Work Text:
Estar con Eijiro Kirishima demandaba una fuerza abismal. La piel hirviente de Izuku transpiraba gotas de sudor salado, cuyo sabor se escurría hasta sus labios y cubría el tapete de entrenamiento sobre el que ambos se desplazaban. Con movimientos veloces y precisos, ambos esquivaban y se cubrían de los golpes certeros del otro.
Dos-uno, favor, Midoriya.
Izuku exhaló, intentando regular su respiración agitada. No podía confiarse, debía dar todo de sí, pero era difícil concentrarse cuando los ojos de su novio resplandecían, reflejando la luz fluorescente de las lámparas del gimnasio, haciendo que el rojo vivo de sus irises ardiera hasta cubrir la mente de Izuku por completo. Si los ojos no eran suficiente, quedaba la sonrisa. Cada arruga en el rostro de Eijiro destacaba ese gesto tan natural, sus dientes afilados raspando contra sus labios cada dos segundos, si las cuentas de Izuku no fallaban. El pecho de Kirishima se movía con mayor tranquilidad, no parecía estar tan nervioso como su novio.
—¡Termina con esto, Midoriya!
—¡Kiri, tú puedes! ¡No te rindas!
—¡Kirishima, muévete!
—¡Vamos, Deku!
Los primeros minutos del encuentro fueron irrelevantes; sus técnicas de ataque se contraponían. Mientras Midoriya era un oponente calculador que esperaba el momento preciso para atacar, en Kirishima no cabían las dudas o segundos para cuestionarse, atacaba directamente, ferozmente. Mientras entraban en calor, Midoriya comenzó a improvisar más y Kirishima sacó a relucir las estrategias que había estado estudiando y practicando durante todo el periodo escolar. Así, el primer punto se lo llevó el pelirrojo, después el de cabello verde, mismo que tomó por sorpresa a su contrincante al cambiar una aparente patada por un puñetazo sin contención, tomando la delantera.
Para este momento, cualquiera podía ser el triunfador. A pesar de la ventaja que llevaba Izuku, su mente lo traicionaba. Tenía que dar mucho más, superarse a sí mismo, derrotar las adversidades, pero cuando las adversidades tenían la forma de Eijiro Kirishima, su novio, fallar un poquito no parecía tan catastrófico si era recompensado con ver esos dientes alegres y sentir la piel callosa que demostraba el trabajo y empeño que se necesitaban para llegar a ese nivel, el que le permitía estar ahí mismo, uno contra uno. A ambos les gustaba entrenar juntos, experimentar los límites de sus cuerpos y explorar nuevas posibilidades en técnicas y fuerza; no había nadie más que les siguieran el paso, que aguantaran las heridas y escupieran sangre, dispuestos a una ronda más con tal de corregir sus fallas y ser una versión mejorada de sí mismos cada mañana. Podían pasar horas en el gimnasio o en cualquier espacio en el que ningún miembro de sus familias o de su institución educativa los reprendieran por forzarse demasiado. Nunca era suficiente, en realidad, y, si en algún punto llegaban al tope de sus capacidades, simplemente tendrían que encontrar una manera de poner la vara aún más alta.
Sin embargo, por mucho que disfrutaran compartir métodos y pasar la mayor cantidad de tiempo juntos, durante clases, tenían que poner límites, al menos para respetar el tiempo de los demás. Incluso si ellos se negaran a ponerse un alto, el gran reloj encima de sus cabezas les recordaba que tenían que apresurarse a vencerse el uno al otro, a menos que quisieran una nota apenas aprobatoria.
Los reflejos de Izuku reaccionaron ante una patada arriesgada de parte de Eijiro. Tan pronto la postura de Kirishima flaqueó, Izuku tuvo su espalda contra el tapete, sus manos atrapadas por las propias.
“¡Fin del encuentro! ¡Ganador, Midoriya!” El altoparlante anunció.
