Chapter Text
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El zumbido en los oídos de Pruk Panich no era el eco de Bangkok ni el murmullo distante del tráfico nocturno. Era un sonido interno, húmedo y persistente, como si su propio cuerpo estuviera susurrándole que el tiempo se le estaba agotando. A sus treinta y tres años, el peso de ser el protector de la ciudad ya no se sentía como una capa heroica ondeando al viento, sino como una armadura de plomo adherida a la piel.
Cada latido lo volvía más pesado.
Catorce años habían pasado desde la picadura en aquel laboratorio.
Después de la universidad, optó por dedicarse de lleno a la fotografía. Nunca dejó de lado su mente científica; se involucró en varios proyectos experimentales con su amigo Harry, la mayoría fallidos. Pero cuando Harry descubrió la verdad detrás de la muerte de su padre, algo en él se fracturó de forma irreversible. El rencor lo consumió. La distancia entre ambos se volvió inevitable, y Harry nunca pudo volver a verlo del mismo modo.
De aquella época solo conservaba a Max y a Nat. Sus representantes, mejores amigos, compañeros de laboratorio y de casi toda una vida. Fueron ellos quienes lo impulsaron a adentrarse también en el mundo del modelaje, complementando su carrera como fotógrafo. Zee sospechaba que la picadura de la araña no solo le había dado fuerza y reflejos sobrehumanos; quizá también había afinado sus rasgos. Era innegablemente fotogénico, y a las marcas les encantaba su rostro.
Max y Nat han sido siempre sus únicas relaciones estables. Cuando descubrieron su pequeño secreto —la araña humana, la doble vida, las noches que nunca explicaba— no lo juzgaron. Lo ayudaron. Perfeccionaron con él los lanzadores, ajustaron fórmulas, mejoraron tejidos. Su traje actual estaba equipado con múltiples funciones tecnológicas y telarañas de densidad única, diseñadas tras incontables pruebas y errores.
Catorce años de fuerza imposible, reflejos inhumanos y huesos que soportaban impactos que habrían pulverizado a cualquier otro.
Catorce años también de cenas canceladas, llamadas ignoradas y excusas repetidas. No había espacio para una relación que fuera más allá de lo amistoso; Zee entendía demasiado bien la responsabilidad que eso implicaba. Después de la muerte de su tía May, nada volvió a estar del todo claro. La línea entre el deber y la soledad se desdibujó. El equilibrio se convirtió en una cuerda tensa suspendida sobre el vacío, y Zee caminaba sobre ella desde entonces sin permitirse mirar hacia abajo.
Esa noche, sin embargo, el vacío lo miraba a él.
Aferrado a una gárgola erosionada por el tiempo, suspendido a varios pisos sobre la avenida inundada por el monzón, sus dedos —capaces de doblar acero— temblaban.
La lluvia resbalaba por su traje desgarrado y se filtraba por la herida abierta en su costado, mezclándose con la sangre que no dejaba de brotar. Sus músculos, densos y maduros tras años de combate, se sentían frágiles y cansados por primera vez. No era el ardor del entrenamiento. Era el dolor denso y profundo de un cuerpo que empezaba a fallar.
Abajo, Bangkok brillaba indiferente: ventanas iluminadas, sombras moviéndose detrás de las cortinas, vapor saliendo de los puestos nocturnos que seguían abiertos pese a la tormenta. La ciudad respiraba tranquila, ajena a que su guardián pendía de una piedra como un hombre cualquiera.
El enfrentamiento en los muelles lo había dejado al límite. El mercenario —mejorado artificialmente, diseñado para igualarlo— había peleado con una precisión brutal. No había rabia en él ni miedo, solo cálculo. El golpe que perforó el costado de Zee no fue accidental; fue estudiado. Sintió en ese instante cómo algo interno cedía. No hueso. No músculo. Algo más frágil. Terminó escapando: prefería morir solo que en manos de un psicópata.
La sangre no dejaba de correr.
No podía ir a un hospital. Los análisis, las preguntas, las miradas. No podía arriesgarse. Tampoco podía llamar a Max ni a Nat. Ellos llegarían, sí, pero quizá demasiado tarde. Y la idea de que lo encontraran desangrándose en el asfalto era más insoportable que el dolor.
Un mareo lo atravesó. La ciudad se inclinó en su campo de visión. Las luces se convirtieron en manchas líquidas. Con los ojos nublados por la fiebre incipiente, comenzó a buscar desesperadamente un lugar donde morir tranquilo cuando vio un balcón estrecho, suspendido varios pisos sobre la avenida. Una franja de concreto y metal proyectándose desde una fachada blanca, con barandales delgados que dejaban ver la calle arbolada abajo. Las puertas corredizas de vidrio estaban entreabiertas, el reflejo del cielo vibrando en su superficie; con algo de suerte, podría estar en paz en sus últimos momentos.
Con el último impulso de adrenalina, Zee se lanzó.
El movimiento desgarró la herida. El dolor fue blanco, absoluto, eléctrico. La baranda del balcón crujió bajo su impacto. Atravesó las puertas corredizas de vidrio y cayó dentro del cuarto que conectaba con el balcón. Su cuerpo quedó en posición fetal.
