Work Text:
Pieces of what we could have been
Pieces of a shattered dream
Child, take your dark memories
Like seeds and plant them far from here
Sow them, feed them, through shine and rain
Your love will be born again
—Espero que sepas lo que haces.
La voz de Thranduil rebotó en el salón, espesa y estentórea. Legolas detuvo sus pasos, antes de voltearse a mirar a su padre. Aunque su expresión era vacía, sus ojos albergaban duda. El rey se levantó de su trono y caminó hacia él, despacio, sus pies apenas rozando el suelo. El más joven lo miró, manteniendo su silencio.
—El montaraz —dijo Thranduil, como si no fuera obvio a qué se refería—. Podrá ser un Dúnedain, pero eso no le quita lo mortal.
Legolas inhaló con lentitud. Dejó que el aire mortecino del Bosque Negro inundara sus pulmones a la vez que buscaba una respuesta que no provocara una discusión. Podía escuchar sus propios latidos, como un recordatorio de que, si había algo que no deseaba en lo absoluto, era tener esa conversación.
—Soy consciente, padre —respondió en un hilo de voz—. De hecho, pienso en eso con frecuencia.
Thranduil alzó ambas cejas mientras su cabeza se inclinaba ligeramente. Al parecer, aquella respuesta lo había tomado por sorpresa.
—Ah, ¿sí? —preguntó con incredulidad—. Entonces, ¿por qué lo haces? ¿Por qué quieres provocarte tanto sufrimiento? —inquirió. Legolas desvió la mirada, sabiendo que sus ojos cristalizados lo delatarían—. Es lo único que vas a conseguir si sigues así. Quizás ahora no lo veas. Puede que estés feliz, pero solo estás retrasando la inevitable agonía.
El príncipe no sabía qué responder. Era consciente de que el razonamiento de Thranduil venía respaldado por la experiencia. El rey del Bosque Negro sabía lo que era amar a alguien y perderlo, entendía el dolor y, sobre todo, entendía que el tiempo no hacía nada por aliviarlo. Que era un vacío sofocante que llevaría consigo siempre.
—Entiendo tu preocupación —empezó Legolas en voz baja, hablando despacio, como si sopesara cada palabra—. Lamento provocártela, de verdad. Pero… quiero esto para mí. A menudo lucho con esos pensamientos terribles, pero siento que todo vale la pena cuando estoy con él. Sí, quizás me aguarde un destino miserable. Pero, con suerte, eso ocurrirá en cincuenta, cien, doscientos años… tal vez más. Si renuncio a él ahora, la miseria me alcanzaría en este mismo instante.
—Eso no lo sabes; podría ocurrir en cualquier momento. —Thranduil meneó la cabeza a la vez que cerraba los ojos. Le molestaba la ceguera de su hijo ante lo inevitable. Cualquiera pensaría que miles de años de existencia le habían otorgado sabiduría, pero, al parecer, no era así. Por lo menos no para estos asuntos—. Y aun si tuvieras razón, ¿qué son doscientos años para nuestra gente? No es más que un parpadeo.
Legolas tragó saliva mientras dejaba que su mirada aterrizara en el suelo. Era una conversación inútil, pues ninguno estaba dispuesto a ceder.
—Lo pensaré —dijo finalmente. La palabra escapó de su boca como una exhalación.
Y sin más, se fue. Dejó a Thranduil solo en medio de la estancia, viéndolo alejarse y sabiendo que aquello era una mentira.
...
Un escalofrío le recorrió la espalda a Legolas, siendo consciente de las miradas que estaban puestas sobre ellos en esos momentos. Era de noche y el verano ya había terminado, pero adentro hacía calor. La mesa de madera en la que tenía los codos apoyados cojeaba, provocando un incómodo bamboleo. Aragorn, sentado junto a él, comía un estofado y se bebía una pinta de cerveza en silencio. Legolas no estaba comiendo ni bebiendo nada, el humo que llenaba la habitación lo tenía mareado y, de todas formas, sabía que en ese lugar no podría ingerir nada decente.
