Chapter Text
—¿Me has llamado, tío? —cuestionó el joven al mencionado, el cual le indica que se siente.
—Tienes que ir a Kings Landing —esto le tomó por sorpresa, pero no le dejaron hablar porque su tío continuó diciendo—. Tus sueños están siendo cada vez más frecuentes y siempre es en la Fortaleza Roja, por ello debes ir y llevar esto.
Cregan tomó el rollo que le dio su tío, Eddard Stark, Lord de Winterfell. Al desenvolverlo notó que era un pedazo de tela con algo inscrito, pero no pudo distinguir que era, sin embargo debajo de aquella inscripción ilegible hay algo que le llama la atención.
—Sí, coincide con tu sortija —murmuró el señor a su sobrino, el cual observó su anillo que portaba el símbolo de un dragón de tres cabezas—. No es casualidad que esto se nos haya dejado en el reinado de Rhaenyra I Targaryen. De todas las casas fieles a ella la reina vino a nosotros y nos confió esto. Asimismo sabemos que ese sigilo sólo lo tienen los Targaryen y ahí podrás encontrar la respuesta que quieres. Es hora de que vayas allá, pero además necesito que hagas algo más.
Cregan pudo notar una mirada insegura en su tío, pero aún así continuó hablando.
—Llegan rumores de la tierra maldita que rodea KingsLanding aterrorizada por unas criaturas de pesadilla dirigidas por Aegon el maldito.
—¿Aegon?
—Sí, nunca te has enfrentado a alguien así. Esta historia comenzó en el año 129 después de la conquista cuando la reina Rhaenyra I Targaryen prometió a los dioses que su familia no descansaría ni Balerion vendría por ellos hasta que eliminarán a Aegon de sus tierras. No han tenido éxito y se está agotando la familia —esto lo dijo con pesar—. Su descendiente Rhaegar Targaryen desapareció hace casi doce lunas en busca de su esposa Elia. Sólo quedan su hermano, el príncipe Viserys, y el único hijo del matrimonio, el príncipe Jacaerys —su cabeza dolió levemente al escuchar el último nombre, pero decidió dejarlo pasar—. Si ambos mueren antes de que Aegon sea eliminado, ninguna generación de esa familia podrá reunirse con sus antepasados. Hace casi doscientos años que esta familia da sus vidas para que Aegon se concentre en ellos y no recorra los siete reinos, les debemos mucho.
Cregan avanzando mientras escuchaba la información.
—Desde que eras pequeño y comenzaste con esos sueños supe que te deparaba algo grande, por ello tu entrenamiento era tan exigente. Es momento de que vayas a tu destino.
—¿Mi madre lo sabe?
—Nunca te mandaría a otro lado sin su autorización, mucho menos a esta misión que determina el sentido de tu vida y de tus visiones. Puedes retirarte.
De hizo inmediato caso y corrió a los aposentos de su madre. Lyanna Stark, su madre, le recibió en sus aposentos con un fuerte abrazo.
—Prométeme por los dioses antiguos y los nuevos que vas a volver.
—Lo prometo —ambos sabían que era una mentira, algo que no era seguro, pero preferían aferrarse a una dulce mentira que a una cruel realidad.
—Ve, descubre el porqué de tus sueños —susurró Lyanna, acariciando con delicadeza las mejillas de su hijo, su niño, el único vestigio de su amor.
Desde que tiene uso de razón tuvo sueños que le atacaban espontáneamente. En algunos había un joven de hermoso cabello oscuro y bellamente rizado, y aunque nunca lograba ver su rostro sabía que era la persona de su corazón y su mente por lo que le transmitía aun cuando apenas escuchaba algunos susurros. Una sola vez tuvo la dicha de ver sus ojos, poseía una preciosa mirada de color índigo oscuro, pero luego de eso no se le fue concedida la dicha de verlos más.
— Siempre has sido tú —murmuró en uno de sus sueños aquel joven de rostro borroso, aquello es de lo poco que ha logrado comprender, pero siempre ha quedado con ganas de más, de acercarse a él y tomar su mano, acariciar sus rizos oscuros y tomarlo en brazos para besarle.
— Gracias por estar ahí —escuchó la primera vez que comenzó a soñar, y el sonido de su voz fue lo más dulce que tuvo la dicha de oír. Sin embargo, ahí el joven de sus sueños era un niño, al cual tampoco pudo apreciar su rostro.
