Chapter Text
“Hay risas que suenan como una melodía.
Y otras que te detienen el corazón.”
Uraraka era un problema.
Katsuki no habría podido decir con exactitud cuándo había empezado a serlo.
Durante años no lo fue.
Siempre había sentido una especie de respeto obstinado por ella, algo cercano a la admiración que se le concede a un adversario digno. Ochako Uraraka nunca había sido frágil. Al contrario. Katsuki recordaba con absoluta claridad el día en que lucharon durante el festival deportivo: la determinación silenciosa en sus movimientos, la manera en que había seguido avanzando incluso cuando su cuerpo ya no estaba de su lado.
Pocas personas se plantaban frente a él con esa clase de terquedad.
Menos aún sobrevivían a ello.
Y, sin embargo, ella lo había hecho.
También había estado allí cuando el mundo empezó a resquebrajarse alrededor de Izuku. Había sido una de las primeras en empujar a los demás a enfrentar a Nezu para ir a buscarlo. Katsuki recordaba la firmeza de su voz, la claridad de sus palabras, como si la decisión de no rendirse hubiera sido lo más natural del mundo.
Y luego, aquella misma mujer se había plantado frente a todo el alumnado de U.A., sin levantar la voz, sin perder la calma, pidiendo algo tan simple como dejar descansar a un héroe que llevaba demasiado tiempo luchando solo.
Katsuki había respetado eso.
Había respetado muchas cosas de ella.
Incluso después de graduarse.
Había observado, desde la distancia que siempre imponía su propio carácter, la manera en que Uraraka construyó su agencia desde cero. No para competir. No para presumir. Sino para ofrecerle a otros niños la oportunidad de comprender sus quirks antes de que el miedo los empujara hacia lugares de los que tal vez no habría regreso.
Para que historias como la de Himiko Toga no volvieran a repetirse.
Sí.
Katsuki siempre la había visto como alguien admirable. Fuerte. Persistente.
Una mujer con la suficiente determinación como para abrirse camino en un mundo que no regalaba nada.
Hasta ese momento, nada de eso había sido un problema.
Hasta que lo fue.
No supo si todo había comenzado durante aquellos encuentros aparentemente casuales en los que coincidían mientras diseñaban nuevas modificaciones para el traje de Deku. Eran horas largas, técnicas, llenas de diagramas, prototipos y discusiones sobre movilidad, peso y resistencia.
Trabajo.
Eso era todo.
Al menos al principio.
Hasta que, en algún punto que Katsuki no pudo precisar, empezó a notar su presencia dentro de la habitación de una forma distinta.
La manera en que se reía de su temperamento áspero, como si no le intimidara en lo absoluto. Cómo era capaz de devolverle cada comentario con la misma rapidez, sin titubeos, sin quejas.
Como si hubiera aprendido a moverse dentro de su carácter con una naturalidad desconcertante.
Siempre con ese brillo en los ojos.
Un brillo que no desaparecía.
Katsuki no recordaba el instante exacto en que algo dentro de él empezó a desacomodarse.
Pero sí recordaba el pensamiento.
Ese momento fugaz, casi absurdo, en el que miró a Deku y sintió un impulso repentino —irracional— de arrancarle la cabeza por no darse cuenta de lo que tenía frente a él.
De la oportunidad que estaba desperdiciando.
De la mujer extraordinaria que tenía a su lado sin siquiera notarlo.
Fue en ese pensamiento, peligroso y breve, donde Katsuki se detuvo.
Porque en esa fracción mínima de tiempo, en ese pequeño espacio entre una respiración y la siguiente, comprendió algo que no había querido mirar con demasiada atención.
No estaba molesto con Izuku.
No realmente.
Lo que lo había hecho enfurecer era otra cosa.
Algo mucho más incómodo.
Mucho más difícil de ignorar.
Porque en ese segundo de claridad brutal, Katsuki Bakugo entendió que no estaba enojado porque Izuku no viera a Uraraka.