—¿Por qué te gusta este lugar? —preguntó de repente, incapaz de contenerse. Miró a su alrededor con cautela. No le sorprendía que hubiera tanta gente mirándolos, supuso que se preguntaban qué hacía un elfo del bosque junto a un montaraz del norte, pero eso no le quitaba lo incómodo a la situación.
—No es que me guste —respondió Aragorn, haciendo énfasis en la palabra—. Nos queda de camino y es accesible, es todo. ¿Seguro que no quieres nada? —Legolas negó, arrugando la nariz. El moreno ladeó una sonrisa—. No llega al estándar de la comida élfica, pero al menos te calienta el estómago.
—Todavía tengo lembas, no me voy a morir de hambre —respondió el elfo con un rastro de indignación en la voz. Aragorn rio.
—No me mires así, fuiste tú quien insistió en acompañarme —dijo mientras encendía su pipa. Ya había terminado de comer—. Es irónico que te ves más incómodo aquí que allá afuera.
Legolas frunció el ceño al verlo fumar. Más humo.
—Bueno, sí —concedió. Sabía que Aragorn siempre estaba viajando de aquí para allá; era consciente de eso cuando decidieron empezar su relación. No le molestaba separarse de él: después de todo, los elfos tienen una percepción del tiempo distinta. A veces el montaraz volvía deshaciéndose en disculpas por haber pasado cinco meses sin dar señales de vida, mientras Legolas sentía que solo habían pasado un par de días. Pero eso era antes; ahora su opinión era distinta. Hizo una breve pausa antes de continuar—. Pensé en que sería agradable acompañarte. Ya sabes, tener… una pequeña aventura juntos. Solos tú y yo.
—¿Pero…? —preguntó Aragorn, anticipando la queja.
—Entrar en una posada de mala muerte no estaba entre mis planes —dijo Legolas con una suave risa. Estaba muy incómodo, pero no quería que Aragorn sintiera que se estuviera arrepintiendo de su decisión.
Sintió los ojos grises sobre él, escrutándolo mientras inhalaba su pipa. Legolas bajó la mirada hacia la mesa, jugueteando con sus dedos en un gesto nervioso.
—Me termino esta cerveza y subimos a la habitación, ¿te parece? —preguntó Aragorn. Legolas suspiró. Esperaba oír “termino esta cerveza y nos vamos de aquí”—. Llevamos varias noches durmiendo a la intemperie, creo que es un trato justo.
Le acarició el antebrazo con cariño, cosa que hizo que Legolas sonriera casi sin darse cuenta. Las miradas a su alrededor se volvieron más perspicaces.
—¿Las habitaciones son mejores que la taberna? —preguntó, un brillo travieso apareciendo en sus ojos.
—Te lo prometo.
Dicho y hecho. Media hora después los dos estaban en el piso de arriba, cobijados por la oscuridad de la habitación, acompañados únicamente por la luz que se filtraba por la ventana. El cielo estaba despejado y la luna estaba en cuarto creciente. Allí sí podían apreciar el frescor de la noche, y las voces y canciones de la taberna no eran más que un eco lejano. La habitación tenía dos camas, en una yacían sus provisiones y todo lo necesario para el viaje, mientras que en la otra estaban recostados los dos, abrazados.
—Tenías razón —murmuró el elfo. Sus ojos estaban cerrados, pero sus sentidos se mantenían despiertos—. Es agradable estar aquí.
Aragorn lo miró. Ver su hermosa silueta recortada contra el fuego blanco de la noche le hizo sonreír. Su cabello y su piel parecían devolver ese resplandor de la misma forma en que la luna lo hace con el sol. Era una cualidad de la raza élfica, pero en Legolas se veía aún más mágico… por lo menos a ojos de Aragorn. Se inclinó hacia él y besó su mejilla.
—¿Ya no te arrepientes de acompañarme? —preguntó. Su voz sonaba juguetona, claramente no hablaba en serio, pero el rostro de Legolas se ensombreció.
—Nunca dije que me arrepentía —susurró, abriendo los ojos—. Da igual la situación, solo me importa estar contigo y aprovechar cada momento mientras… estés aquí.
El Dúnedain frunció el ceño. Entendía que había elegido esas palabras para no decir “mientras estés vivo”.
