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from eden

Summary:

Todo el mundo conoce sus libros, sin embargo, nadie conoce al hombre que los escribió.

Tras años de entrevistas por mail, fotografías borrosas y un anonimato celosamente guardado, Pablo regresa a Buenos Aires en busca de unas semanas de tranquilidad. En cambio, se encuentra con una librería de estanterías rebalsadas, un café excelente y un dueño que lleva años siendo un gran admirador de sus novelas, y que, sin darse cuenta, le está hablando al propio autor.

O: Pablo es un escritor fantasma que termina en la librería de Lionel e inevitablemente se enamora.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter 1: where to begin?

Chapter Text

Hacía años que Pablo Aimar se había vuelto un escritor de renombre a nivel internacional. Quién diría que aquel libro que fue escribiendo en sus ratos libres cuando vivía en Río Cuarto iba a llevarlo a lo más alto. Sin embargo, a pesar de su fama, estaba la ironía de que nadie lo conocía. En todas partes la gente especulaba quién se ocultaba detrás del nombre “P. C. Aimar”, llegando al punto de inventar falsas identidades. Aun así, la verdad era que ninguno de ellos sería capaz de reconocerlo incluso aunque estuviera en frente de sus narices. Esto se debía a que, desde un primer momento, él había decidido mantener su identidad bajo anonimato. No había fotos de él en el interior de sus libros, ni circulado por internet, ni siquiera alguna in fraganti tomada por algún fanático porque, simplemente, nadie sabía como lucía. Ni siquiera los críticos de literatura cuando reseñaban sus libros sabían a qué nombres correspondían las siglas PC. La única información disponible sobre él que poseían era su apellido y su nacionalidad. Pero, en cuanto a su apellido, este era lo suficientemente normal en su país que hacía imposible unir los puntos y encontrar su verdadera identidad. Y, con respecto a su nacionalidad, si bien el público sabía que era Argentino, nadie sabía exactamente de qué parte del vasto territorio él era nativo. 

Estaba eternamente agradecido a sus lectores por disfrutar de sus libros, pero también sabía que nunca cambiaría su privacidad por un par de autógrafos. El anonimato había sido su refugio durante años. Le permitía observar el mundo desde la distancia, escuchar conversaciones ajenas, caminar entre lectores que discutían sus novelas sin imaginar que el autor estaba a pocos pasos. Siempre había encontrado historias en esos pequeños momentos cotidianos. Esta vez, sin embargo, ni siquiera eso bastaba.

No era la primera vez que un bloqueo creativo amenazaba con instalarse, pero sí la primera en la que ninguno de sus métodos habituales parecía funcionar. Había probado cambiar de rutina, escribir de madrugada, abandonar el manuscrito durante días enteros y volver a él con la esperanza de encontrar algo nuevo. Incluso había viajado, convencido de que un paisaje distinto despertaría las ideas que llevaba semanas buscando. Nada. Cuanto más se esforzaba por escribir, más insoportable le resultaba la página en blanco.

En medio de este bloqueo creativo, Pablo tomó el primer vuelo a Buenos Aires. Para cualquiera que lo conociera, la decisión habría parecido absurda. Nunca se había considerado un hombre de ciudad; prefería los lugares tranquilos, el silencio y el ritmo pausado de los pueblos. Entonces, ¿qué hacía instalándose en medio del caos porteño? Bueno, si una ciudad que había albergado a escritores como Borges no lo sacaba de su bloqueo, entonces no sabía que iba a hacerlo. 

Aunque, una versión menos dramática diría que viajó a Buenos Aires porque Román, su mejor amigo, y manager, de toda la vida vivía allí. 

En meses nada de lo que plasmaba sobre el documento en blanco de su computadora le despertaba el fuego interno que lo impulsaba a seguir escribiendo. Parecía que la imaginación que había tenido para sus dos libros anteriores se había esfumado en el éter. Esto lo hacía sentirse más inseguro de su capacidad como escritor de lo que ya se sentía. Entonces, una noche desesperado llamó a su mejor amigo y le confesó sus miedos entre suspiros y temblores.

