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Era sábado, su oficina estaba fría y los papeles regados por toda la superficie; se encontró calculando la cantidad de infantes desaparecidos desde principios de año hasta la actualidad en agosto. Cerca de 130 niños fueron reportados como “no habidos” y otros 70 fueron encontrados muertos.
Todo apuntaba a que eran un grupo de gitanos encargados del secuestro, venta y, en algunos casos, sacrificio de niños en el extranjero; el mismo grupo de bárbaros de siempre y las mismas víctimas.
El pueblo exigía la expulsión de todas las familias provenientes de esta etnia, pero no era posible; este grupo ha sido perseguido por siglos y, como líder espiritual, les había prometido hace muchos años un lugar seguro donde asentarse. Entonces llegaron estos grupos de bandidos y la percepción de la gente cambió dentro de días.
Crímenes de odio, linchamientos y persecuciones clandestinas se gestaban en los extremos lejanos de la ciudad; tantos eran y tan dispersos estaban que era difícil dispersar a sus hombres para frenarlos.
Y sin embargo, no podía culparlos; la mayoría de los que participaban en estas obras de “justicia popular” eran los padres que habían perdido a sus niños, no tenían a quién culpar, lo único que querían era venganza y, si era posible, que se les devolvieran a sus niños, incluso si solo eran cadáveres para llorarlos y darles santa sepultura.
Esto era… frustrante.
Mañana tenía que estar listo para la misa de los domingos y con cada minuto que pasaba, más niños desaparecían y más se sumaban a la caza de gitanos. Necesitaba un descanso.
En eso, tres golpes consecutivos interrumpieron su espiral de estrés; Cuando la persona entró, vio que era el general de su batallón principal.
—Mi señor, es hora de irnos.
—Eh… disculpa mi memoria, ¿a dónde? —aún sostenía la vara de grafito con la que hacía los cálculos numéricos.
—Al Carnaval Rodante, mi señor.
Es verdad, hacía pocas semanas había contactado con el representante para que dieran un espectáculo gratuito a los habitantes con la esperanza de calmarlos aunque sea un poco. No era más que estrategia, ya que la mayoría de los artistas en aquel circo eran gitanos; si tenía suerte, esto ayudaría a que los pueblerinos tuvieran una nueva perspectiva, una mejor, hacia estas personas; tal vez así la tensión se calmaría y podría hacer mejor su trabajo.
Uno de los requisitos para que esto funcionara era que él estuviera presente; siendo el juez y aquel encargado de dar consuelo a las familias afectadas, era importante que estuviera ahí, una forma de simbolizar la fraternidad de la religión con dicha gente.
El líder del Carnaval aceptó de inmediato y el trato se cerró: la catedral pagaría el evento y velaría por la seguridad de los artistas, mientras que ellos aligeraban el odio colectivo, algo sencillo.
—Cierto, gracias Ronald, estaré listo en unos minutos.
Con eso el general se retiró y fue a verse al espejo; siendo sincero consigo mismo, esto era a su vez una vía de escape para el estrés que había acumulado por meses.
Ya satisfecho con su imagen, salió de su oficina y, al llegar a la calle, se subió a su carruaje, no pudo evitar que un atisbo de emoción se colara en su rostro, de verdad necesitaba esto.
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Ya en la plaza, el estadio del carnaval estaba listo, las personas poco a poco se acercaban y los artistas se preparaban; él estaba hasta atrás, le habían dado un asiento privilegiado para que presenciara la función con las mejores vistas, habiendo incluso una rampa que conectaba su carpa con el centro del escenario, sugiriendo una actuación más cercana.
La gente murmuraba, algunos curiosos, otros, más que nada niños, emocionados y otros más con cierto recelo al enterarse de la etnia de algunos de los circenses. Con un gesto sutil, mandó a su general a ubicar a sus hombres alrededor de la plaza, por si es que venía alguna turba enfurecida.
Con eso, pocos minutos hicieron falta, ya que de repente se escucharon trompetas y tambores, para que después el telón se abriera mostrando un grupo de dos acróbatas vestidas de múltiples colores haciendo malabares sobre una superficie alta mientras la música alegre llenaba el ambiente.