—Bueno, aquí estoy, meleth nîn —aseguró. Buscó la mano de su amante, que reposaba sobre su pecho, y entrelazó los dedos de ambos—. Y eso no va a cambiar en mucho tiempo.
—No es suficiente —murmuró Legolas, acariciando el dorso de la mano de Aragorn con el pulgar. Luego lo miró a la cara, encontrándose con un par de ojos grises que lo miraban con preocupación—. Disculpa. Ya estamos lo suficientemente agotados como para que yo saque estos temas tan deprimentes.
—No tienes que disculparte por nada —aseguró el moreno. Se acercó más a él, dejando que Legolas recostara la cabeza en su pecho—. Yo a veces pienso en eso también. Hay varias historias similares: Beren y Lúthien, Túrin y Beleg… no tienen final feliz.
Legolas asintió con lentitud, recordando las palabras de su padre. El amor entre un humano y un elfo solo puede acabar en tristeza.
...
No era usual para un elfo de los bosques visitar el valle de Imladris. Legolas se bajó de su caballo apenas cruzó el puente, rodeado por la luz dorada del crepúsculo. En una mano traía doblada una carta que le había enviado Aragorn, diciéndole que era libre de visitarlo en Rivendel cuando quisiera, y la traía consigo en caso de que quisieran negarle la entrada. Por suerte no sucedió, los otros elfos lo saludaron como si ya lo conocieran, e incluso el mismo Elrond le dio la bienvenida.
—Vienes en busca de Estel, me imagino —dijo. Legolas asintió, disimulando la incomodidad. Era evidente que Aragorn le había hablado de él y la idea le daba cierta vergüenza. ¿Era consciente la gente de Rivendel de la naturaleza de su relación? No estaba seguro—. Adelante, está en el jardín.
Legolas le dio las gracias antes de ir por el camino que le señaló. Poco antes de llegar al lugar, una elfa pasó a su lado. Su cabello oscuro caía por sus hombros y espalda, y las mangas de su vestido vaporoso parecían flotar con sus movimientos. Venía caminando con paso apresurado, aunque aminoró un poco la marcha al pasar junto a él. Sus miradas se cruzaron por un breve instante y él no supo cómo interpretar la expresión de su rostro: una mezcla entre confusión, tristeza y hostilidad.
Pronto desvió a mirada y siguió su camino. Legolas hizo lo mismo.
Encontró a Aragorn sentado en un banco, con un libro sobre su regazo. El elfo lo miró en silencio por un par de segundos, aprovechando que aún no se había percatado de su presencia. Una oleada de emociones lo invadió; lo amaba, pero verlo después de un tiempo hacía que su corazón no se abrumara por la fuerza de aquel sentimiento.
—¿Qué tanto me miras? —preguntó Aragorn cuando se dio cuenta. Legolas parpadeó, como si hubiera despertado de un sueño muy breve—. Por lo menos saluda —añadió, con un tono burlón y cariñoso a la vez.
—Pensaba en que es la primera vez en meses que te veo con ropa limpia —respondió el elfo de la misma manera, siguiéndole el juego mientras se acercaba a él.
Aragorn soltó una suave risa ante el comentario. Dejó el libro a un lado y se puso de pie, antes de abrazar a Legolas con fuerza. No era usual entre los elfos abrazarse, mucho menos para saludar, así que ese gesto siempre lo tomaba desprevenido. Aun así, correspondió, pero no dejó que durara demasiado. Varios ojos estaban puestos sobre ellos.
—¿Qué te trae por aquí? —preguntó el montaraz. Estaba feliz de verlo, pero no podía evitar que una sombra de preocupación apareciera en su rostro—. ¿Algún asunto importante?
—Quería verte —respondió Legolas con un encogimiento de hombros—. Dijiste que podía.
Aragorn sonrió, sintiendo unas repentinas ganas de besarlo.
—Claro que sí, me alegra que vinieras. ¿Te parece si vamos a un sitio más privado?
