Chapter Text
Iruka no sabía qué pensar de su situación actual. Su memoria, en el mejor de los casos, era una laguna ambigua y distorsionada donde debiese estar el viaje entre el salón del Consejo y su nueva residencia.
Llamarla así, residencia, le parecía un tanto extraño.
No le habían vuelto a vendar los ojos, pero era incapaz de conectar sus recuerdos entre sí.
Iruka se encontró, de un momento a otro, de pie frente a una tinaja de madera. El vapor se extendía desde la superficie quieta y eliminaba de él los olores ajenos.
Iruka entendió la orden. Aunque aún tenía en las manos el tierno olor de Shikamaru, todo lo demás era una incómoda mezcla de aromas desconocidos. Entendió que, para su nuevo alfa, esto era inaceptable. Dobló con cuidado la yukata qué estaba usando y retiró de forma metódica las vendas que cubrían su cuello.
Había un pequeño espejo empotrado en una de las paredes qué le permitió ver el estado de su piel. Repasó con suavidad las yemas de sus dedos contra la piel oscurecida qué encontró. Mizuki había lo había dañado menos de lo que creyó inicialmente, como antes, Iruka había exagerado su reacción. Era demasiado emocional y nunca se le grabaron del todo las lecciones de Terai-sensei sobre su comportamiento.
Se preguntó si en su nunca aún había marcas de mordeduras fallidas, si era por eso que tenía vendas para cubrirlas. Si era algo que le importara a su nuevo alfa, razonó, quizás no lo tocaría hasta que hubieses desaparecido.
Aun así, se aseguró de limpiarse con diligencia en todas partes antes de contemplar la gran tinaja. ¿Debería? Podría ser una prueba, pero también podría significar otra cosa. Iruka ya no estaba en Konoha y le aterraba equivocarse en alguna norma no escrita sobre lo que se esperaba de él.
Decidió arriesgarse.
Se sumergió hasta la barbilla y se concentró en la sensación del agua caliente contra su piel. El grifo del agua goteaba, el bloqueo en su sello hormigueaba de forma extraña y su pulso latía demasiado fuerte. La tinaja se había ubicado detrás de un biombo de madera que lo ocultaba de cualquiera que entrara a la habitación, lo que había reducido significativamente su estrés. Estrés que se disparó cuando un suave golpe en la puerta advirtió de la entrada de alguien más.
Era aquel olor húmedo y mentolado de antes. Iruka permaneció inmóvil, oyendo lo que ocurría detrás del biombo. Le pareció distinguir el roce de telas y esperó con el corazón apesadumbrado el momento en que el Alfa entrará a reclamar lo que le pertenecía. Pero no ocurrió nada. Tan silencioso como entró, el Alfa había salido.
Iruka no se permitió quedarse allí ni un segundo más. Salió de la tinaja y encontró junto a la puerta un bulto de tela desconocido y unas vendas limpias. La ropa con la que había llegado no estaba en ninguna parte.
Se vendó el cuello y se vistió con rapidez. Una yukata simple de color azul y unos pantalones tobi blancos. Se asomó por el umbral de la puerta y se mantuvo allí unos segundos antes de salir. Caminó por un pasillo de paredes desnudas hacia una extraña luz blanquecina.
Se detuvo en una puerta que daba a una estancia amplia. El Alfa sentado allí le dedicó una sonrisa e Iruka inmediatamente bajó la mirada. Su aroma, aunque de forma tenue, impregnaba toda la habitación y se extendía con libertad.
Era un hombre mayor, pero no tan mayor. Iruka le calculaba unos cuarenta y cinco y las arrugas que había logrado ver le daban una apariencia afable. Pero no podía confiarse, el Sandaime también se veía amable aquella vez que visitó el distrito de servicio. Aquel día se envió un presente al Daimyo por la boda de uno de sus hijos y tres omegas recién presentadas fueron parte de la dote de la aldea.
—Veo que la talla fue correcta —ante su silencio, el hombre continuó —. Acércate, Umino-san, bebé un té conmigo.
Comprendiendo la orden implícita, Iruka caminó hacia el pequeño cojín junto al Chabudai, justo frente al alfa. Se sentó en un seiza recto, con sus rodillas sobre el cojín. Nunca le habían permitido usar pantalones antes y la tela le resultaba tirante sobre sus articulaciones. Aunque tenía la vista fija en su regazo, ocasionalmente levantaba un poco los ojos hacia el hombre frente a él.