—Pablo, primero que nada, respirá —habló Román con voz suave por a través del celular—. Estás tan exaltado que te entendí la mitad de las cosas.

—Disculpa, no podía dormir porque hace tres horas que estoy sentado mirando la pantalla y no escribí una chota —exclamó el cordobés al borde de un ataque.

—Payito, decime cuándo te sirvió a vos sentarte ahí por horas para desbloquearte. Nunca —afirmó el bonaerense y Pablo tenía que concederle la razón—. Te tenés que relajar un poco.

El cordobés se contuvo de largar un comentario sarcástico ante la obviedad que había planteado su amigo. Al fin y al cabo, no estaba molesto con él sino más bien consigo mismo que, además de no poder escribir, al parecer, tampoco se permitía descansar. 

—Ya sé, Román, pero del dicho al hecho hay un largo trecho —contestó con un suspiro cansado. 

—Como te encantan las frases de viejo a vos, eh —afirmó tratando de hacer reír a Pablo, lo cual logró— Mirá ¿por qué no te venís unos días para acá? Yo sé que a vos no te gusta la ciudad y que cuando querés escribir te vas bien a la concha de la lora donde ni señal de teléfono tenés —empezó logrando sacarle otra risa a su amigo—, pero por ahí esta vez te serviría hacer un giro de ciento ochenta y probar algo diferente. Mirá que la ciudad de la furia también puede ser inspiradora —finalizó con tono tentador como si Buenos Aires fuera una casa y él el agente dando su mejor oferta. 

—No hacía falta que le hicieras plagio a Cerati para hacerlo sonar tentador —replicó con una sonrisa en la cara Pablo, a quien la propuesta ya había tentado. 

—Pero ¿te convencí o no te convencí? —preguntó el bonaerense aunque ya sospechaba la respuesta.

—Mañana salgo para allá —contestó sin querer pensarla mucho más.

Pablo siempre se manejaba en extremos. O pasaba días pensando su porvenir, o tomaba una decisión impulsiva, precisamente para evitar que la indecisión se lo comiera. 


Eran las cinco menos cuarto de la tarde en la ciudad de Buenos Aires y Lionel Scaloni estaba en la puerta de El Edén, librería de la que era dueño. Desde que era joven y empezó a surgir su amor por los libros quiso tener un lugar dedicado a ellos que la gente también pudiera disfrutar. Sin embargo, no quería tener solo una librería, quería algo más acogedor que invitara a la gente a quedarse un rato más entre los libros. Entonces, luego de años de esfuerzo y trabajo, pudo poner su su café literario. En resumidas cuentas, el local funcionaba como un lugar al que la gente podía ir a tomar algo, como también sentarse en algún sillón a leer el libro sin necesidad de comprarlo, pero donde también se ofrecía un espacio dedicado a la compra.

El Edén en sí era bastante acogedor y cálido. Al entrar estaba la sección de la cafetería, en la derecha se encontraba una isla que funcionaba como mostrador y separador entre la confitería y la cocina. En la primera mitad, había mesas de madera distribuidas por todo el frente del local, junto a la vitrina con las tartas y tortas del día. Al pasar aquella sección, había tres pequeños escalones que desembocaban a la parte de la biblioteca, esa región era la más espaciosa, ya que además de albergar los libros tenía sillones esparcidos en lugares estratégicos para no molestar a la gente que paseaba por los pasillos, pero lo suficientemente cómodo para que puedan sentarse a leer con buena luz y comodidad.

Lionel amaba aquel lugar, lo sentía más como su hogar que su propia casa. Le fascinaba atender a la gente que venía a consultarlo por libros, y, tal vez, saber que con una recomendación podría abrirle las puertas a alguien más a ese mundo. Más que mal, era licenciado en Lengua y Literatura, de una forma u otra siempre estuvo en contacto con ese universo. Incluso, antes de tener su local, había trabajado para una universidad como profesor de literatura argentina. 