Los niños, quienes estaban pegados al escenario, gritaron de júbilo; los adolescentes, atrás de ellos, hablaban con asombro de las hazañas de las chicas y los adultos… ellos estaban callados, pero sabía que poco a poco se irían contagiando de la alegría de aquel circo.
Centró su atención en las chicas; la de la izquierda era más baja, parecía ser nueva, tenía habilidad con las mazas, pero se le veía algo nerviosa, intentando concentrarse en sus trucos en lugar de las miradas del público. Ella tenía el cabello escondido por un gran gorro de bufón de color rojo y azul, mientras que su cara estaba pintada de blanco con las mejillas rosadas. La otra chica estaba al otro extremo del estadio; esta se veía más experimentada, tenía un parche en el ojo izquierdo y su cabello rojo estaba recogido en una cola adornada por un gran moño azul. Sus malabares eran con pelotas en lugar de mazas, pero en lugar de las cuatro con las que trabajaba la bufona, ella estaba trabajando con siete. Su vestuario era sencillo, pero adorable, algo perfecto, ya que era una muñeca de trapo.
El acto de las chicas consistió en truco tras truco, cada uno más desafiante que el anterior, hasta que en un momento dejaron los malabares y pasaron a las volteretas con el ritmo de la música; debía admitir que estaban bien coordinadas.
Dentro de un tiempo, se retiraron del escenario y, por la parte de atrás, llegaron otras dos artistas. Una de ellas era una espiral de cinta roja, tenía una máscara de comedia y usaba un vestido blanco con moños y listones rojos; su compañera era un juguete de piezas intercambiables, llevaba múltiples adornos como aretes, collares y pulseras. Ambas protagonizaron una pequeña obra de comedia que logró sacar algunas sonrisas a los adultos.
Habiendo finalizado, ellas junto a las acróbatas anteriores se juntaron en el escenario. Había iniciado la sección de las historias populares; la muñeca de trapo, quien se presentó como Ragatha, cantaba las historias acompañadas por la bufona llamada Pomni, quien usaba una guitarra de trovador; así mismo, la chica de la máscara, quien al parecer se llamaba Gangle, junto a otra actriz, de nombre Zooble, se encargaron de actuar lo que la trovadora contaba.
Al finalizar la historia, todos los presentes aplaudieron, ya más animados.
En eso, se oye una flauta y Ragatha se posiciona al frente del escenario, caminando por la rampa con la mirada fija en el público.
—Ahora, mis amigos, demos paso a la fiesta con una danza típica de mi querida raíz gitana; no dudéis en seguirnos, recordad que los malos tiempos siempre acaban y confiamos en que la justicia de nuestro gran juez Caine se hará cargo de darles su merecido a esos bastardos. Ellos no nos representan como gitanos; por favor, es hora de gozar.
Eso fue todo; la gente aplaudió, en sus rostros se les veía la esperanza, el carnaval estaba funcionando, la música inundaba la plaza y no pudo evitar moverse en su asiento al ritmo de esta. En eso, el telón de la parte de atrás del escenario volvió a abrirse y de este salió un conejo morado usando un vestido con múltiples adornos. Llegó al escenario con gran energía y comenzó a bailar con tanto júbilo que poco a poco las dudas de las personas se fueron dispersando hasta que todo se convirtió en un caos alegre. Las personas bailaban, los circenses también y él… él se quedó inmóvil, con su mirada puesta fijamente en aquel conejo de sonrisa atrevida.
Vio sus manos, sus orejas, cómo movía su vestido y la alegría calculada de sus casos; era el alma de la fiesta, la representación del júbilo y la esperanza por un futuro mejor. Danzó por todo el escenario hasta que, aun bailando para la gente, se acercó a su lugar, cruzando aquella rampa que había olvidado que estaba ahí.
Se le cortó la respiración cuando lo tuvo tan cerca; parecía desear que bajara a bailar con los demás, pero él no pudo moverse, embobado, con la dentadura que tenía por cabeza abierta en señal de asombro estático. Tal vez se vio ridículo, ya que el conejo soltó una risa divertida y con el mismo ánimo se fue a seguir bailando por el resto del escenario.
