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Retrato

Summary:

En medio de una clase de etiqueta, Orla tiene una pregunta para el vizconde Ludovic.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Las mañanas junto a la jovencita Orla ya se habían vuelto costumbre para Ludovic. Aquel día como cada principio de semana, había quedado encargado de su clase de etiqueta regular, ubicada en el salón de su propia mansión.

Las lecciones eran un martirio para ella como para cualquier otro niño; mucho más para uno sin la costumbre. Tal vez era a causa del tono de la voz del vizconde Valesa, amarga y resignada, o quizá debido de sus movimientos lánguidos, frágiles debido a la sensación de letargo propia de un Nacido de la Tumba, pero era sencillo notar cómo la niña se impacientaba pronto a pesar de su disposición, rogando en su mente por la hora del recreo pero siendo educada al abstenerse de mencionarlo; no demasiado, por lo menos.

Una vez muerto, una de las primeras cosas que Ludovic entendió es que atender a clases por encargo de sus padres fue una de las peores decisiones que pudo haber tomado en su tiempo de vida genuina. Por supuesto, ansiaba ser un noble consecuente y bien portado para ellos, tanto sí que incluso en su lecho mortuorio, jamás se ausentó a una sola sino hasta que el delirio cobró parte de su razón hasta día cúlmine. Lloró arrepentido por muchos años cada vez que lo recordaba, lamentando el desperdicio de horas detrás de las paredes de su habitación y su estudio.

Durante esos días de enfermedad, sintiéndose mejor o peor, Eamon lo visitaba a menudo para hablarle de cualquier cosa que estuviera aprendiendo en sus estudios de magia. Era un respiro escucharlo aunque su psiquis no le permitiera comprender del todo. Agradecía su compañía en silencio, y desde el presente, Ludovic solía preguntarse si se había resignado a la muerte demasiado pronto. De haber luchado un poco más, haberse hecho tiempo para lo importante, quizá hubiera podido disfrutar más de los días de eterno sol de invierno junto a él, retratando el paisaje alrededor con sus témperas y su atril portable. Capturar la silueta de su preciado amigo reposando al aire libre mientras lo miraba desde lejos.

Lloraba un tanto más al concluir que habrá sido ese misma misma decepción, esa misma sensación de dejar algo inconcluso, la que lo ha atado a los campos de Crestaclara en vez de haberse reunido con él una vez más.

Ahora, convertido en el tutor para una muchachita cuyo lugar debería ser cualquier otro que el de un pasillo raído, aprendiendo cómo tomar un tenedor o agradecer con reverencias… le resultaba todavía más irónico. Pareciera que al dios de aquel mundo maldito vivía por hacer bromas de mal gusto a las almas en pena que adoraba revivir.

Estaba reacio a la idea y sin embargo, luego de una serie de negativas de su parte, Valka le hizo ver que un otorgarle un destino a la jovencita Orla era un mejor futuro que dejarla a su suerte, y quién mejor que el vizconde Valesa para enseñarle como actuar haciendo honor a los valores de su casa, explicarle cómo defenderse frente a la intriga política que deberá enfrentar desde ese momento. Valka tenía razón: había que entregarle armas a la niña antes de que terminara en alguna zanja como cadáver sin nombre a manos de algún hombre temeroso de su linaje.

Después de hacer accedido, le tomó tiempor reconocer que ver a Orla crecer tan rápido en contraste con las floreternas, los no-muertos y su servidumbre encantada le hacía sentir que aunque defectuosa y aberrante, era compañía al fin y al cabo.

—Vizconde Ludovic, su Señoría —lo llamó una vez, en medio de esas pesadas lecciones.

—Dime, criatura.

—¿Por qué cree que el señor Rodrigo esté tan triste?

—El Capitán Rodrigo solo hace su trabajo, señorita Orla —corrigió el mayordomo Václav casi de inmediato, a lo que Ludovic acalló de forma educada con un gesto delicado.

—Déjala hablar, Václav.

—Entiendo que solo es mi guardia, pero… —continuo ella—. Me preocupa porque ha sido muy bueno conmigo.

Orla jugó con sus manos para apaciguar su nerviosismo mientras Ludovic se llevaba una mano tras la espalda, reflexionando sobre el comentario de la niña.

—Rodrigo tiene una responsabilidad para con el ducado, Orla. Eso es lo que lo mantiene firme a la causa de cuidarte, y también de encargarse de la administración mientras llega un reemplazo apto. Tú, para ser más precisos.