Por otra parte, en El Edén también había encontrado una especie de familia conformada por los chicos que había contratado en sus primeras semanas teniendo el local. En un principio, algunos amigos de Lionel le habían dado una mano con la cafetería hasta que encontrara gente más capacitada para hacerlo, y así fue como Lisandro y Cristian terminaron trabajando como cocineros en su café. Ambos eran estudiantes de gastronomía, quienes consiguieron el trabajo para poder pagar los gastos de su carrera. Al poco tiempo, un amigo de ellos de la facultad, Nahuel, apareció como tercer cocinero que algunas veces terminaba también atendiendo la caja o ayudando a los meseros, Julián y Enzo, quienes fueron los últimos en ingresar. Ellos no tenían absolutamente nada que ver con el ambiente de los libros o la comida. Ambos estudiaban para ser periodistas deportivos y necesitaban un trabajo para poder mantener su estadía en Buenos Aires cerca de la facultad. 

Ese día Cristian había llegado poco después de que Lionel abriera el local. De todos él siempre fue el más puntual. Sin embargo, hoy habría deseado llegar más tarde, porque ese día entraban las provisiones de comida y le iba a tocar acomodar todo. Motivo por el cual, en aquel momento, la cocina estaba repleta de bolsas, paquetes y cajas por todos lados. Romero odiaba tener que acomodar.

—Cuti ¿qué onda, hermano? —habló Lisandro apenas entró a la cocina—. Es un desastre acá y todavía no empezaste a preparar nada.

—¿Vos me viste cara de flash? Recién entran las provisiones —le respondió Cuti un poco de mal humor que acentuaba su tonada cordobesa—. De paso me podrías ayudar.

—Recién llego y ya me querés poner a laburar —replicó el entrerriano molestandolo, pero haciendo lo que le pidió.

—Y, es lo que generalmente se hace cuando entrás al laburo, viste —rebatió todavía con tono malhumorado.

—¿Hoy te despertaste medio descansero o me parece? —interrogó Licha todavía con ganas de joder a su amigo.

—Te parece —respondió simple el otro con tono neutro.

—Dejalo, si ya sabes que lo pone del orto acomodar la cocina —dijo una nueva voz que apareció por la puerta.

Nahuel siempre era el último en llegar de ellos tres. No es que llegara tarde, porque todos tenían ingreso a las cinco, sino más bien que sus amigos se excedían en puntualidad.

—Saltó la langosta —habló Cristian— ¿No tenés una caja que atender vos?

—¿Ves gente a la que le pueda cobrar algo? —replicó el otro cordobés levantando una ceja.

Y tenía razón, el local estaba vacío cuando recién abrían. Nadie llegaba justo a esa hora.

—Uh, te cerró el orto —aportó Licha riendo mientras le levantaba un pulgar a su amigo como diciendo bien ahí, gesto que le provocó una carcajada al otro por lo infantil que se veía.

—Sí, y a vos te voy a pegar en el orto si no te pones a guardar las cosas —finalizó Cuti con una amenaza que ninguno se tomó en serio.

—Como te gusta la violencia, eh —dijo el entrerriano volviendo a su trabajo a la par del cordobés que le tiró el pelo cuando pasó cerca.

—¿Ya están peleando ustedes dos? —una nueva voz apareció por la entrada, con mirada divertida hacia la escena que tenía enfrente.

—Uh, éramos pocos y llegaron estos —habló Cristian con desagrado, aunque todos sabían que no era verdadero.

—Hoy le toca acomodar las nuevas provisiones —comentó Molina dando una explicación del humor de su amigo.

—Bueno, yo ya te dije que si te jodía tanto, te cambiaba el lugar y vos ibas de mesero —aportó Enzo, quien se arrepintió al instante al ver el estado de la cocina.

—Enzo, no sabes freír un huevo vos —replicó Julián que venía a su lado.

