Work Text:
El fuego siempre estuvo presente en mi vida.
No como poder… no como orgullo… sino como algo que debía dominar… o que me consumiría.
Desde pequeño supe que no era suficiente.
Mi padre nunca tuvo que decirlo directamente. No hacía falta. Bastaba con su mirada… fría… evaluadora… siempre esperando más de lo que yo podía dar.
Mientras que a Azula…
a ella la miraba distinto.
Con orgullo.
Con certeza.
Ella no fallaba.
Yo sí.
—
Entrenábamos juntos algunas veces.
O más bien… yo intentaba seguirle el ritmo.
Azula aprendía rápido. Demasiado rápido. Sus llamas eran precisas, controladas… casi perfectas.
Las mías…
inestables.
Torpes.
Insuficientes.
—
—Más concentración, Zuko —decían los maestros.
Pero no importaba cuánto lo intentara…
nunca era como ella.
—
Mi madre… Ursa… decía otra cosa.
Decía que yo tenía un corazón bueno.
Que eso importaba.
Pero en la Nación del Fuego…
eso no significaba nada.
—
Recuerdo la última vez que la vi.
No hubo despedida.
No hubo explicación.
Solo… desapareció.
Y con ella… la única persona que alguna vez me miró sin decepción.
—
Después de eso…
todo fue peor.
—
Mi padre… Ozai… dejó de intentar siquiera ocultarlo.
Ya no había correcciones.
Ni paciencia.
Solo distancia.
Como si yo ya no valiera la pena.
—
Y Azula…
ella lo notó.
Siempre lo notaba todo.
—
—Padre dice que naciste con suerte de que no te haya descartado —me dijo una vez, con esa sonrisa suya.
No supe qué responder.
Porque una parte de mí…
creía que tenía razón.
—
Mi tío, Iroh, venía de vez en cuando.
No se quedaba mucho.
Era un general.
Tenía una guerra que pelear.
Pero cuando estaba…
era distinto.
—
No me miraba como los demás.
No veía errores.
No comparaba.
—
—El fuego no es solo destrucción —me dijo una vez—. También es vida.
No entendí lo que quería decir.
No en ese momento.
—
Porque todo lo que yo conocía del fuego…
era fracaso.
—
A veces me traía pequeños regalos.
Historias.
Consejos.
Pero luego se iba otra vez.
Y todo volvía a ser igual.
—
Yo…
volvía a ser el hijo que no era suficiente.
—
Tenía once años…
y ya sabía exactamente quién era en ese mundo.
—
No el heredero perfecto.
No el orgullo de mi padre.
—
Solo…
el error que nunca desaparecía.Todo cambió ese mismo año.
Como si el mundo hubiera decidido… romperse de golpe.
—
La noticia llegó como un susurro al principio.
Lejano.
Irreal.
Mi primo… Lu Ten… había muerto.
Durante el asedio a Ba Sing Se.
—
Recuerdo el silencio en el palacio.
Nadie gritó.
Nadie lloró frente a mí.
Pero se sentía…
como si el aire se hubiera vuelto más pesado.
—
Mi tío, Iroh…
no volvió de inmediato.
Cuando lo hizo…
ya no era el mismo.
—
Sus hombros… estaban caídos.
Su mirada… vacía.
No dijo mucho.
No hizo falta.
Había perdido a su hijo.
—
Y esta vez…
no volvió a irse por trabajo.
Se quedó.
Pero estaba… ausente.
—
Yo quería acercarme.
Decir algo.
Pero no sabía cómo.
—
Así que lo observaba…
desde lejos.
—
Y entonces…
todo empeoró.
—
Mi padre…
Ozai…
vio una oportunidad.
—
No lo entendí en ese momento.
Solo escuché fragmentos.
Susurros entre paredes.
—
Que Iroh había fallado.
Que un general que perdía a su hijo… no podía gobernar.
Que la Nación del Fuego necesitaba fuerza.
—
Y luego…
la noche.
—
Desperté por voces.
Discusiones.
Mi madre… Ursa… estaba con él.
Con mi padre.
—
No escuché todo.
Pero sí lo suficiente.
—
Que mi padre quería el trono.
Que mi abuelo… Azulon… no lo permitiría.
Que había… un castigo.
—
Algo sobre mí.
—
No entendí.
Pero sentí miedo.
—
A la mañana siguiente…
todo había terminado.
—
Mi abuelo estaba muerto.
Mi padre… se había convertido en Señor del Fuego.
Y mi madre…
había desaparecido.
