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Español
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2026-08-02
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el cielo o el bingo

Summary:

Lionel fue hacer las compras como todos los martes pero termino cenando con un completo desconocido por quedarse jugando al bingo en el supermercado.

Nadie les avisó que también iban a compartir una noche mirando las estrellas.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Martes. 8:47 de la mañana.

Los martes eran, probablemente, el día más tranquilo de la semana.

No pasaba nada en particular, literal y absolutamente nada, Lionel estaba convencido de que las personas que decían disfrutar de los martes mentían. 

El lunes todavía conservaba algo del impulso de empezar la semana y el miércoles ya permitía pensar que el fin de semana estaba un poco más cerca. El martes, en cambio, era apenas un puente sin gracia entre dos días.

Por eso, cuando apagó la camioneta en el estacionamiento del hipermercado, sintió que estaba exactamente donde esperaba estar un martes de julio a las nueve menos cuarto de la mañana: haciendo las compras.

El hipermercado,en las afueras de Córdoba, donde uno podía salir con una bolsa de alimento balanceado, un juego de sábanas y una licuadora sin haber tenido la intención de comprar ninguna de las tres cosas al entrar. Bajó con las manos en los bolsillos de la campera uniqlo y cerró la puerta con el codo. El frío de julio seguía pegando fuerte, el vapor de la respiración duraba apenas unos segundos antes de desaparecer en el aire. Empujó un carrito de los que siempre tenían una rueda torcida —porque todos los carritos del mundo parecían tener una puta rueda torcida— y entró.

El golpe del aire caliente le aflojó un poco los hombros, pero Lionel no tenía apuro porque así era él… vivía una vida más sencilla, hacía las compras, disfrutaba ver los precios y putear cuando algo aumentaba. 

Había dejado a uno de los peones revisando un alambrado que se había caído después del viento del fin de semana y, si todo salía como esperaba, antes del mediodía ya estaría de vuelta en el campo.

Sacó el celular y la lista de compras seguía exactamente igual que desde la noche anterior.

  • Yerba.
  • Café.
  • Azúcar.
  • Detergente.
  • Alimento para Moro.
  • Un paquete de fideos.
  • Aceite.

Nada más. 

Era incapaz de ir al supermercado sin una lista, obviamente que era particularmente organizado, pero aún así, odiaba volver a su casa y descubrir que se había olvidado justo lo que había ido a buscar. Doblando por el primer pasillo, saludó con un movimiento de cabeza a un repositor que acomodaba botellas de aceite. Con el carrito todavía vacío, siguió avanzando hacia el sector de alimentos. Las personas comparaban precios frente a la góndola de las galletitas y una empleada acomodaba bandejas de facturas recién horneadas, que obviamente agarró para llevarle a aquellas personas que trabajaban en su campo, porque así era Lionel. 

Todo transcurría con esa calma casi automática que tienen las mañanas entre semana.

Pero no fue hasta que dobló en una góndola, y empezó a escuchar música, no muy fuerte al principio. Una cumbia, lo reconoció al instante, Lucka, ese muchacho que aparecía a veces en la radio de sus empleados. 

Después una voz amplificada por un parlante. —¡Buenos días para todos! ¿Cómo andan esos jugadores?

Lionel levantó la cabeza y frunció apenas el ceño, la voz venía del otro lado del sector de comidas. Y, por alguna razón que todavía no entendía, había un montón de gente reunida alrededor de varias mesas, esas que ponen los hipermercados para que la gente se siente a consumir algo mientra se hacían las compras. 

La curiosidad mató al gato, dicen, creo.

Desvió apenas el carrito y caminó unos metros para ver qué estaba pasando y entonces lo vio. Dos chicas con un parlante enorme apoyado sobre una silla, un bolillero transparente girando sin descanso y, repartidos alrededor de las mesas, unas veinte personas, la mayoría mayores, sosteniendo cartones de bingo…

Lionel se quedó quieto un segundo y parpadeó. Miró alrededor para asegurarse de que realmente estaba viendo un bingo... adentro del hipermercado, un martes… a las 9… de la mañana…

—¿Qué...?

Observó la escena unos segundos más, no era un simple grupo de personas jugando al bingo; era un evento, una competencia. Las mesas estaban acomodadas de tal forma que entraban cuatro personas, completamente ocupadas por jubilados que sostenían los cartones con una seriedad digna de jugar por una torta de guita -no pasó eso, claro-. Algunos marcaban los números con lapiceras de distintos colores, otros usaban porotos secos, y había hasta quien llevaban un almohadón para apoyar la espalda en la silla. Las dos chicas que organizaban todo parecían conocer a cada uno por su nombre.

