Chapter Text
“Tú piensas que somos misteriosos,
No nos tomes tan en serio.
Sé original y recuerda que
Nosotros hacemos lo que tú no puedes hacer.”
Cartoon Heroes; Aqua
Tick. Tack. Tick. Tack. Tick. Tack.
Crack. Crack. Crack.
La vieja pantalla del televisor, sostenida por un escaparate endeble, mostraba los últimos estragos en la ciudad de Daegu luego de la última reforma del gobierno donde los únicos permitidos en usar habilidades en vía pública eran los que estaban dentro del Registro Nacional de Héroes. Y en el estéreo del local sonaba Love’s Battery de Hong JinYoung, así que Han JiSung podía ver cómo se llevaban a los habilidosos detenidos ambientados por el coro.
Comprobó la hora. Treinta y cinco minutos. JiSung regresó su vista hacia su texto de estudio, su resumen y su cuaderno. Si iba seguir esperando a HyunJin, como mínimo debía de aprovechar el tiempo en algo productivo. La paciencia era una virtud aun cuando la pequeña suculenta decorativa de la mesa se moría de a poco.
—¿Sigues con eso?
JiSung alzó la mesa de sus apuntes para ver a MinHo y apretó sus labios, amable. —Ya cansa que Chan nos regañe en cada clase.
—Problema de él por no estar a gusto con nada.
El restaurante iba a cerrar en un rato más, la tarde ya había sido lo suficiente lenta como para seguir extendiendo la presencia de gente que no iba a llegar. Los otros dos camareros estaban sentados cerca de la cocina, cada uno con su vista a sus celulares. El único que trabajaba era MinHo, con su bandeja llena de canastas vacías de pan, el uniforme negro de material ignífugo, y un delantal rojo sobre su cadera.
JiSung, aburrido, mostró sus apuntes. —Con esto lo estará. Propuesta de modelo de análisis social número… ¿ocho? ¿Nueve?
—Doce —corrigió MinHo—. La doce es la vencida.
JiSung volvió con su vista hacia la suculenta cuando MinHo se regresó a la cocina. El tiempo aun pasaba en el reloj, pero en su cabeza estaba todo tan arraigado a la mecánica de las relaciones que, incrédulamente, sostuvo la esperanza.
Ya para los cuarenta y cinco minutos de atraso, JiSung sacó su celular. Le envió el duodécimo mensaje a HyunJin. «¿En serio me dejaste plantado?» ya sin emoticones porque JiSung no quería ser buena persona. La paciencia era una virtud, más cuando parte de tu humanidad estaba enlazada con la naturaleza- todo era cuestión de tiempo porque las cosas caían en su lugar. Como brotar del suelo, embellecer la tierra, fundirla en olores y fomentar la evolución. JiSung era creyente que cada persona tenía un vínculo con la tierra- más superficial que el de JiSung, obvio, pero existente porque todos venían de ella. De esa forma, las personas evolucionaban y reaccionaban acorde a cómo se trataba ella, a lo que ofrecía en regreso de todo lo que la naturaleza daba. Era recíproco, cíclico. O así hasta que a la gente le dio por meter cadáveres en ataúdes y ya la explotación de recursos hizo que todo se fuera a la mierda.
Puede que ese era argumento suficiente como para que JiSung dejara de sentirse buena persona. La noticia cambió y ya no era la protesta, sino un botín hecho en la actual prisión de alta seguridad. Escándalo, chips de represión que fallaban, y unas largas llamaradas que salían sobre las ventanas para incendiar el Bosque Nacional Soong-Du. A los camareros no les importó, y la canción cambió a Amor Fati de Kim YonJa para agregar más comicidad al asunto. Las llamaradas alcanzaron copas de los árboles que se consumieron con rapidez. Recordó cómo a los trece años envió su primera carta abierta al periódico local concientizando sobre el abuso que era para la naturaleza ubicar ese tipo de cárcel cerca de un parque nacional. Nadie le prestó atención.
—Harás una masacre si sigues así.
MinHo volvió a aparecer a su lado. De nuevo con la bandeja y esta vez un plato humeante. JiSung no supo a lo que se refería hasta que notó la podredumbre de las macetas de suculentas en cada una de las doce mesas del restaurante. Pobres víctimas de la sensibilidad.
—Estoy irritado —confesó JiSung, y apuntó con su mentón el televisor.
MinHo se giró, y JiSung pudo notar cómo su espalda cambió. Los músculos de su cuello se endurecieron, sus hombros se encorvaron, sus codos se pegaron a su costado, su tranquila seriedad se modificó a unas cejas juntas y mandíbula apretada. JiSung se movió a un lado- solo unos centímetros. Solo por si a MinHo se le ocurría hacer combustión.
Ni siquiera sacó fuego, o puede que solo salió humo. MinHo suspiró y se giró de nuevo, esta vez para dejar el plato caliente de dumplings de champiñón sobre la mesa.
—Ah, pero yo no pedí-
—Está bien, es comida que sobra en la cocina —dijo MinHo—. Tómalo como disculpas.
El canal era sensacionalista. Hablaba sobre supuestas teorías que podían llevar a los prisioneros a cometer un botín, o que el parque nacional no tenía la culpa de las pataletas de aquel hombre con la habilidad de fuego. ¿Por qué lo tenían cerca de la ventana, en ese caso? JiSung tuvo esa duda durante el botín de hace unas semanas. Pero ahora, con MinHo ahí, JiSung supuso con incomodidad que todos tenían derecho de ver por la ventana.
JiSung tomó los palillos y contestó: —HyunJin es quien debería disculparse, no tú.
—¿De verdad te dejó plantado?
—Algún imprevisto debió de tener —justificó—. Uno no es centro de alguien todo el tiempo.