El piso estaba impecable: azulejos blancos, brillantes, pulidos hasta reflejar la luz cálida del interior. La sangre comenzó a extenderse debajo de él, lenta pero constante, tiñendo de rojo aquel blanco perfecto.
La lluvia seguía golpeando afuera, pero allí dentro todo era quietud. Entonces el olor lo envolvió.
Vainilla.
Mantequilla derretida.
Pancakes recién hechos.
Era un aroma doméstico, suave, casi irreal frente al hierro metálico de su propia sangre. El contraste era tan violento que, por un segundo, su mente no supo dónde estaba. Aquel departamento no olía a peligro, ni a humedad, ni a miedo. Olía a hogar.
Las cortinas de las puertas corredizas del balcón se movieron con el viento. Una corriente tibia recorrió la estancia, acariciando su piel enfriada por la lluvia. La luz dorada del interior delineó su figura ensangrentada sobre el suelo, como si el espacio mismo lo estuviera observando, intentando comprender cómo algo tan oscuro había irrumpido en su calma.
Su respiración se volvió irregular. Cada inhalación parecía rasparle por dentro. La fuerza que lo había mantenido en pie durante años empezaba a desvanecerse en silencio. No había multitudes vitoreando. No había cámaras. No había testigos.
—¡Por Dios! —una voz suave, aguda por la sorpresa, pero extrañamente contenida, rompió el silencio espeso de la habitación.
El instinto arácnido, ese zumbido que siempre le gritaba 'peligro', intentó dispararse, pero sonó como una radio vieja quedándose sin batería. Zee intentó apoyar las palmas para levantarse, pero sus músculos —esos que alguna vez detuvieron trenes— colapsaron como papel mojado. Era la primera vez en catorce años que su cuerpo lo traicionaba de forma absoluta. A través de los lentes blancos de su máscara, que comenzaban a empañarse por su respiración irregular, distinguió una silueta borrosa recortada en el marco de una puerta de madera que conectaba aquella habitación con el resto del departamento. No estaba seguro si daba a la cocina o a la sala; el mareo distorsionaba los contornos y hacía que las sombras parecieran moverse.
Forzó la vista, intentando enfocar mejor. Parpadeó varias veces detrás de los lentes empañados y logró distinguir una figura más definida. Era un chico, uno lindo, o eso creyó. Delgado, de estatura media, con el cabello rubio ligeramente desordenado como si hubiera pasado la mano por él demasiadas veces. La luz cálida del interior lo envolvía, delineando la silueta de una bata ligera de algodón rosa que contrastaba de forma absurda con la sangre extendiéndose por el suelo. Incluso en medio del dolor, Zee tuvo un pensamiento fugaz, casi indignado: si no estuviera desangrándose y al borde del colapso, habría hecho alguna broma sobre cómo esa bata lo hacía parecer un algodón de azúcar de fresa. El pensamiento se disolvió tan rápido como llegó, arrastrado por otra oleada de dolor.
El chico retrocedió un paso instintivamente, pero no gritó. No corrió. No buscó su teléfono. Sus ojos —oscuros, profundos, atentos— descendieron primero al rastro rojo que manchaba el piso blanco impecable, luego subieron con rapidez controlada hasta detenerse en la herida abierta del costado. Zee percibió el cambio casi imperceptible en su expresión: el susto inicial se transformó en evaluación.
—No… no llames a nadie —logró gruñir Zee.
El modulador de su máscara distorsionó su voz, pero no pudo ocultar la fragilidad que la atravesaba. Sonó como un rugido apagado, un animal herido intentando fingir fuerza mientras la vida se le escapaba entre los dedos. Cada palabra le raspó la garganta y le arrancó una punzada en el abdomen que lo obligó a apretar los dientes.
El chico no miró hacia la puerta, ni hizo ademán de huir. En lugar de eso, dio un paso adelante, luego otro, con cautela evidente, pero sin titubeos reales. Se acercó lo suficiente como para evaluar la herida sin invadir completamente su espacio y se arrodilló a una distancia prudente. Levantó ambas manos, mostrándolas abiertas, como si intentara tranquilizar a un animal salvaje.
—No voy a llamar a la policía —dijo con voz baja pero firme—. Soy estudiante de quinto año de medicina.
Había algo en su tono autoritario que no encajaba con la imagen de la bata rosa y el olor a pancakes aún flotando en el aire. No era arrogancia; era precisión. Sus ojos se movían con rapidez técnica, evaluando pupilas, respiración, expansión torácica y la cantidad de sangre en el suelo. Zee lo notó, incluso a través del mareo.
—Si intentas irte, te vas a desmayar en el siguiente callejón por un choque hipovolémico —continuó el chico, inclinándose apenas para observar mejor el costado desgarrado—. Estás perdiendo demasiada sangre, señor… Spider-Man.
Zee soltó un bufido ahogado, una mezcla de dolor y frustración, mientras intentaba presionar la herida de su costado con la palma temblorosa. La mención implícita de su “profesión” lo golpeó con una ironía casi cruel. Treinta y tres años. Una leyenda urbana. Un nombre repetido en titulares, grafitis y susurros nocturnos… y ahora desangrándose en el suelo de un dormitorio ajeno frente a un universitario que apenas parecía haber salido de la adolescencia.
