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Dabi miraba el reloj del aula con impaciencia. Era su última clase, pero su mente se había ido a otro lado desde hacía ya media hora.
¿Por qué el tiempo pasaba tan lento cuando uno se volvía consciente de él?
Obvio no tenía respuesta para eso, pero su pierna moviéndose apresuradamente debajo de su pupitre, y el lápiz que giraba en su mano eran claras señales de que el martirio que estaba sintiendo ya había sido demasiado.
Casi como si la hubiese invocado, la campana anunciando el final de la jornada lo sacó de su trance. Ni siquiera se molestó en quedarse a escuchar lo que el profesor dijo antes de despedir a la clase. Posiblemente era importante, pero se preocuparía por ello otro día.
Problema para el Dabi del futuro.
Huyó del aula, como alma que persigue el diablo, abandonando rápidamente las instalaciones.
Ahí, a un lado de la enorme reja que hacía de entrada en el colegio, un muchacho de cabellos rizados y verdes tenía sus ojos clavados en su teléfono.
¿Qué podría estar haciendo? Quizá llevaba mucho tiempo esperándolo.
Dabi se acercó a él.
—Debería ser ilegal que los maestros quieran alargar las clases con sus aburridas voces— comentó, haciendo que el otro desviara su atención de su celular a él. Le sonrió, seguido de una leve risa. —¡De verdad!
—Tal vez lo hacen a propósito, para molestarte— le contestó en el mismo tono sarcástico pero divertido. —Eres un desesperado, Dabi, apenas pasaron dos minutos desde que acabó tu clase.
—Son dos minutos menos que tenemos de tiempo juntos, ¿sabes? Me tomo estas cosas muy en serio.
Eso hizo que el más joven se sonrojara, mirando hacia el otro lado. Evitando contacto visual por un momento. Eso dibujó una sonrisa de triunfo en el azabache.
—Vamos, no empieces…— sonaba avergonzado, pero no molesto.
—Ya, ya, lo siento— se río. No se dio cuenta de en qué momento habían empezado a caminar. —¿Llevabas mucho tiempo esperándome?
—Nah, qué va. Solo unos minutos.
Mentía.
Había tenido las últimas dos horas libres. Pero no le molestaba esperarlo. Cielos, podría esperarlo tres meses.
—Genial, entonces… ¿Cómo estuvo tu día? — preguntó el azabache.
—Lo mismo de siempre, ya sabes. Las clases se vuelven más pesadas cuando se acercan las vacaciones.
Dabi asintió con la cabeza. No dijo nada, pero fue su señal para decirle que lo escuchaba y concordaba con su comentario.
Avanzando unos metros más, comenzaba a notarse qué tan lejos se encontraban de la escuela. Menos gente se veía caminando a la par de ellos. Poco a poco fueron desapareciendo de su campo de visión, dejándolos solos, como de costumbre.
Desde que habían empezado a salir, incluso antes de eso (Deku ya sospechaba para ese entonces que su amigo no lo veía nada más como un amigo), un acuerdo entre ellos fue que siempre se acompañarían en su camino de regreso a casa.
No vivían precisamente cerca uno del otro, pero ese ritual secreto y compartido se había instalado tan profundamente, que después de varios meses, dejaron de preguntarse o avisar que se esperarían y simplemente… lo hacían.
Actualmente, a dos años de eso, Dabi había aprendido algunas cosas. Como que Deku solía distraerse fácilmente con las cosas que se encontraban durante su trayecto: si los árboles tenían más o menos hojas, dependiendo de la temporada, si algún vecino había pintado la fachada de su casa, o si el gato negro del señor Aizawa se había vuelto a escapar y corría de una acera a otra, jugando o cazando.
El tipo de cosas que la gente normalmente pasa por alto. Pero Deku no. Ese era uno de los atributos que el azabache más adoraba de él. Su habilidad para captar los detalles, por muy pequeños o insignificantes que parecieran.
