Chapter Text
—¿Alguno de ustedes ha pensado en lo aburrido que es todo esto? Porque yo sí.— El lamento provino de Mikey, quien se encontraba desparramado sobre el sofá en una postura nada cómoda a la vista. Estaba boca abajo, con el cuello colgando sobre el borde del asiento y los pies flotando en el aire, agitándose sin ritmo. Tras haber deambulando por la nave durante lo que parecieron horas, el demonio del aburrimiento lo había atrapado otra vez. Mikey no se consideraba ningun genio, pero hasta él era consciente de la cruda realidad: en ese preciso momento, nadie tenía la mas mínima idea de cómo proceder con la misión de "evitar que todos en la Tierra mueran". Se encontraban atrapados en un callejón sin salida.
—¡Ya lo sabemos, Mikey! ¡Lo has repetido como cinco veces! —estalló Raph, con la voz cargada de fastidio. La tortuga del antifaz rojo no destacaba precisamente por su buen humor. Sin embargo, aunque sus rabietas no eran ninguna novedad para los presentes, esta vez era evidente que su ira nacía más de la pura frustración que de otra cosa. El nulo progreso en la búsqueda de las piezas los estaba carcomiendo por dentro.
—Deja de gritar, Raph —intervino Leo con un tono cargado de cansancio. Estaba sentado en el sillón contiguo, obligado a conformarse con ese espacio ya que Mikey se había adueñado del resto del mueble. Raph le dedicó una mirada recelosa desde su lugar junto a la pared, donde permanecía apoyado con los brazos cruzados y el ceño fruncido. Leo soltó un suspiro antes de continuar:
—Entiendo perfectamente nuestra situación actual. Pero, siendo honestos, sin ningún dato nuevo que nos revele la ubicación de la siguiente pieza, no tenemos forma de proceder.
En el fondo, Leo era consciente del motivo de tanta frustración. Sus hermanos y amigos estaban al límite porque ya habían presenciado, en carne propia, los horrores de lo que podría suceder si fallaban en encontrar las piezas.
En ese instante, Casey y April entraron a la sala principal, pasando justo al lado de Raph.
—Apoyo el pensamiento, amigo —soltó Casey con aire despreocupado—. Además, todavía nos quedan unos meses de margen para lograr avanzar.— Acompañó sus palabras dándole un codazo juguetón a la tortuga del antifaz rojo. Raph lo miró de reojo , limitándose a rodar los ojos con fastidio, apartó el brazo de Casey de un fuerte manotazo y apartó la mirada hacia otro lado.
April esbozó una pequeña sonrisa al ver la interacción entre Raph y Casey, y luego se volteó hacia el líder del grupo.
—Sé que esto ha sido difícil para todos, pero Casey tiene razón. No nos sirve de nada molestarnos cuando apenas llevamos un par de semanas en esto —dijo April mientras caminaba hacia Leo para sentarse a su lado—. Aunque me encantaría avanzar lo más pronto posible, al menos no estamos corriendo contra reloj en este preciso momento.
La chica se hundió un poco más en el cómodo sillón y cerró los ojos, soltando un largo suspiro de cansancio.
—Deberíamos estar agradecidos de que nadie esté intentando matarnos ahora mismo, o alguna otra tontería similar —añadió, haciendo una sutil mueca al recordar todas las locuras que habían vivido hasta el momento. Eran tantas y tan absurdas que ni siquiera sabía cómo clasificarlas.
Leo no pudo evitar soltar una leve risa al ver la expresión de April, y negó con la cabeza sin perder la sonrisa.
—Creo que no puedo refutar ese argumento —admitió Leo.
Mikey también soltó una carcajada y finalmente se movió para sentarse de manera normal, acomodando las piernas cruzadas sobre el asiento.
Mikey, Leo y April comenzaron a rememorar los momentos más bizarros que habían experimentado hasta la fecha. Mientras tanto, Raph y Casey se habían retirado discretamente a la cocina en busca de algo para picar.
