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—¡Enzo! —Llamo a gritos una voz femenina a lo lejos.
Enzo, que estaba tirado en su cama, pensaba si era mejor meterse a bañar o seguir en su cama a hacer fiaca por el resto del día.
Era demasiado temprano para él, las 10 de la mañana de buenos aires traía consigo la luz de un radiante sol.
—¡Enzo! —Volvió a gritar la mujer.
Enzo se revolcó contra las sábanas, gruñendo con fastidio. Su madre no entendía que no tenía ganas de hacer nada. Su pieza estaba hecha un alboroto y su cama era una especie de nido.
Con la peor de las caras se levantó de su cama y caminó hasta la puerta, cuando la cruzó se encontró con doña Martha a punto de haber ido a buscarlo.
Con las manos en la cintura y las cejas fruncidas se dirigió a su hijo.
—Pendejo de mierda, te estoy llamando hace rato. —Dijo con claro enojo.
Enzo chasqueó los dientes, de nuevo fastidiado. Su madre no tenía la culpa de su malhumor, pero aún así lo hizo.
—Daa ma’, estaba dormido. —
Se dirigió a la cocina, dispuesto a prepararse un mate para iniciar la mañana, sin embargo Martha le tenía otros planes.
—Mira, mejor dejá de andar de vago en la casa y ve a pedir unas cosas a la tienda de don Gustavo. —ordenó con algo de frustración. Amaba a su hijo, pero a veces le dejaba las cosas difíciles.
Enzo no le contestó, en cambio se sentó en uno de los asientos de la mesa del comedor, cebándose el mate y dejando a un lado el termo con agua caliente.
Martha bufó con cansancio y se pasó las manos por la cabeza, aún mirando a su hijo sentado, como si nada de lo que hubiese dicho importara.
Inhalo suavemente y dejó salir el aire de igual manera antes de volver a retarlo.
—Enzo… —Dijo, esta vez con un tono más calmado, apostando por la comprensión del morocho.
Enzo solo pudo darle un sorbo al mate antes de volver a mirar a su madre, está vez con resignación, no diría que no a una orden de su madre por más malhumorado que esté.
—Ya se mamá, ya voy. Déjame terminar primero. —Dijo con la misma suavidad que utilizó su mamá.
Su madre se dirigió al fregador en donde le esperaba uno que otro utensilio sucio.
—¿Qué querés que compres? — se escuchó la voz del morocho por encima del agua cayendo sobre la superficie de aluminio.
Su madre se tomó unos segundos antes de contestar, secando los cubiertos con un trapo.
Se volteó y dirigió su mirada al morocho de 17 años, quien parecía haber terminado con el mate.
—Bueno… —Trató de recordar. —quería que compraras algunas cosas para la cena. —
Su hijo se paró de la silla y buscó en su habitación una de las tantas gorras con el escudo de River estampado en frente. Se quedó esperando la lista de cosas para comprar, y su mamá le entregó el papel con los víveres anotados.
Enzo era muy malo para la memoria.
Recibió en papelito y lo metió de inmediato en su bolsillo izquierdo, rezando porque no se le cayera al caminar. Enzo se quedó aún parado, esperando a que su madre le diera el dinero con qué pagar.
Su madre lo miró, como sin entender porque seguía ahí. —¿Qué? —Preguntó
—¿Con qué pago? —dijo y su madre lo miró con una expresión de “¿En serio?”.
Parecía ser algo muy normal, pero a Enzo hacerlo le daba algo de vergüenza.
—Y dile que te lo anote y que en unos días se lo pagas. —dijo obviando.
Con claro disgusto salió de la puerta camino a la tiendita de don Gustavo. Se tuvo que tragar la molestia, no tenía otra opción y si no se quedaría sin comer la cena.
Camino por sobre la acera que justamente llevaba a la tiendita en donde seguro estaría don Gustavo descansando a los pibes del barrio. El señor era copado, pero a veces sentía que se aprovechaba de eso cada vez que pedía que le anotara la compra a su cuenta.
