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¿Phineas y... Vanessa?

Summary:

Desesperado por créditos universitarios, Phineas recluta al mentor menos calificado del mundo: Doofenshmirtz. Con Vanessa como su cínica socia y Perry evitando catástrofes desde las sombras, cada ridícula misión es solo un trámite hacia el verdadero examen final. Todo conduce a una fecha fatal donde, sin ninguna gracia, el calendario le arrebatará para siempre a quien debió amar ayer.

Chapter 1: Inador Hipotecado

Summary:

¡Bienvenidos a los 20! Donde el café es viejo y Perry usa parches térmicos. Mientras Doof vende si inador para jubilarse, Phineas y Vanessa descubren que la adultez es básicamente que se te caiga un edificio encima. Entre un disfraz de pato de látex y una tesis sepultada, aprenderán que madurar no es tener ahorros, sino ser lo bastante idiota para sacrificar tu futuro por alguien que te carga con estilo nupcial. ¿Quién necesita estabilidad financiera con este caos?

Notes:

¡Qué tal!

Me aventuré de nuevo al fic, ahora explorando la dinámica entre Phineas y Vanessa. Es un formato por episodios que respeta totalmente la esencia de P&F.

Publico los capítulos 1 y 2 de una tanda de 5. ¡El camino al clímax ya está trazado para asegurar un final épico y sin pausas!

(See the end of the chapter for more notes.)

Chapter Text

Bienvenidos a la etapa más aterradora de la vida: los veinte. Esa edad donde crees que las gafas de plastico te dan autoridad intelectual cuando en realidad solo sirven para ver con más nitidez cómo se desmoronan tus finanzas.


En la base de la O.W.C.A., el aire huele a café recalentado y desesperación administrativa. Un primer plano del Comandante Carl mientras se atusa con orgullo sus bigotes, que se retuercen en las puntas con la vana esperanza de otorgarle una autoridad que su rostro juvenil aún no tiene. A su lado, Irving, el becario eterno, ahora con ojeras que podrían albergar ecosistemas propios, proyecta un holograma.

—Agente P —dice Carl, con una voz que intenta imitar la gravedad de su predecesor—. El Mayor Monograma ha pasado a mejor vida... o al menos eso dice el ticket del restaurante francés donde está cenando con Charlene Doofenshmirtz. Su ausencia es un vacío legal que aprovecho para darte esta misión.

Perry el Ornitorrinco no emite su característico ronroneo. En su lugar, se ajusta un parche térmico en la zona sacra. El tiempo es un villano que no necesita -inadores

—Tu objetivo es el Corta-Cualquier-Fruta-en-Forma-de-Dinosaurio-Inador —continúa Carl—. No preguntes para qué sirve. Si Doof lo vende, tendrá dinero. Si tiene dinero, Vanessa se mudará. Y si Vanessa se muda, el equilibrio del caos se rompe. Irving, dale el disfraz.

Irving le entrega un traje de pato de hule gigante. Es amarillo chillón, de látex barato, y tiene un bigote de manubrio pegado sobre el pico de plástico. Perry suspira (en lenguaje de ornitorrinco) y se lo enfunda. Cada paso que da resuena con un «¡Squeak! ¡Cuack! ¡Squeak!» mecánico que chirría en los oídos de cualquier ser con tímpanos.


Ahora, la cámara muestra en primer plano sobre el edificio Doofenshmirtz Malvados y Asociados. 

En el ático, el aire huele a aceite de motor y desesperación. Heinz Doofenshmirtz a sus sesenta años, con un cabello gris que parece haber sido peinado por un rayo, ajusta un tornillo. A su lado, Phineas Flynn a sus veintidós años, con su clásica camisa naranja sobre la blanca de manga larga y gafas de plastico, observa el mecanismo con los ojos brillando.

—¡Contempla, Phineas! El Corta-Cualquier-Fruta-en-Forma-de-Dinosaurio-Inador. Si vendo esta patente, financiará mi jubilación y le daré a mi calabacita el dinero para su casa y universidad. Charlene me dejó en la ruina total; ¡este absurdo invento es nuestra última esperanza!

—Es increíble, doctor D —Phineas acaricia el chasis de metal azul—. Aunque, ¿no cree que le falta algo de chispa? Como... no sé, ¿un botón de autodestrucción?

Doof se detiene, conmovido. Una lágrima asoma en sus ojos cansados.

—¿Tú crees? Pensé que era demasiado "vieja escuela".

