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Se dice que River es el club mas cheto de todos, donde las minas en lugar de contrabandear vinos en caja, llevan lip gloss y van de vestidito a la cancha. Donde los pibes en lugar de agarrarse a los fakazos con el rival, se ponen a llorar en twitter.
Enzo Fernández podrá no ser de Boca, de Chicago o de Almirante (gracias a Dios), pero la gente se olvida de un pequeño detalle: él es de San Martín. Este pequeño asunto a veces le provoca ciertos problemas, como el hecho de comerse todas las eses en cada entrevista que tiene o, también, como el hecho de no poder controlar el impulso de querer bajarle todos los dientes al equipo rival con el que está jugando.
En los ojos de Enzo todo pasó en cámara lenta:
Estaban jugando la semifinal contra Inglaterra, Lautaro acababa de hacer un gol -no, un gol no- un golazo que les dio la ventaja del partido, permitiendo que puedan zafar de jugar en alargue. Por lo que estaban todos contentos y radiantes jugando los últimos minutos del partido, ni siquiera sentían el cansancio que hace veinte minutos los estaba ahogando. Solo pensaban en la victoria contra estos ingleses hijos de puta que habían boconeado en las entrevistas.
El morocho no tenía la pelota, ya que la misma se disputaba más adelante entre los nueves más queridos de la selección, intentando buscar huecos en la defensa de los de camisa blanca. Se limpió el sudor de la frente en un segundo mientras miraba que el balón pasaba a los pies de Julián, rodando por el pasto sintético.
El cordobés esquivó a un jugador que intentó barrerlo, luego con los ojos desorbitados y el pecho agitado de correr tan rápido pudo encontrar una grieta en la defensa de los de Inglaterra, entonces simplemente se aceleró hacia ese lugar y con fuerza impulsó la pierna hacia atrás.
No obstante, no pudo terminar el disparo al arco, puesto que de un momento a otro todo le estaba dando vueltas. No sabe cómo, pero Julián terminó en el suelo, con los ojos fuertemente cerrados y la boca abierta en un jadeo silencioso. No pudo ni gritar del dolor en su pierna derecha, como si todas sus fuerzas se concentrarán en enfocarse en el dolor punzante y agónico.
Solo que Enzo si sabía cómo, porque lo había visto todo: como el cuerpo de su mejor amigo rodó por el suelo, como su pierna tenía una herida que empezaba a sangrar levemente y lo más importante, como el inglés ese de Jude Bellingham le había plantado los tacos del botín en todo el gemelo al nueve de Argentina. Pudo ver como segundos antes de que el disparo al arco se concrete, el alto morocho corrió en dirección del cordobés y ni siquiera intentó disimular que le iba a sacar la pelota, ya que simplemente pateó con fuerza a la pierna de Julian. Además por si no fuera suficiente, a la falta le añadió un empujón que lo hizo volar al nueve de metro setenta.
Al instante, sonó el silbato del árbitro. El grupo de técnicos comenzó a gritar quejas, Scaloni saltó furioso exigiendo el penal correspondiente, todos los del equipo fueron a pelearse con los ingleses, gritando barbaridades. Incluso los del banco de suplentes saltaron como leche hervida. Sin embargo, ninguno estaba ni cerca de sentir el enojo que sentía él de tatuajes.
Enzo sintió la bronca subirle por la garganta, todo se tornó de color rojo, sus manos se cerraron en dos puños y su pecho comenzó a agitarse, todo eso sin moverse de su lugar, sin sacarle la vista al segundo inglés más famoso de esa selección.
Empezó a caminar lentamente, esquivando con empujones agresivos a los que se atravesaban en su camino, sin fijarse si eran parte de su equipo o no.
— Enzo — Escuchó que lo llamó Otamendi, pero no le hizo caso, solo siguió caminando a grandes zancadas. — ¡Enzo, para, vení acá! — .
