Chapter Text
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Capítulo 1:
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El cliente de sonrisa amable.
Para Shina, no existía mayor terror que el ruido provocado por la hebilla del cinturón al chocar contra las duras y brillantes baldosas de mármol negro.
No eran los roces crueles, no era el dolor de su cuerpo. Tampoco lo era el escozor entre sus piernas, ni el sabor de su propia sangre en su paladar. Mucho menos la presión en su cuello y la falta de aire en sus pulmones. No era el miedo que crecía imparable en su pecho y se desbordaba de sus ojos rodando en forma de lágrimas, fundiéndose en las almohadas de seda blanca.
Era ese ruido, ese maldito ruido; porque escucharlo solo significaba que todo lo anterior mencionado iba a comenzar.
No siempre era con la misma intensidad: algunos eran más suaves, otros muchos más ruidosos, algunos ni siquiera llegaban a escucharse. Todo dependía de los clientes que le mandaran cada noche.
Pero siempre era el mismo patrón, el mismo dolor, el mismo remordimiento.
El mismo asco.
— Como siempre, eres la mejor, Shina. —Las palabras lograron que su cuerpo se encogiese bajo las sábanas blancas. El sonido del cinturón siendo ajustado para mantener el pantalón en su lugar fue lo único que logró calmarla, diciéndole que todo había terminado— Vendré la próxima semana.
Aprovechando que su cuerpo aún se escondía bajo las sábanas, limpió rápidamente cualquier indicio de lágrimas en su rostro y, forzando la sonrisa que tanto le habían enseñado que debía mostrar a sus clientes, salió de su escondite temporal para observar al hombre de baja estatura, panza prominente y calvicie pronunciada.
— Estaré encantada de servirle nuevamente, señor —Repitió las mismas palabras con las que se había despedido del cliente anterior, y el anterior a ese. Como una grabadora dio el mismo tono dulce, los mismos gestos, las mismas angustias.
Las mismas mentiras.
El sonido de la puerta cerrándose le afirmó nuevamente que ya todo había acabado, por lo que su cuerpo –tenso y adolorido- decidió relajarse levemente, sin poder lograrlo por completo. Esperó cinco minutos, y al ver que no entraba el mensajero –aquel que le avisaba si tendría algún otro cliente por atender- separó las sábanas de su cuerpo, dejando la blanca piel expuesta a la tenue luz que iluminaba la elegante habitación.
Colocando ambos pies sobre las frías baldosas, se levantó de la gran cama suavemente, sintiendo el dolor incrementar y como el ardor de sus partes íntimas se enfatizaba más. Acostumbrada a estas miserias, simplemente caminó despacio, sin importarle que su piel algo magullada se erizara debido al frío en la habitación, y llegó a la puerta que se encontraba en el lado derecho.
La blancura del cuarto de baño la recibió impasible, con el ambiente un poco más cálido que su piel agradeció. Sin detenerse, se adentró a la ducha, cerrando lentamente la puerta de cristal traslucido. Estiró su brazo, siendo consiente del dolor en sus muñecas y el oscuro hematoma que comenzaba a ser visible a su alrededor. Abrió la ducha y la lluvia de agua que acarició su piel fue calmando su dolor a medida que la temperatura del agua aumentaba hasta casi estar hirviendo; pero a Shina le encantaba de esa forma.
Sentía que limpiaba un poco mejor las huellas de aquellas manos, todas diferentes, pero con la misma maldad.
Trató de levantar su rostro, deseosa de sentir el agua golpear sus parpados con mayor fuerza en un intento de desperezarse, estaba muy cansada; pero la punzada en su cuello le impidió seguir subiendo la cabeza. Sin ánimos, simplemente volvió a su posición original.
— Supongo que tendrán que revisarme el cuello de nuevo —el susurro quedó ahogado bajo la suave melodía del agua sobre la baldosa.
Su mirada cayó sobre las lociones, jabones, marcas diferentes de cuidado corporal y cuero cabelludo, todas de distintos aromas, todas caras. Agarró uno de los jabones sin importarle siquiera mirar el aroma que tenía, sabía perfectamente que no serviría para nada. No importa cuántos jabones, cremas o perfumes restregara contra su cuerpo: la peste de todos esos cuerpos sobre ella, el sudor, jamás se iría. Esos hedores estaban plasmados en su nariz desde el primer día, y simplemente no lograba deshacerse de ellos.
Aun así, agarró la esponja ya untada en jabón y comenzó a tallar su cuerpo despacio, sintiendo el ardor al entrar la espuma en contacto con algunas heridas nuevas, como aquella bajo sus senos, larga y delgada, que cruzaba desde la costilla derecha hasta la izquierda. “Una marca hecha con amor para mis cosas”, había dicho el cliente… ¿Cuál era? ¿El segundo? ¿o fue el tercero?
No lo recodaba bien.
— Tengo que revisar esto también. —Observó la herida, y como la zona alrededor de ella estaba roja y sensible— No creo que deje cicatriz.
Había una que otra en sus muslos, principalmente en la parte interior de esos, casi llegando a su entrepierna. Nada importante, nada nuevo. Siguió limpiando su cuerpo lentamente, tomándose todo el tiempo que creía necesario, no le importaba cuánta agua gastaría; después de todo, nada ahí era suyo.
Unos pequeños golpes fuera de la puerta del baño llamaron su atención.
–Soy el mensajero –informó una voz tras la puerta–. Esperaré en la habitación para curar cualquier herida que tengas. No demores, el jefe quiere verte.
Apretó su mandíbula y los puños de sus manos, pero no respondió, y como el mensajero no dijo nada más siguió enjuagándose, cuidando de no hacer movimientos bruscos con su cuello.
A los pocos minutos tuvo que salir de la ducha, ya sin poder retrasar los acontecimientos. Envolvió su pálido cuerpo en una toalla cercana, y sin importarle dejar el suelo empapado en su caminata. Se detuvo unos segundos frente al gran espejo, observando su menuda figura, sintiéndose asqueada de sí misma a pesar de que su extraña belleza seguía imperturbable.
