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Artificio. Agente creador que materializa ideas mediante técnica.
La afición de Viktor por la lucha libre no comenzó en su juventud. No. En realidad, la odiaba. Le parecía ruidosa, exagerada e innecesaria. Aún recordaba cuando sus compañeros de secundaria lo invitaban a funciones en pequeños gimnasios locales por las tardes. Viktor atravesaba entonces una etapa de superioridad intelectual y veía aquellas actividades como una pérdida de tiempo. En Zaun, la lucha libre era una práctica común y bien apoyada. Se escuchaban los nombres de nuevos luchadores en ascenso, amigos y conocidos se congregaban a las puertas de recintos clandestinos y también se llenaban grandes arenas para corear a sus favoritos.
Su animadversión hacia esa parte de la cultura de Zaun se mantuvo hasta hace unos años, cuando un compañero de trabajo le regaló un par de entradas que había ganado en un sorteo de la oficina. Viktor no tenía nada mejor que hacer. Estuvo a punto de negarse y dejar que las entradas vencieran, pero se sintió parcialmente presionado por la invitación de sus colegas del pequeño centro de copiado y reparación de equipos técnicos donde trabajaba. El negocio sobrevivió gracias a la impresión de ejemplares y tomos universitarios para una escuela prestigiosa, así que, de algún modo, agradecieron la distracción.
Esa noche Viktor descubrió algo nuevo e inesperado de sí mismo. La lucha libre era justo lo que necesitaba. Ruidosa, desordenada y llena de energía. Al final, entre el griterío y una ronda de cervezas frías, concluyó que se había divertido.
Lo cautivó el ambiente: la vivacidad de la gente, los gritos y coreos ensordecedores del público como si sus vidas dependieran de ello. La energía era liberadora y contagiosa, como una droga natural, un químico mágico flotando en el aire que animaba a las masas. Durante un par de horas, la vida perdía lógica y las preocupaciones quedaban fuera de las puertas de la arena. Fue un contraste bien recibido frente a la existencia ordenada y exasperante, que había llevado hasta entonces.
En la actualidad, Viktor no se quejaba de su trabajo en la oficina del decano de la academia. Había cierto placer en gestionar papeleo y organizar informes; sin embargo, tarde o temprano todo terminaba por volverse aburrido y repetitivo. Era ese estilo de vida del que nadie se queja porque la paga es buena y permite cubrir las cuentas, aunque al costo de ser absorbido por un sistema tedioso y protocolario, sostenido en apariencias y eficiencia. En casa, pasaba el tiempo libre atendiendo el hogar, descansando, priorizando, o al menos intentando mejorar, su ciclo de sueño, cuidando de su gata Rio y administrando las facturas. No había espacio para la diversión; nada estaba fuera de lugar ni se dejaba a la improvisación. La consecuencia natural de haber madurado demasiado pronto.
La arena era el único lugar en la ciudad donde podía simplemente mirar, desconectar el cerebro y dejarse llevar. Así que, siempre que su billetera se lo permitía, asistía a las funciones. También frecuentaba algunos gimnasios locales, pequeñas bodegas, con peleas quizás menos vistosas, pero igual de entretenidas. Lo que le interesaba era la pasión y la energía que desbordaban los luchadores. No importaba que los trajes fueran de baja calidad, el alcohol amargo o que el hedor a sudor y los cuerpos sofocara el aire, sino la experiencia misma.
No quería sonar arrogante, pero le gustaba pensar que, como en el resto de los aspectos de su vida, había desarrollado cierta habilidad para reconocer el talento y juzgar la maestría escénica y la técnica. Había visto un sinfín de máscaras perderse en el olvido, cambios de marca, rebautizos con nuevos nombres artísticos, el retiro de grandes leyendas y también a aficionados poco conocidos cuyo talento jamás abandonó el gimnasio local, sostenido apenas por una pequeña base de fans. Y, por supuesto, el surgimiento de estrellas en ascenso.
Viktor tenía uno de sus favoritos; Sin embargo, había uno que encabezaba su lista. Una máscara blanca con detalles en carmesí intenso y toques dorados. Un hombre alto, de hombros anchos, cuerpo tonificado, sonrisa amplia y carisma insolente. Y, contra todos los pronósticos, del equipo de Piltover. ¡Justamente del grupo rival!
✻ ✻ ✻
Diríase que la emoción del relato comienza justo en víspera de su cumpleaños. Viktor trabajó en el respaldo de documentos con más de una década de antigüedad. Lidiaba con una red de mala calidad y una fotoescaneadora demasiado lenta para su paciencia. Después de su segunda taza de café de la mañana, Sky, una de las secretarías de la rectoría y su única amiga dentro del suntuoso recinto, se acercó con una fiambrera bajo el brazo y agitando un sobre blanco con la otra mano, como quien ondea una bandera en señal de tregua. En su rostro se dibujaba una sonrisa conspirativa y Viktor se dejó caer contra el respaldo de la silla. Reconocía aquella mueca y solo podía imaginar la clase de planos absurdos en los que intentaría involucrarlo.
“¡¿Ah?! ¿A qué se debe esa cara?”
“¿A qué nuevo club botánico nos inscribiste?”
“¡A ninguno!”
Viktor dejó escapar una risa detrás de la mezcla amarga como ácido de batería que rebosaba en su taza. ¿Quién estaba encargado de comprar el café en la oficina? Era realmente malo, al punto de provocar arcadas, lo cual ya era todo un logro, en alguien como Viktor, que apenas se interesaba en esas cosas.
“Feliz cumpleaños” entonó Sky.
De su fiambrera rescató un par de pastelitos cuyo glaseado aún se mantenía firme y fresco. No había velas. No. Activarían los detectores de humo y recibirían la visita del departamento de bomberos en cuestión de segundos. No era una mala idea, pero Viktor prefería ahorrarse el papeleo innecesario. Sky mordisqueó su pastelito de cobertura clara y lanzó un gorgoteo de asco al probar el café.
“¡Es horrible! ¿Cómo puedes seguir bebiendo eso?”
Viktor se encogió de hombros. Después de terminar su pastel de cumpleaños, omitiendo la tonta tradición de pedir un deseo al espíritu de los cumpleaños o lo que fuera que se suponía ocurría en esos casos, Sky se apresuró a colocar el sobre el escritorio, como un usurero que presenta una exótica gema.
“¿De qué se trata?”
“Adivina~”
Viktor odiaba esos juegos, pero Sky no dejó espacio para su antipatía, así que se vio forzado a devanarse los sesos, como si pudiera aplicar algún poder psíquico o de clarividencia para descifrar el contenido del sobre. Hasta que una pista lo tocó como un rayo y le recorrió el cuerpo con electricidad.
“¿Acaso es…?”
“¡Primera fila!” anuncia orgullosa.
Viktor dejó escapar el aire del pecho como si le hubieran asestado un golpe entre las costillas.
¡Imposible!, pensó.
Las entradas del Estadio Central habían estado agotadas desde hacía semanas. Él había intentado conseguirlo algunos meses atrás, pero tras una caída de salud y haber gastado una fortuna en tratamiento médico, se despidió de la idea. Primera fila era, sencillamente, una locura.
“No acepto excusas” añadió Sky, reconociendo el hilo de pensamientos que cruzaba por la mente de Viktor.
¿Y qué podía hacer él sino sostener las entradas, impresionado, con la comisura de los labios traicionándolo?
◈
Habían acordado ir juntos al estadio. Encontrarse a las puertas del edificio una hora antes para evitar el gentío, comprar algo para picar durante el espectáculo y, por supuesto, impedir que Viktor se convierta en una desafortunada víctima de la estampida de aficionados emocionados. No habían sido pocas las veces en que terminaron atrapados entre muros de carne; aunque pensaba que era parte de la experiencia, el costo inevitable del espectáculo.
El sábado por la tarde, después de terminar con las tareas del hogar que había dejado acumularse durante la semana, dio fin al lavado de la ducha con una meticulosidad casi obsesiva y decidió prepararse para la función. Cerró su apartamento, comprobó que Rio tuviera comida y agua fresca, y salió con tiempo suficiente para tomar el tren sin tener que correr hasta la estación. De hecho, se enorgullecía de su manejo del tiempo. No era como si hubiera despertado al amanecer, incapaz de contener la emoción y obligándose a ser productivo solo para que el día pasara más rápido.
El trayecto fue tranquilo, o tan tranquilo como puede ser un fresco día de primavera. Al menos agradecía haber ahorrado la hora pico ya los adolescentes que solían apropiarse del lugar para discapacitados en el vagón, forzándolo a mantenerse de pie durante varias estaciones. El vagón olía a metal y perfume barato y el traqueteo constante de las agarraderas le permitió ordenar mentalmente el resto de su semana. No pudo evitar pensar en la presentación del informe semestral que tenía pendiente, en el correo que debía enviar al contador para actualizar las cifras del gasto de los departamentos bajo la delegación de la rectoría. A mediados de semana debía llevar a Rio al veterinario para su revisión mensual y aún debía pasar a la tintorería por el abrigo que usaría en la cena a la que Heimerdinger le había insistido en asistir, debido a la presencia del representante de la Academia de Freljord.