—Se asusta el muerto del degollado —rebatió el morocho provocando que sus compañeros se rían.

—¿Y si hoy cambiamos los roles? —saltó Nahuel después de que el comentario de su compañero le diera una idea.

—¿Eh? —exclamaron los cuatro restantes en unísono.

—Que cocinen Enzo y Juli y ustedes sirven —explicó como si fuera el mejor plan del año.

—¿Vos querés que Scaloni nos pegue una patada en el orto? —habló Licha pensando internamente este pibe está mal de la cabeza.

—¿Qué yo le pegue a quién qué? —interrogó una voz más madura haciendo sobresaltar a todos.

Si bien Lionel había sido el primero en llegar, se había encaminado directo hacia la sección de la biblioteca para encender las luces y organizar un poco el lugar. Cuando volvió al frente del local encontró a todos juntos en la cocina y decidió pasar a saludarlos, solo para encontrarlos en una parte media inoportuna de la conversación. Se podría preocupar por lo que había escuchado, pero, después de tanto tiempo, ya los tenía calados y sabía que seguro estaban hablando de alguna cagada que se querían mandar.

—¿Qué decís de Enzo y Julián como cocineros? —le comentó Nahuel sonriente.

—Pero si Enzo no sabe hervir agua —dijo con simpleza.

El santafesino tuvo que contener la risa cuando vió a Enzo mirarlo con cara de traicionado por haber provocado una risa conjunta en sus compañeros.

—Cuti, es un desastre la cocina —agregó haciendo que vuelvan a reír y ahora ganándose una mirada indignada por parte de Cristian.

—Siempre Cuti esto, Cuti lo otro, pero ¡Licha también es cocinero! —se quejó mientras volvía a su trabajo de organizar las provisiones.

—Licha, es un desastre la cocina —comentó en broma Scaloni para equiparar la balanza.

—Sí, jefe, ya le dije al Cuti, pero no me hizo caso —le siguió la joda el entrerriano.

—Algún día de estos me van a ver presentando la renuncia —exclamó el cordobés señalando con el dedo, gesto que se traducía como: miren que lo voy a hacer.

Como era de esperarse, nadie le creyó y continuaron con sus respectivas tareas.

Julián y Enzo eran los que preparaban la zona de la cafetería junto con Nahuel, quien se ocupaba más de tener la computadora en orden y acomodar la parte del mostrador, mientras que los otros dos eran quienes organizaban las mesas y las tartas que le iban pasando Cristian y Lisandro para poner en la vitrina. Los últimos dos, por lo menos los lunes, primero se encargaban de acomodar las provisiones y después comenzaban con la cocina. Todas las semanas cambiaban el menú del día, así no se aburrían de cocinar siempre lo mismo.

El local ya tenía todo preparado y, ya casi como rutinario, a eso de las cinco y media comenzaba a llegar gente y cada uno estaba más que concentrado en sus tareas. Era un lugar bastante concurrido incluso en días de semana. Había gente que lo frecuentaba casi cotidianamente al punto de que los chicos ya conocían sus nombres y las órdenes típicas. También llegaba gran cantidad de turistas, en especial durante la temporada de invierno y verano quienes usualmente venían por recomendación de los locales. 

Lionel era el único que no tenía un puesto fijo, si bien, en teoría, era el encargado de la librería, en realidad, él se paseaba por todo el lugar. De a ratos estaba en la parte de los libros, aunque también era usual verlo con Nahuel en la caja ayudando al muchacho en los días donde se necesitaba más de un par de manos para atender a toda la gente.

Aquel Lunes no era un día de esos. El local andaba bastante tranquilo, un par de personas sentadas en las mesas de la cafetería y algunos pares más dando vueltas por la biblioteca. Lionel esa tarde rondaba por la sección de la librería acomodando algunas reposiciones que habían entrado. Dando vueltas por los estantes, acomodando un par de cosas que veía fuera de lugar, encontró a un hombre negando con la cabeza en frente de los libros de P. C. Aimar.