Ella se odiaba a sí misma, culpaba cada centímetro de su cuerpo, cada característica, cada virtud. Odiaba su piel suave y pálida, tan blanca que hasta la más mínima marca contrasta enormemente ante ojos ajenos; odiaba su nariz perfilada y pequeña, odiaba sus labios sedosos coloreados de un rosa pálido natural y odiaba su cara delgada, desde el mentón hasta la frente.
Pero, nada de eso se comparaba al asco, al desagrado, que tenía sobre dos partes de su cuerpo en específico: su larga y lacia cabellera con aquel color rubio demasiado claro, casi blanco, demasiado brillante y demasiado sedoso; y sus rasgados ojos de azul claro, ya empañados por los oscuros acontecimientos, y aquella extraña pupila delgada como la de un gato, que solo podías notar si observabas bien tras las largas pestañas claras que protegían aquellas extravagantes joyas que tenía por ojos.
Esas dos características fueron las razones por la que terminó en aquel lugar, obligada a vender su cuerpo.
Ella era extraña, exótica sería la palabra adecuada.
A veces soñaba con haber nacido con otro color de cabello, de ojos, con otra piel, con otro rostro. Creía que ellos no se la hubiesen llevado, creía que quizás su madre no la hubiese vendido por siete monedas de plata, y no estaría ahora aquí sufriendo esta pesadilla sin final. Pero debía aguantar, por lo menos un poco más.
Salió del baño sin ningún tipo de expresión, y se encontró con el mensajero que la esperaba con una pequeña caja de primeros auxilios y la cara tan imperturbable como la suya propia.
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La puerta frente a ella era grande, de madera oscura, y con grabados intrincados y varios detalles dorados en las esquinas. Como todo en aquella casa, se notaba la elegancia y el despilfarrar de dinero en cada una de las cosas: desde el suelo hasta la más simple de las cortinas. Le molestaba tanta riqueza.
Alzó su delgada mano, los vendajes alrededor de su muñeca recién colocados eran tan blancos como su piel, fácilmente podían pasar desapercibidos. Así de blanca era. Tocó dos veces con los nudillos de sus dedos y esperó pacientemente mientras acariciaba su propio cuello, sintiendo la textura de las gasas a su alrededor. La pequeña presión en su pecho le recordó que también algunas estaban ahí.
— Entra.
Así lo hizo cuando las grandes puertas se abrieron para ella, dando paso a que su mirada asqueada detallara el rostro de aquel hombre de horrible sonrisa, sentado tras un enorme escritorio de caoba oscura, en aquella enorme habitación alfombrada de rojo y llena de riquezas obtenidas por el mal camino.
— Tengo un trabajo especial para ti.
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Shina odiaba el blanco, desde que cumplió sus 13 años hasta la actualidad con 16; y sabía que eso no cambiaría.
Shina también odiaba los hospitales. Odiaba las paredes, el suelo, las cortinas, las sábanas, las camillas, el uniforme de los enfermeros y las batas de los doctores. Todo era blanco, todo era molesto, como el pitido constante de las maquinas del hospital.
— ¿Señorita Shina? —La voz de la enfermera la sacó de su ensoñación. Alzó la mirada hacia la joven de cabello marrón recogido y ojos igual marrones. Parecía una estudiante de práctica, pues no la reconocía de sus constantes visitas al hospital— Ya puede pasar a la sala, perdone la demora. Hay demasiados pacientes últimamente debido a los exámenes de cazadores y... —Explicaba la chica mientras le guiaba por los pasillos del hospital pero decidió ignorar su palabrería, y ahí Shina confirmó que era nueva, pues los demás médicos y enfermeros ya la conocían y sabían que ella se orientaba perfectamente por todo el hospital. Reconocía este lugar mucho mejor que su propia habitación en la mansión de su jefe donde estaba confinada.
Llegaron al ala de pacientes internados y la enfermera seguía sin cesar su parloteo acerca de los exámenes de cazador. A Shina no podría importarle menos los cazadores. Ninguno de ellos había hecho algo bueno con ella; pero la dejó hablar sin interrumpirla, pues parecía entusiasmada. Apenas entendió algo de que estaba enamorada de uno y que este le había invitado a salir, mientras la enfermera abría la puerta de la sala 137.
Sintió la reconocida punzada de la envidia en su corazón. Confesaba sentir envidia de todas las chicas que se encontraba en sus visitas al hospital, pues era al único lugar donde tenia permitido ir: Desde la panadera de la esquina a la cual veía vender pan y a ella llegaba el olor, hasta la colegiala que apresurada corría para no perder el autobús. Desde la de cabellos rizados hasta los lacios, desde la chica gordita hasta la delgada. Todas tenían algo en común: Eran normales, con vidas normales. Hace años, soñaba con tener un romance normal, ir a la escuela, tener amistades, salir de fiesta, trabajar en una cafetería o restaurante, quizás hasta en una tienda de ropa; llegar a casa, encender la tele y cocinar mientras escuchaba las noticias. Pero todo eso terminó cruentamente cuando la compraron.
Y sobre todo, siempre deseo ser recibida con amor por quien consideraba su única familia, en una casa acogedora y cálida.
— ¡Hermana, bienvenida! —Una voz aniñada y distorsionada, debido a la cánula nasal que le ayudaba a respirar, le recibió con alegría en la cama donde estaba sentado, que tenía la etiqueta con su nombre en el cabezal: Bell
Sin embargo, le tocaba ser recibida por su pequeño hermano en un hospital frío y blanco, entubado en cada sitio de su cuerpo, y un chirriante pitido molesto y constante de fondo. Un marcado contraste con la sonrisa cálida y los ojos brillantes de su hermanito, la única razón por la que esa sala no parecía tan lúgubre.
Cualquiera que no los conociera de antes, jamás sospecharía que ambos eran hermanos; pues eran muy diferentes el uno del otro. Mientras Shina era blanca y rubia ceniza, de ojos azules y semblante cortante; su hermano era moreno, de cabellos rizados y ojos negros, de mirada soñadora y sonrisa alegre.
