Actions

Work Header

Besos llenos de estática

Summary:

Alastor no entendía qué tenían de especial los besos, no los entendió en vida ni los entendió durante gran parte de su muerte, hasta que, treinta años después de caer, decide experimentarlos con su camarada Vox.

Work Text:

Besos

Algo que Alastor no entendió durante gran parte de su existencia.

No los entendió en vida, cuando las parejas se inclinaban sobre mesas pegajosas en bares mal iluminados creyendo que aquel choque de bocas era el preludio de algo trascendental, ni los entendió en muerte, cuando los pecadores seguían aferrándose a esa costumbre con la misma fe ciega con la que se aferran a cualquier otra superstición romántica.

Para él, era un gesto innecesariamente íntimo, con demasiado contacto físico, demasiada proximidad y demasiada insistencia en que debía sentirse algo extraordinario cuando, a simple vista, no era más que juntar bocas y esperar una epifanía que confirmara amor eterno o encendiera un deseo que él tampoco terminaba de comprender (aunque preferiría no detenerme demasiado en ese asunto ya que es una historia aparte).

Nunca tuvo verdadero interés en probarlo, pero, como tantas otras cosas que le parecían absurdas, terminó decidiendo que la mejor forma de desmontarlas era experimentarlas por sí mismo.

Pero no ocurrió en vida con alguna mujer de tiros largos y risa fácil en los bares clandestinos que frecuentaba, sino casi treinta años después de su caída al infierno, en el bar de siempre, entre conversación ociosa y el fondo cálido de una botella entera de whisky acompañada de varios sazerac.

La verdad es que no recordaba cómo llegó a la conclusión de experimentarlo, solo estaba hablando con su buen camarada Vox, en el bar de siempre, a saber de qué tema, hasta que, sin saber cómo ni cuándo, llegaron a hablar sobre los besos y el sin sentido que le veía Alastor, pero sí que recordaba los grandes ojos del otro y cómo brillaba más su rostro cuando aceptó ser su conejillo de indias.

Se acercó más a él y colocó la mano en un lateral para guiarlo hasta su altura, haciendo que la pantalla frente a él brillara con una intensidad irregular, creando destellos que iban y venían sin patrón estable, como el pulso de un corazón acelerado, pero ignoró esa reacción y acercó los labios durante un breve instante.

Lo primero que sintió fue un calor sofocante y artificial, como el de una lámpara que lleva demasiado tiempo encendida y una superficie acristalada ligeramente cóncava. Luego sintió una ligera corriente baja que cosquilleó su permanente sonrisa y nariz.

Estática.

Debía de admitir que no era desagradable, pero tampoco era tan estimulante como algunos describían. Era simplemente pegar la cara a un televisor, no tenía más. Sin embargo, mientras ese pequeño cosquilleo recorría sus labios, notó algo mucho más interesante que la propia sensación.

El cuerpo frente a él se tensó en el mismo instante en que el contacto se produjo, sus hombros se alzaron apenas un centímetro, los brazos permanecieron pegados a los costados con una disciplina casi exagerada y las manos se cerraron en puños firmes, conteniendo un movimiento que parecía debatirse entre avanzar o huir. Incluso la línea de sus ojos y labios se volvieron más finos, como si fuera un chiquillo que contiene la respiración durante su primer beso.

Cuando se separaron, Alastor abrió los ojos con la serenidad de quien acaba de confirmar una hipótesis que ya sabía de sobra y lo observó con cierto aburrimiento, como si aquello hubiera sido demasiado predecible, pero hubo algo extrañamente entretenido en esa mirada patética y temerosa de lo que pudiera decir, como si las siguientes palabras que dijera el ciervo fueran una posible sentencia de muerte.

- ¿Y bien? - preguntó con una sonrisa tímida, rascándose la nuca en un gesto casi adolescente que difería de su habitual seguridad que tenía frente a las cámaras y los clientes.

Alastor dejó escapar una risa suave y se llevó la copa a los labios, despreocupado, como si no hubiera ocurrido nada relevante.

- Sigo sin entender qué tiene de especial.

Eso provocó que el televisor bajara ligeramente sus antenas y cambiara a una expresión de decepción, pero no dijo nada, sino que pagó su cuenta y se fue. Alastor lo siguió con la mirada de reojo antes de volver al ámbar de su vaso y darle otro sorbo para intentar quitarse ese ligero cosquilleo de estática en sus labios, aunque parecía que esta se negaba a disiparse del todo.

Y eso fue, quizás, lo más molesto.

No fue la estática ni el beso lo que volvió a su mente en los días siguientes, ni siquiera el calor artificial que sintió, sino la de la reacción desarmada del otro, esa esperanza apenas disimulada que se había dibujado en su rostro, la forma en que el cuerpo se había tensado como si temiera lo que pudiera hacerle, la mirada que le echó. Esa imagen fue la que regresaba a su mente, como una melodía que uno finge no disfrutar, pero que tarareas sin darse cuenta.