MinHo asintió, pero no se movió. De seguro estaba regocijando esos breves segundos de catarsis compartida porque hablar mal de alguien era tan prioritario para sostener a un humano como lo era el agua. El problema es que JiSung no odiaba a HyunJin, para nada. Al contrario. Y al revés de ese contrario.
El local no daba más que un cementerio, y el plato estaba delicioso pero contundente. JiSung movió el plato hacia el centro de la mesa e invitó a que MinHo tomara asiento al otro lado. Un ademán profesional que imitaba la postura del docente Chan cada que se burlaban de él. MinHo miró hacia la cocina, a los dos tipos desinteresados, y accedió.
—Una persona buena no deja a sus amistades plantadas —opinó MinHo.
JiSung sonrió. MinHo seguía buscando odio.
—No lo conoces —discutió JiSung.
—No tengo qué. Ya conozco lo suficiente.
—Su vida está llena de interferencias —JiSung apuntó hacia el televisor—, a veces debe hacerse cargo de todo cuando sus padres se marchan.
En la pantalla mostraron a los dos héroes más icónicos del último tiempo: el Demoledor y la Ventisca. El matrimonio de veinticinco años que se había consagrado gracias a nepotismo y meritocracia. Dos palabras que podían ser antónimas pero respetaban el rango cuando ellos peleaban contra los tipos malos. Controlaron enseguida el botín, y decretaron como orden política mandar al Fogón al ala de confinamiento dentro de la prisión. «Estará ahí por seis meses», se decretó.
JiSung notó el fuerte cambio en la cara de MinHo, con ojos agachados y la postura menos encorvada. Separó los palillos de madera y dispuso a revolver el caldo sin un interés real en querer comer. Puede que ni siquiera estaba interesado en hablar con JiSung.
—Porque sus padres hacen maravillas —contestó MinHo, sarcástico.
Y desde su índice, una flama salió. Pequeña, tímida y poco luminosa, pero lo suficiente presente como para que el cuerpo de JiSung se contrajera enseguida: manos bajo los muslos, apretado, con ojos fijos hacia dónde iba esa llama. Deseó tranquilizarse cuando encendió el decorado de velas como centro de mesa, pero a su lado descansaba la comatosa suculenta cuyas hojas se movieron al lado opuesto de donde descansaba el fuego.
Los dos quedaron callados un momento. Algún samaritano tuvo piedad y apagó la radio, lo que hizo que el televisor sonara con más fuerza. JiSung y MinHo se miraron sobre el vapor del plato, de vuelta en la espera de que el tiempo pasara cuando no tenía nada que pasar. JiSung revisó su celular, solo una última vez, y lo dejó boca bajo sobre todos sus apuntes para poder agarrar un dumpling del plato.
—Cambió desde que lo transfirieron —JiSung confesó, al fin.
—Oh, lo sé. Es un creído.
—No es creído. Solo- está emocionado. —Pensó un momento en lo que diría a continuación, pero estaba demasiado frustrado como para no ser sincero—. No pensó que debutaría.
MinHo ladeó su cabeza. —¿Cómo? ¿En qué sentido?
—Ya sabes, debutar. A los mundanos se les para el pene o les llega la menstruación. A nosotros nos aparecen las habilidades.
Las comisuras se ampliaron por las mejillas de MinHo, y sus ojos reflejaron las flamas de la vela. —¿Me tomas el pelo?
—No puedes decírselo a alg-
—¿Hwang HyunJin debutó ahora? O sea- ahora. ¿Cuándo? —preguntó MinHo—. Oh, ¿fue cuando me dio una paliza en la cafetería? ¿Por eso- oh —impresionado, dio un golpe en la mesa—. ¿Por eso lo trasladaron a Héroe? Pensé que lo dejaron como Asistente por ser un imbécil el primer día de clases.
—Solo me defendió y- sí. Ha sido una buena manera de llevar el secreto —reconoció JiSung—. Imagina que tus padres sean los héroes más importantes de la década, y tienen un hijo más cargado de expectativas que de amor. HyunJin la pasó muy mal.
—Y ahora que debutó, lo trasladan de categoría y se olvida de sus amigos.
—No se olvidóóó de ellos —aclaro JiSung—, tiene otro horario- es más apretado.
—Sí, tiene el mismo que el mío. Y apuesto que me esta semana has visto más mi cara que la de él.
—Eso es trampa. Estudiamos lo mismo.
—Y aparte de eso, me hago el tiempo para verte.
—Por obligación —JiSung mostró la hoja con sus apuntes—. Si no fuera por esto, ni siquiera me dirigirías la palabra.
MinHo le concedió el punto a JiSung, y los dos volvieron a callarse. Por alguna razón, encontraron particularmente interesante las decisiones que el Demoledor estaba tomando en vivo en televisión, donde le preguntaron sobre su desempeño con la Ventisca y qué esperan ahora que pase con los prisioneros.
—No hay que permitir que el rencor contamine a la gente —dijo el hombre que tenía el mismo marco de rostro que HyunJin, con el bótox en la frente y el cabello trasplantado—. Eso es lo que permite esos sentimientos: que el odio consuma todo lo bueno. Ahora hay una esposa y un hijo que no podrán ver a su ser querido por culpa del rencor.
—¿Y él sabe que te tiene enamorado?
JiSung demoró en captar que la pregunta iba hacia él. Estaba tan concentrado en el televisor que se preguntó por qué MinHo no le prestaba atención a eso.
«Catarsis», razonó.
—¿De qué? ¿Qué hablamos?
—Que si HyunJin sabe que estás enamorado de él.
El sonrojo fue desde la punta de los pies hacia su cabeza. El calor lo golpeó, y de pronto olvidó cómo entablar una conversación como si fuera una persona normal.