La enfermera revisó que todo estuviese en orden y salió de la sala sacando su teléfono móvil, dejándolos solos.
— ¿Creciste un poco? Me parece que esta cama está quedando pequeña— Shina le revolvió el cabello con una sonrisa al escucharlo quejarse entre risas.
Su hermano, Bell, era 4 años menor que ella, apenas tenía 12 años, pero lleva desde los 9 años sin conocer otra cosa mas que estas cuatro paredes blancas. Desde pequeño ha sufrido de problemas pulmonares y, debido a la extrema pobreza en la que vivían, no podían pagar tratamiento y mucho menos un médico que le diagnosticara lo que padecía. Por tanto lo que antes pasaba por simples refriados fueron acrecentándose hasta el punto de ser falta de aire crónica. Muchas noches, Shina recuerda, no sabía si su hermanito viviría para ver otro amanecer. Hoy saben que la enfermedad que acosa a su hermano es cáncer pulmonar, ya muy avanzado debido a la falta de tratamiento y con pocas probabilidades de supervivencia.
Pero por suerte o por desgracia, al ser ella comprada, le permitieron en un acto de bondad buscar a su hermano, mantenerlo en un prestigioso hospital y pagar un tratamiento, todo por su “arduo servicio”. Aun recuerda la cara y la sonrisa astuta y maliciosa que portaba su jefe cuando le dio la noticia.
Shina no era tonta. Su jefe y todos con los que convivían, no eran el tipo de personas que ayudaban desinteresadamente. No era un acto de gratitud, era una cadena. Una forma silenciosa de mantenerla atada a ellos. “La vida de tu hermano esta en nuestras manos; si te portas bien le irá bien” fácilmente pudo leer entre líneas aquel día. Gracias al tiempo que llevaba en el lugar, y a su rápida adaptación, comprendió que debía mostrarse tonta y agradecida para sobrevivir; no solo ella, sino también su hermano. En gran parte, si estaba agradecida; después de todo, ellos nunca hubiesen podido pagar el caro tratamiento y los médicos por sus propios medios. Así que Shina decidió aguantar y convertirse en el producto perfecto que ellos requerían, con tal de que su hermano tuviese buen tratamiento y diagnóstico.
Sus visitas al hospital eran cortas pero diarias. ¿Eso mostraba debilidad ante su comprador? ¿Hacía aun mas obvio su control sobre ella? Si, definitivamente. Pero mas importante era ver a su hermano, hacerlo sentir acompañado -y para ella misma ganar energías para enfrentarse a otro terrible día- que mostrarse débil. No hay nada en este mundo mas importante para Shina que la vida y el bienestar de su hermano, incluso por encima del suyo propio. Le había mentido a Bell, obviamente, sobre su trabajo en la mansión, diciéndole ser una secretaria al servicio del jefe y habiéndole contado una pequeña historia de como la habían escogido debido a su inteligencia desde temprana edad, y por esa razón tuvo que irse de casa aquella vez sin despedirse.
Mientras ambos contaban los acontecimientos que cada uno había vivido este día, pasaban las horas en una pequeña y turbulenta armonía. Como algo que parecía poder romperse en cualquier momento. Era extraño, como incluso en el pasado a pesar de las dificultades y el hambre, Shina nunca tuvo esa mala espina en el pecho, pues siempre sentía que estarían juntos y seguros sin importar nada. Pero ahora, cada vez que viene, el ambiente se siente mas lejano y frío que la última vez.
Eso, inevitablemente, le hace recordar a su madre. No de buena manera, pues las típicas preguntas sobre su bienestar ni siquiera pasaban por su mente. Sinceramente a Shina no le interesaba lo que le hubiese o le este ocurriendo a su madre actualmente. No por rencor ni por algún tipo de venganza absurda. Simplemente tiene problemas mas importantes en los que enfocar su energía; y siendo honestos, el vinculo madre-hija se había roto incluso antes del fatídico acontecimiento.
La recordaba en estos momentos, porque esta lejanía invisible, esta línea trazada, era la misma que sentía cuando su madre estaba presente en la casa hecha pedazos en la que los tres vivían en aquellos días. Esa lejanía y línea cortante que su madre parecía traer cada vez que llegaba a ellos.
Actualmente por desgracia, Shina reconoce, que ahora es ella quien trae esa misma lejanía. Y que al igual que en su infancia cuando ella intentaba acortar distancia o desaparecer esa linea entre ella y su madre; ahora es su hermano quien, con chistes o historias, lo intenta con ella. Y Shina lanza risas y responde con naturalidad fingida a cada ocurrencia de su hermano, para verlo feliz. Pero ambos saben, tan bien como se conocen, que ella miente y que él decide no enfrentar la situación para no despedazar este sueño irreal que se ha construido en una base rota, en terreno no firme, una casa construida sobre arena.
— Las enfermeras dicen que abrieron una pastelería en la esquina en esta misma calle— Le comentó Bell mientras cerraba su cuaderno donde anotaba las historias que creaba —. Me gustaría ir a probar un pastel de chocolate.
Respondió mientras arreglaba cuidadosamente el cuello alto de su blusa para que no se viesen las gasas en su cuello:— El médico dijo que nada de azúcar.
El chico hizo un enorme puchero y casi como un efecto cómico a Shina le pareció que sus ojos se hacían mas grandes y tiernos de lo que eran— ¡Por favor! ¡Nunca como dulce! Una vez no hará daño, ¿cierto?
Shina suspiró al reconocer que su hermano la había vencido, pues el muy granuja sabía que nunca podía negar nada que él pidiese con esa cara. Pero era un compromiso que la colocaba entre la espada y la pared, pues no tenía permitido ir a ningún otro lugar mas que de la mansión al hospital, y del hospital a la mansión. Se le formó un nudo en el pecho de solo pensar en rechazarlo, pues su hermanito, desde que había sido internado, rara vez pedía salir del hospital.