—Déjame ayudarte —insistió el chico.
Se acercó lo suficiente para quedar bajo la luz directa de la lámpara de escritorio, y esta vez Zee pudo verlo con claridad. Tenía una belleza delicada, casi etérea, rasgos finos que contrastaban con la firmeza de su postura. No había pánico en su expresión; solo concentración. Sus ojos permanecían fijos en la herida con una frialdad profesional.
—Necesito quitarte la máscara. Estás hiperventilando.
—No… —Zee intentó apartar su mano, pero el gesto fue torpe, débil. Sus músculos ya no respondían con la precisión de siempre; la fuerza que lo había sostenido durante la pelea se estaba evaporando junto con la sangre que empapaba el traje.
El chico no retrocedió.
—Escucha, P’ —dijo con suavidad, usando el término de respeto casi de manera instintiva, como si reconociera en él algo más que el traje: la edad, la presencia, el peso de alguien acostumbrado a cargar responsabilidades—. Me llamo Chawarin. Chawarin Perdpiriyawong. No me importa quién seas bajo ese traje, pero sí me importa que no te mueras en mi dormitorio. Mi examen de ciencias quirúrgicas es mañana y preferiría no practicar con un cadáver real hoy.
El humor negro, inesperado y seco, atravesó la tensión como una aguja fina. A pesar del dolor, una exhalación breve escapó de Zee, algo parecido a una risa rota. Sus hombros descendieron apenas, cediendo un centímetro en una batalla que ya no podía ganar. Fue un gesto mínimo, pero suficiente.
Sintió las manos tibias de Chawarin deslizarse con cuidado hasta el borde de la máscara. Los dedos encontraron el ajuste oculto y comenzaron a elevar la tela reforzada con una delicadeza sorprendente, como si desarmara algo frágil en lugar de retirar una pieza de armadura. El aire fresco tocó su piel por primera vez en horas. La sensación fue abrupta, íntima, casi violenta en su vulnerabilidad. Sin la máscara, ya no era el símbolo ni la sombra entre edificios; era solo un hombre herido respirando con dificultad en el suelo de un dormitorio desconocido.
La tela terminó de apartarse y el mundo se volvió más nítido por un segundo antes de empezar a desvanecerse. A través de la neblina que invadía su visión, Zee alcanzó a ver la expresión de Chawarin cambiar. La concentración clínica se fracturó. Sus ojos se abrieron, no por miedo, sino por reconocimiento absoluto. El rostro del hombre que ocupaba vallas publicitarias y pantallas gigantes estaba allí, pálido y vulnerable, a escasos centímetros del suyo.
Después, la oscuridad lo reclamó sin resistencia.
El despertar fue lento y pesado, como si emergiera desde el fondo de un río espeso. Cuando Zee abrió los ojos, la luz del sol mañanero se filtraba en destellos cálidos a través de las puertas de cristal del balcón. Durante unos segundos no entendió dónde estaba. El techo era bajo, las paredes rosadas, y el aire olía tenuemente a desinfectante mezclado con algo dulce.
Se encontraba recostado en una pequeña cama cubierta con colchas blancas bordadas con diminutas nubes color rosa bebé. Intentó incorporarse, pero el movimiento apenas fue un gesto. Entonces sintió el pinchazo sordo de una aguja atravesando su piel. Parpadeó con esfuerzo, intentando enfocar. Sus sentidos aún estaban entumecidos, como si alguien los hubiera envuelto en algodón.
Morfina, concluyó.
Levantó la vista lo suficiente para ver a Chawarin inclinado sobre él, concentrado en cerrar el último punto de la herida. El chico llevaba unos lentes de montura fina que acentuaban la seriedad de su expresión. Su postura era firme, precisa, y cada movimiento de sus manos era calculado. A su lado descansaba una bandeja de acero con instrumental quirúrgico perfectamente alineado. No parecía improvisado; parecía preparado.
Con la claridad que le otorgaba la luz del día, Zee pudo observar mejor la habitación. Las paredes estaban pintadas de rosa con pequeños destellos dorados que atrapaban la luz. Había un estante repleto de libros de cirugía avanzada, atlas anatómicos gruesos y modelos tridimensionales del cuerpo humano. No era el cuarto desordenado de un estudiante común. Era el espacio de alguien obsesionado con comprender cómo funciona la vida… y cómo evitar que se escape.
—Tuviste suerte —murmuró Chawarin, más para sí mismo que para él, sin notar que ya estaba despierto—. El tejido muscular es increíblemente denso… nunca había visto fibras tan resistentes. Es como si tus células intentaran regenerarse mientras trato de cerrarlas.
Había fascinación en su voz. Admiración genuina, casi reverente. Zee lo observó en silencio. Bajo el efecto de los analgésicos, su cuerpo estaba relajado, pero aun así percibió el matiz de asombro en el tono del estudiante. Si no estuviera sedado, tal vez esa intensidad lo habría puesto incómodamente consciente de la atención que recibía.