Cuando bajó en la estación C, el aire aún conservaba el calor del día, pero ya se advertía la humedad y el descenso de la temperatura. El cielo comenzaba a teñirse de una naranja suave que prometía una noche despejada.
La arena se alzó a unas calles de distancia. Era un edificio imponente de concreto envejecido, con murales pintados en los costados que mostraban a sus luchadores estrella en poses heroicas. Carteles superpuestos anunciaban funciones pasadas y próximas peleas. El letrero luminoso sobre la entrada principal parpadeaba de forma intermitente marcando la gran pelea de la noche.
Había vida por todas partes. Vendedores ambulantes ofrecían comida rápida y refrescos en vasos gigantes; los niños portaban la máscara de su luchador favorito, algunas demasiado grandes para sus pequeños rostros; y un grupo de adolescentes se fotografiaba frente al mural principal que anunciaba la pelea estelar de la noche. Había personas de todas las edades, hombres y mujeres suspirando por aquellos enmascarados de porte atlético. Se hablaba de apuestas, de rachas invictas y de la rivalidad entre los admiradores del equipo de Zaun contra Piltover, que, para disgusto de muchos, había mantenido una racha de victorias en su propia casa.
Viktor se detuvo en uno de los extremos para protegerse del sol mientras Sky se reportaba. Disfrutaría los minutos restantes antes del inevitable caos de la entrada, su parte menos favorita. No pudo evitar preguntarse si las miradas extrañadas hacia su persona se debían a su manera de vestir, que desentonaba con la vibra y la explosión de colores que proyectaba la fanaticada. Nunca pensé que una camisa terracota sencilla, pantalones oscuros y una chaqueta marrón pudieran llamar tanto la atención. Después de todo, nera como si hubiera acudido a la arena vistiendo su uniforme de la academia.
La multitud creció en cuestión de minutos, apiñándose frente a las puertas metálicas, fuertemente resguardadas por un par de elementos de seguridad. El murmullo se transformó en un rumor denso, en voces que se alzaban por encima de las cabezas. Viktor no quería llegar tarde ni quedar atrapado en el gentío cuando abrieran por completo; Sin embargo, aún no había rastro de Sky. Ella se distinguía por su puntualidad, por lo que no obvió el pinchazo de preocupación en el estómago y decidió adentrarse en el mar de personas para buscarla. Cabía la posibilidad de que ya estuviera en la fila, pero, tras una búsqueda infructuosa y cada vez más frustrante, optó por cambiar de estrategia.
Alguien intentó robarle la billetera, y cómo odiaba Viktor las multitudes y los carteristas. Así que, después de golpear al culpable con la punta de su bastón —quizá con más fuerza de la necesaria— abandonó aquel muro de carne, maldiciendo la falta de consideración. Pero ¿qué se suponía que debía hacer? ¡Lo merecía!
Finalmente se hizo a un lado, contra una pared de concreto que aún conservaba el calor del sol. Estaba marcado con un enorme grafiti en neón con el emblema de una mono-bomba, si es que eso tenía sentido.
'Perfecto', murmuró para sus adentros.
La música de la función se activó, llenando la calle de vibración y energía, aunque dificultando que pudiera oír el tono de llamada en espera. Las puertas se abrieron y los asistentes se apresuraron a atravesar los filtros. Después del cuarto timbrazo, Sky respondió. Su voz sonaba agitada y extrañamente frenética, como aquella vez que lo llamó mientras corría en la caminadora eléctrica, urgida por contarle sobre su pelea con uno de los vecinos del edificio por el uso del espacio del pasillo.
“¡Viktor! No me odies”.
“Eso dependerá” añadido con tono irritable.
Y, por supuesto, dependía de la situación. Si era otra pelea por el derecho de estacionamiento con los inquilinos de su torre o una multa de tráfico por exceso de velocidad, sería un asunto distinto. A Viktor le gustaba pensar que era magnánimo, prácticamente un filántropo, la budeidad encarnada en un hombre, y que perdonaría esas banalidades. Demasiado pronto comprendió que no sería el caso. No si se perdía el inicio del show y encontré su número de asiento ocupado por algún extraño gracias a las malas prácticas de reventa de entradas.
Del otro lado de la línea escuchó a Sky suspirar.
"Bisky se comió una de mis plantas. La grande. La que el vendedor declaró no tóxico , pero al parecer sí lo es. Estoy camino al veterinario".
“¿Está bien?”
Viktor cerró los ojos en solidaridad por un segundo. Si estuviera en su lugar y Rio hubiera hecho algo parecido, habría perdido la cabeza también.
"Eso espero. Vomitó una sola vez, pero no quiero arriesgarme. Prefiero actuar de forma dramática a que algo le ocurra. Ya sabes cómo es; quizás solo masticó algunas hojas y no pase a mayores. Más vale prevenir que lamentar ".
Viktor miró hacia la entrada de la arena, sintiendo el peso de su propio egoísmo. La trivialidad de una función estelar mientras Sky atravesaba la emergencia médica de su gatita. Las puertas metálicas estaban abiertas de par en par cual invitación. Eran las puertas del infierno tentándolo con el libre albedrío, y la multitud comenzaba a fluir hacia el interior, con promesas de fiesta y diversión. Dopamina y oxitocina condensadas entre cuatro paredes, bajo reflectores y polvo de magnesia.
“Puedo ir contigo” ofrecido. “No es necesario que…”
"¡No!" Lo interrumpió Sky. "El consultorio es pequeño, aburrido y probablemente huela a desinfectante triste y tenga revistas de la década pasada. Jamás me perdonaría si te hiciera pasar tu cumpleaños en la sala de espera de una pequeña clínica. ¡Ve a esa función!".
" Cielo… "
"Viktor. Has esperado por esta función desde hace meses. No voy a arruinar tu gran noche por Bisky".
Sin embargo, aunque decía esas palabras con el corazón encogido, Viktor ya imaginaba el encabezado de una publicación en redes: “¿Soy un mal amigo por considerar ir a un espectáculo con hombres aceitados en lugar de pasar la noche de mi cumpleaños en un pequeño consultorio veterinario?” Estaba seguro de que Sky le daría la razón. Aun así, sospechó.
Del otro lado de la línea se escuchó a Bisky maullar y quejarse, seguido del chirrido de las llantas del automóvil de Sky y el claxon sonando con insistencia entre las avenidas. En silencio, Viktor agradeció no tener que ser su copiloto en ese momento.
“No es gran cosa, lo digo en serio”.
"Claro que lo es. ¡Vives por esto, Viktor! ¿Cuántos asistentes de decano de una prestigiosa academia conoces que pasen sus noches de sábado gritando por un hombre enmascarado?"
“ Eh , en mi defensa, no grito”.
“ Ajá ”.
El ruido aumentó a su alrededor. Un grupo de jóvenes pasó corriendo, agitando máscaras de colores, y Viktor escuchó de fondo una gran colisión. Autos chirriando, claxon sonando insistentemente, maullidos y metal doblándose al otro lado de la línea.
“¿Está… todo bien?”
“¡Estaré bien!” Insistió Sky. "Llama más tarde. Y diviértete por los dos".
“Te llamaré cuando termine… Cuida de Bisky y mantén la vista en la carretera”.
“¡Mándame una fotografía si tu favorito hace algo ridículo o si consigues un primer plano de esos abdominales!”
Viktor negó con la cabeza manteniendo el tirón en las comisuras. Pronto, la línea se cortó. Exhaló lentamente y guardó el teléfono en el bolsillo. Por un instante pareció irse; Sin embargo, ya estaba allí. No podía faltar a los buenos deseos de Sky ni desperdiciar las entradas por las que ella había pagado una fortuna.
Finalmente, dio un paso hacia la taquilla y entró solo, abriendo paso entre la multitud.
◈
El aire estaba cargado de olor a maíz y picante, cerveza derramada y bocadillos dulces, además de un rastro leve de desinfectante barato que no lograba ocultar el sudor de cientos de cuerpos. Por suerte para algunos, habían encendido el aire acondicionado. Viktor no estaba tan seguro de llamarlo una ventaja; Tendría la garganta hecha trizas al día siguiente. Pero, como decía el profesor, ¿no era toda parte de la experiencia?
El interior de la arena lo envolvió de inmediato. Tenía un acabado mucho mejor cuidado que el exterior, erosionado por los años y el avance de aquella semiurbanización industrial que era Zaun. Las paredes lucían murales pintados con un toque vivaz y moderno: neón sobre azul y verde, rosa intenso y llamativo, efectos tridimensionales y ese trazo de grafiti que grababa a los viejos gimnasios de los alrededores. Las luces, incandescentes, se mezclan con líneas blancas de tubos de neón púrpura y azul, y en puntos estratégicos, un verde químico.
