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La Loca Princesa Vidente Quiere Sobrevivir

Summary:

El alma de un fan random de la Casa del Dragón transmigra al cuerpo de Rhaenyra Targaryen y, después de entrar en pánico, decide actuar como una loca y lanzar profecías como si no fuera asunto de nadie porque, ya saben, en un mundo oscuro y terrible la nueva Rhaenyra sólo quiere sobrevivir.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter 1: Otto Hightower

Chapter Text

Apretó la mandíbula, descontento por el desganado discurso nupcial del rey.

Viserys Targaryen apenas actuaba como un novio; más parecía un hombre obligado a casarse que un recién casado dichoso. La preocupación por su hija mimada lo tenía así.

La princesa había caído enferma, presa de una terrible fiebre semanas después del anuncio de la boda del rey con Alicent. Parecía que la desdichada moza enfermó a propósito, casi deteniendo los preparativos nupciales, lanzando sombras sobre el triunfo creciente de los planes de Otto.

El ánimo del rey se había amargado y Alicent se sintió culpable.

La única razón por la que Viserys no retrasó la boda o la canceló fue porque el nieto de Otto ya crecía en el útero de Alicent.

Durante la enfermedad de la princesa, Otto había orado como pocas veces en su vida.

Imploró al Extraño que tomara a la chica, que se llevara de una vez por todas el último estorbo en sus planes. Con Rhaenyra muerta, él no tendría que esperar al nacimiento de su nieto para manipular a Viserys en cuanto al reordenamiento de la sucesión.

No sería difícil con Rhaenyra viva, pero ciertamente le ahorraría energía.

Sin embargo, ella se recuperó.

La fiebre cesó y ella despertó una semana antes de la boda.

Despertó en trance, como si no reconociera los rostros que la rodeaban, como si desconociera todo lo que conocía desde su nacimiento. Ella se echó a reír, entonces a llorar y, finalmente, comenzó a gritar.

Actuó como una loca.

Se encerró en sus aposentos, apenas comiendo, apenas viendo a nadie, sin correr a su dragón.

¿A qué dragón iba a correr? Según los Guardianes de Dragones, la bestia amarilla había reaccionado al despertar de su jinete con ira y dolor, tal como los registros de antaño explicaban el luto de los dragones tras la pérdida de sus jinetes.

Rhaenyra no se enfadó o entristeció cuando el rey le informó, ella simplemente se quedó en silencio y frunció el ceño.

Mellos lo atribuyó a una conmoción, a que la fiebre había trastocado algo en la mente de la princesa.

El rey estaba devastado.

La culpa de Alicent, su sensible y tonta hija, se duplicó.

Otto lo tomó como un buen augurio.

—Por la reina Alicent —el rey terminó el brindis, incapaz de fingir una sonrisa y bebiendo un débil sorbo de vino.

— ¡Por la reina Alicent! —vitoreó el contingente Hightower y sus vasallos.

Le hicieron eco, en partes reticente y en parte insincero, el resto de los invitados.

Sólo la mitad de los reinos se presentaron.

El Valle fue flagrante en su desaire, abiertamente defenestrando la segunda boda del rey por acortar el luto de su reina, insultante y traicionero al, además, detener los tratos comerciales con la capital y la Casa Hightower. Viserys, el idiota, se había negado a tratar el asunto como lo que era, un desafío a su autoridad; no exigió, no sancionó, lo aceptó. El rey agachó la cabeza por culpa hacia Aemma Arryn. Esa mujer cuya utilidad sólo demostró con su muerte, allanando el camino para que la sangre de Otto se siente en el Trono de Hierro. Ella apenas valía las concesiones que el rey hacía en su nombre.

Los norteño tampoco se presentaron, Lord Stark se disculpó atañendo el invierno que se acercaba. Otto tuvo que morderse la lengua pues los malditos cuervos blancos de la Ciudadela eximían de cualquier sanción a esos salvajes, incluso si existían sospechas de que tampoco estaban conformes con el nuevo matrimonio del rey, tal como los malditos Tyrell, ofendidos porque un Hightower había alcanzo más que ellos.

Como si la opinión de las ovejas importara.

Dijeran lo que dijeran, Alicent ya era la reina, el nieto de Otto gobernaría un día.

No importaban las rabietas de los Arryn, los Velaryon y los Tyrell, ya estaba hecho.

Alicent era reina y pronto alumbraría al futuro rey.

— ¡Princesa Rhaenyra Targaryen! —se escuchó el anuncio apresurado del heraldo.

Las puertas del Gran Salón fueron abiertas y Rhaenyra apareció.

Ella apareció como un espectro; pálida, ojerosa, sudorosa y despeinada, descalza y vistiendo un camisón arrugado, acunando muñecas en sus brazos. Y avanzaba con aire ominoso, pasos llenos de seguridad y una extraña energía juguetona, indiferente a la escandalosa escena que estaba montando.

Ella cantaba algo extraño en voz baja, pronunciando las palabras en un tono que enchinaba la piel de Otto.

London bridge is falling down,

falling down, falling down.

London bridge is falling down,

My faire lady.

— ¡Mi hija! —Viserys bajó su copa, luciendo a punto de salir corriendo hacia ella.

Otto no podía permitirlo.

—Su Gracia, parece que la princesa no se encuentra bien —hizo una seña a los guardias siempre bajo su mando —. Lo más apropiado es llevarla de regreso a sus aposentos para que el Gran Maestre la atienda.

Mellos la dormiría con suficiente leche de amapola, se aseguraría de ello.

—Cuatro hijos te dará tu nueva esposa, padre —la voz de la princesa resonó sin esfuerzo, acallando los cuchicheos que la siguieron en su recorrido por el pasillo central —. Lo sé. Lo vi.