Por eso mismo, el rizado también notaba particularidades del mayor. Cómo, al darse cuenta de que su paso era demasiado rápido y rebasaba el límite de velocidad que sus propias y cortas piernas le permitían, igualaba su caminar al de él, para no dejarlo atrás. Como si fuera importante.
Para Dabi era importante.
Siempre optaría por ir más lento, si eso significaba caminar a la par del rizado.
—¿Qué planes tienes para estas vacaciones? — la voz de Deku rompió el breve silencio que se había hecho entre ambos.
—Ahh… Es una pregunta difícil. Sabes que para estas fechas Fuyumi y mi madre suelen hacernos ir a visitar a la abuela. No me molesta, me gusta ir con ella, pero… — hizo una pausa, pero no terminó su oración.
Los pasos de ambos sonaban al raspar el suelo de la calle. No se detenían.
—¿“Perooo…”? — insistió el de cabello verdoso.
—Implicaría pasar tiempo en familia— dijo finalmente. El otro pareció confundido, no captando la lógica del cerebro de Dabi. Lo miró fijamente, pidiéndole por telepatía que se explicara mejor. —Implicaría ver a mi padre en casa todo el día, durante un largo tiempo.
Hubo otro breve silencio. Ambos sabían lo complicado que era el tema.
—Aunque- Con suerte, el viejo estará tan ocupado que ni siquiera irá, como todo el tiempo. En todo caso, sería una bendición— bromeó el azabache con tono sarcástico. El otro le dio un leve codazo.
—Oye, no digas eso— no estaba molesto por el comentario. Siguió con el mismo tono divertido de su novio. Dabi soltó una risa, que hizo el corazón de Deku derretirse.
Dabi tenía una risa tan genuina. Una risa sincera, que solo Deku conocía.
¿Y cómo no?
Si solo él le daba la confianza y alegría suficiente como para reírse de esa manera… Aun cuando se trataba de un chiste trágico y mal hecho sobre su relación con su padre.
—Podrías venir conmigo este año— habló el azabache de repente. Deku fijó su mirada en el rostro del otro, buscando algún atisbo de broma o sarcasmo en él, pero no lo había. —A Fuyumi le encantaría verte de nuevo. A todos en realidad, y estoy seguro de que Shouto también extraña a su mejor amigo.
—¿Q-qué dices? — el más joven tartamudeó, sintiéndose repentinamente nervioso y agitado. Bajó la mirada, posiblemente para evitar que su novio lo viera con la cara tan roja.
—Hablo en serio, Deku. Incluso tienes la aprobación de mi viejo. Creo que hasta le caes mejor que yo— otro codazo. —Está bien, está bien, eso no. Pero sabes que le agradas. Y no es la primera vez que estás con toda mi familia.
—Ya sé, pero no en un viaje familiar, debería ser exclusivo.
—También eres parte de mi familia.
El rizado detuvo su andar, aun con la mirada baja. Dabi se detuvo también, quedando a su lado, mirándolo desde arriba, esperando su reacción.
—Oye, ¿qué pasa? ¿Tan malo es ser parte de los Todoroki? Una vez te-...
Antes de que pudiera seguir, fue sorprendido por el abrazo del más joven, sus brazos rodeando con fuerza, pero no demasiada, el cuerpo del azabache.
—¿Cómo puedes decir esa clase de cosas con una cara tan neutral? — finalmente había alzado la mirada, su expresión avergonzada pero conmovida.
Ah, era linda la forma en que Deku se sonrojaba tan fácilmente.
—No le digas a nadie que dije eso— contestó el azabache, ganándose una risa del otro. No se separaban.
Dabi no era del tipo afectivo, al menos no en público. Pero en ese momento tampoco quería separarse y cortar el momento. La calidez del cuerpo de Deku contra el suyo le gustaba. Y le resultaba gracioso cómo su cabeza se recargaba perfectamente a la altura de su pecho. Solo esperaba que su torpe corazón no delatara lo mucho que le emocionaba tener al otro así de cerca.