Chawarin terminó el último punto y se levantó despacio, dirigiéndose al estante como si buscara confirmar algo. Recorrió los lomos de los libros con los dedos hasta extraer uno en específico. Lo abrió con rapidez, hojeando páginas con concentración absoluta. Su lengua asomó apenas entre sus labios en un gesto involuntario mientras revisaba una ilustración anatómica y hacía una pequeña anotación al margen.
Zee lo miró sin apartar la vista.
La piel de Chawarin parecía casi translúcida bajo la luz del sol, y su expresión combinaba ternura con determinación. No había miedo en él. Ni reverencia exagerada. Solo curiosidad científica y una compasión firme. Ese extraño lo había salvado sin pedir explicaciones, sin exigir nada a cambio.
Después de unos minutos, el chico cerró el libro y lo devolvió a su lugar. Se acercó al pequeño buró junto a la cama y tomó cremas y vendas limpias. Regresó con pasos suaves, inclinándose con cuidado para no lastimarlo. Sus manos eran tibias cuando comenzaron a vendar el torso de Zee con movimientos lentos y meticulosos.
Zee solo podía pensar en lo inesperadamente delicado que era todo aquello. La forma en que la frente de Chawarin se arrugaba ligeramente al concentrarse. La manera en que evitaba ejercer presión innecesaria. La proximidad.
Chawarin terminó el vendaje con precisión experta. Solo entonces soltó un largo suspiro y se quitó los lentes, pasándose una mano por el cabello. Lucía agotado, pero satisfecho. Al girarse, se encontró con la mirada oscura y despierta de Zee observándolo fijamente.
Se sobresaltó apenas, pero no retrocedió. Una pequeña sonrisa, suave y casi tímida, iluminó su rostro.
—Hola, P’Zee —dijo en un susurro. El uso del apodo confirmó lo inevitable: había reconocido al hombre bajo la máscara.
—Bienvenido de vuelta. Estás en mi apartamento. Y antes de que preguntes… no he llamado a nadie. Ni siquiera a tus amigos de la televisión.
Zee intentó hablar, pero su garganta estaba seca. El sonido que emitió fue apenas un susurro áspero. Chawarin, anticipándose, tomó un vaso de agua y lo ayudó a incorporarse lo suficiente para beber. Una mano sostuvo su nuca con delicadeza mientras la otra guiaba el vaso hacia sus labios.
El contacto fue breve, necesario… y aun así provocó algo inesperado. No fue adrenalina ni reflejo de combate. Fue un vuelco silencioso en el pecho, una sensación que no tenía nada que ver con fuerza sobrehumana.
—¿Por qué… Chawarin? —logró murmurar Zee después de un sorbo.
El chico inclinó ligeramente la cabeza.
—Dime Nunew. Así me llaman mis amigos —respondió, sentándose en el suelo junto a la cama, apoyando la espalda contra el borde del colchón—. Y te ayudo porque… alguien tiene que cuidar de los que cuidan de nosotros, ¿no?
Sus labios se curvaron con un brillo travieso apenas perceptible.
—Además, eres mucho más guapo en persona que en las revistas, P’Zee. Incluso lleno de moretones.
Zee dejó escapar una exhalación suave, algo parecido a una risa cansada. Miró al techo rosado con destellos dorados, sintiendo una ligereza que no recordaba haber experimentado en años. En esa habitación pequeña, lejos de las cámaras, los titulares y las expectativas, no era un símbolo ni una leyenda urbana.
Era solo un hombre de treinta y tres años al que alguien había decidido cuidar. Y por un instante se permitió descansar, cerrando los ojos un momento.
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El sol ya estaba alto cuando la claridad atravesó sin piedad las persianas, marcando líneas definidas sobre las nubes rosas de la colcha. Zee despertó con una pesadez en los párpados que no sentía desde sus primeros años como vigilante, cuando el cuerpo aún no se había acostumbrado a dormir en fragmentos ni a levantarse con la adrenalina latiéndole en las sienes.
Parecía haber dormido apenas un par de horas desde la última vez que abrió los ojos y encontró a Chawarin inclinado demasiado cerca, concentrado en cerrarle los puntos con una precisión casi intimidante. Un buen despertar, si le preguntaban. Había tenido peores.
Durante un segundo, el pánico lo atravesó con claridad brutal.
Un estudiante de cuarto año de medicina sabía quién era. No solo el rostro público. No solo el modelo. Sabía del traje. Sabía del vigilante. Sabía de la araña.
Y él estaba allí, acostado en una cama con nubes rosas, como un niño enfermo.
Intentó incorporarse de golpe, impulsado por ese instinto de control que lo había mantenido vivo durante catorce años. Pero un latigazo de dolor le atravesó el flanco izquierdo, profundo y punzante, obligándolo a soltar un gemido ahogado mientras el mundo se contraía alrededor de la herida.
—Ni se te ocurra, P’Zee —la voz llegó antes de que pudiera recuperar el aliento—. Si rompes mis puntos de sutura, te juro que te cobraré la consulta como si fuera el mejor cirujano de Tailandia.
Zee giró la cabeza con lentitud, respirando con cuidado.
Nunew estaba de pie junto a la puerta, ya vestido con un uniforme quirúrgico color lila. Su cabello rubio estaba peinado cuidadosamente hacia atrás, formando pequeñas ondulaciones suaves, y un delicado broche en forma de mariposa sostenía un ligero copete que le daba un aire casi infantil sin restarle elegancia. El tono suave del uniforme contrastaba con la firmeza de su postura.
