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Language:
Español
Series:
Part 7 of JayTim Week 2026
Collections:
JayTim Week 2026
Stats:
Published:
2026-07-01
Words:
2,614
Chapters:
1/1
Kudos:
3
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1
Hits:
42

Undying

Summary:

El interior de la Iglesia estaba en ruinas.

Los vitrales destrozados dejaban pasar la luz de la luna, proyectando sombras sobre los bancos rotos y el altar cubierto de polvo. El olor a sangre era fresco, mezclado con el perfume característico de Jason. Un aroma a tormenta, pólvora y algo… indescriptiblemente dulce.

Tim se movió con sigilo, sus sentidos expandidos al máximo. Sabía que Jason estaba cerca. Podía sentirlo en el aire, en el latido acelerado de su propio corazón inmortal.

—Sal, sal, dondequiera que estés —llamó, su voz un eco aterrador e inhumano.

Una risa ronca respondió desde el altar. Jason estaba recostado contra la piedra, su postura descuidada. Su cabello oscuro caía sobre sus ojos, un corte fresco en su mejilla brillaba, y su sonrisa era todo dientes.

—Timmy. Siempre tan puntual… ¿No puedes estar lejos de mí, verdad?

(O: El cliché de romance vampírico que nadie pidió.)

Día 7: Día Libre (elegí Universo Alternativo - Vampiros) + Almas Gemelas + De Enemigos a Amantes

Notes:

Ah. Un buen cliché cursi y fantasioso de vampiros...

Día 7: Día Libre (elegí Universo Alternativo - Vampiros) + Almas Gemelas + De Enemigos a Amantes

Canción sugerida: War of Hearts - Ruelle

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

i.

Gotham siempre había sido una ciudad de sombras, pero pocos sabían que esas sombras respiraban y se movían.

La sociedad vampírica de la ciudad estaba dividida en dos facciones principales: Los Antiguos, que gobernaban desde las sombras con siglos de tradición y poder, y Los Renegados, vampiros jóvenes que rechazaban las viejas costumbres y buscaban un nuevo orden.

Timothy Drake había “nacido” en el seno de Los Antiguos, aunque no por sangre. Sus padres, dos humanos ricos y negligentes, lo habían vendido al clan cuando era apenas un niño, a cambio de una vida eterna que nunca obtuvieron.

El clan lo había criado, moldeado y convertido en el arma perfecta. Un vampiro joven pero prodigiosamente hábil, leal a la tradición y con una inteligencia que superaba a la de muchos vampiros centenarios.

Se había ganado su lugar a pulso, demostrando una y otra vez que merecía estar entre la élite.

Jason Todd, en cambio, era el producto de un error. Un humano callejero que había sido mordido en un ataque de rabia por una renegada moribunda, convertido sin ceremonia ni permiso.

La transformación lo había salvado de una muerte segura, pero lo había condenado a una existencia que no había pedido.

(Los Antiguos lo consideraban una abominación, un accidente que debía ser eliminado. )

Pero Jason sobrevivió. Y cuando lo hizo, juró que nunca se arrodillaría ante nadie.

Se convirtió en el líder de los Renegados, una figura temida y respetada que desafiaba abiertamente el orden establecido. Su mensaje era simple: los vampiros no necesitaban reyes ni antiguas tradiciones. Eran depredadores, y debían actuar como tales. Su carisma era peligroso, su brutalidad legendaria, y su odio hacia los Antiguos -y especialmente hacia Tim-, era profundo y personal.

Tim y Jason se habían enfrentado en innumerables ocasiones. Cada encuentro era un choque de ideologías, una batalla que iba más allá de lo físico.

Tim veía en Jason todo lo que despreciaba: caos, desorden, la amenaza de destruir siglos de civilización cuidadosamente construida.

Jason veía en Tim la encarnación de todo lo que odiaba: privilegio, arrogancia, la mano que lo había golpeado y despreciado desde su conversión.