Legolas asintió y lo siguió, siendo guiado por pasillos y balcones que se sentían desconocidos pero familiares a la vez. Llegaron a una habitación que contrastaba con el resto del lugar; desordenada, con las sábanas revueltas sobre la cama y una espada envainada recargada contra la pared. Las únicas prendas elegantes estaban en el armario de la esquina, todo lo demás eran botas, chaquetas y capas de viaje.
—¿Puedo preguntar… —comenzó Legolas, mirando a su alrededor— quién era la dama que estaba contigo antes de que yo llegara?
No era una pregunta que naciera de los celos. Sentía curiosidad por la forma tan inquisitiva en que ella lo había mirado.
—Lady Arwen, hija de Lord Elrond —respondió Aragorn. Su ceño se frunció ligeramente—. Me temo que le cuesta aceptar que mi corazón le pertenece a otro.
El elfo no dijo nada; dejó que sus acciones hablaran en su lugar. Se acercó a Aragorn, tomó su rostro entre sus manos y lo besó tiernamente en los labios. El montaraz se dejó hacer, pero estaba demasiado atrapado en sus pensamientos. Legolas lo notó y se distanció apenas unos centímetros.
—Es lo que más le conviene, creo —susurró Aragorn. El rubio lo miró sin entender—. Se irá a Valinor con su gente y no tendrá que sufrir cuando yo muera.
Mientras decía esto, acarició la mejilla de Legolas con las yemas de los dedos. Lo hacía con tal suavidad que parecía temer quebrarlo. El elfo contuvo el aliento, sintiendo cómo su corazón se hundía en su pecho bajo el peso de aquellas palabras.
—No hagas esto —susurró en voz tan baja que casi se confundía con las hojas mecidas por el viento—. No solo vine porque quería verte, también buscaba escapar de los sermones de mi padre. No deja de decirme que hago mal y que estar contigo solo me traerá desdicha.
—Quizás debas escucharlo —respondió Aragorn, divagando. Sus palabras sonaban huecas, no estaba siendo sincero.
—Pagaré el precio que sea necesario —replicó Legolas, poniendo una mano sobre el pecho del montaraz—. Pero no voy a escucharlo a él.
Volvió a besarlo y esta vez fue correspondido. Aragorn lo rodeó por la cintura mientras las manos de Legolas subían a sus hombros. Con un movimiento firme, el elfo lo empujó hacia atrás haciendo que las piernas del montaraz tropezaran contra el borde de la cama.
No permitiría que su estancia en Rivendel fuera deprimente.
...
Un silencio punzante se había adueñado de la ciudad. Ya había amanecido, pero el cielo estaba completamente oscuro, con nubes negras bloqueando el paso a los rayos del sol. Minas Tirith estaba en un letargo, como adormecida por un sedante. Nadie hablaba; todos lloraban por los caídos, se preocupaban por los heridos y esperaban con miedo lo que se aproximaba.
Era la calma antes de la batalla final.
Estaban decididos a seguir el plan de Aragorn: distraer a Sauron y su ejército para que Frodo tuviera más probabilidades de éxito. Nadie estaba seguro de que funcionaría, pero era la última esperanza que les quedaba. El ánimo general era sombrío y todos intentaban disimular el temor que estaba asentado en sus corazones.
Aragorn se estaba alistando. Tras la muerte de Denethor, asumió el puesto como el líder de la ciudad. No podía guiarlos a la batalla luciendo como un simple montaraz del norte. Vistió ropas dignas de un capitán de Gondor, con el Árbol Blanco trepando por su pecho como una declaración. Se encontró con Legolas cuando salió de la habitación, vestido con su habitual atuendo verde y castaño, y su cabello decorado con trenzas.
Aragorn a veces se preguntaba de dónde sacaba el tiempo para peinarse.
—Espera. —Legolas tomó de la muñeca—. ¿Vas a ir a la batalla así?
—Pensé que era lo más apropiado —respondió Aragorn, señalando su ropa.
—Precisamente —respondió el elfo—. Tu cabello está enredado y despeinado. Ven conmigo.
El montaraz accedió. En el castillo las personas iban de aquí para allá, alistándose y organizándose para la batalla. Irían hacia la Puerta Negra en un par de horas, así que tenían algo de tiempo. Volvieron al cuarto y Legolas le pidió que se sentara en la cama.