—¡Para nada! Le da simetría al diseño. Y es muy emocionante.

—¡Eres un genio, Phineas! Por eso eres el mejor becario que he tenido. Esos créditos universitarios ya tienen tu nombre.

La puerta se abre de golpe. Vanessa, a sus veintiocho años, entra caminando con una calma aterradora, deslizándose por el marco de la puerta con una elegancia que dice "podría romperte el brazo, pero no quiero arruinar mi outfit". Viste su blusa roja y pantalones negros ajustados. Se ve imponente, ruda y cansada de la vida.

—Papá, deja de retocarlo de una vez —Vanessa ignora a Phineas, centrando su mirada de acero en el invento—. El comprador de la patente espera una respuesta hoy mismo, y tú sigues perdiendo el tiempo añadiendo "chispa" y botones de autodestrucción con Flynn. Si no cierras el trato ahora, la oferta expirará, perderé el depósito para mi casa y tendré que seguir escuchando tus planes para obtener dinero a las tres de la mañana mientras tú sigues jugando a ser el mentor científico

—¡Calabacita! ¡Hija! —Doof se interpone—. ¡Phineas lo necesita para graduarse!

—Escucha, Flynn —Vanessa se gira hacia Phineas, invadiendo su espacio personal. Él la mira con una sonrisa tranquila que a ella le irrita profundamente—. No sé qué clase de fantasía estás viviendo con mi papá, pero esto es el mundo real. Necesito ese dinero. Vete a construir una montaña rusa o lo que sea que hagas ahora.

—Hola, Nessa. ¡Qué alegría verte! —dice Phineas sin inmutar hostilidad—. No es una fantasía, es ingeniería aplicada. Pero si trabajamos juntos, quizás podamos optimizar las ganancias. ¿Has visto este condensador? ¡Es de los que usábamos para viajar en el tiempo! Es genial.

Vanessa aprieta los dientes. «¿Cómo puede ser tan desesperadamente optimista? Es como discutir con un rayo de sol».

De pronto, un sonido rompe la tensión.

«¡Squeak! ¡Cuack! ¡Squeak!»

El sonido de goma retorcida los interrumpe. Un pato de hule gigante, con un bigote de manubrio pegado precariamente sobre el pico naranja, entra en el ático. Camina con una rigidez cómica, como si llevara un corsé de acero bajo el látex amarillo.

—¡Oh, mira! —Phineas señala con entusiasmo—. ¡El sistema de seguridad aviar tiene bigote! Es un toque muy distinguido.

Vanessa entorna los ojos. Sabe exactamente quién está bajo ese disfraz ridículo. Pero antes de que pueda moverse, el "pato" acelera el paso con un chirrido frenético. Perry aprovecha la distracción de Doof, le arrebata el -inador de las manos de un manotazo y sale disparado hacia el pasillo.

—¡MI JUBILACIÓN! —grita Doof.

—¡MI CASA! —grita Vanessa.

—¡MI TÍTULO UNIVERSITARIO! —grita Phineas.

Vanessa no lo piensa dos veces. Sale corriendo tras el pato de hule, con Phineas pisándole los talones.

La caza ha comenzado.

La persecución por los pasillos del edificio Doofenshmirtz es un caos de chirridos de goma y trampas activadas. Perry, a pesar de lo voluminoso del disfraz, se mueve rápido, rebota contra las paredes en las curvas cerradas.

El pasillo del piso treinta está bloqueado por una serie de rayos láser rojos que oscilan erráticamente. Una trampa clásica de la "Era Dorada" de Doof.

—¡Cuidado, láseres de vaporización! —advierte Phineas, deteniéndose en seco para analizar el patrón—. Si calculamos el intervalo de frecuencia, podríamos...

Vanessa ni siquiera frena.

Con una fluidez impresionante, Vanessa toma impulso. Salta, apoya una mano en la pared lateral para ganar altura, y realiza una voltereta aérea perfecta sobre el primer conjunto de rayos. Aterriza en una rodilla, se desliza por el suelo pulido bajo el segundo grupo y termina con un salto mortal hacia adelante para superar el último obstáculo, cayendo de pie sin perder el ritmo.

—¡Vamos, Flynn! ¡Muévete! —grita ella sin mirar atrás.

Phineas se queda un segundo admirando la trampa.

—¡Vaya! Los emisores de fotones todavía funcionan al 90% de capacidad. ¡Qué maravilla de mantenimiento diferido! —Phineas, en lugar de saltar, saca un pequeño espejo de bolsillo de su pantalón y desvía uno de los rayos hacia el panel de control, desactivando la trampa con un chispazo—. Listo. La ruta es segura.

