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Nido de Dragones

Summary:

Maekar Estaba Nuevamente Embarazado, Algo que Lo Volvía Irritable, Pero Para Baelor Era Algo que Lo Hacia Sentir Bien, Amaba a su Hermano Y Omega, Pronto Serían Los Reyes y que Mejor que Ya Tener Fuerte La Línea de Sucesión

Work Text:

╭─► Nido De Dragones ೃ♡
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En las profundidades de la Fortaleza Roja, el calor del verano de Desembarco del Rey se sentía más pesado que nunca. Maekar Targaryen caminaba lentamente por los jardines interiores, con una mano apoyada en su vientre ligeramente abultado. A sus treinta años, ya había pasado por esto ocho veces, pero cada embarazo parecía golpearlo con más fuerza que el anterior.

El aroma de su omega se había vuelto más dulce, más intenso, cargado de esa fragancia a dragón y miel quemada que siempre acompañaba sus estados. Y eso lo irritaba profundamente.

—Otra vez —murmuraba para sí mismo mientras observaba a sus hijos correr entre los rosales. Ocho. Tenían ocho hijos ya: Matarys, Valarr, Daeron, Aerion, Aemon, Daella, Aegon y la pequeña Rhae. Y ahora venía el noveno.

Baelor, su esposo y heredero al Trono de Hierro, estaba eufórico. Maekar lo sabía. Apenas había recibido la noticia y ya hablaba de fortalecer la línea sucesoria, de asegurar el futuro de la casa Targaryen. Para Baelor, cada hijo era una victoria. Para Maekar, era otro mes de sensibilidad extrema, de lágrimas que aparecían sin razón y de un instinto protector que lo volvía casi irracional con los niños.

—Padre, ¡mira! —gritó Aegon, el pequeño Egg, corriendo hacia él con las manos sucias de tierra—. Encontré una piedra que brilla como un dragón.

Maekar se agachó con dificultad, sintiendo el tirón en la espalda baja. Tomó la piedra entre sus dedos y sonrió a pesar de todo. El pequeño lo miraba con esos ojos violeta tan parecidos a los suyos.

—Es preciosa, mi dragón —dijo, y su voz se quebró ligeramente al final. Maldita sensibilidad.

Egg frunció el ceño, preocupado.

—¿Estás triste, padre?

—No, cariño. Solo… cansado.

Desde el balcón superior, Baelor observaba la escena con una sonrisa suave. A sus treinta y cinco años, seguía siendo imponente: alto, de hombros anchos y esa presencia alfa que llenaba cualquier estancia. Su aroma a roble viejo, cuero y fuego de chimenea llegaba incluso desde lejos.

Bajó las escaleras con paso calmado y se acercó. Los niños lo vieron y corrieron hacia él, gritando “¡Padre!” en diferentes tonos. Baelor los recibió con risas, levantando a Rhae en brazos y revolviendo el cabello de Daeron.

Maekar los observaba en silencio, con una mano aún sobre su vientre.

Cuando los niños se dispersaron nuevamente, Baelor se acercó a él y lo rodeó por detrás con cuidado, colocando sus grandes manos sobre el vientre abultado.

—Otra vez esa cara —murmuró contra su cuello—. ¿Qué te molesta hoy, mi omega?

Maekar suspiró, recostándose contra el pecho firme de su esposo.

—Todo. Me molesta todo. Me pongo a llorar viendo a Egg con una piedra. Me irrita que Valarr y Aerion peleen por cualquier cosa. Y Daella… dioses, Daella me sigue a todos lados como si supiera que algo está cambiando.

Baelor rio bajito, ese sonido profundo que siempre lograba calmarlo un poco.

—Es normal. Siempre te pones así cuando estás embarazado. Recuerda con Aemon, casi quemaste los tapices porque Matarys lloró una vez.

—No exageres —protestó Maekar, aunque una sonrisa traicionera asomó en sus labios.

Se quedaron un momento en silencio, solo sintiendo el calor del otro. El jardín estaba lleno de vida: risas de niños, el canto de los pájaros y el lejano rugido de un dragón en la distancia.

—Nueve hijos, Baelor —dijo Maekar al fin, con voz cansada—. Nueve. ¿No te parece suficiente para asegurar tu maldito trono?

Baelor lo giró con suavidad para mirarlo a los ojos.

—No es solo por el trono. Es por nosotros. Por la familia que estamos construyendo. Cada uno de ellos lleva nuestra sangre, nuestro fuego.

Maekar bajó la mirada. Sabía que su alfa tenía razón, pero su cuerpo y sus emociones estaban descontroladas. Las hormonas lo volvían sensible, protector y, a veces, insoportable incluso para sí mismo.

—Ven —dijo Baelor, tomando su mano—. Vamos adentro. Hace demasiado calor aquí.

Caminaron juntos por los pasillos de la Fortaleza Roja. Los guardias inclinaban la cabeza con respeto al verlos pasar. Baelor, el heredero, y Maekar, su consorte omega, una pareja que había dado ya ocho príncipes y princesas a la corona.

En sus aposentos privados, Baelor lo ayudó a sentarse en el diván amplio junto a la ventana. Pidió que trajeran agua fresca con limón y frutas para su omega.

—Estás feliz —acusó Maekar, mirándolo con los ojos entrecerrados.

—Mucho —admitió Baelor sin vergüenza—. Otro hijo. Otro Targaryen. Y tú… sigues siendo tan hermoso como el primer día que te reclamé.

Maekar bufó, pero sus mejillas se tiñeron de rojo. El embarazo siempre lo hacía más receptivo a los halagos.

—Soy un dragón gordo y sensible, eso es lo que soy.

Baelor se arrodilló frente a él, algo poco común para un futuro rey, y apoyó la frente contra el vientre abultado.

—Eres mi dragón —corrigió—. Y estás trayendo al mundo otro pedazo de nuestro fuego.

Maekar pasó los dedos por el cabello oscuro de Baelor. A pesar de su irritación, no podía negar el calor que sentía en el pecho al ver a su alfa así.

Los niños entraron poco después, como una tormenta. Daella se subió al diván y se acurrucó contra el costado de Maekar. Egg se sentó en el suelo a jugar con sus piedras. Aerion y Daeron discutían en voz baja sobre quién montaría primero un dragón cuando crecieran.

Baelor los observaba todo con orgullo evidente.

—Nuestra familia —dijo en voz baja solo para Maekar—. Mira lo que hemos hecho.

Maekar suspiró, acariciando el cabello de Daella mientras sentía una patada suave en su vientre.

—Sí… lo que hemos hecho —repitió, y por primera vez en varios días, una sonrisa genuina apareció en su rostro.

A pesar de la sensibilidad, del cansancio y de las emociones a flor de piel, en momentos como ese entendía por qué seguía diciendo que sí. Porque detrás de la irritación estaba el amor profundo por ese hombre y por cada uno de los hijos que habían traído al mundo.

La Fortaleza Roja seguía latiendo con su propia vida, pero en esos aposentos, entre risas infantiles y el aroma mezclado de dos dragones, existía un mundo aparte.

Un mundo que pronto tendría un miembro más.