La tela estaba adornada con pequeños bordados que parecían hechos por manos infantiles: un sol ligeramente torcido en el bolsillo superior y un girasol desproporcionado cerca del dobladillo. No parecían diseños industriales. Parecían recuerdos.
Por un instante absurdo, Zee imaginó a Chawarin dejando que niños dibujaran sobre la tela y luego mandando a bordar cada trazo con dedicación obsesiva. Era exactamente el tipo de cosa que él haría.
Se veía impecable, fresco, delicado, casi etéreo. Pero sus ojos —oscuros, profundos— revelaban la verdad: no había dormido más de dos horas. Sombras suaves se marcaban bajo la piel clara, apenas perceptibles si uno sabía dónde mirar.
En sus manos llevaba una bandeja. Sobre ella descansaba un tazón humeante de jok; el vapor se elevaba en espirales suaves que olían a arroz caliente y jengibre. A un lado, un par de analgésicos y un vaso de agua completaban la escena.
Era una imagen extrañamente doméstica.
—¿Qué hora es? —preguntó Zee; su voz sonó grave, arrastrada por la pesadez que todavía le nublaba el cuerpo.
—Casi la una de la tarde. Y antes de que tu ego de superhéroe diga algo, deberías agradecerme —respondió Nunew con una sonrisa traviesa mientras dejaba la bandeja en el buró junto a la cama—. Te cedí mi cama, que es ortopédica y carísima, mientras yo tuve que pelearme con mi sillón, que claramente no fue diseñado para un futuro médico brillante. Y todo esto el día de mi examen final de Ciencias Quirúrgicas.
Zee lo observó en silencio, todavía procesando la escena. A la luz del día, el chico —Nunew— parecía irradiar una energía vibrante que contrastaba con la oscuridad en la que él solía moverse. Había algo casi luminoso en su presencia, incluso con ojeras suaves marcándole el cansancio.
—No tenías que hacerlo —murmuró Zee, bajando la mirada hacia el vendaje impecable que asomaba bajo los restos de su traje destrozado.
—Claro que tenía que hacerlo. No todos los días cae un modelo famoso con poderes arácnidos en tu balcón —Nunew se acercó y, con una naturalidad que desarmó a Zee, apoyó la mano en su frente para comprobar la temperatura. El contacto fue breve, pero firme—. Tu temperatura ahora es normal; antes estabas bastante frío.
Retiró la mano y lo miró con seriedad repentina.
—Escúchame bien, P’Zee: no puedes salir de aquí. La herida era profunda y, aunque sé que te curas más rápido que una persona normal, el tejido todavía está sensible. Si fuerzas el músculo, vas a abrir la sutura interna y no voy a estar aquí para salvarte por segunda vez.
Se cruzó de brazos, adoptando una postura que contrastaba deliciosamente con el broche de mariposa sobre su cabello.
—Mi examen es a las tres, así que ya debo irme si quiero repasar unos cuantos conceptos antes de entrar. Volveré en tres horas; hoy no tengo guardia en el hospital. Y si intentas saltar por el balcón…
Su sonrisa regresó, suave y peligrosa.
—Te prometo que llamaré a las noticias y diré que el gran Spider-Man le tiene miedo a las agujas.
Zee dejó escapar una risa seca, sorprendido por el descaro del menor. Hacía años que nadie le hablaba así sin temblar.
—Suerte en tu examen, Chawarin.
Nunew entrecerró los ojos.
—Nunew —corrigió con suavidad—. Y tú quédate quieto.
Lo señaló con un dedo acusador, casi infantil.
—Por ahora, cómete todo el delicioso desayuno que te preparé.
Le regaló una sonrisa luminosa y abrió el cajón del buró para sacar las llaves de su coche. Caminó hacia la puerta de la habitación y le dedicó una última mirada retadora y firme antes de salir del dormitorio.
Se escuchó el giro claro y definitivo de la llave al cerrar.
El sonido fue pequeño.
Pero resonó en el pecho de Zee más fuerte que cualquier golpe recibido la noche anterior.
Sin embargo, Zee Pruk no era un hombre que supiera quedarse quieto.
En cuanto escuchó el sonido del motor del auto de Nunew alejarse por la avenida, se incorporó con dificultad. El dolor era un fuego constante, profundo, que latía bajo el vendaje como una advertencia viva, pero su mente ya estaba en modo supervivencia. No sabía hacer otra cosa.
Con movimientos lentos y controlados, se puso los restos de su traje. La tela rasgada tironeó contra las suturas recientes, recordándole con crudeza cada punto que el menor había cerrado con tanta precisión. Se colocó la máscara y, encima, tomó una sudadera de color rosa que encontró doblada sobre una silla. Le quedaba cómicamente pequeña, ajustándose demasiado a sus hombros anchos y marcando la tensión de su cuerpo incluso en reposo.
Por un segundo, su mirada se detuvo en el buró junto a la cama.
El tazón de jok aún humeaba ligeramente.