No sabe en qué momento, pero extendió su mano para tratar de alcanzarlo, pero solo logró tomar un débil pañuelo amarrado a su cintura; con la esperanza lejos de él, solo le quedó aferrarse a ese pañuelo. Era suave, tenía un entramado de estrellas en un espacio morado suave, alegre, libre.
La fiesta continuaba, todos celebraban, todos menos él, quien no podía apartar la mirada de aquel ser del cual ni su nombre sabía.
¿Qué se supone que era esta sensación?
El calor inundando su pecho, la pesadez en sus extremidades, la inquietud de sus manos. Esto no era normal, era… extraño, por no decir aterrador, y cuando se dio cuenta, el frío llegó como mar que apaga una hoguera.
No…
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La noche cayó rápidamente, era helada, pero extrañamente reconfortante; estaba quitando el seguro de uno de sus piercings cuando una voz familiar irrumpió en su tranquilidad.
—¿Admirando su reflejo, señorita? —la voz volaba ligera y juguetona, mientras se recostaba en el marco de la puerta.
—¿Cómo no iba a hacerlo con la belleza que tengo mirándome? —respondió del mismo modo, dejando que una amplia sonrisa ladina se extendiera por su rostro—. ¿Sucede algo, Zooble? ¿No deberías estar detrás de tu llorona? —continuó el trabajo con sus demás joyas, pasando a limpiarse la cara con un trapo blanco.
—Jódete —incluso cuando su espalda se tensó, no dejó la burla en sus labios—, ¿acaso necesito un permiso firmado para hablarle a mi competencia?
Ya habiendo terminado con su rostro, se levantó de su asiento y volteó su cuerpo hacia la chica mientras llevaba sus manos al corsé de su vestido. Zooble fue en su ayuda, deshaciendo los nudos y destensando la prenda.
—Tal vez deberías —ya sin el corsé, comenzó a desabotonar la amplia camisa que usaba como tapadera para sus pechos falsos—. Pero hablando en serio, ¿pasó algo allá afuera? —se tomó un momento para buscar cualquier señal de incomodidad en su amiga; suavizó su voz—. ¿Te peleaste con Gangle?
—No, no es sobre ella —con cautelosa precisión comenzó a desatar primero la tela amarrada a su cintura para después pasar a las cuerdas de su vestido—, solo… solo es otro de esos malditos presentimientos —cuando terminó con el vestido, volvió a tomar distancia a una de las esquinas de la habitación, lejos del tocador de antes.
—¿Quieres hablar de eso o te vas a quedar refunfuñando como la amargada que eres? —caminó al otro extremo del cuarto, tomó asiento en su cama y comenzó a quitarse el vestido mientras buscaba con la mirada qué ponerse. No era muy bueno con los sentimientos, pero esperaba que su patético intento de aligerar el ambiente fuera acertado.
—No ha parado desde que llegamos a esta ciudad —su voz salió tensa, miraba a una esquina en el suelo mientras se agarraba los brazos con más fuerza de la necesaria—. Hay algo aquí, algo en esta gente que me pone… tensa, es como si hubiera un lobo respirando cerca de mi cuello, esperando el momento perfecto para morder —se tomó un tiempo para respirar, soltó sus brazos y exhaló fuertemente—. Y Gangle… ella me dijo que tal vez solo estaba estresada.
Bueno, eso no era algo que hubiera previsto; Zooble era bastante perceptiva. No recordaba bien, pero Ragatha le contó que antes de unirse al Carnaval Rodante, ella se ganaba la vida haciendo lecturas clandestinas de tarot, cosa que le traía muchos problemas con las autoridades de cada pueblo que visitaba. Kinger la encontró cuando había sido expulsada de MoonLand; la acogieron y a partir de ahí tuvo lo más cercano a una vida estable. No es como si eso tuviera importancia para él, pero si algo había aprendido en los seis años que la conocía, es que sus predicciones nunca fallaban.
Solo que ella no había hecho ninguna lectura.
