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Había pasado un año desde aquella conferencia. Una desconocida había subido al escenario para demostrarle que existían preguntas sobre su propia investigación que él nunca se había planteado y, unas horas más tarde, una conversación destinada a durar apenas unos minutos terminó costándoles un vuelo, una conferencia y varias horas frente a dos tazas de café.
A partir de entonces, el intercambio había sido constante: artículos enviados antes incluso de ser publicados, correos a horas imposibles, revisiones despiadadas, respuestas igual de implacables y archivos que cruzaban océanos una y otra vez, regresando cubiertos de anotaciones en tinta verde o roja.
Con el tiempo, las discusiones dejaron de limitarse a los manuscritos. Empezaron a compartir datos preliminares, a consultarse antes de diseñar un experimento y a debatir durante horas sobre variables que casi nadie más consideraba importantes. Sin darse cuenta, habían construido una rutina.
Senku conocía los períodos de trabajo de campo de Kohaku casi tan bien como el calendario de su propio laboratorio. Kohaku, por su parte, ya era capaz de anticipar qué observaciones aparecerían escritas al margen de cualquier documento que él revisara.
La distancia entre sus laboratorios seguía siendo enorme, la distancia entre sus investigaciones, en cambio, prácticamente había desaparecido. La colaboración funcionaba… sorprendentemente bien.
Por eso, cuando una nueva campaña de muestreo marino apareció en el calendario del proyecto conjunto, Kohaku ni siquiera consideró preguntarle si quería acompañarla. Al fin y al cabo, era trabajo de terreno y Senku era un hombre de laboratorio.
Así que, durante la videollamada semanal, simplemente comentó:
- En unos meses estaré siete días embarcada. Es posible que tarde un poco más en responder los correos.
Senku levantó la vista de la pantalla-. ¿Embarcada?
- Tenemos que recolectar las muestras para la siguiente etapa del estudio.
Silencio-. Voy contigo.
Kohaku parpadeó-. ...¿Qué?
- Necesito saber exactamente cómo se obtienen las muestras si voy a analizarlas correctamente. -No había vacilación en su voz, era un argumento impecablemente científico. Y, viniendo de Senku Ishigami... probablemente también era completamente cierto.
La planificación de la campaña comenzó casi un mes antes de la fecha de zarpe.
Como de costumbre, la videollamada semanal terminó desviándose del tema original hasta convertirse en una revisión minuciosa del protocolo de muestreo. Kohaku compartía en pantalla el cronograma de trabajo mientras Senku avanzaba por el documento con la rapidez de quien ya había detectado media docena de detalles por corregir. Habían llegado al apartado de logística cuando él levantó apenas la vista.
- ¿Cómo piensan llegar al sitio de muestreo?
Kohaku cambió de pestaña y abrió un mapa de la zona costera-. La universidad nos facilita una embarcación de investigación. Salimos desde el puerto antes del amanecer y navegamos unas tres horas hasta el área de trabajo.
Senku guardó silencio unos segundos, repasando el resto del documento. Después negó suavemente con la cabeza-. No.
Kohaku dejó de mover el cursor-. ¿No?
- No sirve. -Ella arqueó una ceja, esperando una explicación.
Senku comenzó a enumerarla con la misma tranquilidad con la que habría señalado un error experimental-. Van a transportar equipos de muestreo, instrumental de medición y contenedores para conservar las muestras. Además, voy a necesitar una superficie estable para procesarlas apenas las extraigan del agua, alimentación eléctrica continua para algunos instrumentos y espacio suficiente para instalar un laboratorio temporal. Si el barco es tan pequeño como los que suelen usar las universidades, no cumple ninguno de esos requisitos.
Kohaku apoyó un brazo sobre el escritorio y lo observó durante unos instantes-. Llevamos años haciendo campañas con esa embarcación.
- Precisamente.
La respuesta fue tan inmediata que ella comprendió al instante lo que quería decir. No estaba cuestionando la capacidad del equipo, estaba cuestionando la logística completa.