Se acercó y tomó una sola cucharada. El arroz tibio, suave, con el toque sutil de jengibre y especias, le llenó la boca con un calor reconfortante que no combinaba en absoluto con la decisión que estaba tomando. Frunció el ceño levemente.
Sin duda, Chawarin era el chico maravilla. No se explicaba cómo todo lo que hacía le salía bien. Incluso aquello —algo tan simple como cocinar— parecía ejecutado con una precisión casi irritante.
El arroz estaba delicioso.
Pero no podía quedarse.
Dejó la cuchara en el tazón y, con una última mirada a la habitación —las paredes rosadas, los destellos dorados atrapando la luz, las nubes bordadas en la colcha perfectamente acomodada— sintió algo extraño en el pecho. No era dolor físico. Era algo más incómodo: la sensación de estar abandonando un lugar seguro.
Se obligó a ignorarlo.
Caminó hacia las puertas corredizas del balcón y las abrió con cuidado, dejando que el aire cálido del mediodía entrara de golpe. El sol caía sin piedad sobre la ciudad, muy distinto a la tormenta de la noche anterior. Se apoyó un segundo en el marco, respirando hondo, calibrando el dolor.
Luego salió.
Se paró sobre las rejillas de acero del balcón. El metal vibró ligeramente bajo su peso. Levantó la muñeca y disparó una telaraña hacia la misma gárgola donde, apenas unas horas antes, había estado colgando de un hilo entre la vida y la muerte.
El impacto fue firme.
Se impulsó.
El movimiento desgarró algo en su costado. No lo suficiente para abrir la herida… pero sí para recordarle que Nunew tenía razón.
Ignoró la punzada.
Lanzó otra telaraña hacia el edificio contiguo. Luego otra. Y otra más. Su cuerpo aún respondía, aunque más lento, más pesado, menos preciso de lo habitual. Cada balanceo exigía el doble de esfuerzo. Cada aterrizaje era un cálculo que antes habría sido instintivo.
Aun así, siguió.
Hasta que finalmente divisó el edificio donde vivía. Su refugio. Su guarida. El lugar donde podía desaparecer sin explicaciones. Aterrizó en la azotea con un golpe seco, conteniendo un gruñido cuando el impacto viajó directo hasta las suturas internas.
Se quedó inmóvil unos segundos, respirando con dificultad bajo la máscara.
Llegar a su propio penthouse en el centro de la ciudad fue una tortura. Cuando finalmente cruzó la puerta de su departamento y la cerró tras de sí, el sonido del seguro encajando resonó con una frialdad que no había notado antes. Se desplomó en el sofá de cuero negro, dejando caer la cabeza hacia atrás.
El silencio lo golpeó.
No era un silencio nuevo. Siempre había sido así. Amplio. Pulcro. Caro. Perfectamente diseñado para alguien que no esperaba visitas. Pero ese día se sentía distinto. Más vacío. Más evidente.
Se quedó mirando el techo, con la imagen de Chawarin grabada en la retina.
Le sorprendía la valentía del chico. No era la primera vez que alguien veía su rostro por accidente en catorce años, pero siempre había sido bajo circunstancias de puro terror o fanatismo: gritos, cámaras, amenazas, lágrimas. Nunew, en cambio, lo había tratado con una mezcla desconcertante de respeto profesional y una familiaridad casi descarada. No tembló. No lo idolatró. No huyó.
Lo evaluó.
Lo curó.
Lo retó.
Mientras esperaba a que su factor de curación hiciera el resto, Zee dejó que su mente vagara hacia territorios que solía evitar. A sus treinta y tres años, su carrera como modelo era una fachada impecable que le permitía financiar su equipo y sus misiones. Portadas, contratos, eventos exclusivos. Sonrisas calculadas frente a cámaras. Todo funcionaba.
Excepto su vida personal.
Era un desierto.
No había tenido una relación real en casi una década. Intentos, sí. Citas interrumpidas. Mensajes sin responder. Explicaciones vagas. Siempre había terminado igual: alguien cansado de esperar a un hombre que nunca llegaba a cenar, que siempre tenía moretones inexplicables y que cargaba con el peso del mundo sobre los hombros como si fuera una penitencia autoimpuesta.
Había aprendido a sofocar esa necesidad de compañía.
Se convenció de que su destino era la soledad del protector. Que era más seguro así. Que involucrar a alguien sería condenarlo.
Pero la calidez de las manos de aquel estudiante de medicina, la forma en que sostuvo su nuca sin titubear, la manera en que lo miró directo a los ojos sin rastro de miedo… todo eso le había dejado una sensación incómoda y persistente en el pecho.
No era atracción.
O eso intentaba repetirse.
Era algo más simple y, por lo mismo, más peligroso.
Había sido visto.
No como símbolo.
No como celebridad.
No como leyenda urbana.
Como un hombre que estaba sangrando.
Como alguien que necesitaba ser cuidado.
Zee cerró los ojos lentamente.
El aroma a vainilla seguía impregnado en la sudadera de Nunew que aún llevaba puesta. Era tenue, casi imperceptible, pero suficiente para transportarlo de regreso a la habitación rosada con destellos dorados, a la colcha con nubes bordadas, a la voz firme que le había dicho que se quedara.