Al final se decidió por su ropa de cama; ya vestido, se acercó a paso lento, buscando el tono de voz adecuado.
—Ella solo se preocupa por ti y lo sabes.
—Lo sé, pero no ayuda.
Era cierto, pero no podía dejar que cayera en su clásico espiral de psicosis tarotista o lo que sea. Se esforzó por no decir nada y en cambio buscó cómo llegar a ella; hacía tiempo que había dejado de ser el idiota de hace años.
—Míralo de este modo —comenzó, buscando las palabras adecuadas para evitar su ira—, solo vamos a estar aquí por 18 días; cualquier cosa que llegue a pasar en esta ciudad, es probable que nosotros ya estemos muy lejos de aquí.
Ella lo pensó y se apresuró a continuar.
—Tal vez ese presentimiento sea algo que pasará, pero no a nosotros —dijo el conejo, notando cómo su propia postura se relajaba a su vez; tal vez era eso—. Quiero decir, es evidente que algo se está gestando aquí, pero Kinger jamás nos traería a un lugar si supiera que estaríamos en peligro, sabes cómo es él. Puede que pase algo grande, pero con suerte, puede que no sea con nosotros presentes.
Eso parecía funcionar; lo supo al ver cómo los hombros de la chica se relajaban visiblemente a la vez que parecía volver a respirar.
—No lo había pensado así… —se quedó en silencio unos momentos más, considerando el comentario—. ¿Sabes?, tal vez debería enseñarte esta mierda de leer las cartas; creo que serías medianamente decente en esto.
Su tono burlesco volvió y Jax estaba agradecido de que así fuera.
—No lo sé, tal vez esa porquería me desgracie la cabeza y termine todo amargado como tú —contestó de igual forma.
—Jódase, señorita.
Sí, esperaba que esa forma de hablar se quedara con ella para siempre.
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Por otro lado, en la catedral del centro de la ciudad, el frío no era agradable, incluso cuando había una gran chimenea en la habitación; no funcionaba, nada lo hacía, no desde que tomó conciencia de lo que su mente, ahora corrupta, había sido capaz de hacer.
¿Pero, cómo?
¿Por qué de entre todos los mortales fue él quien cayó en algo tan perverso?
¿Por qué alguien tan cercano al Altísimo había sido maldecido así?
¿Qué había hecho mal?
Los cuadernos y pergaminos habían sido abandonados hacía mucho tiempo en un miserable intento de evitar lo inevitable.
Su mente era una cárcel hecha de espejos; una jaula hecha de… de ojos, ojos que no miraban nada ni a nadie más que a él, a él y su pobre existencia que no podía hacer nada en contra del pecado.
¿Acaso nunca fue lo suficientemente puro?
¿Alguna vez lo fue?
Despegó la mirada de la ventana, cansado de ver las lúgubres calles humedecidas por una lluvia que parecía burlarse de él.
Caminó por la pieza, su cabeza estaba gacha mientras la vergüenza contaminaba su cuerpo, mirando el suelo de piedra y sus casi imperceptibles baches, junto a la suciedad de las alfombras usadas. Deseaba ser una para que lo pisotearan, tal vez esa sería una penitencia adecuada.
Nunca en sus tantos años como clérigo había ocurrido esto, pero… ¿Por qué ahora?
No pudo evitar que su mirada se dirigiera a lo único llamativo en su habitación, el fuego de la chimenea. Se concentró en su calor, el brillo que cegaba si mirabas por mucho tiempo, las chispas de la madera al consumirse poco a poco, el olor a ceniza y humo que se juntaba y danzaba en el aire; pero el calor, su calor podía volverse abrasivo si lo tocabas, podía cobrar más fuerza si soplabas, su luz no podía ser ignorada… y luego estaba el calor, el calor que humedece, calor que quema, calor que quita el aire, el calor, oh… el calor. Estar tan cerca del fuego ayudaba a su cuerpo antes frío y roto; su calor lo había ayudado.
Y por fin, con la mente más clara, se dirigió a su escritorio y siguió con su trabajo.
El fuego había ayudado.
