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Fuerza Mayor

Summary:

No fue una elección, ni un error… fue algo que simplemente ocurrió.
Y cuando lo hizo, ya no hubo forma de volver a lo que eran antes.

Notes:

Uf, otra historia.

Tarde en publicarla mas de lo que me gustaría admitir, pero tuve un bloqueo creativo con respecto a este fic, pero después de escuchar un amplio repertorio de música y encontrar el corazón de la historia, por fin pude empezar a escribirla jeje.

¿Es necesario leer la primera parte? En este caso, sí. Sobre todo para tener un contexto de la historia, además de que también vemos la resolución de Bakugo en la primera parte. No es obligatorio tampoco, pero si se quieren evitar ciertas confusiones, la historia esta ligada a esta😜
La dinámica es la misma, serán canciones que tendrán de base inspiraciones de canciones pop latinas, sobre todo de los años 2000’s hacia adelante. Los títulos serán el de las canciones representativas para el capítulo, empezando con Manía Cardiaca de Enjambre (sí, tengo una ligera obsesión con ellos😔).

Disfruten mucho el capitulo y las canciones recomendadas!❤️

Chapter 1: Manía Cardiaca

Chapter Text

"Y porque te amé tanto, Ochako… quiero que tú vivas de la forma en que tú quieras."

Ochako frunció el ceño mirando el techo de su departamento.

Las palabras seguían ahí. Suspendidas. Como si Toga las hubiera dejado clavadas en algún lugar entre las costillas, en ese sitio exacto donde las cosas duelen sin dar una razón clara.

Meció distraídamente los pies fuera del sofá. Su cabeza descansaba sobre el regazo de Tsuyu, que pasaba los dedos entre su cabello castaño con una calma deliberada, como si supiera que Ochako necesitaba ese peso sin que nadie se lo dijera. Jirou asentía desde el piso, sentada sobre una almohada, con una sonrisa tranquila que aparecía y desaparecía según las palabras de Tsuyu. Momo añadía observaciones con esa precisión suya de siempre, y Tooru se movía con entusiasmo en su asiento. Ochako lo sabía por la forma en que su ropa flotaba, inquieta, como extensión de una energía que nunca terminaba de aquietarse.

Mina apareció después con una bandeja llena de vasos de limonada, los repartió uno por uno con su eficiencia característica y se dejó caer en el piso con un sonido sordo, acomodándose al lado de Tooru.

—¿Por qué estás tan callada, Chako Chips? —preguntó, observándola con esa curiosidad suya que nunca terminaba de disfrazarse de otra cosa.

La conversación murió despacio. Ochako lo sintió antes de verlo — el silencio extendiéndose como una ola suave, y de pronto todas la miraban con una atención apenas disimulada. Hizo una mueca sin querer.

Tomó aire.

No tenía caso intentar esquivarlas. Sobre todo a Mina, que había orbitado cerca de ella con una insistencia curiosa durante semanas, como si oliera que algo no estaba bien antes de que Ochako misma pudiera nombrarlo.

—Estaba pensando en Toga.

—Uy —soltó Jirou, con una ceja levantada—. Eso suena interesante.

—No sé si interesante sea la palabra correcta. —Ochako exhaló despacio—. Solo que… sigo tratando de entender su manera de vivir. Sus palabras. —Se rascó la frente con un gesto de irritación leve, casi inconsciente—. Vive como tú quieras. ¿Qué se supone que significa eso?

Momo frunció el ceño con delicadeza.

—Pues… literalmente eso, Ochako. Vivir con libertad. Hacer lo que tú elijas.

—Sí, lo sé. —Hizo una pausa—. Pero ¿cómo? ¿Cómo se supone que haga eso?

Tsuyu la miró desde arriba, con esa paciencia suya que nunca se apresuraba.

—¿Por qué te han estado molestando tanto sus palabras? —preguntó en voz baja—. ¿Sientes que es una instrucción difícil de seguir?

—No es eso… —Ochako desvió la mirada hacia el techo otra vez—. Es que… se supone que estoy viviendo como quiero. Entonces, ¿por qué no me siento… feliz?