Aragorn lo hizo, aunque confundido, y pronto sintió un peine pasar por su cabello. Legolas se había sentado detrás de él y tarareaba en voz baja mientras lo peinaba. Desenredaba los nudos con facilidad, acariciando su cabeza de modo tal que el montaraz pronto se sintió adormecido.
—No te vayas a dormir —dijo Legolas de forma juguetona. Aragorn bufó.
—Eso intento, pero me lo pones difícil. Por lo menos deja de tararear —replicó. Legolas rio. Aragorn no sabía por qué, pero en ese momento su risa le pareció más hermosa de lo habitual—. Al menos uno de los dos está de buen humor.
—Soy optimista —dijo el rubio. Había dejado el peine de lado para peinar su cabello con los dedos—. Tengo fe en que toda esta pesadilla del Anillo terminará pronto y podremos seguir adelante. Frodo está cerca de lograrlo, lo siento en mi corazón.
Una pequeña sonrisa intentó asomarse en los labios del heredero de Isildur, pero no se sentía sincera. Deseaba con todas sus fuerzas tener las mismas esperanzas que él, pero no podía evitar que una sombra de duda se apoderara de él. No soportaba la incertidumbre.
—¿Qué harás después?
—¿Qué haré? —repitió Legolas, como si no pudiera creer la pregunta. Recogió la mitad del cabello de Aragorn y comenzó a trenzarlo—. Ser el consorte del Alto Rey de Gondor, por supuesto. Si él me lo permite.
La trenza no iba ni por la mitad cuando Aragorn se volteó de repente. Legolas frunció el ceño, frustrado de que hubiera arruinado el peinado, pero no pudo decir nada porque un beso se lo impidió.
—¿Y después de eso? —insistió Aragorn. Lo miró a los ojos fijamente, siendo clara su intención.
Legolas suspiró.
—Lo que sea que venga, lo asumiré —dijo. Aragorn no vio duda en sus ojos. Estaba hablando en serio—. No te preocupes por mí, meleth nîn. Ya tomé mi decisión —continuó, mientras colocaba un mechón de cabello oscuro detrás de su oreja—. Ahora date la vuelta, quiero terminar esa trenza.
El futuro rey besó su frente antes de acatar su petición. Volvió a darle la espalda para que terminara de peinarlo y decidió no volver a sacar el tema. No podía decidir en nombre de Legolas, sin importar lo mucho que se preocupara por su futuro. Lo único que podía hacer era decidir qué hacer con el tiempo que se le hubiera dado.
...
Después de una explosión sorda, el tiempo quedó suspendido en el aire. Todas las miradas se dirigieron al este, donde la torre de Barad Dûr se desplomaba contra el suelo. Los alaridos de los Nazgûl cortaban el aire a la vez que caían. Orcos, trolls y uruks huyeron despavoridos, mientras que el ejército de los Hombres se quedó en silencio, conteniendo el aliento ante lo que estaba ocurriendo. El Anillo Único había sido destruido y, con él, toda la maldad de Sauron.
Por un breve instante, se oyeron gritos de celebración. Por lo menos hasta que el volcán hizo erupción, con lava y rocas brotando de él como si la tierra sangrara. Los corazones de la Compañía se hundieron, pensando en las ínfimas probabilidades de que Frodo y Sam hubieran sobrevivido. Sin embargo, las Águilas fueron en su busca.
Durante un momento de confusión, Aragorn se volteó a mirar a sus compañeros. Todos tenían la misma mirada consternada en el rostro, incapaces de contener las lágrimas. A los primeros que buscó fueron Merry y Pippin, pues a pesar de su valor y su determinación implacable Aragorn no podía dejar de preocuparse por su seguridad. Vio que estaban bien; algo magullados, quizá, pero vivos.
Sin embargo, hubo un rostro que no pudo encontrar. Un calor súbito le golpeó el rostro al no hallar a Legolas. No fue hasta que bajó la mirada que divisó un destello dorado sobre la ceniza.
Corrió hacia él. El elfo yacía boca abajo y, cuando Aragorn le dio la vuelta con desesperación, notó la daga hundida entre sus costillas. Seguía vivo, pero su respiración era un silbido quebrado.