En los altos tableros se proyectaban luchadores legendarios con máscaras clásicas, nombres escritos en tipografías exageradas y promesas de combates inolvidables. El murmullo del público vibraba como una corriente eléctrica que hacía temblar todo bajo el techo alto sostenido por vigas metálicas expuestas.
Por suerte, su asiento estaba donde debía y no hubo ningún contratiempo que le impidiera disfrutar la función. Aprovechó para comprar una cerveza clara a sobreprecio y avanzó con cuidado entre las graduadas y barandales fríos hasta la primera fila. Desde allí, el cuadrilátero parecía más pequeño de lo que imaginaba. Claro, nadie hablaba del inconveniente de tener que girar el cuello en un ángulo incómodo. Igual de poco práctico que ese lugar preferencial en el cine que impedía ver la pantalla con plenitud. Así que Viktor esperaba que, al menos, alguno de los luchadores se animara a interactuar con él para que el sitio valiera la pena. Había concluido que quizás la primera fila estaba un poco sobrevalorada. La segunda o tercera no sonaban tan mal. Aun así, aprovecharía esa única oportunidad para regodearse, extraño en él , y disfrutar la experiencia.
En silencio agradeció a Sky por su amistad como quien eleva preces al cielo.
La lona blanca estaba impecable bajo los reflectores azules que aún bañaban el ring antes del inicio. Las cuerdas, tensas y brillantes, vibraban mientras los asistentes las ajustaban, y el logotipo del evento estaba pintado en el centro con enormes letras negras. Se apreciaban los patrocinios de Last Drop y El Ojo de Zaun ; También destacaba el refinado emblema de la asociación de lucha de Piltover en ocre y dorado brillante. De fondo, la fanática de Zaun lanzó un abucheo ante la presencia de Piltover, y Viktor soltó una risita baja ante el espectáculo. Solo esperaba que esta vez no arrojaran cervezas y botellas como en aquella última incursión a las luchas clandestinas a la que Sky lo llevó. En su defensa, ambos se dejaron engañar por el panfleto artísticamente elaborado con fotomontaje.
Podía ver cada detalle. Las costuras, la resina en las manos de los luchadores que ya guardaban en sus posiciones, esperando la entrada anunciada por el maestro de ceremonias, y el polvo fino que se levantaba cuando alguno probaba un salto ligero.
El estadio rugía con hombres apostando entre risas, y mujeres coreando el nombre de sus atractivos. Viktor respiró extasiado. Disfrutaba del caos. Apoyó su bastón en el lugar que debía pertenecer a Sky y se dedicó a beber su cerveza helada a sorbos mientras disfrutaba de la introducción al espectáculo.
La primera lucha comenzó con un estallido de música estridente. Paint The Town Blue resonó ante la entrada de la delegación de Zaun. Sinceramente, el encargado de mezclas y sonido merecía aplausos por la elección tan atinada y por el DJ set que añadía un toque latino a las pistas. Dos luchadores zaunitas contra dos piltovianos. La pelea se caracterizó por maniobras rápidas y brutales, vuelos desde la tercera cuerda y acrobacias dignas de un olímpico. Fue todo giros en el aire y patas directas a la caja torácica. Destacaron, por supuesto, las llaves ejecutadas con precisión teatral y el constante intento de arrancar la máscara para revelar la identidad de los pilties , que hasta entonces se había mantenido en secreto. Cada caída hacía crujir la madera bajo la lona, y la vibración rebotaba hasta el asiento de Viktor, que apenas podía aferrarse al reposabrazos.
Los luchadores no desaprovecharon la oportunidad de narrar historias dramáticas al borde de lo risible que revelaban rivalidades de larga data, traiciones, alianzas repentinas y amistades rotas por cinturones y preseas. Esos melodramas eran coreados por el público y se traducían en estridentes cánticos a favor del equipo preferido.
Viktor siguió las secuencias y anticipaba los falsos descuidos. Reconocía cuándo una llave estaba bien colocada y cuándo la improvisación y el espectáculo se apoderaban de la arena; y, cuando uno de los hombres de Zaun logró una plancha impecable desde lo alto, aplaudió con entusiasmo genuino.
Aclaración : no gritó. Nunca lo hacía. Bueno, quizás un poco (pero no era para tanto).
En el siguiente bloque aparecieron los luchadores de baja estatura para una demostración de ingenio y técnica. ¿Quién dijo que no podía ofrecer grandes muestras de talento incluso entre risas? El público cambió el tono por uno más ligero, por carcajadas y ovaciones. Quizás fue ahí donde se escucharon los gritos más efusivos. Había jóvenes y adultos aclamando a sus favoritos como si estuvieran frente a leyendas hechos hombres. Algunos lanzaron muñecos de peluche desde las graduadas hacia el cuadrilátero, y varios miembros del staff tuvieron que salir a recogerlos para evitar accidentes.
Uno de los luchadores rodó fuera del ring y fingio esconderse detrás de un niño en primera fila, arrancando una carcajada colectiva; Otro intentó tomar el bastón de Viktor como arma, hasta que este negocio con educación. En compensación, le dejó una silla plegable a su lado. Por protección , dijeron.
Viktor dio otro sorbo a su cerveza y pidió una segunda cuando uno de los vendedores pasó entre los pasillos. Una excelente manera de recompensarse por haber conseguido una interacción esa noche. Viktor no pudo evitar sentirse, de cierto modo, realizado.
Los bloques continuaron hasta que llegó el descanso. Era el momento de preparar la arena y recoger la utilidad del último espectáculo. Realmente, ¿para qué había sido necesaria aquella escalera plegable en medio del cuadrilátero si nadie tuvo oportunidad de alcanzarla? Las luces bajaron considerablemente, dejando la arena en una semioscuridad apenas iluminada por destellos púrpura veneno y verde químico. Un digno espectáculo de un laboratorio industrial. Pronto, el murmullo se transformó en expectativa ante la lucha por la que todos estaban allí: la función estelar que encabezaba el afiche promocional que tapizaba la ciudad.
En ese momento, envió un mensaje a Sky para saber cómo iba todo. Por suerte, Bisky había recibido atención médica por un tiempo y pasaría la noche con una intravenosa y algo de alimento suave para el estómago. Sky tendría que reconsiderar sus opciones de plantas decorativas y consultar la web para investigar cuáles eran venenosas y cuáles no, además de entender ese impulso felino de mordisquear hojas y tallos. Su fin de semana se resumiría en visitas al veterinario y acondicionar el departamento para volver temprano a la oficina el día lunes.
Viktor se despidió con un mensaje breve cuando los reflectores comenzaron a girar lentamente desde el techo y el anunciador carraspeó frente al micrófono.
Entonces la iluminación cambió a blanco, luego a rojo, dorado y nuevamente a blanco.
“¡Y ahora…!” retumbó la voz del anunciador en los altavoces. “Con ustedes… la joven promesa que ha conquistado esta arena…! ¡ El Artífice !”
La música estalló con su tema característico. Debatible, si se lo preguntaban a él.
Una máscara blanca apareció bajo el túnel de entrada. Llevaba una capa ancha sobre los hombros, bordada en hilo dorado y esa imagen pulcra que la gente de Zaun tanto detestaba. No dejaba demasiado a la imaginación: solo un pantalón ajustado en tonos idénticos a la máscara y pesadas botas de lucha atadas con firmeza en elaborados nudos.
Si era honesto, tendría que escribirle a Sky que el hombre era mucho más impresionante desde la primera fila que desde las últimas graduadas. Algo como:
' Querida señorita Yong: el luchador de esta noche posee muslos que duplican el tamaño de mi cintura, si acaso tal comparación puede considerarse lógica. La palma de su mano debe de ser tan amplia como mi rostro. ¿Estamos frente a un hombre que desafía las proporciones humanas o ante un experimento exitoso de ampliación anatómica?
PD Excelente periodo de recuperación para Bisky. Las entradas han valido totalmente el gasto. Una pena, he de confesar, que este extraño espécimen de Adonis haya arruinado mi estándar para futuras funciones '.
Viktor perdió la cordura por medio segundo. No. Jamás tendría el atrevimiento de redactar algo así.
Rápidamente salió de su estupor debido al estallido del público en la arena, y sonriendo sin contenerse antes siquiera de darse cuenta.
✻ ✻ ✻
Desde el inicio de la pelea, el Artífice se dedicó a interactuar con el público. Uno de sus mayores atractivos, más allá de su técnica impecable, era su carisma natural, la facilidad con la que se lucía frente a la cámara que proyectaba sus hazañas en los monitores suspendidos sobre el ring. Carisma que, según algunos conocidos del medio, no era fingido. Un chico de la gran ciudad con talento y presencia suficiente para abrirse paso en una industria dura y competitiva. Entendía la clave del éxito: el apoyo del público, el favor de las masas. Un hombre que, poco a poco, ganaba lugar entre los grandes y comenzaba a cotizarse como estrella de los shows estelares.