El alfa estaba cómodamente en posición de agura con los tobillos cruzados y sus ojos aparentemente cansados recorrían con precisión los kanjis sobre un pergamino. Sin poder evitarlo realmente, los ojos de Iruka siguieron los viejos trazos de tinta de un sello de almacenamiento, sin embargo, algo no estaba del todo bien… Alguien lo había intervenido a posterior y, fugazmente, Iruka se preguntó si aquel sello estuviera en alguien y no en algo, sentiría lo mismo que recorrían sin descanso sus corrientes de chakra; un pulso frío que entumecía la piel de su antebrazo y lo mantenía hiperconsciente de su sello bloqueado.
Apartó la vista.
En su lugar, se concentró en el cabello del alfa. En Konoha no era usual, ni bien visto, que un hombre alfa llevará el cabello largo, pero este lo llevaba con orgullo, ocultando con su cabello pequeñas vetas canosas.
Después de unos minutos en completo silencio, solo con una vibración en el aire que no podía identificar, el alfa agarró el asa de la tetera y sirvió dos vasos de té. Al moverse, sus feromonas se extendieron por el espacio cerrado e Iruka se mordió la mejilla para evitar hacer alguna mueca. El alfa se quedó con un vaso, pero le ofreció el otro a Iruka.
Su reflejo le devolvió la mirada desde el interior de la vasija de cerámica, atrapándolo. Casi temía que, si levantaba la mirada, se encontraría con los ojos del alfa, pero, al hacerlo, lo vio concentrado una vez más en el pergamino. Iruka se movió con lentitud hacia el vaso. Cuando todavía vivía al interior del distrito de servicio había oído historias de omegas que se movieron demasiado rápido en casa de un shinobi y regresaron con grandes cicatrices. Algunos nunca volvieron.
El calor de la cerámica contra sus palmas resultó agradable. Pensó que no habría daño en beber un poco, sobre todo para disminuir la sensación seca en su garganta. Dio un sorbo y se congeló.
Había algo muy raro. Había, entre las hojas amargas del té verde, una pizca ácida que se le pegaba al paladar. Iruka no pasó demasiado tiempo entrenando como catador, Terai-sensei declaró que con su comportamiento nunca llegaría a servir a alguien con un rango que necesitará un catador, pero ahora deseaba haber seguido entrenando por su cuenta. ¿Era esto veneno? Iruka no era capaz de averiguarlo.
¿Qué pasaría con sus cachorros si moría aquí y ahora?
Devolvió el vaso a la mesa con el té aún en la boca y sonrió con suavidad hacia el alfa. No podía negarse. No sin poner en riesgo lo poco que le quedaba. Tragó, y sintió el líquido descender como una sentencia. Aquel líquido bajó por su esófago y se perdió en su estómago mientras una corriente de resignación se enraizaba en su interior. Fue entonces cuando el alfa le devolvió la mirada.
—¿Todo bien, Umino-san? —Iruka reprimió el impulso de mostrarle la yugular y, sin embargo, inclinó ligeramente la mandíbula hacia su derecha—. Lamento si sabe un poco extraño, incluso con una buena limpieza el agua en Oto suele disgustar a los forasteros. Es, desafortunadamente, culpa del pantano.
Mortificado por sus pensamientos, Iruka sintió como la sangre se acumulaba con fuerza en sus mejillas y como la resignación se convertía en vergüenza y alivio al mismo tiempo.
—El té es de mi agrado —musitó —. Gracias, Alfa-sama.
—Oh, nada de eso. Eres un invitado en esta casa, puedes llamarme Sakumo, o Hatake si te es más cómodo.
—Entiendo, Hatake-sama.
Hatake-sama suspiró.
—Hablemos de lo importante ahora. En los próximos días algunos Iryo-nin y representantes del Concejo vendrán a revisar esta residencia para confirmar que tu estancia y la de los cachorros sea lo más adecuada posible. —Iruka no pudo evitar levantar la mirada ante la mención de que recuperará a los cachorros. Hasta entonces, no se había permitido sentir esperanza—. Las habitaciones del sector norte están ocupadas y las del este están clausuradas, hay un gimnasio en el oeste. Sin embargo, todas las habitaciones del ala sur están limpias y acondicionadas para visitas. Por favor, elige la que más te acomode mientras preparo la cena.