—¡¿Disculpa?! —Y JiSung se agachó al notar que alzó la voz—. ¿Cómo- ¿Qué- ¿Es qué- ¿Quién te crees? ¿Cómo preguntas eso?
MinHo se encogió de hombros. —Duda legítima, hombre.
—No preguntas. Confirmas.
—Ah, ¿entonces es verdad?
—¡No! ¡O sea! ¡No tal cuááál! —Ay, JiSung estaba dando pena ajena. Inclsuo los otros dos camareros alzaron sus miradas del celular para saber si es que la bulla valía la pena. El tomarse un momento para inspirar ya le delató—. Okey, pueeede que haya tenido un pequeño crush con él en la infancia.
—Infan- ¿Cuánto es que se conocen?
—Desde los diez. Diría que fue amor a primera vista, pero cuando me convertí en su vecino yo estaba pasando por un momento en el que- eh, bueno, no podía concentrarme en estupideces —habló rápido—. Así que pongamos a los once. O doce. Sí, doce. Porque si sumamos los doce, significa…
—… Que llevas diez años enamorado de él —razonó MinHo, y bebió del caldo del plato.
—No siempre fue amor —aclaró JiSung, y se puso a ordenar los apuntes de su mesa—. La amistad puede cruzarse. Además, pasábamos mucho tiempo juntos. Misma escuela, misma academia de entrenamiento. HyunJin pasaba mucho tiempo solo, así que con mi papá lo adoptábamos para las fiestas o cuando nos íbamos a acampar a la frontera del norte. Dimos los examenes para el Registro del Servicio Nacional de Habilidades juntos. Y nos metimos a la universidad. También hay costumbre de por medio.
JiSung explicó tan predilecto como las veces que debatía en sus clases. Ese era su argumento, razón por la que, obviamente, debía de estar enamorado de HyunJin.
El problema vino con la réplica de MinHo.
—¿Y él qué ha hecho con eso?
—¿Qué ha hecho? No, nada. No tiene que hacer algo. Él tiene demasiados problemas- hasta ahora —defendió—. Estuvo muy mortificado porque no estaba debutando. Él pasó los examenes físicos del Registro porque era hijo del Demoledor y la Ventisca.
—Nepotismo.
—Y ahora, cuando entramos a la universidad, él debía de esconderle a sus padres no solo que no tenía habilidades, pero que quedó con nosotros los asistentes. Eso era una gran causa de estrés y- ahora, él debe de estar adaptándose a esta nueva vida de héroe. No está acostumbrado a tener super fuerza. Recién pasó esta semana, necesita tiempo.
—No lo vi muy descoordinado cuando me lanzó con mesa incluida a la pared.
Sabía que MinHo bromeaba, aunque su tono no difería del común y estaba más concentrado en mascar el dumpling. JiSung, no obstante, solo bajó sus brazos. —Lamento eso.
—¿Qué eres? ¿Su abogado?
—Él no quiso lanzarte la bandeja. Se tropezó y- y tú…
JiSung ya se arrepintió de hablar, más porque MinHo lo volvió a ver con la boca llena. Tras tragar, alzó con sarcasmos sus cejas. —¿Me lo tomé personal?
—Fue… —Si dolía pensarlo, más dolía decirlo. Lástima que nadie apuntaba a JiSung con una pistola—, innecesario.
—Innecesario —repitió MinHo—. ¿No es lo que nos enseñan? ¿Batallar contra el enemigo?
—Para eso están las horas de entrenamiento. Hacerlo en una cafetería es anticlimático.
—Claro que pensarás así, si estuviste toda tu vida viviendo al lado del héroe.
—¿Eso es un chiste?
—Obvio —MinHo se apoyó en el respaldo de la silla—. Miras con lentes rosados al resto del mundo. Una pelea en la cafetería te parecerá grunge porque no cabe dentro de tu país ideal.
—Tampoco avalo la conducta de HyunJin y que él te haya lanzado con mesa y todo, pero estabas descontrolado. Lo ibas a matar.
—Porque me es fácil asesinar personas, ¿no? Lo tengo en la sangre.
—Es exageración, MinHo. Pero el daño que le ibas a hacer-
—¿Cuál? ¿Cómo el que te iba a hacer durante la selección?
Ah, a JiSung no le gustaba recordar eso cuando estaba con MinHo. Era un gramo de culpa del primer día de clases que aun no sabía cómo digerir del todo. Fue un día extraño, como cualquier primer día en la Súper Universidad de Héroes. JiSung sabía que existía ese algo llamado «selección» que te segregaba de tus compañeros dependiendo si tus habilidades eran competentes para convertirte en un Héroe o en un Asistente. El entrenador Goodman había sido muy estricto con el proceso. Eran treinta en aquella generación, y de ellos solo siete se convirtieron en Héroes. JiSung, como el buen consecuente e idealista que era decidió no mostrar sus habilidades, y el entrenador Goodman no se lo tomó bien.
—Lo que diferencia de ese momento al del lunes es el contexto —argumentó JiSung—. HyunJin tenía que defenderse.
MinHo volvió a mover sus cejas, sarcástico. JiSung tampoco habló, y así estuvieron al menos un minuto completo donde el orgullo los llevó a siquiera no tocar el plato.
JiSung lo rompió. —Tampoco significa que seas malo.
—No, si ya me quedó claro.
—Vas frente al mundo a la defensiva, claro que la gente siente miedo. Sobre todo HyunJin. Él está muy asustado de ti.
—¿Y eso me pone feliz? —cuestionó MinHo—. Es mi padre el que termina preso, pero es él quien tiene miedo. ¿No es un poco estúpido?
—No. HyunJin tiene susto. En cambio, tú sientes pena.
MinHo volcó sus ojos. —¿Ahora eres analista?
—¿No querías una respuesta?