Fue después de ese primer sueño que su madre lo notó distante y extraño con todos, yendo varios días al árbol de los dioses en busca de guía y calma.
Otras veces le asaltaban unas terribles pesadillas de él enfrentándose a una persona de cabellos platinados con una horrenda cicatriz a causa de una quemadura en el lado izquierdo de su rostro.
Además del espantoso dolor en su pecho al verso ahí gritándole al platinado; con dicho joven tampoco lograba ver su rostro, solo veía su cicatriz. En esas pesadillas siempre hablaba, pero jamás alcanzaba a escucharse ni escuchar lo que el otro contestaba, solo entendía una última frase por parte del otro.
—¡Fuiste tú quien lo llevó a la muerte, era mío por derecho! —escuchaba antes de despertarse completamente sudoroso, asustado, enojado y, la emoción que más pesaba dentro de él, triste.
Y ha llegado el tiempo de buscar la verdad. Debe hacerlo y si tiene que matar a ese tal Aegon entonces lo hará con mucho gusto.
Samwell Tarly, o bien conocido como Sam, el alumno de su tío, le esperaba en la herrería junto al maestre Luwin.
—Cregan —llamó el joven, el cual sonreía—, me he entrado de tu misión, ¿cómo fue que lady Lyanna te dejó ir?
—Tengo mis métodos —contestó con una sonrisa, saludando a su amigo y al maestre.
—Mi señor, debe estar preparado para los horrores que le esperan —declaró Luwin en tanto señaló las armas que se encontraban encima de una mesa—. Agua bendita y enviada de la Ciudadela, estaca de vidriagón, estaca de plata y una estrella de siete puntas. Se te mando a hacer esto —el maestre le tiende una ballesta, pero hay algo es distinto y sabe que su joven maestro lo descubrirá.
Cregan y Sam, además de algunas personas que pasaban por ahí, se sorprenden cuando las flechas salen una tras otra sin necesidad de recargar cada una de ellas.
—Algo llamado gas propano, como han visto es capaz de lanzar flechas velozmente —aclaró el maestre sin sorprenderse, ya que había visto lo que era capaz de hacer esa arma antes, cuando el herrero se la mostró con entusiasmo.
—Lo hubiera dicho antes —sugirió Sam con sorpresa—. Buena suerte, la necesitarán en Desembarco del Rey. Usa tu imaginación —señaló hacia su amigo, el cual le dio una sonrisa al maestre mientras empacaba todo. Algo en ello no le dio buena espina.
—Oh, no, usaré la tuya. Mi madre ordenó que me mantengas vivo —contestó con una sonrisa, cargando la mochila y retirándose de la herrería luego de agradecer a Luwin.
—¡Cregan! —Sam, asustado por esta noticia, le intentó seguir el paso—. ¡No quiero ir a Desembarco del Rey!
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Mientras tanto la antes mencionada King's Landing, en el bosque real, el príncipe Viserys estaba atado a un poste con sus manos alzadas por encima de su cabeza, esperando pacientemente por la horripilante bestia, siendo la carnada perfecta.
— ¿Qué esperas? Aegon te soltó por alguna razón... —murmuró, guardando en silencio, la tensión era palpable y la niebla y los crujidos de las ramas no hacían más que avivar su nerviosismo, el cual intentaba disimular.
Arrepentidamente, la bestia salió de su escondite y el joven se liberó de las ataduras al verle, siendo éstas una finta. Se lanzó hacia una cuerda que iba a subirlo, pero a mitad del camino se atoró, quedando así a merced de aquella bestia que brincaba en busca de matarlo.
La bestia medía poco más de dos metros, poseía un pelaje gris y unos grandes y brillantes ojos amarillos, dientes afilados y garras que destrozaban a quien se le atravesara. Un lobo, un hombre lobo sin más.
—¡Súbeme! ¿¡Qué sucede!?
—¡Se atoró! —los pueblerinos, unidos en causa para matar a Aegon el maldito, intentaban subir a su príncipe sin éxito alguno.
En medio de la nada el príncipe menor, Jacaerys, sacó su espada, Hermana Oscura, y se puso en marcha al ver a su tío en peligro.