El hombre en cuestión era más bajo que él, tenía pelo castaño con rulos y barba de pocos días. Andaba con una bermuda de jean y una remera de los Rolling Stones y por algún motivo Scaloni sintió la necesidad de hablarle.

—Disculpa ¿te puedo ayudar en algo? —ofreció con tono gentil y suave para no sobresaltar al otro.

—Gracias, andaba viendo nomás —le respondió con una sonrisa suave. 

Pablo no había entrado con la idea de conversar con nadie, pero cuando levantó sus ojos hacia la voz que le había hablado, hubo algo en la mirada de aquel pelinegro que le dió ganas de seguir hablando. 

—Me quedé sorprendido de que haya tantos libros de este autor por acá —comentó señalando con la cabeza al estante que tenía enfrente. 

—Asumo por ese tono que no sos uno de sus fanáticos —habló divertido Scaloni al escuchar la voz de desprecio que había puesto el hombre nuevo.

—Lejos de serlo —replicó poniendo una mueca de asco—. Honestamente, no sé qué le ven a sus libros.

—A mi me parecen excelentes —rebatió Lionel decidiendo ser honesto.

—¿De verdad? —preguntó el más bajo sorprendido ante dicha afirmación.

—Me parece que tiene una forma única de expresar las emociones humanas —aclaró justificando su postura—. Además, de los autores contemporáneos, debe ser uno de los que mejor maneja el flujo de conciencia. 

—¿No estarás exagerando mucho vos? —interrogó incrédulo por lo que estaba oyendo— ¿Sos fanático de él? 

—No sé si te diría fanático como tal. Simplemente me gustan sus obras —afirmó con simpleza—. Y, respondiendo a tu primera pregunta, no creo estar exagerando. Realmente tiene buen manejo de las palabras.

Aquellas aseveraciones lo habían sorprendido a Pablo. El hombre que tenía parado en frente suyo estaba defendiendo su trabajo con argumentos que sonaban sólidos. Te los vendía como una verdad, como algo que se podía notar a simple vista. A lo largo de su carrera escuchó a mucha gente hablar sobre sus libros, tanto de forma favorable como desfavorable, mas ninguno lo había atraído como lo estaba haciendo ese hombre.

—Para mí es bastante tedioso —admitió Pablo.

Sabía que estaba bastardeando su propia obra. Sin embargo, para él, quien era demasiado crítico consigo mismo, algunas veces esa era la verdad.

—¿Por qué? —exclamó el más alto con un tono indignado, como si le ofendiera personalmente.

—Algunas veces siento que se le va la mano con el sentimentalismo, sumado a que deja los finales siempre abiertos —argumentaba sabiendo que había más fallas en su trabajo, pero que si entraba en detalle iba a parecer sospechoso—. Para mí eso ya es un problema. No puede ser que nunca le de un verdadero final a nada. 

—Desde mi punto de vista, eso que ves como defecto es lo que lo hace destacar —contrarrestó Lionel, volviendo a sorprender al contrario—. Yo no le diría sentimentalismo a lo que escribe. Me parece que en realidad logra plasmar con mucha naturalidad la complejidad del ser humano. Y con respecto a los finales, a mí parecer, está bien que sean abiertos. Ese dejo agridulce que te deja va en concordancia con el estilo del libro. 

—¿Trabajas acá nomás o haces algo más? —interrogó el más bajo, sospechando que aquel hombre tenía que ser crítico de libros o algo relacionado a su mundo.

—Soy el dueño del lugar —le respondió un poco confundido por el cambio de tema—. También soy licenciado en lengua y literatura, solía dar clases en la universidad. 

—¿Licenciado en lengua y literatura? —exclamó con asombro— ¿Y defendés a capa y espada a Aimar? Estoy sorprendido.

—¿Por qué tanta sorpresa? —le replicó alzando una ceja en señal de que le parecía exagerada la reacción.