Estaba enojado porque él quería ser el hombre que pudiera hacerlo.
El afortunado.
El que tuviera derecho a salir con una mujer como ella.
Y fue entonces —solo entonces— cuando lo comprendió con una lucidez desagradable.
Uraraka era un problema.
Y lo peor de todo…
era que Katsuki empezaba a sospechar que ese problema no tenía solución.
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La primera vez que Katsuki sospechó que aquello se había convertido en un problema real fue en su propia oficina.
El despacho de la agencia Bakugo estaba diseñado para muchas cosas —reuniones estratégicas, evaluaciones de misiones, planificación operativa—, pero no para conversaciones incómodas.
Mucho menos para silencios prolongados.
Sin embargo, aquella tarde ambos parecían inevitables.
La luz del atardecer entraba en ángulo por las ventanas altas, dibujando líneas cálidas sobre la mesa de trabajo. Desde allí se veía gran parte de la ciudad: edificios apretados unos contra otros, el murmullo lejano del tráfico, el cielo que empezaba a teñirse de un naranja apagado.
Katsuki permanecía sentado detrás de su escritorio, revisando por tercera vez el mismo documento.
No porque fuera necesario.
Sino porque no estaba completamente seguro de qué hacer con sus manos.
Del otro lado de la mesa, Uraraka estaba sentada con una postura sorprendentemente relajada para alguien que acababa de proponer una colaboración entre agencias.
Había llegado con una carpeta llena de ideas.
Campañas de prevención.
Programas educativos para niños con quirks difíciles de controlar.
Simulacros públicos donde ambas agencias trabajarían juntas.
El plan era sólido.
Y, en teoría, simple.
La agencia Uraraka necesitaba algo que la agencia Bakugo tenía en abundancia: visibilidad.
Katsuki, por otro lado, llevaba años cargando con una reputación que, aunque efectiva en el campo de batalla, no siempre era la más conveniente frente al público.
Explosivo.
Intimidante.
Difícil.
La imagen suave y confiable que Ochako proyectaba podía equilibrar eso.
Era una alianza lógica.
Práctica.
Casi estratégica.
Katsuki dejó finalmente el documento sobre la mesa.
—Tiene sentido —gruñó.
Ochako levantó la mirada.
Y entonces ocurrió otra vez.
Ese brillo.
Era algo pequeño.
Apenas una chispa en sus ojos cuando alguien tomaba en serio una de sus ideas.
Pero a Katsuki siempre le había parecido extrañamente poderoso.
Como si esa luz interior estuviera conectada a algún tipo de gravedad invisible.
—¿Entonces aceptas? —preguntó ella.
No había presión en su voz.
Solo expectativa.
Katsuki apoyó ambas manos sobre el escritorio.
—No he dicho eso.
Ochako inclinó ligeramente la cabeza.
Una sonrisa apenas perceptible se dibujó en sus labios, como si ya supiera exactamente a dónde iba esa conversación.
—Pero lo estás considerando.
Katsuki chasqueó la lengua.
—Tch.
No respondió.
No era necesario.
Porque el problema no estaba en el proyecto.
El problema estaba en que, cada vez que Ochako hablaba de algo que le importaba, ese brillo en sus ojos se volvía más intenso.
Y Katsuki empezaba a perder el hilo de lo que estaba diciendo.
—Creo que podría funcionar muy bien —continuó ella, hojeando algunos papeles—. Tu agencia tiene un alcance enorme, y la mía tiene experiencia trabajando con jóvenes que todavía están aprendiendo a controlar sus quirks. Si combinamos eso…
Katsuki apenas escuchaba la mitad.
No porque no le interesara.
Sino porque había empezado a notar detalles que antes no parecían importantes.
La forma en que sus dedos sostenían el bolígrafo.
La ligera inclinación de su cuerpo cuando hablaba.
La manera en que sus ojos parecían iluminarse cuando explicaba algo que realmente le apasionaba.