El niño mimado del clan, escupía Jason en cada enfrentamiento. El soldadito perfecto que nunca ha tenido que ensuciarse las manos de verdad.

El perro callejero que muerde la mano que le dio de comer, respondía Tim, su voz gélida. Eres un caos andante, Todd. Un error que debería haberse corregido hace décadas.

Pero detrás de las palabras, había algo más. La creencia tácita de que, en cierto modo, eran iguales. Ambos habían sido arrancados de sus vidas humanas, habían sido moldeados por la violencia.

(Luchando por algo en lo que creían, aunque sus caminos fueran opuestos.)

Aquella noche en la vieja Iglesia abandonada no era diferente a las demás.

Tim había recibido informes de que Jason estaba operando en territorio de su clan, reclutando vampiros jóvenes para su causa.

La misión era clara: eliminarlo o, al menos, detenerlo.

Nunca imaginó que esa noche cambiaría su vida para siempre.

.

.

ii.

El interior de la Iglesia estaba en ruinas.

Los vitrales destrozados dejaban pasar la luz de la luna, proyectando sombras sobre los bancos rotos y el altar cubierto de polvo. El olor a sangre era fresco, mezclado con el perfume característico de Jason.

(Algo… indescriptiblemente dulce.)

Tim se movió con sigilo, sus sentidos expandidos al máximo. Sabía que Jason estaba cerca. Podía sentirlo en el aire, en el latido acelerado de su propio corazón inmortal.

—Sal, sal, dondequiera que estés —llamó, su voz un eco aterrador e inhumano.

Una risa ronca respondió desde el altar. Jason estaba recostado contra la piedra, su postura descuidada. Su cabello oscuro caía sobre sus ojos, un corte fresco en su mejilla brillaba, y su sonrisa era todo dientes.

—Timmy. Siempre tan puntual… ¿No puedes estar lejos de mí, verdad?

—No puedo soportar la idea de que sigas manchando el nombre de nuestra especie —replicó Tim, avanzando con pasos precisos—. ¿Cuántos has reclutado esta vez? ¿Cuántos jóvenes has condenado a tu causa absurda?

—¿Condenado? —Jason se incorporó lentamente, con la gracia felina de un depredador—. Les ofrezco libertad. Los Antiguos los mantienen como mascotas, Tim. Yo les ofrezco la verdadera inmortalidad. Sin cadenas, sin reglas.

—Sin reglas —repitió Tim, con desdén—. La receta perfecta para el caos. ¿Crees que la sociedad puede mantenerse sin estructura?

—¿Crees que nosotros somos parte de su sociedad? —Jason dio un paso adelante, sus ojos brillando con intensidad—. Somos monstruos, Tim. Deja de fingir que eres mejor que yo solo porque llevas un traje caro y besas el anillo de algún anciano asqueroso.

El aire entre ellos se cargó de electricidad. Años de animosidad, de insultos y enfrentamientos, se condensaron en un solo momento. Tim sintió la familiar oleada de ira, el deseo de acabar con esa amenaza de una vez por todas.

Se lanzó hacia adelante.

La pelea fue brutal. Sus cuerpos chocaban contra las paredes, derribaban lo que quedaba de los bancos. Los colmillos se extendían, las garras arañaban, pero ninguno daba el golpe final.

(Era un baile que siempre terminaba en empate.)

Pero entonces, algo cambió.

Durante un instante, sus rostros estuvieron a centímetros de distancia. Jason soltó un gruñido de frustración y, al hacerlo, su aliento rozó el rostro de Tim, y Tim lo olió.

Un aroma dulce, embriagador, que se filtraba a través del olor a sangre. Era como el aroma de un jardín prohibido, como una promesa que nunca debería desear.

Tim sintió que sus piernas se debilitaban, que su mente se nublaba.

