Chapter Text
Gerard siempre se despertaba antes que el despertador.
No era una decisión consciente, ni siquiera un hábito que hubiera elegido. Era más bien una respuesta del cuerpo, como si algo dentro de él se negara a relajarse del todo. Incluso dormido, permanecía atento. Como si en cualquier momento algo pudiera fallar.
Abrió los ojos lentamente.
Vió el techo.
Blanco, con una pequeña grieta en la esquina que había notado meses atrás y nunca había arreglado. A veces pensaba en hacerlo. La mayoría del tiempo, simplemente lo olvidaba.
O elegía olvidarlo.
El departamento estaba en silencio.
Pero no era un silencio tranquilo.
Era uno suspendido.
Como si todo estuviera esperando.
Giró la cabeza hacia el pasillo. La puerta de la habitación de Miles estaba entreabierta. Una línea oscura que parecía más profunda de lo que debería. Y, sin poder evitarlo, Gerard sintió cómo su cuerpo se tensaba apenas.
Siempre era así.
Antes de saber.
Antes de escuchar.
Antes de confirmar.
Se incorporó despacio, sintiendo el frío del piso en los pies. El contacto lo terminó de despertar. Se pasó una mano por la cara, arrastrando el cansancio que ya parecía instalado de forma permanente.
Caminó en silencio, cada paso medido, como si el ruido pudiera romper algo invisible.
Empujó la puerta apenas.
Miles estaba enredado entre las sábanas; una pierna afuera, el brazo doblado debajo de la almohada y el pelo cayendo sobre su cara.
Gerard se quedó quieto, mirándolo.
Había aprendido a hacer eso.
A observar sin intervenir.
A detectar los cambios mínimos.
Se acercó y se sentó en el borde de la cama. El colchón cedió bajo su peso.
Miles se movió.
Frunció el ceño.
-Miles... -susurró.
Un sonido leve.
-Papá...
-Es hora de levantarse.
Silencio.
Miles no abrió los ojos, pero su respiración cambió.
Gerard esperó.
Y en ese pequeño instante...
Lo supo.
-No me siento bien.
La frase cayó suave.
Pero repetida.
Gerard cerró los ojos un segundo.
No con enojo.
Sino con esa mezcla incómoda de duda y cansancio.
-¿Qué te duele? -preguntó.
Miles dudó.
Siempre dudaba en esa parte.
-La panza...
Gerard lo observó con atención.
Buscando algo.
Cualquier señal.
Apoyó la mano en la pequeña frente.
Normal.
-¿Mucho?
-Sí...
La voz de Miles era pequeña.
Y eso le dolía más que cualquier respuesta.
-¿Desde cuándo?
-Desde... recién.
Gerard bajó la mirada.
-Hoy tenías educación física, ¿no?
Miles dudó.
-Sí...
Silencio.
Gerard se inclinó un poco más.
-Miles...
El niño abrió los ojos.
-Podés decirme si no querés ir.
Eso lo descolocó.
Se notó.
-No es eso...
Pero no sonó seguro.
Gerard sostuvo su mirada, sin apurarlo.
-Entonces contame qué es.
Miles miró hacia otro lado.
Al techo, a la pared y a cualquier lugar que no fuera Gerard.
-No sé.
Gerard suspiró.
No era verdad, Pero tampoco era una mentira completa.
-Podemos quedarnos hoy -dijo finalmente.
Miles asintió de inmediato.
Demasiado rápido.
Alivio.
Gerard lo vio.
Y algo dentro suyo se tensó más.
No era solo la panza.
Se quedó un momento más.
-Pero... Vamos a ir al médico.
Miles lo miró, entre nervioso y asustado.
-Pa...
Gerard lo cortó
-Es eso, o ya mismo te vas a cambiar y te llevo a la escuela, vos decidís.
El niño solo miraba la pared, en silencio
-Esta bien.
-Eso pensé, ahora, ¿Querés que te traiga algo?
-¿Tostadas?
-Sí.
-¿Y jugo?
-También.
Miles dudó.
-¿Te quedás conmigo un rato?
Gerard sintió ternura y a la vez, dolor.
-Sí.
Se acomodó mejor.
Miles apoyó la cabeza en su brazo.
El contacto era liviano.
Pero suficiente.
-Papá...
-¿Sí?
-¿Vos te enfermabas para no ir a la escuela?
Gerard dejó escapar una pequeña risa.
-A veces.
-¿Y funcionaba?
-No mucho.
Una sonrisa breve.
Compartida.
-A mí sí -murmuró Miles.
Gerard no respondió enseguida.
-¿Y te gusta eso?
Miles dudó.
-No...
Pausa.
-Pero tampoco me gusta ir.
Silencio.