El silencio que siguió fue distinto al anterior. Más pesado. Todas intercambiaron una mirada breve, de esas que no necesitan palabras para decir ¿estás viendo lo mismo que yo?

Momo se inclinó hacia ella con ese lado maternal que nunca terminaba de apagarse.

—¿Por qué dices eso, Ochako?

—¿Tiene que ver con nuestro héroe favorito? —Mina alzó una ceja—. ¿Te hizo algo?

—¡No! —La respuesta salió rápido, más rápido de lo que pretendía—. Claro que no. Él ha sido… tan dulce. Caballeroso. Entregado sin ser intenso. Me respeta y…

Las palabras se le atascaron en algún lugar del pecho.

Sintió la irritación subiendo despacio, como algo que lleva demasiado tiempo contenido. Se dejó caer de nuevo contra el regazo de Tsuyu y se cubrió la cara con una almohada.

—Me siento incompleta. —Las palabras salieron amortiguadas por el cojín—. Siento que hay algo que no estoy haciendo bien.

Se negó a bajar la almohada.

No quería ver sus caras.

No todavía.

El silencio se estiró unos segundos más de lo cómodo.

Fue Tooru quien lo rompió primero.

—Ochako… —su voz sonó más suave de lo habitual, sin el entusiasmo que normalmente la desbordaba—. ¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo solo porque querías? No porque debías, no porque era lo correcto. Solo porque tú querías.

Ochako bajó la almohada apenas un centímetro.

Lo pensó.

Lo pensó de verdad.

Y eso, en sí mismo, ya era una respuesta.

—No me acuerdo —admitió en voz baja.

Jirou exhaló por la nariz, no exactamente una risa, sino algo más cercano a un lo sabía que prefirió no decir en voz alta.

—Creo —dijo Momo con cuidado, eligiendo cada palabra como quien camina sobre algo frágil— que quizás el problema no es Izuku. Ni tú. Sino que llevas tanto tiempo siendo lo que todos necesitan que olvidaste preguntarte qué necesitas tú.

Ochako bajó la almohada del todo.

Aun así, se rehusó a verlas directamente.

Esa frase se le instaló en algún lugar del pecho con una precisión incómoda.

—Toga lo vio —murmuró, casi para sí misma—. Lo vio antes que yo.

—Las villanas a veces tienen esa ventaja —dijo Tsuyu, sin ironía, con esa honestidad suya que nunca hería pero siempre llegaba—. No tienen que ser amables con la verdad.

Mina, que había permanecido extrañamente callada durante los últimos segundos —lo cual, en sí mismo, era una señal de que estaba procesando algo con más seriedad de lo habitual— apoyó el mentón en su mano y la observó con una expresión que Ochako no supo descifrar del todo.

—Oye —dijo finalmente—. Y hablando de cosas que no estás haciendo bien…

—Mina —advirtió Jirou.

—No, espera, es una pregunta legítima. —Levantó una mano—. ¿Cómo van las cosas con la colaboración? ¿La de tu agencia con la de Bakugo?

Ochako parpadeó.

El cambio de tema fue tan abrupto que tardó un segundo en seguirlo.

—Bien —dijo, con una cautela que no había planeado—. Está yendo bien. Es una buena alianza.

—Ajá. —Mina asintió despacio, con esa sonrisa suya que significaba exactamente que no había terminado—. ¿Y Bakugo?

—¿Qué con Bakugo?

—No sé. —Se encogió de hombros con una inocencia completamente fabricada—. ¿Cómo está? ¿Es tan intenso en el trabajo como siempre? ¿Sigue siendo imposible? ¿Te ha hecho explotar algo?

—Mina —repitió Jirou, esta vez con más intención.

—¡Pregunto por curiosidad genuina!

—Tu curiosidad genuina tiene una cara muy específica —dijo Tooru— y esa es la cara.

Ochako se incorporó despacio hasta quedar sentada, con la almohada aún en el regazo.

—Es… profesional —dijo, con más cuidado del necesario para una respuesta tan simple—. Directo. Sabe lo que quiere y cómo conseguirlo. Es fácil trabajar con alguien así.

Mina la miró.

Solo la miró.

—¿Fácil? —repitió.

—Sí.

—¿Bakugo Katsuki?

—Sí, Mina.