Él corre tras ella, pasando tranquilamente por donde ella ha tenido que hacer acrobacias olímpicas. Vanessa gruñe de frustración al verlo llegar tan fresco. Perry se ha metido en el sistema de ventilación. El sonido de «¡Squeak! ¡Cuack!» resuena por los conductos metálicos.

Vanessa se mete primero, gateando con una velocidad y silencio letales. Phineas la sigue, pero sus hombros de adulto, más anchos que los de un niño de diez años, rozan dolorosamente contra las paredes de metal.

El espacio es claustrofóbico. En un recodo estrecho, tienen que detenerse porque el disfraz de Perry se ha atascado momentáneamente más adelante. Quedan atrapados, pecho con espalda.

—Flynn, si no dejas de respirar tan fuerte, te voy a dejar aquí —susurra Vanessa, tensa.

—Lo intento, Nessa, pero la acústica aquí amplifica los decibelios —responde él. De repente, Phineas se mueve un poco para acomodarse—. Oye, tengo una duda técnica. Siento algo cilíndrico y muy rígido presionando contra mi cadera. ¿Llevas una macana de combate telescópica?

Vanessa cierra los ojos, sintiendo un rubor que espera que la oscuridad oculte.

«Es un idiota. Un genio, pero un idiota. Cualquier otro tipo en Danville habría hecho un comentario baboso o se habría puesto nervioso, pero él... él realmente está pensando en el equipo táctico».

—Es mi termo de café, Phineas —dice Vanessa con una voz que podría congelar el infierno—. Acero inoxidable. Doble capa. No te hagas ideas raras, genio.

—¡Oh! —Phineas sonríe en la oscuridad—. Entiendo. La hidratación con cafeína es vital para mantener los reflejos en situaciones de alto estrés. ¡Muy profesional!

Vanessa aprieta los dientes, pero sus hombros se relajan un milímetro. «Nadie es tan bueno, Flynn. Nadie. ¿Por qué haces que sea tan difícil odiar este desastre de misión?», piensa.

Llegan al sótano. Es una caverna llena de inventos oxidados, cajas de "Plan B" y una humedad que huele a fracaso. El -inador está sobre una mesa de madera podrida.

«¡Squeak! ¡Cuack! ¡Squeak!»

El Pato-Perry aparece desde las sombras. Con un movimiento desesperado, Perry se lanza al suelo, su disfraz de látex chirría contra el cemento mientras pedalea con los pies en el aire para recuperar el equilibrio. Phineas, con su eterna bondad, se agacha para ayudarlo.

—Tranquilo, patito. ¡Ya casi te tengo!

En ese momento, Perry aprovecha el impulso y, con un movimiento de su cola oculta, golpea el -inador. El invento vuela por los aires. Doof grita: "¡Mi jubilación!".

De repente, la estructura del sótano empieza a colapsar. Doof, en su genialidad, nunca reforzó los cimientos. Una viga gigante se desprende del techo, apuntando directamente a Vanessa, quien está tratando de atrapar el -inador en el aire.

Phineas ve la escena. Ve su mochila cerca, la que contiene el disco duro con toda su tesis y sus planos para graduarse. La mochila está justo en el punto de impacto de otra viga secundaria.

Phineas no duda. Ignora su mochila. Se lanza hacia Vanessa con una fuerza que ella no esperaba de él. La empuja fuera del camino justo cuando la viga principal se estrella contra el suelo. En el proceso, la mochila de Phineas queda sepultada bajo toneladas de escombros. Sus créditos, su título, sus años de estudio... desaparecidos en un segundo.

Vanessa se levanta entre el polvo. Tiene el camino libre hacia el -inador. Su casa. Su independencia. Está a dos pasos. Mira el invento y luego mira a Phineas. Él está atrapado bajo unos escombros, con cables eléctricos chispeando peligrosamente cerca de su rostro, pero aun así, la mira y levanta un pulgar, indicándole que vaya por el objetivo.

«Míralo. Se acaba de quedar sin futuro por quitarme de en medio. Ni siquiera le importa su mochila».