Jason se congeló. Sus ojos se abrieron, y por un instante, toda su bravuconería desapareció. En su lugar, había pánico.

—No —susurró, retrocediendo tan rápido que casi tropieza—. No, no, no. Esto no puede ser.

—¿Jason? —Tim parpadeó, tratando de recuperar el equilibrio—. ¿Qué está pasando?

—Es… la leyenda del vínculo… —dijo Jason, su voz ronca y temblorosa.

Tim frunció el ceño. Conocía la historia. Todos los vampiros la conocían.

Se decía que cada criatura de la noche tenía una contraparte, un alma gemela que complementaba su existencia para hacer más llevadera la inmortalidad.

Pero era un mito. Una fábula para consolar a los solitarios.

(No podía ser real…)

—No puede ser —dijo Tim, negando con la cabeza—. ¡Es… una coincidencia!

—¿Qué, eres idiota? —Jason soltó una risa amarga—. Puedes olerlo. Maldición… Puedes sentirlo.

Las palabras sacudieron a Tim. Sí, podía sentirlo, el eco de las emociones de Jason en su propia mente. La rabia, sí. Pero también el miedo, el desconcierto. Y debajo de todo, un deseo profundo.

—Esto es una pesadilla —murmuró Jason, llevándose una mano a la cabeza—. Tengo que matarte. Si mueres, el vínculo se rompe. ¿Verdad? ¡Eso es lo que dice la leyenda!

—No lo sé —admitió Tim, su mente trabajando a toda velocidad—. Pero si me matas, te herirás a ti mismo. Esto es así… Si uno muere, el otro se desvanece.

Jason lo miró, sus ojos llenos de una furia desesperada.

—Entonces estamos condenados. Atados el uno al otro. ¿No es eso lo que siempre quisiste? ¡Tenerme bajo tu control…!

—¡No! —dijo Tim, y esta vez su voz fue suave—. No quería esto. Ninguno de nosotros lo quería. Pero el universo tiene un sentido del humor… retorcido.

.

.

iii.

Se separaron.

Jason desapareció en la noche, dejando a Tim solo en la Iglesia, lidiando con la verdad.

Durante semanas, ninguno de los dos buscó al otro. Las confrontaciones se detuvieron. Los informes cesaron. Como si ambos hubieran caído en un agujero negro de negación.

(Pero el vínculo no les permitía olvidar.)

Tim podía sentir a Jason en sus sueños. Imágenes claras, emociones. Una rabia profunda. Mucho dolor. Una soledad que Tim reconocía porque era la suya propia.

Una noche, Tim despertó con el pecho ardiendo.

Había soñado con Jason, con su sonrisa burlona, con el sabor de su sangre. Se levantó de la cama, sintiendo que algo tiraba de él, una fuerza invisible que lo atraía hacia el centro de la ciudad.

No pudo resistirse.

Lo encontró en una azotea, mirando la luna. Jason no se volvió cuando Tim llegó.

—Sabía que vendrías —dijo Jason, su voz sin el tono burlón de siempre—. El vínculo tampoco te deja en paz.

—No —admitió Tim, acercándose cautelosamente.

Jason se volvió hacia él. Por primera vez, su máscara había caído. Sus ojos estaban cansados, su expresión vulnerable. Parecía... humano.

—¿Por qué yo, Tim? —preguntó, y su voz estaba rota—. De todos los vampiros del mundo, ¿por qué yo? He hecho todo lo posible para destruirte. He desafiado todo en lo que crees. ¿Por qué el universo me elegiría a mí?

Tim no tenía una respuesta. Se sentó a su lado, con una distancia prudente entre ellos.

—Tal vez porque somos iguales —dijo finalmente—. Tal vez porque, a pesar de todo, ambos sabemos lo que es ser arrancados de la vida que deberíamos haber tenido.

Jason soltó una risa amarga.

—No sabes nada de mí.

