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Moon's Love

Summary:

Relato inspirado en el mito de Selene y Endimión, donde la diosa de la luna se enamora de un pastor al que visita cada noche mientras duerme.

Notes:

Día 10: Mitos.

Chapter Text

Al caer la noche, luego de haber terminado todas las tareas diarias, Bruno se dirigía hacia la cueva en el monte Latmos donde se refugiaba para descansar.

El cielo se teñía lentamente de un azul profundo, mientras los últimos vestigios dorados del sol se desvanecían tras las colinas lejanas.

En esa ocasión, el ambiente afuera era perfecto. La brisa soplaba con una suavidad, arrastrando consigo el perfume silvestre de las flores. El cielo lucía despejado, permitiendo que las primeras estrellas aparecieran titilantes. Así que simplemente Bruno decidió deshacerse de su ropaje y se tumbó junto a la entrada de la cueva para dormir al aire libre.

La hierba fresca acarició su piel con delicadeza, ofreciéndole una sensación de descanso.

Antes de ofrecer sus sueños a Morfeo, Bruno permaneció con la mirada puesta sobre la Luna, tan majestuosa en todo su esplendor. Su luz plateada descendía con elegancia sobre el Latmos, bañando los árboles con un brillo etéreo.

Desde que había sido destronado del trono de Elida y se había refugiado en el monte Latmos para dedicarse a la vida de campo, la Luna se había convertido en una especie de compañía silenciosa, además de su soledad.

La presencia constante de aquel astro parecía observarlo sin juicio, como un guardián silencioso que velaba por su descanso.

Su magnetismo alimentaba su corazón de amor y, la calma y calidez que la luz le brindaba por las noches servía de arrullo para dormir.

Cada amanecer, Bruno ansiaba el momento en que el cielo se oscureciera para simplemente admirar la naturaleza plateada de la Luna, pues en su contemplación encontraba consuelo.

Por otro lado, Leone, el Dios de la Luna, no era consciente del anhelo que despertaba en el joven pastor. En las noches se encargaba de recorrer el manto oscuro y estrellado del cielo, iluminando con su luz la tierra, pero nunca aterrizando en ella.

Desde lo alto, observaba el mundo de los mortales como un paisaje cambiante y fascinante, aunque distante, ajeno a sus emociones y a su toque.

Hasta que en una noche, la monotonía de su rutina lo hizo bajar.

Fue por una curiosidad creciente que germinó lentamente en su interior. Conocía algunas zonas con vistas hermosas que lo harían apreciar más la belleza de los paisajes, así que subió por el monte Latmos.

Su propia presencia irradiaba luz que le servía como guía, haciendo que los senderos brillaran tenuemente a su paso y que las hojas de los árboles relucieran como si estuvieran cubiertas de escarcha luminosa.

Entonces, algo llamó su atención de entre las plantas. Su curiosidad fue más intensa y se dirigió allí, apartando con delicadeza los tallos y las hojas que ocultaban aquello que había despertado su interés.

Para su sorpresa, se encontró con la figura de un hombre recostado bajo abundantes y verdes hierbas. Estaba dormido y también desnudo.

Leone se acercó con cautela para apreciarlo de mejor manera y el aliento se escapó de su boca como si las aguas de Poseidón lo asfixiaran.

La escena parecía una obra moldeada por las propias manos de la naturaleza: el cuerpo del mortal reposaba con una serenidad casi sagrada, mientras la luz lunar acariciaba su piel bronceada, otorgándole brillo.

El rostro tranquilo del hombre durmiente cautivó a Leone. Las facciones delicadas, la calma en su expresión y la respiración pausada creaban una armonía que el dios jamás había presenciado.

Nunca antes había visto a un mortal poseer una belleza tan extraordinaria.

Su corazón palpitó enamorado y, a partir de ese entonces, se prometió visitarlo todas las noches. Permaneció observándolo durante largos instantes, memorizando cada detalle, cada curva, cada sombra proyectada por la luz que él mismo emanaba.

La quietud del lugar envolvió aquel encuentro silencioso, como si el tiempo hubiera decidido detener su curso para preservar aquel momento.

Aunque lo encontraba siempre dormido, Leone se recostaba a su lado sin despertarlo, dedicándole miradas impregnadas de amor y fascinación.

Bruno no se había percatado que, durante sus sueños, se convertía en el objeto de amor del dios de la luna, mismo del cual sentía un profundo cariño.

En la quietud de su descanso, mientras su respiración se acompasaba, su cuerpo reposaba ajeno a la mirada que lo contemplaba con devoción.

Sin embargo, después de tantas noches en las que Leone lo observaba y amaba en silencio, el sigilo del dios terminó.

Durante incontables ciclos, había permanecido a su lado sin atreverse a perturbar el sueño del pastor, limitándose a contemplarlo con un amor reverente. Pero aquella noche, el deseo acumulado en su corazón divino se volvió imposible de contener.

Su pecho, que rara vez conocía el desorden de las emociones, latía con una intensidad desconocida, como si algo lo empujara hacia un acto irreversible.

Leone no había soportado más y, sin medir sus impulsos, besó a Bruno. Sus cálidos labios se posaron sobre los del pastor en un acto cargado de ternura, como una bendición ofrecida bajo el cobijo de las estrellas.

La luz que emanaba de su esencia divina envolvió el rostro del durmiente, iluminando sus facciones con un resplandor suave. Aun así, aquel contacto fue suficiente para lograr despertarlo.

El sueño de Bruno se disipó lentamente. Sus pestañas temblaron antes de abrirse por completo, y lo primero que vio fue la presencia luminosa de alguien a su lado.