—
Nadie habló de ello.
Nadie explicó nada.
—
Solo se fue.
—
Ni una despedida.
Ni una última mirada.
—
Nada.
—
Ese día entendí algo.
No porque alguien me lo dijera…
sino porque lo sentí.
—
Mi madre no se fue porque quisiera.
—
Se fue…
porque tenía que hacerlo.
—
Después de eso…
mi padre cambió.
—
O tal vez…
solo dejó de fingir.
—
Sus palabras se volvieron más duras.
Más directas.
—
—Eres débil.
—Eres una vergüenza.
—Nunca serás digno.
—
Al principio…
solo eran palabras.
—
Pero luego…
no lo fueron.
—
Empujones.
Golpes rápidos.
Siempre en lugares donde no se vieran.
Siempre donde la ropa pudiera ocultarlo.
—
Como si incluso eso…
fuera algo de lo que avergonzarse.
—
Yo no decía nada.
No podía.
—
Porque en el fondo…
seguía creyendo que tenía razón.
—
Que yo era el problema.
—
Mi tío estaba ahí…
pero no realmente.
—
Pasaba días enteros sin salir de sus habitaciones.
Sin hablar.
Sin comer con nosotros.
—
Había perdido a su hijo.
Y yo…
no era suficiente para llenar ese vacío.
—
Así que ese año…
lo perdí todo.
—
A mi primo.
A mi madre.
A mi lugar.
—
Y aunque mi tío seguía respirando…
también lo perdí a él.
—
Tenía once años.
—
Y ya no quedaba nada…
que me protegiera.Mi tío se fue.
Por meses.
Nadie supo exactamente a dónde… solo que había dejado todo atrás por un tiempo.
Decían que estaba recorriendo las naciones.
Aprendiendo.
Buscando algo.
—
Mientras tanto…
yo me quedé.
—
Y el infierno en casa… no se detuvo.
—
Los días eran iguales.
Entrenamiento.
Errores.
Silencio.
—
Mi padre… Ozai… no necesitaba estar presente todo el tiempo para hacerme sentir pequeño.
Su voz…
sus palabras…
se quedaban.
—
Azula…
siempre observando.
Siempre sonriendo.
—
Y yo…
soportando.
—
Hasta que volvió.
—
Tenía casi doce años cuando lo vi otra vez.
Iroh ya no era el mismo hombre que se había ido.
Pero tampoco era el que había regresado tras perder a su hijo.
—
Se veía… más ligero.
Más tranquilo.
Como si hubiera encontrado algo que no entendía.
—
Y en cuanto lo vi…
corrí hacia él.
—
No lo pensé.
No dudé.
—
Solo…
lo abracé.
—
Y no quería soltarlo.
—
Porque era lo único que me quedaba.
—
Él respondió al abrazo.
Con calidez.
Con algo… cercano al cariño.
—
Y por un momento…
todo estuvo bien.
—
Después de eso…
se quedó.
De verdad se quedó.
—
Hablaba conmigo.
Me escuchaba.
Me enseñaba cosas que nadie más se tomaba el tiempo de explicarme.
—
Pero…
había algo.
—
A veces, mientras hablábamos…
mencionaba a Lu Ten.
—
—A él le gustaba esto…
—Solía hacer esto otro…
—Era muy bueno en aquello…
—
Yo asentía.
Siempre.
—
Porque no sabía qué más hacer.
—
Porque cada vez que lo hacía…
sentía algo extraño en el pecho.
—
Pero también…
no quería que dejara de hablarme.
—
No quería perder eso también.
—
Así que escuchaba.
Sonreía cuando debía.
Asentía cuando correspondía.
—
Como si…
estuviera ocupando un lugar que no era mío.
—
Y entonces…
llegó ese día.
—
El día en que hablé sin permiso.
—
No debí hacerlo.
Lo sabía.
Todos lo sabían.
—
Pero lo hice.
—
Y mi padre no dudó.
—
El fuego llegó rápido.
Demasiado.
—
El dolor…
no se puede explicar.
—
No es solo el cuerpo.
Es todo.
—
El calor.
El grito.
El olor.
—
Y luego…
silencio.
—
Cuando desperté…
ya no era el mismo.
—
Mi reflejo…
tampoco.
—
Y aunque la herida sanó…
la marca nunca se fue.
—
Como recordatorio.
—
De lo que pasa…
cuando no eres suficiente.
—
Ahora tengo dieciséis años.
—
Y todavía me pregunto…
—
Si soy yo…
o si solo soy…
lo que quedó.