Era… peligroso.
Porque Katsuki Bakugo siempre había confiado en su instinto.
Y su instinto estaba empezando a hacer algo extraño cada vez que Uraraka se movía dentro de su campo de visión.
Ochako levantó la mirada otra vez.
—¿Bakugo?
Katsuki parpadeó.
—¿Qué?
Ella soltó una risa corta.
Suave.
—Te desconectaste.
—No lo hice.
—Lo hiciste.
Katsuki frunció el ceño.
—Termina lo que ibas a decir.
Uraraka lo observó durante un segundo más.
Como si estuviera evaluando algo.
Luego volvió a mirar los papeles.
—Solo decía que esta colaboración podría ayudar a mucha gente.
Hubo una pequeña pausa.
—Y… —añadió, con un tono sutilmente más ligero— creo que trabajar contigo podría ser interesante.
Katsuki sintió algo extraño moverse dentro de su pecho.
No era exactamente incomodidad.
Ni tampoco orgullo.
Era algo más complejo que eso.
Algo que se parecía demasiado a una detonación que todavía no había ocurrido.
La luz del atardecer se movió ligeramente en la habitación.
Uraraka volvió a mirarlo.
Y ese brillo en sus ojos apareció otra vez.
Directo.
Sin reservas.
Durante un segundo —solo uno— Katsuki tuvo la incómoda sensación de que esa mirada podía desarmarlo más rápido que cualquier enemigo al que se hubiera enfrentado.
Fue entonces cuando lo entendió con una claridad molesta.
Uraraka era un problema.
No por la colaboración.
No por la estrategia.
Ni siquiera por la forma en que parecía moverse dentro de su vida sin pedir permiso.
Era un problema porque cada vez que ese brillo aparecía en sus ojos…
Katsuki Bakugo sentía que algo dentro de él se inclinaba inevitablemente hacia ella.
Como si, sin darse cuenta, hubiera cruzado el punto exacto
donde empieza la gravedad.
Uraraka se inclinó ligeramente sobre la mesa, hojeando la carpeta que había traído consigo. Durante unos segundos pareció dudar, como si buscara una página específica entre los documentos.
—Hay algo que quiero enseñarte —dijo finalmente.
Katsuki gruñó algo que podría interpretarse como aprobación.
Ella se levantó de la silla.
Fue un movimiento sencillo. Natural.
Pero cuando rodeó el escritorio para colocarse a su lado, Katsuki sintió que algo dentro de su cabeza perdía la sincronía.
Uraraka apoyó la carpeta sobre la mesa, justo frente a él, y se inclinó un poco más para abrirla.
Ahora estaban demasiado cerca.
Lo suficiente como para que Katsuki percibiera el leve aroma dulce de su shampoo, mezclado con el aire tibio que entraba por la ventana abierta.
Demasiado cerca.
—Mira —dijo Uraraka, señalando un gráfico—. Si coordinamos los simulacros con escuelas públicas, podríamos identificar quirks inestables desde mucho antes. Eso permitiría intervenir antes de que los niños se sientan aislados o…
Katsuki no escuchó el final de la frase.
Porque, cuando ella se inclinó un poco más para señalar otra sección del documento, uno de sus mechones cayó hacia adelante.
Instintivamente, Uraraka se lo apartó detrás de la oreja.
El gesto fue tan simple que probablemente habría pasado desapercibido para cualquiera más.
Pero Katsuki sintió algo muy parecido a una explosión silenciosa dentro del pecho.
Tch.
Desvió la mirada hacia los papeles.
—Eso ya lo entendí —gruñó—. No tienes que explicarlo como si fuera un idiota.
Uraraka parpadeó.
Luego soltó una pequeña risa.
No burlona.
Más bien… sorprendida.
—No lo estaba haciendo.
—Pues parece que sí.
Ella lo observó de reojo, todavía inclinada sobre el escritorio.
Había algo curioso en su expresión ahora.