La claridad que irradiaba aquella figura lo obligó a entrecerrar los ojos al principio, intentando comprender si aún se encontraba en el dominio de los sueños. Al aclarar su vista, se encontró con la majestuosa visión de un dios.

La belleza de Leone parecía estar tejida con la misma sustancia de la noche. Su resplandor no era cegador, sino reconfortante.

Su figura se erguía con elegancia sobrenatural, y en su expresión se mezclaban la vulnerabilidad y la solemnidad.

Bruno no tuvo que pensar demasiado de quién se trataba, porque su luz le recordaba a la compañía que nunca lo abandonaba por las noches.

"¿Es usted el dios de la luna?" Bruno preguntó en un susurro, incapaz de creer que una entidad divina estuviera a su lado y que además, lo hubiese besado en los labios.

Sus palabras fueron pronunciadas con una mezcla de asombro, reverencia y una serenidad inesperada. Sus ojos, aún cargados con los restos del sueño, brillaban con una sinceridad que desarmó por completo la compostura del dios.

La deidad asintió con timidez, pero una chispa de determinación brilló en sus ojos.

"Si soy sincero, lamento y no lamento mi gesto. He pasado noches enteras viniendo aquí para cuidarte, adorarte y darte mi amor en silencio mientras duermes. No pude contener más mi cariño hacia ti."

La confesión brotó con una honestidad que parecía liberarlo de un peso largamente sostenido. La mirada de Leone temblaba levemente, como si temiera haber roto algo irreparable.

Bruno se quedó inexpresivo unos segundos, permitiendo que cada palabra se procesara en su mente. Poco a poco, sus labios se elevaron en una sonrisa plácida cargada de ternura.

"Entonces, he sido tu amante todas las noches" dijo Bruno en tono afirmativo. "Me sorprende, pero no te sientas culpable de nada, no eres el único con sentimientos de amor floreciendo en el interior... Yo, desde siempre te he admirado. Fuiste mi compañía nocturna aquí en soledad. También me he enamorado de ti."

Mientras hablaba, sus ojos se mantuvieron fijos en la figura divina, transmitiendo una aceptación total que estremeció el corazón de Leone.

En había únicamente una dulzura serena que parecía sellar un destino que había comenzado mucho antes de aquel encuentro consciente.

La felicidad envolvió a Leone. La emoción recorrió cada fibra de su esencia, y descendió ligeramente, acortando la distancia entre ambos, mientras sus miradas se entrelazaban con una intensidad que hacía innecesarias las palabras.

Un delicado beso en ese momento bastó para que sellara la creación de un lazo indestructible entre los dos.

Con su amor correspondido, Leone había estado muy feliz por finalmente demostrarle a Bruno su cariño sin reservas.

Cada noche descendía del cielo, dejando atrás la inmensidad del firmamento para reunirse con el mortal que había transformado su eternidad en algo pleno.

A su lado, la divinidad encontraba dicha y una calidez que ninguna constelación ni ciclo lunar le había ofrecido jamás. Sin embargo, aquella felicidad no tardó en verse ensombrecida por una inquietud silenciosa que comenzó a crecer en el interior de Bruno y que, inevitablemente, también comenzaba afectar a Leone.

Bruno era un mortal, lo cual significaba que su tiempo no sería eterno como el suyo. Esa verdad, que antes parecía lejana e irrelevante, empezó a pesar en su pecho con el paso de los días.

El pensamiento de su propio envejecimiento se volvía más persistente. Bruno temía que el paso del tiempo marchitara su cuerpo. Más aún, temía que esa transformación acabara por arruinar el amor que compartían.

Impulsado por ese miedo, Bruno le pidió al dios que le concediera la juventud eterna. No se trataba de vanidad, sino del anhelo desesperado de preservar la cercanía que habían construido juntos.

Leone escuchó su petición con el corazón encogido, consciente de lo incapaz que era de otorgar por sí mismo lo que Bruno pedía.

Movido por una pasión que desbordaba por Bruno, decidió recurrir a Zeus para que interviniera con su poder.

Leone subió al Olimpo en busca del dios y habló con él. Atravesó los dominios celestiales con un fervor inusual, llevando consigo un amor que no conocía precedentes entre los inmortales. Zeus, al escucharlo, comprendió la profundidad de aquel vínculo y aceptó ayudarlo, pero bajo una condición inquebrantable:

"Bruno no podrá envejecer mientras esté dormido; solo lo hará durante la vigilia."

La sentencia cayó como un designio inevitable. Leone no pudo reprochar la decisión de Zeus y aceptó. Aunque el acuerdo no cumplía del todo el deseo de Bruno, ofrecía una alternativa que desafiaba al tiempo de una forma singular.

De ese modo, Bruno permanecería joven y eternamente bello en su sueño. Leone podría visitarlo cada noche sin que el tiempo lo tocara, encontrándolo siempre igual, siempre suyo, resguardado en el reino del descanso.

Bruno, a su vez, le pidió a Leone que siguiera siendo su compañía mientras dormía, asegurando de ese modo que su amor se mantuviera intacto.

Confiaba en que, aunque la vigilia los separara, la noche seguiría siendo su refugio compartido, el único espacio donde el tiempo no tendría dominio absoluto sobre ellos.

Desde entonces, ambos continuaron amándose en silencio. Bruno dormido, Leone despierto, juntos pero nunca plenamente compartiendo sus miradas en la vigilia. La noche se convirtió en su santuario, y el sueño, en el puente que los mantenía unidos pese a la cruel diferencia entre lo mortal y lo eterno.

Así, su historia quedó atrapada entre el anhelo y la resignación, sostenida únicamente por la promesa de cada reencuentro nocturno y de su amor suspendido en el tiempo.