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¿𝐌𝐢 𝐠𝐚𝐭𝐨? 𝐒𝐞 𝐥𝐥𝐚𝐦𝐚 𝐄𝐧𝐳𝐨 — 𝐎𝐒 𝐉𝐮𝐥𝐢𝐞𝐧𝐳𝐨

Summary:

El gato de Julián se llama Enzo, y este ataca a cualquier hombre que se le acerque. ¿Excepto a su veterinario?

Notes:

Hola JAJAJSJJA
"¿Pero como que volvi? yo no entiendo, si yo nunca me fui."
Att: el que dijo que tomaría un descanso.

Este OS lo cree gracias a mi hermano. Jsjjs ayer adopto un gato y me dijo que le puso Enzo por mí jaja y después me dio esta idea que no se de dónde mrd sacó.

Las misma cosas de siempre. Modismos argentinos, aveces hay errores etc.

Disfruten..

Parte I

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: ¿Mi gato?

Chapter Text

El ronroneo leve se escuchó en la cocina de la casa de Julián, ese felino de pelaje negro acupaba un pequeño espacio abre la mesa en donde se postraba en forma de “pansito” escondiendo sus patitas

Eran muy normales los ataques de ternura que tenía Julián cada vez que lo veía así, está vez solo le dio una pequeña caricia tras las orejas.

Recordó el agua para el mate que tenía calentando y se paró de la silla, y cuando retiró la pava del fuego tomó su teléfono al lado del gatito.

El face ID le permitió entrar de inmediato. Necesitaba hablar con alguien en ese momento, no estaba molesto, estaba asombrado. Ese gato sobre la mesa era el causante de los sucesos que causaban su sorpresa recientemente.

 

Recuerda haber pasado un pésimo día en la facultad, había reprobado un parcial y eso lo hizo querer matarse. Camino por el parque recreativo dentro del campus universitario y notó la gran cantidad de personas, y sobre unas varas de metal el cartel de “Adopta, no compres” estaba escrito en un color café con patitas dibujadas alrededor del texto.

Quizás ver a algunos animalitos le haría alegrar el día, quién sabe, incluso podría adoptar uno y la casa no se sentiría tan sola.

Siguió el camino que llevaba a la entrada del parque y se adentró. Había todo tipo de personas: Mayores, niños, estudiantes y profesores, quien diría que esos seres tan odiosos pudieran sentir empatía por algo (los profesores).

Camino hasta la primera sección en donde habían veterinarios promoviendo la esterilización y castración de los animalitos para una mejor calidad de vida.

Recibió un folleto de información al respecto y lo guardó en su mochila.

Cuando llegó a la segunda sección pudo ver las diferentes exposiciones sobre la importancia de la adopción y los cuidados que se deben tener con los animales “También son seres vivos, y sienten igual que un humano” decía uno de los folletos que le fue entregado por una estudiante de veterinaria.

Camino, leyendo cada uno de los títulos de las exposiciones.
“Alimentación y ejercicio”
“Amor y sentido de pertenencia”
“Protección y lealtad”

Esos fueron los últimos en leer pues siguió caminando hasta llegar a la última sección, la que él tanto esperaba ver.

Al llegar pudo ver a los perritos, de todos los tamaños, unos más pequeños y otros grandes. Se agachó cuando vio un cachorro dormido sobre una camita, no había visto tanta tranquilidad en un ser vivo desde hace mucho. Necesitaba eso.

Con gran cautela extendió su dedo índice hasta la cabecita del cachorro y apenas lo acarició, sintiendo su pelaje suave y liso.

Fue tanto el encanto que sentía que no notó la mirada de la veterinaria, que miraba con atención toda la secuencia. Ella sonrió con ternura, ese chico necesitaba un compañero.

—¿Querés que él sea tu amigo? —Dijo la de pelo castaño, sonriente. Julián dio un mini salto de donde estaba, claramente lo había asustado.

Se incorporó nuevamente, quedando frente a la chica, que por el monte en su uniforme asumió que era Emilia F.

—No, no. Bueno, no sé. —Sonrió. —Nunca he adoptado una mascota. —

Emilia lo miró con compasión. ¿Que tan triste tiene que ser la vida de alguien para no tener una mascota nunca?

Julián lo sabía. Pero no le diría a nadie que sus papás no le daban “distracciones” que podrían influir negativamente en sus estudios.

—Bueno, yo te puedo ayudar a elegir uno y que él o ella te elija a tí. —Dijo, sonriente, sin siquiera preguntar si el castaño quería.

Y no sabía si de verdad quería hacerlo, su vida era demasiada ocupada como para tener que ver por un animalito que necesitaba de su atención, y que él podría no dárselo al cien por ciento.