Algo casi juguetón.
—Estás raro.
Katsuki se tensó de inmediato.
—No estoy raro.
—Un poco sí.
—No.
—Bakugo—
—¿Qué?
Uraraka lo miró directamente entonces.
Y ese maldito brillo volvió a aparecer.
De cerca era peor.
Mucho peor.
Porque ahora Katsuki podía ver la forma en que la luz se reflejaba en sus ojos cuando algo realmente le entusiasmaba. Como si la emoción naciera primero ahí, antes de expandirse hacia el resto de su rostro.
Algo en esa mirada lo descoloco de una manera que no tenía ningún sentido.
Uraraka inclinó apenas la cabeza.
—¿Te molesta trabajar conmigo?
La pregunta era simple.
Sincera.
Katsuki tardó medio segundo más de lo normal en responder.
—No.
Su voz salió más áspera de lo que pretendía.
Uraraka sonrió apenas.
—Entonces está bien.
Volvió a mirar la carpeta, señalando otra sección.
Pero en ese pequeño movimiento, sus dedos rozaron accidentalmente el dorso de la mano de Katsuki.
El contacto duró menos de un segundo.
Apenas un roce.
Suficiente.
Katsuki apartó la mano como si la superficie del escritorio hubiera explotado.
—¡Mira por dónde pones las manos, maldita sea!
Uraraka retrocedió un paso, claramente sorprendida.
—¡Fue un accidente! —levanto las manos con las palmas abiertas en señal de paz.
Se apartó, pero el daño ya estaba hecho. El sistema de defensa que Katsuki había construido meticulosamente durante años —ese muro de indiferencia y orgullo— acababa de registrar una brecha crítica. Y lo peor no era el roce en sí, sino el hecho de que su cuerpo, traidor y estúpido, pedía que ella no se hubiera alejado.
—Pues evita tener accidentes—. Dijo en cambio.
Ella lo miró durante unos segundos.
Luego entrecerró ligeramente los ojos.
—Estás definitivamente raro.
—Cállate.
Uraraka cruzó los brazos.
La sonrisa que apareció en su rostro era peligrosa.
—Bakugo…
—¿Qué?
—¿Estás nervioso?
Katsuki sintió que algo dentro de su cabeza detonaba.
—¿Qué demonios estás diciendo?
Ella se encogió de hombros.
—No sé. Solo parece que…
No terminó la frase.
Pero tampoco hizo falta.
Porque Katsuki ya había entendido perfectamente lo que estaba insinuando.
Se apartó del escritorio con brusquedad, pasando una mano por su cabello.
—Terminamos aquí —gruñó.
—¿Qué?
—Voy a revisar la propuesta.
Ochako lo observó con una mezcla de diversión y confusión.
—Pero ni siquiera la viste completa.
—La veré después.
—Bakugo—
—¿Qué?
Ella lo miró un segundo más.
Luego suspiró suavemente, recogiendo la carpeta.
—Está bien.
Caminó hacia la puerta.
Antes de salir, se detuvo.
—Por cierto —añadió, mirándolo por encima del hombro—. Creo que esta colaboración va a ser interesante.
Katsuki no respondió.
La puerta se cerró con un clic suave.
El silencio regresó a la oficina.
Katsuki permaneció de pie en medio de la habitación durante varios segundos, mirando fijamente la superficie del escritorio.
Exactamente en el lugar donde sus manos se habían rozado.
Chasqueó la lengua.
Se dejó caer en la silla.
Uraraka era un problema.
Y si ese simple roce había sido suficiente para hacerle perder completamente el control de la situación…
Entonces Katsuki Bakugo empezaba a sospechar que ese problema iba a ser mucho más grande
de lo que estaba dispuesto a admitir.
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El primer simulacro conjunto entre agencias ocurrió dos semanas después.
Katsuki había esperado un despliegue técnico: rutas de evacuación, ejercicios de reacción, protocolos de control para quirks inestables.