Aunque después le pagaba la vergüenza no se iba.
El sol estaba en su punto, tan caliente que por encima de la carretera era visible el calor que emanaba el asfalto.
Camino a penas durante unos 5 minutos más hasta poder ver la tiendita a lo lejos. Apresuró sus pasos, no quería seguir soportando el solo que parecía querer freírlo ahí mismo.
Llegó y agradeció que la tienda estuviera vacía y sin gente haciendo fila, no tenía tiempo para estar ahí sin ninguna razón. Solo pediría y se iba.
Se puso frente al mostrador, para su sorpresa no había nadie atendiendo, así que decidió llamar a ver si así alguien venía.
—¡Hola! —Dijo, alargando la letra a. —Don Gustavo. —Llamó con total confianza, como pedro por su casa.
Lo volvió a hacer una vez más, sin recibir una respuesta de vuelta. Se quedó unos segundos, esperando por tan siquiera un sonido que le advirtiera de la presencia humana ahí, pero nada.
Decidió llamar de la misma manera por tercera vez, está vez más alto, para que lo escuchara.
Y por tercera vez no obtuvo una respuesta, ni porque esperó más de cinco segundos ahí alguien se dignó a aparecer.
Cuando perdió las esperanzas se dió la vuelta, punteando al pensar que tendría que volver a su casa sin la compra y probablemente su madre lo volvería a mandar a ver si ya había alguien atendiendo.
Cuando puso un pie en la acera se escuchó una voz.
—Hola. —Habló una voz joven, algo que desconcertó a Enzo aún de espaldas. —Hola, hola, hola. Disculpa estaba ocupado. —Se justificó el que sonaba como un chico de su edad más o menos.
Se volteó por fin para ver si lo que había oído era real y lo vió. Era un pibe de aparentemente su edad, con una gran sonrisa.
Con curiosidad volvió sobre sus pasos hasta la tienda, prestando, demasiada a decir verdad, atención al chico en el mostrador.
Llegó hasta quedar frente al chico y lo escaneo descaradamente, o al menos lo que se dejaba ver por esa especie de ventanilla.
Enzo no sabía si lo que estaba viendo era real.
El chico era muy… “fachero”.
Tenía una banda que le sostenía el cabello castaño y con leves ondas, un tanto encima del inicio del cuero cabelludo, como esos que usaban los futbolistas.
Sus ojos, algo achinados debido a esa sonrisa que se empeñaba en mantener. Sus hoyuelos le daban un toque espectacular a su rostro, para no decir tierno.
Notó que se estaba pasando de atrevido cuando bajó su mirada hasta la camiseta del chico, observando detenidamente y con atención esos pectorales que se le marcaban sobre la camiseta blanca que cargaba.
La sonrisa en el rostro del otro chico se borró, dándose cuenta de lo descarado que estaba siendo el morocho frente a él.
—¿Vas a querer algo? —preguntó el castaño sacando a Enzo de sus pensamientos y sus ojos de encima de su pecho.
El contrario se dió una sacudida mental para salir del completo trance en el que le había dejado esa parte del cuerpo del castaño.
—S-si, si espera. —Dijo titubeando de los nervios, se sentía estúpido, nunca antes había sufrido de vergüenza con nada.
Pero el castaño frente a él estaba haciendo estragos en apenas unos segundo en su vista.
Buscó el papelito en su bolsillo, con torpeza lo encontró arrugado oírla brusquedad de búsqueda.
Sacó el papel doblado y lo puso sobre el mostrador.
El más bajo bajo frente a él lo quedó mirando con incredulidad, casi que empezaba a cagarsele de risa ahí mismo.
—¿Necesitas papelitos, culiao? —Pregunto, dando a notar esa tonada que maravilló al pelinegro.
Después de unos segundos Enzo empezó a caer en cuenta. El chico lo estaba descansando por no saber memorizar el mandado.
—¿Cuántos tenés, ocho? —Preguntó entre risas.