Quizás es una pequeña artimaña para probarla. Pues estaba segura que él sabía que ella mentía acerca de su trabajo y bienestar, pero no decía nada, y tenía todo el sentido pues ella lo negaría firmemente para no preocuparlo en vano, pues nada cambiaría. Pero ya eran muchos los desplantes por su parte, y ya resultaba extraño que ni siquiera pudiese acompañarlo a la esquina. Antes estaba la excusa de su tratamiento y su mala situación médica los primeros años; pero ahora estaba estable y el médico dijo que podía dar alguna que otra caminata sin exageración.
O quizás simplemente estaba tan aburrido como ella de esas cuatro paredes blancas y del olor a desinfectante.
Ya sentía la migraña martillar tras sus ojos, pero su hermano la observaba expectante, en espera de una respuesta o una excusa barata que rompería su ilusión. Shina podía incluso asegurar que él esperaba mas la segunda que la primera, por la desesperanza en sus ojos.
¿Qué puedo perder? Se preguntó en su interior mientras agarraba el teléfono móvil que le habían dado y llamaba al jefe, diciéndole a su hermano que pediría unas horas extras libres, pero que no prometía nada. Solo eso bastó para que se iluminara su rostro de buena manera.
Salió de la sala sin aparentar ningún terror, pero su corazón aumentaba el ritmo de sus latidos con cada tono que se escuchaba en la línea telefónica, y casi le da un paro cardíaco cuando su jefe respondió.
— Solo por hoy —Fue todo lo que dijo el hombre tras escucharla hablar sobre su pequeña salida, y colgó.
Shina miró el teléfono en sus manos mientras respiraba lentamente intentando calmar su corazón acelerado. Si algo sabía Shina, es que nada de lo que hacía pasa desapercibido. Siendo uno de los productos que más ganancia le daba al jefe de la familia en el negocio del burdel, la mantenía vigilada desde una punta hasta la otra, porque obviamente no podía dejarla escapar. Pensamiento que a ella le parecía absurdo, pues ¿cómo podría ella simplemente irse y dejar a su hermano en sus malvadas garras? Pero por desgracia también conocía que este comportamiento no era nacido de la nada, pues muchas historias se cuentan entre las otras chicas en la mansión. Como que algunas de sus ex-compañeras se habían escapado, dejando abandonados a sus familiares raptados, con tal de ser libres. Y a estos familiares solo les queda un camino después de eso: la muerte.
Debido a la maldad del mundo, el corazón de muchas se enfrío.*
Quizás el jefe sabía que ella no lo haría, pues había demostrado ser constante con las visitas y le gustaba mantenerse informada sobre la situación de su hermano. Quizás era, como él decía aveces, “su buen acto del día”. Pero Shina sabía, que mas que un buen acto, era una demostración de control: "Puedes ver a tu hermano porque así lo quiero. Puedes ir a comer un pastel de chocolate con tu hermano, porque así lo quiero". Así funcionaba la mafia.
Nada era real, ningún sentimiento ínfimo de libertad era real.
Regresó a la sala con una sonrisa fingida y le dio la buena noticia a su hermano, quien enseguida se puso en pie y se cambió a ropas mas cómodas para ir con ella y disfrutar después de muchos años una salida juntos.
Y Shina notaba que a cada paso que daban en las calles hacia la pastelería una sombra los seguía desde las esquinas, como bien temía.
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Regresó a su habitación en la mansión con un peso cálido en el pecho y un recuerdo nuevo que atesorar, que le daría la fuerza y la energía para sobrellevar los males que le esperaban hoy y mañana.
La salida a la pastelería fue extrañamente tranquila. Apenas se preocupó por el hombre de negro que la vigilaba de lo lejos, pues se enfocó en disfrutar con su hermano, y vaya que disfrutaron el delicioso pastel que ordenaron y que misteriosamente había sido pagado de antemano; pero decidió no concentrarse en esos oscuros detalles, para no turbar el lindo momento. Incluso tuvieron la dicha de ver a un grupo de chicos convivir animadamente unas mesas delante de ellos. Recuerda ver a su hermano reír por las regañinas que le deba un señor alto de traje azul y lentes a dos de los chicos que se comían los dulces sin fin; mientras uno mas calmado, rubio, pedía tranquilidad y al no lograrlo decidía ignorarlos por su propio bienestar mental.
Se acordó de sus días de infancia, cuando ella y su hermano jugaban con los otros niños pobres de su barrio, y como a pesar de todo la pasaban bien.
Y todo fue bien, pues ni la pequeña angustia que sintió al ver los ojos de uno de los niños que estaban en ese grupo, un albino, que extrañamente, tenia ojos muy parecidos a los suyos, logró romper el cálido momento. Rápidamente descartó ese sentimiento absurdo, pues parecía nada mas que una simple casualidad, y quiso creer en eso firmemente.
Hace muchos años, incluso cuando aun era pequeña, que dejó de interesarse por su padre. Lo poco que sabía fue por los vecinos chismosos del barrio donde vivía antes. Contaban que su madre se enamoró de un hombre, un pasajero rico, que después de pasar la noche con ella nunca volvió, y de ahí había nacido ella, y por esa desdicha su madre había caído en la bebida y la droga. Y cuatro años mas tarde, en una borrachera se había acostado con otro hombre y de ahí había nacido su hermano.
Solo una vez recuerda, a la edad de 7 años, que su supuesto padre había venido a la casa, arrastrado por la gritería de su madre al reconocerle en la calle; y ni siquiera vio su rostro, pues él estaba ataviado en túnicas negras y cubierto todo su cuerpo a excepción de sus ojos, que eran iguales a los de ella. Solo esucuchó dejarle en claro a su madre que lo que hubiese pasado después de esa noche no le interesaba. Él vio a Shina desde su terrible altura. Aún no sabía si lo recordaba tan alto por ser ella muy pequeña en aquel tiempo o si realmente era tan alto; y él decidió que ella no valía la pena mientras se alejaba para siempre por las sucias calles del barrio .
Desde ese día su madre, que ya era cortante, actuó aún mas fría y distante.