—¡No, mi príncipe, lo matará! —una mano le tomó del hombro en un intento de detenerlo, pero el joven se soltó rápidamente.
—¡Es mi tío el que está ahí!
Viserys, al ver que su joven sobrino, y el hijo de su amado hermano, corría directamente al peligro, recurría al segundo plan.
—¡Corten la cuerda! ¡Córtenla!
El lobo desvió su mirada en Jace, el cual no se detuvo hasta que vio al lobo caer en la jaula que se ocultaba a unos pasos de la bestia. La bestia, para su desconcierto, ignoró todo cuando lo vio, dejando de lado a su hermano ya la gente que le dispara, lo que provocó que cayera en la trampa.
Después vio cómo la misma ascendía directamente a Viserys, quien le apuntaba con su daga de Acero Valyrio, la cual chocó con la jaula en un mal movimiento, provocando su caída a un montón de hojas. El príncipe, ágil e inteligente, saltó directamente al árbol que estaba a su lado.
—¡Mi arma búsquenla! —gritó, en un intento de hacerse escuchar entre todo el ruido de la gente disparando flechas a la jaula.
—Busquen el arma de mi tío, debe ser la daga de acero valyrio —ordenó Jace, buscándola con la mirada. Esa arma era una reliquia utilizada para diezmar a los hombres lobo que los perseguían, por lo cual era tan valiosa como las espadas ancestrales de su familia.
Una de las cuerdas que sostenía la jaula se rompió debido al peso, causando un inmenso pánico en Viserys al ver a Jace tan cerca de la jaula.
—¡JACE! ¡JACE CUIDADO! —advirtió al ver la trampa caer frente a su sobrino, el cual alcanzó a detenerse antes de que el lobo saliera.
—¡CORRÁN! —gritó, corriendo rápidamente al bosque y de inmediato todos acataron. Me acorraló el pánico al escuchar las pisadas de aquella enorme bestia que le seguía el paso sin dificultad alguna, estremeciendome al notar que me encontraba sin salida al tener frente a mi un acantilado.
Al voltearse para huir de nuevo, el príncipe Jacaerys vio a la bestia abriendo su hocico para morderle, a lo cual cerró los ojos. Pero, para sorpresa del joven de cabellos castaños, se salvó por un dedo gracias a su tío, el cual lo empujó y se puso enfrente con la daga en lo alto, pero por la velocidad del lobo ambos cayeron por el acantilado.
—¡AHHH! —el grito de Viserys es lo último que alcanzó a escuchar, para después oír el sonido del agua chapotear.
Jace se acercó y trató de ver si su último familiar salía de aquellas aguas, pero sus esperanzas pronto se ven aplastadas al no notar un movimiento en el lago.
—Dioses... ayúdenos —suplicó en un susurro al no ver ni rastro del último Targaryen, además de él—. Por favor —le invadió el dolor al pensar que el futuro de su casa ahora estaba sobre sus hombros, ahora él tiene el deber de matar a Aegon Targaryen y salvar a sus familiares de la deshonra en el otro mundo.
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Como si los dioses le respondieran, Cregan y Sam, luego de un arduo y largo viaje por mar, llegaron a Desembarco del Rey donde no son bienvenidos por los pueblerinos.
—Bienvenidos a King's Landing —una voz burlona les recibió frente del septo de Baelor el Santo.
—Ustedes, densa vuelta —ordenó una voz melodiosa y desconfiada en partes iguales.
Cregan creyó reconocer aquella voz, pero no puede recordar de dónde, por lo que decidió dejar de lado eso y hacer caso.
Ambos hicieron caso y voltearon, viendo que frente a ellos se encontraba un apuesto joven de jóvenes castaño y de rulos, ojos púrpuras, piel blanca y de rasgos muy atractivos, aunque delicados, además de un cuerpo bien formado. Lo reconocen rápidamente como el príncipe Targaryen por sus ropas de color negro con rojo. Cregan respiro profundamente al verlo y su cabeza dolió al aferrarse al recuerdo de aquel joven de sus sueños, aquellos ojos que solo tuvo la dicha de ver una sola vez.
—Déjenme ver sus rostros —pronunció el príncipe al ver a ambos extraños con sus capuchas arriba.
—¿Para qué? —preguntó Cregan en tono hosco, algo de lo que el Norte se caracterizaba.