El chico con tonada cordobés no se aguantaba la risa, frente a él, se tapaba la boca quizás por vergüenza, pero Enzo en ese momento deseó ser aún más boludo para causar más risas así en el chico.
Se quedó viendo al chico mientras terminaba su sesión de carcajadas. El sol lo miraba con una sonrisa ladina, disfrutando de esas risa contagiosa.
Lo extraño era que en cualquier otro momento hubiese puteado a quien se quiera burlar de él. Está vez lo estaba disfrutando también.
—Buee, ya. Ya me descansaste. No te burles más. —dijo Enzo mintiendo, sabiendo que no quería que se detuviera.
—Disculpa, disculpa. Es que me pareció gracioso, perdón. — Se justificó, aún con una leve sonrisa.
En ese momento se le ocurrió algo, algo que podía salir muy bien o muy mal, siempre y cuando el de acento cordobés le siga el jueguito.
—Nah, no te disculpo na’. Me quejaré con Gustavo por como tratas a tus clientes. —Dijo, buscando su el otro le seguía, incansablemente.
Al parecer iba a funcionar, pues al otro le cambió el rostro por completo.
—Nah, boludo. Era chiste. —
Y Enzo no pudo estar más agradecido de oír eso, pues usaría esto a su favor para obtener lo que quería.
—No le diré nada… —comentó Enzo, a lo que el castaño le pareció aliviar.
—...Pero vo’ me tené’ que dar tú nombre y tu user de instagram. —y la sonrisa en su rostro se elevó con picardía.
El otro no podía creer el descaro del morocho, ¿Tan chamuyero iba a ser? El cordobés solo rió, dándose cuenta del juego del porteño.
Ambos se miraron con sonrisas, uno más que el otro, pero tan siquiera así mostraban que ninguno estaba molesto por la situación.
—Bue. Mi nombre es Julián… —Ni siquiera lo dejó terminar cuando en Enzo ya estaba levantando la mano frente a Julián en modo de saludo.
—Un gusto, Julián. Yo soy Enzo. —interrumpió.
Julián no habló solo por un segundo, pero luego le correspondió el gesto a Enzo, quien parecía emocionado.
—Es un placer… —Le contestó Julián, quedando ambos en completo silencio, debido a que el morocho aún esperaba la información completa.
—¿Y tú insta? — preguntó, o tal vez exigió
El cordobés lo miró con una sonrisa, ese gesto que se volvía muy normal en la conversación.
—Primero dejame buscar las cosas de la lista y luego te digo. —
Enzo solo asintió a pedido de Julián, sintiendo una gran confianza en que lograria su cometido. El castaño repasó las cosas anotadas en el pequeño pedazo de papel y le devolvió una mirada, y de vuelta se rió.
—Aun no lo puedo creer, culiao. —Rió. —De verdad, ¿qué edad tenés?—Preguntó.
Nadie nunca lo había descansado tanto como Julián y si fuera por él, lo seguiría permitiendo.
Y mientras Julián buscaba en los diferentes sectores de la tiendita las cosas que requería el morocho, este le respondió.
—Tengo 17. —
Julián hizo una pequeña pausa para analizar la respuesta, aunque no era necesario. El chico era menor de edad.
—¿De verdad? —preguntó con verdadera incredulidad. —no parecías… —
Julián seguía con su trabajo, yendo y viniendo hasta dejar las cosas en el mostrador para luego sumar el precio de todo.
Enzo no estaba seguro, pero pudo notar una leve señal de ¿decepción? en la voz del castaño, el morocho conocía la posibilidad del castaño. El señor Gustavo no contrataría a ningún pendejo.
—Pero este mes cumplo los 18. —trató de brindarle tal vez “esperanza” al castaño, a lo que este solo asintió haciendo un leve “Uhmm”.
Y cuando por fin el castaño puso todo sobre el mostrador para así empezar con la sumatoria.