—Legolas —susurró Aragorn. Su voz temblaba, cargada de una angustia que no podía ocultar—. Legolas, mírame.
El elfo abrió los ojos y buscó los suyos. El amago de una sonrisa asomó en sus labios, ya carentes de color.
—Aragorn —dijo en un hilo de voz. No tenía fuerza para decir nada más.
—Tranquilo, no hables —pidió el montaraz—. Ya todo terminó, vas a estar bien.
Hizo el ademán de cargarlo para sacarlo de ahí tan pronto como fuera posible, pero Legolas lo detuvo.
—No.
—No digas nada —insistió Aragorn. Las lágrimas comenzaron a juntarse en sus ojos sin que se diera cuenta—. Te voy a llevar a la ciudad y te vas a curar, ¿está bien?
Legolas jadeó en una especie de risa amarga. Su cuerpo sufría de leves espasmos que era incapaz de controlar y, a pesar de la intensidad de la batalla y el calor sofocante de Mordor, tenía frío.
—Es muy tarde —exhaló. Quiso levantar la mano para alcanzar la de Aragorn, pero sus fuerzas le habían abandonado. Por suerte, el otro lo comprendió y entrelazó sus dedos, apretándolos contra su propio pecho—. Pero está bien. La Tierra Media está a salvo. Me voy sin arrepentimientos.
Finalmente, las lágrimas desbordaron a Aragorn. Negaba con la cabeza una y otra vez, devorado por la culpa. Legolas poseía la agilidad innata de su pueblo; era un guerrero formidable y, por ello, Aragorn nunca se permitía temer por él en batalla. Siempre esperaba ver a su elfo al final de la jornada, sonriente y cubierto de sangre enemiga, discutiendo con Gimli. Jamás contempló esta posibilidad.
—Te amo, Aragorn. —La voz de Legolas se apagaba con cada sílaba—. Gracias por…
La frase quedó suspendida, incompleta.
Aragorn cerró los ojos mientras intentaba ahogar un sollozo que le desgarraba la garganta. Estrechó el cuerpo inerte contra su pecho, como si por algún milagro pudiera transferirle su propia vida. Le acarició el cabello con ternura y, lentamente, extrajo la daga. La sangre brotó mezclada con el veneno, pero ya no importaba. Con dedos trémulos, le cerró los párpados.
Besó su frente durante largo tiempo. No quería dejarlo ir.
...
Diez años pasaron desde entonces. La Cuarta Era trajo consigo una paz que la Tierra Media no creyó volver a vivir. Gondor volvía a su vieja gloria a la vez que el Árbol Blanco de Minas Tirith prosperaba como antaño y la Guerra del Anillo había pasado a la Historia. Todos hablaban y cantaban sobre los cuatro hobbits que, inesperadamente, cambiaron el mundo.
El Rey Elessar gobernaba con mano justa.
Durante el día, atendía sus responsabilidades y se mantenía en su rol de regente. Pero durante las noches se encerraba en sus aposentos, pidiendo que nadie lo molestara. Solo en esos momentos podía quitarse la pesada corona de la cabeza y las pesadas prendas que, en el fondo, no lo identificaban.
Se ponía su ropa más cómoda y salía al balcón a observar la luna y las estrellas. A menudo se sorprendía a sí mismo preguntándose si Legolas lo estaba mirando desde donde sea que estuviera.
—Te extraño —susurró una noche, con la mirada fija en el cielo. No escuchaba otra cosa a parte del viento en sus oídos—. Pero eso ya lo sabes. Quizás suene egoísta, pero en serio pensé que estaría contigo hasta el fin de mis días. Nunca me preparé para ser yo quien tuviera que dejarte partir…
Un nudo en su garganta le impidió seguir hablando. Legolas había estado dispuesto a afrontar la eternidad él solo después de la muerte de Aragorn. En comparación, los años de vida que le quedaban no eran nada, pero la idea de pasarlos sin su elfo le resultaba sofocante.
Quería tener la ligera esperanza de reencontrarse con él cuando le llegara la hora.
Pero no estaba seguro de eso.