Llegó a Bellingham, que se estaba peleando con el árbitro diciendo que no lo había tocado a Julian, en medio de todos los jugadores que se gritaban cosas incomprensibles entre ellos. El mediocampista lo agarró del hombro y lo giró para que lo mirara, tomándolo de sorpresa. Las cejas del morocho alto se levantaron confundidas, pero después se fruncieron en indignación por tal interrupción agresiva.
— ¡Hey!, ¿What are you doing?— le contestó de mala gana con acento británico.
— ¡Qué haces vos, forro!, ¡casi lo matas, la concha de tu hermana! —
El más alto pareció entender lo que le estaba diciendo por más que Enzo casi que escupió las palabras a los gritos. Claramente, no le gustó un carajo.
— ¡You weren't even here, so shut the fuck up! —
— ¡¿Ah, te haces el canchero encima?!, ¡volve a tocarlo y te desfigura la cara, pelotudo! —
Cree escuchar al capitán Leo Messi detrás suyo tirandole del brazo para que se aparte, pero el fuego que siente Enzo adentro suyo es imposible de apagar, menos si el inglés este lo mira con esa cara de que no hizo nada, cuando él vio volar a su mejor amigo por los aires. Primero le dio un empujón con el brazo que lo tiró hacia atrás a Jude, pero este no parece ser de esos europeos que se cagan en las patas, porque le devolvió el empujón con el doble de fuerza provocando que el de tatuajes casi que se tropiece. Eso lo hizo enfurecer, como si hubiera apretado un botón que él mismo estaba reprimiendo.
— ¡Besides, I didin't even touch him. He's crying like a little baby!—
— Ah listo.. ¡Vení para acá hijo de puta! —
— ¡Enzo para, te vas a comer una amarilla hermano! — Fue lo último que escuchó el de San Martín antes de embocarle una piña al inglés, la cara del mismo se le dió vuelta, su pomulo se tornería morado en unos minutos. Igualmente, el más alto no se quedó atrás, ya que al instante con los ojos furiosos le devolvió las piñas mientras se empujaban. A Jeremias no le dolía nada, la adrenalina lo hacía ver rojo y solo podía pensar en sacar esa expresión de chetito que se hacía el inocente.
No los pudieron ni separar, pero en algún momento se metió un rubio alto que lo empujó hacia atrás al Argentino, provocando que los otros lo agarren a Enzo y lo frenen, gritándole que se calme, que baje un cambio. El de tatuajes tenía la respiración agitada y la mandíbula apretada, se paró firme y escupió al piso, con la vista clavada en Bellingham que estaba en la misma posición que él, con los de su equipo retendiéndolo.
Cuando el árbitro pudo llegar a ellos entre el cúmulo de gente, a nadie le sorprendió que saque una tarjeta roja apuntando hacia él y después hacia Jude, gritando y retandolos por la pelea, expulsandolos de la cancha. A Enzo la verdad que le chupa tres huevos, por él que le saque una violeta, azul y verde si quiere, y después que se vaya a la concha de su hermana .
El Argentino se sacó las manos de los otros de encima, pudo ver de reojo a Paredes y el Cuti defendiéndolo, pero la verdad que no había nada que reclamar, todos saben que la culpa fue llanamente del mediocampista. Enzo se retiró a zancadas del estadio, yendo a los vestuarios con enojo, esquivando a Scaloni que después le iba a dar la cagada a pedo de su vida. Le dio una patada a una cámara que se le cruzó, con una bronca que no sabía cómo sacarla de su cuerpo.
En lo único que podía pensar es en Julian en el suelo, Julian lastimado, Julian .
. . .
El Argentino de metro setenta estaba en la enfermería, solo, con la pierna vendada y el cuerpo adolorido. Acostado con las manos en su estómago, tenía los ojos cerrados pero estaba despierto, pensando en todo. A Julian no le había dado tiempo a ver cómo se desarrollaron los acontecimientos, ya que estaba demasiado enfocado en no perder la pierna (bueno,eso fue algo dramático) , por lo que no tenía idea como estaba dandose todo y se moría de curiosidad.