—Ya no. Me tienes aburrido.
JiSung también se apoyó en el respaldo de la silla, cansado. —No te pedí que me trajeras comida. De todas formas, iba a cenar en mi casa.
—Luego de que HyunJin te dejase plantado.
—Si lo piensas bien, es hasta gracioso.
El restaurante debía de cerrar, así que JiSung se colocó su polerón para marcharse. Guardó todos sus apuntes en su mochila, incluido su celular, y agradeció por la comida.
—Al menos hazme un favor de vuelta —le dijo MinHo.
Obvio, si por culpa de JiSung todo se había vuelto más deprimente. JiSung miró la suculenta de la mesa y pasó su mano por arriba de ella. Recuperó el color, la cordura e inclusive pequeñas flores aparecieron cerca de la raíz. Y así como con el resto de las doce macetas.
—Te enviaré lo que tengo cuando llegue —JiSung le informó—. Pero no reharé nada que no te guste.
—Podemos dejarlo así y comenzar ya con la propuesta de análisis social número trece.
—Mejor ponerse el parche antes de la herida.
‧₊˚❀༉‧₊˚. ৡ˚ˋঌ˖
“Me asustas,
Me asusta no estar contigo.
No es justo.
Tiempo, contexto y vivir con este sentimiento irracional.
Que quizá estoy perdiendo tu tiempo”.
I’ll still feel for you; PRETTY BLEAK
El incendio continuó siendo noticia en aquella mañana.
Al no soportar la presión y el dolor, debió de cambiar el canal. Dos matinales seguidos abordaban el mismo tema- uno desde la farándula, y otro desde el sensacionalismo penal. Ambos eran incordio para la postura de JiSung, así que lo cambió tres veces más hasta que escuchó a su padre chasquear la lengua en el sofá de la sala, desconcentrado de su trabajo en la laptop ante el cambio de sonido.
—¿Puedes dejarlo en algún canal? —preguntó él.
JiSung lo pensó para finalmente regresar al canal donde hablaba del atentado desde el sensacionalismo penal. Si iba a ver canales nacionales, al menos que fuese uno con un poco más de criterio.
—Espero que el Capitán Fantástico esté contento con lo que hizo, y que a la prensa le cueste superar lo de ayer —opinó JiSung, mientras rellenaba en un pote de plástico el yogurth con avena—. Motivar a que los presos se revelen es una buena forma de opresión.
—¿Es sarcasmo lo que escucho de ti? —se burló su padre.
JiSung cerró el pote y lo llevó hacia la encimera, guardó su colación en la mochila. Corroboró llevar todo- un cuaderno, lápices sueltos, un libro y sus gafas de lectura. Llevó el borrador de la Propuesta de Análisis Social Número Trece. Dos libros para Democracia y Habilidad, y ya tenía su bolso de deporte en el segundo piso.
—Solo digo —retomó JiSung—, que, no entiendo por qué le siguen haciendo caso a ese canalla. No porque te transformes en humo significa que tienes derecho a decidir sobre el sistema de justicia. Es estúpido.
—Más estúpidas son las autoridades que obedecen.
—¿Crees que tendrían la osadía para desobedecer? —cuestionó—. Esto tampoco genera un gran daño. A nadie le importa la naturaleza.
—A nadie, salvo a ti.
JiSung se enderezó bajo la divertida mirada de su padre, y asintió.
—Sí, seguro —corroboró—, y eso no le importa a nadie.
Subió las escaleras escuchando las voces del Demoledor y la Ventisca en el canal sensacionalista penal. «Están en vivo», recordó JiSung. De seguro que HyunJin estaba solo en su casa.
Tras subir el segundo piso con su mochila, la dejó en el suelo de su habitación y terminó de arreglarse. Comprobó que las pequeñas trenzas que se asomaban bajo sus orejas no se desarmaron al dormir, y que tenía la bragueta del pantalón corto cerrada. Se miró en el espejo una vez más y decidió no apartar su flequillo de la cara- le daba un toque divertido, más casual, y no dejaba en evidencia que pasó toda la tarde anterior haciéndose las malditas trenzas de su nuca.
—¿Me veo bien? —miró a su terrario—. Un pestañeo que sí. Dos que no.
Su pequeña gecko llamada Richard no pestañeó.
—Me es suficiente. ¡Listo, papá! —JiSung se asomó de la puerta de su habitación para gritar escalera abajo—. ¡Alimente a la niña antes de irse, por favor! ¡Me marcho!
—¡Éxito y contando! —su padre gritó desde la primera planta.
Se colocó sus zapatillas y miró hacia la terraza de su habitación. Para cuando se mudó, cedieron la terraza a él por el nivel de silencio y cautela que tenía para estar encerrado en su dormitorio- al menos una terraza estaría más cerca al exterior. Sin embargo, cuando al fin debutó, la terraza se convirtió en su mejor aliada. Las plantas decorativas y vivas saludaron a JiSung cuando se apareció y, de la misma forma, recibió la higuera que se asomaba para preguntarle cómo estuvo en la mañana. JiSung, con cuidado, pasó el barandal de la terraza para pisar una de las ramas de la higuera y, así, fue transportado hacia la casa de su vecino.
HyunJin siempre le mantenía la ventana abierta del pasillo de la segunda planta.
—¡Hey! —JiSung llamó al entrar a la casa—. ¡He llegado!
Estruendo en el primer piso junto un gran «¡Oh, mierda!». JiSung no esperó que hubiese una reacción tan pronto, pero los apresurados pasos hacia la segunda planta le hicieron incluso colocarse en alerta. —¡JiSung!
El cuerpo de JiSung chocó con el marco de la ventana. HyunJin lo estrujó con tanta fuerza que su espalda tronó, sus hombros se reacomodaron, de seguro le mejoró la postura y le quitó los quince nudos de estrés que cargaba desde el inicio del segundo semestre.
