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Una ponencia más

Summary:

Todo comenzó cuando Chrome insistió en que se quedara veinte minutos más para escuchar la última ponencia de la mañana. La idea de que alguien hubiera llevado sus investigaciones hacia un terreno completamente distinto fue suficiente para despertar la curiosidad de Senku.
Lo que encontró fue una conversación que no parecía dispuesto a terminar.

Notes:

Siempre he pensado que Kohaku es mucho más brillante de lo que suele reconocerse. Nunca le faltó inteligencia, simplemente nació en un mundo donde no existía la educación formal tal como la entendemos hoy. Este one shot es una pequeña carta de amor a esa idea y a la curiosidad que siempre la ha definido: una mirada a lo que creo que podría haber sido si hubiera tenido la oportunidad de convertirse en la científica que, para mí, lleva dentro.

Work Text:

El último aplauso todavía resonaba bajo la enorme cúpula del auditorio cuando Senku apagó el micrófono. No hizo ninguna reverencia ni levantó una mano en señal de agradecimiento, sino que se limitó a cerrar el computador con la misma naturalidad con la que habría terminado un experimento cualquiera.

La pantalla gigante seguía mostrando el título de su ponencia: “Hacia una nueva generación de combustibles de emisiones neutras: aplicaciones industriales y desafíos de escalabilidad”.

Mientras descendía del escenario, varias personas ya esperaban junto a la escalinata, entre las que podía identificar a periodistas, investigadores y representantes de empresas energéticas. Además, un par de estudiantes sostenían ejemplares impresos de su último artículo con evidente intención de pedir un autógrafo.

Senku respiró por la nariz. “Qué pérdida de tiempo”.

Había aceptado participar únicamente porque el comité organizador insistió durante meses. Si aquel congreso reunía a las principales figuras mundiales dedicadas a la conservación ambiental, era lógico que quisieran incluir al responsable del combustible que, según la prensa, prometía transformar la industria energética.

Él solo había resuelto un problema químico, lo que los demás decidieran qué hacer con él era otra historia.

Respondió dos preguntas técnicas, estrechó un par de manos por mera cortesía, ignoró tres intentos bastante evidentes de iniciar una conversación y comenzó a abrirse paso hacia la salida lateral del auditorio, sintiendo que ya había dicho todo lo que tenía que decir, el resto del programa del congreso podía continuar perfectamente sin él. No porque creyera que los demás investigadores fueran incompetentes. Al contrario, el congreso estaba lleno de nombres que respetaba. Pero Xeno llevaba décadas estudiando captura de carbono, Sai probablemente presentaría una inteligencia artificial brillante, los especialistas en conservación seguirían hablando de ecosistemas que conocían mejor que él.

Nada de eso iba a enseñarle química. Y, por extensión, nada de eso iba a enseñarle algo que realmente necesitara saber.

Su trabajo había terminado hacía exactamente seis minutos, si salía en los próximos cinco minutos, alcanzaría el vuelo sin problemas. Y, lo más importante, evitaría que Ryusui decidiera "rescatarlo" personalmente del aeropuerto.

La sola idea bastó para acelerar un poco el paso.

Soportar una escala de tres horas era infinitamente preferible a pasar esas mismas tres horas escuchando a Ryusui explicarle por qué deberían fundar una nueva empresa, comprar una aerolínea o convertir su combustible en el próximo negocio multimillonario del planeta.

No, gracias.

- ¡Senku!

La voz consiguió abrirse paso entre el murmullo constante del vestíbulo, pero él ni siquiera se molestó en girarse. Reconocería ese tono entusiasta incluso en medio de una explosión, así que continuó caminando con la misma tranquilidad con la que había abandonado el escenario. Un par de segundos después escuchó unos pasos apresurados acercarse por detrás hasta que Chrome apareció a su lado, todavía sujetando una gruesa carpeta contra el pecho. La acreditación del congreso golpeaba rítmicamente su camisa a cada zancada y evidenciaba que prácticamente había tenido que cruzar corriendo el recinto para alcanzarlo.

- ¿Ya te vas?

Senku se limitó a reajustar la correa del bolso sobre el hombro, sin alterar el ritmo de la marcha-. Obvio.

Chrome soltó una breve risa, todavía recuperando el aliento, y negó con la cabeza antes de insistir-. Quédate veinte minutos más.

Senku esquivó a un grupo de asistentes que acababa de detenerse en mitad del pasillo para conversar y continuó avanzando sin dar señales de haber escuchado realmente la petición. Solo cuando doblaron hacia un corredor algo más despejado respondió con el mismo desinterés con el que habría comentado el estado del tiempo.

- ¿Para qué?

- Porque la siguiente conferencia tiene como punto de partida tu investigación.

La respuesta no provocó absolutamente nada, ni una mirada ni un cambio de expresión. Senku siguió caminando con las manos en los bolsillos del pantalón, manteniendo la vista fija en la salida acristalada que se veía al fondo del edificio.

- Que me mande el paper.

Chrome dejó escapar un resoplido de frustración. Había esperado exactamente esa respuesta-. Ya lo leí.

Aquello sí consiguió modificar algo, aunque fuera apenas perceptible. El paso de Senku no llegó a detenerse, pero perdió una fracción de velocidad. Chrome, que llevaba demasiados años trabajando con él para no reconocer esas pequeñas señales, aprovechó la oportunidad antes de que volviera a cerrarse.

- Y no es el único. Antes de venir revisé todas sus publicaciones porque me llamó la atención que apareciera en el programa. ¿Sabes cuántas veces cita tus investigaciones?

Senku volvió apenas el rostro hacia él, lo justo para dedicarle una mirada de reojo-. Ni idea.

Chrome levantó ligeramente la carpeta que llevaba bajo el brazo, como si toda la evidencia estuviera guardada entre aquellas hojas.

- En todas. No exagero, Senku. Revisé su producción antes de venir y creo que no hay un solo paper donde no aparezca citado alguno de tus artículos. -Aquello bastó para que el paso de Senku perdiera parte de su firmeza. No llegó a detenerse, pero sí volvió ligeramente el rostro hacia Chrome con esa expresión impasible que solía preceder a una pregunta.

- ¿Fanática?

Chrome soltó una risa por lo bajo y negó con la cabeza-. No. Si lo fuera, se limitaría a repetir lo que ya hiciste o a citarte porque sí. Ella hace otra cosa: toma tus investigaciones, las desmonta, las analiza y después las lleva a un terreno completamente distinto.

Senku frunció apenas el ceño-. ¿Qué terreno?

- Biología marina.

Esta vez sí dejó de caminar. El murmullo del vestíbulo continuó fluyendo a su alrededor mientras él permanecía inmóvil, con una ceja ligeramente arqueada.

- Mi combustible no tiene nada que ver con la biología marina.