—B-bueno. —dijo con duda, pues no sabía si sería una buena idea.

Emilia volvió a sonreír, esta vez señalándole el camino qué seguir.

Caminaron hasta llegar a una especie de recepción de donde sobresalen unas páginas, que supuso eran documentos.

Emilia se colocó tras, lo que parecía ser un mostrador, y Julián se puso frente a este, como un cliente buscando un servicio.

La chica sacó un papel y un bolígrafo y lo extendió sobre el mostrador hacia Julián.

Parecía ser un formulario de datos personales, número telefónico, nombre etc. Le parecía una banda, pero no decía nada por qué no sabía nada de adopciones.

Cuando llenó la página que parecía más un doxeo se lo extendió de vuelta a la chica, quien verificó si todos los datos y requerimientos estaban llenos.

Al parecer todo estaba en orden, pues la chica asintió como confirmación. Engrapo la página junto a una diferente en donde el formulario no estaba completado y lo llevó consigo.

—Bueno… —se detuvo a leer el nombre en el formulario. —Julian… vamos a buscar a tu compañero. —dijo mientras comenzaba a caminar.

Julián aún no estaba seguro de lo que hacía, quizás fue muy rápido todo y la chica habló demasiado rápido. Pero ya había llenado un formulario y no le haría perder el tiempo a esa chica.

Emilia lo llevó hasta donde estaban los demás animalitos en adopción. Todos tenían sus collares con sus nombres y una especie de etiqueta sobre su historia antes de ser dados en adopción.

Leyó algunas etiquetas de algunos perritos, apiadándose por la historia que habían pasado. Uno de los tantos perritos había sido abandonados en bolsas en un bosque, quien lo haya hecho había querido asfixiarlo.

Otro perrito había sido rescatado después de sufrir un naufragio donde su familia viajaba, lastimosamente todos ellos fallecieron.

No había historia que lo le conmoviera, incluso se hizo el fuerte para no soltar lágrimas, era realmente fuerte todo lo que un animal tenía que pasar por no tener el amor de un hogar.

—Bueno… ¿Alguno te agradó? —preguntó, mientras cliqueba el mecanismo del bolígrafo en su mano izquierda.

—No- no se, si fuera por mi, me los llevaría a todos. —confesó, riéndose.

Emilia rió con él, pues de verdad se veía muy entusiasmado. Ella se tomó unos segundos pensando en cómo ayudarlo a completar su búsqueda, hasta que en un punto llegó la idea.

—Ya sé. —

Ella pareció buscar algunas preguntas en su mente para así agilizar el proceso. —Mmm…. —

—¿Prefieres gatos o perros? —y Julián se planteó la misma pregunta. Nunca se había tomado el tiempo de pensar en esas cosas.

Emilia, al notar la duda evidente en el rostro de Julian, buscó otra pregunta más fácil de responder.

—¿Cuánto tiempo libre tenés? —

Y ante eso Julián sí tenía una respuesta. La vida universitaria era algo estresante para él, iniciaba desde las 7 de mañana hasta las 1 de la tarde, y eso sin contar con las veces que la pasaba por la biblioteca a estudiar.

—Bueno, no mucho. —dijo el castaño.

Fue entonces que Emilia empezó a descartar algunas ideas. Los perritos eran muy enérgicos, dependían mucho de sus dueños, los ejercicios y la presencia de quién los cuidaba era esencial.

Entonces fue que la idea de un gato llegó a su mente. Los felinos eran más independientes, sí, necesitaban de la atención de su dueño, pero tampoco podrían morir si no estaban por mucho tiempo con ellos.

Si, eso era. A Julián le vendría bien un gato.

—Lo que tu vida necesita es un gato. —Dijo, como encontrando la respuesta a la mayor incógnita.

Julián asintió, aún sin saber por qué un gato, sin embargo se dejó llevar por los conocimientos de la veterinaria. La veterinaria le explicó el porqué de su respuesta y a Julián no le pudo parecer más adecuado.

—No necesitas una carga, necesitas compañía. —Expresó la castaña.

Y fue entonces que Julián lo entendió. Si todo lo que decía la veterinaria Emilia, entonces a él le encantaban los gatos.

—Ven, vamos a ver algunos. —Emilia camino, Julián la seguía con atención y un poco de nerviosismo.

La sección de gatos era la más variada. Había de todos los colores: Naranjas, grises, grises con manchas naranjas, vaquitas, negros con guatesitos y Julián no podía más de la ternura.