—yo puedo-
—Insisto. Entiendo que quieres colaborar, pero al menos esta noche, permíteme demostrarte mi hospitalidad.
Cuando Hatake-sama se alejó en dirección a lo que Iruka sospechaba era la cocina, la información finalmente se asentó en él. Se puso de pie y caminó por el pasillo hacia lo que su instinto señaló que era el sur. Para eso tuvo que atravesar el pasillo del ala este. Había solo dos puertas, enormes puertas, en aquel pasillo inundado por aquella luz artificial. Las señales de chakra grabadas no solo en los sellos de la puerta, sino en todo el contorno de la habitación llenaban el amplio pasillo con una estática que lo llamaba como un viejo amigo.
Iruka moría de curiosidad, pero contuvo el impulso y siguió su camino. Era una residencia amplia, incluso más grande que la que Kushina-nee-sama recibió tras su boda y le costó más de lo que esperaba llegar al sur.
Lo que pensó que era una única puerta a una habitación resultó ser la entrada de otro pasillo, esta vez un poco más angosto con lo que parecían cinco grandes habitaciones y una aún más grande en el fondo.
Iruka abrió suavemente cada una de las puertas hasta dar con una que le pareciera cómoda, si era o no la más cercana al pulso dormido del ala este, Hatake-sama no le reclamó nada cuando comentó que aposento había elegido.
Tanto el miso como el arroz de la cena compartían ese toque ácido e Iruka se obligó a comer despacio y a mostrar decoro. Bocados pequeños, silenciosos, pero era demasiada comida y al terminar sentía el estómago tenso e incómodo.
Aterrado ante la sola idea de vomitar frente a su nuevo alfa, Iruka se relajó cuando Hatake-sama se retiró de la mesa con una disculpa, dándole la libertad para retirarse también.
Aunque Hatake-sama le había dicho que era un invitado, había algo profundamente mal en no hacer nada. Antes de retirarse a su nueva habitación, Iruka se subió las mangas de su yukata y comenzó a lavar los platos. Mientras retiraba los restos húmedos de comida, se preguntó si Naruto habría vuelto a perderse, a donde había ido en primer lugar. Si Shikamaru había logrado dormir sin su olor. Si los más pequeños... No se permitió terminar el pensamiento. No podía permitirse el lujo de romperse ahora.
Volvió a su habitación con las manos frías y enrojecidas, casi tan gélidas como el sello de su antebrazo.
Ya en su habitación extendió el futón lo más cerca que pudo del chakra en las paredes. Solo en ese momento, cuando se disponía a fingir dormir, descubrió que no sabía cómo apagar esa extraña luz. En Konoha bastaba con apagar el gas de las lámparas y soplar las velas, pero aquí aquella antinatural luz blanca dominaba cada rincón y se extendía desde un punto alto sobre su cabeza.
No supo cómo detenerla.
Se acurrucó con la espalda en la pared y los ojos fijos en la puerta, agudizando sus oídos para intentar distinguir algo más que la continua vibración qué, después de analizarla un rato, no podía atribuir a los sellos de la pared sino a la fuente de luz sobre su cabeza. Esperaba que en cualquier momento el Alfa entrará a reclamar su cuerpo. Al fin de cuentas, el secuestro lo había convertido en botín de guerra, tal como había ocurrido con innumerables omegas antes que él.
Pero no pasó.
Incapaz de discernir entre el día y la noche, no supo realmente en qué momento lo venció el cansancio ni mucho menos a qué hora era cuando un suave tarareo al otro lado de la puerta lo despertó.
Fue como pulsar un botón de adrenalina. De un momento a otro se encontró de pie junto al futón y con el pulso palpitante en sus oídos. Al hacerlo, el tarareo se detuvo.
Tras unos segundos de silencio, un suave golpeteo contra la puerta le crispó los nervios. Iruka permaneció allí, como si sus pies se hubieran fundido contra el tatami, esperando que la puerta se abriera. Y, sin embargo, no pasó. Si no fuera por la tenue sombra entre las grietas de la madera, Iruka hubiera supuesto que quien quiera que estuviese afuera se había ido, en cambio, se quedó esperando afuera.