Un barullo ensordecedor irrumpió en el gimnasio. Sus compañeros gritaban vítores o quejas, dudas u observaciones. El profesor Aizawa se mantuvo en silencio mientras anotaba los resultados finales al borde de una página de comentarios sobre lo que los jóvenes debían examinar y mejorar.
Izuku jadeaba, su frente arrugada debido a su ceño fruncido. Mientras que Eijiro jamás perdió la sonrisa deslumbrante, los caninos afilados, los pómulos casi rechonchos coloreados al tono de su cabello. Su don se activó por un momento en las puntas de sus dedos, sus manos en un puño, intentando contenerse. Izuku lo liberó. Tan pronto Eijiro tuvo sus manos disponibles para usarlas, extendió ambos brazos y acunó las mejillas de su novio, las caricias dándose paso con la misma cotidianidad con la que el sol se asoma cada mañana.
A la clase 3-A no le sorprendía lo afectuosos que ambos eran el uno con el otro sin importar quién estuviera alrededor, si alguien los observaba o si tenían alguna opinión al respecto. Así como actuaban como héroes valientes y orgullosos, se querían de la misma manera, en voz alta, con besos tronados y alegría deslumbrante. Era sencillo quererse el uno al otro, un instinto afinado, una segunda naturaleza descubierta por puro capricho.
Izuku sintió su alegría expandirse por todo su semblante. El sudor y el temblor de sus extremidades quedaron en segundo plano. No es que Eijiro fuera una persona predecible, pero Izuku ya se había acostumbrado a su manera de ser, tan transparente y directo. Las palabras de afirmación, el cariño dado verbalmente, ya eran casi un ritual para ambos. Entre “buenos días” y “buenas noches”, las felicitaciones y observaciones atentas al progreso de ambos eran la melodía constante en su relación. Sus ojos verdes se mantuvieron incrustados en su novio, a la espera de ese dulce recordatorio de que estaba avanzando y que la persona más especial en su vida lo veía y, aun más, se sentía orgulloso de todo su progreso y la fuerza que continuaba acumulando.
Sin embargo, algo anormal ocurrió. En lugar de cubrirlo de besos, ahogarlo en un abrazo o gritar su asombro, Eijiro solo mantuvo esa sonrisa embobada, sus ojos cristalinos con pupilas dilatadas y tanta sangre en sus mejillas que su cabeza podría imitar a un tomate maduro y pasar completamente desapercibido.
Apenas se despegaron sus labios cuando murmuró, solo para ellos y con la misma certeza con la que declaraba sus ambiciones y su necesidad de mejorar:
—Te amo, Izuku.
—¿Eh?
Izuku no era bueno con las palabras cuando más importaban y él mismo lo sabía mejor que nadie. Podía hablar sobre All Might por tres horas seguidas sin agotarse; se sabía de memoria incontables datos sobre una gran variedad de héroes profesionales; sus estrategias y análisis fluían en conversaciones inevitablemente, no porque él quisiera o supiera cómo hacerlo de la mejor manera, sino porque compartir todo ese cúmulo de información era un instinto para no sobrecargar su cerebro. Era bueno dando cumplidos y siendo cariñoso, o había aprendido a serlo. Pero decir palabras precisas y tajantes que apuntaran al corazón de alguien más hasta derretirlo o curarlo sin tartamudear, en eso era un completo fracaso.
Decir “te amo” no estaba en sus planes y asumía que para expresar algo de tal magnitud había que planearlo. Su cerebro comenzó a dar vueltas, preguntándose si Eijiro había utilizado ese golpe mortal para ganarle en el combate, solo para recordar que este ya había concluido. La siguiente conspiración fue que, tal vez, era una estrategia vengativa, para atacarlo una última vez y reparar el orgullo del perdedor. Pero Eijiro no era así. No. Jamás utilizaría palabras tan importantes solo como estrategia, mucho menos con el objetivo de dañar a alguien.