“¿Nos habrá dado el penal?” Bueno, es obvio que sí, ¿no? falta en plena área, realmente no entiende que se le pasó por la cabeza al inglés. Espera que haya pateado Messi y vayan tres a uno.
“¿Estaremos ganando?” También es obvio, pero uno nunca sabe, fue él mismo él que sacó del empate a Argentina en el partido pasado contra Suiza como unos diez minutos antes de que terminara.
“¿Faltará mucho?, ¿Scaloni habrá puesto a Barco?, ¿Y si nos fuimos a alargue?, solo faltaban como cinco minutos, ¿por qué están tardando tanto?” Extrañamente ningún técnico vino a verlo.
Perdido en sus pensamientos con los ojos cerrados, no se percató de una presencia que hizo aparición en la enfermería, al menos no hasta que se escuchó un estruendo fuerte que lo hizo abrir rápidamente los ojos. Se sentó en la camilla mientras miraba el origen del ruido, se encontró con un morocho de 1,78 metros lleno de tatuajes, un par de curitas en la cara y el uniforme de suplente. Estaba recogiendo algo del suelo, parece que se chocó con uno de los carritos y tiró unas botellas.
— Uh, perdón , ¿te desperté?— Le dice con una sonrisa apenada, lo mira con ojos de cachorro y los labios apretados en una incómoda sonrisa, totalmente arrepentido por haber interrumpido su sueño. Se lo ve tan tierno que a Julian casi que se le olvida responder, se queda unos segundos callado solo mirándolo, hasta que reacciona con los cachetes tornadose un poco colorados.
— ¿Eh?, ¡Ah!, no, no. No estaba durmiendo
—Menos mal, boludo. Me iba a sentir re culpable sino—
Le dice mientras se acerca a la cama, que es de color celeste pero parece blanca por las luces brillantes del lugar. Se sienta en el pie de la cama.
— ¿Cómo te sentis? —
— Y… Un poco hecho mierda, la verdad — Le dice con una sonrisa humorística mientras corre las piernas a un costado para dejarle más espacio a Enzo. El más alto le mira la pierna vendada con expresión impotente.
— Pero mira lo que te hizo, la puta madre —
— No te hagas mala sangre, boludo, son cosas que pasan en la cancha, ya está. ¿Qué vamos a hacer, cagarlo a piñas? — Lo intenta consolar mientras busca agarrarle la mano, casi que le da algo de gracia el hecho de que el que necesita ser consolado sea su mejor amigo y no él, que fue al que casi le sacan la pierna.
Entonces los hombros del más alto se tensan cuando menciona esas últimas palabras, incluso le esquiva la mirada y no responde. Eso lo deja recalculado unos segundos, ladea la cabeza confundida por el extraño comportamiento, “¿Y a este que le pasa ahora?”.
Cuando le agarra la mano puede ver que tiene los nudillos un poco lastimados, después levanta la mirada y sus ojos caen en las curitas de su rostro. Empieza a atar cabos cuando se da cuenta que Enzo es él único que lo vino a ver; Enzo, un mediocampista necesario en la formación donde Scaloni no lo saca ni en pedo diez minutos antes que termine. Enzo, que le gusta jugar los partidos enteros por más que se le acalambren o lesionen las dos piernas al mismo tiempo.
Enzo, que es de San Martín.
— ¿Que hiciste culiao'?— Le dice con voz seria mientras tira de su brazo para que lo mire, el mediocampista finalmente lo mira, con cara de cachorro triste, casi puede imaginar las orejas inclinadas hacia abajo y la cola entre las patas. Los ojos marrones le dan una falsa apariencia de inocencia.
— Juli... —
— ¿Te peleaste, Enzo? —
— …Un toque, sí —
— ¿Con Bellingham? — El nombre parece hacerlo enojar, porque arruga la nariz y chista en voz baja, pero no dice nada, solo asiente. El de rulos bufa molesto.