Sin realmente saber qué hacer, Iruka se aclaró la garganta y le permitió entrar.
La puerta shoji se abrió con suavidad e Iruka tuvo que bajar la mirada para ver de quien se trataba. Lo que vio fue a una mujer menuda arrodillada frente a él.
—Es bueno verlo despierto, Umino-sama —comenzó—. Hatake-sama tuvo que ausentarse en la mañana, sin embargo, tengo instrucciones de ayudarlo en lo que necesite. ¿Dónde prefiere que le sirvan el desayuno?
Iruka no supo qué decir. Su mente se detuvo cuando el sama fue usado junto a su apellido, ¿qué significaba eso? ¿En qué lo convertía aquello? ¿En quién? Abrió y cerró la boca varias veces, con la vista fija en el uniforme samue verde de la mujer, preguntándose si aquello realmente estaba pasando.
¿Cómo podía explicarle a esta mujer que la cena de anoche había sido suficiente? Aún podía sentir cómo su cuerpo hacía un esfuerzo por digerir la gran cantidad que le dieron después de sus días de inanición producida por su celo de protección latente. Incluso en Konoha no acostumbraba a comer tanto, sin embargo, sus pensamientos fueron asaltados por las manos de Shikamaru en su pocillo y en como esperaba verlo dar un bocado antes de comer el suyo propio.
—En la cocina está bien… —finalmente dijo.
La mujer se retiró antes de que Iruka pudiera preguntar por su nombre. Incapaz de hacer algo más, Iruka trato de seguir el camino hacia la cocina. No era especialmente grande en relación a lo poco que había visto de la casa, pero tenía una encimera amplia y una gran fogón central que mantenía una temperatura agradable y familiar. Moviéndose entre uno y lo otro, encontró a la mujer tarareando una vez más mientras servía una pequeñísima porción de arroz en un pocillo junto a un plato exponencialmente más grande de miso.
La forma en que se movía en la cocina, rápido y sin cuidado puso a Iruka en alerta. Al parecer, ella tampoco había comido hasta entonces, porque al momento de servir otro plato de miso Iruka vio cómo la manga de su samue se soltaba. Sin realmente pensarlo, agarró a la mujer y la empujó hacia atrás, lejos del fogón. Eso debió haberla sorprendido, porque al segundo siguiente un golpe rompió el silencio.
Iruka la soltó y bajó la mirada mientras su mejilla comenzaba a arder. Por segunda vez, su cerebro falló en procesar los hechos. Ligeramente conmocionado levantó la vista cuando una punzada de pánico apareció y desapareció con velocidad. Frente a él, la omega, porque su aroma era innegablemente de una, retorcía las manos frente a su pecho.
—Lo… ¡Lo siento mucho! Me sorprendió y eso, eso no es excusa, ¡por favor perdóneme!
Iruka extendió sus propias manos para sostener las de ellas mientras trataba de hilar sus pensamientos.
—No se preocupe… —Justo cuando Iruka le iba a preguntar por su nombre, un grito en la sala principal los asustó a ambos.
—¡Estoy en casa! —Hatake-sama cruzó por el pasillo, deteniéndose en el umbral de la cocina. —¿Pasó algo, Usagi-chan?
—Yo golp-
—No ocurrió nada, Hatake-sama, discúlpenos —Iruka se paró junto a la omega, Usagi, aunque eso lo acercará más al fogón. Fue incapaz de mirarlo a los ojos, pero se mantuvo firme, preparado para arrodillarse de ser necesario, hasta que Hatake volvió a hablar.
—Ya veo. Volveré a salir dentro de poco, Usagi-chan, por favor prepara todo para los iryo-nin del Concejo.
—Hai, Hata—el alfa frunció el ceño y las palabras de Usagi murieron en su boca. —Sakumo-san…
Cuando Hatake-sama se había ido de nuevo, los dos se sentaron uno frente al otro en silencio en la pequeña mesa en un rincón.
—Realmente lo siento Umino-sama.
—Por favor —Iruka bajó la mirada hacia su cuenco de miso—. No use el sama conmigo. Solo soy un omega de Konoha.