Sacó una calculadora de abajo y empezó a teclear los precios en él. Enzo notó el incómodo silencio que se había formado entre ambos, silencio que no había estado desde que se vieron. Y todo por decir su edad, pero de igual manera no podía mentir con algo así.
Y en un intento por tratar de aliviar el ambiente entre ambos, trató de buscar un tema de conversación, buscando lo primero que se le vino a la mente.
—¿Y vo’ empezaste a trabajar hoy? —preguntó, y era cierto. Alguien como Julián era muy novedoso en San Martín. —Nunca te vi por el barrio a vo’. —
Julián alzó la mirada mientras aún tecleaba los precios. —No, comencé hace tres días. —
Enzo se lamentó el hecho de no saber de su existencia, cuando lo mínimo que sucedía en su barrio se sabía.
—Don Gustavo es mi tío materno.— comentó —Me dió este trabajo por lo menos durante las vacaciones, así ahorro algo para la facu. —Explicó sin que nadie preguntara.
Enzo asintió comprensivo. El chico de pelo castaño ya estaba en la facultad, por eso tal vez se decepcionó por su edad.
Pero en lo que la mayoría veía una desventaja, él encontraba la manera de ver lo positivo. Si se decepcionó es porque al menos le pareció interesante a Julián
Incluso estando recién despierto y sin bañar sabía que se veía bien y se lamentaba por no estar a la altura del otro.
—Bueno, son 10 mil pesos. —comentó el castaño.
Julián se queda estático, sin pestañear, mirándolo, esperando por lo obvio: el dinero.
Ahí fue cuando Enzo puteo internamente, no podía seguir pasando este tipo de vergüenzas… era la última vez.
El moreno solo le sonrió con algo de pena, como si no quisiera decirlo, pero era necesario.
Julián pudo sospechar lo que el morocho le quería decir. Pero aún así lo dejó continuar.
—¿Me lo anotás? —preguntó Enzo, aun con una risa nerviosa, rascándose la nuca claro indicio de incomodidad.
Julián suspiro ante lo dicho, pues desde que llegó a Buenos aires y empezó a trabajar en la tienda había recibido estrictas órdenes de no “fiar” productos a nadie, pues siempre se hacían los vivos y nunca pagaban a menos que insistieran demasiado.
—No puedo, Enzo. Lo siento. —Suspiró. —Me dejaron que no podía hacer eso… —
Enzo no quería volver a casa con las manos vacías, necesitaban comer y rogaría de ser necesario.
—Naah, bonito, no me podés hacer eso, dale. —dijo con cierto tono de picardía.
Julián quedó desconcertado ante tal descaro, nunca nadie se había tomado la libertad de decirle algo así de frente, obviamente se quedó tieso.
—¿Cómo me llamaste? —preguntó el castaño, sonriendo inconscientemente ante el halago.
Eso lo notó Enzo que lo seguiría haciendo.
—Bonito.¿Acaso es mentira? —
Enzo lo quedó mirando fijamente, disfrutando del desconcierto del cordobés. —Dale, anótamelo nomás. Te prometo que te lo pagaré. —
Julián lo tenía terminantemente prohibido, y lo sabía, pero con ese pelinegro mirándolo de esa manera no sabía cuánto podría aguantar más.
—Y de paso también me anotas el ig. —completó el morocho, obteniendo la reacción que quería de Julián.
Julián sonrió levemente, recordando el pedido del menor hace algunos minutos, pensaba en negarse, no era correcto, pero el chico le insistía tanto que estaba a punto de ceder.
Sin embargo con lo que aún se le hacía difícil lidiar era con aceptar la promesa del morocho de que le pagaría después.
Lo pensó aún más cuando vio la suma total… tal vez no sea tanto… pero sería notorio la ausencia de 10 mil pesos.
Pero ver al morocho ahí parado, con esa cara que parecía estar rogándole por su comprensión… iba a ser difícil.
El silencio entre ambos había vuelto, y eso a Enzo le incomodaba, no era de esos de quedarse callado, pero todo había empezado a fallar en el desde momento en que le fichó el pecho a Julian.