Sabía que volver a aquel apartamento sería un riesgo para su secreto. Un riesgo innecesario. Una imprudencia.
Pero también sabía algo más.
Por primera vez en mucho tiempo, no sentía curiosidad por una misión, ni por un enemigo, ni por una mejora tecnológica.
Sentía curiosidad por una persona.
Y esa curiosidad era infinitamente más peligrosa.
🕷️ 🌙 🩺
El silencio en el penthouse de Zee fue interrumpido de repente. Sus instintos aún se encontraban algo activos porque sus heridas todavía no sanaban del todo. Apenas se escuchó el sonido de la clave de seguridad siendo digitada con furia cuando reaccionó por puro reflejo: lanzó una telaraña hacia los dos intrusos que se atrevían a perturbar su agradable sueño de ojos negros, olor a vainilla y nubecitas rosas.
Probablemente estaba enloqueciendo. Tanto así que había dormido con el traje puesto y la sudadera del estudiante de medicina todavía sobre él.
Max y Nat irrumpieron en la sala como un torbellino de ansiedad. Max, con su porte elegante de empresario, revisaba su reloj con gesto severo, mientras que Nat, más joven y observador, ya estaba escaneando la habitación en busca de señales de lucha.
—¿Se puede saber dónde demonios estabas? —soltó Max al ver a Zee reincorporándose en el sofá para levantarse. Estaba algo pálido, pero vivo—. No respondiste al rastreador, no llegaste a la reunión con los inversores de la marca de relojes… ¡Nat casi llama a la morgue!
Zee soltó un suspiro cansado y se sobó ligeramente la cabeza, tratando de disminuir la tensión que sentía. Siempre que esos dos estaban cerca, su cabeza dolía terriblemente.
—Tuve un encuentro complicado en los muelles. Alguien nuevo, muy rápido y muy fuerte. Parecía que tenía mi fuerza y una velocidad implacable. Según yo, sus movimientos no eran humanos; sospecho modificación genética. Logré arrancar uno de sus cabellos. Quiero que analices su ADN, a ver si logramos conseguir su identidad.
Zee sacó del bolsillo de su traje un pequeño frasco con tres cabellos en su interior. Ayer casi muere, pero no era tonto: sabía que sus amigos lo iban a encontrar tarde o temprano y quería al menos dejarles una pista de quién era su posible asesino.
Afortunadamente no fue el caso. Y ahora no solo podría encontrar al mercenario… también había conocido unos lindos ojos negros a los que claramente les encantaba el color rosa. Él lo veía como un ganar-ganar.
Max se acercó y tomó el frasco en sus manos, observándolo con atención. Sin embargo, no pasó desapercibida la pequeña sudadera que traía puesta su amigo: demasiado pequeña para ser de él, a menos que ahora tuviera un gusto repentino por el rosa y las sudaderas apretadas.
—¿Ahora te gustan las cosas rosas y apretadas? —le preguntó Max a Zee.
Zee rodó los ojos y le dio una ligera sonrisa mientras comenzaba a desabrochar el cierre de la sudadera, revelando su vendaje y una ligera mancha de sangre sobre él.
Max abrió los ojos sorprendido al ver la herida de Zee. Nat se acercó rápidamente, examinando la calidad de la sutura con ojos expertos.
—Esto no lo hiciste tú, Phi. Los puntos son demasiado pequeños… casi artísticos. ¿Fuiste a una clínica clandestina? —comentó Nat, admirando la precisión del trabajo médico.
—Un estudiante de medicina —confesó Zee, frotándose la nuca mientras una pequeña sonrisa involuntaria tiraba de la comisura de sus labios—. Entré por su ventana. Se llama Nunew… Chawarin. Me cuidó toda la noche.
Max arqueó una ceja, cruzándose de brazos, mientras que Nat soltó una risita burlona que rompió la tensión.
—¿El gran Zee Pruk, el soltero de oro de Bangkok, rescatado por un tierno estudiante de medicina? —se burló Nat—. ¿Y cómo es él? ¿Te pidió un autógrafo o te regañó por ensuciarle la alfombra?
—Me regañó —admitió Zee, recordando la voz mandona pero dulce del chico—. Y me obligó a tomar papilla de arroz.
—Vaya, finalmente alguien que te pone en tu lugar —Max soltó una carcajada, aunque su mirada seguía siendo de alivio—. Recupérate, Zee. No eres un niño. Si ese chico te salvó, asegúrate de no hacer que su trabajo sea en vano.
…
Al caer la noche, la ciudad volvió a llamar. Zee se enfundó en un traje limpio, sintiendo la compresión de la tela sobre sus heridas casi cerradas. Antes de salir, tomó la sudadera de algodón rosa que le había “prestado” Nunew y la guardó en una mochila pequeña de Kevlar que solía usar para misiones largas.
La ronda fue más accidentada de lo esperado. Un grupo de asaltantes intentaba saquear un cajero automático en el distrito de negocios. Zee descendió desde las sombras como un espectro azul y rojo. La pelea fue rápida, pero uno de los delincuentes, en un movimiento desesperado, le lanzó una palanca de hierro que Zee no esquivó a tiempo por estar protegiendo a un rehén.