Un absoluto ególatra, por supuesto. Bastaba ver el emblema en forma de T y su nombre artístico bordado en cada sección del traje.
Viktor lo observó lanzar besos a los fanáticos. No importaba si estaban en primera fila o en lo alto de las últimas graduadas, si eran mujeres o niños. Saludaba con gestos exagerados y magnéticos en los lapsos entre maniobras y saltos desde la tercera cuerda.
En algún momento, su mirada se conectó con la de Viktor. Lo observará directamente y le guiará un ojo.
Pero claro, no fue para tanto. Un poco de espectáculo. Nada relevante. No era tan importante. ¡Sí, exactamente eso!
Viktor alzó una ceja divertida y le devolvió el gesto.
El luchador irritante. Pero el espectáculo no se sostenía sólo por el carisma.
El Artífice volvió de inmediato a la pelea. Giró sobre sí mismo para esquivar una embestida, tomó impulso desde la segunda cuerda y ejecutó una plancha limpia calculada a milímetro. La lona crujió bajo el impacto, sacudiendo el suelo, y el público estalló. Uno de esos raros momentos en los que Zaun aclamaba con tanta intensidad a un opositor.
Viktor siguió cada movimiento. Observó cómo ajustaba el centro de gravedad antes de cargar contra su adversario; cómo flexionaba ligeramente la rodilla izquierda antes de saltar para asestar una patada; cómo variaba el agarre según el peso del rival.
Nada era improvisado. Todo lo contrario. Una maestría que no nacía de lo que otros llamaban talento, sino de constancia y dedicación genuina.
Un intercambio rápido lo llevó contra las cuerdas. El hombre rebotó con violencia, se impulsó con una velocidad que parecía espontánea y, en pleno giro, atrapó el brazo de su adversario para proyectarlo con una llave que arrancó un coro de exclamaciones.
El público estaba con él. Y Viktor también. Lo había visto fallar. Lo había visto perder, quedando al borde de las lágrimas como si su oportunidad se hubiera desmoronado con aquella derrota. Pero también lo había visto levantarse. Incluso después de esa lesión menor en las Estatales del año pasado. Lo había visto mejorar función tras función.
Entonces algo cambió.
¿Había hablado demasiado pronto? Lo dudaba.
Un descubierto, o eso aparentaba, permitió que el equipo contrario tomara ventaja. El Artífice recibió una patada en el abdomen, luego otra en la espalda. Una paliza sincronizada por parte del equipo de los Barones Químicos. Cayó sobre la lona y el conteo comenzó.
“¡Uno!”
“¡Dos!”
No hubo oportunidad de llegar a los tres. Se zafó en cuanto fue consciente de la situación, y el estadio lo aclamó.
Pero en la siguiente secuencia fue empujado fuera del cuadrilátero de una patada.
¿Cuál era la probabilidad de que el hombre cayera de forma perfectamente calculada y con gran dramatismo sobre el regazo de Viktor? Acababa de comprobar que cero no era la respuesta.
Viktor conocía bien esa técnica de espectáculo: el momento cómico y ligeramente coqueto en el que el luchador interactuaba con el público en una función inmersiva, especialmente con quienes ocupaban la primera fila. O, para el gusto de algunos, con las mujeres de la primera fila. No lo malinterpreten, eso no significaba que no existiera ese tipo de coqueteo con hombres. Claro que lo había. Simplemente, según estadísticas no oficiales, las mujeres solían ser las principales compradoras de esos asientos privilegiados. Una curiosidad del mercado. Benditas mujeres en el campo laboral y acaudaladas mecenas capaces de pagar por butacas plegables tan costosas.
Siguiendo con los tecnicismos, los luchadores solían acercarse al muro de contención para presumir los músculos, dejarse abrazar por los fanáticos y fingir desmayos sobre algunas admiradoras. Lo habitual, parte clave del show.
Sin embargo, el Artífice no había necesitado recurrir a esa estrategia en las últimas dos temporadas. Por supuesto, lo hizo en sus inicios, un joven desesperado por la aprobación y el encanto del público. ¿Podrían culparlo? Difícilmente.
Así que Viktor alzó una ceja cuando el hombre le rodeó los hombros con brazos firmes, estrechándolo contra su cuerpo.
“¿Estoy interrumpiendo?” preguntó Viktor con una calma cuidadosamente calculada.
Si. Calculada. Digamos que esa es la palabra correcta.
“En absoluto” respondió el luchador acomodándose mejor.
Una mezcla de sudor reciente, colonia fresca y algo más natural e intenso como aceite de lima le inundó las fosas nasales. ¿Era raro? ¿Podría siquiera considerar extraño notar lo bien que olía el hombre? Un encanto para los sentidos, si se comparaba con los viejos gimnasios cuyas ventanas apenas eran rejillas al ras del techo durante el calor de verano.
Bueno. Sigamos .
“¿Qué pasa contigo?”
“¿A qué te refieres?” le preguntó el Artífice, todavía aferrado a él. Los hombres de Zaun guardaban desde las cuerdas, y la audiencia permanecía atenta al intercambio entre ambos.
Viktor decidió dejarse llevar por el espectáculo. Después de todo, no era como si el momento fuera a repetirse. Y aunque detestaba las multitudes y la atención indeseada, necesitaba una buena anécdota para Sky o no lo dejaría en paz el resto del mes. Esto debía bastar para cubrir su cuota de chismes. Además, siempre podía tomarse ciertas libertades creativas si terminaba abucheado por el público. Y si el hombre sobre su regazo se apartaba incómodo, Viktor podría maquillar los hechos. ¿No es así como funciona el mundo?
“¿Qué ha sido esa ejecución tan pobre? No puedes ser tan malo”.
Ciertamente estaba dejando correr un poco de su veneno. Se filtraba entre sus labios como el siseo de una víbora ponzoñosa; pero le resultaba demasiado doloroso ver a la estrella de la función ser apaleado con tan brutalmente.
“¿Piensas terminar con tu racha invicta el día de hoy?”
“¡Para nada! Dime… ¿has apostado en mi nombre?”
“ Eh… algo así”.
El luchador soltó una risa baja. Sus dientes brillaban como perlas y Viktor se reconoció fascinado por el diastema en los frontales superiores. El tipo de detalle imperceptible en promocionales y videograbaciones. La mano del hombre descansó sobre la melena de Viktor. Este se estremeció y contuvo el aliento. Lo apartó de un manotazo casi instintivo, pero aquello solo provocó una carcajada más vivaz por parte del luchador.
“Entonces no puedo hacerte perder”.
Uno de los luchadores del equipo de Zaun gritó desde el ring: “¡Oye, muchacho, vuelve a la pelea! ¡El amor puede esperar!”
La arena se llenó de carcajadas. Viktor tuvo que reconocer que había cierto placer en formar parte del espectáculo. Sin embargo, no dejó que se le subiera a la cabeza. No. Imposible. Solo había sido un desafortunado asistente con el privilegio de figurar en la función. En cuestión de segundos pasó de ser un desconocido en primera fila a convertirse en la razón por la cual la pelea se había visto interrumpida.
Otro miembro del equipo de Piltover rodó los ojos de forma exagerada y se subió a la segunda cuerda para presumir los brazos, intentando recuperar la atención del público. Solo recibió abucheos. No era tan vistoso ni tan favorecido como el Artífice y, ciertamente, no gozaba del cariño de los círculos de Zaun.
El Artífice hizo un gesto con la mano, como pidiendo paciencia, y se aferró un segundo más a Viktor. Lo suficiente para que este sintiera la humedad en su piel. El cabello que Viktor se había forzado por arreglar esa tarde ahora estaba revuelto y cubierto de resina, gracias a la insistencia del hombre por desordenarlo. Y claro, aunque Viktor no lo admitiría en voz alta, era uno de sus pocos orgullos. No era necesario arruinarlo. Podía ver lo desastroso que lucía en los enormes tableros. Parecía recién salido de una centrífuga. Siguiendo la emoción del teatro, Viktor pasó la mano por los bíceps del hombre, luego por su pecho, dejando que las yemas rozaran la línea del corazón, y dio un par de golpecitos en su espalda como si lo consolara; y con la mano libre, le impidió seguir atentando contra su cabello.
“Anda ya” murmuró Viktor, señalando con la barbilla hacia los reflectores mientras se encogía ligeramente en su asiento. “Regresa al anillo”.
“Lo haré encantado… solo si me das algo a cambio para motivarme”.
Viktor lo observó como si le hubiera crecido una segunda cabeza.
Cielos… Un verdadero encanto.