Vanessa siente una grieta en su coraza de ruda. Durante años, los hombres en su vida han sido un catálogo de arquetipos agotadores: desde el drama teatral de un hombre que convierte cada fracaso doméstico en un monólogo operístico, pasando por romances vacíos que solo existen por el morbo de rebelarse contra los apellidos rivales de sus padres, hasta aquel caballero de pocas palabras que la rescata con una eficiencia tan perfecta que la hace sentir como un mueble decorativo en su propia vida. Pero Phineas... Phineas la está salvando de algo más que una viga. La está salvando de su propio cinismo.

«Si dejo que se achicharre mientras yo agarro ese pedazo de plástico, seré igual que mi padre. O peor», piensa

—¡Odio que seas tan bueno!  —grita Vanessa.

Le da la espalda al -inador. El dispositivo resbala al ácido con un siseo patético. Ella se lanza sobre los escombros, agarra la viga con sus manos desnudas; las venas de su cuello se tensan por el esfuerzo mientras levanta el peso suficiente para que él saque la pierna.

La nube de polvo se asienta. Phineas y Vanessa están en la salida trasera del edificio. Doof está a unos metros, abrazando una tostadora vieja que logra salvar. Perry ha desaparecido, probablemente a ponerse hielo en la espalda.

Un primer plano muestra a Vanessa cargando a Phineas en sus brazos, al estilo nupcial. Él está un poco sucio, sus gafas tienen una patilla rota, pero mantiene esa expresión de serenidad.

«Pesa menos de lo que parece», piensa ella, notando cómo él se aferra instintivamente a su cuello. «O tal vez es que ahora no me importa cargar con él».

—Vaya —dice Phineas, parpadeando—. Esto es... una inversión de roles aerodinámicamente interesante. Gracias, Nessa.

Vanessa lo mira hacia abajo. Sus ojos azules, usualmente fríos, tienen una chispa de respeto genuino.

—Cállate, Flynn. Acabas de sacrificar tu título por salvarme —dice ella con voz ronca—. Y yo acabo de sacrificar mi casa por salvar tu trasero de ingeniero. Estamos empatados en estupidez.

—Técnicamente, tu pérdida financiera es mayor —señala Phineas—. Mi tesis se puede reescribir. Tu depósito de garantía no.

—Lo hago por Ferb —miente Vanessa rápidamente, aunque su corazón late con una fuerza que no tiene nada que ver con su hermanastro—. No quiero tener que explicarle por qué su hermano es una barbacoa humana.

Phineas sonríe, acomodándose en sus brazos.

«Ya, claro. Por Ferb», piensa el narrador sarcástico desde su silla, mientras ve cómo Vanessa no hace ningún esfuerzo por bajarlo.

—Claro, Nessa. Por Ferb. Por cierto, tu técnica de levantamiento es impecable. Muy buena postura lumbar.

Vanessa no responde, pero por primera vez en toda la noche, no siente ganas de soltarlo. A veces, para ganar una casa, primero tienes que perder un edificio.

Doof se acerca, conmovido.

—¡Calabacita! ¡Phineas! ¡Están vivos! Olviden el dinero, ¡tengo una idea mejor!: ¡Venderé mi colección de sellos malvados! ¡Esos nunca pasan de moda!

—Oye, Nessa —dice Phineas mientras ella empieza a caminar hacia la acera, todavía cargándolo—. ¿Crees que ese termo de café todavía tenga algo? Sería más fácil reconstruir todo desde cero si no estuviéramos tan cansados.

Vanessa suelta una carcajada corta y ruda.

—Cállate, Phineas.


A lo lejos, en la oficina de la O.W.C.A., el Comandante Carl mira la pantalla.

—Señor, el Agente P ha destruido el arma —dice Irving—. Pero el Mayor Monograma sigue sin responder. Dice que Charlene pidió postre.

Carl suspira. El mensaje de esta noche es claro, aunque nadie lo diga en voz alta: madurar no es tener todas las respuestas o todo el dinero del mundo. Madurar es estar dispuesto a perder tu mochila, tu -inador o tu dignidad en un traje de pato de hule, siempre y cuando lo hagas por la persona que, cuando todo se derrumba, decide saltar contigo.

—Irving, borra las grabaciones del pato —ordena Carl—. Nadie necesita ver a una leyenda sufrir de esa manera.

«¡Squeak! ¡Cuack! ¡Squeak!», suena a lo lejos, mientras el sol se pone sobre Danville.


Continuará...

Notes:

Un pequeño aviso: la historia solo se quedará en español. Entre el trabajo y mis otras prioridades, no me es posible traducirla al inglés ahora mismo. Quizás llegue a menos gente, pero prefiero ser honesto sobre mis limitaciones de tiempo y disfrutar el proceso.