De nada servía tener esos pensamientos, pues ¿qué cambiaría? Si su padre hubiese querido recibirla o al menos reconocerla, lo hubiese hecho en el instante que visitó a su madre. No servía de nada escudriñar el pasado y encontrar cosas sucias y rotas, no servía de nada lamentarse o maldecir a su padre o a su madre. Si su padre tenia una familia ya creada y ella era solo una bastarda, no importaba. Si ella tenía mas medios hermanos o hermanas, tampoco importaba.
Solo importaba Bell, él era su hermano y su familia.
Apenas había terminado de bañarse y arreglarse cuando escuchó el llamado en la puerta de su habitación— Es el mensajero, vine a buscarte para partir.
Se miró en el espejo por ultima vez, viendo la pequeña sonrisa que se había formado sin darse cuenta en sus labios al recordar cuanto ama a su hermano, y con ese poco se sintió renovada y lista para enfrentar lo que viene.
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El trayecto fue mas rápido de lo que hubiese deseado. Era, si mal no recordaba, la tercera vez en 3 años que le entregaban un trabajo en el que tenía que salir de la mansión. Normalmente eso solo significaba que el cliente era demasiado importante para los negocios o como mínimo, era asquerosamente rico. Y las otras dos veces que fue llamada al exterior, sus clientes fueron dos de los Diez Dons.
Según la poca información que había recibido de su jefe minutos antes de ir a visitar a su hermano, el cliente era alguien influyente y muy rico, que se hospedaba actualmente en la Torre Celestial, justo en el ultimo piso. No dio mas detalles, y sinceramente no hacían falta. Solo los cazadores o luchadores que quieren probar su fuerza o hacer dinero van a la Torre del Cielo y, si llegas lo suficientemente alto y eres fuerte, puedes ser maestro de todo un piso. Era imposible no saber como funcionaba la Torre, pues era demasiado famosa incluso entre la mafia. Y, si mal no recordaba, aquel que esté en el ultimo piso, era considerado el mas fuerte de todos.
Inevitablemente su cuerpo tembló por un momento, rompiendo la fachada impasible que había formado con los años. Si algo Shina había aprendido, es que entre más fuerte, influyente y rica era la gente, más malvada.
Calmó sus temblores mientras el auto en que era llevada se acercaba al aparcamiento subterráneo de la Torre. Observó su vestimenta en busca de algún error, casi en automático. Como bien aprendió, entre menos errores cometiese, mejor le iría.
Arregló los pliegues del largo y elegante vestido rojo burdeos que le dieron, los tacones plateados y la joyería estaban intactas, el peinado en su lugar. Se miró a través del escaso reflejo de los cristales del auto, confirmando que su maquillaje sutil estaba en buen estado, y que el que cubría sus moretones no se había difuminado lo suficiente para que se notasen. Ciertamente, se sentía extraña, pues a pesar de llevar 3 años trabajando en la mansión, ningún cliente había sido tan...normal como este, quitando la elegancia con la que le había hecho vestirse.
Shina había tenido variedad de clientes, y conocía mejor que nadie la depravación del ser humano. Pedían vestimentas que satisficieran sus mas oscuros fetiches y deseos, o que actuara de cierta manera infantil que a veces le provocaba el vomito, o que no hablase ninguna palabra mas que imitara los sonidos de algún animal en concreto.
— Hemos llegado —Le informó el chófer.
Abrieron su puerta algunos de los hombres de su jefe, y la escoltaron todo el camino, subiendo el elevador hasta el ultimo piso, donde le dejaron para custodiar los elevadores y ella se encontraría con el cliente en el interior
Hace mucho tiempo que dejó de importarle la apariencia de sus clientes, pues no tenía sentido amargarse por algo tan banal, sobre todo porque sus clientes acostumbraron ser hombres muy...extravagantes y de no muy agraciada figura. Rara vez era la que tocaba un cliente que pudiese catalogar como un hombre saludable o de estándar normal. Por eso, al entrar en el ultimo piso -el cual era enorme y lujoso- y ver a su cliente abrió un poco mas sus ojos, quedando al descubierto su sorpresa.
— Oh, ya llegaste —Dijo el hombre mientras se levantaba de un enorme sofá en L de cuero que era obviamente caro—. Adelante por favor, no te quedes en la entrada, te prometo que no hay ningún fantasma —Aseguró con un tono levemente sarcástico y una sonrisa— Mi nombre es Chrollo, un placer.
Parpadeando suavemente recuperando su auto-control y comenzó a dar pequeños pasos hacia él, estudiándolo de buena manera.
Es indudablemente guapo, debía reconocer. Con el cabello negro noche suelto apenas controlado por la badana que surcaba su frente, ojos grises profundos, tez pálida y tersa. Nariz perfilada y mandíbula marcada sin exageración. Todo el conjunto de su rostro demasiado bien proporcionado para ser real. Estaba vestido de traje negro y corbata, lo único que resaltaba de su vestimenta eran el par de aretes azules grandes y redondos. Es un poco mas alto que ella a pesar de que estaba usando tacones, pero definitivamente era mayor que ella en edad.
Sí, confirmó Shina, es guapo, pero poco o nada le importaba. Le ha causado sorpresa, indudablemente, por su buen parecido e innegable elegancia. Pero nada de eso podía borrar el hecho de que había contratado a una chica de apenas 16 años, vendida y esclavizada por una mafia, para una noche; volviéndolo así igual de malo que el resto de sus clientes.
Poco sabía ella que eso cambiaría.
Saliendo de su estupor inicial, se inclinó con elegancia calculada y aprendida simétricamente hacia él, en señal de saludo— El placer es mío, señor. Mi nombre es Shina, y estoy a sus servicios.
—Por favor no seas tan formal, llámame por mi nombre —Le dijo mientras le extendía una de sus largas manos, que ella tomó con delicadeza— Vamos, la cena está servida.
¿Cena? Se preguntó Shina. Ciertamente había recibido indicaciones por parte del cliente de no comer antes del encuentro. Esto no era nada nuevo, pues muchos clientes preferían que estuviese sin cenar pues así estaba “menos hinchada” y era estéticamente mas agradable a la vista.