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—¡TE LO JURO! —exclamó Mikey, alzando los brazos con total indignación—. ¡Literalmente la pizza me dijo que quería que la comiera para poder controlar mi mente!—
—Sigo creyendo firmemente que eso fue solo un sueño tuyo, Mikey —replicó Leo con una sonrisa burlona. Adoptó una postura engreída, desviando la mirada hacia un lado mientras se limitaba a encogerse de hombros con las palmas abiertas.
—¡No puedo creerlo! —protestó Mikey, indignado ante la absoluta falta de lógica de su hermano—. ¡¿Me estas diciendo que haber visto fantasmas, alienígenas, a Pie Grande, ardillas psicópatas, castores de los sueños, vivir un juego de rol en la vida real y que Donnie se transformara en un auto es más creíble que una pizza parlante?!—
A estas alturas, ver un cerdo volando por el espacio le parecería lo más normal del mundo a Mikey en comparación a todo lo anterior.
April estalló en risas al ver el fútil intento de Mikey por convencer a Leo. El menor de los hermanos se cruzo de brazos y hizo un enorme puchero de frustración. Con un gesto compasivo, April se acercó a él y le dio unas suaves palmaditas en el caparazón, logrando que la tortuga pecosa soltara un pesado suspiro de derrota.
En ese momento, Donnie entró a la sala. Su silueta reflejaba lo cansado que estaba, pero sus pasos hacia sus hermanos y la chica humana desbordaban un entusiasmo innegable.
—He estado hablando con Fugitoid sobre nuestra situación.—comenzó a explicar, mientras jugueteaba nerviosamente con los dedos de sus manos. Había pasado largas horas junto al profesor y, aunque su meta principal era colaborar el estado de la nave, era evidente que disfrutaba genuinamente de la compañía del robot.— Dijo que podríamos hacer una parada en un planeta no muy lejano para buscar información. Claro que... esto no nos garantiza en lo absoluto que encontremos lo que estamos buscando.
Leo pensó en sus opciones. Sabía perfectamente que aquello no aseguraba nada, y que podrían estar perdiendo el tiempo, pero la más mínima posibilidad de hallar una pista era mil veces mejor que quedarse de brazos cruzados.
—Pienso que no esta de más intentarlo. ¿Ustedes qué opinan? —preguntó Leo, girándose hacia April y Mikey.
—Por mí está bien —respondió April, encogiéndose de hombros con una sonrisa.
—¡Sí! ¡Sí! ¡Yo también voy! —exclamó Mikey con una chispa de emoción en los ojos, agitando los brazos de arriba abajo mientras daba pequeños brincos sobre su asiento.
Donnie esbozó una sonrisa que, debido al cansancio, se asemejó más a una mueca cansada. —¡Muy bien! Iré a informarle a Fugitoid. Oh, por cierto, podrían contarles los detalles a las dos «delicadas damas» que acaban de entrar —añadió con ironía. Su rostro adoptó una expresión de sutil asco al ver aparecer a Casey, quien llevaba la cara manchada de lo que fuera que sea, seguido de un Raph que masticaba algo de forma ruidosa y desaliñada.
—Ay, vamos, ¿por qué no nos lo explicas tú mismo? —bufó Casey, acortando la distancia con Donnie. La tortuga alta dio un paso atrás de inmediato, sin molestarse en ocultar su desagrado.
—Para tu información, Jones, tengo asuntos muchísimo más importantes que atender. Así que... con su permiso —sentenció Donnie.
Se dio la vuelta con elegancia y, en un movimiento perfectamente calculado, las largas coletas de su máscara azotaron directo en la cara de Casey justo antes de que abandonara la estancia.
—Le caigo de maravilla —aseguró Casey con aire de suficiencia y con una sonrisa en el rostro, provocando que April rodara los ojos con incredulidad.