—Porque no confiamos en extraños, ellos no duran aquí —comentó el príncipe a modo de señal para que los pueblerinos se aglomeraran alrededor de aquellos tipos con lo poco que tienen como armas—. Los caballeros serán desarmados.
—Puedes intentarlo —sugirió a quienes son los más valientes y se acercan más, pero que más rápido retroceden al verle sacar su espada se su vaina lo suficiente para reafirmar su amenaza.
—¿Rehúsan obedecer nuestras leyes?
—La ley que obedezco es la de Winterfell.
—Bien... mátenlos —ordenó el príncipe sin compasión, dando media vuelta para regresar a la Fortaleza Roja.
—Vine a ayudarte —señaló Cregan con rapidez, ya que aunque fuera bueno peleando, jamás podría contra tanta gente y menos al tener que proteger también a Sam.
— No necesitamos ayuda.
— ¿Ah, sí? —inquirió irónicamente, viendo que detrás del joven príncipe descendieron tres espantosas criaturas a una velocidad increíble. Rápidamente tomó la ballesta y, confiando en los reflejos del príncipe, comenzó a disparar.
Las criaturas se separaron y descendieron sobre el pueblo de manera veloz. Las tres tienen el cuerpo de mujer, pero su piel portan una piel grisácea, además de tener algunas escamas que les cubre el pecho como un peto, y tienen alas similares a las de un dragón.
Cregan le disparó múltiples veces a una de ellas, pero la criatura se quitó sin esfuerzo alguna las flechas y, para su sorpresa, las heridas sanaron velozmente.
El pueblo corrió en un intento vano de ocultarse. Tan ocupado como estaba, Cregan no alcanzó a ver a una de las novias, por lo que Jace se encargó de empujarlo, dejando su espalda desprotegida para que una de ellas le tomé, alzandose hacia el cielo.
Cregan se levantó rápidamente y tomó al príncipe de los pies, causando así más peso, por lo que la criatura no tuvo más remedio que soltarlos a ambos. Jace cayó encima de Cregan, pero éste rápidamente les dio la vuelta.
—Quédate aquí —ordenó con voz que no deja lugar a discusión. Pero sabía que esa orden no sería acatada tan fácilmente porque Jacaerys, como príncipe Targaryen, está acostumbrado a dar las órdenes, no a seguirlas.
—No, tu quédate aquí —replicó el príncipe, dándoles la vuelta y levantándose seguido de ello—. Quieren matarme a mí.
El joven lobo no tuvo más opción que ir corriendo por su arma al ver al príncipe dragón correr a otro lado.
—Tyanna, mata a ese extraño —ordenó la criatura de cabello largo y negro, quitándose la flecha de su hombro con ojo.
—Es un placer —contestó con una sonrisa, comenzando a descender rápidamente hacia aquel hombre inusual.
Cregan apenas tuvo tiempo de tomar su arma cuando vio a las criaturas seguir al príncipe. Su arma se atoró, por lo que recurrió a Sam, el cual siguió en el sitio donde los recibieron junto a su bolso.
—¡Sam! ¡No funciona!
—¡Intenta apuntar al ojo! —le recomendó, aventando las flechas de repuesto.
Al ver a su amigo en peligro por culpa de la criatura de cabello negro, Sam buscó en su mochila algo que el maestre Luwin les hubiera puesto para ayudarlos en aquella misión.
Cregan, apenas pone las municiones, disparó hacia esos demonios. Arrepentidamente las criaturas dejaron de atacar, dando un respiro al pueblo. Pronto ven que es por el sol, el cual finalmente salió de su escondite de entre las nubes y les otorgó un respiro a todos.
El príncipe junto a Cregan se acercaron al pozo donde se escuchó un chapoteo, ambos apuntando con un arma en caso de una salida sorpresiva. Las nubes pronto hacen su trabajo en aquella tierra maldita y esconden el bello cobijo del pueblo, provocando la salida de las terroríficas criaturas.
Una de ellas tomó a Jacaerys por el brazo. Jace la reconoció rápidamente, por lo cual intentó liberarse de su agarre.
—¿Te gusta volar, Jace? —la criatura comenzó a reírse, causando la suficiente distracción en sí misma como para ver como Jace sacó una daga y la usamos para cortarle. Al sentir aquella herida, no dudó y lanzó al joven hacia su compañera, quien rápidamente tomó al príncipe.
