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Caspian todavía recuerda cómo fue que conoció a la familia Pevensie. Tenía, aún, sus tiernos catorce años y era su primer día en un nuevo colegio. El profesor lo presentó como el nuevo de la clase y, entre todo el murmuro de alumnos, un rubio se levantó de su asiento, se acercó a él con pasos firmes, y le tendió la mano, mientras se presentaba como el presidente estudiantil. Recuerda como estrechó su mano y una radiante sonrisa salió del rostro contrario. La radiante figura se presentó con el nombre de Peter Pevensie.
Después de eso, se volvieron buenos amigos y, al poco de unos días, Peter lo invitó a su casa y le presentó a sus hermanos menores. Fue ahí, cuando conoció a los hermanos Pevensie, o como le gustaba llamarlos en secreto, las cuatro estaciones.
¿Por qué los llamaba así?
¡Fácil!
Eran como la primavera, el verano, el otoño y el invierno.
Comenzando por el imponente Peter, el hermano mayor. Tenían la misma edad, pero, ya actuaba como todo un joven responsable y centrado a los ojos de los adultos. Aunque si le preguntaban a él, respondería que la palabra, primavera, le venía a la mente. Siempre estaba con esa aura limpia y brillante, aún cuando se tenia que hacer cargo de sus hermanos, era amable con todos, y no descuidaba sus estudios por nada del mundo, siendo siempre el mejor de su clase. Aunque, también, tenía su lado oscuro y ese, sin lugar a duda, era lo sobreprotector que era con sus hermanos.
Caspian recuerda como el primer día que conoció a los hermanos, la linda Susan, fue la primera en tenderle una mano para saludarlo y, entre una tímida sonrisa, le respondió el saludo, causando que, Peter frunciera el entrecejo, pero eso no fue lo peor, sino que, ese mismo día, después de terminar las tareas, lo dejó solo en la sala para preparar té y fruta para picar, y Susan se acercó para conversar. Peter los encontró sonriéndose tontamente, por lo que mandó a la niña a su habitación, y lo amenazó con arrancarle los dedos de una mordida, si, se acercaba con otras intenciones a su hermana. La sonrisa macabra en el rostro de Piter, aún le causaba escalofríos.
Otra ocasión en la que su amigo desataba sus cuidados intensos fue cuando, la pequeña Lucy pasó a la adolescencia, y uno que otro chico rondaba tras ella. Podía jurar que, podía escuchar como el corazón de Peter se rompía, y su cabeza echaba humo por las orejas enrojecidas, más, eso no le impidió amenazar con puño limpio a los mocosos que se atrevían a mirar a Lucy, y siendo el testigo, de como los atemorizados niños salían huyendo con los pantalones mojados.
"Mocosos idiotas y cobardes" Murmuraba en cuanto los niños huían. No podía evitar pensar en que el idiota era otro.
Menos mal, dejó de hacer eso en cuanto cumplieron los veinte, si no, tremendo lio se armaría por un adulto que amenazaba adolescentes.
También estaba su otro hermano, Edmund. Con él, la historia era un poco diferente, ya que lo que preocupaba a Peter, era la cantidad de líos en los que el niño se metía. Siempre lastimándose los brazos o piernas, por querer cortar alguna flor que le gustó a Lucy, teniendo moretones en los antebrazos por cargar cajas pesadas en la tienda de frutas, en un intento por ganar dinero, y las fuertes fiebres que le daban por un sistema inmunológico débil. Piter le tenía estrictamente prohibido jugar en la lluvia, pero Edmund no lo escuchaba.
"Debo cuidar a Ed" Era lo que decía entre suspiros cuando lo notaba distante en sus tareas, y con constantes visitas al cuarto del menor.
Por otro lado, así como los protegía, también consentía de sobre manera a Lucy, siempre llenándola de pequeños regalos como dulces, galletas, listones para su cabello, jugando al té con ella cuando lo quería, y siempre defendiéndola en una pelea de hermanos bajo el argumento: es solo una niña pequeña. A Susan siempre le ayudaba a estudiar, convencía a sus padres cuando no la querían dejar salir con sus amigos, corría en su auxilio cuando algún idiota la acosaba, y siempre la escuchaba cuando quería desahogarse. Y a Edmund, siempre le curaba las heridas y moretones, lo cubría cuando robaba los chocolates envinados de su padre, y lo ayudaba a conseguir el dinero para poder comprar los libros que tanto le gustaba leer.
En respuesta, sus tiernos hermanos le respondían con un gran abrazo, uno que otro beso en las mejillas, accesorios para criquet en su cumpleaños y mucha compañía cuando el mismo tenía días difíciles.
Todo aquello era lo que hacia a Peter el admirable hermano mayor que era. Siempre tan radiante, brillando al unisonó con los rayos del sol en primavera, con su personalidad llamativa que a la gran mayoría le agradaba, pero, para sus hermanos solo era el típico gruñón, insufrible, y gran hermano mayor.