En un momento pudo ver un gato naranja que le llamó la atención, parecía inquieto, pero no se la mala manera, era gracioso verlo jugar con un ratón de peluche mientras lo lanzaba al aire y lo volvía a morder.

—¿Cómo se llama este? —Preguntó Julián, maravillado por el felino con el juguetito.

—¿Ese? —Señaló y Julián asintió. —Se llama Koda, tiene seis meses —aclaró.

“Ese era el indicado”pensó, pues le pareció demasiado “él”. Jugando solo.

Iba a confirmarle a la veterinaria que el gatito naranja era el que le había interesado. Sin embargo, justo cuando quería incorporarse, sintió una mirada a lo lejos, una mirada leginada a lo lejos.

Se fijó por el lado izquierdo y derecho de la sección, y no veía nada, o bueno, haya que decidió dirigir la mirada al frente. Y lo vió.

Estaba sentado ahí. Mirándole con esos ojos color amarillos, sentado y moviendo su peluda cola suavemente. Se incorporó, ahora sí, pero para caminar había el gato frente a él, con el pelaje negro.

Llegó hasta él, y el gato aún lo miraba directamente, como captando cada movimiento que hacía el castaño. Emilia, que lo seguía con atención, decidió hablar.

—Ese se llama enzo.—

Y en ese momento Julián se preguntaba quién le pondría a su gato: Enzo. Era un extraño nombre para un gato, o bueno, nunca había oído alguno llamarse así.

El gato le había agradado, la actitud apacible del felino y como parecía prestar atención a sus movimientos, incluso parecía esperar para saltar encima suyo para atacar, sin embargo no se dejó llevar por la apariencia.

Extendió su dedo índice, esta vez sobre la cabecita del gato, que parecía esperarlo porque apenas la piel del castaño hizo contacto con él pelaje negro del felino, este se levantó, buscando aún más el contacto de la mano de Julián.

Julián sonrió ante el acto y ahí captó que lo había elegido y Enzo a él. Emilia lo captó de inmediato, ni siquiera tuvo que preguntar cuando tomó su bolígrafo y empezó a llevar el formulario vacío engrapado junto a los datos de Julián.

—¿Querés venir a casa Enzo? —dijo Julián mientras seguía interactuando con el gatito.

—Tiene 8 meses también. —habló Emilia desde atrás, captando la atención de Julián que le seguía sonriendo al gato.

—Creo que nos llevaremos bien. —admitió Julián y Emilia le sonrió.

 

Luego de completar el papeleo y dar un pequeño donativo a la organización, Julián ya tenía a su nuevo compañero en sus manos. Enzo era extremadamente tranquilo, se dejaba cargar por Julián y ronroneaba cada vez que lo hacía.

Emilia le explicó los cuidados que Enzo necesitaba, que por suerte eran pocos, y además le dió su fecha de nacimiento por si quería saberlo. La organización de adopciones le dió de regalo un arenero y arena para gatos de regalo a Julián, que agradeció por el regalo.

—Enzo fue rescatado de una carretera, era el único que quedaba entre sus hermanitos, que fueron abandonados el mismo día que nacieron. —Emilia sabía lo difícil que había sido para Enzo sobrevivir a eso y le dio mucha alegría que por fin alguien lo quería adoptar.

Eso a Julián le causó molestia, ¿Quién se atrevería a hacer algo así a un ser recién nacido? Era algo tan bajo.

Pero gracias a eso Julián estaba más motivado a darle una mejor vida a Enzo, que para él, se lo merecía. —No se preocupe, lo cuidare muy bien. —dijo Julián mientras tomaba a Enzo entre sus manos, enganchando sus manos entre las “¿Axilas?” Delanteras del gato, dándole un aspecto gracioso a su postura.

—De eso no tengo duda. —dijo Emilia, acariciando levemente a Enzo.

—Es difícil que lo adopten, viste. Siempre los gatitos de este color son satanizados y esas boludeces. —Dijo con lástima.

Después de un rato de conversaciones con la veterinaria, Julián se retiró del campus, quien diría que solo iba a alegrarse el día observando a los perritos y terminó con un gato en sus brazos.

Enzo iba a ser su compañero.

Llegó a su casa una hora después, el tráfico estaba horrible y eso sin decir que la universidad estaba relativamente cerca a su edificio.

Enzo se acomodo en el departamento como si fuera su propia casa, subió por los muebles, se frotó contra todo lo que veía, dejando su olor impregnado y se dejó caer sobre el sillón.

Fue entonces cuando Julián tuvo la idea de ver una película.

Y ahí se quedó dormido. Con la compañía de su nuevo compañero gatuno.