— ¿Y qué pasó, qué le dijiste? —
— No es lo que le dije en sí... Es lo que... Eh, le hice, va, hicimos, mira que él no se quedó de brazos cruzados, y me empujó re fuerte, unas re piñas me embocó el pelotudo. Pero yo le di vuelta toda la jeta no sabes, no hice más porque había gente, pero sino… —
Julian le soltó la mano y le dio con el puño cerrado un golpe fuerte en el hombro a su mejor amigo, que se quejó y se llevó la mano al área golpeada.
— ¡¿Sos boludo, te sacaron roja?!, ¡¿Como nos vas a dejar con uno menos?!—
— ¡A él también lo sacaron!, ¡Y con el penal no nos remontan ni aunque seamos tres contra once! —
— Ah no, para matarte a vos — Dice volviendole a pegar, enojado. Enzo lo mira alarmado, no por el golpe sino por no querer que el cordobés se enoje con él.
—Juli perdón, perdóname. Es que cuando ví como te pateo no me pude controlar, lo quería matar ahí nomás. Si me lo hacen a mi no me jode, pero qué te lo hagan a vos, que sos re buenito con todos… Me vuelve loco. Sos mi mejor amigo, Ju. No voy a permitir ni que te toquen si puedo evitarlo, por más que me saquen siete tarjetas rojas. Soy re bruto, perdón.
A Julian casi se le sale el corazón por la boca, con las cejas fruncidas pero los cachetes rojos, intentando seguir enojado, pero le parece imposible seguir estándolo después de que el más alto le diga cosas tan cariñosas. Se muere de amor, el cordobés es un chico sensible y fácil de ablandar, no lo juzguen.
Suspira por lo bajo, se hace un costado para hacerle un lugarcito a Enzo, que al ver lo que pretende no duda y se acuesta al lado suyo. La camilla es lo suficiente grande para que los dos entren cómodos, hombro chocando con hombro, hasta que el de tatuajes se gira y lo abraza a Julian. El de rulos mira a su costado, se encuentra con un puchero en la cara del mediocampista, que es casi gracioso por el contraste con su habitual aura de turro.
— ¿Me perdonas? —
— A mi no me tenes que pedir perdón —
— Bueno, pero el perdón que me interesa es el tuyo —
El más bajo no puede evitar reírse, que pendejo atrevido, piensa.
—Bueno, te perdono, no lo hagas más. —
— Boe, lo de no hacerlo más… —
— Enzo —
—Fa, ya entendí. No te enojes, lindo
. . .
Mientras el par de river estaba en su propia burbuja cariñosa, fuera de la puerta de la enfermería estaban otros tres jugadores, los cuales fueron enviados en busca de Enzo, él cual luego de que terminó el partido, convenientemente había desaparecido de los vestuarios.
La puerta estaba entreabierta, dejando que todos pudieran escuchar la conversación y además mirar en que estaban, cosa que se le dejó al más sinvergüenza de los tres.
— Boludo le dicen a e´te, mira dónde se fue a esconder — Dice el colorado Barco con una sonrisa burlona — ¿Entramos?, pálido se va a pone' cuando le digamos que Scaloni lo está buscando, el perdón de Juli se lo va a meter en el orto — Dice con ese tono jodon que lo caracteriza, no obstante antes de que su mano se termine de apoyar en el picaporte de la puerta, Otamendi lo aparta con la mano en el hombro, tirando al petizo hacia atrás.
—No los molestes, pendejo. Dejalos tranquilos—
— Sí, ya fue. Vamos a decirle a Scaloni que no lo encontramos — Aporta Cristian, mientras golpea el pie contra el suelo repetidamente y mira hacia atrás, queriendo volver a los vestuarios.
— Vos porque te queres volver con el Licha, pollerudo, de la correa estas — Le devuelve Valentin, pero aún así se aleja de la puerta.
—Faa, así sos. Ya quisieras estar vos de la correa.
— Naa ni en pedo, yo me curto solo. Nací solo, muero solo—
—Dale pendejos, volvamos. Después de que Enzo se arregle él con los técnicos —
— ¿Lo van a echar?, ahora me va a tener que poner si o si Scaloni —
— Callate Valentín —