Lo que no había esperado…
eran los niños.
Había al menos una docena en el patio de entrenamiento improvisado detrás de la agencia de Uraraka. Algunos apenas llegaban al pecho de Katsuki; otros eran lo suficientemente grandes como para intentar parecer valientes mientras observaban el equipo de héroes alrededor.
El ruido era constante.
Risas.
Preguntas.
Pequeños estallidos accidentales de quirks que obligaban a los instructores a intervenir antes de que algo se descontrolara.
Katsuki se mantenía a cierta distancia, apoyado contra una de las barandillas metálicas que rodeaban el área.
Observaba.
No era particularmente bueno con niños.
Eso siempre le había quedado claro.
Pero Uraraka…
Uraraka parecía moverse entre ellos con una facilidad desconcertante.
No había nada forzado en su forma de interactuar.
Se agachaba para hablar con los más pequeños, escuchaba con atención cuando alguno intentaba explicar su quirk con palabras torpes, celebraba cada pequeño intento de control como si fuera un logro enorme.
Como si realmente creyera que lo era.
Katsuki frunció ligeramente el ceño.
Había visto a Uraraka luchar.
Había visto su determinación, su capacidad para mantenerse firme incluso cuando las probabilidades estaban en su contra.
Pero aquello…
aquello era distinto.
Era una clase de fuerza mucho más silenciosa.
Mucho más paciente.
Una niña pequeña levantó ambas manos frente a ella, claramente concentrada.
Una pequeña roca del suelo comenzó a elevarse unos centímetros.
Luego cayó.
La niña hizo una mueca frustrada.
Uraraka aplaudió de inmediato.
—¡Eso estuvo mucho mejor!
—Pero se cayó…
—Claro —respondió ella, sonriendo—. Porque todavía estás aprendiendo. Y aprender significa que a veces las cosas se caen.
La niña la miró con incertidumbre.
—¿A ti también te pasaba?
Uraraka se llevó una mano a la nuca.
—Oh, todo el tiempo.
La niña pareció considerar esa información con mucha seriedad.
—Entonces… ¿soy normal?
Uraraka inclinó la cabeza.
Sus ojos brillaron con esa calidez que Katsuki ya había aprendido a reconocer.
—Eres increíble.
Y entonces la niña sonrió.
Una sonrisa enorme, desdentada.
Katsuki sintió algo extraño moverse dentro de su pecho.
Algo que no tenía nombre inmediato.
Tal vez era orgullo.
Tal vez era admiración.
Tal vez era algo más complicado que eso.
Uno de los niños tropezó detrás de Ochako, perdiendo el equilibrio.
Instintivamente, ella activó su quirk.
El niño quedó suspendido apenas unos centímetros sobre el suelo.
La sorpresa en su rostro duró medio segundo.
Luego—
Uraraka empezó a reír.
No una risa suave.
Una risa abierta, luminosa, imposible de contener.
El niño comenzó a reír también.
Los otros se unieron casi de inmediato.
En cuestión de segundos, el patio entero parecía vibrar con ese pequeño caos de risas infantiles.
Katsuki permaneció inmóvil.
Observando.
Escuchando.
Había algo extraño en la forma en que la risa de Uraraka se mezclaba con las de los niños.
Algo ligero.
Algo que se movía por el aire como una melodía breve.
Y, por alguna razón absurda, su cuerpo reaccionó antes que su mente.
Sintió el pulso golpearle con fuerza en el pecho.
Una vez.
Luego otra.
Como si la sangre hubiera decidido circular más rápido de lo necesario.
Uraraka levantó la mirada entonces.
Lo vio.
Y, como si compartir ese momento le resultara lo más natural del mundo, le hizo un pequeño gesto con la mano.
—¡Bakugo! —lo llamó—. Ven acá un segundo.
Katsuki no se movió.
—¿Para qué?
Uno de los niños lo señaló con emoción.
—¡Es él! ¡El héroe explosión!