La guió por el enrome y lujoso piso, que aunque no tenía la misma inmensidad que la mansión, tampoco tenía nada que envidiarle. Y llegaron a un comedor oscuro, iluminado solamente por la luz de la ciudad que entraba por la inmensa pared de cristal y las velas posicionadas en los candeleros en el centro de la mesa. El mantel azul oscuro, y la vajilla finamente colocada con la comida servida y tapada, en conjunto con un hermoso arreglo florar de rosas rojas, eran el ambiente perfecto para cualquier cita romántica en cualquier lujoso restaurante.
A Shina se le erizó la piel de la espalda, que quedaba descubierta por el corte del vestido, debido a lo raro de la situación. O quizás estaba tan traumatizada por los eventos que había vivido hasta hora que este buen trato no lograba nada mas que ponerla incómoda y alerta en gran manera. Pero al final de nada servía que se contrariase por estas cosas, pues él le había comprado esta noche y, sin importar qué, nadie la sacaría de ahí hasta que saliese el sol. Lo único que la mantenía un poco segura es que era mercancía de la mejor calidad para el jefe, y por tanto sus clientes debían al menos no herirla de gravedad. Así que juntando todo el auto-control y fuerza que por desgracia había adquirido en estos años, se dejó guiar hasta la mesa, donde él muy caballerosamente le retiró la silla y la ayudó a sentarse. Destapó la comida y sirvió el vino tinto antes de sentarse en su lugar y hacer lo mismo.
A pesar de prometerse no turbarse, aun no podía evitar preguntarse qué sucedía con este hombre, pagando el elevado precio que suponía su servicio fuera de la mansión, pagando incluso la vestimenta y los accesorios, y recreando una cena romántica y elegante a la luz de la luna y las velas. No tenía ningún sentido.
Tomó un poco de vino, porque definitivamente lo necesitaba.
— Es una noche espectacular, ¿no crees? —Rompió el silencio mientras comenzaba a cortar la carne.
Imitándolo, Shina comenzó hacer lo mismo. Demasiado confundida pero sin querer confrontarlo, siguió su juego— Ciertamente lo es. La luna hoy tiene un brillo extraño —Y no mentía, pues a pesar de estar en menguante, brillaba fuertemente en el cielo despejado.
Lo vio tomar un poco del vino y sonriéndole amablemente respondió— Tienes razón, hoy la luna esta hermosa, incluso con ese brillo extraño.
Parpadeó aún mas confusa y comenzó a comer junto con él, mientras sentía el ambiente incomodo y seco que se generaba. No había pasado nada fuera de lo comun ni nada brusco, y eso era lo que lo hacía mas extraño. Quizás era como sus otros clientes, que les gustaba crear una escena en específico para sus servicios. Quizás alguna novia de su pasado, o una novela que le haya gustado mucho. Lo extraño era que no fuese avisada con antelación. Esto le provocaba una mala espina en el pecho.
—Pero sabes —Rompió nuevamente el silencio—, creo que en realidad la luna está confundida.
Levantó una de sus cejas sin entender, y teniendo ya demasiada curiosidad no evitó preguntar mientras tomaba otra sorbo de la copa— ¿Confundida?
Él asintió con una sonrisa— Ella no entiende como puede ser que, a pesar de brillar tanto, la opacas con tu belleza.
Y en ese momento toda seriedad voló lejos, como las palomas asustadas que persiguen los niños en las plazas y parques. El vino que tomaba se atoró en su garganta y no pudo evitar comenzar a toser, y la temperatura de sus mejillas aumentaron de tal manera que parecía haberse aplicado más rubor del que debía. Con semblante preocupado, Chrollo se levantó rápidamente y tomando una servilleta de tela, se agachó a su lado colocándola sobre sus labios.
— ¿Estás bien? —La ayudó a limpiar cualquier resto y bajó su mirada al suelo —Perdona, no creí que te molestaría. Creí que estarías acostumbrada a los halagos.
Shina lo miró como si tuviese tres ojos en la cara y dos pies por orejas ¿Qué le pasaba a este tipo por el cerebro? ¿Por qué había soltado ese halago de la nada? Ella no estaba molesta, mas bien sorprendida y confusa por toda la extraña, o quizás deba decir normal, situación. Su cerebro apenas estaba atando cabos y adaptándose al entorno inusual, y este hombre la había hecho tambalearse con una corta oración.
— No estoy molesta —Logró asegurar cuando recuperó el aire—. No es como que no esté acostumbrada, pero definitivamente no es la forma en la que normalmente los recibo.
La volvió a mirar— ¿Fui descortés, de alguna manera?
Negó suavemente quitándole la servilleta de las manos y dejándola en la mesa— Al contrario. Ha sido el halago mas bonito y...normal, que he recibido en mucho tiempo. Gracias.
Y él le sonrió amablemente mientras se levantaba y volvía a su lugar para seguir degustando la cena; pero Shina estaba con los pelos de punta y definitivamente más alerta.
Hace dos años, tuvo un cliente que, quizás por lástima -pero no la suficiente para ayudarla a escapar con su hermano-, le dio un consejo que ciertamente le ayudó a sobrevivir en este oscuro mundo: “No hay nada que se de gratis, ni nada que no tenga su precio”. Curiosamente, dos días después, ese cliente murió en una misión de escolta. Mirando la situación en la que se encontraba era obvio que este hombre necesitaba algo de ella, y no era su cuerpo.
Terminando la comida, y limpiando los restos con la servilleta, tomó un sorbo de vino y armándose de valor, decidió por fin enfrentar al misterioso hombre— ¿Cuáles son tu asuntos con la mafia?
Chrollo, imperturbable, como si ella hubiese preguntado banalmente por el clima, limpió también los restos de comida en sus labios con la servilleta y la observó con una sonrisa.
— Eres muy directa —Dijo mientras se aflojaba un poco la ajustada corbata— ¿Porqué crees que quiero saber de la mafia? ¿Porqué no querría saber de ti? ¿Acaso no te da miedo el tener un micrófono escondido entre tus ropas y que todo lo que hables llegue a tu jefe?