Lastimosamente para la mujer que capturó a Jace, Cregan le dio en el talón el cual sostenía al príncipe. Jace, afortunadamente, cayó en el techo de una casa, pero resbaló y hubiera caído de no ser porque tuvo la suficiente fuerza como para sostenerse de la orilla. Calculando rápidamente, Jace demostró que la distancia era la suficiente y brincó hacia el árbol que hay detrás de sí, alcanzando a tomarse de la rama más cercana para finalmente descender.
Tyanna voló hacia el cazador al ver como estaba concentrada en aquel príncipe, pero inesperadamente le atacó con múltiples flechas, provocando su caída a una de las chozas.
Jace se refugió en la casa en la que cayó, cerrando las puertas con seguro, pero apenas y pudo suspirar de alivio ya que al darse la vuelta vio la característica melena castaña y rizada frente ante él.
—Hola, Jacaerys —saludó la criatura desde el techo. Decidió que quería jugar con su presa antes de acabar con ella, a lo cual bajó y se transformó de nuevo a su apariencia humana, con un vestido amarillo haciendo alusión a su antigua casa.
Cassandra sonriendo al oler el aroma a chocolate amargo esparciendose en la habitación, esto a causa de la ansiedad del maldito omega frente a él.
—Que gusto verte Cassandra Baratheon —respondió mientras respiraba agitadamente. Nunca había visto a las criaturas en persona, pero sabía sus nombres y características gracias a su padre, quien le instruyó en todo para no olvidar el origen e historia de los cuatro malditos que tienen años aterrorizando a su pueblo.
Cregan se vio apartado de su arma cuando Tyanna, según escuchó, le empujó fuertemente, provocando su caída. La criatura se transformó y volvió a su forma humana, una bella joven de color de piel pálida, cabello rubio sucio trenzado que estaba adornado con una corona, y poseía unos brillantes ojos dorados que después se apagaron hasta volverse cafés, portando un vestido verde que resaltaba sus atributos.
—¿En tu vida pasada te hice algo muy malo? —preguntó Jace, ya que es lo más cerca que ha estado de esas criaturas, viéndolas únicamente desde la seguridad de la Fortaleza Roja cuando su padre Rhaegar o su tío Viserys las combatían.
—No te hagas el modesto, príncipe Jacaerys —protestó con su ceño fruncido, transformando sus ojos de color azul a rojo sangre, para después apagarse nuevamente a azul.
Jace corrió rápidamente a la otra habitación, pero era inútil ya que igual se vio cara a cara con Cassandra.
—Sé lo que guarda tu deseoso corazón.
—Espero que tengas corazón, Cassandra, porque clavare una estaca en él algún día.
Cassandra, harta de aquel joven que al verlo supo era la reencarnación de su antiguo rival, golpeó al príncipe hasta hacerlo caer por la ventana. Jace se levantó rápidamente y corrió hacia el exterior.
Tyanna se preparaba, ansiosa de poder matar al invasor cuando un grito le desconcentro.
—¡Agua bendita! —anunció Sam, lanzando la botella hacia su amigo, pero fue interceptado por la criatura de largo cabello negro.
—¡Déjate de juegos Tyanna! ¡TIENES QUE EXTERMINARLO! —expresó enojada hacia su hermana, retirándose para buscar al príncipe, al cual vio pasar hacia otra casa.
—Que mal, que triste —dijo Tyanna, fingiendo pesar al ver a los humanos.
—¡El septiembre! —informó Sam, apuntando al septo de Baelor, el cual tenía una pequeña fuente de agua bendita.
Cregan trató de pensar, pero supo lo que le esperaba al ver a aquella criatura hacer brillar sus ojos dorados y alargar, para su total sorpresa, sus colmillos.
Jacaerys corrió a esconderse en otra casa, pero se encontró con Cassandra con una copa en mano, la cual contiene la sangre de un pueblerino.
—Diescisiete días de nombre, que buena edad —murmuró, acariciando el cuello talado del pueblerino y causando más miedo en el príncipe.
—Hola, Jace, pequeño —otra voz se suma en la habitación. Arianne, una mujer de largo cabello negro entrelazado en un peinado recogido y portando un vestido rojo, le llamó desde la puerta.