—Mira… —Julian lo sacó de su introspección. —Yo pagaré por tí, pero me lo tendrás que pagar, como dijiste. No quiero ser malo. —explicó el castaño.
Enzo sonrió agradecido, podía darle un abrazo en ese momento si no fuese por qué los separaba ese mostrador. No solo era lindo, era buena persona.
Y fue en ese momento en donde ese interés creció más en él. Julián era tan lindo, físicamente y como persona.
Lo flechó. Nadie que no fuera Julián le habría pagado la compra completa. Lo sabía.
—Sos el mejor, Juli. —Le sonrió. —Te daría un abrazo, pero estás lejos. —
Aunque “lejos” era un decir, lo tenía enfrente.
—No es para tanto. —Pronunció con una sonrisa. —¿Querés que te empaque todo en una bolsa? —
—Sisi, mucha’ gracia’ Juli, bonito. —dijo el morocho, embobado, como si lo que acaba de hacer Julián fuera el acto de amor más grande que alguien haya hecho por él, después de la crianza que le dió su madre.
Julián se volteó al estante tras de él, y se inclinó un poco para tratar de buscar algo en que poner los productos, hasta que encontró una bolsa reutilizable.
Lo que el cordobés no sabía, era que un par de ojos oscuros se posaron sobre esa voluptuosa masa de músculo posterior.
Enzo quitó la mirada por un segundo, pero la volvió a dirigir un momento después, fichando lo mejor que podía ese culo… tan firme, tan redondo y que empezaba a hacer crecer cosas en él.
Se sentía como un como un pelotudo. Como si nunca antes hubiese visto un culo antes, pero la verdad era que no era cualquier culo. Era EL CULO.
Julián estaba dotado de grandes atributos.
La fiesta no le duró mucho a Enzo, y lo agradece porque de lo contrario su amigo de abajo empezaba a buscar por donde tomar aire.
Mira, tengo esto. Julián le mostró la bolsa, notando la mirada desorientada de Enzo, alzando una ceja se dirigió a él. —¿Qué pasó? —dijo con total curiosidad.
Enzo reaccionó al instante, volviendo a mirar a Julián. —No, no. Nada, solo quería darte las gracias y te prometo que lo pagaré. —
Julián ya había terminado de empacar el pedido, y se lo dio en las manos al menor.
—No te preocupes, lo hice porque no soy mala persona. —Justificó, mientras seguía la sonrisa estúpida del morocho con atención. —Esperaré aquí hasta que pagues, y yo te prometo que te daré mi Instagram. Es un trato. —dijo Julián, está vez fue él quien extendió la mano sobre el mostrador buscando estrechar la de Enzo.
Y Enzo cómo pendejo enamorado no se negó, le estrechó la mano con suavidad, permitiéndose sentir cada rasgo de la mano del castaño. La piel suave y para nada rugosa, nada que ver con la suya, y como estaba sudada por los nervios.
—No te voy a quedar mal. —Volvió a prometer, mirándole directo a los ojos.
—Eso espero. —Respondió Julián.
Y sin más Enzo se retiró del establecimiento, con una sonrisa en su rostro y una promesa por cumplir. Si madre se haría muchas preguntas, pero estaría dispuesto a responderlas todas.
En cambio, Julián se quedó ahí. Sin saber qué pensar. El chico le pareció demasiado lindo, era más alto y de pelo negro, su prototipo de hombre. Todo ese interés se vino abajo cuando le dijo su edad, porque sí, solo se llevan un año, pero después era menor de edad.
Iba a pasarle su user solo para ser amigos, pero el otro parecía querer algo más y lastimosamente no se podía.
Enzo camino lo más rápido que pudo hasta llegar a su casa, dió un portazo que se escuchó por todo el inmueble, lo que le aviso a su madre de su llegada.
—¡Mamá! —Llamó. —¡Mamá! —
La señora salió de una de las habitaciones con escoba en mano, ocupándose del quehacer del hogar.