—¿El mismo que en primero de secundaria te lanzó una explosión en la cara durante el festival deportivo?

—Eso fue hace años —dijo Ochako, sin poder evitar que la comisura de su boca amenazara con moverse.

—El mismo que gruñe más de lo que habla.

—No gruñe tanto.

El silencio que siguió fue breve.

Pero suficiente.

Mina sonrió despacio, como quien acaba de encontrar exactamente lo que buscaba sin haber tenido que cavar demasiado.

—Interesante —dijo en voz baja.

—No es interesante —respondió Ochako de inmediato.

—No dije que lo fuera.

—Tu cara lo dijo.

—Mi cara no dijo nada.

—Tu cara siempre dice algo, Mina.

—No veo el sentido de traer a Bakugo a la conversación —intervino Jirou de inmediato.

—Tienes una visión muy limitada, Jirou —soltó Tooru con una emoción apenas contenida, inclinándose hacia Ochako con el entusiasmo de alguien que lleva rato esperando que la conversación tomara exactamente este rumbo.

—Porque tal vez el problema de Chako no es su vida como tal —dijo Mina, mirando a Ochako con una atención que no tenía nada de casual—. Eres feliz en tu agencia, ¿verdad?

—Por supuesto —respondió Ochako de inmediato.

—Apoyas a tus padres y tienes una buena relación con ellos, ¿no es así?

—¡Sí!

—Y estás pasando un momento de chicas con todas nosotras. Te tomas tiempo para ti.

—Claro.

—Y estás saliendo con el chico que te gustó desde la secundaria. —La sonrisa de Mina se ensanchó despacio, con una precisión casi quirúrgica—. Un hombre al que admiras. ¿No es cierto?

Ochako abrió la boca.

La cerró.

Tomó un segundo más de lo normal.

—…Sí. Lo hago.

—Eso es lo que te tiene inquieta. —Mina lo dijo sin triunfo, con una suavidad que no le era común pero que aparecía cuando algo de verdad le importaba—. Y concuerdo con Momo: no es que Izuku sea el problema. Ni tú. Solo creo que, tal vez, estés un poco confundida. Y la confusión se siente rara cuando no estás acostumbrada a ella.

Ochako frunció el ceño.

—¿Confundida?

—Y aquí es donde entra Blasty. —La sonrisa regresó, esta vez con más filo—. Tienes que admitir que con la colaboración han convivido mucho. Durante bastante tiempo.

Tsuyu se encogió de hombros con su calma habitual.

—Eso es verdad —dijo—. Pero no veo cómo una cosa implica la otra.

—¡Oh, por dios! —estalló Tooru de pronto, incorporándose con un movimiento brusco—. ¿Estamos teniendo una conversación de un corazón dividido? ¡Me quiero acomodar mejor!

El sonido de su cuerpo dejándose caer boca arriba sobre la almohada fue suficientemente dramático como para que Ochako casi soltara una carcajada. Las pantuflas que le había prestado se balanceaban en el aire con una cadencia completamente ajena a la tensión del momento. Ochako las miró un segundo — solo uno — antes de volver a concentrarse en Mina.

—¿Qué quieres decir exactamente? —entrecerró los ojos.

—Que solo tal vez… —Mina hizo una pausa breve, como si le diera tiempo de prepararse— hay una pequeña posibilidad de que te guste nuestro amigo gremlin.

—¿Solo porque convivimos más? —preguntó Jirou, incrédula—. Eso es un argumento muy débil, Mina.

—¡Es que ustedes no vieron cómo estaban juntos en la fiesta! —protestó Mina.

—¡Porque la mesa era muy pequeña! —dijo Ochako de inmediato—. Y el espacio era estrecho.

—¿Y qué hay del balcón? —Mina levantó una ceja—. Estuvieron horas ahí afuera platicando.

—Porque los amigos platican, Mina.

—No a solas —murmuró su amiga entre dientes.

Ochako abrió la boca para responder.

Pero las palabras no llegaron.

Porque la imagen apareció sola, sin que la invitara — la luz fría de esa noche, el ruido amortiguado de la fiesta al otro lado del cristal, y Katsuki apoyado en la barandilla del balcón con esa postura suya de siempre, como si el mundo entero pudiera derrumbarse y él seguiría ahí plantado, sin moverse.