—¡Marta, dejá de mirar el cartón de Elsa!

—¡Pero si ella copia los números!

—¡No se pueden copiar los números en el bingo!

Era un ambiente muy típico del club del bingo de los martes a la mañana, había quienes se reían, charlaban sacando el cuero, mientras se mezclaba con una cumbia que sonaba desde un parlante bastante más grande de lo que un martes a la mañana ameritaba.

Volvió a mirar el celular y la lista de compras seguía esperándolo exactamente igual que antes pero primero iba a hacer las compras; después, si la curiosidad seguía pudiendo más, se acercaría a averiguar de qué se trataba todo ese movimiento. Con esa idea en mente, empujó el carrito hasta el sector de cafetería, donde una máquina automática ofrecía café, submarinos y chocolatadas.

—¡Cinco minutos y arrancamos otra ronda!

—¡Esperen a Roberto, que está en el baño! —gritó una señora desde una de las mesas.

—¡Roberto hace veinte minutos que está en el baño! —respondió otra, desatando una ronda de carcajadas.

—¡Y... el pañal no le dio abasto! —comentó un hombre desde el fondo.

—¡No seas hijo de puta, Carlos! —protestó un jubilado entre risas, sin levantar la vista del cartón.

—¡Decile que salga entonces!

Lionel negó con la cabeza, divertido. Tomó el café y emprendió el regreso hacia los pasillos del supermercado, pero no alcanzó a dar dos pasos cuando chocó apenas el hombro con un hombre de unos setenta años.

—Uy, perdón.

—No, hijo, fue culpa mía.

El hombre se acomodó la bufanda y lo observó durante unos segundos, como si intentara recordarlo de algún lado.

—¿Vos nunca viniste, no?

Lionel tardó un momento en entender a qué se refería. —¿A comprar?

El hombre soltó una carcajada. —¡No! Al bingo.

—No... la verdad que no.

—Se nota.

—¿Ah, sí?

—Sí. Estás parado mirando desde hace rato.

No pudo evitar sonreír porque era verdad, desde que había visto las mesas no había dejado de mirar de reojo todo lo que pasaba. Antes de que pudiera responder, el hombre señaló al grupo de jubilados con el vaso de café que llevaba en la mano.

—Vení. Siempre sobra un cartón.

Lionel levantó una mano en un intento de rechazar la invitación. —No, gracias. Vine a hacer las compras.

—Las compras pueden esperar cinco minutos.

—No sé...

—¿Tenés apuro?

La pregunta lo hizo dudar, pero si era completamente sincero, no tenía ninguna obligación urgente hasta el mediodía.

—No.

—¿Y entonces?

El hombre sonrió con esa tranquilidad digna de hombre jubilado que no tenía nada por hacer más que disfrutar. —Vení.

Lionel lanzó una mirada al carrito, otra a las mesas y terminó soltando un suspiro resignado. Nunca había jugado al bingo, pero había algo tan descontracturado en el ambiente que le resultó imposible decir que no.

—Bueno... una sola partida.

—¡Así me gusta!

Sin darle tiempo a arrepentirse, el hombre le dio una palmada en el hombro y lo acompañó hasta donde estaban las organizadoras. —¡Chicas! Tenemos jugador nuevo.

Una de ellas levantó la vista enseguida y le sonrió. —¿Primera vez?

—Sí.

—Entonces te toca el cartón de bienvenida.

Sacó uno de una pila perfectamente acomodada, le alcanzó también un fibrón negro y señaló las mesas. —Sentate donde encuentres lugar —le indicó una de las organizadoras. —Y acordate: primero vamos a línea y después a cartón lleno.

Bajó la vista hacia el cartón y volvió a levantarla. —¿Línea?

La chica sonrió con paciencia. —Sí. Cuando completás una sola línea del cartón, la cantás. Después seguimos jugando hasta que alguien complete todo el cartón.

Lionel asintió despacio. —Ah... nunca jugué.

—¡Se nota! —gritó un jubilado desde la otra punta, provocando algunas risas.

—No le hagan burla al muchacho, che —lo retó una señora.

Lionel soltó una carcajada y levantó las manos en señal de rendición. —La verdad... sí.

Agradeció con una sonrisa discreta y buscó un asiento libre cerca del fondo. Dejó el carrito a un costado, apoyó el café sobre la mesa y observó el cartón unos segundos, todavía no entendía en qué momento pasó de recorrer tranquilamente las góndolas del supermercado a estar sentado en un bingo un martes a las nueve de la mañana. Pero, ya que estaba ahí, lo mejor era seguir la corriente.

Del otro lado del salón, completamente ajeno a la llegada del nuevo participante, Pablo terminaba de cebarle un mate a Susana. Ella acomodaba, con una prolijidad casi obsesiva, una cartuchera llena de lapiceras de colores sobre la mesa.