—No es solo eso —insiste ella con una expresión infantil y ceñuda, pero también seria—. ¿Es mi culpa?

—¿Por qué lo sería?

—A veces es muy frío.

Ludovic desvía la mirada hacia su caballete en una esquina. Podía entender aquella frialdad propia del servicio u otros miembros de la nobleza de la que Orla podría estar hablando.

—¿Podrías hablarme un poco más acerca del Capitán Rodrigo?

—Es como si algo lo agobiara a veces.

—Agobiar es una excelente definición, felicidades.

La niña suelta una risita complacida, pero Ludovic seguía sumido en sus pensamientos. Había visto a Rodrigo congelarse de vez en cuando, como recordando algo en medio de una escena tranquila; también pudo recordar la forma en la que hablaba de la Princesa Yolena una vez pudo despedirse de ella. Todavía la nombraba de vez en cuando, y aunque aún le temblaba la voz, se podía entrever el desconsuelo de la pérdida bajo sus gestos solemnes. ¿Cómo aterrizar aquella angustia para sosegar la congoja en el pecho de la pequeña Orla?

—En mi opinión… —pronunció Ludovic—. Creo que tu parecido con la joven princesa Yolena es inconfundible. Para él, que la cuidó mucho tiempo, ha de ser complicado.

Los hombros de la heredera se relajaron mientras bajaba la mirada hacia su tacita de té, jugando con la oreja cuyo tintineo resuena en la habitación.

—Eso no lo puedo evitar.

—Claro está. En resumen, teme que lo peor pase dos veces.

El rostro de Orla se arrugó en un mohín con su ojos aún fijos en el brebaje ya servido. Mas al levantar la vista, un brillo decidido en en ellos provocó que Ludovic la sostuviera la mirada de vuelta, otorgándole la palabra con un ademán.

—¿Puede ayudarme a subirle el ánimo?

El vizconde se movió con paso sereno hasta el banquillo junto a uno de sus caballetes, mirando el lienzo a medio pintar en el que estaba trabajando.

—Veré si se me ocurre algo. ¿Lista para continuar?

—Le agradezco, su Señoría —recitó Orla, en un intento honesto de formalidad.

—Muy bien —respondió él, y una leve sonrisa apenas se asomó por sus labios.

Vuelve a acercarse a la mesa, dándole el espacio a Václav para reordenar la mesa en una nueva propuesta de ensayo con cubiertos.


Ludovic usaba el arte para todo: sea como desahogo, reclamo, expresión de gratitud o simple observación, siempre recurría a la pintura como una extensión de su pensar. De cierto modo era algo natural, pues se crió retraído, pero iba más allá de la mera consecuencia del enclaustro. Muchas veces le albergaban emociones tan profundas e indescifrables que solo era capaz de evocar a través de la creación. A Eamon le gustaba decir que era tímido, pero Ludovic nunca se consideró como tal. Tan solo le era más facil describir con la mancha antes que con la palabra. Aún como no-muerto, tenía recuerdos efímeros de imágenes de otras épocas en las que la luz reposada en el matiz de los prados viridianos de la antigua mansión le hacían quedarse en silencio, añorando un no se qué de aquel lugar y tiempo. Esa chispa de inspiración fugaz amainó al volver a la vida, y era una de las cosas que más extrañaba de sentirse vivo por completo.

Sin haberlo predicho, la petición de Orla había despertado una inquietud parecida, dejándolo intranquilo por un par de días que concluyeron en que, como por inercia, se hallara revisando sus antiguos cuadernos de dibujo una vez más, pasando con sumo cuidado por las hojas polvorientas y carcomidas por el paso del tiempo.

Las yemas de sus dedos temerosas de emborronar el pastel seco que insinuaba el rostro de su antiguo amigo, dando paso a los retratos de sus padres una páginas más atrás, esbozados entre ensayos para bodegones. Llegó a la misma conclusión de siempre, dibujando por no saber qué más hacer con sus manos, con la garganta apretada de tanta emoción contenida.

Y así estuvo practicando durante varios momentos de la semana, acompañando por un tiempo al resto en la colina que les gustaba frecuentar al momento del descanso.

Dibujó a la pequeña Orla jugando junto a su carpincho favorito, quien sostenía a "Costurita" en su lomo, mientras Daimon procuraba que no se deslizara de su lugar. Apenas unas siluetas en el papel, concentrado en la gestualidad del juego antes que en sus expresiones. Para Valka y los guardias de Crestaclara acompañándola fue todo lo contrario, empecinado en retratar el porte digno de sus posturas, espadas y armaduras.

