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Corrientes Cruzadas

Summary:

Diez años después de la preparatoria, Nakamura y Hirose se reencuentran. Nakamura ahora es un brillante biólogo marino en un acuario, e Hirose es un dedicado profesor de escuela. Al verse de nuevo en una excursión escolar, reviven los sentimientos inconclusos de su adolescencia, preguntándose si aún hay lugar para el otro en sus nuevas vidas.

Notes:

Este fanfic también es mío y se encuentra en Wattpad con el mismo nombre. Sin embargo, ambos están en actualización.

Chapter Text

Han pasado diez años desde que me gradué de la secundaria. Podría decir que fue una de las mejores y más confusas etapas de mi vida. Aunque solía extrañarla mucho, no me he alejado del todo de las aulas, ya que ahora trabajo en una escuela como profesor.

Recuerdo que sentía mucha admiración por Otogiri-sensei; él fue mi inspiración para dedicarme a la docencia. Pensaba que sería solo una fase, pero una vez que investigué más sobre la vocación, realmente me llamó la atención.

Aún guardo recuerdos de la secundaria: mis amigos, las bromas, las risas, los momentos compartidos y, por supuesto, los tragos amargos. Sin embargo, hay ciertas imágenes que se quedaron grabadas en mi mente incluso después de tanto tiempo.

Uno de esos recuerdos era mi excompañero de clase, Nakamura. Recuerdo nuestras interacciones y cómo ese chico, que parecía tan tranquilo y tímido, captaba mi atención lo suficiente como para acercarme a hablar con él. Pero, por alguna razón, estar con él me hacía sentir raro: aleteos en el pecho, ganas de estar más cerca y reírme de cualquier tontería que dijera, aunque no tuviera gracia alguna.

Jamás pude indagar más en esos sentimientos; nos graduamos y quedamos como amigos, aunque nunca lo volví a ver. Lo único que conservaba de él era el llavero de cangrejo que me había regalado, el cual llevaba colgado junto a mis llaves. 

Me había deshecho de muchas cosas del pasado, incluidos regalos de antiguos amigos molestos como Takeuchi y Mukai que solo acumulaban polvo. ¿Pero este llavero? Se sentía especial y fui incapaz de tirarlo.

— ¡Hirose-sensei!

La voz de uno de mis alumnos me devolvió a la realidad del salón de clases.

— Oh, ¿sucede algo? —pregunté con una cálida sonrisa.

Una de mis alumnas se acercó, visiblemente emocionada.

— Ya todos hemos tomado una decisión sobre a dónde iremos de excursión. ¿Verdad? —miró al resto de la clase, que asintió con entusiasmo.

— ¡Al acuario, al acuario! —gritaron casi al unísono.

Solté una pequeña risa. Tenía preparada una excursión para mis estudiantes y, aunque pensé en un museo, preferí dejarlos elegir a ellos. Solo así sería realmente divertido.

— El acuario suena bien, pero espero que realmente quieran ir para aprender sobre biología marina.

— ¡Sí, lo juramos! -exclamaron.

_ ¿Y se comportarán?

— ¡Síii!

Suspiré, fingiendo dudarlo, como si no hubiera sido yo quien les dio el acuario como opción.

— Está bien... —cedí con falsa resignación.

 

Después de mi turno, regresé a mi apartamento. No había nadie esperándome, así que podía simplemente relajarme... si no tuviera trabajo, claro. Saqué las llaves y abrí la puerta. Como ya era costumbre, el único sonido fue el eco del cerrojo y el interruptor de la luz.

Dejé mis cosas en la mesa y fui a mi habitación.

— Ojalá pudiera simplemente ponerme el pijama y dormir —me dije.

Pero tenía que revisar tareas y preparar la excursión de mañana. ¡Qué ingenuo fui al pensar que ser profesor era solo sentarse y copiar un libro en la pizarra! Me preparé un café y me senté a revisar proyectos. 