—Entiendo, —Usagi inclinó la cabeza y, aunque su tono era respetuoso, Iruka captó un ligero matiz decepcionado en su voz mientras jugueteaba con el cordón exterior de su samue. Era un gesto tan familiar que Iruka no pudo evitar pensar en las pocas veces que ha tenido que regañar a Hinata. Aunque Usagi parecía tener la misma edad que él, de alguna forma su uniforme la hacía ver físicamente más pequeña. —Gracias por protegerme, pero, si puedo preguntar, ¿qué lo hizo creer que estaba en peligro?
Iruka tardó un momento en responder. Dio un sorbo a su miso, considerando sus palabras mientras el calor comenzaba a extenderse por su pecho. Al levantar nuevamente la vista, sus ojos se posaron brevemente en la nuca de Usagi cuando acomodó su cabello castaño hacia un lado. Casi no podía verla debido al ángulo, pero sobre la tela de su samue se podía ver una marca de apareamiento aun rosada, un vínculo reciente.
—En Konoha… —comenzó inseguro si hablar más o no. Su pausa se alargó lo suficiente para que Usagi se inclinara hacia él con curiosidad, realzando aún más su marca. — Si la servidumbre ignora los rangos, la envían de vuelta a entrenamiento. No suele terminar bien.
—¿Entrenamiento? —Usagi arrugó la nariz, como si la palabra le supiera mal. El movimiento hizo que el cuello del samue se deslizó apenas, e Iruka vio que la tela era demasiado ancha para sus hombros, como si perteneciera a alguien de contextura más grande—. ¿Para servir? ¿Cómo cocinar y cosas así?
Iruka asintió. Era más complicado que eso, pero no era común para él hablar de estas cosas. No cuando alguien podría entenderlo como rebeldía y encerrarlo otra vez en una habitación de aislamiento.
—Sí, entre otras funciones.
—¿Y aquí no funciona así? —preguntó Iruka, curioso.
Usagi se encogió de hombros con despreocupación, como si la pregunta apenas mereciera atención.
—No realmente. Pero todos recibimos entrenamiento básico de combate. No tenemos suficiente chakra para usarlo ni para sentirlo, pero a los civiles nos enseñaron a defendernos. —Soltó una risa breve. —Por si acaso.
Lo dijo con tanta naturalidad que Iruka se quedó sin palabras. Escuchar algo así, como si hablara de algo sin importancia, se sintió como una estocada a una parte de sí mismo que pensó que había muerto con su ceremonia de asignación. En Konoha, a los civiles no se les enseñaba nada. Los omegas, menos. La idea de que alguien como Usagi, una omega civil, pudiera haber recibido instrucción para defenderse... era tan ajena a su experiencia que su mente simplemente no encontró dónde encajarla.
Usagi, por su parte, no pareció notar su desconcierto. Se limitó a ajustarse el samue, que se le había subido un poco en los hombros, y continuó como si nada.
—Sakumo-san dijo que buscaba a alguien que pudiera ayudarte con los cachorros, y pensé que era mi oportunidad. Para mostrar compromiso con la familia, y para ganar algunos ryo extra. Yoru gana bien, de verdad, pero hay pocas tareas que un civil pueda hacer en una aldea shinobi con este clima de guerra continua.
Usagi se rio de nuevo, pero esta vez fue más suave, casi tímida.
—Este samue es de mi abuela, ¿sabes? —dijo, alisando la tela con las palmas—. No he tenido tiempo de hacerme uno nuevo. Espero tener uno de mi talla pronto, pero... bueno, la guerra no espera, y las buenas telas se venden a los comerciantes extranjeros.
Iruka la escuchó sin interrumpir. Había algo en la forma en que Usagi hablaba, en la naturalidad con que mencionaba la guerra, el trabajo, su esposo, su familia, que lo desarmaba. En Konoha, los omegas no hablaban así. No tenían opiniones. No tenían trabajo. Un omega no podía hablar libremente con otro sin que los acusaran de conspiración. Y desde luego, no recibían entrenamiento para defenderse.
Si no fuera por la iniciativa de Kushina-nee-sama, Iruka jamás hubiera aprendido a usar el Kusarigama de su padre… Incluso con un arma, Iruku había terminado en Oto y aquel regalo en el subsuelo de la guarderia…
Abandonó esa línea de pensamiento y se concentró en Usagi.