—¡JiSung!
—Miii… espal…
—¡Ay!
Tan solo dejarlo en el suelo hizo que las rodillas de JiSung flectaran hacia adelante. HyunJin lucía distinto, más contento de lo que acostumbraba a cuando sus padres salían en televisión. Puede que ni siquiera se había dado cuenta de eso.
—¡Bajemos! Estaba terminando de lavar los trastes. No te imaginas lo que pasó ayer…
Y ahí, con su suavidad al hablar y emoción en cada palabra, JiSung olvidó eso- lo que pasó ayer.
Ni siquiera sabía si plantear justicia. ¡Mierda! Ni siquiera sabía si debía echar culpa. HyunJin le hablaba de algo que JiSung no lograba comprender del todo porque su mente estaba escindida entre el haber sido dejado plantado y la necesidad compulsiva de querer justificarlo. HyunJin tenía su propia vida, ¿quién era JiSung para entorpecerla? En especial ahora, que estaba teniendo una popularidad que sobrepasaba lo que ambos pesaron; sumando, también debía de colocarse al día con todas las clases de la División Heroica- las clases, las prácticas- ¡hoy debía de tener su primer entrenamiento como Héroe! HyunJin tenía cosas más importantes como preocuparse por haber dejado a JiSung plantado.
Porque la vida de HyunJin se plantó en un límite inconcebible. Sobrepasó todas las expectativas con él mismo al llevar muchos años de su vida fingiendo tener poderes para que sus padres no sospecharan. ¿Y ahora? ¡HyunJin tenía super fuerza!
—Hanji, ¿me estás escuchando o volviste a la madre tierra?
JiSung pestañeó. Ni se había dado cuenta que estaba apoyado en el mesón viendo a HyunJin lavar la loza.
—Perdón- eh, lo siento. Sí, me fui —JiSung asintió, atontado—. ¿Qué…? ¿Qué me decías?
—Cuando ayer salí de la universidad, ¿adivina quién me quiso acompañar a casa? ¡Ann MaeRim!
Ann MaeRim. JiSung pudo sentir sus ojos titilar antes de desviar la mirada de HyunJin. La lengua de suegra que decoraba el mesón fue más interesante para poder procesar ese bendito nombre.
—¿Ann MaeRim? —JiSung debió esforzarse en sostener la normalidad—. Wow…, ¿se hizo un tiempo para ti? ¿Qué no quería organizar algo grande?
—Bueno, igual fue mi culpa porque nos habíamos topado antes en la biblioteca. Pedí un poco de orientación con Construcción de Armas porque ella se maneja más. Me dijo que era esperable que yo estuviese tan desorientado. ¡Obvio! Pero le orgullecía mi cambio de División. Nos topamos a la salida, mientras esperaba el autobús, y…
Mientras HyunJin relataba, secó los trastes, los guardó, subieron a la segunda planta para que él terminara de arreglarse, tomara su gran mochila y los dos se largaran de la casa, se ganaron en la parada de aereoautobuses para esperar la línea C. Y en todo eso HyunJin no acabó la historia.
—… Mis papás le encantaron. La amaron. Dijeron que era una muy buena chica y que ya la reconocían por sus grandes aptitudes para la tecnología. Cuando MaeRim les contó que incluso era la presidenta de la Federación de Estudiantes Universitarias, ¡se la quisieron comer! Porque, ya sabes, mi mamá fue la presidenta de su generación por dos años consecutivos. ¡MaeRim por tres! Además que prepara unos mochis de la puta madre. ¿Quién no aprecia llegar a casa y darte cuenta que la cena ya está hecha? Con postre incluido.
Los ojos de HyunJin brillaban como el mismo sol, y un claro sonrojo estaba sobre sus pómulos mientras miraba al cielo, tan incrédulo por la tarde anterior que JiSung no pudo más que apretar sus labios y asentir a su hermosa resignación. Le gustaba ver a HyunJin así, tan contento. Esa semana había sido muy bien para él, y que Ann MaeRim haya logrado llevarlo a tal nivel de éxtasis le producía a JiSung una sensación de desplazamiento por no saber si es que logró generar eso. Bueno, ¿por qué lo harían? Los mejores amigos no se producen niveles tan profundos de felicidad.
«Basta», se dijo JiSung. Basta de desmerecerse. HyunJin no tenía por qué hacerse cargo de lo que JiSung no había compartido. No tenía que lidiar con su decepción pero, ¡mierda! Cuánto le gustaría a JiSung que HyunJin se diera cuenta que el césped estaba pudriéndose bajo sus suelas. Un nudo se le formó en la garganta cuando el relato pasó a ser una crónica emocional de cómo hace tiempo que HyunJin no se sentía así por alguien, que le ponía feliz ver a Ann MaeRim ahora porque esa tarde debió cambiar algo.
A JiSung le costó notar que eso no lo involucraba a él.
—… Y así —HyunJin exhaló de cansancio por aquella maratón emocional—. ¿Qué piensas? ¿Qué crees? ¿La invito a salir o espero a que cuaje un poco? Yo dejaría cuajar- además, ni idea de dónde llevarla. ¿Dónde podría?
—Al local de ramyeon, puede ser —opinó JiSung en voz baja.
—Ella es demasiado fina, no sé si- ¡Mierda!
Y ahí vino el segundo abrazo del día, y la segunda acomodación de columna. JiSung debió palmear los hombros de HyunJin con velocidad para que lo soltara.
—¡Mierda, en serio lo siento! —HyunJin dijo—. ¿Esperaste mucho rato? Es que- puta mierda. Como me hizo tutorías en mi casa, me hizo armar y desarmar mi teléfono como cinco veces para que pudiera entender los funcionamientos básicos y dónde intervenirlos. ¡En verdad lo olvidé! ¡Lo olvidé por completo! —gritó, y tomó la muñeca de JiSung para golpearse en la mejilla—. ¡Golpéame! ¡Me lo merezco!