El metal golpeó el lateral de su frente, rompiendo la piel y dejando un rastro de sangre que bajaba por su sien. Podría parecer dramático, pero en realidad era poco más que un raspón; nada que un par de horas no ayudara a mejorar.
Tras dejar a los criminales envueltos en redes para la policía, Zee se detuvo en una pequeña tienda con el logo de un 7 en una calle solitaria. Entró como cualquier persona normal lo haría y tomó unos pequeños chocolates de envoltura roja con una K grande en el centro. Luego fue a las neveras y tomó una pequeña leche de fresa.
Se acercó a la caja para pagar. Le parecía un poco gracioso saber que estaba vestido con su identidad de araña, con una posible contusión, y haciendo algo tan cotidiano como comprar en una tienda de conveniencia a casi las diez de la noche.
El cajero, un hombre mayor que ya lo había visto todo en esa ciudad, ni siquiera parpadeó cuando el hombre araña puso la bolsa de chocolates y la leche de fresa sobre el mostrador.
—Son siete bahts de cambio, Spider-Man —dijo con total normalidad.
—Quédatelo para el café —respondió Zee con su voz grave, tomando la bolsa antes de salir disparado hacia las alturas.
Minutos después, Zee aterrizaba de nuevo en el balcón de Riverside. La puerta estaba cerrada esta vez, pero la luz seguía encendida. Golpeó suavemente el cristal.
Nunew abrió casi al instante. Su expresión pasó de la preocupación a una furia contenida en menos de un segundo al verlo de pie, con la sudadera en una mano. Se hizo a un lado para dejarlo entrar.
Apenas estuvo dentro del departamento, Zee se despojó de la máscara; la sangre de su herida comenzaba a secarse y hacía que la tela se pegara a su piel. En cuanto Nunew vio la sangre coagulada en su frente, sus ojos se endurecieron aún más.
—¡Eres increíble! —exclamó, tirando de él hacia el interior del cuarto—. ¡Te dije que no salieras! Te di instrucciones médicas precisas, P’Zee. ¿Acaso los superpoderes te atrofiaron la capacidad de escuchar?
Zee se dejó arrastrar hasta la silla del escritorio, sintiéndose extrañamente pequeño ante el regaño del chico.
—Tenía que devolverte esto —dijo, entregándole la sudadera—. Y… quería agradecerte.
Nunew bufó, lanzando la prenda a la cama y tomando su kit médico. Se colocó entre las piernas de Zee para examinarle la frente, arrodillándose con naturalidad. Sus rostros quedaron a escasos centímetros.
—Podrías no haberte ido en primer lugar si tan agradecido estabas —refunfuñó mientras limpiaba la herida con una torunda con alcohol—. Pero no, tenías que venir sangrando otra vez. Eres un paciente terrible.
—¿Cómo te fue en el examen? —preguntó Zee, intentando desviar la atención, observando cómo las pestañas de Nunew temblaban por la concentración.
—Saqué la nota más alta, por supuesto —respondió el menor, con un destello de orgullo en sus ojos oscuros, mientras colocaba una pequeña bandita de Hello Kitty sobre la herida—. Soy el mejor de mi clase. Si puedo coser a un superhéroe terco a las tres de la mañana, un examen de ciencias quirúrgicas es un juego de niños.
Zee soltó una risa suave, sintiendo una calidez que no tenía nada que ver con la calefacción del apartamento.
—Eres impresionante, Nunew. De verdad.
El elogio hizo que el chico se detuviera. Sus ojos se encontraron. Por un momento, el tiempo pareció suspenderse en la habitación. Nunew bajó la mano que sostenía la torunda, la dejó en el bote de basura y volvió a mirarlo, sintiéndose ligeramente intimidado por la suavidad en la mirada del mayor.
Estaban demasiado cerca.
Zee podía percibir el aliento con aroma a menta de Nunew. Nunew podía ver las motas doradas en los ojos del hombre frente a él.
La tensión se volvió densa. Palpable. Cargada de una electricidad que ninguno sabía cómo manejar.
Zee sintió el impulso de acortar la distancia. De agradecerle sin palabras. Pero la responsabilidad de su secreto —y la distancia entre sus mundos— lo mantuvo en su lugar.
—Te traje esto —rompió Zee el silencio, desviando la mirada por un segundo para tomar su mochila.
Sacó la bolsa de chocolates roja y la leche de fresa, entregándoselas al menor.
Nunew miró los dulces y la botella con estampado de vaquita, luego a él, y una sonrisa genuina iluminó su rostro.
—Kranky y leche de fresa… mis favoritos. Eres observador, Señor Spider-Man.
—Tengo buenos instintos —respondió Zee.
Con suavidad, tomó las manos de Nunew que descansaban sobre sus rodillas y las apartó con cuidado para poder ponerse de pie, ayudándolo también a incorporarse en el proceso.
Se dirigió al balcón, pero antes de saltar, se giró una última vez.
—Buenas noches, Nu. No dejes que el éxito se te suba a la cabeza.
—Y tú no dejes que te abran más agujeros, ¡viejo terco! —respondió Nunew desde la ventana, agitando la bolsa de chocolates con una risa que se quedó resonando en el pecho de Zee mucho después de que desapareciera entre los edificios.
