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Era lunes, el último día de vacaciones. La Comandante Oyelaran ni siquiera levantó la vista del panel cuando le habló, como si fuera otro trámite más.
—Cuando termine tu receso vas con Pruitt en la meridiana. Jacobs queda reasignado.
Jules se quedó callada una segundo. Nate no había mencionado nada y justo ayer lo había cruzado en el comedor, hablando con Juilio.
—¿Por qué?
No fue tanto una pregunta pero hizo que Oyelaran por fin levantara la vista. Tenía esa cara que ponía cuando ya no quería seguir hablando.
—Reorganización, Vaughn. Se lo necesita en otra parte.
—Pero trabajamos bien. Siete meses sin ningún problema.
—Lo sé. —La comandante cerró la carpeta digital—. No es por eso.
—¿Y entonces por qué?
—Confía en que sé lo que hago. El lunes con Pruitt.
Jules aguantó en la puerta un segundo más. Quería insistir. Pero discutir mucho con un superior nunca era buena idea. Como los agarrabas de mal humor terminabas en Mantenimiento Sanitario y nadie quería eso. Ahí iban los peores casos. Una vez una chica de Trabajo de Campo terminó destapando cañerías porque intentó convencer a Oyelaran de que la emparejaran con su novio.
Se dio vuelta y salió del despacho caminando más rápido de lo que le hubiera gustado admitir.
El módulo C8 a esa hora tenía la luz baja, como en todo Cardal durante el ciclo de descanso simulado, y el pasillo de los ascensores estaba casi vació salvo por dos personas del sector de hidroponía que discutían algo sobre un cultivo de tubérculos. Jules los pasó sin prestarles demasiada atención.
Siete meses. Más de cinco mil horas en la Meridiana, metida siempre en ese módulo de monitoreo que ya conocía de memoria. Cada panel y cada ruido raro del sistema de soporte vital cuando bajaba la temperatura, hasta los silencios de Nate. Sabía cuando estaba pensando una solución y cuando simplemente esperaba que ella dejara de hablar. Habían discutido, mucho, pero nunca de manera tan grave para justificar el cambio. Además, eso sí que era raro. Lo sabía porque lo había visto: las peleas de otros compañeros y los traslados de emergencia. Pero casi todos terminaban por riñas o porque dos personas se habían encariñado más de la cuenta.
Llegó al ascensor y apretó el botón para subir. Esperó tres segundos. Lo soltó antes de que llegara y presionó la flecha hacia abajo. En vez de subir hacia su unidad habitacional, bajó dos niveles. Sabía exactamente dónde encontrar a Juilio a esa hora.
Él estaba en el taller de mantenimiento del C6, con medio cuerpo metido en el panel de un exoesqueleto de carga, y ni se dio cuenta de que ella había llegado hasta que dijo su nombre.
—Necesito que me digas qué está pasando.
Él se enderezo, los hombros más caídos de lo que recordaba en otros años, como si diez años arreglando cosas se le hubieran instalado ahí de a poco. Tenía el pelo oscuro un poco largo, necesitaba un corte, con esa cara familiar que a Jules siempre le había resultado fácil de querer. Por un instante se le cruzó una tensión por la cara —muy leve, casi nada, algo que uno solo nota después de estar casado diez años— y después le sonrió. Era esa sonrisa suya que usaba cuando quería convencerla de que todo estaba bien.
—¿De qué hablas?
—Oyelaran me sacó a Nate. Me pone con Pruitt.
Juilio se limpió las manos con un trapo, aunque no se veían sucias.
—Será por alguna reforma. Lo hacen cada tanto.
—Eso me dijo Oyelaran. Pero llevamos siete meses, Juilio. Siete meses funcionando bien, y de golpe un ajuste. ¿Tú sabes algo?
Juilio tardó en contestar. No fue mucho, ni un segundo quizás, pero Jules lo notó. Y después su expresión volvió a su sitio tan rápido que casi dudó haber visto algo.
—Nada. —Se encogió de hombros—. Tú misma dices que llevan demasiado tiempo juntos. Quizás es solo eso. A Oyelaran le gusta mover a la gente para que nadie se acomode.
—Nunca lo hizo con nosotros.
—Bueno, ahora sí. —Juilio volvió a meter las manos en el panel del exoesqueleto, dándole apenas la espalda—. ¿Vas a estrañar a Jacobs?
Lo preguntó con tono ligero, casi como chiste, pero la manera en que la miró de reojo no tenía nada de ligero. Se sintió una pregunta rara y tampoco tenía una respuesta correcta.
—Trabajamos bien juntos. —Fue todo lo que dijo. Vio como a Juilio se le bajaban los hombros otro poco—. ¿Ya lo sabías?
—No.
—¿Entonces?
—Entonces nada, Jules. Vas a estar bien con Pruitt también. Es buena gente Pruitt. Y a mi me alegra poder tener a Nate cerca otra vez.
Jules se quedó allí un rato viendo cómo trabajaba, y hubo algo —el taller, el olor a metal y aceite sintético, Juilio con la cabeza metida otra vez en el panel— que se sientió extraño, un poco demasiado tranquilo.
—Bueno. Te dejo trabajar.
—Eh, Jules. —Juilio levantó la vista una última vez, con la boca apretada en una línea recta—. Todo bien, ¿no? Con el cambio.
—Sí. Es raro, pero bueno. Ajustes.
Salió del taller sin la respuesta que quería. Caminó hacia los ascensores pensando en que armar una dinámica de trabajo desde cero era una pesadilla. Le llevó siete meses acostumbrarse a Nate. Siete meses para aprender cómo pensaba, cuándo insistir y cuándo dejarlo en paz. Él era casi tan maniático como ella pero pensaba más que hablaba y si se estresaba era por dentro. Siempre era el que mantenía la calma cuando las cosas se torcían. Hasta su voz era tranquila y lenta. Pruitt también era tranquilo, pero no cualquier aguantaba trabajar con ella.
Salió con un regusto tan amargo en la boca que se tuvo que detener en un baño a escupir.