- Funciona -replicó con una calma que escondía apenas un matiz de orgullo profesional-. Nunca hemos tenido problemas para obtener las muestras.
Senku negó otra vez-. Que funcione no significa que sea eficiente.
Kohaku dejó escapar una breve risa por la nariz.
Después de un año trabajando con él, ya sabía reconocer esa expresión perfectamente. Cada vez que Senku pronunciaba la palabra eficiente, significaba que acababa de encontrar una forma de reducir tiempo, errores o esfuerzo... aunque para ello hubiera que rediseñar por completo un procedimiento que llevaba décadas utilizándose.
- ¿Y cuál es tu propuesta? -preguntó, cruzándose de brazos.
Los labios de Senku se curvaron apenas unos milímetros, era una sonrisa casi imperceptible... la misma que aparecía cada vez que ya tenía la solución pensada desde antes de señalar el problema.
Dos días después, mientras revisaba unos informes de monitoreo costero, Kohaku encontró un nuevo mensaje en su bandeja de entrada.
El remitente no era Senku. Ryusui Nanami.
Frunció ligeramente el ceño antes de abrir el correo.
Estimada doctora Kohaku:
Senku me comentó los requerimientos logísticos de su próxima campaña de terreno. Debo decir que, después de leer la descripción de la embarcación que planeaban utilizar, comprendí inmediatamente por qué decidió llamarme.
El conglomerado Nanami pondrá a disposición del proyecto el Perseo, uno de nuestros mejores buques de investigación oceanográfica, durante toda la expedición. La nave cuenta con laboratorio húmedo y seco, sistemas de refrigeración para muestras biológicas, suministro eléctrico independiente, posicionamiento satelital, grúa para equipos pesados y espacio suficiente para que todo su grupo de trabajo pueda operar sin inconvenientes.
Consideren esto una inversión en buena ciencia.
Nos vemos el lunes en el puerto.
Kohaku permaneció unos segundos mirando la pantalla, después buscó el último correo de Senku, pero no encontró ninguna explicación. Sólo una línea al final del mensaje que habían intercambiado la noche anterior: "Resuelto."
Debería haber imaginado que esa palabra escondía algo mucho más grande de lo que sugería.
El lunes, el puerto estaba inusualmente agitado.
Los investigadores de la universidad comenzaban a descargar cajas con instrumental cuando una sombra cubrió lentamente parte del muelle. Varias personas levantaron la vista casi al mismo tiempo: el buque de investigación del conglomerado Nanami, Perseo, avanzaba con calma hacia el sitio de atraque, considerablemente más grande que cualquiera de las embarcaciones que el instituto utilizaba para sus campañas de terreno.
Kohaku tardó unos segundos en reaccionar-. ...No hablabas en serio.
A su lado, Senku siguió observando la maniobra de atraque con absoluta tranquilidad-. Claro que hablaba en serio.
Antes de que ella pudiera responder, una voz conocida resonó desde la cubierta.
- ¡Bienvenidos! -Ryusui saludaba con el entusiasmo habitual, apoyado sobre la baranda del puente de mando. Apenas la embarcación quedó asegurada al muelle descendió por la pasarela y comenzó a estrechar manos como si estuviera inaugurando un centro de investigación y no simplemente prestando uno de sus barcos.
- ¡Qué gusto conocer al equipo responsable de este proyecto! Espero que aprovechen cada centímetro del barco. Si algo puede facilitarles el trabajo, considérense autorizados para usarlo.
No tardó en iniciar una visita improvisada por las instalaciones. Mostró el laboratorio húmedo, las cámaras refrigeradas para conservar muestras, el sistema eléctrico independiente, las estaciones de trabajo, el puente de mando y una pequeña sala destinada al análisis preliminar de datos. Cada explicación iba acompañada de un entusiasmo casi contagioso.
- Este laboratorio puede seguir funcionando incluso con mal tiempo. La cubierta tiene espacio suficiente para instalar equipos adicionales y, si necesitan permanecer varios días en alta mar, el barco está preparado para ello.