Quizá un retrato podría animarlo, pensó el vizconde, captando la silueta del casco de Rodrigo con un par de líneas y sombras bien colocadas, igualando colo y probando armonías en una pintura en miniatura de su cuaderno. Al llegar a su estudio hizo un par más, probando nuevas composiciones, materiales, recordando el rebote de la luz en la armadura, tomando referencias de antiguos uniformes que ya había estudiado décadas atrás…

Al igual que muchos otros desde su nuevo despertar, Ludovic apenas si cerró los ojos, pero esta vez estuvo concentrado en alguna tarea en vez de dormitar, esperando que al fin la muerte lo reclamara de una vez. Quizá y con un poco de suerte, hallaría el consuelo suficiente para irse al más allá una vez terminado el encargo, pensó en algún punto de la madrugada, pero el día siguiente llegó y el noble seguía en el mismo lugar, sentado con la pierna cruzada junto a lápices y pinceles sobre papeles de alto gramaje.

Aquel día, estuvo más distraído que de costumbre, dedicando gran parte de su jornada a admirar los bocetos desde cerca y lejos, paseándose por la habitación. Su mente todavía descifraba cómo plasmar el carácter del capitán solamente a través de la nula expresión de su casco de guerra cuando Orla irrumpió en la sala junto al guardia.

Sin embargo, no se trataba del guardia que él esperaba; más bien era el otro, el subordinado.

Ambos jóvenes, Orla y el guardia, dieron un respingo ante la escena, y la pequeña se acercó con pasos cortos y apresurados hacia las pruebas de pintura, tapando su boca para acallar su ruidito de asombro.

—¡Qué bonitos! ¡Es Rodrigo! —indicó ella, parándose de puntillas mientras miraba todos los bocetos desperdigados en el escritorio y pegados en su pizarrón de referencias.

—Así es. Después de pensarlo, supuse que sería un intento digno —musitó Ludovic—. ¿Qué opinas? ¿Alguno que llame tu atención?

—¿Señorita Orla…? —se apresuró a preguntar el guardia, seguramente en espera de alguna explicación.

—Tranquilo, Charen, solo le pedí ayuda a su Señoría con, bueno…

Notando el nerviosismo de la niña, Ludovic es quien continuó con la excusa.

—El Capitán Rodrigo merece algún detalle para levantar el ánimo después de todo ha presenciado, ¿no lo cree así?

—¿Usted también lo notó, su Señoría?

—No realmente; solo tomo la palabra de Orla en consideración. Lo demás es solo… delirio de artesano, tal vez.

Ludovic pudo notar cómo el guardia echaba un vistazo a la habitación por debajo de su visera, tratando de disimular su impresión. Luego de un momento, el soldado se aclaró la garganta y sus hombros se relajaron.

—¿…Puedo acercarme? —preguntó con voz tímida.

—Adelante; no le negaría algo tan sencillo, guardia Charen.

Con un leve cabeceo de agradecimiento, el guardia se paseó por la pequeña galería de retratos, dejando tras de sí el ruido característico del un caballero andante. Su postura era lenta y tan relajada como una armadura pudiera permitir, ensimismado entre trazos y colores hasta que se encuentra con una de las pinturas que descansaban en el escritorio.

Su mano enguantada se atrevió a tocar la hoja, aunque de forma cuidadosa y rozándola apenas, como temeroso de arruinarla en un descuido. Un gesto que Ludovic reconoció demasiado bien en las veces que admiró a su propio amigo desde un trozo de papel.

—¿Le gusta esa pintura? —preguntó el noble, dando un paso en su dirección al guardia con los brazos cruzados de forma relajada.

—¡Sí, su Señoría! ¡Todas me parecen preciosas!

—Pero a usted le gusta aquella —musitó el vizconde, y su mirada baja hacia el retrato de Rodrigo en el escritorio.

El comentario provoca en Charen un nuevo respingo. Él quita la mano del cuaderno como si se hubiera quemado, tensándose de pronto. Cuando vuelve a hablar, su voz es tan temblorosa como impetuosa.

—Tiene algo… ¡Tiene algo que la hace especial, su Señoría! Como si el Capitán me estuviera mirando…

Ludovic se quedó observando la pintura, tomando el cuaderno donde reposaba junta a varias otras con un gesto borde.