Shina suspiró mientras movía su copa suavemente, entretenida mirando el vino bailar dentro del cristal— Eres un hombre guapo y rico.
— Gracias, eres de las pocas que me ha dicho algo así —Rio suavemente, y ella lo observó con obvia incredulidad— No recibo tantos halagos como crees. Pero continua, por favor.
— Sinceramente, no tienes la necesidad de contratar una prostituta para calentar la cama. Cualquier chica ahí afuera estaría encantada de seguirte. Y si realmente eres tan amable como aparentas ser ahora, con esta cena romántica innecesaria, solo reafirmas mi creencia de que no necesitas a una mujer de pago para satisfacer tus necesidades —Observó la ciudad desde la altura a través de la enorme pared de cristal— Pero incluso si realmente quisieras pagar a una mujer, no tiene sentido que gastes una cantidad de dinero absurda por traer a una. Incluso si te hubiese llegado algún rumor de mi, y de mi extravagante belleza, bien podías ir a la mansión si tu intención era simplemente una noche conmigo. Yo no tengo nada en mi misma que pueda interesarte, mas allá de los banales placeres carnales.
Él sonrió tomando un sorbo de vino, cambiando también su mirada hacia la ciudad— Continua —ordenó.
— Viendo que preparaste una cena y hasta vestimenta, no estás tan ocupado para requerir un servicio tan caro. Así que solo queda una opción: Necesitas información. Dentro de la mansión no iba a ser fácil conseguirla, por no decir imposible, debido a todo el control y seguridad. Y, como bien dices, hay un micrófono en mi ropa, justo al final de la abertura de mi espalda; pero así como gastaste una fortuna en tenerme aquí esta noche, estoy segura que debes tener algún inhibidor de señal que interfiera con la comunicación del micrófono a la base —Inclinó levemente su cabeza a un lado mientras dejaba la copa nuevamente en la mesa, sin dejar de ver la ciudad desde las alturas—. Tal vez incluso cambiaste la señal para que no sea sospechoso, y en lugar de escucharnos hablar estén oyendo algún audio de alguna película para adultos barata; y me decanto por esa opción, pues nadie ha entrado a revisar qué está sucediendo.
Estuvieron un tiempo en silencio admirando la vista de la ciudad. El pequeño tintineo de los autos al pasar por las calles, las luces de los negocios y casas que aun estaban encendidas, a esa altura parecían un mar de estrellas a sus pies. Shina sinceramente estaba disfrutando de la vista, pues no todos los días puede ver la ciudad y mucho menos desde tanta altura.
Con suavidad, él interrumpió el momento— ¿Quieres el postre? Tengo flan —preguntó con naturalidad, como si ella no hubiese desenmascarado su plan.
— Un pedazo está bien —Pidió mientras se terminaba todo lo que quedaba del vino en su copa y volvía su mirada a él.
Chrollo se levantó y, retirando los platos ya vacíos y las copas, trajo rápidamente el pedazo de flan para ella, sin embargo no había nada para él. Se sentó frente a ella en la mesa y la miró con una sonrisa que ahora no sabía si catalogar como amable.
Cualquier otra persona dudaría de comer o beber algo en este situación, pero Shina sabía, como ya había dejado en claro, que la necesitaba viva y quería información que por suerte o desgracia ella tenía. Probó un pequeño pedazo, notando lo dulce y suave que era la textura del flan; incluso supo reconocer rápidamente que al caramelo se le había agregado un poco de limón.
— El flan está muy bien preparado —Le afirmó mientras terminaba de comerlo.
— Gracias, lo hice yo mismo —Dijo con un poco de orgullo en su tono—. Conocí a un importante pastelero hace un tiempo, y me recomendó que al hacer el caramelo le incluyese un poco de limón. ¿Qué te ha parecido?
Terminó el flan y limpiándose con la servilleta asintió hacia él con suavidad— Lo noté. Le ha dado el toque justo y necesario.
Él soltó una pequeña risa mientras estiraba su mano y tocaba uno de los pétalos de las rosas que había caído sobre la mesa, y lo miraba con extraña fascinación— Debo admitir que me has sorprendido. No siempre encuentro alguien capaz de leer fácilmente mis movimientos. Supongo que debí esperarlo, ya que teniendo una vida como la tuya, leer a las personas y desarrollar un rápido nivel de adaptación, es crucial para sobrevivir —Shina no respondió lo obvio y se quedó mirando junto a él las caricias que sus largos dedos le daban al pequeño pétalo de rosa— Pero debo confesarte que te equivocas en una cosa.
Ella subió su mirada a sus ojos, encontrando que él ya la estaba mirando— ¿En qué, si se me permite preguntar?
— Me interesas. La verdad es que desde que supe de ti, quería verte —Confesó con naturalidad—. Verás, soy un coleccionista aficionado, y me encantan las cosas bonitas y costosas para admirarlas. Así que, a parte de todo lo que ya dedujiste, quería conocerte. No son pocos los rumores de tu exótica e inigualable belleza. Llegan incluso aquí a la Torre del Cielo y a los lugares mas recónditos de la vida subterránea. Algunos aseguran que eres un pedazo de luna en la Tierra. Y tengo que confesar, si no es molestia —La miró expectante y ella asintió concediendo un permiso mudo—, que los rumores no llegan ni al suelo que pisas. Estoy realmente satisfecho de haber pagado el alto precio por verte esta noche.
Shina sintió como su piel se erizaba en alerta, pero sonrió suavemente— Agradezco la alta estima, pero para informarte, no valgo mas que 7 monedas de plata.