—Es que me imagino que a lo largo de tu carrera seguro te tocó leer a los más grandes de la literatura y que después de todo eso halagues a Aimar me impacta —confesó con suavidad, tratando de borrar la emoción que lo había inundado un momento atrás.

—Hay clásicos que me costó terminar porque me parecían un bodrio —argumentó Lionel sacándole una risa al cordobés—. Además, comparar a autores contemporáneos con clásicos no tiene ningún tipo de sentido. El tiempo los pone en ese lugar y Aimar recién lleva unos añitos. ¿No te parece un poco adelantado querer sacarlo de la cancha tan pronto? 

—Mirá que los cambios te pueden salvar el partido —contrarrestó el cordobés haciendo sonreír al pelinegro. 

—No creo que dejar a Aimar en el banco le haga ningún bien a la literatura contemporánea —sostuvo Lionel que estaba dispuesto a hundirse con ese barco. 

A Pablo no paraba de sorprenderlo que el otro hombre hablara tan bien de sus obras, en especial cuando no se declaraba a sí mismo como fanático suyo. Y, para el colmo del alma autocrítica de Aimar, el pelinegro era bastante objetivo en su lógica. Si era honesto, estaba magnetizado con el desconocido que tenía parado enfrente quien seguía mirándolo con una profundidad atrayente. 

—Bueno, menos mal que no dirigimos a ningún equipo porque me parece que nunca nos pondríamos de acuerdo —argumentó Pablo después de un breve silencio. 

—Algunas veces está bueno tener diferentes opiniones en el equipo, eh. 

Aimar se rió ante el comentario y negó con la cabeza entretenido. Que porfiado, por favor. Tratando de ser disimulado, y probablemente fallando en el intento, le hizo un paneo general. No podía negar que le parecía atractivo lo que veía. Si se lo hubiera cruzado fuera del contexto de la librería, nunca habría pensado que era un licenciado en literatura, más bien se habría inclinado hacia algún deporte. ¿Le gustaran los hombres? Al instante de haberse preguntado aquello, el cordobés se dió cuenta que su mente estaba desvariando en cosas sin sentido y que no le había respondido nada a lo último que había dicho. 

—¿Cómo te llamas? —preguntó Aimar sin poder contener la curiosidad. 

—Lionel Scaloni —respondió rápido el otro conteniendo una sonrisa chamuyera— ¿Vos cómo te llamas?

—Pablo.

—¿Pablo sin apellido? —comentó el más alto. Sabía que no tenía necesidad de preguntar por un apellido, pero había una punzada que le pedía más información. Sentía que era necesario acordarse del nombre completo de aquel hombre. 

Por otro lado, aquella pregunta común y corriente que podría haberla dicho cualquiera, lo puso nervioso de sobremanera a Pablo. Sabía que, obviamente, él no era el único Aimar de toda Argentina, que podría decir su nombre real y no tendría que levantar sospechas, pero tampoco quería jugar con fuego. No estuvo tantos años conservando el anonimato para que ahora algún desconocido ate los cabos y pueda develar su identidad verdadera. Además, si era honesto, un poco sospechoso era. Justo un hombre crítica los aclamados libros del autor y casualmente comparte su apellido e inicial. Mejor jugar por lo seguro, pensó antes de contestarle utilizando su segundo apellido.

—Giordano.

—Así que Pablo Giordano —dijo como si estuviera catando el nombre en sus labios antes de ofrecerle la mano—. Un gusto.

—No, por favor, el gusto es mío —replicó estrechando su mano. 

Lo más seguro es que su apretón no haya durado más que unos segundos, sin embargo, a ambos les dejó una sensación cálida extendiéndose por el resto de sus cuerpos. Pablo estaba lejos de creer en aquellos dichos populares sobre las almas gemelas y el amor a primera vista, mas no podía negar que había algo en su roce con aquel desconocido que le hizo sentir pertenencia. Si tan solo no fuera tan escéptico, pensaría que, tal vez, era alguien a quien cruzó en otra vida, en otra realidad paralela.