—Dios, no —JiSung apartó su mano—, ¿quieres que me rompa los dedos? En serio, no fue nada.
—¿Cuánto esperaste? No, JiSung. En serio me siento terrible. Déjame compensarlo-
—No, iugh —frunció el ceño—, salir por compensación. Qué triste, HyunJin. De verdad está bien-
—No, hombre. Eres mi mejor amigo. ¿Cómo pude olvidar a mi mejor amigo por-
—¿Por una falda linda? —completó JiSung, y alzó sus cejas, sarcástico—, no es la primera vez.
—¿Aun no superarás ese receso de la primaria?
—Para que veas cuánto me dolió.
JiSung no podía sostener la tosquedad por demasiado tiempo, más cuando HyunJin sacaba ese puchero mezclado con unos ojos brillantes y acuosos. JiSung rompió su fachada en una sonrisa que aceleró su propio corazón.
—Ya, deja esa cara —JiSung colocó una mano en la cara de HyunJin—, que no te queda la ternura.
HyunJin rio, apartó la mano de JiSung y entrelazó sus dedos. —Te prometo compensarlo. ¡Puede ser hoy! Después del entrenamiento.
«Hmmm…», JiSung no estaba preparado para ser defraudado dos días seguidos. La latencia impacientó a HyunJin, y le sacudió las manos.
—¡¿Por qué no?!
—Estoy cansado, HyunJin. Anoche me quedé hasta las dos trabajando para mi clase de Análisis Crítico del Modelo Psicosocial.
—¿Y esa clase no la tienes los martes?
—Sí, pero la tengo con Bang Chan, y él también nos hace Democracia y Habilidad. Con MinHo nos pide los avances cada que tenemos con él. Somos su saco de boxeo favorito.
Y ahí, vio aquel flagelo que le generó un batir de mariposas en el estómago, tal como un deje de dignidad y satisfacción. Uno que lo enderezaba más que los abrazos de HyunJin. Vio cómo la luz en sus ojos se apagaba y su labio se fruncía; HyunJin se removió, y demoró un momento en poder replicar.
—¿Te quedaste trabajando con MinHo? —preguntó.
JiSung se esforzó para no sonreír. —No en llamada. Solo mensajes. —Una idea pasó por su cabeza—. Ya habíamos hablado mucho en la tarde. Él es muy introvertido.
—¿Cuándo? —HyunJin preguntó, y balanceó sus manos—. Tuve con él toda la tarde. Es una planta para las clases.
—En el restaurante —contestó JiSung—. Ah, no te conté. Él trabaja ahí.
—¿En serio? ¿Parte de su programa de reinserción?
A JiSung le irritó ese tono, esa forma de hablar con sus ojos al otro lado de la calle hasta que terminó la pregunta y miró a JiSung con una sonrisa ladina. Divertida. Encantadora. Maldadosa.
—Quién sabe —terminó por contestar JiSung.
HyunJin rio. —Obvio, eso no se va contando. Aun cuando él viene con esa mierda rotulada en la frente. ¿Viste la pataleta que hizo su papá ayer? No sé cómo no muere de vergüenza.
—¿Y tú que sabes? No lo conoces.
—¿Por qué? Es un psicópata. Me quiso quemar vivo el lunes, ¿recuerdas?
—No lo iba a hacer en verdad. Él controla su fuego. Diferencia del que daña con el que- no sé, solo existe. MinHo no le ha hecho daño a nadie-
—¡Me lanzó bolas de fuego!
—¡Y tú lo lanzaste con mesa y todo a la pared! ¿No pueden estar a mano?
Era extraño que HyunJin odiara tanto a MinHo, y JiSung no pudo evitar rememorar su conversación de ayer. ¿HyunJin seguiría sintiendo susto de MinHo? Y el miedo que sentía, ¿la culpa podía aparecer también? ¿O solo era una paranoia alimentada por los padres? JiSung estuvo en esa conversación durante las primeras semanas de universidad, hace unos meses atrás.
—¿Lee MinHo? ¿Del Fogón? Bah, pobre niño —dijo el Demoledor, don Hwang—. Quedará estigmatizado para siempre.
—Pero es bueno que haya querido retomar su vida —le había discutido su esposa la Ventisca, señora Hwang—. Un título, conocimiento, carrera profesional. Hacer algo y no ser un villano de turno. Los programas de reinserción son positivos.
El aereoautobús de la línea C llegó y se fueron a los últimos asientos para sentarse, sujetado a todas las manijas posibles cuando el transporte se sacudió con fuerza para salir volando por la calle.
—De todas formas, MinHo es un buen chico —JiSung continuó con la discusión—. Me hizo compañía mientras te esperaba.
—Agh, no me digas eso, que ahora sí me siento mal.
—HyunJin, con MinHo estudiamos la misma especialidad. Nos vemos la cara cuatro de los cinco días de la semana. Y hacemos todos nuestros trabajos juntos.
—¡Lo sé, lo sé! —HyunJin lamentó, impaciente—. Ya es difícil digerirlo.
—Además… él-
—¿Qué? —HyunJin tronó su cuello para verlo—. ¿Te gusta?
La mera idea enfermó a HyunJin. JiSung lo vio verdoso, de ojos abiertos y empalidecidos. Los nudillos se le volvieron blanco ante el agarre del asiento de adelante, y su boca pareció querer expresar un montón de opiniones dependiendo de la respuesta. Dependiendo del grado de importancia, y de lo que tenía permitido involucrarse.
JiSung no lo había visto así en los diez años de amistad.