Gerard lo abrazó apenas más fuerte.
-En marcha, muchacho, vamos a preparar ese desayuno -dijo.
En la cocina, el sonido de la tostadora llenó el espacio vacío.
El aroma del pan caliente se expandió lentamente, mezclándose con el olor del café frío.
Gerard se movía en automático.
Pero su cabeza seguía en la habitación.
¿Cuándo empezó esto?
Sirvió el jugo, apoyó el plato y miró la mesa.
Dos lugares.
Siempre dos.
Y sin embargo...
Últimamente sentía que algo no alcanzaba.
Sacudió la cabeza.
Cuando volvió al living, Miles estaba en el sillón, con una manta encima y un cuaderno apoyado sobre las piernas.
Dibujando.
Con concentración.
Demasiada.
-¿Qué hacés?
-Nada...
-Eso no es nada.
Miles giró el cuaderno.
-Un robot.
Gerard se sentó al lado.
-Está bueno.
-Es un robot que no tiene que ir a la escuela.
Gerard lo miró.
-Suena bastante conveniente.
Miles se encogió de hombros.
-No se siente raro.
Esa palabra otra vez.
Gerard apoyó el brazo en el respaldo.
-¿Vos te sentís raro?
Miles siguió dibujando, pero ahora más lento.
-A veces...si
Gerard asintió.
No hacía falta más, por ahora.
El resto de la mañana pasó lento.
Demasiado ordenado.
Demasiado tranquilo.
Cerca del mediodía, Gerard tomó el teléfono. Lo sostuvo unos segundos, pensando si debía o no, pero finalmente, marcó.
-Consultorio pediátrico, buenos días.
-Hola... quería sacar un turno.
Mientras hablaba, Miles levantó la vista.
Lo observó sin interrumpir, pero escuchando lo que hacía su padre.
-Para mi hijo -continuó Gerard-. Está teniendo dolores de panza frecuentes.
Pausa.
Escuchó.
-Sí, hoy está bien. Muchas Gracias.
Colgó.
El teléfono quedó unos segundos más en su mano.
-¿Tenemos que ir? -preguntó Miles.
-Sí.
-¿Y si se me pasa?
-Puede pasar.
-Entonces no hace falta...
-Hace falta igual, y sin peros, terremoto.
Miles suspiró y se dejó caer contra el sillón.
-No me gustan los médicos.
Gerard dudó.
-Este sí te va a gustar.
La frase salió sola.
-¿Por?
Gerard apoyó los codos en las rodillas.
Pensó.
-Porque... -empezó- ...es bueno con los chicos.
Miles lo miró.
-¿Cómo sabés?
Gerard dudó.
-Porque si, ahora dale, levántate y anda a cambiarte así vamos, que se nos va a hacer tarde.
Miles no protestó.
Y eso, definitivamente, era una señal.
El departamento era pequeño, pero acogedor. Había juguetes en una esquina del living, libros desordenados sobre la mesa y una pila de ropa que Gerard había prometido doblar la noche anterior.
Promesa incumplida.
Como tantas otras pequeñas cosas.
-Ponete esto -dijo, alcanzándole ropa a Miles.
El niño obedeció sin quejarse, lo que solo reforzaba la sensación de que algo no era del todo "actuado".
Gerard se cambió rápido, mirándose apenas en el espejo del baño; Ojeras, cabello desordenado, expresión cansada.
-Podría ser peor -murmuró para sí.
Siempre podía ser peor.
El camino al consultorio fue tranquilo.
Demasiado tranquilo.
Miles miraba por la ventana del auto, apoyando la frente contra el vidrio, dibujando líneas invisibles con el dedo.
Gerard lo observó de reojo.
-¿Te duele mucho?
Miles dudó.
-Ya no tanto...
Gerard apretó un poco el volante.
-Miles...
-Pero antes sí -se apuró a decir.
No dijo nada más.
El consultorio pediátrico estaba en una calle tranquila, con árboles que empezaban a perder hojas. Gerard estacionó y bajó del auto, rodeándolo para abrirle la puerta a Miles.
-Vamos.
La sala de espera tenía ese típico olor a desinfectante mezclado con algo dulce, como si intentaran hacerlo más amigable para los chicos. Las paredes estaban pintadas con colores suaves, y había dibujos de animales pegados por todas partes.
Miles se sentó en el piso, tomando un juguete sin preguntar.
Gerard se dejó caer en una silla, mirando alrededor.
Madres. Padres. Niños llorando. Otros riendo.
Vida y normalidad.
Algo que él todavía estaba aprendiendo a sostener.
Sacó el celular, pero no lo desbloqueó. Solo lo sostuvo, como una excusa para no pensar demasiado.
-Miles Way.