 

Hace un año y medio había comenzado su aventura con Enzo, tenido más buenos que malos momentos. Aunque si lo pensaba bien, los malos momentos eran pocos, pero eran realmente malos.

Hace unos días notó el patrón que el gato llevaba, no con él, sino con los demás.
Y es por eso que necesitaba hablarlo con alguien.

Entró al contacto de Paulo y presionó el botón con un teléfono dibujado.
El primer pitido se escuchó en la cocina, era normal en Paulo no contestar, pero Julián deseaba que no repitiera eso en este momento cuando de verdad lo necesitaba.

—¿Julián? —habló el cordobés de ojos claros del otro lado de la pantalla.

Julián apareció en la pantalla cuando escuchó la voz de su amigo, sentándose en una silla frente al teléfono.

—Paulo. ¿Qué tal? —Saludo Julián.

—Hola. —saludó. —bien, acá noma’. comiendo. —dijo Paula mientras levantaba el Bowl que contenía quién sabe qué.

Julián asintió al respecto. Empezó a cebar el mate sobre la mesa, mientras un agradable silencio se plantó entre ambos, cuando frente a la pantalla de apareció el felino de pelaje negro, sentándose frente a la pantalla.

Y Paulo lo notó. —Hola, Enzo. —Saludó. —Gato del demonio. —Susurró.

Julián lo escuchó al instante, ofendiendose al instante de broma.

—Eeh. No le digas así. —Se quejó. —No lo escuches, Enzo. —amagó con tapar las orejas al gato, sin embargo no lo hizo, sabía que Paula estaba diciéndolo con cierta diversión.

Ambos rieron por lo anterior, lo que les hizo volver a la conversación a la vez. —¿Para que me llamabas, Juli? —

Y Julián no sabía si era una estupidez llamar a su amigo por algo así, pero de igual manera ya lo había hecho, si colgaba ahora le habría hecho perder el tiempo.

—De hecho, es para hablarte del “gato del demonio” —Dijo mientras acariciaba a Enzo, provocando un ronroneo en el otro.

Paulo sonrió, no podía creer que Julián lo llamara por eso, sin embargo era mejor escucharlo hablar de su gato que estar estudiando para los parciales que se aproximaban.

—¿Qué hizo ahora? — preguntó Paula, mirando hacia el felino negro a la derecha de Julián.

Julián no sabía por dónde comenzar, Paulo más que nadie sabía lo que él gato era capaz de hacer y era verdad, pues fue su primera víctima.

—¿Te acordás de la vez en la que viniste a mi casa? ¿Lo que te hizo Enzo esa vez? —y aunque había sido hace más de un año, Paulo lo recordaba a detalle, no olvidará lo que ese “gato del demonio” le hizo pasar en la casa de su amigo.

—No me hagas acordar que me da bronca todavía. —dijo y Julián se rió, a diferencia de Paulo que lo miró con el rostro serio.

—Disculpa. Bueno, ahí es donde empezó todo. —

 

Víctima N°1
Paulo Dybala

 

Julián dejó comida en el plato con las letras de un color metálico que decía “ENZO” en tipografía cursiva. El día sería largo, él y Paulo se citaron en la casa de Julián para estudiar para sus exámenes finales, muy importantes por supuesto. Asique supuso que no tendría mucho tiempo para Enzo, por lo que se encargo de dejar la suficiente comida para que Enzo comiera por el tiempo que le tomaría estudiar.

Después de unos diez minutos sonó la puerta, avisando que Paulo por fin había llegado. Julián se levantó de su silla y se dirigió a la puerta a recibir a su amigo, tras de él caminaba el gato curioso por ver quién visitaría a su dueño.

Cuando abrió la puerta vio a Paulo, sosteniendo una bolsas, con lo que suponía eran alfajores para el mate que había prometido

Se saludaron con un beso en el cachete y los dos entraron y se dirigieron a la cocina hablando de cosas triviales y lo que tenían que estudiar.

Ambos se sentaron en la mesa de estudio de Julián en donde habían ya un montón de papeles regados, sin orden alguno, pero se Julián sabría identificar.

—Esperame. Iré a buscar las cosas pa’ el mate. —Aviso Julián antes de retirarse hacia la cocina, en donde había dejado el termo con agua.

En la mesa solo quedó Paulo, pero unos ojos amarillos lo observaban a lo lejos, él notó esto.

Sabía del gato que Julián había adoptado, pero no sabía que era tan feo. Y como si el gato lo hubiese escuchado se acercó a indagar más al invitado.

Camino hasta llegar a la mesa y salto desde el piso hasta estar en la superficie de madera. Se sentó en un espacio libre de papeles y se quedó observando al cordobés del ojos claros.