—Y bien, ¿de qué demonios estaban hablando? —preguntó Raph, mientras miraba directamente a su hermano mayor de máscara azul.
Leo dibujó una media sonrisa en su rostro. Se levantó de su asiento y paseó la mirada por todos los presentes en la sala.
—Vamos a hacer una pequeña parada.
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Todos avanzaban a paso lento en medio de la densa multitud, barriendo el lugar con la mirada en busca de algún sitio que pareciera buena fuente de información. Fugitoid los había hecho aterrizar en un planeta que funcionaba como un gigantesco punto de encuentro intergaláctico; un sitio donde alienígenas de todos los rincones del universo se detenían a abastecerse de comida, armas, repuestos para sus naves y toda clase de cosas extrañas.
Leo se sentía particularmente incómodo caminando entre tanta gente. Estaba tan acostumbrado a moverse en las sombras que en aquella situación, que para cualquiera sería normal, a él le resultaba asfixiante.
Sin embargo, parecía no ser el único que se sentía fuera de lugar; sus hermanos parecían compartir ese mismo sentimiento. Incluso Mikey, a pesar de mantener el entusiasmo y mirar maravillado de un lado a otro, dejaba ver ciertos destellos de incomodidad en sus gestos. Quienes peor la pasaban eran Raph y Donnie, que miraban con recelo a cada transeúnte que se cruzaba en su camino. Aun así, Donnie lograba distraerse un poco más que Raph, deteniéndose de vez en cuando a observar los objetos en exhibición y arrugando el rostro con genuina curiosidad.
—Oye, Leo —soltó Casey de repente, acortando la distancia y chocando amistosamente su hombro con el del líder.
—Creo que acabo de ver a una alienígena idéntica a uno de los personajes de tu tonta serie de televisión —añadió con una sonrisa burlona, mientras pasaba el brazo por detrás del caparazón de Leo para atraerlo hacia él.
Leo comenzó a buscar con la mirada por todos lados con evidente emoción, solo para darse cuenta un segundo después de que todo aquello era una mentira. Un ligero rubor avergonzado tiñó sus mejillas al notar que había caído redondito en la trampa de Casey.
—Ja, ja. Qué gracioso —respondió Leo con el rostro completamente inexpresivo.
De inmediato, miró de reojo hacia donde estaban sus hermanos, rezando internamente para que ninguno hubiera presenciado ese momento tan vergonzoso. Al ver que todos seguían en sus propios asuntos, Leo soltó un largo suspiro de alivio.
Casey se reía a carcajadas mientras le daba palmadas nada suaves al caparazón de Leo. — jajaja tú cara! A puesto a que ibas a intentar coquetear con ella de inmediato si esque era real!— dijo entre risas mientras se encorvaba hacia adelante por la risa. después de su último enamoramiento desastroso, Leo prefería fingir demencia a que alguna vez estuvo enamorado. Leo solo puso los ojos en blanco avergonzado y miro hacia otro lado, tratando de ignorar las risas de Casey.
—Ya deja de molestarlo, Casey —lo regañó April, apareciendo detrás de ellos para ponerse a caminar al lado de Leo.
Casey hizo un esfuerzo evidente por contener la risa y levantó el pulgar.
—Lo que tú digas, Red —respondió con la voz todavía temblorosa por las ganas de reír.
April soltó un suspiro resignado y le dedicó una sonrisa amable al líder. Leo le devolvió el gesto; sus ojos azules se entre cerraron con calidez mientras continuaba avanzando con el ánimo un poco más renovado.
—Uff, este lugar es gigantesco —se quejó Mikey. Ya llevaban un buen rato caminando y parecía que aquel sitio no tenía fin por más que avanzaran.
—Eso es completamente correcto, amigo mío —respondió Fugitoid con su característica voz animada—. Este lugar es lo suficientemente inmenso como para albergar una variedad de cosas que ni te imaginas.