- Directamente, no-. Chrome abrió la carpeta que llevaba bajo el brazo y buscó el programa del congreso mientras hablaba-. Ella trabaja en conservación de ecosistemas marinos. Restauración de arrecifes, recuperación de praderas submarinas, impacto de las emisiones sobre la biodiversidad costera... Ese es su campo. Lo interesante es que no intenta adaptar tus resultados a la fuerza. Lo que hace es preguntarse qué consecuencias ambientales tendrían si se aplicaran a gran escala. -Sacó finalmente el programa y se lo tendió-. Lleva años haciéndolo.

Senku bajó la vista hacia el papel-. ¿Quién es?

Chrome lo urgió a abrir el programa del congreso y comenzó a buscar una página en particular hasta que finalmente encontró la página y se la señaló con una sonrisa.

- Mírala tú mismo.

Senku tomó el programa con una sola mano. Sus ojos recorrieron el listado de conferencias casi por inercia hasta detenerse en un nombre que no le decía absolutamente nada.

Kohaku. No había una larga enumeración de premios detrás de su nombre, tampoco cargos honoríficos ni décadas de trayectoria ocupando media página, como ocurría con la mayoría de los ponentes invitados. Antes de ella había expuesto Xeno con sus nuevos sistemas de captura atmosférica de carbono, más tarde sería el turno de Sai y de su inteligencia artificial para optimizar redes energéticas. El programa estaba plagado de investigadores cuyas publicaciones llevaban años marcando el rumbo de la ciencia ambiental. Y, en medio de todos ellos, aparecía aquella desconocida.

“Más allá de la combustión: aplicaciones del sistema Ishigami para la restauración de ecosistemas marinos”. Senku leyó el título una vez, después volvió al principio y lo leyó otra.

Su pulgar permaneció inmóvil sobre el borde de la hoja-. No recuerdo haber escrito nada sobre restauración marina.

Chrome sonrió de lado. No había satisfacción en su expresión, sino una especie de expectación contagiosa-. Precisamente por eso quiero que te quedes.

Senku levantó la vista del programa para observarlo unos segundos. Chrome no era de exagerar cuando hablaba de ciencia. Si estaba tan convencido de que aquella conferencia valía la pena, era porque realmente había encontrado algo extraordinario.

Volvió a mirar el título una última vez antes de doblar el programa con cuidado y guardárselo bajo el brazo-. Veinte minutos.

Chrome soltó una risa victoriosa-. Sabía que ibas a decir eso.

Senku resopló con fingida indiferencia, dobló el programa con cuidado y lo sostuvo bajo el brazo antes de echar a andar de regreso al auditorio. Esta vez fue Chrome quien caminó a su lado, ya sin necesidad de perseguirlo, mientras seguía comentándole un par de detalles sobre aquella investigadora desconocida que estaba a punto de subir al escenario. Senku apenas lo escuchaba, su atención permanecía fija en el título de la conferencia, repasándolo mentalmente una y otra vez, como si buscara una conexión lógica que todavía se le escapaba. No la encontró, y precisamente por eso siguió caminando.

Después de todo, si Chrome estaba tan convencido de quedarse para escuchar a una completa desconocida, quizá aquellos veinte minutos no fueran un desperdicio. Aunque, por su bien, esperaba no estar equivocado.

Cuando regresaron al auditorio, la mayoría de los asistentes ya había vuelto a ocupar sus lugares. Las conversaciones se reducían poco a poco a murmullos aislados mientras el equipo técnico terminaba de preparar el escenario para la siguiente exposición.

Chrome recorrió la sala con la mirada y, antes de que Senku pudiera elegir el primer asiento libre que encontrara cerca de la salida, lo sujetó con firmeza del antebrazo.

- Por aquí.

- ¿Qué haces?

- Si nos sentamos atrás no vas a ver bien las diapositivas. -Sin esperar una respuesta, comenzó a abrirse paso entre las filas de butacas con la misma determinación con la que habría seguido el rastro de un descubrimiento científico. Senku lo siguió más por inercia que por verdadera convicción, resoplando cada vez que Chrome le hacía un gesto para avanzar una fila más.

Solo se detuvieron cuando encontraron dos asientos libres hacia el frente del auditorio. No estaban en la primera fila, donde se concentraban los organizadores, los invitados de honor y varios de los expositores anteriores, pero sí lo bastante cerca para distinguir con claridad tanto el escenario como la pantalla principal.

Senku dejó el bolso junto a sus pies y tomó asiento sin demasiado entusiasmo.

Desde allí, la luz del escenario iluminaba apenas las primeras filas. El resto del auditorio permanecía sumido en una penumbra agradable que ocultaba los rostros del público sin impedirles ver la presentación.

Perfecto. Si aquella Kohaku había visto fotografías suyas en algún artículo o entrevista, difícilmente podría reconocerlo desde el escenario. No es que le importara pasar inadvertido, simplemente prefería escuchar una conferencia sin convertirse en parte de ella.

El murmullo del auditorio fue apagándose, Chrome acomodó la carpeta sobre sus piernas y dirigió una mirada expectante hacia el escenario. Senku, en cambio, permanecía recostado contra el respaldo de la butaca, con los brazos cruzados y el programa del congreso doblado entre los dedos. Su atención estaba puesta únicamente en el reloj que aparecía en una de las pantallas laterales.

Veinte minutos. Ni uno más.

Las luces terminaron de atenuarse.

Una mujer apareció desde uno de los costados del escenario con un computador bajo el brazo. No llevaba asistentes detrás ni un equipo encargándose de preparar la presentación. Ella misma conectó el equipo al proyector, comprobó un par de veces que el puntero láser funcionara y dejó una carpeta visiblemente gastada sobre el atril. Varias pestañas adhesivas de distintos colores sobresalían entre las hojas, dobladas por el uso constante.

Senku desvió la vista apenas un instante hacia el programa. Kohaku. Volvió a observarla, era mucho más joven de lo que había imaginado.

Un mechón de cabello, todavía algo desordenado por el viento del exterior, caía sobre uno de sus hombros mientras ajustaba el micrófono con movimientos rápidos, casi mecánicos. Vestía de manera impecable, como exigía un congreso de aquella categoría, pero había algo en ella que desentonaba con el resto de los ponentes. No era la ropa, era la forma de llevarla. Parecía alguien acostumbrado a caminar entre rocas y embarcaderos, no por alfombras de centros de convenciones. Incluso aquellos zapatos elegantes daban la impresión de haber reemplazado, solo por obligación, a unas botas de terreno.

No había nervios, tampoco esa seguridad ensayada que tantos conferencistas aprendían a proyectar. Sólo una calma extrañamente natural.