Ella evitó ser agarrada por el par de guardias que Otto envió, escurridiza como nunca la creyó.

Ser Criston evitó que volvieran a acercarse a su protegido y Ser Harrold ya había avanzado para custodiarla.

Build it up with iron bars,

Iron bars, iron bars.

Build it up with iron bars,

My faire lady.

— ¿Lo viste? ¿De qué hablas, Rhaenyra? —el rey detuvo toda intención de dejar la mesa para alcanzarla, en favor de aguardar su acercamiento e interrumpiendo el canto.

—Igual que vi los ojos azules envueltos en vientos de invierno, vi a tus futuros hijos —hablaba ausentemente, pero resuelta, con la mirada fija en algún punto inexacto, viendo más allá.

— ¿El Sueño de Aegon? —susurró el rey entrecortadamente —. Rhaenyra, ¿acaso tú-

—Y te vi, padre, dando la orden para que un hombre de túnicas grises masacrara a un halcón debilitado —el rey palideció, Otto compartió una mirada con Mellos, sentado en una mesa baja —. Una reina cortada como un pez por sugerencia de una rata, por apoyo de una mano, por orden de un dragón sin alas y sin colmillos.

Susurros comenzaron.

—También vi a una pequeña torre —Rhaenyra llegó a las escalinatas que conducían a la Mesa Alta, deteniéndose justo en medio, clavando sus antinaturales ojos en la hija de Otto —. La torrecita vestía los vestidos de su madre, se recogía el cabello y acunaba un libro en sus brazos para visitar a un wyrm afligido bajo el amparo de la noche.

Alicent palideció y se llevó las manos a la boca.

Los susurros escandalizados se hicieron más fuertes.

—La princesa no se siente bien, Ser Willis, escóltela a sus aposentos —ordenó de inmediato.

Ser Willis fue detenido por Ser Lorent —. El rey no ha dado ninguna orden.

Él tendría que irse, así como Sers Harrold y Cole, quienes ya habían dado alcance a la princesa, pero no para contenerla, sino para protegerla.

—Mi rey-

Otto fue interrumpido por la maldita chica que siguió hablando.

—Cuatro hijos le darás al rey, Alicent —ella comenzó a subir las escaleras —. Tres varones y una mujer. Tu primogénito llevará el nombre del Conquistador, tendrá tu rostro y el color de los dragones, será un borracho y un violador. Tu hija, hermosa como tú, dulce como pocas e infeliz por tu causa. Tu segundo hijo, un erudito y un espadachín, celoso y envidioso, un asesino de parientes. Y tu tercer hijo, una oveja olvidable y, aun, el mejor de tu prole.

— ¡Cómo te atreves! —Alicent, pese al miedo, arremetió —. ¡Irrumpes en mi boda, maldices a mis hijos, tú-

—Ya esperas al primero —Rhaenyra la interrumpió, deteniéndose con el estómago rozando el filo de la mesa —. Un bastardo concebido por la sangre de doncella derramada sobre la sangre de parto de una reina.

Alicent trastabilló hacia atrás, cayendo con fuerza en su silla, agarrándose el vientre. La palidez dio paso al rojo furioso de la humillación.

Idiota, maldita idiota, Otto quiso regañar.

—Rhaenyra, por favor —el rey dudó en qué decir, conmocionado y escandalizado a partes iguales.

—Cuatro hijos te dará Alicent, padre —los ojos lilas eran desapasionados, centrándose en los ojos del rey —. Un libertino —ella vertió el vino de Alicent sobre la muñeca, dejándola escurrir descuidadamente en el centro de la mesa —. Una loca desdichada —la segunda muñeca la soltó estirando el brazo completamente sobre su cabeza, el sonido de la porcelana rompiéndose con fuerza contra la piedra hizo estremecer a todos en la Mesa Alta  —. Un matarreyes —una muñeca más, dejada caer sin cuidado dentro de una jarra de vino, debería ser imposible dada la poca profundidad y tamaño, pero un chapoteo resonó en el silencio del Gran Salón —. Y un carnicero —la última muñeca fue incendiada por una vela cercana y colocada sin cuidado en una bandeja cualquiera, provocando conmoción por las llamas que se hacían más grandes.

Otto tuvo que gritar por agua, pero nadie se movió.

— Usurpadores, todos ellos —Rhaenyra, entonces, agarró una pierna del pollo asado que permanecía completo cerca de ella, arrancándola con fuerza y produciendo un ruido grotesco que provocó arcadas en algunos invitados —.Tus hijos matarán a mis hijos, padre, Alicent —una mordida descuidada a la pierna, manchando de grasa las mejillas —. Tu primogénito varón me matará.

Ella alcanzó distraídamente la copa del rey, mirando las llamas que se reflejaban salvajemente en sus ojos.

—No quiero eso —bebió hasta la última gota y dejó que la copa se deslizara de sus dedos, cayendo al suelo con un sonido tintineante que se sintió como una maldición —. Ya no soy tu heredera —sonrió al rey y dio media vuelta —. Desde hoy ya no soy tu heredera.

Entonces ella comenzó a irse, canturreando entre bocados de pollo lo que debía ser la continuación de la inquietante canción desconocida.

Iron bars will bend and break.

Bend and break, bend and break.

Iron bars will bend and break,

My faire lady.

Un silencio conmocionado la siguió hasta que atravesó las puertas.

Una vez que desapareció de la vista, los ojos de todos los invitados y los sirvientes se clavaron en Alicent y el rey.

El silencio se volvió opresivo y, finalmente, una cacofonía de voces se desató.