Paulo parecía curioso, el gato no solo era feo, sino que le daba miedo. Se lo quedó viendo de la misma manera, y en ese momento llegó Julián.

—Che, ya hiciste una guía para estudiar. —Dijo cargando las cosas, y el termo bajo el brazo.

Paulo dejó de observar a Enzo y dirigió su mirada a Julián. —no, apenas vengo a tocar la libreta hoy. —Confesó, con algo de gracia en su tono.

Julián rió levemente y se sentó sobre su silla, no tan alejado de Paulo. —Ni yo, pero bueno, para eso estamos aquí. —

Paulo notó como los ojos amarillos lo seguían observando con atención. —Tu gato me da miedo, Julián. —Adviso, y Julián rió, porque para él Enzo era un gato demasiado tranquilo para causar miedo.

—No te rías, mira como me está viendo. — señaló al gato sentado, moviendo la cola de un lado a otro, sin perderlo de vista.

Y cuando Julián por fin logró ver a Enzo y su atención peculiar al invitado, lo tomó en sus brazos poniéndolo en su regazo, en donde por fin logró dejar al otro en paz.

—Bueno, ya empezamos. —

Y se pusieron a hacer lo que tenían que hacer, estudiar. Repasaron sus apuntes combinados entre los dos, memorizando cada aspecto de la gramática del inglés, de las contracciones y todos esos temas complicados para cualquiera.

Se cenaron mates entre sí y de vez en cuando contaban uno que otro chisme o anécdota graciosa. Estaban pasando un muy buen momento juntos, era prácticamente difícil no hacerlo después de tener una amistad de 15 años.

Se conocían desde el preescolar y desde ahí no se separaron para nada.

—Che, Paulo. —Llamo Julián. —¿Qué dice Aquí? No entiendo tú horrible letra. —

Julián rió levemente mientras Paulo se acercaba a él, revoleando los ojos, en modo de fastidio, obviamente, fingido.

Se acercó hasta el asiento de Julián, mirando por encima de Julián, quedando en una posición muy cercana, cualquiera vería extraño algo así, pero ellos no. Eran mejores amigos.

Se acercó tanto que quedó con el rostro justo al lado de Julián.

Esto causó una alerta, pero no en ninguno de los dos que estaban ahí sentados. Sino en ese gato llamado Enzo.

Enzo se sentó, aún sobre el regazo de su dueño, y se preparó. Ninguno de los dos amigos sabía lo que vendría.
Cuando Paulo se acercó a la libreta el gato se elevó, con las garras por delante.

Dio un golpe con la pata al rostro de Paulo, provocando un quejido en el otro.

—¡Auch! —Se quejó Paulo. Mientras Julián alejaba al gato de su amigo.

—¿Qué le pasa a tu gato? —dijo tocándose el rostro, notando que en ella habían líneas leves de sangre provocada por las garras del gato.

—No, nunca se pone así. Disculpa, ven creo que tengo un botiquín. —

Y se dirigieron donde se encontraba el botiquín, guardado en un cajón de baño.

Julián sacó una gaza y la mojó con agua oxigenada, ante lo poco que conocía de antibióticos.

El castaño pasaba la gasa sobre la piel de Paulo, mientras este se quejaba por el ardor de la herida. Cuando su mirada se dirigió a la puerta del baño, vio al felino asomarse, como corroborando la presencia del dueño, y se sentó ahí a observarlos, otra vez detenidamente.

—Julián. Tu gato está loco. —fue lo último que pronunció.

 

 

Julián rió ante el recuerdo, pues después de curarle la herida ese día a su amigo se rieron de la situación. Y Paulo no perdió la oportunidad de llamar a Enzo “gato del demonio”.

—No rías. Mira, aún tengo la cicatriz. — señaló a un lado de su mejilla en donde dos líneas cicatrizadas hacían aparición.

—Disculpa, es que fue todo muy gracioso ese día. —rió y Paulo solo revoleó los ojos.

—bueno, eso fue solo el inicio. —Continuó Julián. —Hasta ese momento fue divertido. Después todo fue mal. —

—No me imagino que hizo de peor. ¿Se comió a alguien? —Bromeó Paulo y ambos rieron.

—No, boludo, pero sí fueron peores. —

El mate se había terminado hace un rato, y Enzo seguía ahí, sentado, como vigilante. —No pasó nada más después de eso. Es que sabes que no tengo a mucha gente qué traer a casa. —y Paulo lo sabía, siempre le costó hacer amigos. Era increíble que Paulo siguiera siendo su amigo.

—Pero luego de tres meses conocí a Giuliano. —