Esperó a que el auditorio terminara de guardar silencio y, sin presentaciones innecesarias, hizo avanzar la primera diapositiva:

Más allá de la combustión: aplicaciones del sistema Ishigami para la restauración de ecosistemas marinos. Senku arqueó apenas una ceja.

“Veamos”.

Kohaku no perdió tiempo en introducciones innecesarias.

Después de agradecer brevemente la invitación al comité organizador, cambió a la siguiente diapositiva y comenzó a hablar con una seguridad tranquila, sin grandilocuencia ni frases destinadas a impresionar al público.

- Durante los últimos diez años, la comunidad científica ha concentrado gran parte de sus esfuerzos en reducir el impacto ambiental de las actividades industriales. Sin embargo, solemos formular una pregunta equivocada. Nos preguntamos cuánto podemos contaminar sin destruir un ecosistema, cuando quizá deberíamos preguntarnos cuánto tiempo podemos devolverle para recuperarse.

Senku descruzó los brazos apenas unos centímetros. “Buena introducción”. No apelaba a la emoción, sino que planteaba un problema.

La diapositiva siguiente apareció casi de inmediato. No estaba saturada de texto ni de imágenes espectaculares. Sólo un esquema sencillo, algunas ecuaciones y las referencias bibliográficas ordenadas con el mismo rigor que él esperaba encontrar en una revista científica.

“Bien citado”. Mientras Kohaku avanzaba por los primeros antecedentes, Senku siguió escuchándola con la misma actitud con la que habría revisado el manuscrito de un colega antes de su publicación.

No buscaba confirmar que tuviera razón, buscaba encontrar el primer error… pero el error no aparecía. Cada afirmación estaba respaldada por evidencia, cada dato conducía al siguiente sin saltos innecesarios. Las referencias no eran una acumulación de nombres prestigiosos, estaban ahí porque sostenían exactamente la idea que ella desarrollaba.

“Buena metodología”. La siguiente diapositiva mostraba una comparación entre distintas zonas costeras sometidas a emisiones de origen industrial y otras donde comenzaban a implementarse sistemas energéticos de bajas emisiones.

Kohaku no se limitó a mostrar las cifras. Explicó por qué había descartado ciertos sectores, cuáles eran las variables que podían alterar los resultados y de qué manera había corregido esos sesgos antes de construir el modelo estadístico.

Senku apoyó un codo sobre el apoyabrazos. “Controló los factores de confusión”. Interesante, era un detalle que muchos pasaban por alto, pero ella no.

Cuando terminó de explicar el diseño del estudio, apareció un mapa con decenas de puntos distribuidos a lo largo de distintas costas.

- La muestra final considera ciento cuarenta y siete ecosistemas monitoreados durante un período de doce años.

“La muestra es sólida”. Senku se acomodó apenas en el asiento, inclinándose hacia el escenario con los brazos apoyados sobre las piernas. Hacía unos minutos había estado calculando cuánto tiempo le quedaba para alcanzar su vuelo, ahora ni siquiera recordaba haber mirado el reloj.

Chrome no hizo ningún comentario, no hacía falta. Llevaba demasiados años trabajando con Senku para reconocer las pequeñas señales. El científico que había entrado al auditorio contando los minutos que faltaban para llegar al aeropuerto ya no estaba allí. En su lugar permanecía el investigador incapaz de apartar la vista de un problema que todavía no comprendía del todo. Y, si algo conocía de Senku Ishigami, era que no existía fuerza en el mundo capaz de arrancarlo de un misterio científico una vez que este conseguía despertar su curiosidad.

Kohaku continuó desarrollando el modelo sin apresurarse. No hablaba rápido, sino que lo hacía con claridad. Dejaba que cada idea terminara de asentarse antes de enlazarla con la siguiente, como si construyera un puente en lugar de una conferencia.

Y fue entonces cuando ocurrió algo que Senku no advirtió de inmediato: dejó de buscar errores. Sin darse cuenta, ya no estaba revisando un artículo científico, por el contrario, se estaba permitiendo escuchar a una investigadora.

Kohaku dejó que la última gráfica permaneciera unos instantes sobre la pantalla antes de continuar. Nadie habló. Las curvas descendentes, los intervalos de recuperación y los modelos predictivos decían suficiente por sí mismos, de modo que aprovechó ese silencio para recorrer lentamente el auditorio con la mirada, como si quisiera asegurarse de que todos hubieran llegado a la misma conclusión antes de seguir avanzando. Sólo entonces cambió la diapositiva.

La imagen que apareció ocupaba toda la pantalla. A la izquierda, un arrecife grisáceo, fragmentado y prácticamente desprovisto de vida. A la derecha, el mismo ecosistema décadas después, cubierto nuevamente por corales y rodeado de bancos de peces. No había cifras, no había ecuaciones. Sólo dos fotografías separadas por el tiempo.

- Cuando hablamos de combustibles de bajas emisiones -comenzó con la misma serenidad que había mantenido durante toda la conferencia- solemos concentrarnos en la energía que producen o en los contaminantes que dejan de emitir. Es lo lógico, después de todo, esa fue la pregunta que motivó su desarrollo. Sin embargo, creo que existe otra forma de interpretar esos mismos resultados.

Tomó el puntero láser y señaló primero la imagen de la izquierda, después la de la derecha-. La mayoría diría que el sistema Ishigami reduce emisiones. Y es cierto, pero esa respuesta sólo describe el fenómeno desde la ingeniería. Cuando uno observa el problema desde la ecología, descubre que esas emisiones representan otra cosa mucho más difícil de recuperar.

Hizo una pausa breve. No para generar expectativa, sino porque parecía escoger cuidadosamente las palabras que iban a seguir-. Representan tiempo. -El auditorio permaneció completamente inmóvil-. Cada tonelada de contaminantes que evitamos liberar a la atmósfera no solo mejora un indicador ambiental. También acorta los años que un ecosistema necesita para comenzar a recuperarse. En otras palabras, cada avance en materia energética devuelve tiempo a organismos que, de otra forma, jamás lo recuperarían.

Su mirada se dirigió nuevamente hacia la fotografía del arrecife-. Por eso creo que el mayor aporte del sistema Ishigami no fue únicamente diseñar un combustible más limpio. Sin proponérselo, también creó una oportunidad para que el océano volviera a respirar.

El silencio que siguió fue distinto a todos los anteriores.

No era el silencio de un auditorio tomando apuntes ni el de quienes intentaban comprender un modelo matemático especialmente complejo. Era ese instante casi imperceptible en que una idea consigue desplazar otra y obliga a reorganizar todo lo que parecía evidente.

Senku no apartó la vista del escenario. Aquella nunca había sido su hipótesis. Cuando desarrolló el combustible, su objetivo era resolver un problema químico concreto: reducir emisiones, aumentar la eficiencia del proceso y ofrecer una alternativa real a los combustibles fósiles. Nunca pensó en arrecifes, ni en praderas submarinas, ni en especies cuya supervivencia dependía de ganar unas cuantas décadas más antes de que el daño fuera irreversible.