Había sido una conversación sin importancia.

Eso era todo.

Una conversación larga, tranquila, sin importancia.

—No significa nada —dijo finalmente, pero su voz salió un tono más baja de lo que pretendía.

Mina no respondió.

Solo la miró.

Y eso fue peor.

Tsuyu, que había observado todo el intercambio, dejó caer la mano sobre el cabello de Ochako con suavidad antes de hablar.

—¿Sabes cuánto tiempo tardaste en darte cuenta de que te gustaba Midoriya? —preguntó, sin acusación, sin urgencia. Solo la pregunta, limpia y directa como siempre.

Ochako frunció el ceño.

—Aoyama me lo tuvo que señalar.

—Exacto. —Tsuyu hizo una pausa breve—. No digo que Mina tenga razón. Pero tampoco diría que estás prestando demasiada atención a lo que sientes, Ochako.

El departamento quedó en silencio.

Afuera, la ciudad seguía moviéndose.

Ochako trazo la costura del sofá con las yemas de sus dedos.

Vive como tú quieras.

Ojalá supiera cómo.


Ochako levantó el teléfono una vez.

Su dedo quedó suspendido sobre la pantalla, sin terminar de decidirse. El nombre de Deku sobresalía entre las notificaciones con esa familiaridad de siempre, y lo desglosó sin entrar al chat, leyendo solo los primeros mensajes desde la barra.

Deku: Fue todo un reto 😔
Deku: ¡pero mi clase se esforzó al máximo para sacar buenas calificaciones!
Deku: ¿A ti cómo te fue? 😊

Una sonrisa lenta se formó en su rostro sin que lo decidiera. Izuku era así. Constante, genuino, incapaz de enviar un mensaje sin que se notara que le importaba. Una punzada de remordimiento la alcanzó con suavidad: llevaba dos horas sin contestar. No por crueldad, no por estrategia. Simplemente porque cada vez que abría el chat, la motivación de seguir la conversación no llegaba, y cerrar la aplicación era más fácil que preguntarse por qué.

Se había dicho a sí misma que era normal. Que tenía veinticuatro años, que las cosas no se sienten igual que a los quince, que las mariposas de la adolescencia no tienen por qué sobrevivir a la madurez para que algo sea real.

Pero cada vez que se veía en el espejo, tenía la vaga e incómoda sensación de que era mucho más complejo que eso.

La línea de pensamiento se cortó cuando la pantalla se iluminó de nuevo.

Bakugo: ¿Estás ocupada?

Ochako parpadeó.

El nombre apareció como siempre. Sin preámbulo, sin adorno, con esa contundencia suya que no pedía permiso para existir. En su mejor sensatez, debió ignorarlo. Tenía demasiado de sí misma que resolver como para sumarle su temperamento esta noche.

Pero entonces llegó, sin que lo invitara, el recuerdo vago del balcón, el frío de esa noche que ninguno de los dos pareció notar, los silencios que no incomodaban, su voz bajando hasta casi un susurro cuando decía algo que de verdad le importaba, la forma en que la miraba a veces, como si estuviera prestando atención de verdad.

Levantó el teléfono.

Yo: No. ¿Qué pasó? 😸

Menos de cinco segundos. La pantalla se iluminó con una llamada entrante y Ochako frunció ligeramente el ceño antes de contestar, llevándose el teléfono a la oreja.

—Mejillas. —Su voz ronca llegó desde la otra línea, directa, sin introducción. Algo en el estómago de Ochako se acomodó de una forma que prefirió no analizar—. ¿Me puedes explicar la pésima administración de tu equipo?

Algo en su pecho se hundió. Ligero, pero presente. Decepción, quizás, aunque no supo muy bien de qué.

—¿Mi equipo?

—Sí —repitió él, con ese cansancio controlado de quien lleva horas resolviendo problemas que no le corresponden—. Estoy revisando los correos y son una porquería.

Ochako miró el reloj de mesa.

Las diez de la noche.

—¿Qué haces tan tarde en la agencia? —preguntó, genuinamente curiosa.

—¿Qué te importa? —gruñó él—. Estoy haciendo mi trabajo y, al parecer, muy pronto haré el tuyo también.