—¿Qué pasó, Enzo? —Respondió. —¿Por qué gritas?
Enzo dejó la bolsa encima de la mesa y se acercó a su madre y la tomó por los hombros, moviéndola con suavidad. —Mamá, creo que me enamoré. —dijo con una gran sonrisa.
La señora Martha parecía incrédula, aunque después de unos segundos largo una carcajada, más como una burla que por alegría.
Enzo frunció el ceño, como ofendido por la risa de su madre. —¿De qué te reís, ma’? —
Martha se le quedó mirando otro segundo más, no lo podía creer. —Ah. ¿Es verdad esto? —bromeó. —Pensé que era una más de tus boludeces. —y se largó otra vez.
Su mamá no lo estaba tomando en serio y por supuesto que eso le ofendía. Cuando él se pone serio es porque es serio.
—Si. Mamá es en serio. No te rías. —Exige y su madre le hizo caso a medias.
Se secó una mínima lágrima que le caía del ojo por causa de la risa. —Bueno, bueno. Contame, ¿a quién le cayó la maldición? ¿Quien es la desafortunada?—rió por última vez.
Enzo decidió ignorar eso último, pues creía que su madre ya no lo haría, sabía que le molestaba que no lo tomaran en serio.
—¿Afortunada… ? Emmm. —Se rasco la cabeza con incomodidad y su madre la vio confundida hasta que la captó. —¿Es un chabón? —preguntó atónita, pero nada molesta.
Enzo solo asintió, y su madre ahora sí lo tomó en serio, no era normal que hablara de mujeres aunque sí lo hacía, ahora que hable de un hombre era completamente desconcertante.
—¿Cómo? ¿Cuándo? —bromeó la mamá. —¿Quién es? — preguntó.
Enzo sentía una sonrisa formarse en sus labios al acordarse en sus labios, eso Martha lo notó y no podía estar más incrédula ante ello.
—El señor Gustavo contrató a alguien para que se encargara de la tienda. —recordó lo que su “re amor” le dijo.
—¿Es del barrio? —preguntó, llegando a una conclusión. —¿El cuti?
Enzo hizo una mueca de asco ante el nombre de uno de sus amigos del barrio, ese vago que nada que ver con el bonito cordobés que atendía donde el señor Gustavo.
—No, mamá. Que asco. —volvió a hacer la mueca.
—Bueno, disculpa. Es que es el que más se ve “así” viste. Con eso que se dice que se ve a escondidas con Lisandro. — dijo Martha contando los rumores sobre el mayor de la familia Romero.
—No, mamá. Nada que ver. —Se negó. —Nada que ver con él. Dios, lo recuerdo y me tiemblan las manos. —
La mamá aún sorprendida expresó. —Bue, calmate un poco que soy tu mamá, no uno de tus amigos guarrangos. —
—Se llama Julián, es el pibe más lindo que han visto mis ojos. —Expresó el morocho, con la mirada perdida en la nada, reviviendo el momento en el que le relojeo todo.
—Y que haces vos fijándote en pibes lindos, ¿ya te viste? —dijo entre risas mientras golpeaba con suavidad el hombro de su hijo.
Le emocionaba un poco a su hijo estar hablando así y mucho más después de casi mandarlo a la tiendita a patadas.
—Necesito buscar un trabajo. —
Y eso sí dejó atónita a Martha. ¿Su hijo buscando trabajo? ¿En qué mundo cabe?
—¿Qué? ¿Trabajo? —Preguntó.
—Si, ma ¿Qué tiene? —
La mamá de verdad estaba sorprendida.
—Necesito conocer a ese muchacho, Enzo. —confesó. —Para que te saque de la casa a trabajar, debe ser una deidad del cielo. —
Enzo rió, porque era verdad.
—Te lo traeré si todo sale bien. Luego te digo contando. — se paró de su asiento.
—Llama al tío Ota, que me consiga trabajo en el taller. —dijo Enzo mientras se iba corriendo a la habitación a hacer quién sabe qué.