Y, sin embargo, allí estaba ella, utilizando exactamente los mismos datos para responder una pregunta que él jamás se había formulado.

“Tiene razón”. No estaba deformando su investigación para adaptarla a otro campo. Tampoco estaba exagerando sus alcances con fines discursivos. Había hecho algo mucho más difícil: había encontrado una consecuencia de su trabajo que permanecía frente a él desde hacía años y que, aun así, nunca había sido capaz de ver.

La última diapositiva desapareció de la pantalla entre aplausos contenidos. No fueron estridentes ni prolongados, sino el reconocimiento sobrio de un auditorio acostumbrado a escuchar investigaciones de alto nivel. Kohaku agradeció con una leve inclinación de cabeza y dio un paso hacia un costado del escenario mientras el moderador anunciaba el inicio de la ronda de preguntas.

Las manos comenzaron a levantarse casi de inmediato.

El primero en tomar la palabra fue un investigador de una universidad alemana cuya trayectoria bastaba para imponer silencio antes incluso de hablar.

- Doctora, su modelo supone que la adopción del sistema Ishigami será suficientemente amplia como para modificar la recuperación de ecosistemas completos. Sin embargo, eso depende de decisiones políticas, económicas e industriales que escapan por completo a su investigación. ¿No cree que sus conclusiones son excesivamente optimistas?

Kohaku escuchó la pregunta sin interrumpirlo. Incluso tomó un par de notas rápidas sobre una hoja antes de responder-. Estoy de acuerdo con usted. -La respuesta provocó algunas miradas de sorpresa-. Mi modelo no predice que esa transición vaya a ocurrir, predice qué sucedería si ocurre. Son preguntas distintas. Mi trabajo no intenta anticipar decisiones humanas, intenta mostrar las consecuencias ecológicas que tendrían si llegaran a concretarse.

El investigador permaneció en silencio unos segundos antes de asentir lentamente-. Entiendo.

No había derrota en su expresión, sólo comprensión.

La siguiente intervención llegó desde la tercera fila. Una especialista en oceanografía levantó el micrófono con gesto decidido.

- En la diapositiva treinta y dos usted elimina la acidificación como variable independiente en la recuperación de arrecifes. Me parece una simplificación demasiado arriesgada.

Kohaku sonrió apenas-. Tiene razón si observamos únicamente ecosistemas tropicales. -Cambió una diapositiva, aparecieron tres gráficos que no había alcanzado a mostrar durante la exposición-. Por eso ampliamos el estudio.

Explicó con calma cómo habían incorporado nuevas mediciones, cuáles habían sido los criterios de selección y por qué la acidificación dejaba de comportarse como una variable independiente cuando se analizaban simultáneamente la temperatura superficial, las emisiones y la presión. No corrigió a la investigadora, construyó sobre su observación. Cuando terminó, la oceanógrafa fotografió la diapositiva antes de agradecer la aclaración.

La tercera pregunta tardó un poco más en llegar-. ¿Y si el sistema Ishigami nunca consigue reemplazar los combustibles actuales?

Kohaku permaneció en silencio un instante, no parecía buscar una respuesta brillante, parecía ordenar las ideas.

- Entonces habremos aprendido algo igual de valioso. -El auditorio volvió a guardar silencio-. Porque la ciencia no solo sirve para confirmar escenarios exitosos. También sirve para cuantificar el costo de no actuar. Si mis proyecciones están equivocadas porque nunca implementamos estas tecnologías, el error no estará en el modelo. Estará en las decisiones que tomemos como sociedad.

No hubo aplausos inmediatos. Sólo ese silencio respetuoso que aparecía cada vez que una respuesta obligaba a pensar antes de volver a hablar.

Senku ya no miraba la pantalla, de hecho, hacía varios minutos que había dejado de hacerlo.

Las gráficas seguían siendo impecables, pero habían pasado a un segundo plano. Descubrió que su atención se detenía, una y otra vez, en la mujer que las explicaba. No en su voz ni en la seguridad con que respondía, sino en la forma en que parecía disfrutar cada pregunta difícil. No respondía con la urgencia de demostrar que tenía razón. Escuchaba hasta el final, concedía aquello en lo que el otro estaba acertado y solo entonces comenzaba a construir su propia respuesta. Era... curioso.

Cada pregunta parecía entusiasmarla un poco más que la anterior, como si no las interpretara como ataques, sino como oportunidades para pensar mejor.

Senku apoyó distraídamente el índice contra sus labios sin apartar la vista del escenario. Ya no estaba intentando determinar si Kohaku era una buena investigadora, eso había quedado resuelto varios minutos atrás. Ahora intentaba entender cómo funcionaba su manera de pensar.

La ronda de preguntas concluyó y, tras un breve intercambio con el moderador, Kohaku volvió a situarse frente a la pantalla.

- Antes de terminar, me gustaría mostrarles el modelo predictivo completo.

La diapositiva cambió una vez más. Esta vez no aparecieron fotografías ni mapas, sino una sucesión de ecuaciones enlazadas por variables ambientales, energéticas y biológicas. El gráfico ocupaba casi toda la pantalla y, aun así, Kohaku no necesitó volver la vista hacia él para explicarlo.

La científica continuó desarrollando el modelo predictivo con la misma naturalidad con la que había respondido las preguntas del auditorio. No recitaba ecuaciones ni enumeraba variables, las iba relacionando unas con otras hasta construir un sistema donde cada elemento encontraba su lugar. Cuando introducía un nuevo factor, explicaba primero por qué era necesario incorporarlo, después demostraba qué ocurría si se eliminaba y, finalmente, lo conectaba con procesos químicos, dinámicas oceánicas y modelos ecológicos que, hasta ese momento, parecían pertenecer a mundos completamente distintos.

Senku dejó de seguir la presentación para empezar a seguir su razonamiento. Reconstruía mentalmente cada paso mientras ella hablaba, comprobando una inferencia tras otra con la misma rigurosidad con la que revisaba un artículo antes de enviarlo a publicación. Buscó un salto lógico, una variable mal controlada, una conclusión demasiado apresurada. No encontró nada.

“Es sólido... Es elegante”. No porque las matemáticas fueran especialmente complejas, sino porque cada parte cumplía exactamente la función que debía cumplir. No sobraba una variable, no faltaba una explicación. Todo estaba dispuesto con una claridad casi irritante.

Su atención dejó de concentrarse en la pantalla y comenzó a observarla a ella. La forma en que enlazaba disciplinas distintas sin detenerse a justificar que pertenecían a campos diferentes. La facilidad con la que pasaba de la química atmosférica a la ecología marina y de ahí al modelamiento estadístico sin perder el hilo de la explicación.