La sombra del profesor junto a ellos logró que ambos se incorporaran al momento, manos entrelazadas para ayudarse. Con el cerebro todavía revuelto, Izuku no se atrevió a mirar a Kirishima. Escuchó los comentarios de su profesor y la instrucción de dirigirse a las gradas para observar el siguiente combate y recuperar su energía. Cuando ambos emprendieron su camino junto al resto de su clase, Izuku entreabrió sus labios y extendió su brazo, dispuesto a decirle algo, cualquier cosa a Kirishima, sin embargo, fue acallado por Aizawa.
—Si tienen algo que conversar entre ustedes, pueden hacerlo después de clase.
Su brazo cayó y sus labios se unieron, cerrando su boca por completo.
Ambos caminaron en silencio, miradas fijas en cualquier lugar del gimnasio que no fueran los ojos del otro.
Supo que Uraraka, Iida y Tsu se acercaron a él para felicitarlo por su victoria. Sintió el vacío de la ausencia de su novio casi al mismo tiempo, un frío que calaba y se expandía por todo su cuerpo. No supo mucho más después de eso. Se reprendió a sí mismo por no concentrarse en los siguientes combates, por desperdiciar la oportunidad de admirar el progreso de sus compañeros y recopilar información útil para mejorar en su propio camino. Pero fue inevitable, su mente solo podía intentar procesar las palabras de Eijiro.
Te amo.
Siendo sincero, había soñado con ese momento. Cuando su mamá se cansaba de los maratones de All Might y lo convencía de ver una comedia romántica con ella, en alguna parte de su mente se atrevía a imaginarse a sí mismo disfrutando de un postre mientras observaba fuegos artificiales con alguien más y ese par de palabras invadían su mente. Hasta ahora, la única persona que le había dicho eso era su mamá, constante y segura, en cada mensaje de texto y en incontables mañanas antes de dirigirse al colegio. Izuku pensaba que cuando alguien más le dijera que lo amaba, sería porque él ya lo había hecho primero. No era de morderse la lengua, el amor a veces se escurría de sus manos. Izuku sabía amar: amaba a las aves que volaban fuera de su balcón; amaba al símbolo de la paz; amaba a su mamá; amaba a los héroes; amaba sus costosas colecciones, lo suficiente como para tener una base de datos con información detallada de cada pieza que las conformaba.
Pero en el tiempo en el que había conocido a Eijiro, nunca se preguntó si lo amaba, mucho menos se preguntó por qué no se lo había dicho. Jamás se cuestionó si su relación iba demasiado lento o a un paso acelerado, todo se había dado con tanta naturalidad que hasta podía calificar de perfecto el desarrollo entre los dos. En cierto sentido, iba acorde a lo que habían vivido juntos que esas palabras se pronunciaran por primera vez de esa manera, como algo casual, como algo normal, sin ser solemne o esperar por “el momento indicado”, porque, en realidad, cualquier momento era el indicado cuando estaban juntos.
Pero había un peso en esa confesión. Era un paso agigantado que los colocaba en el siguiente nivel, que revelaba que su noviazgo no era solo un pasatiempo o un evento de la juventud. Para Izuku, el te amo significaba una promesa, un acuerdo de longevidad, una complicidad que no podía compartir con nadie más. Era un contrato en el que no cualquier nombre se puede escribir, porque uno no se puede retractar del amor más sincero que puede dar. Sin embargo, todo eso estaba en su mente.
Eijiro no profundizó ni se explicó y el momento no permitió que hubiera algo más que ese desliz. La mente de Izuku comenzó a dar vueltas. ¿Y si fue un impulso? ¿Y si solo lo dijo como un reflejo? ¿Y si no lo había pensado bien? ¿Qué significaba esa declaración para su novio? Porque podía ser algo de suma importancia para Izuku, algo de lo que nadie se puede arrepentir, pero comenzaba a dudar que Eijiro lo viera de la misma manera. Si él pensara lo mismo, ¿aun así hubiera dicho eso?