La voz lo sacó de su trance.
Gerard levantó la vista.
Y lo vio.
El pediatra.
No sabía exactamente por qué, pero lo primero que notó fue su sonrisa. No era exagerada ni forzada. Era tranquila. Natural.
Después, la forma en que se inclinó apenas hacia adelante, mirando directamente a Miles.
-¡Hola, Soy Frank! -dijo-. ¿Cómo estás?
Miles se levantó, todavía con el juguete en la mano, y se escondió en la piernas de su padre, mirándolo.
-Venis por la pancita rebelde ¿Verdad?-
Miles lo miró
-Si...
-Uf, esas son las peores- Dijo Frank, haciendo una mueca leve- siempre hacen lo que quieren.
Miles suelta una pequeña risa
-Si me duele, pero poco...
Frank asintió con total seriedad, como si fuera algo importante de verdad.
-Entonces vamos a revisarlo.
Gerard se puso de pie, siguiéndolos.
Y algo, muy leve, cambió en su día.
El consultorio era cálido. No solo por la temperatura, sino por la forma en que estaba organizado. Había dibujos pegados, una pequeña estantería con libros infantiles y un escritorio que no parecía una barrera, sino parte del espacio.
Miles se sentó en la camilla.
Frank se acercó.
-A ver... contame -dijo suavemente.
Miles empezó a explicar, con más detalles de los que había dado antes.
Gerard se cruzó de brazos, apoyándose contra la pared.
Observando, escuchando, y, sin darse cuenta, prestando atención no solo a su hijo... sino a Frank.
A cómo escuchaba.
A cómo no interrumpía.
A cómo hacía que todo pareciera sencillo.
-¿Te duele acá? -preguntó Frank, apoyando suavemente la mano.
Miles asintió.
-¿Y acá?
Negó.
-Bien...
Frank continuó con la revisión, tranquilo, escuchando atento al pequeño.
Gerard no pudo evitar pensar:
Es bueno.
No solo como médico.
Sino... en general.
-No parece nada grave -dijo Frank finalmente-. Probablemente sea algo pasajero.
Gerard asintió, relajando apenas los hombros.
-Menos mal...
-¿Le pasa seguido?
Gerard dudó.
-Sí... a veces.
Frank lo miró, curioso pero sin juzgar.
-A veces no sé si está realmente enfermo... o si solo no quiere ir a la escuela -admitió Gerard.
Frank sonrió levemente.
-Es bastante común.
-¿En serio?
-Sí. Los chicos no siempre saben explicar lo que sienten... y a veces usan el cuerpo para hacerlo.
Gerard lo miró, procesando eso.
-¿Decís que...?
-No necesariamente está "mintiendo" -aclaró Frank-. Puede que sienta algo... pero no sea físico.
Silencio.
-La escuela, por ejemplo -añadió.
Gerard bajó la mirada.
-Puede ser...
-O simplemente... necesita más tiempo con vos.
Esa frase lo golpeó más de lo que esperaba.
-Estoy intentando hacerlo bien -dijo, casi en voz baja.
Frank lo sostuvo con la mirada.
-Se nota.
Y esa vez, Gerard no supo qué decir.
Cuando salieron del consultorio, Miles parecía completamente recuperado.
-¿Ves? Ya no me duele -dijo, saltando apenas.
Gerard lo miró.
-Qué rápido.
Miles sonrió.
Y por primera vez en el día, Gerard no se molestó.
Solo suspiró.
-Vamos a casa.
Pero mientras caminaban hacia el auto, algo se quedó dando vueltas en su cabeza.
La voz de Frank.
Esa forma de hablar.
Esa forma de... verlo.
Esa noche, después de acostar a Miles, Gerard se quedó en el living con una taza de café frío entre las manos.
El departamento estaba en silencio otra vez.
Pero ahora no era el mismo silencio.
Era uno lleno de pensamientos.
Se recostó en el sillón, mirando el techo.
-Se nota.
Repitió la frase en su mente.
Hacía mucho que nadie le decía algo así.
Hacía mucho que nadie... lo veía de esa forma.
Cerró los ojos.
Y sin quererlo demasiado...
Pensó en Frank.
En su sonrisa.
En su voz.
En cómo había hecho que un día común, uno más de tantos... se sintiera un poco diferente.
Abrió los ojos lentamente.
-No -murmuró- No empeces.
Pero ya era tarde.
Algo había empezado, Aunque fuera pequeño, aunque fuera apenas un pensamiento.
En la habitación de al lado, Miles dormía profundamente; Sin dolor de panza, sin preocupaciones.
Y sin saber...
Que tal vez, solo tal vez...
Esa mañana no había sido solo otra visita al médico.
Sino el comienzo de algo mucho más grande.