Kohaku recorría las instalaciones sin ocultar el asombro. Aquello superaba con creces cualquier embarcación en la que hubiera trabajado. Cada compartimiento, cada mesa de laboratorio y cada equipo que Ryusui les mostraba representaban una posibilidad distinta: campañas más largas, muestras procesadas en mejores condiciones y expediciones capaces de internarse mucho más allá de la plataforma costera. No podía evitar imaginar todo lo que aún permanecía oculto mar adentro, en lugares a los que hasta ese momento sólo había podido soñar con llegar.
Cuando terminaron la visita, volvió la vista hacia Senku. Él inspeccionaba una de las mesas de acero inoxidable del laboratorio con la misma atención con la que habría revisado un equipo recién instalado. Golpeó suavemente la superficie con los nudillos, comprobó la firmeza de los anclajes y, satisfecho, asintió apenas.
- Ahora sí podemos trabajar.
Ryusui soltó una carcajada-. Sabía que esa sería tu reacción.
Senku ni siquiera levantó la vista-. No pensaba agradecerte.
- Lo sé. Si me estuvieras agradeciendo, empezaría a preocuparme.
La risa todavía no terminaba de apagarse cuando una voz tranquila llegó desde el extremo del muelle.
- Kohaku.
Ella giró casi de inmediato y una sonrisa apareció en su rostro-. ¡Ukyo!
El joven se acercó con la serenidad habitual, una mochila impermeable colgada de un hombro y un cuaderno de campo sujeto bajo el brazo. Saludó primero a Kohaku con un breve abrazo antes de recorrer al resto del grupo con una mirada amable.
- Pensé que este año tampoco ibas a aceptar el proyecto.
Lo intenté -respondió Kohaku entre risas-, pero me convencieron.
- ¿Senku?
Ella dirigió una rápida mirada hacia el científico-. Más o menos.
Ukyo sonrió como si aquello explicara muchas cosas-. Entonces este trabajo promete.
No alcanzaron a seguir conversando porque otra voz volvió a interrumpirlos.
- ¡Kohaku!
Esta vez quien se acercaba era Chrome, cargando una enorme mochila sobre un hombro y saludando con la mano mientras terminaba de bajar la pasarela.
Kohaku abrió los ojos con sorpresa-. ¡Chrome! ¿Qué haces aquí?
- ¿Senku no te dijo? Voy a ayudar con el procesamiento de las muestras minerales.
Se saludaron con la naturalidad de quienes llevaban demasiados años conociéndose para necesitar formalidades. A Senku no le pasó desapercibido.
Esperó unos segundos antes de preguntar: - ¿Se conocen?
Chrome lo miró con auténtica sorpresa-. ¿Nunca te contó? -Senku desvió la vista hacia Kohaku.
Ella sonrió con cierta vergüenza-. Nunca salió el tema.
Chrome dejó la mochila en el suelo antes de responder-. Crecimos en el mismo pueblo costero. Nuestras casas quedaban a unas pocas cuadras y prácticamente pasábamos todos los días juntos. Bueno... -se corrigió con una risa-, yo iba con la excusa de visitar a Ruri.
Kohaku soltó una pequeña carcajada-. La excusa era bastante evidente.
Chrome se encogió de hombros sin el menor pudor-. Llevo enamorado de tu hermana desde que tengo memoria.
Senku arqueó apenas una ceja. Eso explicaba la absoluta naturalidad con la que Chrome hablaba de la familia de Kohaku.
- Después me fui a la universidad -continuó él- y dejamos de vernos tan seguido, pero seguíamos escribiéndonos. Yo ya estaba completamente obsesionado con ciertos artículos científicos... -Miró a Senku con una sonrisa-. Los tuyos. -Senku permaneció en silencio-. Cada vez que publicabas algo nuevo, se lo enviaba. Pensé que alguien más tenía que sufrir conmigo.
- Lo consiguió -respondió Kohaku divertida-. Me pasaba semanas intentando entenderlos.