— Lo sé. Tu madre te vendió a los 13 años por 7 monedas de plata a una pequeña y recién nacida familia de la mafia dedicada al tráfico y trata de personas, todo para pagar una deuda que tenía de droga y seguir en sus vicios —Dejó el pétalo en la mesa y comenzó a dar pequeños toqueteos con dos de sus dedos en la mesa, imitando el sonido de las manecillas de un reloj—. En solo tres meses contigo en el negocio, esa pequeña familia empezó a posicionarse cada vez mas alto gracias a la ganancia obtenida, y te permitieron tener a tu medio hermano de aquel entonces 9 años y cuidarlo. Tres años después de tu compra, esta familia tiene contacto con familias mucho mas grandes e influyentes de la mafia, y eso incluye a los Diez Dons, y las familias reales. Y todos ellos pasan por ti. Ellos compraron carbón y resultó ser un diamante.
No se sorprendió por la información que poseía ni de ella ni de la familia que la había comprado. Lo único que le preocupaba era su hermano y que este hombre supiese de él. Teniendo una información tan precisa de su pasado, era mas que evidente que no estaba trabajando solo. Leyó entre líneas, y era obvio que debía tener vigilado y localizado a su hermano en el hospital, por lo que un paso en falso suyo podría costar la vida a su hermanito. Como gato en callejón sin salida y rodeado de perros, se sentía. Si no le daba lo que quería, su hermano corría peligro; pero si lo daba y el jefe se enteraba, igualmente sucedería lo mismo. Sin embargo, se mostró tan imperturbable como siempre. No apartó la mirada ni su cuerpo dio indicio de miedo o ansiedad, y eso pareció fascinarle pues él rió suavemente.
Pasaron unos minutos en silencio hasta que ella abrió sus labios.
— ¿Qué quieres saber? —Preguntó directa— Tal como dices, muchos de ellos son mis clientes. Aprendí, por desgracia, que la mejor forma de vivir en este mundo, es hacerme la tonta y acatar cada orden; por lo que ellos parecen olvidar que tengo oídos y ojos, dejando pasar información y llega a mi; sin embargo, no es mucha y dudo que tenga la que necesitas.
Chrollo sonrió con suavidad— Estoy segura que la tienes, y de hecho, nadie mas que tu puede darme con tanta precisión lo que quiero saber. Pero no te preocupes, como bien dije antes no te llamé solo para la información. Ya estoy bastante conforme con haber apreciado tu belleza —Colocó ambos codos en la mesa y juntando sus manos con los dedos entrelazados frente a su rostro, la miraba fijamente de una forma que le parecía perturbadora, pues sentía que observaba hasta su alma—. Quiero que me digas la estructura interna y social de cada familia de la mafia que conoces, incluyendo los Dons, algunos de sus proyectos mas importantes y sus miembros mas influyentes.
Shina llenó de aire sus pulmones y soltó su lengua para hablar. Dijo todo cuanto sabía: Desde la cantidad de escalones de un piso a otro a otro, hasta el color de cabello o la falta de este de sus clientes. Desde el horario apretado de su propio jefe hasta el pequeño arreglo floral que uno de los Diez Dons había mandado a preparar para su esposa cuando aún estaba con ella en la habitación. Todo cuanto pudo, todo cuanto pudiese ser necesario para salvar a su hermano de las garras de este tenebroso tipo. Parecía una completa estupidez, pero en una situación así, decidió confiar en su instinto que, por gracia divina, la había salvado en varias ocasiones.
La amenaza actual es este hombre.
Al terminar se quedaron un largo rato en silencio, observándose mutuamente, hasta que él rompió el silencio— Ciertamente eres hermosa. Una lástima que seas hija de un tipo con el que no estoy en buenos términos.
Cualquiera pensaría que no escuchó nada de lo que ella le compartió, pero sabía por la mirada de sus ojos que había retenido toda la información en su cabeza. A parte de todo, no dudaba que él mismo y sus compañeros, que no conocía, hayan colocado micrófonos en el lugar.
— Una lástima —Respondió ella sin ningún tipo de ánimo y sin esperanza alguna. Era obvio que él también la veía como un objeto bonito de decoración del que en algún momento se aburriría y desecharía. No había ni un solo indicio de deseo carnal en él.
—Normalmente no hago estas cosas, pero me has dado mas de lo que pensaba y me siento en la necesidad de retribuirte de alguna manera —Se acomodó en el asiento, bajando los brazos y apoyándolos por completo en la mesa—. Tengo información acerca de la identidad de tu padre y esto podría-
— No me interesa —Le interrumpió cortante—. Estoy segura que sabes, con toda esa información que reuniste de mi, que ya vi a mi padre una vez, y él decidió no hacer nada al respecto conmigo. No tiene caso intentarlo de nuevo.
—Tal vez con él no, pero con tus otros hermanos si.
Ella sonrió débilmente, pero entre todas las sonrisas que había soltado esa noche, era la única real— Yo solo tengo un hermano, y está en el hospital. Si quieres retribuirme, déjalo fuera de esto.
— Entiendo —Chrollo se quedó un momento en silencio hasta que suspiró mientras sonreía con una mezcla de alivio y desgano—. Fue un placer conocerte, Shina, sinceramente. Me marcharé, pero siéntete libre de usar todo el piso hasta el amanecer que te recojan Y no te preocupes por tu hermano, está bien. Puedes llamar al hospital desde el teléfono de la sala principal para comprobarlo —Se levantó de la mesa y llegando a su lado, se inclinó tomando su mano dejando un casto beso en sus delgados nudillos—. Debo irme ahora. Espero me disculpes.
— No hay nada que disculpar —respondió quitando su mano rápidamente.
Le sonrió con amabilidad y saliendo del comedor no lo vio mas, dejándola sentada en la mesa, con las velas ya a punto de consumirse y el reloj digital en la pared marcando las 3 de la mañana.
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¡Muy buenas a todos!
Mi nombre es Penélope, pero me pueden decir Pecu. Soy nueva aquí en Ao3, así que tenganme paciencia porque no entiendo mucho esta pagina XD
Perdonen que el capítulo sea tan extensoooo pero como es la introducción de Shina, debía ser así para que ustedes la conozcan bien.
Es, si mal no recuerdo, mi primer fanfic de HxH, espero que les guste porque tengo muchas ideas con este fic.
Eso es todo por ahora.
!Nos vemos en el próximo episodio!