Cuando el entrenamiento terminó, toda la clase se encaminó a los vestidores para tomar una ducha y cambiar sus prendas, exceptuando a Izuku, quien decidió dirigirse a los dormitorios. En el camino al edificio, se desvió a la ruta que solía utilizar para correr durante las mañanas, un camino de tierra rodeado de pasto desgastado, el paisaje cubierto de árboles de distintas tonalidades, marcas juguetonas en sus troncos decorando el paso de los estudiantes. Su cuerpo estaba exhausto después del largo día de clases y entrenamiento, sus músculos adoloridos le exigían algo de descanso, agua caliente y comida nutritiva para recuperarse, pero su mente necesitaba despejarse. Se encontraba agobiado, su pecho se sentía aprisionado. Mientras forzaba a sus piernas para mantener un paso veloz, oyendo el aire abrirse paso entre las copas de los árboles y cubierto de un calor que se avivaba junto a los colores cálidos de la tarde, repetía la escena en su mente una y otra vez. Esos labios secos moviéndose sin dificultad, esos ojos brillantes sin un rastro de mentira. Ese te amo, te amo, “te amo”… De tanto repetirlo, cada sílaba comenzaba a perder su forma. Teamo, teamo, temo.
Temor, temor, temor.
El miedo no era un sentimiento extraño para Izuku. Su mente regresó a Eijiro, ese lugar seguro, esos brazos que lo sostenían y lo aliviaban, le generaban un espacio cálido para retozar y reconstruirse a sí mismo. La primera vez que el miedo lo paralizó, Eijiro estaba a su lado. Ahora comprendía que los héroes no viven sin miedo, al contrario, es su acompañante más fiel, incluso cuando las cosas se ponen complicadas y la vida se escapa velozmente, el miedo permanece a su lado, un receloso ser que se apega y aprieta las tráqueas de quienes cargan el mundo. Eijiro e Izuku conocían el miedo antes de conocerse, miedo a actuar, miedo a ser visto, miedo a salir lastimado, miedo a no ser suficiente. Habían hablado múltiples veces del miedo que sintieron cuando se consideraban más débiles, cuando no se creían capaces de salvar a alguien. Muchas más veces hablaron del miedo que sintieron mientras salvaban a alguien más, de cómo se tragaban las náuseas y forzaban sus rostros para ocultar las muecas temerosas que jamás abandonaron sus cuerpos, humanos, al final del día. Se prometieron permitirse tener miedo, aceptar el miedo, vivir el miedo. Miedo a reprobar un examen, miedo a llegar demasiado tarde, miedo a perder el calor de sus cuerpos.
Izuku tenía miedo del poder de esas palabras, del impacto que tendrían en su relación y en cada uno de ellos. Eijiro había llegado a su vida para ser su fortaleza, para recordarle que ser atento y detallista eran cualidades para atesorar y relucir. Lo había hecho ver que todas esas dudas que tenía sobre sí mismo no reflejaban su impacto en el mundo o la percepción que otros tuvieran. Estando juntos, algo que antes consideraban una debilidad se transformaba en algo valioso y único, una forma distinta de mirar al mundo y de enfrentarse a los problemas. Por eso fue tan sencillo quererse, cuando se veían, observaban todo lo que podían dar y todo lo que ya eran, incluso si a veces era difícil reconocerlo por su cuenta.
Los músculos de Izuku no pudieron aguantar su peso ni un segundo más. En la décima vuelta, no logró levantar por completo su pierna del suelo, demasiado cansado como para mantener su forma. En un enredo de extremidades, cayó contra la tierra, sus pensamientos suspendidos ante el palpitante dolor que bombeaba por todo su cuerpo, sobre todo en las partes que soportaron el golpe. Un zumbido acalló las ideas que lo aprisionaban, su cuerpo exigiendo una pausa, sin oportunidad para negociar otra opción. La mente de Izuku aún se enjuagaba en adrenalina, así que ni la fatiga fue suficiente para olvidarse del tema del todo. Al menos ya no se sentía completamente perdido y abrumado, podía comenzar a ponerle un orden a sus ideas.