Cuando el príncipe volteó para escapar, se encontró con Cassandra frente a él tomando de la copa, por lo que retrocedió lentamente.
—El último de los Targaryen —murmuró Arianne con una sonrisa, avanzando hacia el príncipe junto a su hermana, la cual estaba igual o más ansiosa por hacer desaparecer a aquel que desde que aquel lobo idiota lo vio, hizo que su amo se pusiera ansioso, comenzando a buscarlo por las noches, pero fracasando debido a que el príncipe siempre se encontró en la Fortaleza Roja por las noches y en el día sabía esconderse muy bien, no dejando relucir su aroma, no como ahora.
Cregan corrió lo más rápido que pudo hacia su arma, pero se vio privado de ella debido a los diversos golpes que aquella criatura le dio, alejándolo. Pero, para su fortuna, con el último golpe lo acercó a su arma.
La criatura, al estar extasiada por la victoria, no vio eso y se alejó entre risas hacia el cielo. Al percatarse de su error, un sonido de sorpresa seguido de un grito lleno de furia salió de sí, volando lo más rápido que puede hacia el extraño humano, el cual corría hacia el arma.
Jacaerys decidió que no iba a ceder tan fácil, por lo que trató de golpear a Arianne, pero ella le detuvo sin dificultad alguna y le hizo arrodillarse.
—Puedo oler sangre fresca corriendo por sus venas —susurró con excitación al ver la mirada llena de terror del pequeño príncipe.
Entre tanto, Cregan tomó el arma y corrió hacia el septo de Baelor mientras su amigo, Sam, le gritó que la mujer lo seguía.
—¡Quiero la primera mordida! —exigió Cassandra, acariciando el cuello del príncipe. Él debía tomarlo primero, aquel joven que le ha quitado demasiado, le quitó el amor de su amo y nunca pudo competir contra él incluso cuando estaba muerto, pero al tenerlo frente a él, reconociendolo gracias al retrato que su amo tenía en el castillo, decidió que sería ella quien lo mataría.
El joven Stark corrió y siguió corriendo, sintiendo la presencia de aquella terrorífica criatura, como bien descrita su tío, en su espalda. Cuando llegó a la fuente, hundió parte de su arma en el agua bendita para finalmente voltear hacia la novia, la cual antes portaba una sonrisa de triunfo y que ahora poseía una de terror absoluto e intentó escapar. Pero, lamentablemente para ella, era tarde, Cregan ya tenía el dedo apretando el gatillo y comenzó a asestarle muchos tiros hasta dejarla estampada en un segundo piso de una casa de madera.
Jacaerys, consciente de que ya no podría luchar, cerró los ojos al sentir los colmillos de Cassandra en su piel y pidió a los dioses con fervor para que su tío siguiera con vida y pudiera matar a esos demonios disfrazados de dragones, y que así su familia pudiera ser llevada por Balerion. No obstante, y para completar la sorpresa del príncipe, ambas novias se separaron y se alejaron, soltando chillidos que podían parecerse a una especie de tristeza, tomando su forma mitad dragón para alejarse mientras gritaban el nombre de Tyanna.
La mencionada dio un último grito lleno de dolor al sentir como sus alas caían por pedazos hasta convertirse en polvo, las escamas doradas que cubrían su pecho se desmoronaron una a una y, para su lenta agonía, la piel caía de sus huesos hasta dejar nada más que huesos ennegrecidos que, al morir, cayeron sin más.
—Por los antiguos dioses... —susurró Cregan, sentándose a las escaleras del gran septo, cansado por lo recién ocurrido.
—¡Mató a una novia!
—¡Mató a Tyanna! —exclamó la multitud con profundo miedo.
—¡Mataste a un dragón!
— ¿Qué eso no es bueno? —cuestionó Sam con incredulidad, creyendo que esta gente estaba confundida por no estar feliz de haber sido librado de un monstruo.
—Los dragones solo matan cuando necesitan sobrevivir una o dos personas al mes —contó uno de los pueblerinos—. Y ahora lo van a hacer por venganza. ¿Y qué nombre, mi buen señor, deberá grabar en su sepulcro?
—Su nombre es Cregan de la Casa Stark, hijo de Lyanna Stark —contestó Jace, abriéndose paso entre la gente—. La reputación de su madre le precede —expresó, viendo al joven Stark suspirar para después levantarse, acercándose a él.
