.
Con una determinación que le robó el aliento a su amo más que el beso en sí, Flins cambió su agarre, siguiendo un camino que sus manos ya conocían. El mundo se inclinó por un latido cuando el fae cargó a Illuga con gracia y sin esfuerzo, guiándolo hacia atrás hasta que el metal frío tocó la parte posterior de los muslos del joven. Un jadeo suave escapó de Illuga al ser sentado sobre una de las grandes cajas de almacenamiento escondidas en el rincón, sus manos aferrándose instintivamente a los hombros de Flins para sostenerse.
El fae continuó sin dudar, colocándose entre las piernas de Illuga como si ese espacio siempre hubiera estado reservado para él. El beso se reanudó, más profundo esta vez, más seguro, cargado con el peso de la repetición más que de la novedad. Sus labios recorrieron la línea de la mandíbula de Illuga y luego descendieron, rozando la piel cálida en la curva de su cuello con paciente pericia. Flins se detuvo allí, respirándolo, saboreando calor y algo dolorosamente vivo que ya había buscado antes y volvería a buscar.
La cabeza de Illuga se echó hacia atrás antes de que pudiera pensarlo mejor, un sonido bajo y quebrado escapando de su garganta, uno que Flins parecía anticipar más que provocar. La reacción arrancó un suspiro grave y complacido en el hada, su toque nunca brusco, solo intencionado, como si este momento también perteneciera a una colección privada que ya estaba guardando.
La intensidad se fue disipando poco a poco. El beso se volvió más lento, desenrollando su pasión mientras Flins trazaba un camino reverente de regreso por la mandíbula de Illuga, dejando besos más ligeros y prolongados, como si quisiera memorizar la forma de su joven amo. Sus labios regresaron una vez más a los de Illuga, no para tomar, sino para tranquilizar, un último roce lleno de promesa silenciosa y contención, al que Illuga respondió pasando las manos por el cabello de Flins como si fuera el pelaje del animal más suave.
—…Se da cuenta —comenzó Flins, luchando por estabilizar su respiración— de que esto hará que la promesa sea más difícil de cumplir, ¿no?
Illuga dejó escapar una risa débil y entrecortada.
—Bien.
Eso le valió una sonrisa lenta y afectuosa, de las que Flins solo mostraba cuando se permitía olvidar que el mundo estaba ardiendo.
—Es usted cruel, joven amo —dijo con ligereza.
—Y tú imposible. Aguántate.
Esta vez, Flins rió como nunca, lo cual Illuga imitó. A alivio del fae, ya no parecía enojado.
La mano de Illuga se retorció entonces en la tela del abrigo de Flins, los dedos apretándose sin ceremonia ni gracia. Nada de provocaciones esta vez, ni palabras cuidadas. Solo el tirón instintivo del miedo enredado con el afecto, expuesto en el gesto más pequeño. Luego, Illuga enterró el rostro en el cuello de Flins, el aliento cálido, los hombros tensos como si se sostuviera a sí mismo por pura fuerza de voluntad.
Flins se quedó quieto. Por un latido, no supo qué hacer con eso. Luego, un brazo rodeó al lamparero, primero con cuidado, luego con firmeza, atrayéndolo. No era la primera vez que estaban así, ni la segunda, pero nunca era fácil. De hecho, nunca habían hablado de esto; ninguno lo había etiquetado. Por ahora, era algo que existía solo entre pausas y despedidas, en momentos robados entre obligaciones.
Illuga exhaló, largo y tembloroso.
—Ten cuidado —susurró—. Por favor.
El agarre de Flins se tensó antes de separarse apenas del humano. Tomó una de sus manos y depositó en ella un beso suave, como si se tratara de un tesoro sagrado.
—Por usted, Amo Illuga —respondió en voz baja, con algo sincero entrelazado bajo su habitual ligereza—, ¿cómo podría negarme?
Illuga se apartó lo justo para mirarlo, las mejillas ahora teñidas de rojo puro, los ojos brillando con demasiadas cosas no dichas. Flins se inclinó una vez más, rozando sus labios en un último beso suave. No profundo ni urgente, sino cargado de todo aquello que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.
Cuando Illuga finalmente se enderezó, Flins supo que había llegado el momento de terminar el contacto. No protestó ni persiguió el calor que se desvanecía. Simplemente dejó que sus labios se separaran de los de Illuga y se quedó allí, lo bastante cerca como para sentir su respiración, conforme con mirar esos hermosos ojos durante unos segundos robados más. Lunas heridas, sangrando vida, miedo, devoción, anhelo. Cosas que su propia mirada de oro había aprendido a ocultar hacía siglos, tras muerte fría y silenciosa y tiempo prestado.
Por un momento, ninguno se movió. Flins se preguntó, no por primera vez, cuán imprudente era seguir permitiendo que esto sucediera. Cuán injusto podía ser dejar rastros de sí mismo en alguien tan dolorosamente joven y vivo, con tanto aún por experimentar. Y aun así, incluso sabiendo todo eso, no se arrepentía. Ni ahora. Ni nunca.
—Casi lo olvido —dijo al fin, con la voz retomando su cadencia medida habitual mientras se enderezaba y daba un paso atrás con suavidad. La máscara volvió a colocarse con facilidad ensayada—. Por favor, transmita mis saludos a nuestros colegas. Dígales: «Gracias a todos por su gran ayuda. Por favor, les pido actúen con precaución manteniendo su seguridad como prioridad.»
Illuga rió suavemente, el sonido más liviano de lo que debería haber sido después de todo lo dicho y lo no dicho.
—Así lo haré —respondió—. Lo mismo para ti, camarada.
Flins inclinó la cabeza, los labios curvándose apenas, la palabra asentándose entre ellos con un peso silencioso.
Todo terminó tan rápido como había comenzado. Flins lo bajó con facilidad, colocándolo de nuevo de pie a pesar de saber muy bien que Illuga no necesitaba ayuda con algo así. Luego lo escoltó fuera de la terraza y un poco más allá, lo suficiente para que el ruido del bar reclamara su lugar entre ellos y el mundo dejara de fingir que no existía.
Entonces se separaron. El hada permaneció donde estaba mientras Illuga se alejaba, sus ojos dorados demorándose un latido de más en apartarse de la pequeña silueta humana que se perdía entre la multitud, ya medio devorada por la distancia y el deber.
Tal vez lo que fuera que existía entre ellos no podía darse abiertamente. Tal vez Flins no podía cargar con ello ahora. Pero una promesa… una promesa era algo distinto. Algo que valía la pena cargar. Y por Illuga, al menos, era una que pensaba cumplir.