“Qué capacidad de síntesis...”. La mayoría de los investigadores dedicaba una vida entera a profundizar en un único ámbito del conocimiento. Kohaku, en cambio, parecía sentirse cómoda precisamente en los puntos donde esos ámbitos se encontraban.

“Y esa facilidad para relacionar ideas...”. Era una clase de inteligencia poco frecuente, no consistía en saber más, buscaba ver conexiones que otros simplemente no veían.

Y fue entonces cuando su cabeza siguió el camino que siempre seguía frente a un problema interesante: “¿Cómo se desarrolla una mente así?”

La pregunta apareció sola, casi por costumbre. Había una parte evidente: años de estudio, experiencia, disciplina. Pero también existían capacidades cognitivas cuya base no dependía únicamente del entrenamiento. La memoria de trabajo, la velocidad de procesamiento, la habilidad para reconocer patrones... todas tenían un componente biológico que la literatura llevaba décadas estudiando.

“Si una capacidad así pudiera heredarse...” el razonamiento avanzó un paso más antes de que pudiera detenerlo. “...nuestra descendencia tendría una probabilidad muy alta de...” Se interrumpió de golpe. Parpadeó, no era el cálculo lo que acababa de desconcertarlo, era el sujeto de la ecuación porque aquella descendencia hipotética ya no era una abstracción. Sin darse cuenta, había imaginado una madre que tenía el rostro de la mujer que seguía explicando un modelo matemático sobre el escenario.

“¿Qué demonios?”. Frunció apenas el ceño y desvió la vista hacia el programa del congreso que descansaba sobre sus piernas, como si el simple hecho de romper el contacto visual pudiera devolverle el control de aquel razonamiento absurdo. Inútil. La idea ya se había formado. Había conseguido detener la conclusión, pero no borrar el camino que lo había llevado hasta ella.

No, eso no tenía ningún sentido. Él estaba allí para escuchar una conferencia, no para elaborar hipótesis sobre una familia que ni siquiera existía con una mujer cuyo apellido apenas había descubierto hacía media hora.

Negó imperceptiblemente con la cabeza, casi como si intentara expulsar aquella idea antes de que terminara de tomar forma. Sin embargo, no lo estaba consiguiendo porque, aunque había logrado interrumpir el razonamiento, ya era demasiado tarde: su mente había alcanzado la conclusión mucho antes de que él decidiera rechazarla.

La última diapositiva desapareció de la pantalla y, durante un instante, el auditorio permaneció completamente en silencio. Fue apenas un segundo. Después llegaron los aplausos.

No fueron los aplausos educados con los que suele concluir una conferencia. Se prolongaron más de lo habitual y crecieron poco a poco, como si muchos de los asistentes hubieran necesitado unos instantes para salir del razonamiento en el que Kohaku los había sumergido antes de recordar que era momento de aplaudir.

Ella sonrió con una humildad casi desconcertante, agradeció la recepción con una leve inclinación de cabeza y comenzó a guardar sus cosas sin la menor prisa. Desconectó el puntero láser, cerró el computador, acomodó con cuidado la carpeta llena de anotaciones y esperó pacientemente mientras el moderador se acercaba para anunciar un breve receso antes de la siguiente exposición.

Entonces ocurrió lo esperable: investigadores de distintas universidades comenzaron a rodearla. Algunos querían felicitarla, otros seguían discutiendo aspectos del modelo que acababa de presentar. Un periodista apareció con una grabadora en la mano. Dos estudiantes aguardaban algo más atrás, probablemente esperando la oportunidad de hacer una pregunta cuando terminara el tumulto.

Chrome se incorporó de inmediato. Senku no.

Él continuó sentado exactamente donde estaba, con los antebrazos apoyados sobre las piernas y la vista fija en el escenario, aunque hacía varios segundos que Kohaku había dejado de hablar.

No era indecisión, tampoco desgano. Simplemente necesitaba ordenar sus ideas antes de levantarse.

Chrome lo observó unos segundos antes de dejar escapar una sonrisa divertida, había visto esa expresión pocas veces, así que era inolvidable. Aparecía siempre que un problema científico conseguía desarmar todas las certezas de Senku.

- ¿Y? -La pregunta quedó suspendida entre ambos.

Senku tardó varios segundos en responder. No apartó la vista del escenario mientras veía a Kohaku conversar con uno de los investigadores que acababa de acercársele. Escuchaba con la misma atención con la que había respondido durante la ronda de preguntas y, de vez en cuando, asentía antes de explicar nuevamente alguna parte de su trabajo.

Finalmente exhaló por la nariz-. Es brillante.

Chrome sonrió con una satisfacción que ni siquiera intentó ocultar-. Lo sabía.

Senku negó apenas con la cabeza-. No. -Chrome arqueó una ceja-. No es solo una buena investigadora, sino que piensa distinto.

Y eso... eso era muchísimo más difícil de encontrar.

El auditorio terminó de vaciarse poco a poco. Los últimos asistentes abandonaban la sala todavía comentando algunos aspectos de la conferencia mientras un par de técnicos comenzaban a preparar el escenario para la siguiente exposición. Cerca del atril, Kohaku permanecía conversando con dos investigadores que le hacían preguntas sobre el modelo estadístico. Respondía con la misma paciencia que había demostrado durante la ronda de preguntas y, cuando ambos terminaron de agradecerle la explicación, los despidió con una sonrisa antes de quedarse finalmente sola.

Chrome esperó junto a la salida unos instantes más-. ¿Vienes?

Senku no respondió de inmediato. Seguía observando el escenario con la misma concentración con la que había seguido toda la conferencia, como si todavía intentara resolver alguna parte del razonamiento que acababa de escuchar-. Ve adelantándote.

Chrome desvió la mirada hacia Kohaku y después volvió a observar a Senku. Una sonrisa apenas perceptible apareció en su rostro antes de asentir-. No tardes demasiado. Ryusui va a empezar a llamar en cualquier momento.

Senku hizo un gesto distraído con la mano, suficiente para indicar que había escuchado la advertencia, y esperó a que la puerta del auditorio se cerrara tras Chrome antes de levantarse.

Subió con calma los pocos escalones que conducían al escenario. No sentía nervios. Aquello habría sido absurdo. Sólo pretendía hablar con una colega cuya investigación acababa de resultarle extraordinariamente interesante.

Fue esa convicción la que empezó a tambalear cuando llegó frente a ella y descubrió que no tenía la menor idea de cómo iniciar la conversación.

Kohaku levantó la vista al percibir unos pasos acercándose y, durante un breve instante, creyó que se trataba de alguno de los investigadores que acababa de marcharse. Sin embargo, apenas sus ojos encontraron el rostro del recién llegado, toda posibilidad de confusión desapareció.