—Ja… Tu corazón late muy fuerte— señaló Deku.
Bueno, sí…
Jódete, corazón.
Pocos segundos después de eso, cortaron el abrazo. Tenían que seguir caminando. No se separaron; Deku permaneció con uno de sus brazos rodeando la cintura del azabache, a pesar de que su mochila intervenía entre ambos, no fue rival para el agarre del rizado.
Continuaron su trayecto en silencio, solo la suave brisa de verano, moviendo las ramas de los árboles a su alrededor, se escuchaba. Y sus pasos, claro.
Deku miraba con detenimiento a los pies de ambos. Notando que en ocasiones no caminaban al mismo compás, haciendo que sus pasos no coincidieran. Por lo que intentaba hacer pausas y cambiar el ritmo, de modo que sus pies se movieran al mismo tiempo, del mismo modo. Eso no pasó desapercibido para el azabache, quien solo sonrió para sus adentros.
De verdad, cuánto lo amaba.
Una vez logró igualar su caminar, Deku siguió avanzando. La cercanía con el otro dándole una sensación de tranquilidad.
—Cierto, el otro día me enteré de que lanzarán al mercado una nueva figura de All Might…— el azabache fijó su vista en él.
Deku comenzó a divagar, como siempre hacía cuando hablaba de lo que le apasionaba. Dabi escuchaba atentamente, aportando comentarios o bromas al respecto, sobre lo que el más joven decía. Pronto, ambos se vieron envueltos en una conversación sobre cómics y héroes, algo frecuente tratándose de Deku.
Alzando la mirada levemente hacia el frente, Dabi pudo ver a la distancia la fachada de su propio hogar.
¿Ya habían caminado tanto? ¿En qué momento?
Sin embargo, no comentó nada al respecto. En parte, porque no quería interrumpir la animada mini conferencia privada que el rizado le estaba mostrando. Le encantaba escucharlo. Su voz clara y su tono calmado, excepto cuando se emocionaba tanto que empezaba a hablar demasiado rápido y su voz se volvía ligeramente más aguda.
Fingió demencia. Ignorando por completo que cada vez estaba más cerca de llegar a su destino.
—Ahh, te aseguro que se verá genial— terminó el rizado, volteando hacia Dabi con una sonrisa y un leve sonrojo en su rostro. —Perdona, me emocioné de más…— se rascó la nuca con algo de vergüenza. El azabache negó rápidamente.
—Nada de eso. Emociónate tanto como quieras conmigo. Me gusta que me cuentes todo lo que sabes y piensas.
Fue entonces que Deku, por pura casualidad, alzó la vista y se percató también de que la casa de su novio estaba a tan solo un par de calles.
—Oh. Creo que tu c-
—¿Qué te parece si pasamos por un helado? — le interrumpió el azabache. Deku lo miró con los ojos abiertos, sorprendido por el repentino cambio. —Por aquí a la vuelta hay una heladería nueva que desde hace tiempo quería visitar. Yo invito— dijo finalmente.
No fue difícil para Deku darse cuenta de que se trataba de una estrategia para el azabache de evitar… lo que ambos ya veían venir. Aun así, jugó el papel de tonto por unos segundos, y contestó:
—Me encantaría. Un helado suena genial— Dabi asintió sonriendo, y entonces ambos se giraron a la izquierda en la siguiente intersección, perdiendo de vista la casa del azabache, dejándola atrás.
Sus pasos continuaron. No se detendrían por un buen rato, al menos. No si querían evitar que el tiempo buscara acortar su momento tan especial. ¿Cómo es que pasaba tan rápido cuando uno está disfrutando?
Y siguieron caminando. Jamás abandonando el espacio personal que compartían. Aún si el destino se alargaba, ninguno quería soltar el paso del otro. El sol se ponía, y tarde pareció detenerse un poco, no queriendo avanzar más rápido que ellos.