Por eso, una semana más tarde, tras una celebración ruidosa en el bar de siempre para festejar que Vox se había quedado con la facción de un overlord y que terminó en su apartamento que apenas empezaba a convertirse en algo más que un estudio de televisión improvisado con un ligero olor a cables nuevos, polvo viejo y a gran ambición.

Lo que más destacaba y lo que parecía más caro era una cámara que apuntaba a un escritorio tras una sábana blanca que hacía las veces de fondo para poner las imágenes de las noticias y destacar más al presentador, mientras que el resto del espacio era sencillo, casi austero, con un sofá viejo que crujía bajo cualquier movimiento y que usaba tanto como cama como asiento y una cocina diminuta que apenas ocupaba una esquina.

Alastor lo escuchaba un tanto distraído cuando este empezó a hablar sobre un tal Frank Sinatra que, según él, era el mejor cantante de todos los tiempos y que se lo iba a demostrar con uno de los vinilos que había conseguido recientemente, pero no prestó mucha atención, pues, para neorleanés, todo lo que no fuera jazz ni el dulce lamento de un saxofón acompañado de una melodiosa voz, era ruido blanco.

Sin embargo, cuando el vinilo comenzó a girar y la voz grave y aterciopelada llenó la habitación, algo en la atmósfera cambió. No porque la música lo convenciera (aunque, por un instante, admitió que tenía cierto carácter), sino porque, mientras sonaba, Vox no miraba el tocadiscos, sino a él, esperando patéticamente su aprobación, de nuevo con esos grandes ojos expectantes por cualquier migaja aduladora que le dijera el locutor.

Y fue en ese instante, con la música flotando como humo entre ambos, que Alastor decidió repetir el experimento.

El segundo beso le supo exactamente a lo mismo. El cristal tibio, estática vibrando contra sus labios, pero esta vez prestó atención en el otro que parecía sorprendido y confundido, con las manos ligeramente levantadas, como si se debatiera esta vez si debía tocarlo.

Notar aquella duda que parecía una tortura para él, fue bastante entretenido mientras notaba más estática en sus labios y oía una pequeña chispa, probablemente de sus antenas.

Esta vez no se separó tan rápido, sino que decidió seguir un rato más con esa pequeña tortura.

Cuando se separaron, Vox se llevó los dedos hasta el lugar donde habían estado sus labios, tocándose con incredulidad, la luz de la pantalla se intensificó, proyectando un leve resplandor que bañó la estancia en un tono más azulado, como si se hubiera sonrojado. Lo miró con desconcierto, sin saber por qué lo había hecho, pero no se atrevía a preguntar.

Alastor sostuvo su mirada durante unos segundos que se alargaron más de lo necesario. Disfrutaba del efecto que le producía, y fue hasta la mesa donde había un micrófono, el cual jugueteó entre sus manos para distraerse y dejar de sentir el cosquilleo de la estática en los labios.

- Sigo sin comprenderlo - dijo más para sí mismo que para el otro.

Aun así, no tardó mucho tiempo en repetirlo unos días después, luego esperó un mes, luego una semana, después un día, una hora, cinco minutos... A veces era algo casi casual, interrumpiendo una conversación con la misma naturalidad con la que cambiaría de emisora; otras, surgía en mitad de una discusión o tras una risa compartida.

Al principio, durante cada beso, el otro se quedaba inmóvil, como si temiera que cualquier movimiento arruinara aquello y no volviera a repetirse. Alastor era quien marcaba la distancia, quien decidía cuándo empezar y terminar.

Pero el tiempo, como siempre, hizo su trabajo sin que se dieran del todo cuenta los dos.

La rigidez del otro empezó a desaparecer de forma casi imperceptible, primero fue un roce accidental en los hombros del de rojo, apenas el contacto tembloroso de unos dedos que parecían haberse movido por reflejo, después, en un beso más largo de lo habitual, las manos se atrevieron a posarse sobre la tela de su abrigo, presionando con timidez, probando la textura como si necesitara confirmar que aquello era real y, para sorpresa del propio Alastor, no lo apartó, simplemente lo permitió y lo acercó más a él.

Ese permiso lo cambió todo para el otro que bajó una mano hasta su cintura y la otra hacia su mejilla para acercar más aquel contacto (si es que eso era posible), disfrutando del suave toque del pelo del pelirrojo cuando le rozaba los nudillos.

Con el paso de los años, los besos dejaron de ser caprichos de curiosidad, para convertirse en algo que ocurría con una naturalidad inusual.

Pero esos besos seguían siendo solo en la superficie rígida. La curvatura cóncava del antiguo modelo devolvía el contacto sin ceder ni un milímetro, obligándolo a adaptarse a una dureza que no respondía y el calor sofocante de un aparato trabajando al límite.

Y, aun así, Alastor volvía a hacerlo.

¿Que por qué lo hacía si no sentía nada en especial según él? Había llegado a un punto en el que ni él mismo lo sabía, aun así, nunca dejó de afirmar que no comprendía qué tenía aquello de extraordinario, pero tampoco buscó repetirlo con nadie más.