—Sé más de lo que crees —replicó Tim—. Naciste en el East End. Tu madre murió de sobredosis. Tu padre desapareció. Fuiste un niño de la calle, sobreviviendo como podías. Y cuando te convirtieron, en lugar de un hogar, encontraste desprecio.

Jason lo miró, sorprendido.

—¿Cómo… cómo sabes eso?

—Investigué —dijo Tim, con una leve sonrisa—. Siempre investigo. Es mi trabajo.

—Claro que sí —Jason negó con la cabeza, pero su voz ya no era hostil—. ¿Cuál es tu historia, Tim? ¿Cómo es que el niño mimado de Los Antiguos termina sabiendo cómo se siente ser un rechazado?

Tim se quedó callado por un momento. Luego, lentamente, comenzó a hablar.

—No fui elegido. Fui vendido por mis padres humanos, que necesitaban dinero, y un miembro del clan les ofreció una fortuna por mí. Nunca tuve una familia o un hogar. Solo una ocupación.

Jason lo escuchó sin interrumpir. Cuando Tim terminó, hubo un largo silencio.

—Así que estamos igual de rotos —dijo Jason finalmente—. Dos monstruos que intentan encajar en un mundo que no los quiere.

—Tal vez por eso el universo nos juntó —dijo Tim, mirando la luna—. Para que dejáramos de estar tan rotos.

(Jason no respondió, pero Tim sintió a través del vínculo un destello de esperanza.)

.

.

iv.

Los días se convirtieron en semanas. Las semanas en meses. Tim y Jason se encontraban en secreto, lejos de miradas indiscretas.

Al principio fue difícil. Cada encuentro estaba cargado de años de hostilidad, de palabras no dichas, de heridas abiertas.

Pero poco a poco, algo cambió.

Aprendieron a hablar sin pelear. A veces, Tim llevaba libros sobre la Historia de los Vampiros, y Jason se burlaba, a pesar de pasarse horas leyendo atentamente junto a él. Otras veces, Jason hablaba de sus planes para los Renegados, y Tim escuchaba sin juzgar, comprendiendo poco a poco su visión del mundo.

Entonces, llegó la noche en que el vínculo se volvió insoportable.

Estaban en el mismo tejado donde se habían encontrado por primera vez. La luna llena los bañaba con su luz plateada. Jason estaba más cerca de lo habitual, y Tim podía oler su aroma con una claridad dolorosa.

—No puedo seguir así —dijo Tim, su voz ronca—. Estar cerca de ti y no poder tocarte. Es peor que cualquier tortura.

Jason lo miró, sus ojos oscuros y profundos.

—Tienes miedo.

—Sí —admitió Tim—. Tengo miedo de lo que siento. Miedo de que esto me destruya. Miedo de que te destruya a ti.

—Tim —Jason susurró, y su nombre en sus labios sonó como una plegaria—. Yo creo que esto… nos va a salvar.

Tim no supo quién se movió primero. Sus labios se encontraron en la oscuridad, y el mundo estalló en un torrente de sensaciones. Tan hechizante como la promesa de algo eterno.

El beso fue profundo, hambriento. Tim sintió que sus colmillos se extendían, que la necesidad de probar la sangre de Jason lo abrumaba. Pero Jason no se apartó. Al contrario, inclinó la cabeza, ofreciendo su cuello.

—Hazlo —susurró contra sus labios—. Te pertenezco. Siempre te he pertenecido.

Tim mordió, y el sabor de Jason explotó en su boca. Era dulce y salado a la vez. Jason gimió, sus dedos clavándose en la espalda de Tim, y el vínculo se selló con el latido de sus corazones.

Cuando Tim se apartó, Jason estaba tembloroso, sus ojos llenos de lágrimas.

—Ahora no sé cómo voy a sobrevivir sin ti —susurró Jason.

—No vas a tener que hacerlo —respondió Tim, acariciando su mejilla—. Porque no pienso dejarte ir. Nunca.