—Entonces esto nos va a tomar una eternidad —refunfuñó Raph con el ceño fruncido. El agotamiento empezaba a pasarle factura y la frustración iba en aumento; nadie en ese lugar parecía tener la menor idea sobre el paradero de un arma tan peligrosa como la que buscaban.
—Les recuerdo, amigos míos, que este dispositivo no es precisamente de dominio público —intervino Fugitoid, intentando calmar los ánimos—. Por esa misma razón, dar con su paradero actual es una labor que depende casi por entero de la suerte. Aunque existen métodos de rastreo más complejos, explorar esta zona comercial sigue siendo la opción más viable.
El robot se detuvo de repente frente a la fachada de un establecimiento.
—Si les apetece, podríamos hacer un breve alto aquí para que recuperen sus fuerzas —sugirió, girándose hacia el grupo en busca de aprobación.
Leo estuvo a punto de rechazar la propuesta para no perder tiempo, pero la queja silenciosa de Mikey lo detuvo. Su hermano menor lo contemplaba fijamente mientras se presionaba el estómago, exagerando la apertura de sus grandes ojos azul claro en una perfecta imitación de un cachorrito desamparado y hambriento. A su lado, Donnie adoptó una postura similar; aunque su táctica de chantaje era mucho más sutil, se daba ligeras palmadas en el abdomen para indicar que él tampoco aguantaría mucho más sin probar bocado.
Leo rodó los ojos con resignación ante las payasadas de sus hermanos. Soltó un hondo suspiro y miró al profesor.
—De acuerdo, creo que nos vendrá bien un descanso —cedió, guiando al grupo hacia el interior del local.
El restaurante estaba construido con bloques de piedra tosca y carecía de puertas en la entrada. Por dentro, las mesas de madera maciza se distribuían bajo una penumbra apenas rota por tres esferas de luz que flotaban perezosamente cerca del techo. Al estar casi vacío, no tuvieron problemas para encontrar un sitio apartado. Fugitoid, con su habitual cortesía, se ofreció a encargarse de la orden y se dirigió hacia el mostrador para hablar con el propietario.
—Este sitio se parece un poco a la guarida, ¿no creen? —comentó Casey, apoyando los codos en la mesa mientras examinaba las rústicas paredes.
—Sí... supongo —respondió Raph en un murmullo apagado, mirando el lugar con desánimo, si, no era exactamente igual, pero igual se parecía lo suficientemente como para recordar a su hogar.
Al notar el desánimo de su amigo, Casey decidió cambiar de tema rápidamente para animarlo.
—Oye, Donnie, ¿qué era lo que tanto estabas mirando tanto tiempo en esos puestos de afuera? —preguntó, no parecía particularmente interesado por la respuesta, pero aún así miro directamente a la tortuga morada. La duda también pareció captar la atención de Raph, quien desvió sus ojos hacia el hermano de la máscara morada.
Donnie, tomado por sorpresa por el repentino interés de los demás, se reincorporó de inmediato en su asiento.
—Bueno, no encontré nada que rompa las leyes universales, si es lo que te preguntas —explicó Donnie, levantando la mano derecha para apoyar el dedo índice de forma horizontal justo debajo de su mentón, mientras ladeaba sutilmente la cabeza con aire analítico—. Sin embargo, la variedad de artefactos del mercado es fascinante. Vi desde un dispositivo capaz de proyectar hologramas sólidos que simulan clones exactos, hasta un modulador molecular que, en teoría, podría camuflarse
transformándose en un objeto inanimado. Es curioso cómo conviven tecnologías puramente ofensivas con otras de propósito indefinido; aunque la mayoría eran armas de largo alcance, como rifles de plasma y pistolas láser estándar.
—Creo que yo también noté algunos de esos aparatos, aunque la verdad no me detuve a verlos realmente —admitió April con una sonrisa apenada.