Regresó al momento una vez más: las manos de Eijiro en sus mejillas, sus ojos moviéndose por todo su rostro, el calor del momento, ese sonrojo tan encantador, el sudor de ambos, la sonrisa adictiva y apenas un susurro sin un dejo de duda: te amo.
Creía y confiaba en Eijiro. No podía cuestionar sus palabras, el acto tan genuino. Se permitió a sí mismo sentirse y saberse amado. “Eijiro Kirishima me ama”, se dijo en su cabeza e Izuku no pudo contener su sonrisa, una risita saliendo de lo profundo de su pecho y escapando por ese cuerpo derrotado ante sí mismo. La frescura del pasto, la noche comiéndose al exterior, todo cobró sentido ante esa realidad en la que Eijiro lo amaba y lo decía con facilidad, con todos sus amigos de testigos. Un sinvergüenza.
Fue la primera vez que escuchaba esas palabras de su parte, pero mientras comenzaba a regular su respiración y a cansarse de su ropa deportiva, Izuku pudo darse cuenta de que no era la primera vez que Eijiro lo amaba. Durante las tardes cuando estudiaban y hablaban de sus tareas, había momentos en los que Eijiro se quedaba en silencio y su mirada se colocaba en Izuku durante varios minutos, sus ojos encaprichados con su rostro. En noches en las que ya no tenía energía más que para tirarse a su cama y mirar recopilaciones de batallas hasta quedarse dormido, Eijiro aparecía con tres golpes en su puerta y se abría paso para ofrecerle una cena hecha a la medida, con sus ingredientes favoritos y la frescura del momento. Cada mañana, en algún corredor de la escuela, ambos se detenían para saludarse, hablar de sus sueños, su descanso y planear el resto del día juntos, con apodos melosos y cariñitos verbales esparcidos cada tanto, además de olvidarse de cualquier otra cosa cuando sus labios no tenían más palabras que espolvorear y se permitían encontrarse en montones de besos, a veces suaves y familiares, otras veces desesperados y hambrientos, como si el tiempo separados fuera una tortura insoportable (a veces así se sentía). Entre abrazos, caricias y pieles que no querían despegarse, corrían a clases cuando la campana rompía su perfecta burbuja.
Para entonces, Izuku estaba rodeado de oscuridad. Como pudo, se puso de pie, antes de permitir que el sueño lo dejara tirado en mitad de la nada hasta que algún profesor patrullando lo encontrara y lo forzara a regresar a su dormitorio. El regreso a la pequeña civilización fue extraño. Su corazón seguía acelerado, sus párpados apenas aguantaban su peso y el dolor de todo su cuerpo era tanto que llegó al punto del entumecimiento. Mientras sus oídos zumbaban, su mente lo atacó con otra pila de recuerdos.
Jamás se había dado cuenta de la cantidad de tiempo que pasaba con Eijiro. Las clases; los proyectos escolares; los entrenamientos; los maratones de películas, series, documentales; las sesiones de acurrucarse por horas; las citas fuera de la escuela, en el parque, el centro comercial, algún museo, o caminando hasta perderse y reír mientras pedían instrucciones; las largas llamadas que drenaban las baterías de sus celulares; o hasta las salidas con sus amigos en las que se aseguraban de sostener sus manos al menos la mitad del tiempo. Se sorprendió a sí mismo por la manera tan sencilla en la que Eijiro se volvió parte de su cotidianidad, su dosis diaria de quien más quería.
Querer comenzaba a parecer una palabra tan pequeña para todo lo que sentía por su novio, para todo lo que su relación involucraba.