—Gran héroe explosión —corrigió Katsuki automáticamente.
Uraraka soltó otra risa.
Ahí estaba otra vez.
Esa risa.
Brillante.
Viva.
Como si algo dentro de ella simplemente no supiera cómo apagarse.
—Ven —repitió ella—. Necesito que les muestres algo.
Katsuki suspiró con irritación.
Caminó hacia ellos con pasos pesados.
—Esto es una pérdida de tiempo.
—Seguro.
Cuando llegó a su lado, Uraraka lo miró con esa expresión curiosa que siempre parecía evaluarlo.
Luego bajó la voz apenas.
—Relájate.
Sus dedos tocaron su brazo.
Solo un instante.
Suficiente.
El contacto fue leve.
Inofensivo.
Pero Katsuki sintió el impacto recorrerle el cuerpo con la claridad brutal de una detonación mal calculada.
Su pulso dio un salto.
El mundo pareció inclinarse apenas.
Uraraka ya estaba hablando con los niños otra vez.
—Bakugo les va a enseñar cómo se ve una explosión controlada.
Los niños estallaron en emoción.
Katsuki no respondió de inmediato.
Porque por alguna razón inexplicable, todavía podía escuchar la risa de Uraraka resonando dentro de su cabeza.
Como una melodía que se hubiera quedado atrapada en algún lugar entre sus pensamientos.
Verla hacer reír a otros era… peligroso.
Porque cada vez que esa risa escapaba de sus labios, ligera y brillante entre el ruido de los niños—
la sangre parecía burbujearle dentro de las venas.
Y lo peor de todo…
era que apenas necesitaba mirarlo
para tumbarlo del impacto.
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Katsuki pasó ambas manos por su rostro con frustración, como si el gesto pudiera desordenar los pensamientos que insistían en acomodarse dentro de su cabeza con una claridad incómoda. Sus dedos arrastraron el cansancio desde la frente hasta la mandíbula mientras, frente a él —o más bien dentro de él—, la escena volvía a desplegarse con una precisión casi irritante.
Había sido algo simple.
Tan simple que, de no haber estado atento, probablemente habría pasado desapercibido.
Aquella tarde, Kirishima, Uraraka y él habían decidido pasar por la U.A. durante un momento libre entre patrullas. No había sido un plan elaborado ni una visita oficial; más bien uno de esos impulsos casuales que nacen cuando el día se vuelve largo y alguien recuerda que todavía existe un lugar al que volver por un rato.
Querían ver cómo estaba Izuku con el estrés de los exámenes finales de la academia.
Llevarle comida que no supiera a cafetería institucional.
Recordarle, quizá, que el mundo afuera seguía girando incluso cuando uno estaba enterrado entre libros y evaluaciones.
Nada importante.
Nada que justificara el peso que ahora parecía haberse instalado en su estómago.
Y, sin embargo, lo notó.
En el comedor de profesores, entre conversaciones dispersas y el sonido apagado de bandejas golpeando la superficie de las mesas, Katsuki vio cómo los ojos verdes de Izuku quedaban suspendidos sobre Uraraka un segundo más de lo necesario.
Un segundo apenas.
Nada que no hubiera visto antes.
Izuku siempre había tenido esa forma abierta de mirar el mundo, como si cada cosa frente a él mereciera un momento adicional de atención. Pero esta vez Katsuki no lo registró como una simple costumbre.
Esta vez algo dentro de él reaccionó distinto.
Sintió el nudo en el estómago antes incluso de entender por qué.
Había un brillo casi infantil en la mirada de Izuku. No infantil en el sentido de ingenuo, sino en esa forma peligrosa de honestidad que él nunca había sabido esconder del todo. Era la mirada de alguien que contempla algo que anhela profundamente… y que, aun así, duda en extender la mano para tomarlo.
Katsuki conocía esa mirada.
La reconoció con una claridad incómoda.
Porque, por un instante breve y desagradablemente honesto, se vio reflejado en ella.