Mientras pasaban las horas, mi mente empezó a divagar. Mañana iríamos al acuario...

Ese lugar me traía recuerdos de cuando fuimos de excursión con el grupo de la secundaria. Fue genial, especialmente cuando decidí seguir a Nakamura. Verlo solo me hizo sentir que necesitaba compañía. No solo el oírlo hablar de los pulpos con tanto conocimiento me hizo contener la respiración, sino que sentí que algo dentro de mí cambió ese día; lo suficiente como para confiar en él y contarle más sobre mí.

Nakamura... ¿Por qué no salía de mi cabeza? Ni siquiera fuimos tan cercanos como para pensar en un vínculo tan fuerte. ¿O sí lo fue y quedó inconcluso? En fin, dudo que volvamos a vernos. Seguramente hizo su vida en otra ciudad, tiene esposa e hijos, y yo... aquí, solo. Sea donde sea que esté, espero que le vaya bien.

 

A la mañana siguiente, me levanté temprano. Tenía que ser de los primeros en llegar para recibir a mis estudiantes y esperar el autobús.

Cuando llegué, firmé la hora de entrada y luego esperé la llegada de cada alumno, revisando mi teléfono.

— ¡Hirose-sensei!

Jadeé cuando uno de mis estudiantes me abrazó por detrás con una sonrisa. Definitivamente me traía recuerdos.

— Veo que llegaste temprano.

Cuando el chico me soltó, me dedicó una amplia sonrisa y respondió:

— Quería ser de los primeros. Como verá, soy muy puntual.

— Me gusta tu dedicación, pero espero que estés durmiendo bien.

— ¿Quién duerme bien cuando tiene que madrugar?

Me reí y asentí.

— En eso tienes razón.

Pronto empezaron a llegar los demás, algunos medio adormilados y otros con la misma emoción del día anterior.

— Muy bien, todos entreguen sus permisos de salida firmados por sus padres —indiqué.

Todos sacaron los permisos de sus mochilas, entregándomelos uno a uno.

— El autobús llegará pronto, así que hagan una fila, por favor.

Claramente algunos hicieron caso y otros fueron un poco más necios, pero luego de un rato logré que todos se formaran.

El autobús llegó y uno a uno empezaron a subir, hablando y riéndose entre ellos. De último subí yo, sentándome en los asientos de enfrente.

 

Cuando llegamos al Sea Life Park, el autobús estacionó.

— Todos fuera. No empujen, salgan en fila —indiqué mientras bajaba primero.

Uno a uno, empezaron a bajar del autobús. Algunos se ellos tomando fotografías con sus teléfonos.

Se suponía que tendríamos un guía que nos esperaría en el estacionamiento. ¿Dónde...

— Buenos días.

Una voz grave llamó mi atención. Cuando me giré, me quedé sin aliento. Era un hombre alto, de hombros anchos y complexión media. Su cabello negro caía en un flequillo algo corto que dejaba mostrar sus oscuros ojos, dándole un aire serio. Vestía una camisa de botones con corbata oscura, cubierta por un abrigo largo de solapas anchas que llegaba hasta la rodilla. Los pantalones de vestir rectos y el cinturón completaban su apariencia formal y profesional.

Nuestras miradas se cruzaron y el mundo se detuvo para mí. Ese rostro... me resultaba familiar.

— Uh... —el hombre hizo una pausa antes de continuar—. Es un placer tenerlos aquí. Mi nombre es Nakamura Okuto y seré su educador ambiental.

¿¡Nakamura!? No podía ser posible. Dios, qué guapo se ve... ¿Qué estoy pensando? Soy un adulto de 25 años, pero no pude evitar recorrerlo con la mirada. ¿Era el mismo Nakamura que tropezaba en los pasillos? O era un hombre que casualmente se veía exactamente igual a él y tenía el mismo nombre que él. ¡Obviamente era él!