Al llegar a los dormitorios, Izuku se escurrió a su habitación, tomando las escaleras más alejadas de la sala común en un afán de evitar a cualquier ser humano. Aún tenía mucho que pensar. Con la puerta cerrada detrás de sí y mucha más privacidad, se permitió deslizar el cierre de su sudadera, revelando la camiseta que ni siquiera recordaba haber elegido, un regalo de Eijiro, una colaboración de All Might con los “Héroes más admirables de la Historia”, entre ellos, Crimson Riot. Antes de quitársela y dejarla en su bote de ropa para lavar, examinó su habitación tapizada en pósteres y coleccionables. La mayoría de objetos en su habitación habían sido comprados por su cuenta, con el gasto que su mamá le daba, pero gracias a sus reflexiones del día, pudo observar con mayor atención y detalle cada elemento que había llegado a su habitación al ser un regalo de su novio Eijiro, desde figuras y fotos hasta sábanas. Simplemente, sus pantuflas habían llegado a sus pies como regalo de su quinto mes de relación. La tela era suave, el tamaño era perfecto, tan pronto Eijiro se las dio, se convirtieron en su elemento favorito para descansar y las usaba tan seguido que formaban parte de su conjunto predeterminado.
La mente de Izuku continuó dando vueltas al sentarse en su escritorio. No siempre lograba ser ordenado y metódico; había ocasiones en las que sus prioridades pesaban más que otras cosas que podía desatender sin preocuparse al respecto. Recordó una ocasión en la que le dio un resfriado y se mantuvo asistiendo a clases, con su cubrebocas y sanitizando las superficies a las que se acercaba, incluso siguió ejercitando su cuerpo, a pesar de que entrenó con una rutina mucho más ligera a la que estaba acostumbrado. Sin embargo, aunque fue un héroe y un estudiante ejemplar, esa semana su habitación era un caos. Su cama se llenó de pañuelos desechables medio usados, había ropa sucia tapizando el piso y su escritorio era más bien un basurero de gran variedad, platos sucios, borradores de tareas, libros de la biblioteca, medicinas. Mientras deslizaba su mano por la madera, pensando en ese momento de debilidad, a su mente regresó su novio, Eijiro, quien se encargó de ofrecerle sopas y jugos curativos hasta que el sueño lo derrotó. Cuando despertó, su ropa estaba limpia, los libros habían regresado a la biblioteca, tenía sus sábanas frescas y su escritorio estaba despejado. No solo eso, en su momento, no pudo evitar inspeccionar el trabajo de su pareja, todo para darse cuenta de que Eijiro había memorizado su sistema de organización y cada elemento estaba en su lugar designado y adecuado. Pronto, se apilaron los recuerdos de fines de semana limpiando juntos las ventanas del dormitorio, o de las veces en las que la pereza le ganaba y el de ojos rojos se ocupaba de pendientes que parecían menores, pero que, apilados, podían ser una gran carga y al ser llevados por un par de manos más, aligeraban el peso de balancear todos los aspectos de su vida.
Izuku quiso acallar su remolino mental al tomar una ducha, sin embargo, se encontró con su cuerpo, algo más que le recordaba a su novio. Sus manos, que habían sido besadas por esos labios cariñosos por tantas mañanas. Su cabello, que aprisionaba los dedos de Eijiro, perdidos en caricias. Su pecho, jadeante y con el trazo de caricias curiosas que se habían escapado en momentos fugaces ante la ausencia de luz u ojos ajenos. Sus ojos, con la mirada tatuada en sus retinas. Su nariz, fanática de besos esquimales. Sus mejillas, todavía con el cosquilleo de sentir los pulgares e índices con el tacto delicado, pero tan profundo que era imposible de olvidar.