Sky no le daría descanso con esto. ¿Acaso estaba escuchando bien? No. probablemente había sido golpeado con alguna pieza de utilidad y ahora yacía desmayado sobre su fila de asientos. Quizás su nivel hipoglucémico había caído abruptamente debido a la euforia del enfrentamiento. En cualquier momento abriría los ojos dentro de una pequeña ambulancia, con una luz enceguecedora clavada en sus pupilas y una intravenosa insertada en la fosa cubital. Le pedirían contar de cien a uno, de tres en tres, mientras alguien le advertía sobre la cobertura de su seguro. Un pésimo seguro, si se lo preguntaban.
Sin embargo, el rugido del público lo devolvió a la realidad.
Una realidad que, francamente, podía confundirse con una fantasía. Tal vez era el destino, o alguna fuerza arcana alineando los astros. Quizás el Dos de Copas y el Cuatro de Bastos que aquella tarotista insistió en mencionarle en el callejón de Babette. Sea como fuera, allí estaba: medio despatarrado en su butaca, con un hombre que actuaba como un osito gigantesco. Dos metros de estatura, un cuerpo firme como roca, y aun así aferrándose con una sensibilidad exagerada, como si ser expulsado de su regazo fuera de la peor de las tragedias.
Adorable. Ciertamente adorable. Una pena que el sueño estuviera por terminar. Fue bueno mientras duro.
“¿Qué deseas? ¿Cuál es el precio para que regreses al cuadrilátero?” preguntó Viktor, alzando la voz más de lo que jamás habría admitido posible. Acababa de rebasar sus propios límites del absurdo.
El Artífice jugueteaba con los mechones rebeldes de su cabello y, con una sonrisa casi inocente, confesó:
“Un beso me vendría excelente”.
La bulla creció segundo a segundo, acompañada de silbidos y aplausos insistentes. La envidia parecía exudar de los poros de locales y extraños. Un hombre desde la octava fila clamó el nombre del luchador con una energía que pareció desgarrarle la garganta. Así debías sentir la atención.
Viktor dudó un segundo. No porque estuviera abrumado por la petición, claro que no, sino porque su mente se negaba a quedarse en silencio. Bajo la luz enceguecedora de los reflectores, el luchador le pareció casi una aparición divina. Un emisario descendido del cielo. Y, si se atenía a los hechos, la comparación no era del todo absurda. ¿Acaso no había caído desde la segunda cuerda directamente a su regazo?
Sin más que perder, besó la mejilla cubierta por la máscara bordada en hilo de oro. Y, por supuesto, porque era obsesivo con los números pares, besó también el otro lado. Si hablamos de piel, no hubo contacto alguno; sus labios solo rozaron la tela elaborada y elegante de la máscara. Eso bastó para que el luchador se pusiera de pie con energía renovada, como un estudiante en época de finales que acaba de firmar su sentencia tras beber un estimulante y el café negro más desagradable que jamás haya probado.
Entonces el Artífice señaló su propio corazón, como si estuviera a punto de arrancarlo de su cálida caja torácica, y gritó:
“¡Lo siento, damas y caballeros! ¡Esta noche mi corazón ya tiene dueño… y está en primera fila!
Viktor no era juez del carácter ajeno y, aunque halagado en medio del teatro, le pareció una elección de palabras un tanto… predecible. Poco creativo. Ciertamente no estaba cautivado. Y ciertamente no estaba a punto de redactar otro mensaje a Sky.
"Querida Sra. Yong: ¿qué debe hacerse ante la inminencia del deseo prohibido hacia un hombre cuya identidad y rostro permanecen ocultos? He sido víctima de la teatralidad y la función. Un hombre lógico y en pleno uso de sus facultades ha sido seducido, como en los viejos mitos del zoroastrismo, por una sonrisa amplia. PD La teoría de la revolución cognitiva ha resultado ser una farsa. ¿Cómo es posible que el cerebro evolucionado del Homo sapiens pierda su sapiencia ante un impulso tan primitivo? ¡La gloriosa evolución ha fallado! Y he venido a experimentarla en carne propia”.
Las chicas cercanas gritaron entre emoción y fingida indignación. Antes de regresar al ring, el Artífice se inclinó hacia Viktor una última vez y señaló parte del equipo dispuesto sobre las butacas vacías.
“¿Me permites?”
Viktor avanzando, recomponiendo el encanto, y, como asistente de mago, mostró al público la inigualable belleza de una silla plegable de acero antes de pasarla. El Artífice se acercó para tomarla y murmuró, lo bastante bajo para que solo él lo escuchara:
“Espérame después de la función… y disfruta del espectáculo”.
Fascinado por la osadía, Viktor ascendió y aplaudió el número. Una excelencia entre todas las peleas que había presenciado en sus años como aficionado. Sin duda, un momento digno de posteridad. El ganador de la afrenta estelar era lo de menos. Al diablo las apuestas menores; si por él fuera, rasgaría el boleto. Aunque todavía conservaba la esperanza de ganar lo suficiente para pagar una comida en el local cercano a su departamento.
Brindó al aire con los restos de su cerveza fría, celebrando su victoria personal.
Bien, pequeña aclaración: no es que Viktor fuera aficionado a la violencia. No exactamente. ¿Tiene sentido decir eso estando donde estaba esa noche? La violencia accionada era distinta a la real. Había crecido en un barrio peligroso; le habían robado los zapatos más de una vez. Tenía derecho a criticarla. Y aun así, algo le cosquilleó bajo la piel cuando vio al Artífice golpear a uno de los Barones Químicos con la silla plegable. Una pena que se doblará tan pronto; ya no fabricaban la utilidad como antes.
El Artífice giró la silla en la mano antes de lanzarla fuera del ring, hacia el lado opuesto al que estaba Viktor. Sin embargo, le dedicó una última mirada e hizo un gesto que parecía decir: esto es para ti.
¿Esperaba validación?
Viktor no perdía nada al concederla. Aplaudió con más insistencia. Dioses, le dolerían las palmas por la mañana. Suficiente de emociones desmedidas; ya comenzaban a picarle las manos.
Más tecnicismos para jóvenes y novatos en la lucha:
El Artífice tomó impulso desde la esquina y trepó a la tercera cuerda con sorprendente agilidad. Ejecutó un giro aéreo limpio, una hazaña que requería una precisión absurda en el aire, y arrancó un grito colectivo. Un martillo lateral en pleno salto para ganar impulso, velocidad acumulada en los puños y un impacto bien asestado contra la dupla en el centro de la lona. Aterrizó sobre sus oponentes con más ímpetu que gracia y, antes de ser aplastado por Renni la Carnicera, uno de sus compañeros entró al relevo.
El ritmo cambió. Era Piltover contra Zaun en una batalla campal que no parecía formar parte del guión original.
El Artífice bloqueó una llave, invirtió el peso de su rival apelando únicamente a física básica y técnica, y lo atrapó en una secuencia encadenada. Llave al brazo, giro de cadera y proyección contra la lona.
Viktor pudo ver el cálculo en tiempo real y la balanza inclinarse. Un último intercambio le dio ventaja al Artífice, que se impulsó desde la elevándose en un salto suspendido, para finalmente ejecutar una plancha.
Solo entonces el árbitro golpeó la lona: '¡ Uno !' '¡ Dos !' '¡ Tres !'
Todo había terminado.
El Artífice se incorporó, ajustándose la máscara y respirando con el pecho agitado. Viktor lo vio recorrer la multitud con la mirada hasta encontrar. Tal vez seguía aturdido por la contusión, pero se mantuvo erguido, alzó el puño y consolidó su racha invicta.
◈
Al término de la función, Viktor permaneció en su asiento mientras la multitud comenzaba a dispersarse. Las gradas se vaciaban a oleadas. Los perdedores de apuestas corrían para evitar el pago; Los ganadores saltaban y celebraban con exceso. La ludopatía casi podía olerse en el aire. Las féminas se congregaban en pequeños grupos y los jóvenes intentaban llamar la atención de sus favoritos entre risas y coqueteos directos. Se hablaba de la mala fama de algunos luchadores, de cómo nunca faltaba aquel que había conquistado el corazón de media arena y tenido citas con buena parte de la fanaticada para encanto, y disgusto, de los presentes.
El ruido descendía poco a poco, transformándose en ecos dispersos y pasos apresurados. Viktor lo observaba con la meticulosidad de un registrador. Tampoco era como si tuviera muchas opciones para atravesar el gentío o teletransportarse del punto A al punto B con el poder del pensamiento. Tendría que esperar un momento más. La lona del cuadrilátero ya no brillaba con la misma intensidad; Le resultó nostálgico, aunque la pelea había concluido apenas unos minutos atrás. Los reflectores se apagan uno por uno hasta dejar la arena sumida en la semiosseguridad. Le recordé bastante al final de una función de cine. Y, sin embargo, no había nadie con quien compartir sus impresiones.
Aprovechó el momento para enviar un mensaje a Sky. Ahora que su atención regresaba a lo verdaderamente importante, dejaba atrás la piel aceitada y los altavoces estridentes. Recordó que Bisky había sido canalizada y permanecía bajo observación constante, y que la pobre Sky tendría que lidiar con otra discusión vecinal a raíz de sus plantas. Lo cual sería más llevadero si no se hubiera empeñado en convertir su espacio personal en un invernadero tropical.