Raph se cruzó de brazos y se reclinó pesadamente contra el respaldo de su silla, soltando un resoplido de desinterés.
—A mí no me importa qué clase de chatarra vendan en este basurero. Yo tampoco estaba prestando atención a esas tonterías.
Leo miró de reojo a Donnie y el como le dedicó una expresión poco impresionada a Raph, mientras Casey observaba a la tortuga alta con una sonrisa burlona, listo para provocarlo. Sin embargo, antes de que pudiera iniciar otra disputa, Leo sintió unos toques urgentes y temblorosos en su hombro. Al voltear, se topó con el rostro preocupado de su hermano menor.
—Eh... chicos, miren allá —susurró Mikey con evidente nerviosismo.
El grupo entero se giró hacia la dirección que señalaba y, al procesar la escena, se pusieron en pie de un solo salto.
Cerca del mostrador, el profesor intentaba mantener una postura diplomática y pacífica frente a un grupo de alienígenas cuyas intenciones distaban mucho de ser amistosas.
—Les aseguro que no poseo ningún objeto que les sea de valor, y mucho menos algo útil para ustedes —declaró el robot, mostrando las palmas de las manos abiertas en señal de paz.
Uno de los asaltantes, una criatura del físico de un insecto que recordaba a una hormiga gigante, dio un paso al frente acortando la distancia con Fugitoid.
—Vimos la nave en la que descendieron, hojalata —siseó la hormiga con un tono marcadamente amenazante—. Y no parecía un transporte de bajo presupuesto que digamos.
—Muy bien, muchachos. A la mierda el almuerzo —sentenció Raph.
En un movimiento fluido, desenvainó sus sais. Sus hermanos y amigos no tardaron en imitarlo, adoptando al unísono sus respectivas posiciones de combate.
—¡Oigan, ustedes! ¡¿Por qué no se meten con alguien de su tamaño?! —bramó Raph, logrando que el grupo de delincuentes se girara abruptamente hacia ellos.
—Esos son tus compañeros, ¿verdad? —le espetó la hormiga al robot.
Sin esperar una respuesta, el líder alienígena hizo una rápida señal con la cabeza. Sus subordinados quiénes respondieron al instante, desenfundando un arsenal de armas de aspecto peligroso.
Fugitoid contempló la situación durante una fracción de segundo antes de soltar un suspiro.
—¡Amigos, corran! —exclamó el robot a todo pulmón.
Antes de que los delincuentes pudieran reaccionar, Fugitoid desplegó los cañones láser integrados en sus muñecas y abrió fuego de cobertura. Los disparos obligaron a los alienígenas a arrojarse al suelo para cubrirse.
Aprovechando la confusión del alboroto, las tortugas y sus aliados salieron disparados del establecimiento a toda velocidad, adentrándose de nuevo en la caótica multitud del planeta con los matones pisándole los talones al grupo.
—¡No se separen! —gritó Leo a todo pulmón mientras corría a toda prisa esquivando a los transeúntes.
Donnie giró la cabeza hacia el robot y exclamó:
—¡Profesor, adelante! ¡Nosotros le cubriremos la espalda!
—No estoy seguro de que eso sea una buena idea, Donatello —respondió Fugitoid de inmediato, agachándose justo a tiempo para evitar los primeros disparos que los matones comenzaron a abrir contra ellos.
—¡No se preocupe por nosotros, profesor! —intervino Raph, empujaba a los transeúntes de su camino.—. ¡Usted solo corra hacia la nave y lo alcanzamos luego!
Fugitoid lo meditó por un momento antes de tomar una decisión.
—¡De acuerdo, pero regresaré a ayudarlos lo más pronto posible! —asintió el robot, desviándose abruptamente del camino principal para perderse por un pasaje alterno.
—¡La hojalata se escapa! ¡Vayan tras ella! —bramó el hombre hormiga.