— El placer es nuestro —mis alumnos hicieron una reverencia con educación.

Tragué saliva y copié el gesto rápidamente.

— M-me alegra saber que tenemos un guía confiable —dije. 

¿Por qué estaba tartamudeando?

Nakamura parecía tan aturdido como yo, pero intentó mantener la compostura.

— Sí... síganme, hay mucho que mostrarles.

Se dio la vuelta, dándome un rápido vistazo por encima del hombro. Me ajusté la corbata; por alguna razón, quería verme presentable.

— Hirose-sensei, ¿se encuentra bien? -

preguntó un alumno.

Lo miré y le dediqué una sonrisa para disimular mis nervios.

— Sí, perfectamente. Vamos todos, no se separen.

Mientras caminábamos hacia la entrada, mis ojos no se despegaron de él. Se había vuelto tan alto... y tan bien formado. Tenía que hablar con él en algún momento, solo necesitaba encontrar el instante adecuado para no interrumpir la excursión.

El viento salado llegaba suave desde la bahía mientras las puertas del acuario se abrían lentamente. El edificio principal parecía una enorme burbuja de cristal atrapando el cielo gris azulado de Tokio. Habían niños corriendo con folletos arrugados en las manos, parejas tomando fotos y el sonido lejano del agua chocando contra los tanques.

Apenas entramos, el lugar estaba tenuemente iluminado. Las paredes oscuras hacen que los acuarios brillen como ventanas a otro mundo. Peces plateados pasan en cardúmenes enormes, moviéndose tan sincronizados que parecen una sola criatura respirando. 

No podía creer que Nakamura trabajara aquí, y no en el mal sentido. Tuvo que haber trabajado muy duro para conseguir un puesto en uno de los acuarios más turísticos de la ciudad.

Nakamura sonríe mientras señala uno de los estanques tropicales.

— Estos peces viven en arrecifes cálidos. Muchos usan colores brillantes para comunicarse, esconderse o incluso advertir peligro.

Un pez amarillo atraviesa el coral como un pedacito de sol perdido bajo el agua.

Los más jóvenes, por supuesto, quedaron mirando con curiosidad y ternura al pez. Yo por otro lado, no podía decidirme si mirar el enorme estanque o al guapo hombre que estaba explicando todo.

Nakamura me miró por unos breves segundos, antes de girarse rápidamente con las mejillas rojas para seguir con el recorrido.

— S-sigamos...

Más adelante, el túnel oceánico rodeaba todo con un azul profundo y silencioso. Atunes gigantes cruzan encima de nosotros como flechas vivas. Hay algo hipnótico en ver criaturas tan grandes moverse con tanta elegancia. El agua filtra la luz en ondas suaves que bailan sobre el piso y la piel de las personas.

Pero entonces llegamos a una sección más tranquila.

Los pulpos. 

El tanque es menos brillante que los demás. Rocas oscuras, arena fina y escondites estrechos. Al principio parece vacío.

Hasta que una roca "respira".

— ¡Eh! Esa roca se movió, la vi —exclamó uno de mis estudiantes.

Lentamente, un pulpo cambia de textura. Su piel pasa de lisa a rugosa, de marrón oscuro a un tono arenoso casi dorado. Sus ojos enormes observan todo con una inteligencia incómodamente humana.

Nakamura baja un poco la voz, como si estuviera hablando de algo sagrado.

— Los pulpos no solo cambian de color. También cambian la textura de su cuerpo para imitar piedras, coral o arena. Cada tentáculo tiene casi mente propia. Pueden resolver problemas, abrir recipientes y recordar soluciones.

Uno de los tentáculos se desliza lentamente por el vidrio.

— Y lo más increíble... su cuerpo no tiene huesos. Si su pico entra por un espacio, todo el pulpo puede pasar.

Sentí que mi corazón empezaba a latir a un ritmo tan rápido que retumbaba en mis oídos.