—¿Tú eliges trabajar aquí? —preguntó Iruka, y la pregunta salió más directa de lo que pretendía.
Usagi parpadeó, como si la pregunta fuera extraña.
—Pues... sí. No es obligación, pero Yoru y yo necesitamos el dinero. Y yo necesito sentir que hago algo útil. —Se inclinó un poco hacia adelante, y su voz bajó de tono, como si compartiera un secreto. El samue se le abrió apenas en el cuello, e Iruka vio de nuevo la marca de apareamiento, ahora más clara: un mordisco limpio y bien cicatrizado, que hablaba de un vínculo reciente y consentido—. Además, Sakumo-san paga bien. Y no es un alfa difícil. De los que se creen dueños de todo.
Iruka no supo cómo responder a eso. Iruka no supo cómo responder a eso. La idea de que un alfa pudiera ser "no difícil" le resultaba tan extraña que no encontró dónde encajarla. Para él, los alfas simplemente eran así. Exigían. Esperaban. Tomaban. No era una cuestión de ser difíciles o fáciles, era el orden natural de las cosas. El agua moja, el fuego quema, los alfas hablan, los omegas obedecen.
Usagi debió notar su silencio, porque cambió de tema con una ligereza que Iruka encontró admirable.
—¿Y los cachorros? —preguntó, y su voz se suavizó. El samue se le resbaló de nuevo, y ella lo ajustó con una paciencia que sugería que ya estaba acostumbrada a luchar con la tela—. Dijiste que cuidabas de ellos en Konoha. ¿Cómo son?
Y algo en Iruka se aflojó.
—Son... —buscó la palabra. —Son buenos. Todos muy distintos.
—Cuéntame.
E Iruka, que no había tenido a nadie con quien hablar de los cachorros desde que llegó a Oto, sintió que las palabras se le escapaban sin permiso.
—Naruto es el más ruidoso. Siempre está corriendo, preguntando, tocando todo. Es un Uzumaki, y se nota. —Usagi sonrió, y eso animó a Iruka a continuar. —Shikamaru es su opuesto. Observa, piensa, y solo habla cuando vale la pena. Ino es... intensa. Sabe lo que quiere y no tiene miedo de pedirlo. A veces creo que es más alfa que algunos alfas que he conocido.
Usagi rió, una risa genuina que llenó la cocina.
—¿Y los otros?
—Choji es tranquilo y generoso. Siempre comparte su comida, aunque no sobre. Hinata es tímida, pero tiene una fuerza que no se ve a simple vista. Neji cuida de los demás como si fuera su responsabilidad. Hanabi es pequeña, pero ya tiene una voluntad férrea. Y Konohamaru... —Iruka se detuvo, luchando con el nudo que se había instalado en su garganta—. Konohamaru es el más pequeño. Pero también el que más se aferra cuando tiene miedo.
Usagi lo miró con una expresión que Iruka no supo descifrar. La luz de la cocina caía sobre su cabello castaño, y por un momento Iruka vio cómo el samue holgado se le ajustaba mal en los hombros, cómo sus manos se movían con una familiaridad que hablaba de trabajo duro y de resignación.
—Los quieres mucho.
No fue una pregunta.
Iruka abrió la boca para negarlo, para decir que solo hacía su trabajo, que solo cumplía con lo que se esperaba de él. Pero las palabras no salieron, en cambio lágrimas calientes comenzaron a caer por su rostro.
Asintió mordiéndose el labio inferior.
—Sí —dijo, y su voz apenas fue un susurro—. Los quiero.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue cálido, como la cocina, como el miso que aún humeaba frente a ellos. Usagi no le reclamó por sus lágrimas, no dijo nada, en cambio, sostuvo su mano sobre la superficie lisa de la madera mientras Iruka trataba de no ahogarse.
Al cabo de un rato, cuando Iruka pudo respirar de nuevo, Usagi le sirvió un poco de té, y el movimiento hizo que la manga del samue se le resbalara de nuevo. Esta vez no la ajustó. Se quedó así, con la tela holgada y los puños enroscados en sus brazos. Esa falta de pulcritud, esa comodidad, fue acompañada por una suave fragancia floral que lo envolvió como una manta. Lo consolaba.