—Enzo… ¿Trabajando?... —Susurro.
…
Afortunadamente para Enzo logró conseguir trabajo en el taller con el tío Ota, no era un experto, pero aprendía rápido. La paga era recibida por semana y ni siquiera la había cobrado cuando sabía en donde tendría que gastarlo primero. En ese Cordobés culon que le gustaba, primero le pagaría su deuda y luego lo invitaría a comer un chori o cualquier lugar donde el cordobés quiera.
Apenas tuvo ese dinero en sus manos tomó el colectivo para ir de nuevo a casa. Cuando llegó la mamá lo recibió con el almuerzo hecho, pero no tenía tiempo que perder, necesitaba verlo, había sido una semana eterna sin volver a verlo, no importaba si solo se habían conocido, era como si en otra vida ya se hubieran conocido y en esta su historia apenas iniciaba.
Enzo caminó lo más rápido que pudo, como si no existiera otro lugar donde quiera estar. Como si fuera una necesidad.
Llegó en menos de 5 minutos y pudo verlo ahí, entretenido, atendiendo a lo que parecía ser un chabón del barrio de al lado.
Ni siquiera notó la llegada de Enzo al establecimiento, estaba ocupado tomando la orden del otro, se aprecia ser la compra de mes.
Cuando se puso detrás de este chico escucho algo que no le gustó para nada. Algo que le hizo querer meterse en esa conversación. Aparte con ese que ni siquiera era del barrio.
—Che, bonito. ¿Siempre estás por ahí? —Preguntó el morocho de ojos azules, sonando como queriendo engatusar a Julián, una mala copia de Enzo.
Enzo observaba todo detrás de tipo, como esperando un movimiento que detone lo que Enzo quería hacer.
Darle una piña en la cara a ese falso Turro.
~¿Qué le tenés que decir bonito, logi? ~ pensó.
—Trabajo aquí, claro que estoy todos los días aquí. —dijo con obviedad, a lo que Enzo interpretó como fastidio. Eso era lo que estaba esperando, Julián no le estaba prestando atención, parecía molesto incluso por la interacción.
~Nomá’ hacete el vivo, gil~
—Ummm bueno, entonces creo que tendré que venir más por aquí, si eso significa que veré hermosuras como tú carita, bombón. —
Julián puso una leve cara de asco, casi imperceptible, pero no para Enzo. El si lo vio.
El castaño le entregó el pedido sobre el mostrador, pero el tipo insistía en romper las pelotas.
—Che, ¿ya terminaste? Estoy esperando hace rato y solo estás pelotudeando ahí, nomás. —dijo con fastidio y fue ahí cuando Julián lo vió, y su cara pareció iluminarse por la presencia del morocho, a diferencia de Enzo que parecía querer acuchillar al de ojos azules.
El morocho ojiazul volteó a verlo con desprecio, con un side eye que cualquiera podía notar.
—bueno, nos vemos bombón. Te veo otro día. —dijo el tipo antes de retirase, dejándolos a ambos chicos a solas.
Enzo aún con bronca encima se acercó al mostrador, Julián lo miraba expectante.
—Me voy una semana y ya me andas cambiando por otro, che. Así sos. —dijo como sintiéndose ofendido.
Julián revoleó los ojos con gracia, sabiendo a lo que se refería.
—¿Me estás haciendo una escena de celos? —Bromeó, sonriendo hacia el morocho que no quería verlo aún.
—No sé… ¿estabas haciendo algo malo? —Esta vez sí desvió su mirada hacia él, como buscando una confirmación de que no estaba cómodo con el otro tipo chamuyandole.
—No, ese llevaba aquí hace rato jodiendome. Que bueno que apareciste, la verdad. —confesó. —Pero vos sabes que el vago que me puede decir chamuyos baratos sos vos. —Rió.
Y eso para Enzo fue una declaración de amor disfrazada de chiste.
—¿Y cuando nos casamos, bonito? —
Julián se rió del comentario.