Chrome negó inmediatamente-. No. Lo impresionante era que me los devolvías llenos de observaciones.
- Eras la única persona con quien podía comentarlos.
- Y tú eras la única persona que no me decía que eran imposibles de entender. -Los tres guardaron silencio apenas un instante. Entonces Chrome señaló a Senku con el pulgar-. Así que, básicamente, toda esta colaboración existe porque un día decidí mandarle uno de tus papers.
Senku alternó la mirada entre ambos mientras terminaba de reconstruir mentalmente aquella cadena de acontecimientos: un artículo compartido casi por casualidad, un correo entre dos amigos, una conferencia un año atrás... y una colaboración que había terminado transformando por completo el rumbo de su propia investigación.
Finalmente respondió con la seriedad de quien acababa de resolver un problema matemático, pero con la comisura de sus labios curvándose apenas-. Diez mil millones por ciento culpa tuya.
Chrome tardó apenas un segundo en comprender que aquello era, viniendo de Senku, un agradecimiento disfrazado y soltó una carcajada-. Sabía que me ibas a agradecer algún día.
- No lo estoy haciendo. -Senku desvió nuevamente la atención hacia las cajas de instrumental, como si la conversación hubiera terminado allí.
Chrome negó con la cabeza, incapaz de contener la sonrisa-. Claro.
Mientras las conversaciones se sucedían alrededor de la cubierta, Senku permaneció unos pasos más atrás, observando sin intervenir. Durante el último año había conocido a Kohaku en auditorios, laboratorios y videollamadas interminables donde ambos discutían modelos matemáticos hasta bien entrada la madrugada. Siempre la había visto en espacios que, de una u otra forma, terminaban pareciéndose a los suyos, sin embargo, lo que estaba presenciando ahora era completamente distinto.
No tardó en darse cuenta de que casi todas las personas que subían al barco parecían conocerla. Saludaba al capitán por su nombre antes de preguntarle por el estado del mar, se detenía unos minutos para conversar con uno de los técnicos sobre su familia y, apenas un pescador se acercó al muelle, comenzaron a intercambiar observaciones sobre las mareas de los últimos días como si continuaran una conversación iniciada semanas atrás. Un poco más allá, Ukyo desplegaba una carta náutica sobre una mesa mientras ambos discutían las corrientes previstas para esa semana y ajustaban, casi sin necesidad de explicaciones, la ruta que seguiría la expedición.
Lo más llamativo, sin embargo, no era que conociera a toda esa gente, era la forma en que todos parecían buscarla: investigadores que se acercaban para confirmar un procedimiento antes de embarcar el equipo, estudiantes que le consultaban el orden del muestreo y técnicos que esperaban su aprobación antes de asegurar los últimos contenedores. Nadie parecía cuestionar sus indicaciones. Tampoco necesitaban hacerlo. Escuchaban, asentían y volvían inmediatamente a sus tareas con la tranquilidad de quien confía plenamente en la persona que está coordinando el trabajo.
Senku comprendió entonces algo en lo que nunca había tenido necesidad de pensar. En el laboratorio, cuando surgía una duda, las miradas terminaban inevitablemente dirigiéndose hacia él. Era él quien respondía las preguntas, quien decidía el siguiente paso y quien tenía la última palabra sobre cada experimento. Allí ocurría exactamente lo contrario: era Kohaku quien organizaba los equipos, Kohaku quien distribuía las tareas, Kohaku quien conocía el mar, a la tripulación y cada etapa del trabajo de campo con la misma naturalidad con la que él conocía un laboratorio.
Hasta ese momento, siempre había sido Kohaku quien se adaptaba a su mundo. Allí, en medio del océano, los papeles se habían invertido. Aquel era el mundo de Kohaku y él acababa de entrar en él.
Cuando el Perseo llegó finalmente al sitio de muestreo, el ambiente cambió casi de inmediato. La relajación propia del viaje desapareció y fue reemplazada por esa eficiencia silenciosa que sólo aparece cuando cada integrante de un equipo conoce exactamente cuál es su función. Las conversaciones se hicieron más breves, las cajas comenzaron a abrirse y el sonido metálico del equipo de buceo mezclado con las instrucciones de la tripulación terminó por llenar la cubierta.