Pero lo que vino después fue lo que terminó de acomodar la sensación dentro de su pecho con la precisión de un golpe seco.
Porque Uraraka levantó la mirada.
Y la devolvió.
No fue una reacción exagerada. Ni siquiera evidente para cualquiera que estuviera observando la escena desde fuera. Pero Katsuki llevaba demasiados años leyendo pequeños gestos como para ignorar lo que estaba viendo.
Había cautela en sus ojos.
Y un rubor leve, apenas perceptible, que le coloreó las mejillas cuando sus miradas se encontraron.
Ese mismo brillo volvió a aparecer en su expresión.
Solo que distinto.
Más suave.
Más cercano.
Como una luz que encuentra dónde quedarse.
Fue casi doloroso de observar.
No como una herida abierta, sino como esos impactos sordos que golpean el pecho sin previo aviso y obligan al cuerpo a recordar que respirar sigue siendo necesario.
Por eso, ahora, en la oscuridad de su habitación, Katsuki volvió a pasarse las manos por el rostro.
Porque saber lo que tenía que hacer no lo hacía más sencillo.
Ni remotamente.
Había tomado una decisión años atrás.
No una promesa dicha en voz alta, ni algo que hubiera quedado registrado en palabras solemnes. Pero aun así era una resolución que había quedado grabada con una claridad absoluta en algún lugar profundo de su memoria.
Había sido bajo la lluvia.
Entre las ruinas de una ciudad que todavía olía a concreto roto y humo.
Después de aquella disculpa vulnerable que había tardado demasiado en llegar.
Ese día Katsuki había decidido que ayudaría a Izuku.
Que lo empujaría hacia adelante cuando él mismo dudara en dar el paso.
No porque tuviera una deuda con él.
Nunca había sido eso.
Sino porque, de la misma manera en que el resto de ellos lo hacía… lo quería más de lo que estaba dispuesto a admitir en voz alta.
Tal vez por eso, cuando estuvieron en el coche esa misma tarde, las palabras salieron de su boca sin adornos.
Ásperas.
Como si cada sílaba hubiera tenido que abrirse paso por su garganta con bordes de lija.
—Si tratas a todos de manera especial… —dijo finalmente.
Hubo una pausa breve.
—…entonces nadie lo es.
Izuku no respondió de inmediato.
Pero Katsuki lo conocía demasiado bien como para no reconocer el momento exacto en que lo entendió.
Siempre había sido rápido.
Demasiado rápido.
Lo suficiente para que, cuando la clase A se reunió para celebrar el ascenso de Shoto Todoroki, la consecuencia llegara sin advertencia.
Uraraka salió primero del restaurante, alejándose de la celebración.
Izuku tardó apenas unos segundos en levantarse.
Katsuki lo vio cruzar el salón con una prisa mal disimulada.
Lo vio atravesar la puerta.
Y lo vio desaparecer detrás de ella.
No dijo nada.
No intentó detenerlo.
Solo levantó una mano en un gesto breve de despedida cuando su amigo pasó frente a él.
Izuku ni siquiera lo notó.
Estaba demasiado concentrado en alcanzar a la única persona capaz de provocar ese impacto extraño dentro de su pecho.
Katsuki dejó caer la mano lentamente.
Las risas y las conversaciones continuaban detrás de él, como si nada en el mundo hubiera cambiado.
Pero dentro de su pecho algo parecía haberse desplazado de lugar.
Como una pieza que finalmente encaja en el sitio correcto, aunque hacerlo deje una presión incómoda en los bordes.
Uraraka era un problema.
Porque bastó una sola mirada para que Katsuki entendiera algo que nunca había querido aceptar del todo.
Que algunos impactos no estaban destinados a quedarse.
Y que, a veces, incluso cuando uno reconoce perfectamente la dirección de la explosión…
lo único que queda por hacer
es apartarse lo suficiente
para que otro llegue primero.