Lo reconoció al instante. Había visto suficientes entrevistas, fotografías y conferencias como para identificar sin dificultad aquel mechón de cabello verdoso y la expresión serena con la que observaba el mundo.

“Ay, no... El Ishigami”. Sintió cómo el corazón le daba un vuelco tan inesperado que, por un segundo, fue incapaz de recordar qué debía hacer con las manos. La primera explicación que encontró fue también la más alarmante.

Había cometido un error, n podía ser otra cosa.

Mientras intentaba reconstruir mentalmente cada diapositiva de su presentación, repasando citas, gráficos y modelos con una rapidez casi desesperada, Senku ya se había detenido frente a ella.

- Profesor Ishigami... -comenzó antes incluso de darle tiempo a hablar-. Si interpreté mal alguno de sus resultados o cree que extrapolé demasiado alguna de las conclusiones, puedo explicarle el criterio que utilicé para...

- No. -La palabra fue tan sencilla como contundente. Kohaku interrumpió la frase a mitad de camino y lo miró desconcertada.

Senku permaneció unos segundos en silencio. No porque dudara de lo que iba a decir, sino porque intentaba encontrar una forma precisa de expresar una conclusión que llevaba elaborando desde hacía casi una hora. Finalmente, respiró con tranquilidad y sostuvo nuevamente su mirada.

- No interpretaste mal nada. De hecho, mientras escuchaba tu conferencia me di cuenta de algo que nunca había considerado.

Kohaku frunció apenas el ceño, completamente desorientada-. ¿Qué cosa?

Senku tardó un instante en responder-. Que entendiste mi investigación mejor de lo que yo mismo la había entendido.

El silencio que siguió fue absoluto.

Kohaku sintió que todas las palabras que había preparado para defender su trabajo se deshacían antes de llegar a sus labios. Durante años había construido esa investigación apoyándose en los artículos de Senku Ishigami, cuestionándolos, ampliándolos y llevándolos hacia un terreno que él nunca había explorado. Siempre había existido una pequeña duda, casi imposible de acallar: la posibilidad de haber interpretado algo de manera incorrecta.

Y ahora era el propio autor quien acababa de decirle exactamente lo contrario, no encontró nada que responder. Sólo pudo quedarse inmóvil, sosteniendo su mirada, mientras intentaba convencerse de que acababa de escuchar lo que creía haber escuchado.

Kohaku tardó varios segundos en recuperar la voz. Cuando finalmente consiguió agradecer el comentario, lo hizo con una torpeza que contrastaba por completo con la seguridad que había demostrado sobre el escenario. Senku no pareció notarlo. O, si lo hizo, no le dio ninguna importancia. Su atención seguía centrada en la conferencia, en un par de variables del modelo y en una duda que acababa de surgirle mientras ella respondía.

La conversación continuó allí mismo, junto al escenario, como si el resto del congreso hubiera dejado de existir. Kohaku respondió una pregunta, luego otra y, antes de que pudiera terminar la segunda explicación, Senku ya estaba formulando la siguiente. Hablaban de modelos predictivos, de tiempos de recuperación ecológica y de las implicancias que tendría aplicar sistemas energéticos de bajas emisiones a gran escala. Cada respuesta abría una nueva línea de discusión y cada nueva línea parecía despertar otra pregunta en Senku, que escuchaba con una concentración absoluta, sin interrumpirla más que para pedir una precisión o comprobar que había entendido correctamente una idea.

Fue el personal de apoyo quien terminó recordándoles que debían abandonar el escenario para preparar la siguiente exposición.

Los dos se disculparon casi al mismo tiempo y descendieron los escalones sin dejar de conversar. Atravesaron el vestíbulo principal rodeados por el bullicio propio del receso. Investigadores que intercambiaban ideas, periodistas buscando declaraciones, estudiantes que se detenían a saludar a los expositores. Varias personas reconocieron a Senku y levantaron una mano para llamarlo, pero él respondió con un gesto distraído, apenas suficiente para no parecer descortés, sin detener el hilo de la conversación. Kohaku ni siquiera alcanzó a darse cuenta de aquellas interrupciones, estaba demasiado ocupada intentando responder una pregunta sobre los límites estadísticos de su modelo.

A unos metros de distancia, Chrome observó la escena con una mezcla de diversión y desconcierto. Ryusui acababa de llegar al vestíbulo con el teléfono en la mano, visiblemente irritado por no conseguir comunicarse con Senku, y se disponía a cruzar la sala cuando Chrome le apoyó una mano en el hombro para detenerlo.

- Déjalo.

Ryusui siguió la dirección de su mirada-. ¿Desde cuándo conversa tanto con alguien?

Chrome soltó una risa baja-. Desde nunca.

- Pero el vuelo...

Chrome siguió con la vista a las dos figuras que seguían avanzando por el pasillo principal-. Si intentas sacarlo de ahí ahora, te va a ignorar.

Ryusui arqueó una ceja-. ¿Qué tiene de interesante…?

Chrome dejó escapar una risa baja-. Todavía no lo sé. -Hizo una breve pausa-. Pero, conociendo a Senku, tiene que ser algo realmente extraordinario.

Los vio alejarse mientras seguían hablando con la misma intensidad con la que otros discutían una teoría recién publicada. Ninguno parecía consciente del espacio que los rodeaba. Caminaban despacio, adaptando el paso de manera casi inconsciente para no interrumpirse, inclinándose apenas el uno hacia el otro cada vez que el murmullo del vestíbulo amenazaba con tragarse alguna explicación. No había nada particularmente íntimo en aquella escena y, sin embargo, había una cercanía extraña, una sincronía que resultaba difícil de ignorar.

Cuando llegaron a la cafetería del centro de convenciones, ninguno de los dos recordaba quién había tomado la iniciativa de entrar. Simplemente había ocurrido.

La conversación continuó mientras esperaban en la fila y solo se interrumpió cuando la persona tras el mesón les preguntó qué iban a pedir.

- Un americano -respondió Senku sin siquiera mirar la carta.

Kohaku la recorrió unos segundos antes de señalar una de las opciones-. Un matcha latte, por favor.

Mientras esperaban el pedido, Senku retomó exactamente el mismo punto donde habían quedado unos minutos antes, como si la interrupción nunca hubiera existido.

- Entonces descartaste los modelos lineales porque sobrestimaban la recuperación.

- Sólo en ecosistemas costeros. En mar abierto seguían funcionando bastante bien.

Él asintió con un leve movimiento de cabeza-. Tiene sentido.