Ochako abrió la boca. La cerró. Consideró, por un momento breve, defenderse.

—Lo siento —dijo en cambio, con un hilo de culpa genuina—. Toda la información está en la oficina. Hoy es mi día libre.

Un silencio corto al otro lado de la línea. No incómodo. Solo el tipo de silencio que Katsuki usaba cuando procesaba algo sin molestarse en fingir que no lo estaba haciendo.

—¿Tienes acceso remoto a los archivos? —preguntó finalmente.

—Sí, pero tardará un momento en cargar todo.

—Tómate el tiempo que necesites.

Ochako bajó el teléfono un instante, abrió la aplicación de la agencia y esperó. Al otro lado de la línea podía escuchar el sonido distante de papeles moviéndose, el clic ocasional de un teclado. Katsuki no llenaba los silencios con conversación innecesaria. Nunca lo había hecho.

Era, descubrió en algún momento que no supo precisar, una de las cosas que le resultaban más fáciles de él.

—Ya está —dijo cuando los archivos terminaron de cargar—. ¿Qué carpeta necesitas?

—Contratos del trimestre.

—Dame un segundo.

Los encontró y los compartió. Escuchó el sonido de la notificación llegando al otro lado de la línea, luego el silencio volvió mientras él revisaba.

Ochako se recostó despacio en el sofá, el teléfono pegado a la oreja, mirando el techo otra vez. El departamento estaba completamente quieto ahora. Sin las voces de sus amigas, sin el movimiento de Tooru, sin la bandeja de limonadas de Mina. Solo la ciudad afuera y la respiración tranquila de Katsuki al otro lado de la línea.

Era extraño lo fácil que resultaba.

—El problema está en la cláusula de respuesta de emergencia —dijo él finalmente—. Tu equipo la dejó abierta. Si hay un incidente durante una actividad conjunta, la responsabilidad queda en el aire.

—¿En serio? —Ochako frunció el ceño, incorporándose—. Eso debió revisarse antes de firmar.

—Lo sé. —Una pausa breve—. No estoy diciéndote que tu equipo es incompetente. Solo que necesitan supervisión en las partes legales.

Ochako parpadeó.

Eso, viniendo de Katsuki, era casi un elogio.

—¿Me lo puedes marcar en el documento?

—Ya lo estoy haciendo.

Otro silencio. Ochako volvió a recostarse, con menos tensión esta vez. Afuera, un auto pasó despacio por la calle. El reloj de mesa marcó las diez y cuarto sin que ninguno de los dos lo notara.

—Oye —dijo ella después de un momento, sin saber exactamente por qué lo preguntaba—. ¿Comes cuando trabajas tan tarde?

Un silencio distinto al anterior.

—¿Por qué?

—Por nada. Curiosidad.

—Sí como —dijo él, con ese tono suyo de quien no entiende por qué le están preguntando algo tan obvio—. No soy un idiota.

—No dije que lo fueras.

—Lo insinuaste.

—No lo insinué, Bakugo.

Escuchó algo al otro lado de la línea. Breve. Casi imperceptible.

Casi una risa.

Ochako sintió algo moverse en su pecho. Pequeño. Cálido. Del tipo de cosas que era más fácil no mirar directamente.

—Listo —dijo él—. Te mandé el documento con las correcciones marcadas. Revísalo mañana con tu equipo antes de que sigamos avanzando.

—Lo haré. Gracias, Katsuki.

El nombre salió solo, sin que lo pensara. Sin el apellido de siempre.

Un silencio.

Breve, pero presente.

—Buenas noches, Mejillas.

La llamada terminó antes de que ella pudiera decir algo más.

Ochako se quedó con el teléfono en la mano, mirando la pantalla oscurecerse despacio. Izuku seguía ahí, en las notificaciones. Tres mensajes sin respuesta, con su carita sonriente esperando.

Los miró un momento.

Luego apagó la pantalla.

Y se quedó en la oscuridad del departamento, con el eco de una voz ronca todavía instalada en algún lugar que no supo nombrar.

Vive como tú quieras.

Ojalá supiera qué significaba eso.

Ojalá supiera qué era lo que quería.