—
Porque hay momentos…
—
cuando mi tío me habla…
cuando me pone la mano en la cabeza…
cuando compartimos una comida en silencio…
—
en los que se equivoca.
—
Y dice su nombre.
—
Lu Ten.
—
Lo corrige después.
Siempre lo hace.
—
Pero ya es tarde.
—
Porque en ese instante…
lo entiendo.
—
Nunca se fue del todo.
—
Siempre está ahí.
—
Entre nosotros.
—
Y yo…
solo puedo preguntarme…
—
si alguna vez dejaré de ser…
su reemplazo.No fue una gran pelea.
No al principio.
—
Fue… una de esas noches tranquilas.
Demasiado tranquilas.
—
El barco se mecía suavemente, y el sonido del mar llenaba los espacios donde normalmente habría palabras.
Yo estaba sentado frente a Iroh.
Como muchas otras veces.
Una taza de té entre nosotros.
—
—Deberías descansar más, Zuko —dijo con calma—. Un príncipe no puede gobernar si está agotado.
No respondí de inmediato.
—
Príncipe.
—
Una palabra que ya no significaba nada.
—
—Lu Ten solía entrenar hasta el amanecer… —añadió, casi sin pensarlo.
—
Ahí.
—
Otra vez.
—
Sentí cómo algo… se tensaba dentro de mí.
Algo que llevaba años acumulándose.
—
—¿Alguna vez dejas de pensar en él? —pregunté.
Mi voz salió más seca de lo que esperaba.
—
Iroh parpadeó, sorprendido.
—Zuko…
—
—¿Alguna vez… me ves a mí? —interrumpí.
—
El silencio cayó de golpe.
—
Iroh dejó su taza lentamente.
—Claro que te veo—
—
—No —negué, levantándome de golpe—. No… no es cierto.
—
Mi respiración se volvió más rápida.
Más pesada.
—
—Siempre es él —continué—. Todo lo que hago… todo lo que intento… siempre termina siendo comparado con él.
—
Iroh frunció el ceño.
—No te estoy comparando—
—
—¡Entonces deja de decir su nombre! —exploté.
—
El eco de mi voz llenó el lugar.
—
—Cada vez que hablas conmigo… él está ahí —seguí, señalándolo—. En cada historia… en cada consejo… en cada maldito momento.
—
Mis manos temblaban.
Pero no me detuve.
—
—¿Sabes lo que se siente? —mi voz bajó, pero no perdió fuerza—. Sentir que no importas… que solo estás ocupando el lugar de alguien mejor.
—
Iroh no respondió.
—
Y eso…
solo lo empeoró.
—
—Dilo —insistí—. Solo dilo.
—
Un paso más cerca.
—
—¿Estoy aquí porque me quieres…?
Tragué saliva.
—
—¿O porque él ya no está?
—
El silencio fue insoportable.
—
Iroh cerró los ojos un segundo.
Como si las palabras… pesaran.
—
Y entonces…
habló.
—
—Yo…
—
Dudó.
—
Eso fue lo que lo destruyó todo.
—
—Nunca quise… —empezó— pero…
—
Pero.
—
—A veces… —continuó en voz baja— cuando te miro…
hizo una pausa
—recuerdo a mi hijo.
—
Sentí como si algo dentro de mí… se rompiera.
—
—No porque seas él —añadió rápido—. Sino porque…
—
Pero ya no estaba escuchando.
—
No realmente.
—
—Entonces es verdad… —murmuré.
—
Iroh dio un paso hacia mí.
—Zuko, escúchame—
—
Retrocedí.
—
—No —dije, negando con la cabeza—. No… ya entendí.
—
Mi voz… ya no era fuerte.
—
Era peor.
—
Vacía.
—
—Nunca fui suficiente… ni siquiera para ti.
—
Iroh negó, claramente afectado.
—Eso no es cierto—
—
Pero ya era tarde.
—
—Solo soy… lo que queda —susurré.
—
El silencio volvió.
Pero esta vez…
no era tranquilo.
—
Era incómodo.
Pesado.
Irreparable.
—
No volví a sentarme.
—
Ni esa noche.
Ni muchas después.
—
Seguíamos en el mismo barco.
En el mismo camino.
—
Pero algo había cambiado.
—
Ya no hablábamos igual.
—
Ya no nos mirábamos igual.
—
Y cada vez que Iroh decía mi nombre…
—
yo no podía evitar preguntarme…
—
si en el fondo…
—
seguía pensando en el suyo.