Senku observaba todo apoyado contra la baranda mientras intentaba ordenar mentalmente el procedimiento que había leído tantas veces en los protocolos enviados por Kohaku. Hasta ese momento, siempre había imaginado el trabajo de campo como una sucesión relativamente sencilla de pasos: descender, recolectar las muestras necesarias, regresar al barco y comenzar el análisis. Cuanto más contemplaba el movimiento que se desarrollaba frente a él, más evidente resultaba que había subestimado enormemente la complejidad de aquella clase de expediciones.
Fue entonces cuando volvió a verla.
Kohaku había desaparecido apenas unos minutos para cambiarse y ahora regresaba vistiendo un bikini deportivo oscuro sobre el que ajustaba con absoluta naturalidad el arnés del equipo de buceo. El cabello, cuidadosamente recogido para facilitar el uso de la máscara, dejaba al descubierto un rostro donde la expresión relajada que había mantenido durante el viaje se había transformado por completo. No había prisa ni nerviosismo, sólo una concentración tranquila que parecía contagiarse a todo el equipo.
Mientras terminaba de asegurar el regulador a la botella de aire, comenzó a recorrer la cubierta distribuyendo las últimas instrucciones. Revisaba personalmente el equipo de cada pareja de buzos, corregía la posición de una correa demasiado floja, comprobaba la presión de los cilindros y respondía preguntas sin detener el paso, como si llevara años repitiendo exactamente la misma rutina. En un momento se inclinó sobre la carta náutica extendida junto a Ukyo, estudió durante unos segundos la dirección del oleaje y propuso modificar el punto de ingreso al agua para aprovechar un cambio en la corriente que ninguno de los demás había advertido. Ukyo observó el mapa, hizo un rápido cálculo y terminó asintiendo sin objeciones.
Senku esperaba encontrar a una buena bióloga marina. Lo que tenía delante era algo bastante más difícil de definir: Kohaku no sólo conocía las especies que iban a estudiar o los procedimientos de muestreo, sino que dirigía al equipo con una seguridad completamente desprovista de arrogancia, respondía dudas antes incluso de que terminaran de formularse y detectaba pequeños errores en el equipamiento con la rapidez de quien había aprendido a reconocerlos después de cientos de inmersiones. Nadie parecía sorprenderse cuando tomaba una decisión. Al contrario, los investigadores simplemente asentían y continuaban trabajando, confiando en que ella ya había considerado variables que los demás todavía no veían.
Sin darse cuenta, Senku dejó de observar el procedimiento para empezar a observarla a ella. Hasta ese momento la había conocido como la investigadora capaz de encontrar conexiones inesperadas entre disciplinas distintas, la mujer que discutía con él durante horas sobre modelos matemáticos y que llenaba los márgenes de sus artículos con anotaciones tan precisas que, más de una vez, lo habían obligado a replantearse su propio trabajo. Allí, sin embargo, estaba descubriendo una faceta completamente distinta. En el océano no era sólo una científica brillante, era, además, la persona que sostenía el funcionamiento de toda la expedición.
Una idea apareció en su cabeza con la misma naturalidad con la que habría aceptado el resultado de un experimento.
“Es buena”. Permaneció observándola apenas un instante más, viendo la facilidad con que coordinaba a un grupo completo sin levantar la voz ni repetir una sola instrucción. “No”. Rectificó inmediatamente, “es extraordinariamente buena”. No sintió la necesidad de añadir nada más, la evidencia era tan contundente que cualquier explicación resultaba innecesaria.
Desvió finalmente la vista hacia el resto de la cubierta y, por fin, dejó de observar a Kohaku para prestar atención a sí mismo. Fue entonces cuando tomó verdadera conciencia de lo incómodo que estaba: el calor comenzaba a hacerse notar incluso bajo la tenue brisa marina. La humedad volvía pesada la ropa y el movimiento constante del barco lo obligaba a corregir el equilibrio casi de manera inconsciente cada pocos segundos. A eso se sumaba el olor permanente a sal, combustible y neopreno mojado, una combinación que difícilmente habría escogido para pasar el día. Definitivamente, prefería el laboratorio… muchísimo.