Ella respondió casi de inmediato con una fotografía de Bisky, claramente indignada por su estancia en la clínica, aunque cálidamente envuelta en una manta eléctrica de color azul.
El mensaje de Viktor para ' Ha terminado la función ' bastó para que un torrente de notificaciones inundara su bandeja de entrada.
[¿Y? (˚ ˃̣̣̥⌓˂̣̣̥)]
[¿Qué pasó? ]
[¡¿Ganó?! ദ്ദി(˵ •̀ ᴗ - ˵ ) ✧]
[¡¿Te vio?!]
[¡Viktor di algo! (。•̀ ⤙ •́ 。ꐦ) !!! ]
Viktor comenzó a redactar un resumen compacto y digno de archivo académico sobre los acontecimientos de la noche. Señaló los momentos clave, los encuentros más interesantes, las victorias y las derrotas; Incluso agregó comentarios ingeniosos para encapsular la energía de los enfrentamientos en apenas unas líneas hasta que alguien se plantó frente a él.
Era una mujer alta, delgada, con chaqueta militar de azul real, y cabello negro azulado recogido en una coleta desordenada. Tenía una postura rígidamente marcial; y le pareció haberla visto en el control de seguridad de la entrada. Al leer el gafete que colgaba de una tira gruesa, corroboró su carga en el personal.
“Quédate un momento” ordenó con una sonrisa cómplice. Ni siquiera un “por favor” o un “gracias”. La orden le resultó innecesaria, aunque tampoco tenía muchas alternativas. “Alguien quiere hablar contigo”.
Viktor parpadeó confundido, pero pronto las palabras 'Espérame después de la función' regresaron a su mente .
Su orgullo le instaba a desaparecer entre la muchedumbre. El impulso natural de ir en contra de la corriente. Era, quizás, el único momento en el que podía permitirse desafiar una indicación directa. Los dioses sabían cuántas veces había rechinado los dientes entre las cuatro paredes de la rectoría y la oficina del decano al verso atrapado en la lucha de egos académicos. Sin embargo, al final solo acercándose y decidido esperar, con la expectativa de que el espectáculo posterior valiera la pena.
La mujer desapareció por una puerta lateral hacia el backstage, entre cargadores que desmontaban el equipo y enrollaban cables con eficiencia. Viktor volvió a su teléfono y añadió un par de líneas más a su informe elaborado. Sin querer, dejó escapar más información de la necesaria en el chat. El resultado fue una cadena de mensajes de Sky exigiendo fotografías, videos en alta resolución y una llamada en calidad de urgente para obtener un adelanto de lo que prometía convertirse en el chismorreo del mes sobre el chico dorado de la Arena Estatal y su vistoso coqueteo frente a varios cientos de personas.
Viktor apenas alcanzó a escribir un ['Luego te explico'] antes de levantar la vista. En el murmullo apagado del final de la función, vio al hombre avanzar entre la arena casi vacía. Esquivó a un par de luchadores de baja estatura que reían junto al cuadrilátero y empleados de limpieza que barrían los restos pegajosos de comida y bebida derramada en los pasillos de las gradas.
El Artífice los evitaba con educación y mantuvo su trayectoria recta hacia Viktor. A este le pareció más real y más encantador sin la música estridente ni la exageración del espectáculo. Caminaba sin orgullo ni arrogancia, con los hombros apretados y una flor roja sostenida con cuidado en su mano.
¿Quién dijo que el romanticismo había muerto? ¿Era eso, o una táctica habitual para ganarse el favor de los asistentes en primera fila? ¿Era Viktor realmente una presa tan fácil al dejarse seducir por un hombre tan grande y, al mismo tiempo, tan suave como un osito? Sin comentarios.
La máscara aún le cubría el rostro, pero Viktor percibió algo más humano y tangible en su presencia. El personaje había quedado atrapado entre las cuerdas del cuadrilátero; el hombre que caminaba hacia él era, sin duda, un encanto.
"Gracias por esperar", dijo.
Su voz sonaba distinta sin el micrófono amplificándola. Era educada y refinada, con ese tono propio de los jóvenes de academia, mancebos y novicios del mundo de la educación. Nada que ver con el osado y coqueto luchador que doblaba metales contra la espalda de sus oponentes.
“Tenía deseos de hablar contigo”.
Viktor apenas inclinó la cabeza.
“¿Sobre qué?”
El luchador parecía cauteloso. Secó discretamente los restos de sudor de las palmas contra el costado de su traje de lucha.
"¿Estás ocupado? ¿Alguien espera por ti? De pronto me siento inoportuno. No quisiera quitarte demasiado tiempo".
“No. Nadie me espera”.
¿Podía considerar lo anterior una interpretación impecable de temple y entereza? Viktor estaba orgulloso de sí mismo. Ciertamente debería comenzar a cobrar comisión por sus puntos actores. Artificioso. El talento del engaño, producto de años de práctica, hipocresía profesional y sonrisa servicial en la oficina del profesor.
El hombre extendiendo la flor. Era roja y brillante, con pequeñas gotas de rocío aún aferradas al tallo; había sido cortada con cuidado, pues las marcas del podado seguían frescas. Viktor la ayudó con un gesto halagado. Después de todo, había pasado bastante tiempo desde la última vez que recibió un detalle parecido. La sostuvo con delicadeza y aspiró su perfume dulce y almibarado.
“Tienes toda mi atención”.
El Artífice cruzó las manos a la altura del estómago, como un niño que pide permiso para salir a jugar. Ahora era Viktor quien se sentía un poco culpable por el deje arisco en su voz. Vio al hombre inclinar ligeramente la cabeza hacia el pasillo lateral que conducía a los camerinos y extendía la mano en cortesía.
“¿Te gustaría acompañarme?”
Viktor levantó una ceja.
Ya estaba allí. ¿Qué tenía que perder?
✻ ✻ ✻
La vida era igual de vibrante detrás de la escena. El espectáculo no terminó solo porque se apagaron los reflectores. Tras bambalinas había hombres conversando, pizarras con los programas de la noche, luchadores sentados en sillas plegables con bolsas de hielo sobre músculos tensos. Había risas y lo que parecía ser buena comida. Un grupo de luchadores de talla pequeña reía a carcajadas junto a una mujer de cabello azul claro en largas trenzas, que les ofrecía botellas de agua mientras anotaba algo en una pizarra apoyada contra la pared. Más allá, una luchadora de cabello rosa y maquillaje deliberadamente caótico firmaba autógrafos para un pequeño grupo de fanáticos que se habían colado a la zona mixta.
Tras bambalinas las rivalidades se mantenían, aunque bajo una capa de tolerancia y respeto genuino entre los luchadores de Piltover y Zaun. Lo cual no era ilógico si se tomaba en cuenta que Piltover llevaba ventaja en número de eventos y arenas, lo que hacía que la disputa por funciones estelares y venta de boletos se librara entre ambas ciudades.
“Buen combate” .
“Nos vemos el martes” se despidió una mujer alta y robusta, con un prostético en el brazo.
“¡Oye, muchacho, cuida esa rodilla!”
Viktor lo observó todo atención con mientras caminaban uno al lado del otro, prácticamente con las caderas rozando entre sí. Había juventud en la voz del hombre, la sencillez propia de una estrella en ascenso decidida a mantener cercanía con quienes la rodeaban. El Perro de Zaun cruzó el pasillo esquivando cables enrollados y cajas de utilidad. Era ancho de hombros y enorme en tamaño, el verdadero terror de las peleas campales, el orgullo de Zaun. Y, aunque se rumoreaba sobre su próximo retiro, aún tenía a su hija mayor bajo su orientación para heredar el linaje.
“¡Vander!” llamado un hombre delgado desde el balcón que conducía a la oficina del capo de las franquicias.
El ambiente era tan llevadero y carente de jerarquías rígidas que Viktor temió desentonar debido a su estilo prolijo y al bastón que sostenía al costado, producto de una cojera acentuada por pasar demasiado tiempo sentado. Por suerte, nadie lo miró con extrañeza. Y eso lo relajó más de lo que habría admitido. Ni siquiera se había dado cuenta de que apretaba la mandíbula hasta que abrió la boca y le dolieron los maseteros.
Un par de veteranos incluso le dirigieron un saludo al pasar, como si comprendieran perfectamente el papel que estaba desempeñando en aquel pequeño espectáculo de coquetería y desfile improvisado. ¡Qué presumido y arrogante podía ser su favorito! Una exhibición como ninguna. Aunque no lo admitiera en voz alta, Viktor sintió un pinchazo en las entrañas. Una mezcla de diversión y vergüenza. ¿A quién no le gusta que lo presuman un poco? Incluso si no es del tipo que disfruta esas demostraciones.