.

.

v.

Por supuesto, el amor no lo solucionaba todo.

Los Antiguos descubrieron los encuentros de Tim y Jason, y la noticia se extendió como pólvora.

Tim Drake, el heredero perfecto, se estaba reuniendo a escondidas con el líder de Los Renegados.

(La traición era imperdonable.)

Tim fue llamado a rendir cuentas. El Consejo de Los Antiguos lo esperaba en su gran salón, rodeado de velas y de miradas acusadoras. El anciano que lideraba el clan, un vampiro de cabello rubio y ojos fríos, lo observó con desprecio.

—¿Es verdad? —preguntó, su voz, un susurro gélido—. ¿Te has aliado con el enemigo?

—No me he aliado con nadie —respondió Tim, su voz firme—. He encontrado a mi alma gemela.

El Consejo estalló en murmullos.

El anciano levantó una mano, pidiendo silencio.

—Eso es una leyenda —dijo—. Una excusa para los débiles que buscan justificar sus traiciones.

—No es una leyenda —insistió Tim—. Puedo sentirlo. Él puede sentirlo. ¡Somos dos partes de un mismo todo!

—No importa lo que sientas —dijo el anciano—. Jason Todd es un renegado. Una amenaza para nuestra forma de vida. Y tú, al protegerlo, te has convertido en una amenaza también.

Tim apretó los puños.

—… ¿Qué van a hacer?

—Vamos a eliminarlo. Y a ti, te pondremos bajo vigilancia hasta que el vínculo se rompa.

Tim no esperó a oír más. Se levantó, su postura desafiante.

—No lo permitiré.

El anciano sonrió, una sonrisa fría y peligrosa.

—¿Crees que puedes detenernos? Eres solo un vampiro, Timothy. Por muy hábil que seas, no puedes contra todo el clan.

—Tal vez no —dijo Tim, y su voz era tranquila—. Pero no estoy solo.

Antes de que el anciano pudiera responder, el suelo tembló. Un estruendo sacudió el salón, y las puertas se abrieron de par en par.

Jason Todd estaba en el umbral, rodeado de una docena de Renegados. Su sonrisa era grande y salvaje, y sus ojos brillaban con un fuego que Tim nunca había visto.

—Hola, abuelo —dijo Jason, su voz llena de veneno—. ¿Has estado hablando de mí?

El anciano se puso de pie, su rostro contorsionado por la furia.

—¡Renegados! ¡¿Cómo se atreven a entrar en nuestro santuario?!

—No es un santuario —dijo Tim, levantándose y caminando hacia Jason—. Es una prisión de tradiciones obsoletas y corrupción.

Jason lo miró. El mundo desapareció. Solo existían ellos dos, unidos por el vínculo que los había atado contra todo pronóstico.

—¿Listo para terminar esto? —preguntó Jason, extendiendo su mano.

Tim la tomó, sintiendo la calidez ardiente de su piel contra la suya. Agradecido de tener una eternidad por delante para memorizarla.

—Listo.

.

.

(Tim y Jason pelearon ferozmente hasta ganar. Se quedaron en Gotham, y reconstruyeron la sociedad vampírica desde sus cimientos. Ya no había Antiguos ni Renegados. Solo vampiros, unidos por un nuevo propósito: coexistir en paz, sin las viejas jerarquías ni el derramamiento de sangre innecesario.

Jason se convirtió en el líder de este nuevo orden, su carisma y su fuerza guiando a los jóvenes. Tim se convirtió en su consejero, su estratega, su mano derecha.

Juntos, gobernaban con justicia y sabiduría.

Y en las noches, cuando el mundo dormía, se entregaban a los placeres de su amor.)

 

Notes:

Esto es todo. Mis siete aportes a la JayTim week, fuera de tiempo, sí, lo siento. Pero planeo escribir mucho más de estos dos, porque los amo.

Gracias por leer ♡

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