Encontraron una mesa junto a uno de los ventanales y continuaron hablando durante varios minutos. Senku preguntaba mucho más de lo que hablaba. Quería saber por qué había escogido ciertos indicadores y no otros, cómo había decidido eliminar algunas variables y qué la había llevado a establecer relaciones entre disciplinas que, en principio, parecían no tener ningún punto de encuentro. Kohaku respondía con la misma tranquilidad con la que había expuesto frente al auditorio y, poco a poco, dejó de sentirse evaluada.

La conversación dejó de parecer un examen y se convirtió, simplemente, en el intercambio entre dos personas que disfrutaban pensando.

Fue casi una hora después, cuando ambas tazas estaban ya a medio terminar y el cuaderno de Senku comenzaba a llenarse de anotaciones apresuradas, que él dejó el lápiz sobre la mesa y permaneció unos segundos en silencio. Había formulado decenas de preguntas, todas hablaban del trabajo, ninguna hablaba de ella.

- ¿Qué te hizo elegir biología marina? -Kohaku parpadeó, sorprendida. Era la primera vez que Senku abandonaba por completo el terreno de la investigación.

Bajó la vista hacia el dibujo blanquecino que la espuma del matcha había dejado en el interior de la taza y sonrió casi sin darse cuenta, no era una sonrisa amplia. Era de esas que nacen antes de que uno sea consciente de estar sonriendo.

- El mar.

Senku no dijo nada, simplemente esperó. Kohaku dejó escapar una risa baja y bajó la vista hacia la espuma verdosa que aún dibujaba formas irregulares sobre la superficie del matcha latte. Hizo girar lentamente la taza entre las manos antes de volver a levantar la mirada.

- Supongo que esa respuesta necesita un poco más de contexto. -Guardó silencio apenas un instante-. Crecí en una aldea de pescadores, mi familia siempre vivió del mar, así que nunca sentí que estuviera eligiendo una profesión. Para mí era tan cotidiano como respirar. Con los años, empecé a notar que algo estaba cambiando: había menos peces, algunos lugares ya no se veían igual y nadie parecía hacerse demasiadas preguntas. Yo sí. -Sonrió con una suavidad que no había aparecido durante toda la conversación-. Supongo que estudié biología marina porque necesitaba entender qué le estaba pasando.

A partir de ese momento, la conversación cambió de rumbo casi sin que ninguno de los dos lo advirtiera. Kohaku dejó de hablar de su investigación para empezar a hablar del mar. No de artículos científicos ni de modelos predictivos, sino de la primera vez que descendió con un equipo de buceo, del silencio que existía bajo la superficie, de la sensación casi irreal de atravesar un bosque de huiros mientras la corriente movía lentamente las frondas sobre su cabeza y de cómo, cada vez que volvía a sumergirse, tenía la impresión de estar entrando en un mundo que llevaba millones de años existiendo sin necesitar que el ser humano lo comprendiera.

Senku apenas intervino. Descubrió que ya no estaba escuchando únicamente las palabras, sino observando la forma en que nacían. La serenidad con la que había defendido su investigación sobre el escenario seguía allí, pero ahora se mezclaba con un entusiasmo mucho más espontáneo, uno que parecía transformar por completo su expresión. Sus manos acompañaban inconscientemente cada recuerdo mientras hablaba, dibujando en el aire la forma de una corriente o el movimiento lento de un bosque de huiros, y su voz, siempre firme, adquiría una calidez distinta cuando dejaba de explicar para simplemente recordar.

No supo en qué momento dejó de prestar atención únicamente a lo que decía para empezar a reparar en esos detalles.

En la forma en que un mechón de cabello se deslizaba una y otra vez sobre su rostro y ella lo apartaba distraídamente sin interrumpir el hilo de la conversación. En la pequeña curva que aparecía en la comisura de sus labios cada vez que algún recuerdo la hacía sonreír antes de darse cuenta. En el brillo casi infantil que iluminaba sus ojos cuando hablaba del océano, completamente distinto de la seguridad serena con la que había respondido preguntas frente a cientos de personas.

Era curioso.

Sobre el escenario había conocido a una científica brillante, ahora, sentada frente a él, con las manos rodeando una taza de matcha latte ya casi fría, estaba descubriendo a alguien mucho más difícil de definir.

Sin proponérselo, una sonrisa apenas perceptible apareció en sus labios. "Así que esa es la cara que pone cuando habla de lo que ama".

Cuando ambos repararon en la hora, la cafetería había cambiado por completo. El bullicio que los había acompañado al entrar se había ido apagando poco a poco, sustituido por el sonido aislado de algunas tazas chocando contra los platos y por el murmullo lejano de un par de asistentes que todavía comentaban las conferencias de la mañana. El personal comenzaba a retirar las bandejas de las mesas cercanas con esa discreción propia de quienes saben reconocer una conversación importante cuando la tienen delante. Sobre la mesa apenas quedaban restos del café que habían pedido hacía ya demasiado tiempo, las tazas estaban casi vacías y alrededor de ellas se acumulaban hojas cubiertas de anotaciones, pequeños diagramas, servilletas llenas de fórmulas improvisadas y flechas que ninguno de los dos habría sido capaz de explicar sin reconstruir toda la conversación desde el principio.

Fue Kohaku quien, casi por casualidad, levantó la vista hacia el reloj situado sobre la barra. Permaneció observándolo unos segundos antes de dejar escapar una risa incrédula.

- Creo que acabo de perder la siguiente conferencia.

Senku siguió instintivamente la dirección de su mirada. Sacó el teléfono del bolsillo para comprobar la hora y permaneció unos segundos observando la pantalla sin decir nada. Después volvió a guardarlo con la misma tranquilidad con la que habría aceptado el resultado de un experimento.

- Yo probablemente perdí un vuelo.

Kohaku abrió ligeramente los ojos-. ¿Qué?

- Salía hace casi una hora.

Durante un instante ambos permanecieron en silencio, hasta que la situación terminó resultándoles tan absurda que los dos acabaron riéndose al mismo tiempo. Ninguno recordaba la última vez que había olvidado una obligación importante por quedarse discutiendo una idea.

La conversación comenzó a apagarse de una forma extraña. No porque se hubieran quedado sin temas de los que hablar, por el contrario, ambos podían pensar en media docena de preguntas que merecían otra hora de discusión. Lo difícil era decidir cuál formular primero y, sobre todo, encontrar una razón suficientemente lógica para seguir retrasando una despedida que, objetivamente, ya no tenía sentido. Kohaku acomodó distraídamente la carpeta contra su pecho mientras Senku hacía girar lentamente la taza vacía entre los dedos. Ninguno parecía tener verdadera prisa por levantarse.

Fue él quien terminó rompiendo el silencio-. Hay una parte de tu modelo que todavía quiero revisar.

Kohaku arqueó apenas una ceja-. ¿Cuál?

- La que todavía no escribiste.