Por eso, tomó la oportunidad.
—Sí —JiSung sacudió su cabeza, y se apoyó en el respaldo del asiento para confirmar—, me gusta MinHo. —Y solo para tantear, solo para considerar el peligro, agregó—: y creo que también le gusto.
Esperó el drama, la teatralidad y el grito. En cambio, el respaldo del asiento delantero se dobló ligeramente, y con el mentón endurecido, HyunJin gesticuló:
—Entiendo.
Y JiSung suspiró. Desvió su mirada hacia la ventana para poder pensar en las nubes que el aereoautobús atravesaba, y en cuántos de esas se mezclaron con el humo del incendio del día anterior.
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“Vamos, vamos, con todo derrumbándose alrededor de mí,
Me gustaría creer en todas las posibilidades.
Si debiese morir esta noche,
Quizá lo primero que diría sería pedir perdón
Por no sentirme como alguien”.
C’mon; Panic! At The Disco ft. fun.
—¡MinHo! ¡Lee MinHo!
No, no y no. Aquello no era real. MinHo no iba a enfrentar esa verdad.
—¡Lee MinHo!
Menos que una jodida loca le gritase por los pasillos.
Sabía que sería un día difícil. Lo vio en el televisor esa mañana, por lo que, como buen viernes, MinHo asistiría a lo suyo y se encerraría todo el fin de semana en el restaurante. Sin ver a nadie. Sin interactuar con nadie. Un plan tan maravilloso como inefable si es que la jodida Trabajadora Social no lo hubiese interceptado en la ruta.
—¡Lee MinHo! ¡No creas que puedas pasar desapercibido! —llamó ella a sus espaldas—. ¡Noto tu aura!
Él algo conocía aquella universidad- no pasaba más del tiempo suficiente haciendo vida social o en la biblioteca. Le gustaba escuchar cualquier tipo de música para desapegarlo de los pensamientos persecutorios y solo enfocarse en todas sus clases. Eso era lo que hacía un buen alumno.
—¡Lee MinHo!
MinHo dobló una esquina hacia la derecha, y sin querer se topó con ella. ¿Cómo lo hizo? La señorita HaMin apenas tenía un poder que destacase sobre el resto, inclusive MinHo pensó en el fondo que ella no era más que una trabajadora del gobierno mundana con muy buena labia. Pero ella estaba ahí, tan bien parada con su traje de tres piezas y zapatos de tacón que con su sola presencia hizo que MinHo frenara en seco.
—Ah- yo-
—No, no, no —la señorita HaMin se acercó a él con rapidez y, sin cuidado, lo tomó del cuello de la chaqueta de cuero para llevárselo—. Ya hablamos de esto, MinHo. Solo es una cuestión psicológica. Necesitas una lección para respirar bien y mucho mindfulness…
«Esto no está pasando. Esto de verdad no está pasando», MinHo pensó, compulsivo. Los pocos alumnos que transitaban por los pasillos miraban con esa complicidad incómoda de no querer fijarse, pero cómo no hacerlo si es que aquel nombre villanesco estaba sobre su cabeza. Reconocido, observado y ahora humillado. Cuota semestral.
Tras llegar a la oficina de la trabajadora social, la señorita HaMin bloqueó con su cuerpo la puerta.
—No te marches hasta que hayas hablado —dijo ella.
—¿Qué puedo decir? Solo quiero ir a mis clases —contestó MinHo y, en su defensa, mostró su celular—. Bang Chan me tiene las bolas hinchadas con sus entregas. Esa es mi prioridad.
—Por eso, quiero hablarte de cómo enfrentarás la clase —respondió con voz suave—. Serás el centro de atención. ¿Cómo te sientes al saber que la gente te mirará?
—¡La gente ya me miró con el espectáculo que hizo!
—¡Bueno, si te dejaras pescar las cosas serían más fáciles!
Al final, MinHo se rindió. Tomó asiento en la silla acolchada frente al escritorio de la Trabajadora Social, y se sobó la sien para poder aligerar la migraña. La señorita HaMin rodeó el escritorio para quedar frente a él, y movió con maternidad un frasco de manís. MinHo sacó un puñado y, con lentitud, comenzó a incrementar el calor en su mano.
—Es parte del contrato, ¿no le parece? —preguntó MinHo—, si es que tengo un problema, debo venir aquí. Para eso le pagan.
—No me pagan por escuchar tus problemas, solo para acompañarte en tu inserción —aclaró la señorita HaMin—. Te escucho porque me importas.
—¿A cuántos más les ha dicho eso? ¿También a Dosie y a Yuna?
—Lo que ustedes necesitan son un espacio de contención lejos de la visión del héroe y villano, y son momentos como los de ayer que reactivan la opinión social sobre ustedes —explicó la señorita HaMin—. Esta es una zona segura dentro de la jungla que es la universidad. Ya trabajamos con esto, MinHo. La convivencia no es sencilla, en especial-
—En especial si a tu padre le da por hacer un escándalo en la cárcel —completó. El maní al fin se tostó en su mano, así que se lo echó en la boca de forma intermitente—. Créame, lo comprendo.
Si, de todas formas, ya todos lo ubicaban.
La señorita HaMin demoró un momento en elaborar sus ideas. Organizar lo que pudiese sonar mal, cruel y, al mismo tiempo, franco. MinHo ya había sido intervenido desde pequeño por muchos profesionales que intentaban ayudarlo y lo abandonaban luego de que el programa terminara. Y así desde cero- hablar con gente desconocida de su problema familiar, de dónde creció, de lo que hará después y cuál es su proyección. Todo para que el niño del delincuente no le siguiera los pasos.