Sin embargo, justo cuando el líder insecto se disponía a perseguir al robot, recibió una fuerte patada en el pecho que lo mandó a volar hacia atrás.
—Lo siento, amigo bicho, pero me temo que eso no va a pasar.
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se burló Mikey tras aterrizar con agilidad. Su plan de desviar la atención del líder para proteger al profesor funcionó a la perfección, aunque se arrepintió casi de inmediato.
Al ver a su jefe en el suelo, los enfurecidos matones descargaron toda su furia contra la tortuga de naranja. En medio de la balacera, las armas de los delincuentes se quedaron sin carga, pero lejos de detenerse, comenzaron a saquear con violencia los puestos del mercado, arrebatando rifles y artefactos en exhibición para seguir disparando. Mikey no pudo evitar soltar un chillido de terror mientras aceleraba el paso para pegarse más a Donnie.
—¡¿Cuál es el plan, Leo?! —preguntó April con el corazón en la garganta, agachando la cabeza ante ráfagas de luz intermitentes. A su alrededor, la multitud intergaláctica había entrado en pánico absoluto, multiplicando el caos.
Leo abrió la boca para responder, pero las palabras murieron en su garganta al ver cómo un disparo directo alcanzaba a Donnie en el costado, haciéndolo caer al suelo.
—¡Donnie!
Mikey se frenó en seco y se lanzó desesperado a levantar a su hermano, pero un segundo impacto lo alcanzó a él también, arrancándole un gemido ahogado de dolor antes de desplomarse a su lado.
—¡Donnie! ¡Mikey! —gritaron Raph y Leo con el rostro lleno de preocupación mientras frenaba su huida.
Casey y April también lo vieron y giraron de inmediato para rescatar a sus amigos caídos. Sin embargo, antes de que pudieran dar un solo paso, uno de los matones intentó dispararles con uno de los artefactos robados. Al no saber que arma era la que estaba usando, el artefacto colapsó y provocó una violenta explosión.
La onda expansiva barrió la calle con una ráfaga abrasadora que derribó decenas de puestos comerciales y arrojó a las personas al suelo. En segundos, una densa y pesada neblina de humo negro inundó todo el lugar. Cegados por la oscuridad, la oleada de alienígenas aterrorizados comenzó a correr en estampida, empujando unos a otros sin piedad.
—¡Mikey! ¡Donnie! —se escuchaban los gritos desesperados de los hermanos y amigos perdiéndose en la marea de gente que los arrastró implacablemente en direcciones opuestas, separándolos por completo en la densa multitud.
–
—Donnie...
Una voz lejana lo llamaba. Sentía un fuerte dolor de cabeza, y una punzada de dolor sordo le recorría los brazos, las piernas y hasta la punta de los dedos de los pies; por suerte, era un malestar tolerable.
—Donnie... —volvió a escuchar. Jamás había oído esa voz. Era femenina, sonaba cargada de una profunda preocupación y repitió su nombre un par de veces más antes de perder la paciencia—. ¡DONNIE!
Donnie dio un respingo y se levantó de golpe, impulsado por el susto.
Comenzó a mirar desesperadamente a su alrededor. Parecía encontrarse en un callejón, pero las paredes de piedra eran exageradamente altas, como dos rascacielos casi pegados que tapaban el cielo. Al mirar hacia el frente, el suelo se extendía de forma ridícula, acercándose más a las dimensiones de un salón de palacio que a un simple callejón.
—Donnie, ¿estás bien? —preguntó la voz a su lado.
Donnie había olvidado por completo que no estaba solo. Se giró hacia la fuente del sonido y se quedó estupefacto, con los ojos muy abiertos y la boca abierta de incredulidad.
Frente a él se alzaba una tortuga mutante colosal. Llevaba una máscara naranja de puntas cortas, grandes ojos azul claro enmarcados por unas pestañas inusualmente largas, pecas en las mejillas y una piel de un tono verde lima.