Para Eijiro fue muy sencillo decirle a Izuku que lo amaba porque ya se lo decía, con su tiempo, sus detalles, sus atenciones, su cariño. Fue la primera vez que un “te amo” abandonó sus labios, pero ese sentimiento ya había sido expresado en la forma de un cumplido, un abrazo, una tarde perfecta, un recuerdo, una mano extendida para ayudar al otro. Sentirse amado provocó una calidez en el pecho de Izuku, sus músculos relajados, su rostro un poco más iluminado, hasta sus rizos se sentían mucho más suaves e hidratados. ¿Cómo pudo dudar siquiera un segundo de la sinceridad de su novio, de esos sentimientos tan presentes desde ese primer beso bajo la luz de los fuegos artificiales del festival de verano?
¿Cómo pudo dudar, siquiera un segundo, que también lo amaba?
Sintiendo su cuerpo ligero, su porte aseado, caminó los eternos pasillos alfombrados de los dormitorios. Tenía una misión ahora, un solo pensamiento dando vueltas a su cabeza: una respuesta. No podía esperar más. Tal vez no sería el momento perfecto, ni sería la imagen romántica que siempre idealizó en su cabeza, pero sería algo sincero, no podía haber algo mejor que eso. De algo estaba seguro, toda la vida recordarían ese día en el que tras un combate de entrenamiento exhaustivo, el corazón de Eijiro se sinceró y obligó al de Izuku a desbordarse de todo el amor que no sabía que podía contener dentro de sí mismo y que ahora buscaba cualquier medio para salir y explotar interminablemente. Después de eso, podría tomar una siesta y darse el merecido descanso que un día lleno de emociones fuertes reclamaba. Se imaginó a sí mismo entre los brazos de su novio, el pecho firme debajo de su mejilla, la dulce voz de Eijiro recordándole lo mucho que lo amaba y sus manos explorando cada centímetro de su cuerpo como si fuera el mejor pasatiempo que pudiera existir.
Su caminar seguro pronto se convirtió en un ligero trote que terminó en otro empuje de fortaleza en sus piernas para tener más velocidad. Al estar frente a la puerta de Eijiro, cualquier rastro de alguna duda que aún tuviera se desvaneció por completo.
Tres golpes, como de costumbre, para que ambos supieran quién estaba detrás de la puerta. Izuku tragó saliva y notó lo agitado de su respiración, el corazón rebotando en su pecho. No tardó en escuchar los pasos del otro lado, ese animado andar que ya podía identificar sin demasiado esfuerzo. Fueron dos, quizá cinco segundos, pero el tiempo se volvió mucho más lento en ese instante. La emoción y la impaciencia hacían que sus extremidades temblaran, hasta los dedos de sus pies. Era como derretirse, el calor apilado y el cuerpo débil. Ya se había sentido así antes, pero nunca con alguien más. Solo Eijiro lo transformaba en alguien tan fuerte y tan débil al mismo tiempo, dispuesto a todo, incluso a punto de derrumbarse.
—¡Hola…!
Esa sonrisa nunca desaparecía. Incluso cuando se desvaneció de sus labios, sus ojos mantenían ese alegre resplandor, ese brillo de ilusión y de esperanza que podía iluminar a cualquiera y que tenía completamente encantado a Izuku. Había algo de confusión y vergüenza en el rostro de Eijiro, pero Izuku no podía permitir que eso se mantuviera por demasiado tiempo. Tomó una gran bocanada de aire.
—Yo también te amo. —Un instante—. Perdón por no contestar en el momento, yo… —Y no pudo evitarlo, se lanzó con los brazos abiertos, cubriendo a su novio de calidez y cariño. Lo tomó con fuerza, con temor—. Yo no supe qué hacer. Me tomó por sorpresa, nunca antes me lo habías dicho.
Los brazos de Eijiro le regresaron el gesto, lo sostuvieron con certeza, dándole mucha más estabilidad y haciendo que Izuku pudiera acomodarse en su pecho, dándole esa protección y cuidado a la que estaba acostumbrado.
—Pensé que te había asustado —su voz sonaba tensa, pero se notaba que intentaba transmitirle calma.