Cuando su socio decidió cambiar por primera vez el modelo que tenía por cabeza, la diferencia fue extraña, ya que al fin podía conseguir abrir la boca ligeramente, la superficie ya no era tan inflexible y, bajo la presión de sus labios, el material cedía apenas lo suficiente para no sentirse completamente inmóvil, no llegaba a ser carne, pero ya no tenía la sensación de que besaba a un cristal caliente. Lo único que no cambió del todo fue la estática que seguía extendiéndose por sus labios como un cosquilleo que subía por su mandíbula y que ahora se asentaba en su pecho.

Después de eso, vinieron besos más largos e íntimos. Vox, ahora que podía corresponder (aunque solo fuera un poco), aprendió cómo hacer que Alastor no quisiera separarse y convertir ese simple beso en una sesión de besos y caricias que parecían no ser suficientes nunca para él.

Hubo una noche, tras una última modificación, que el beso se profundizó por primera vez en casi cuarenta años. El ángulo cambió, las bocas se abrieron un poco más y la línea de los labios digitales se abrió un poco más con cautela, como si quisiera probar sus propios límites, de pronto la estática se mezcló con algo cálido y húmedo que rozó los labios del caníbal el cual sintió cómo una ligera corriente eléctrica pasaba bajo su piel y cómo se expandía aquel cosquilleo por su boca y descendía hasta instalarse en su pecho y seguir por todo su cuerpo.

Un estremecimiento lento descendió por la espalda de Alastor que se agarró a él por un instante, temiendo que pudiera perderse en esa extraña y cálida sensación, pero Vox estaba con él para asegurarse de que no cayera cuando acercó su torso con una mano mientras la otra subió hasta su nuca para acercarlo más, casi con vehemencia contenida y, por primera vez, fue quien tomó la iniciativa, inclinándose antes que él, atrapando su boca y bebiendo los suspiros del ciervo sin dejarle ni un descanso.

El tiempo siguió sin saber cómo habían pasado más de setenta años juntos, compartiendo besos intermitentes, caricias de manos que aprendieron dónde encajar y momentos íntimos de dos corazones que dejaron de fingir indiferencia.

Vox, como siempre, había cambiado y adaptado su aspecto conforme la moda y a la nueva tecnología.

Las viejas pantallas cóncavas quedaron atrás, luego las rígidas de carcasa de plástico ligero, después a más estilizadas, hasta llegar a su rostro actual, plano, amplio, de bordes definidos y superficie más pulida. La textura era distinta a todo lo anterior, como a plástico que se podía moldear y la temperatura ya no acumulaba ese calor sofocante de los aparatos antiguos, sino que era estable y controlada, y, obviamente, la estática desapareció con los años.

Al menos, técnicamente.

Ya que Alastor lo seguía notando cada vez que sus labios se encontraban, como si algo siguiera activándose, pero no en la pantalla, sino en él.

Cada vez que lo besaba seguía sintiendo esa chispa eléctrica bajo la piel y esa cosquilleante estática que se alojaba en su pecho como una marca invisible. Como si en realidad en todo este tiempo la estática jamás hubiera estado la pantalla, sino en el propio ciervo.

Pasaron por demasiadas cosas en este tiempo, guerras empresariales, pactos, traiciones, ascensos. Construyeron imperios y derribaron otros. Aprendieron a moverse en el mismo tablero sin estorbarse ni querer alejarse el uno del otro, hasta llegar a ser los dos overlords más poderosos del Círculo del Orgullo y crear la gran empresa que tenían ahora, uno siendo el amo de las ondas de radio y el otro siendo el amo de las pantallas.

Lo que pasó de una amistad a una unión comercial, pasó a convertirse en algo demasiado intenso, pasando cada momento juntos y compartiéndolo todo.

Edificio, fama, reconocimiento, poder, hogar, cuarto, cama...

Como ahora que estaban en el dormitorio de su torre, con las luces apagadas, siendo la única iluminación el rostro de Vox, que estaba sobre Alastor, compartiendo un beso que dejaba a ambos sin aliento.

Alastor sentía el peso sobre él aquella presión agradable que le proporcionaba calor y aquella sensación de estática y electricidad en todo su cuerpo. Sus manos posadas en la espalda del otro, acariciándolo suavemente, enviándose interferencias que solo hacían mejorar aquel momento.

Cuando se separaron, jadeantes, el CEO lo observó desde arriba, sin apartarse ni un centímetro, todavía sosteniéndolo como si temiera que pudiera desvanecerse.

- ¿Qué? - dice con esa media sonrisa algo chulesca, aun jadeando - ¿Todavía sigues sin ver qué tiene de especial?

- Oh, querido, - responde con una sonrisa burlona - Sigo pensando que es un gesto absurdamente sobrevalorado.

Antes de que Vox pudiera contestar, lo sujetó de los hombros y lo empujó para quedar él arriba, mirándolo con cierta superioridad y travesura mientras estrechaban sus manos.

- Quizás tengas que seguir demostrándomelo – murmuró antes de capturar su boca otra vez, sin darle opción a réplica.

Como si realmente Alastor tuviera que saber qué es lo que tenía en realidad de especial ese acto cuando ambos sabían que el experimento había terminado hace décadas.

 

FIN