Mientras comprobaba por tercera vez el contenido de una caja con instrumental (más por necesidad de mantener las manos ocupadas que porque realmente esperara encontrar algo distinto), una sombra se detuvo a su lado.
Kohaku ya llevaba la máscara apoyada sobre la cabeza y sostenía las aletas bajo un brazo. Lo observó apenas unos segundos antes de que una sonrisa divertida comenzara a dibujarse en su rostro.
- Estás bastante incómodo, ¿verdad?
Senku levantó la vista hacia ella, no tenía sentido negarlo-. Es una apreciación objetivamente correcta.
La sonrisa de Kohaku se hizo un poco más amplia-. Todavía estamos a tiempo. Puedes tumbarte y quedarte en el barco mientras hacemos el muestreo. Cuando terminemos, revisamos juntos las muestras.
Él negó con la cabeza casi de inmediato-. No vine hasta aquí para perderme la mitad del procedimiento.
Kohaku suspiró con una mezcla de resignación y diversión-. Sabía que ibas a decir eso. -Ella arqueó apenas una ceja-. No voy a convencerte, ¿verdad?
- No.
Ella sostuvo su mirada un instante más. Después dejó escapar una risa suave mientras acomodaba nuevamente las aletas bajo el brazo-. Eres muy terco.
Senku ni siquiera intentó discutirlo-. Sí.
El pequeño bote se apartó lentamente del buque principal hasta internarse sobre las aguas poco profundas del arrecife. Allí el motor se apagó por completo. Durante unos segundos sólo permaneció el sonido del oleaje golpeando suavemente el casco.
Uno a uno, los buzos terminaron de revisar su equipo. Kohaku fue la última, intercambió una rápida mirada con Ukyo, confirmó por última vez el orden del recorrido y, tras una breve indicación al resto del grupo, se dejó caer hacia atrás. El agua la envolvió casi sin hacer ruido, los demás la siguieron pocos segundos después.
Senku permaneció junto a la mesa improvisada que había instalado en la popa del bote. Sobre ella descansaban las bandejas para clasificar muestras, etiquetas impermeables, recipientes de conservación y una libreta donde iba registrando cuidadosamente la hora de ingreso de cada espécimen.
Entonces comenzó la espera.
Las siguientes horas transcurrieron al ritmo de las inmersiones. Los buzos emergían por parejas junto al bote, entregaban las primeras cajas de muestras y, tras intercambiar un par de indicaciones con Ukyo, desaparecían nuevamente bajo la superficie. Senku apenas levantaba la vista. Recibía cada contenedor, comprobaba el rotulado, registraba la profundidad de extracción y comenzaba a procesar el material antes de que el siguiente grupo volviera a aparecer.
Fue durante una de esas entregas cuando ocurrió: uno de los investigadores apoyó una caja de muestras sobre la borda mientras intentaba quitarse las aletas. El bote se balanceó con una ola más fuerte de lo habitual y el contenedor resbaló de entre sus manos. Todo ocurrió en cuestión de segundos.
La caja golpeó el borde del bote, rebotó hacia el agua y comenzó a hundirse lentamente.
- ¡Las muestras! -alcanzó a exclamar alguien.
Nadie llegó a reaccionar, sin embargo, antes de que cualquiera pudiera decidir qué hacer, Kohaku se incorporó de un solo movimiento y, sin molestarse siquiera en recuperar el equipo de buceo que acababa de dejar sobre la cubierta para descansar, se lanzó al agua vestida únicamente con el bikini deportivo.
Para cuando el resto comprendió lo que estaba ocurriendo, ella ya había desaparecido bajo la superficie, Senku dejó el cuaderno sobre la mesa y avanzó automáticamente hasta la borda. El agua volvió a quedar en calma… un segundo, tres, diez. Hasta que una silueta emergió algunos metros más allá.