—Sí, me asusté. —Izuku rio, una mezcla entre nervios y alivio—. Entré en pánico.
—¿Por qué, Izuku? —Eijiro deshizo el abrazo, tomando el rostro de su novio entre sus manos, una mirada preocupada demostrando su interés por el bienestar del otro. El pecho de Izuku se estrujó al pensar en todo el tiempo que hizo esperar a Eijiro y lo dejó en la incertidumbre.
—Creo que… Es algo importante para mí, ¿sabes? Decir esas palabras.
—¿Fue un mal momento?
Izuku se encogió de hombros y regresó al abrazo, ocultando su rostro en el pecho de Eijiro.
—No, no realmente. Fue muy lindo. Pero me siento mal de no habértelo dicho primero.
—¿Eso es lo que pasa? ¿Querías ser el primero en decir “te amo”? —Los dedos de Eijiro encontraron su camino entre los rizos de Izuku, acariciando e intentándole darle confort.
—No, me siento mal de no haberme dado cuenta de lo mucho que lo hago hasta que tú lo dijiste.
En silencio, Eijiro cerró la puerta de su dormitorio y permitió que Izuku y él se pusieran más cómodos, acercándose a su cama y sin romper el abrazo por completo, los acomodó a ambos para acurrucarse.
—El profesor Aizawa dijo que podíamos hablar después de clase, ¿cierto? ¿Quieres hablar de eso?
Izuku levantó la mirada. Era tan sencillo. Quizá, si no hubiera pasado en medio de la clase, no hubiera necesitado correr por horas y repasar toda su relación mentalmente para procesar lo que había ocurrido, tal vez solo necesitaba la mirada de su novio, sentir su respiración y estar cubierto de su calor para saber que también lo amaba, que siempre había sido fácil amarlo y sentirse amado por él. Pero no cambiaría nada. En lugar de arrepentirse por no haberlo dicho antes o por cómo se dieron las cosas, podía esforzarse en recordárselo, en decírselo, en hacer mucho más el resto de sus vidas, las que compartirían juntos, sin duda alguna.
—Quiero que sepas que te amo, Ei. —Izuku desplazó su mano por el torso de su novio, la llevó hasta su rostro, donde se mantuvo mientras acariciaba su mejilla, completamente seguro de sus palabras y de la persona con quien estaba—. Y que soy el más afortunado de que tú me ames a mí. Me haces tan, tan feliz.
Eijiro cerró sus ojos, sonriendo. Acercó sus rostros para acariciar la nariz de su novio y susurrar de nuevo.
—Te amo, Izuku. Lo he sabido desde hace mucho tiempo, pero no podía callarlo más. Eres fascinante.
Izuku rio, la alegría emitiendo de su cuerpo sin poder contenerse.
—Empezaba a pensar que no me lo dirías de nuevo a menos de que te ganara en otro combate.
—No me aguantaría, te lo diría todo el día si pudiera.
—Eso no me molestaría.
—Te amo.
Y así comenzó. Eijiro besó su mejilla y lo volvió a repetir, luego su frente y lo dijo de nuevo, después sus labios, muchas, muchas veces, cada vez que se alejaba, repitiendo de nuevo esas palabras que hacían que la cabeza de Izuku diera vueltas. Los besos fueron a su cuello y a otras partes de su cuerpo y las mismas palabras volvían a sonar por toda la habitación desde los labios de Eijiro, pero Izuku no permitió que se quedaran sin respuesta esas veces. Ahora sí, podía regresar con la misma emoción esas palabras, mientras correspondía a todos sus afectos con abrazos, caricias, otros besos robados en dirección al de ojos rojos. El primer te amo hizo que su cuerpo estallara en sentimientos, que cualquier duda sobre su relación se eliminara por completo; pero cada vez que Eijiro repetía esas palabras, Izuku sentía un cosquilleo por todo su cuerpo, tal como si fuera la primera vez.