—Conque así es… —mumuró luego de un rato y llevándola consigo—. Al no ser cercanos, era incapaz de descifrarlo por mi cuenta, después de todo. Replicaré esta, entonces.

—¡Espere! No puede dejar algo así a mi criterio…

Pero Orla es más rápida, apegándose a las colas del frac de Ludovic, dejando a Charen pasmado entre si llamar la atención de la heredera o dejarla hacer su voluntad.

—Quiero hacer uno yo misma, ¿me enseña?

Ludovic suspiró con resignación, preparando un asiento para la niña.

—Supongo que al capitán le gustará un retrato de tu mano antes que de la mía —concluyó con voz seca, mientras sus ojos se concentran en preparar pinceles de apenas unas cuantas cerdas—. Aún así, hace tiempo no me dedico a practicar miniaturas.

Ignorando al guardia, ambos se sumergieron en la explicación y aplicación, usando la abstracción para que el dibujo primerizo de Orla pueda verse pictórico en su justa medida. En el entretanto, Ludovic dedicó su tiempo a hacer su réplica en un tamaño perfecto para…

—Disculpe mi atrevimiento, su Señoría… —interrumpió Charen.

—Dígame, ¿ocurre algo?

El soldado se enderezó, y cuando habló, su voz fue casi un vitoreo.

—¡¿Podría usted regalarme el boceto que está copiando?!

Ludovic levantó una ceja, mirándolo con ligero desdén desde su asiento.

—¿Prefiere el boceto antes que la pintura? Déjeme decirle…soy el primero en valorar la fuerza de un boceto sin terminar, pero me está insultando al rechazar el detalle.

—¡No es mi intención en lo absoluto! Pero jamás me atrevería a pedir una obra suya terminada; siquiera tengo cómo pagarle…

El no-muerto resopló, y un atisbo de una rebeldía adolescente se asoma en sus facciones delicadas, inclinándose hacia la pequeña Orla como compartiendo un secreto.

—Sé que es un encargo tuyo —susurró él—. Pero, ¿puede Charen quedarse con esta réplica? De otro modo, temo que se irá a la pila de descarte, o peor, olvidada entre mis cuadernos como todos estos.

Cuando Ludovic paseó su mirada por la habitación rodeadas de buscos del capitán, Charen se tensó de forma divertida, y la niña, concentrada en su propia obra de arte, asintió con la cabeza en señal de aprobación.

—Claro. Mira, ¿crees que le guste? —preguntó en su lugar, enseñando las pinturas al noble a su lado.

—A mis ojos, supera las expectativas —respondió él con una mirada aguda hacia lo que Orla le presentó.

Casi de inmediato, la mirada de Ludovic se posó sobre el guardia, a quien no le queda más remedio que aceptar el obsequio en silencio y continuar con su labor, haciendo su mejor esfuerzo por concentrarse y demostrar la impasividad que se esperaba de él. Sin embargo, su postura se relajó al ver cómo el vizconde, luego de recortar el papel con cuidado, se levantó de su asiento.

Acortó la distancia con un par de pasos, entregándole a Charen un nuevo retrato de Rodrigo, con detalles que podían percibirse incluso en su tamaño mínimo.

—Perfecto para un relicario —comentó el vizconde, a lo que el guardia asintió con entusiasmo.

—Será mi mayor tesoro —se apresuró a declarar el guardia con vigor.

Con prisa, el soldado movió su mano libre hacia el cuello para sacar el suyo, sencillo y práctico. Cuando lo estaba guardando, un par de pasos conocidos anuncian su llegada al estudio con un golpear de nudillos en la puerta.

—¿Su Señoría? El Capitán Rodrigo ha llegado a encontrarse con la señorita…

—¿Qué es todo esto?

Rodrigo, justo detrás de Václav, se adelanta un par de pasos hacia el interior de la habitación, rodeada de retratos de sí mismo.

—Es una vista un tanto ridícula, ¿no cree usted? —respondió Ludovic con un toque de humor seco.

—¿Podría explicarme? —preguntó el capitán, quien sonaba aturdido bajo su casco de astas.

—Hacíamos un estudio pictórico junto a Orla —y miró por sobre el hombro a la niña, quien tomó sus bocetos de la mesa para bajar del banco hacia ellos.

Ella estaba nerviosa, pero decidió mostrar el resultado con valentía. El boceto que escogieron en conjunto es pequeño y simple, pero pulido y pulcro, dejándoles tiempo para enmarcarlo con un paspartú a su alrededor.