—La próxima vez no te alejes, muerto no me ayudas.
—Pues te diré esto, tienes agallas —concedió con una sonrisa—. ¡Es el primero que mata a un dragón en doscientos años! Yo diría que te debo un trago.
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Entre tanto, en otro lugar, un joven de cabello corto platinado se levantó desde la comodidad de su tumba y soltó un grito de dolor al sentir como su última creación, Tyanna, ha muerto.
—¿Por qué no pueden dejarlos en paz? —demandó con impaciencia, dando pasos hacia la dirección en el techo donde Cassandra y Arianne se encontraban colgadas—. Nunca matamos más de lo que bebemos, ni menos que nuestra ración, ¿¡pueden decir lo mismo!? ¡No enfatice lo importante que es encontrar y traer a Jacaerys Targaryen! —Hace dos siglos, desde que comenzó su maldición, Aegon ha buscado a su amado Jacaerys entre los descendientes de su hermana, la cual se encargó de dejar bien protegida la fortaleza roja con magia. Su hermana aún desde la muerte le causa dolores de cabeza, pero ahora que lo ha encontrado finalmente podrá proseguir con su plan y está vez no habrá Rhaenyra o Stark que puedan interponerse entre ellos, su amado omega finalmente estará con él—. Además, debemos seguir con el proyecto.
—Perdimos a Tyanna —lamentó Arianne entre sollozos.
—Ya, amadas, no se inquieten, Jacaerys estará ahí —murmuró con una sonrisa llena de felicidad, ya que lo ha buscado con insistencia desde que vio a su Jace mediante los recuerdos de aquel lobo, el cual Viserys Targaryen se encargó de matar.
Aunque, para su frustración, su omega sabe esconderse muy bien y siempre se encargaba de encerrarse en la Fortaleza Roja por las noches y él, pese a sobrevolar el castillo, no pudo verlo más que una sola vez. Esa gloriosa noche lo vio desde aquella ventana en el Torreón de Maegor con una furia chispeando en aquellos ojos índigo, algo que le dejó tan excitado que llegó con sus novias a desahogarse, recordando con claridad aquella mirada posada en él, aquellos ojos viéndole como en antaño, cuando lo tuvo tan cerca y que pasaron noches increíbles juntos, aunque Jacaerys siempre lo negó, pero él podía ver la verdad.
—¡Qué!? ¿¡Tan poco significamos para ti!? —cuestionó Cassandra con tristeza y celos, celos de seguir a la sombra de aquel omega que había muerto hace cientos de años y que ahora ha regresado.
—No tienes corazón...
-¡No! No tengo corazón, no siento amor, ni temor —proclamó, bajando de un salto—. No siento gozo, ni dolor desde... —Aegon guardo silencio al recordar la bella sonrisa de su prometido, su bello príncipe Velaryon que pereció en el Gullet como consecuencia ya que no quiso rendirse ante él, todo por culpa de ese maldito Stark—. Estoy vacío, hueco y voy a tener vida... para siempre. Pronto la batalla final va a empezar, por ello debo averiguar quién es nuestro nuevo visitante —se quedó callado al ver la sombra de un gran lobo que lanzó un rugido ante su voz—. Tenemos que prepararle un buen aperitivo, estamos muy cerca del éxito para ser interrumpidos ahora.
-¡No! ¡El último intento fue un fracaso!
—Mi corazón no soportaría si volviera a fallar un nuevo intento —afirmó Alys junto a Cassandra, ambas aterradas de esa posibilidad.
Aegon, harto de sus habladurías, les gruñe con fuerza, sacando a relucir su vieja cicatriz. Ambas se alejaron con miedo, escondiéndose y llorando.
—Vengan, no me teman —pronunció, extendiendo sus manos y deleitándose al ver como sus mujeres tomaron sus manos de inmediato. Ambas comenzaron a besarle y acariciarle con cariño, algo que jamás, ni siquiera en vida, podría corresponder del todo ya que su corazón pertenecía a un solo omega—. ¡Escúchenme! —gritó, dirigiéndose a sus sirvientes—. ¡Vayan al castillo de los Rosby! —ordenó mientras se alejaba hasta una de las puertas, en donde se quedaron sus siluetas plasmadas en la pared.