La expresión de desconcierto duró apenas un segundo. Después, sus ojos volvieron a adquirir el mismo brillo que Senku había aprendido a reconocer durante la conversación.

- Si realmente quieres proyectar el impacto del sistema a largo plazo -continuó él con absoluta naturalidad- vas a necesitar incorporar procesos de adaptación evolutiva y cambios en las cadenas tróficas. El modelo funciona muy bien para las próximas décadas, pero si pretendes extenderlo un siglo, vas a necesitar otras variables.

Kohaku permaneció pensativa unos instantes, no estaba evaluando si la idea tenía sentido, ya había empezado a desarrollarla mentalmente-. Eso implicaría rehacer una parte importante del modelo.

- Sí.

- Y conseguir datos que todavía no existen.

- También.

Una sonrisa apareció lentamente en el rostro de ambos, no era la satisfacción de haber encontrado una respuesta. Era algo mucho más peligroso: acababan de descubrir una pregunta nueva.

Kohaku abrió la carpeta para guardar las últimas hojas de la conversación y, antes de cerrarla por completo, dudó apenas un instante. Después extrajo una pequeña tarjeta del compartimento interior y la sostuvo entre los dedos.

- Aquí está mi correo institucional. Si alguna vez quieres revisar el modelo completo... o seguir desarrollando esa idea... -No terminó la frase puesto que no hacía falta.

Senku tomó la tarjeta con un cuidado casi excesivo para un simple trozo de cartulina. Sus ojos recorrieron brevemente el nombre, la universidad y la dirección de correo antes de guardarla en el bolsillo interior de la chaqueta.

- Te voy a escribir.

Kohaku asintió con una sonrisa tranquila-. Lo sé.

El silencio volvió a instalarse entre ambos por unos segundos. Senku desvió la vista hacia un punto cualquiera del vestíbulo, como si estuviera organizando mentalmente algo mucho más complejo que una simple despedida. Finalmente volvió a mirarla.

- Aunque... -Kohaku esperó-. El correo es demasiado lento. -Ella parpadeó, sin comprender del todo-. Si vamos a trabajar en ese modelo, probablemente se me ocurran ideas a cualquier hora.

La explicación sonó tan seria y objetiva que tardó un instante en entender lo que realmente le estaba pidiendo. Entonces ella sonrió.

- ¿Estás pidiéndome mi número?

Senku sostuvo su mirada sin el menor rastro de incomodidad-. Es más eficiente.

Kohaku dejó escapar una risa baja, buscó su teléfono y, después de desbloquearlo, se lo tendió-. Entonces anótalo tú mismo.

Senku tomó el teléfono con la misma naturalidad con la que habría recibido un cuaderno de laboratorio. Guardó su propio contacto, realizó una llamada perdida al suyo y devolvió el dispositivo.

El teléfono vibró casi de inmediato en el bolsillo de su chaqueta, Kohaku levantó una ceja.

- Supongo que así también te aseguras de que no te di un número falso.

Por primera vez en toda la tarde, una sonrisa apenas perceptible apareció en el rostro de Senku-. Eso habría alterado bastante el diseño experimental.

Ambos se pusieron de pie casi al mismo tiempo. Recogieron sus cosas sin prisa y caminaron juntos hasta la salida de la cafetería, prolongando la conversación con pequeños comentarios sobre un par de artículos recientes y algunas posibilidades experimentales que ninguno de los dos había tenido ocasión de explorar. Solo cuando llegaron al vestíbulo principal comprendieron, casi con resignación, que ya no quedaban más excusas razonables para seguir caminando en la misma dirección.

Kohaku acomodó la correa del bolso sobre el hombro y respiró hondo.

- Fue un gusto conocerlo, doctor Ishigami.

El científico hizo una leve mueca al oír el título-. Senku.

Ella vaciló apenas una fracción de segundo antes de sonreír otra vez-. Entonces... fue un gusto conocerte, Senku.

Le tendió la mano con absoluta naturalidad.

Senku la observó un instante antes de corresponder el gesto. Su mano era cálida, mucho más de lo que habría imaginado, el contacto permaneció un segundo más de lo estrictamente necesario. Ninguno de los dos pareció advertirlo. Simplemente se quedaron allí, sosteniendo el apretón un instante más, hasta que Kohaku retiró la mano con una última sonrisa y comenzó a alejarse por el pasillo principal.

Senku no hizo el menor intento por seguirla, pero tampoco apartó la vista de ella.

La observó caminar entre los asistentes del congreso, saludando distraídamente a un par de colegas mientras la carpeta descansaba bajo su brazo. Sólo cuando estuvo a punto de desaparecer tras las puertas de cristal del edificio, levantó una mano para despedirse. Kohaku respondió al gesto sin dejar de caminar y desapareció finalmente al otro lado del vestíbulo.

A varios metros de distancia, Ryusui acababa de doblar el pasillo cuando Chrome le dio un suave codazo en las costillas.

- Mira. -Ryusui siguió la dirección de su mirada y tardó unos segundos en comprender lo que estaba viendo.

- Espera... ¿Senku acaba de dejar que una mujer le tome la mano?

Chrome soltó una risa baja-. Eso no es lo raro.

Ryusui volvió a mirar hacia su amigo.

- Lo raro es que todavía siga mirándola.

Ryusui siguió la dirección de su mirada y ambos permanecieron unos segundos observando a Senku desde la distancia. Él continuaba inmóvil frente a las puertas de cristal, completamente ajeno a lo que ocurría a su alrededor. Tenía una mano hundida en el bolsillo del pantalón y la otra descansaba junto al cuerpo, mientras sus pensamientos parecían seguir mucho más allá del vestíbulo del centro de convenciones.

Intercambiaron una sonrisa cómplice antes de acercarse.

Chrome fue el primero en detenerse a su lado-. ¿Ya volvió la señal al laboratorio o sigues procesando datos?

Senku tardó un instante en reaccionar. Parpadeó apenas una vez y giró ligeramente el rostro hacia ellos, como si acabara de recordar que no estaba solo. Casi por reflejo, llevó una mano al bolsillo interior de la chaqueta, sus dedos encontraron la tarjeta que Kohaku le había entregado unos minutos antes y la rozaron distraídamente a través de la tela.

- Voy a tener que revisar toda mi investigación.

Ryusui frunció el ceño-. ¿Encontraste un error?

Chrome permaneció en silencio. No necesitaba insistir, la respuesta ya estaba escrita en la expresión de Senku mucho antes de que abriera la boca.

Una media sonrisa, apenas perceptible, apareció en la comisura de sus labios mientras negaba suavemente con la cabeza-. No.

Bajó la vista durante un instante, sintiendo bajo la yema de los dedos el relieve de la tarjeta guardada en el bolsillo de la chaqueta.

- Encontré una variable que nunca había considerado.

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