—Su primera obra —anunció el vizconde en apenas un susurro.

La manos de Rodrigo se veían enormes frente a las de la pequeña, más aún en contraste con el obsequio que él trató como si de una joya se tratase. Lo observó por un momento largo, tomándolo con cuidado y afecto entre sus palmas mientras se agachó en una rodilla al nivel de la niña.

—No sé qué decir, señorita Orla… Se lo agradezco.

La pequeña contestó con una risilla y una sonrisa amplia, contenta de saber que el regalo le ha ayudado a comprobar que sus temores eran imaginarios. Cuando el Capitán se levantó para corregir su postura frente a los presentes, ladeó la cabeza hacia un lado de forma dubitativa.

—¿Por qué tiene su mano en el pecho, soldado?

El resto de miradas se posaron en Charen, quien apretaba su puño contra las placas de su peto con más fuerza aún, irguiéndose en posición firme.

—El vizconde… —de pronto se trapicó y tuvo que volver a empezar con un carraspeo ligero—. ¡El vizconde me hizo entrega de un retrato de usted para guardar conmigo!

Cuánta honestidad, pensó Ludovic, llevándose las manos tras la espalda con ligera vergüenza, de pronto con ganas de ordenar que todos se retiren de la habitación. Estuvo a punto de hacerlo cuando el casco imponente de Rodrigo se debatía entre mirarlo Charen o a él, pero la idea fue descartada cuando el capitán rompió la tensión, acomodándose el pesado casco.

—…No puedo decirte qué hacer o no en tu intimidad —murmuró en voz queda hacia el otro guardia—. No es de mi incumbencia.

Rodrigo ofreció su mano libre a la joven heredera, quien la aceptó y juntos se dirigieron a la entrada. Charen los siguió por pura inercia, su caminar mostrando un vaivén ligero mientras se apresuraba a guardar su relicario en su lugar bajo las vestiduras.

— Solo espero estar a la altura de tal admiración —añadió el capitán, casi como una nota al pie.

—¡Siempre lo ha estado y siempre lo estará!

—Ya basta, Charen… —Y Rodrigo niega con la cabeza—. Es indecoroso, especialmente frente a los demás.

—¡E-Entendido, Capitán!

Mientras la escena ocurría, Ludovic solo pudo pensar en lo retratable de la escena, preguntándose qué tan avergonzados se mirarían ambos bajo las vestiduras; cuanto bermellón o siena tostada tendría que agregar al amarillo de nápoles en contraste con el prusiano de las placas. Por lo visto, situaciones así ocurren independiente de la época…

El divagar de su mente se vio interrumpido por Rodrigo, quien le regaló un saludo militar que Ludovic correspondió con un gesto de cortesía propio.

—Nos retiramos por hoy, muchas gracias por… esto, y por cuidar de Orla nuevamente —dijo, mientra su mano cubrió la coronilla de la pequeña en un gesto gentil.

—¿Podemos pasar a comprar bayas de cristal confitadas?— preguntó ella, quien ya se encontraba acariciando a su capibara.

—De acuerdo —murmuró el Capitán, para luego mirar sobre el hombro hacia Charen—. ¿Te importaría hacer guardia por esta tarde?

—En lo absoluto, Capitán.

—Está decidido entonces.

Una vez lejos en el pasillo, Ludovic salió de su oficina para observar desde lejos la imagen de capas azules ondeando en un caminar apacible, junto a una niña y un roedor siguiéndoles el paso, rodeados del lujo decadente de la antigua casona Valesa. Durante el instante que recorrieron el pasillo, la luz teñida de cadmios cálidos le recordó a sus escasos días persiguiendo el sol de invierno en el páramo junto a su confidente.

Notes:

Tenía mucho estrés y no sé qué demonio me sedujo, pero escribí esto en vez de dormir. Disculpen por cualquier error de gramática, ortografía, coherencia... La verdad es que no he tenido tiempo para dedicar la fickeada en inglés, pero espero volver pronto!!

Si Rodrigo tiene mil fans, yo soy uno de ellos. Si Rodrigo tiene cien fans, yo soy uno de ellos. Si Rodrigo solo tiene un fan, soy yo. Si Rodrigo no tiene ningún fan es porque ya me morí y no reviví como zombi. Si el mundo está contra Rodrigo, yo estoy contra el mundo. Justicia pa' Rodo, háganlo jugable.