Kohaku apareció sujetando firmemente el contenedor contra el pecho mientras nadaba de regreso con una facilidad que resultaba casi insultante. Alcanzó el bote en pocos segundos, entregó primero la caja a Senku y sólo después aceptó la mano que Ukyo le tendía para volver a subir.
Ella seguía de pie sobre la cubierta, todavía en bikini, con el cabello empapado pegado a la espalda y pequeñas gotas deslizándose lentamente por sus brazos. Respiraba con algo más de fuerza, consecuencia del esfuerzo de haberse sumergido sin equipo, pero en lugar de prestarse atención a sí misma, toda su concentración seguía puesta en la caja que acababa de rescatar.
- Acabas de arriesgar tu integridad física por unos frascos.
Kohaku terminó de acomodarse el cabello hacia atrás con absoluta naturalidad.- No. -Tomó nuevamente la caja entre las manos y sonrió apenas-. Por los datos.
No hubo tiempo para seguir discutiendo, apenas las muestras quedaron correctamente registradas, el equipo volvió a ocupar sus posiciones. Kohaku recuperó el regulador, revisó rápidamente la presión de la botella de aire y, tras intercambiar una breve indicación con Ukyo, desapareció una vez más bajo la superficie.
Las inmersiones continuaron durante el resto de la tarde.
Los investigadores seguían emergiendo por parejas para entregar nuevas muestras antes de volver al arrecife, mientras Senku y Chrome mantenían el improvisado laboratorio funcionando sin interrupciones. Kohaku, sin embargo, dejó de aparecer entre un relevo y el siguiente… no regresó con el primer equipo, tampoco con el segundo.
Senku consultó la hora casi sin darse cuenta, empezaba a preguntarse cuánto tiempo llevaba bajo el agua cuando, finalmente, la figura que esperaba rompió la superficie. Kohaku emergió con una energía que contrastaba por completo con las horas de trabajo acumuladas, se quitó el regulador antes incluso de sujetarse al costado del bote y aceptó la mano que Ukyo le tendía para ayudarla a subir. El cabello mojado se adhería desordenadamente a su rostro y pequeñas gotas seguían resbalando por sus brazos mientras protegía, con un cuidado casi exagerado, una bolsa impermeable firmemente apretada contra el pecho.
Ni siquiera parecía darse cuenta de que estaba completamente empapada-. ¡La encontramos!
La exclamación escapó de sus labios antes incluso de recuperar el aliento. No parecía dirigida a nadie en particular, era simplemente imposible contenerla.
Apenas dejó el equipo de buceo sobre la cubierta, abrió la bolsa impermeable con movimientos rápidos y extrajo una libreta visiblemente desgastada por el uso. Pasó varias páginas cubiertas de anotaciones hasta detenerse en un esquema dibujado a mano, todavía húmedo por las constantes inmersiones.
- ¡Era aquí! Sabía que la corriente la iba a traer hasta este sector.
Ukyo se inclinó inmediatamente sobre la libreta-. ¿Confirmaste la colonia?
Kohaku levantó la vista hacia él con una sonrisa que parecía iluminarle todo el rostro-. Y es mucho más grande de lo que esperábamos.
Los demás investigadores dejaron momentáneamente su trabajo para acercarse. Durante varios minutos el pequeño bote se llenó de coordenadas, nombres científicos, profundidades y observaciones que iban apareciendo unas sobre otras mientras Kohaku respondía preguntas, corregía un par de anotaciones y volvía una y otra vez a señalar el mismo punto del mapa con una emoción que parecía crecer con cada explicación.
Senku permaneció donde estaba. Tenía entre las manos una de las cajas recién entregadas, pero hacía varios segundos que había dejado de revisarla. Simplemente la observaba. Hasta ese momento la había conocido analizando datos, defendiendo hipótesis y discutiendo modelos matemáticos con una precisión admirable. Siempre había asociado aquella serenidad casi imperturbable con su manera de hacer ciencia.