Su gusto por los pulpos nunca desapareció... y la forma en la que explicaba todo, alejándose de lo estrictamente profesional para mostrar un vínculo real con la criatura, era de lo más atractivo que había visto. ¿No era raro usar esa palabra? Para nada, ¿no? Digo, un hombre alto, con buen cuerpo e inteligente era considerado atractivo para cualquiera... sí.

Pronto, el pulpo se encogió suavemente dentro de una grieta imposible, desapareciendo como tinta viva.

— Oh... se fue —dijeron algunos, decepcionados.

Era mi oportunidad. Miré a mis estudiantes.

— Chicos, pueden explorar esta zona por su cuenta. Pero no se vayan lejos y no se separen.

No lo pensaron dos veces y rápidamente se dispersaron en grupos. Miré nuevamente a Nakamura, quien ahora me estaba observando fijamente.

— Definitivamente no esperaba encontrarte aquí —dije al acercarme.

Nakamura dio un pequeño salto, abriendo los ojos con incredulidad.

— ¿¡Si eres Hirose!?

Me reí. No había cambiado mucho en cuanto a personalidad.

— Sí, soy yo. Aunque ahora me dicen "sensei". Nada mal, ¿eh?

Él se quedó callado por unos segundos, lo suficiente como para mirarme de arriba abajo de la misma manera que yo lo había hecho con él.

— Ha pasado tiempo... —hizo una pausa—. Creí que jamás te volvería a ver.

Sentí una pequeña punzada en el corazón al oír eso.

— Bueno, el destino parece que no lo quiso así —intenté evitar que la conversación se volviera demasiado melancólica.

Nakamura logró sonreír levemente y asintió.

— Me alegra mucho que haya sido así.

Jugué con las mangas arremangadas de mi uniforme, sintiendo aún esas extrañas mariposas en el estómago. Nakamura también parecía querer decir algo, pero se estaba carcomiendo por dentro.

— Uh... bueno, ya que nos reencontramos —intenté dar el primer paso—, ¿quisieras quedar en algún sitio alguna vez?

Nakamura pareció animarse al oír mi invitación; sus ojos mostraron un pequeño destello.

— ¡C-claro!

Rebuscó torpemente su celular en el bolsillo, casi dejándolo caer.

— ¿Necesitaríamos intercambiar contactos?

— ¡Oh, sí!

Saqué mi teléfono del bolsillo trasero de mi pantalón y abrí la aplicación de Line para añadirnos.

— Pero si es el mismo número de siempre que has tenido —no pude evitar sonreír con diversión.

Nakamura se rascó la nuca y asintió.

— Sí, no he cambiado de número.

— Es increíble que lo hayas conservado durante diez años. Yo he cambiado de número como tres veces.

Nakamura miró su teléfono con el nuevo contacto agregado, mostrando una sonrisa boba que intentó disimular en cuanto notó que lo observaba.

— ¿Has estado yendo al gimnasio? —la pregunta se me escapó sin más. Tenía que mencionar su cambio físico de una manera más decente que un "te volviste sexy".

Nakamura parpadeó un par de veces, mirándose a sí mismo.

— Bueno, no podría decir que soy cien por ciento dedicado al ejercicio, pero sí he estado cuidando mejor mi físico estos años.

— Se nota.

El rostro de Nakamura se puso rojo, lo que provocó la misma reacción en mí.

— U-uh, bueno. En fin, debería ir a supervisar a mis alumnos —di un pequeño paso hacia atrás, ajustándome la corbata por puro tic nervioso—. No quiero que se alejen. Hablaré contigo cuando quiera continuar con el recorrido.

Me di la vuelta sin dejarlo responder, tomando distancia para poder respirar. Oh, bueno... ahora tenía su número otra vez y podía pedirle que nos viéramos para ponernos al corriente. 

Estaba muy nervioso y me costaba entender por qué. Se trataba de un viejo amigo de la secundaria, por el amor de Dios.