Contuvo el impulso de derretirse cuando la palma del luchador descansó en la parte baja de su espalda y recorrió la línea de sus vértebras de arriba y abajo. Ese gesto, más que cualquier palabra o espectáculo anterior, hizo que el pulso de Viktor se acelerara.
El piso que conducía a los camerinos era de concreto, marcado por huellas de botas y gotas secas de agua. El pasillo resultó más estrecho y solitario de lo esperado. Atrás había quedado la energía vibrante del área común; aquí había un encanto frío en la privacidad que ofrecía el espacio. El aire olía a linimento, tela húmeda y desodorante fuerte. A cada lado, puertas metálicas con hojas plastificadas sujetas con cinta transparente exhibían nombres artísticos en tipografías exageradas y adornadas con estrellas rosas dibujadas a mano.
Risas escapaban desde los camerinos; en algún lugar sonaba algo parecido a una televisión o una radio, y más allá alguien discutía acaloradamente por teléfono. El eco hacía que todo pareciera más cercano de lo que realmente era. El Artífice se detuvo frente a su nombre impreso en letras doradas sobre fondo blanco. Abró la puerta y la sostuvo para Viktor.
“Adelante”.
“Qué caballeroso”.
El interior era pequeño. Un banco largo contra la pared, un espejo rectangular rodeado de focos redondos aún encendidos, una maleta abierta con piezas del traje cuidadosamente dobladas. La capa con los colores característicos de su marca personal, guantes y rodilleras dispuestos con cierto orden práctico. Vendas blancas y compresas reposaban sobre una superficie de madera. Había una botella de agua medio vacía, un sofá bajo con una mesita de café y, al fondo, un lavabo de acero junto a una puerta que Viktor conducía a un baño privado.
Era un espacio funcional. No es que hubiera esperado algo más.
“¿Agua?” preguntó el luchador, tomando una botella nueva de una caja bajo el equipaje. “¿O algo más fuerte? Er… bueno, eso tendría que ser después todavía estoy trabajando”.
Viktor aceptó la botella, aunque no se encontró en condiciones de destaparla. Observó el espacio, tan personal y al mismo tiempo ordenadamente caótico, hasta encontrar un sitio que no alterara aquella armonía. Tomó asiento con cuidado, apoyó el bastón junto al banco.
El hombre se acercó un instante después, y habló bajando el tono mientras lo observaba con aquella mirada avellana a la altura del rostro.
“Quería asegurarme de que no te incomodé”, dijo, señalando discretamente el bastón. “Cuando caí sobre ti”.
No había lástima en su expresión, y eso le gustó.
"Nada de qué preocuparse. Eh... fue memorable".
Viktor supo que había elegido las palabras correctas al ver al hombre soltar el aire atrapado en el pecho. Este se estiró como un gato, destensando los músculos, y dejó de estar arrodillado entre las piernas de Viktor para moverse por el pequeño camerino para ordenar sus pertenencias. Aunque, si le preguntaban a Viktor, diría que lo hacía para lidiar con los nervios. O para encontrar dónde poner las manos mientras dejaba que su boca hablara.
“¿Ya habías interactuado en primera fila antes?”
“Primera vez”.
“Tienes talento”.
El hombre le dedicó una sonrisa plena y tímidamente orgullosa. Abró una caja de dulces y confitados, luego le pasó el control del reproductor de sonido para que Viktor se pusiera cómodo mientras él tomaba una toalla de la percha y comenzaba a limpiar el sudor de su pecho. Pero ¿para qué necesitaba Viktor del canal de música o la radio, cuando sus oídos aún vibraban con la estridencia de la arena, especialmente teniendo frente a él a un hombre de tan buen ver haciendo una exhibición privada para su deleite?
Una vez terminado, el hombre intentó desprenderse de los restos de resina en sus palmas que aún conservaban un brillo pegajoso. Parecía incómodo, así que se dirigió al lavabo contiguo y comenzó a lavarse las manos.
"Soy Jayce Talis. Llámame Jayce, por favor", dijo al fin.
“ Soy Viktor ”.
Jayce repitió el nombre como si lo probara encantado.
“Qué bonito nombre, Viktor”.
Viktor lo vio tirar de las cintas de la máscara hasta aflojar la presión. No le tomó demasiado tiempo desprenderse de la tela. Como parte de un ritual bien practicado, la dejó caer sobre el banco contiguo, junto a una toalla limpia, y luego inclinó la cabeza dentro del lavabo para mojarse el cabello. Se apoyó sobre el acero y dejó que el agua corriera por su rostro mientras hablaba de todo y de nada, como si no estuviera revelando uno de los mayores misterios de la noche y, al mismo tiempo, saciando la curiosidad de Viktor.
Debía pasar un rato, pero ya no tenía forma de medir el tiempo. Se había dejado arrastrar por su propio hilo de pensamientos, construyendo en su mente una proyección tridimensional del rostro oculto tras la máscara. En cálculos de estructura ósea, proporciones, distancias e hipótesis razonables. Nada lo preparó para la verdad. Sin la máscara parecía más joven. Más suave. Tenía pómulos marcados y líneas firmes, un rostro cuadrado y alargado. El cabello corto, en un corte militar; una cicatriz atravesaba la ceja; y una nariz recta y simétrica. La sombra ligera de barba bien afeitada y ojeras oscuras que se fundían con su piel bronceada eran su mayor encanto.
Jayce echó el cabello hacia atrás después de dejarlo caer sobre la frente y secó el rostro con la toalla. Dejó escapar un leve gemido de alivio y se mostró visiblemente más cómodo ahora que parecía tan… aseado. Y aunque Viktor se mantuvo estoico, lo único que quería era pasarle la mano por esos mechones húmedos y desordenados.
¿Sería eso una forma justa de venganza? Después de todo, su cabello quedó arruinado por la resina. Claro que, mientras Jayce se acicalaba, Viktor no intentó arreglarse el cabello con las manos. Claro que no. ¿A quién pretendía impresionar?
“Te vi en mi primera función”, confesó Jayce.
Viktor levantó la vista. En el rostro del hombre solo encontró admiración y respeto, como si el que se hubiera plantado en la lona con porte heroico hubiera sido él, y no al revés.
"Eso es imposible. La arena estaba a vender esa vez".
Jayce negó suavemente.
"Cuarta fila. Tercera noche del torneo estatal. Yo era un recién llegado de los gimnasios pequeños, un novato poco querido... y además del equipo de Piltover. Aquí prefieren a la gente de Zaun por encima de todo. Nadie coreaba mi nombre y me abuchearon tan fuerte que casi me niego a salir. Pero te vi. Me apoyaste toda la noche. Gritaste por mí".
“ Eh , llamarlo gritar es un poco excesivo, ¿no crees? No grito”, aclaró Viktor. Eso provocó una carcajada franca en Jayce. “¿Me has estado observando desde entonces?” preguntó Víctor.
“Es difícil no hacerlo”.
Hubo un pequeño silencio. Y Viktor hizo lo que mejor sabía hacer: desviar la atención de la conversación. Optó por recorrer el espacio antes de que Jayce acortara aún más la distancia y lo empapara por completo. Lo vio en su mirada. La intención. Apenas una brazada los separaba, y había en el aire algo parecido a una invitación, como la de un hombre tentado en el desierto por un acendrado demonio.
Sobre el tocador iluminado, había varias fotografías enganchadas en el marco del espejo.
Una distracción perfecta.
La más llamativa mostraba a una mujer mayor, de rostro anguloso y figura delgada, con un mechón blanco marcando su cabello oscuro. Sostenía un arreglo de flores y sonreía con una serenidad discreta. La imagen tenía un tono amarillento y los bordes gastados; Viktor supuso que se refería a su madre. A su lado, otra fotografía mostraba a un Jayce pequeño, con una máscara demasiado grande para su rostro y un cinturón de torneo de plástico, posando junto a un hombre que compartía su estructura ósea y el diastema. El hombre parecía más ordinario, menos llamativo, pero bien parecido. Viktor reconoció entonces de dónde provenían algunos de los mejores rasgos de Jayce, entre ellos la altura y la musculatura.
Más arriba, varias instantáneas estaban clavadas en un pequeño tablero de corcho improvisado. Reconoció a la mujer de cabello negro ya la luchadora de cabello rosa. Jayce apareció junto a ellas, vistiendo el primer modelo de traje que había usado en sus inicios; aquel de tonos burdeos y marfil más apagado, simple y menos ornamentado.
Una fotografía llamó su atención: Jayce, de dieciocho o diecinueve años. Sin máscara, más delgado y con una mirada decidida pero insegura. Sostenía un cinturón modesto en lo que parecía un gimnasio piltoviano.
“Esa fue mi primera victoria importante” Viktor sintió el calor de su cuerpo acercándose, el peso apoyado contra su espalda y la barbilla descansando sobre su hombro. “No tenía patrocinadores entonces, pero el gimnasio de Last Drop me invitó a entrenar con ellos gracias a mi amiga Cait”.