—Me da una re bronca escuchar que te digan bonito. —confesó al recordar las palabras del ojiazul.
Y Julián se le borró la sonrisa y se le empezó a pintar la cara de un bermellón fuerte.
Y Enzo, como aquella primera vez, le alegró tener ese resultado.
—¿Pará, tas loco vos? Chamuyero de cuarta—dijo Julián.
—No, no ‘toy loco, va por ti si. Pero eso de siempre.—Rió pícaramente, como todo Turro chamuyero. —Hoy vine a pagarte… —se interrumpió el mismo. —Pará. ¿Vos me llamaste vago? ¿Quién te dijo eso? —Preguntó, cómo buscando teniendo sospechas, solo alguien lo llamaba así.
Julián rió fuerte. —Tu mamá vino aquí ayer. —
Su madre no soportó la intriga y se puso a indagar sobre ese chico lindo que había hecho a su hijo agarrar la pala y según ella, era totalmente comprensible. Era chico muy simpático y amable. Aparte de todo era hermoso, más de lo que Enzo merecía, de esos estaba segura.
Enzo sonrió incrédulo, pero aún así le sobró tiempo para seguir chamuyando.
—¿Y qué te pareció tu suegra? —preguntó con total interés.
—Muy linda ella. Nada que ver contigo la verdad. —Bromeó. —Jodaaa.
Enzo rió. —Da, sos más malo de lo que pareces, eh. —
Enzo se acordó de su propósito inicial.
—Ah, si. Vino a pagarte los 10 mil pesos. —Dijo mientras buscaba en su bolsillo la cartera con efectivo.
—No, ya está Enzo. —avisó.
—No, si. Tengo que pagarte, no te voy a quedar mal. —Dijo, esta vez sacó algunos billetes de la cartera.
—No, Enzo. De verdad. —Insistió. —Tu mamá lo pagó ayer. —
Enzo se quedó quieto, tratando de procesar eso. ¿Por qué su madre hizo eso?
—¿De verdad? —
—Si, justo ayer me dio los 10 mil y me agradeció por “hacerte agarrar la pala” —Rió.
Enzo se sintió estafado. Estuvo comprometido con pagarle a Julián y justo por eso se puso a trabajar. ¿Por qué su mamá haría eso? Luego le preguntaría.
—Pero… —pensó. —¿Y me pasarás tú insta? —
Y ahí Julian parecía querer cagarse de risa, no por burla, sino por lo tierno que se vio esa secuencia.
Julián decidió desistir a los “encantos” del morocho. —Está bien Enzo. —Y Enzo sonrió, con satisfacción. Sacó su teléfono y entró a la aplicación para entrar al buscador.
—¿Me lo anotás? —preguntó el morocho.
Y esa frase aparecía de nuevo en su conversación, como hace una semana pasó, solo que en circunstancias diferentes.
Julián tomó el aparato y tecleó su usuario.
Antes de pasárselo hizo una pausa brusca. —Pero solo como amigos, Enzo. Tenés 17. —Advirtió. Y Enzo tomó el teléfono, ojeando por encima la foto de perfil, hasta en un pixel se ve lindo.
Enzo lo miró sin rastro de resignación, él sabía que caería en algún momento y se le ocurrió una idea que cambiaría el rumbo.
—Bueno, de hecho en 5 días cumplo la mayoría de edad. —Julian lo miró expectante, como buscando entender a donde iba.
—Quería invitarte a salir ese día. —propuso con confianza.—celebras mi cumple conmigo y luego comemo’ lo que mi mamá prepare en la casa… —
Julián sonrió, ¿ese chico no se iba a rendir?
Julián sonrió con resignación al morocho frente a él y asintió. —Está bien Enzo. Está bien. —Respondió.
—Pero hasta ese día, solamente amigos, eh. —aviso.
Enzo asintió solamente y acercándose suavemente hacia el castaño le dio un beso en la mejilla, uno que Julián no vio venir. —Será la amistad más corta que jamás haya tenido. —Le susurro al oído.
