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Illi estaba segura que su yo del pasado no pensaba que su vida iba a ser así. A los dieciocho años, apenas salida de la secundaria, dedicarse al arte le había parecido la mejor idea del mundo. Es lo que siempre había querido hacer, que siempre le había apasionado, ¿por qué lo dudaría?
El año después de egresarse de senior, Illi se lanzó directo al arte y se mudó sola a un departamento en Nueva York. Sorpresivamente (porque en Belleville Prep nunca había sido buena alumna), fue muy dedicada desde su primer día de universidad. Quizás demasiado dedicada. Cuatro años después, se graduó con un bachiller en bellas artes y un major en ilustración de caricaturas. Estaba exaltada. Si hubiera sido por ella, habría empezado a trabajar el instante que salió de esa universidad, pero su familia tuvo la compasión de aconsejarle que buscara experiencia antes de mandarse alguna.
Unos años haciendo una pasantía en una editorial de cómics, e Illi no sentía que estaba haciendo algo que realmente le gustara. Intentó escribir e ilustrar sus propios cómics, incluso tuvo un par de ideas para series animadas, pero ninguno llegaba a nada. Desesperada por hacer algo con su vida, Illi se consiguió un trabajo de artista de storyboard— el único disponible en su momento— en un pequeño estudio de animación en Ciudad de Nueva Jersey. Estaba conforme— no feliz, pero conforme.
En la adolescencia uno no pensaba, realmente, si lo que estudiaría le iba a convenir en el futuro o no. Illi estaba un poco enojada con su yo de dieciocho por eso, pero ya no iba a hacer nada. No sentía que tomar el riesgo de renunciar a su trabajo valiera la pena.Tendría que vivir su vida resentida con Illi de 2005.
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En el presente, Illi estaba teniendo una mañana de mierda— tan sencillo como eso.
El despertador había sonado, como siempre, a las 6:30 AM. Asumió que había dormido doblada o en una posición extraña, porque la espalda la estaba matando de dolor. Caminó desganada hasta el baño, buscando con vista borrosa el frasco de ibuprofeno. Lo abrió y estaba completamente vacío. La puta madre. Bueno, iba a tener que esperar a salir para comprar más, podía vivir con un dolor de espalda un poco más fuerte de lo normal.
Se cambió rápido y fue directo a la cocina para hacerse un café: un ritual sagrado que no se podía saltear. El sol matutino, traidor como él solo, evitó que notara, hasta que intentó encender la cafetera, que se había ido la luz. A Illi le dió vergüenza admitir lo mucho que eso la hizo enojar. Tenía una adicción poco sana al café— debe de ser un problema familiar, porque Mikey era igual que ella. Por esta razón, Illi no podía ni pensar en la posibilidad de simplemente no tomar café, y tomó la decisión de hacer algo que no había hecho en años: ir a un Starbucks a comprar el café.
Cuando llegó al local, Illi tuvo menos dudas todavía de que hoy era el peor día de su vida— tenías que tener una mala suerte solo como la de ella para que el día que se te corta la luz, el lugar a donde vas a comprar café esté hasta las manos de gente. La fila parecía que le daba una vuelta completa a la manzana (en realidad solo estaba casi afuera de la puerta.)
No importaba que había salido más temprano de lo normal de su casa, Illi ya estaba llegando tarde, e iba a llegar tardísimo por el simple hecho de seguir en el Starbucks. No ayudaba que iba a comprar café para todos en su oficina, porque si se compraba a ella sola se iba a sentir como una forra.
La fila avanzaba lentísimo, aunque Illi veía al menos cinco personas detrás del mostrador. Prendía el celular cada dos segundos, se fijaba la hora como si a este punto le importara llegar tarde o no— podía contar con sus dos manos la cantidad de veces que había llegado puntual al trabajo. Al fin la atendieron, quince minutos después, y trató de no ser una hija de puta con los empleados solo porque se había levantado con el pie izquierdo— que de esas personas había muchas, e Illi las odiaba con pasión. Pidió la docena de cafés, tratando de que no le dé vergüenza como la cajera la miró con preocupación. Ya estaba grandecita como para que le den pena estas cosas.
Salir de la fila fue incluso peor que estar en ella: había gente por doquier y no había un minuto en el que los trabajadores no estén llamando nombres. Por esto es que se hacía café en su casa en vez de comprarlo (eso además de no tener que llevar una docena de vasos de cartón al laburo.)
Se volvió a fijar la hora: media hora desde que tendría que haber llegado al trabajo. Illi pensaba la milésima excusa que darle a su jefe cuando escuchó su nombre.
“¿Orden para Illi McMillin?” Le dió un escalofrío escuchar su nombre. No sabía por qué siempre decía su nombre completo, era algo que casi nadie más hacía y la dejaba a ella diferente a los demás, e Illi odiaba resaltar (razón número tres por la que no le gustaba venir a estos lugares.)
Fue rápido al mostrador, tratando de descifrar, en menos de treinta segundos, cómo cargar con la pila enorme de vasos de café sin dejar caer ninguno de ellos y, consecuentemente, perdiendo plata. Le dijo un “gracias” bajito al empleado y agarró, desconfiada, la torre de cafés. Estaba segura que se le iban a caer— y seguramente se le hubieran caído, si la voz que escuchó a continuación hubiera venido un segundo después.
“¿Illi?”