Viktor se giró lentamente, quedando a escasos centímetros del otro, con las piernas atrapadas entre las de Jayce. Tomó una fotografía entre sus dedos y la agitó contra la nariz de Jayce.
“Reconocería el uniforme de la Facultad de Ingeniería de la Academia en cualquier parte”.
“¿Ah, sí?”
“La costura del cuello es particular, y el escudo bordado no es fácil de imitar”.
Mientras hablaba, la punta de sus dedos recorrió distraídamente el pecho desnudo de Jayce, trazando la línea imaginaria del cuello y el corte del uniforme, reconstruyendo la prenda sobre su piel. Intentaba visualizarlo vestido de algo tan inequívocamente piltoviano. Con justa razón le parecía un muchacho de colegio y de modales medidos.
“Estudié ahí por un tiempo” dijo, encogiéndose ligeramente de hombros, como si le avergonzara. “Lo dejé para seguir mi sueño”.
Viktor inclinó la cabeza y tarareó pensativo. Necesitaría una lupa para confirmarlo, pero le pareció distinguir al profesor filtrándose en una de las esquinas de la imagen.
“¿También fuiste estudiante?” preguntó Jayce con interés renovado, el interés de quien descubre a un compañero de alma mater.
"Algo así. Ahora trabajo ahí".
"Eso es asombroso. Entonces, debes ser muy brillante".
“Yo no lo diría así exactamente. Pero podría decir lo mismo de ti. Pasar el examen de admisión ya es un logro por sí mismo. Apenas unas pocas matrículas son seleccionadas cada año. Deberías sentirte un poco orgulloso de eso”.
¿Qué era toda esa charla sobre trabajo? La academia podía esperar al lunes por la mañana. ¿No era lema suficiente vivir el aquí y ahora? Y, ciertamente, haría eso.
“Nunca lo vi así”.
“Eso explica la precisión de tus movimientos”.
Viktor tomó la mano de Jayce, un poco cansado del juego del gato y el ratón y de que la conversación derivara nuevamente en trabajo y academia. Jayce obedeció con mansedumbre y lo acompañó hasta el sofá bajo sin soltar su cintura. Esta vez las posiciones se invirtieron. Fue Viktor quien terminó sobre el regazo de Jayce, permitiéndose ceder a sus propias divagaciones mientras el hombre le desordenaba el cabello una vez más.
“ El cálculo, el desplazamiento… y la técnica es…” hizo un pequeño gesto con la mano, “notable”.
Jayce se apoyó en el respaldo del sofá, mientras dejaba descansar la mano en la rodilla sana de Viktor. Y él, a su vez, aprovechó la cercanía para dejar caer parte de su peso con más confianza.
“La lucha es ingeniería aplicada al cuerpo” dijo Jayce. “Es importante estar dedicado y concentrado. Entrenar mucho, pulir la técnica. Si calculas mal, alguien sale herido”.
“Es bueno escuchar que te preocupas por tus compañeros. Solo no dejes que el público te llene la cabeza. Sería un desperdicio que pecaras de arrogante y arruinaras esa buena cara”.
Jayce inclinó la cabeza. Viktor sintió el gorgoteo bajo en su pecho, la insinuación de una carcajada contenida.
“Nunca”.
Viktor dio un trago a su botella y se humedeció los labios sin apartar la mirada de Jayce.
“Oye, Viktor… si estás disponible, ¿te gustaría salir conmigo?”
Viktor sintió algo cálido expandirse en su pecho. Estuvo a punto de elevar plegarias al cielo y clamar el nombre de Sky por haber permitido aquel encuentro. Su ya de por sí frágil medidor de confianza había colapsado. Estaba ante algo que rozaba el sueño. ¿Quién dijo que que dejara de ser ambicioso? ¿Que las fantasías no se hacen realidad? Incluso si solo fuera una vez, conseguir una cita en estos tiempos era una bendición.
Pero debía mantener la cara. Valorar las apariencias o lo que sea que a la gente le importe, así que Viktor sonrió en acuerdo.
Pero al diablo con todo.
Se inclinó hacia el rostro de Jayce y lo besó en los labios un par de veces más. Jayce lo rodeó con los brazos, ajustando su posición entre sus piernas. Posó sus manos recorriendo la cintura de Viktor; por su espalda hasta la nuca, para volver al rostro y besarle las mejillas y el puente de la nariz.
Para tratarse del coqueteo de un luchador popular, a Viktor le pareció un joven sorprendentemente entregado y romántico. De los que ya no se encuentran con facilidad.
¿Debería aprovechar la oportunidad y sacarlo del mercado global?
“Estoy libre este jueves y el fin de semana”.
“¡Eso es perfecto, V! El próximo jueves hay función temprano. Después podemos ir a cenar… si te parece bien”.
“Suena encantador”.
Jayce se apartó apenas lo suficiente para acomodarlo en el sofá y salió un momento. Viktor escuchó murmullos en el pasillo, risas, cierta agitación. El intento de Jayce por llamar a alguien del staff —Cait, la misma mujer que había mencionado antes— no fue tan discreto como quizá pretendía.
Pasaron unos cinco minutos antes de que Jayce regresara con aire triunfal, sosteniendo un par de pases laminados y un gafete VIP colgando de una cinta roja.
Se los entregó con solemnidad exagerada.
“Acceso total”.
Viktor tuvo que admitir que estaba impresionado. Aquello era un nuevo nivel de compromiso. La última vez que había tenido un pretendiente tan dedicado fue aquel sujeto de la facultad que lo acompañaba hasta la parada del autobús después de sus horas de becario y que, en una ocasión memorable, le compró una ensalada de la cafetería del campus.
Esto estaba a un océano de distancia.
Sky perdería la cabeza cuando se enterara. Pero podía guardar la primicia un poco más, solo para saborear el momento en privado. Viktor tomó los pases como si fueran un tesoro y sonrió, agitándolos frente a la nariz de Jayce. Por ahora fingiría calma. Como si no estuviera sosteniendo una llave maestra que apenas habría osado imaginar. Porque si los asientos de primera fila habían sido una anomalía… esto era directamente un imposible.
“Impresionante”.
El pase se sentía como si le hubieran entregado las llaves de la ciudad.
“Dígame, señor Talis, ¿no teme que revele todos sus secretos?”
Jayce deslizó las manos a su cintura, trazando círculos lentos con los pulgares sobre el hueso de la cadera.
“Vales el riesgo”
Luego apoyó el rostro en la curva del cuello de Viktor, haciéndolo estremecerse y provocándole una risa involuntaria. Sin embargo, Jayce se apartó.
“Me encantaría quedarme aquí contigo el resto de la noche” admitió, “pero tengo otra función más tarde”.
De pronto, Viktor resintió la pérdida. Así debía sentirse cuando un amante partía a la guerra. En fin. Suspiró. Jayce volvió al espejo, dio un último trago a su botella de agua hasta vaciarla y la dejó caer en el cesto de basura y se colocó la máscara. Viktor lo observó fascinado, dejando que la yema de sus dedos recorriera el borde de su pecho aún húmedo.
Jayce lo detuvo, sujetándolo por los hombros. Incluso bajo la máscara, Viktor habría jurado que se insinuaba un leve rubor. Adorable, pensó. Sin embargo, incluso Viktor sabía que debía detenerse. O aquello terminaría en algo más que simples besos. Tendría que felicitarse por su fuerza de voluntad. Decir adiós a un Adonis semejante, lo convertía prácticamente en un asceta tras superar tan ardua prueba.
“No hagas eso, V” murmuró Jayce. “No podré soportar una semana”.
“Tendrás que ser fuerte”.
“Al menos permíteme llamarte”.
Viktor arqueó una ceja.
"Qué osado de tu parte, Jayce Talis. ¿Acaso crees que soy tan fácil de conquistar?"
“¡Jamás pensaría eso de ti!”
Viktor se inclinó depositando un beso sobre la línea del pulso y otro más sobre la manzana de Adán.
“Esto debería bastar por ahora”.
Jayce lo atrapó entre sus brazos y se inclinó para besarlo en la curva del cuello y detrás de la oreja, con la mezcla idónea de suavidad y pasión.
Viktor tuvo que obligarse a recuperarse, el corazón le martilleaba en los oídos y sintió que le bajaba la glucosa. Pero qué habilidad la de ese hombre. ¿Sería capaz de llegar a la parada del autobús antes de caer a tumbos? Prefería no averiguarlo.
Tomó su chaqueta del sofá y se la colocó sobre los hombros con gran talento para ocultar el temblor en sus manos. Del bolsillo sacó un pequeño post-it con sus datos, ciertamente eficiente, muy ortodoxo por su parte, y lo dejó cuidadosamente sobre la fotografía del joven Jayce en la academia.
“Entonces nos veremos en primera fila”.
“Lo espero con ansias”.