Ay, por el amor de Albert Einstein...
Donnie lo miró un instante más, completamente atónito, antes de articular palabra.
—¿Mikey? —consiguió decir con una incredulidad absoluta.
Aquella palabra fue suficiente para su hermano. Con un movimiento rápido, lo levantó en el aire como si fuera un muñeco de trapo y lo estrujó contra su mejilla en uno de esos abrazos asfixiantes que solía darle a Gatita Helada, frotando su mejilla de arriba abajo.
—¡Cielos! ¡Estaba tan preocupado, amigo! ¡Pensé que habías muerto! —exclamó Mikey, usando todavía esa melodiosa voz.
Donnie sacudió la cabeza, intentando forzar a su cerebro procesar la situación antes de protestar.
—Oye, oye, ¡espera un momento! —exclamó, se aparto separándose del abrazo y alzando las manos—. ¿Por qué suenas como una chica? ¿Cómo terminamos aquí? ¡¿Y por qué demonios eres tan gigante?!
Mikey lo miró por un segundo sin comprender, inclinando su cabeza a un lado mientras pensaba. Mantuvo las palmas de sus manos abiertas, usándolas como una plataforma donde Donnie permanecía sentado.
—En primer lugar, no tengo idea; simplemente me desperté y me di cuenta de que ahora soy una niña —explicó con total naturalidad.—En segundo lugar, uno de los matones que sobrevivió a la explosión intentó atraparnos, así que nos arrastré a ambos para escondernos aquí.
Mientras escuchaba la explicación, Donnie analizó con ojo clínico a su hermano. En efecto, Mikey ahora era una chica; su estructura física era notablemente más esbelta, sus facciones se habían suavizado y, por alguna extraña razón, su plastrón frontal había adoptado la silueta de un busto.
—Ah, y déjame aclararte algo, hermano —añadió Mikey, poniéndose de pie con Donnie aún sostenido en sus palmas—. Yo no me volví gigante. Tú te encogiste.
—Espera... ¿qué? —tartamudeó Donnie, atónito.
Giró la cabeza hacia la salida del callejón. Al observar la avenida principal, vio que todos los alienígenas que pasaban del otro lado parecían titanes desde su nueva perspectiva. En ese instante, todo cobró un sentido abrumador: el dolor generalizado en sus músculos, el callejón gigante... Todo había sido provocado por el disparo que había recibido en el mercado.
—¡Mierda! —exclamó Donnie alarmado, llevándose las manos a la cabeza con total pánico.
Mikey frunció el ceño de inmediato y arqueó los labios en un puchero de reproche.
—Oye, nada de palabrotas. Eso es territorio exclusivo de Raph —lo reprendió con su nueva voz.
Donnie se pellizcó el puente de la nariz, intentando calmar su ya creciente pánico. Tenía que trazar un plan de escape inmediato, pero antes de analizar cómo podrían salir de allí, una preocupación más familiar lo asaltó.
—¿Estás bien, Mikey? —preguntó Donnie, clavando su mirada en su hermano menor. Recordaba lo asustado que se oía mientras él estaba inconsciente, y no sabía si esta transformación le había causado algún dolor a su hermano.
El puchero de Mikey se disolvió al instante, reemplazado por una sonrisa radiante.
—¡Por supuesto, hermano! Solo estoy un poco... eh, dios no lo sé joder. Definitivamente esto superó mi límite personal de experiencias raras hasta la fecha —admitió, haciendo una mueca al final de la frase. Sin embargo, se dio cuenta que se le escapó una palabrota y , de inmediato, se tapó la boca con ambas manos, abriendo los ojos de par en par al darse cuenta de su error.
Donnie no pudo evitar sonreír con alivio al ver que, a pesar de todo, su hermano parecía estar bien.
—Muy bien —sentenció ahora el pequeño mutante, recuperando la determinación—. Busquemos al resto del grupo.