Aquello era distinto: Kohaku estaba completamente absorbida por el descubrimiento, no porque hubiera demostrado que tenía razón, ni porque el resto del equipo alabara su trabajo, sino porque el océano acababa de regalarle exactamente aquello que llevaba semanas buscando.
La sonrisa no abandonaba su rostro. Sus manos acompañaban cada explicación con movimientos rápidos, casi impacientes, y de vez en cuando volvía a bajar la vista hacia la libreta únicamente para comprobar que las coordenadas seguían allí, como si necesitara convencerse de que aquello acababa de ocurrir de verdad.
Entonces Senku sintió una extraña sensación de familiaridad que no provenía de la escena, provenía de ella.
Había visto esa expresión antes, muchas veces… cada vez que un experimento producía un resultado inesperado, que una reacción química funcionaba exactamente como había imaginado, que un descubrimiento obligaba a replantear una teoría completa.
Sólo entonces comprendió por qué aquella imagen le resultaba tan conocida: no estaba viendo simplemente a Kohaku celebrar un hallazgo, estaba viendo a una científica enamorada de aquello que estudiaba. Y, por alguna razón que no consiguió explicar del todo, esa idea permaneció rondándole la cabeza mucho después de que el bote volviera a llenarse del silencio concentrado propio del trabajo de campo.
El viaje de regreso transcurrió con mucha más calma que la ida.
Las conversaciones se fueron apagando poco a poco a medida que el cansancio comenzaba a hacerse notar. Algunos investigadores dormitaban apoyados contra las cajas de equipo, otros aprovechaban las últimas horas de navegación para completar sus cuadernos de campo antes de que algún detalle terminara por escapárseles de la memoria.
En una de las mesas del laboratorio, Senku seguía trabajando. Clasificaba las últimas muestras con la misma concentración de siempre, revisando una por una las etiquetas antes de acomodarlas en sus respectivos contenedores.
Kohaku se acercó con una taza de café en la mano. Permaneció unos segundos observándolo en silencio antes de apoyarse distraídamente contra la mesa.
- Entonces... ¿valió la pena?
Senku terminó de cerrar uno de los recipientes antes de responder-. Sí.
La respuesta llegó con tal naturalidad que ella sonrió sin darse cuenta-. ¿Volverás?
Él levantó apenas la vista hacia ella-. Probablemente no.
Kohaku soltó una pequeña risa-. Lo imaginaba.
El silencio volvió a instalarse entre ambos mientras Senku continuaba ordenando el material. Ella ya estaba a punto de alejarse cuando él habló nuevamente, con el mismo tono neutro que utilizaba para corregir una ecuación.
- Aunque... -Kohaku volvió a mirarlo. Senku acomodó el último contenedor dentro de la caja térmica antes de continuar-. Si diriges otra expedición... avísame.
Ella arqueó una ceja-. ¿Quieres volver acá?
- No especialmente. -La sinceridad de la respuesta le arrancó otra risa.
- Entonces no entiendo.
Senku permaneció unos segundos en silencio, como si simplemente estuviera ordenando una idea-. Tus informes son buenos. -Kohaku esperó-. Pero trabajar contigo acá... -Hizo un breve gesto alrededor, señalando el mar, el laboratorio improvisado y las cajas llenas de muestras-. ...me explicó cosas que nunca aparecieron escritas.
Ella sintió que la sonrisa desaparecía poco a poco.
Senku continuó hablando sin advertir el efecto que estaban produciendo sus palabras-. Aprendí más observándote trabajar que leyendo todos los informes que me enviaste este año.
El laboratorio quedó en silencio. Kohaku lo miró durante varios segundos, completamente incapaz de encontrar una respuesta porque Senku no estaba hablando de simpatía, ni de admiración personal… ni siquiera estaba intentando hacer un cumplido.
Simplemente acababa de emitir una conclusión científica, eso... era, probablemente, el mayor reconocimiento profesional que alguien podía recibir de Senku Ishigami.