—Escucha —la voz de ella se tornó más suave como severa, y fijó sus ojos oscuros en MinHo aun cuando él desviaba la mirada—. ¿Crees que no toqué este tema con Dosie, do semanas atrás cuando atraparon a un delincuente usando su telequinesis para lanzar a su hijo desde el décimo piso? Es un momento difícil, de mucha presión porque ustedes no solo tienen el juicio de sus compañeros, sino de la misma administración de la universidad como del gobierno. Y aun así, con cada cosa que pasa que puedan recordarles a quienes ustedes son, ustedes siguen siendo resilientes. Estás logrando más de lo que generaciones anteriores pudieron acceder.
—Solo tuve suerte de nacer en el momento indicado.
—Fuiste escogido junto a tus dos compañeras para ser parte de este programa. La reinserción educacional es importante-
—Para no seguir el paso de nuestros padres. Que sí, comprendo, comprendo —resumió—. Con Dosie y Yuna tenemos la responsabilidad de demostrar que los hijos de los presos no son malvados, sino que incomprendidos. Que tooodos crecimos con violencia, contexto difícil, drogas, prostitución, trabajo forzado y maltrato en todas sus índoles. Porque eso es lo que caracteriza a los presos: que son jodidamente crueles con sus hijos.
Los manís que quedaban en sus manos terminaron por incinerarse. MinHo estiró su mano hacia el pote para botar las cenizas.
—No puede haber reinserción si ya nos están separando en un programa —discutió MinHo—. Ya nos tratan distinto. Ya somos distintos. ¿Cuántas veces debemos tener esta discusión?
—Exacto —la señorita HaMin asintió y se inclinó hacia adelante—, son distintos. No son lo que ellos esperaron.
Ellos. ¿Quiénes serían, en detalle? Daba igual, porque MinHo no debía por qué preocuparse por opiniones ajenas si todos lo iban a tener en ese mismo lugar: en el fondo, en un programa, con un título.
MinHo se levantó, se inclinó y tomó su mochila del suelo para marcharse. La señorita HaMin le deseó suerte para sus clases antes de marcharse de la oficina. Debió quedarse un momento apoyado en la puerta, con su vista en el pulcro pasillo y a las ventanas que daban hacia todo el terreno del campus de aquella Universidad, cómo a una larga distancia de la entrada llegaban los aereoautobuses de colores que respondían a distintas rutas de Seúl: el D violeta para barrios bajos, el C azulado para el centro, el A rojo para sectores alejados que alcanzaban la ruralidad, el B rosa para el barrio alto. Todos estacionaban en una pista de aterrizaje de más de un kilómetro para tomar otra pista más y volar para llevarlos de regreso a la tierra.
Notó a dos chicos que pasaron frente a él darle una divertida mirada antes de seguir con su ruta, quizá alumnos ya veteranos de esa institución, porque iban con una postura altiva de mentón levantado, espalda recta y con unas prendas mucho más sobrias de lo que caracterizaba a los novatos. MinHo encontraba del terror convertirse en eso al pasar los años.
¿Para qué estar ahí? ¿Cuál era su lugar? Ni siquiera era obligación que todos los civiles con poderes asistieran a esa universidad- con estar inscritos en el Registro Nacional de Habilidosos era suficiente. Él estaba inscrito, hizo las pruebas teóricas y prácticas; desde que cumplió los dieciocho que ha sido visitado mensualmente por la señorita HaMin para comprobar si es que todo estaba bien con sus poderes. MinHo ha cumplido con todo lo de la ley para ser un civil como el resto.
Pero las miradas no se escondían, y tampoco podía fingirse demencia con lo que intentaban expresar. «No debes estar acá», era una simplificación del conflicto. MinHo no era valiente como para indagar en la profundidad, en ese caso. No quería saber lo que los demás pensaban de él.
De todas formas, el tiempo se acababa. Se colocó sus auriculares inalámbricos para escuchar All My Friends de A Day To Remember y se fue al edificio de Ciencias Políticas. Llegó al cuarto piso y se metió a la pequeña sala que hasta pasaba como oficina, porque es no era una carrera popular.
Cuatro largas mesas y dos sillas en cada una, todas en media luna mirando la pizarra inteligente. Dos chicos de la División Asistencial estaban ahí, charlando en la mesa de un extremo; seguido a ellos había dos chicos que tenían colores más neutros en su vestuario, una chica que se había cambiado de la carrera de farmacología y un tipo que llevaba el año por segunda vez. MinHo se sentó al otro extremo, solo, y colocó la mochila a un lado. Las dos mesas lo miraron unos segundos antes de seguir con su conversación. MinHo sacó sus cosas de la mochila- la propuesta de análisis social número trece, un manual de matrices, y su lápiz para continuar con el trabajo. Cambió la música a Little Things de Good Charlotte, solo para sentir algo y no caer en la locura. La música la tenía tan fuerte que ni siquiera se dio cuenta que JiSung llegó a sentarse a su lado.
Le escuchó decir algo, así que MinHo contestó con un hola sin apartar la mirada de su quehacer. JiSung dejó la mochila de MinHo en el suelo, colocó la suya en la mesa, y sacó el material mientras balbuceaba cosas que no lograba alcanzar porque Good Charlotte decía And that same year on Christmas Eve – dad went to the store – we checked his room, his things were gone – we didn’t see hm no more, dick!
—… gustamos.
—¿Hm? —MinHo se sacó enseguida el auricular y miró a JiSung—. ¿Qué dijiste?
JiSung tenía sus ojos cargados de sentimientos que a MinHo no le interesaban escuchar. Un cabello que era el nido de un ave. Sus dedos largos y torcidos que eran el registro fidedigno de las ramas de un árbol, que se extendían por la mesa y tamborileaban para generar música de fondo ante la confesión en voz baja.
—Le dije a HyunJin que nos gustamos.
Y MinHo, sin querer queriendo, hizo combustión.