—Hoy tengo un presentimiento —anunció Susana con absoluta convicción mientras acomodaba sus lapiceras con brillito.

Pablo destapó su lapicera naranja con brillos -la de la suerte- y la miró de reojo. —¿Otra vez? Vivís teniendo presentimientos, Susu.

—Hoy ganamos.

—La semana pasada dijiste exactamente lo mismo.

—¿Y?

—Y nos volvimos a casa con una multa por estacionar donde no se podía. La única boleadora que nos llevamos fue esa en el ojete.

Susana hizo un gesto con la mano, restándole importancia. —Ay, nene, qué boca tenés. Eso fue un detalle.

—Un detalle de sesenta lucas.

—Bueno... pero el presentimiento era real. Lo que pasó fue que el universo se confundió de cartón.

Pablo largó una risa y negó con la cabeza. —No sé cómo hacés para encontrarle una explicación a todo.

—Los años, querido. Vos llegá a mi edad y vas a entender.

—No sé si quiero llegar así.

—¿Así cómo?

—Convencido de que el universo está pendiente del bingo del hiper.

Susana le dio un golpecito en el brazo con el fibrón. —Callate y preparate para ganar.

Mientras Susana seguía hablando, Pablo levantó la vista por primera vez para observar al nuevo jugador. Era un hombre alto, morocho de ojos negros y de campera de campo, con un vaso de café apoyado junto al cartón y una expresión entre confundida y resignada.

Pablo sonrió para sí.

Pobre tipo, pensó.

La música bajó apenas de volumen cuando una de las organizadoras tomó el micrófono otra vez. —Bueno, basta de charlar que después dicen que canto rápido. ¿Todos con cartón?

Un murmullo general respondió que sí, alguien levantó la mano para pedir otro fibrón, una señora reclamó que no veía un número porque Pepe le había corrido los lentes y otra le recordó que los lentes los tenía puestos arriba de la cabeza. 

Lionel apoyó el café a un costado del cartón y miró de reojo a las tres personas que habían quedado sentadas con él. Carlos, el responsable de que estuviera ahí, ocupaba la cabecera de la mesa como si fuera el capitán del equipo. A su derecha estaba Néstor, un jubilado grandote, de bigotes blancos, que ya mascullaba porque "el cartón de hoy venía flojo". Del otro lado se encontraba Elvira, una mujer diminuta que no debía medir más de un metro cincuenta, pero que tenía una voz capaz de hacerse escuchar desde la otra punta del hiper.

—Escuchame una cosa, nene —dijo Elvira, señalando el cartón de Lionel—. No vayas a cantar cualquier pelotudez porque te sacamos a escobazos.

Carlos soltó una carcajada. —No la escuchés. Amenaza a todos los nuevos.

—Y porque todos los nuevos son unos desesperados.

—¿Vos nunca cantaste una línea que no era?

—¡Una sola vez!

—Tres.

—¡Una!

—Tres.

—Bueno... dos y media.

Del otro lado de las mesas, Susana ya estaba instalada con Pablo y las dos señoras que siempre las acompañaban: Mabel y Coca. Las cuatro tenían los cartones perfectamente alineados, listas para empezar.

—Hoy les ganamos caminando —dijo Susana, acomodándose los anteojos.

Mabel chasqueó la lengua. —No cantes victoria, que después nos mufás.

—¿Mufa yo? Mufa la Coca, que cada vez que viene con esa bufanda verde no ganamos una mierda.

Coca abrió grandes los ojos. —¿Qué tendrá que ver la bufanda?

—Todo tiene que ver.

Pablo se masajeó el puente de la nariz, resignado. —No arrancaron y ya están peleando.

—No estamos peleando —respondieron las tres al mismo tiempo.

Pablo largó una risa y apoyó los codos sobre la mesa, levantó la vista por un instante y volvió a encontrarse con el hombre nuevo. Seguía mirando el cartón con una concentración exagerada, casi dramático. 

—¿Qué mirás? —preguntó Susana.

—Nada.

—Mentiroso.

—Estoy viendo al nuevo.

Las tres giraron la cabeza casi al unísono. —Tiene pinta de que no entiende un carajo —opinó Coca.

—Pobrecito —dijo la Mabel.

—Pobrecito un huevo. Mirá si gana de entrada.

—¡Ay, Susana!

—¿Qué? Hace un año y medio que vengo todos los martes. Si viene uno de afuera y me gana el primer día, me pego un corchazo.

Pablo escupió una risa. —Estás completamente loca.

—Sí, pero con principios.

Antes de que pudiera seguir cargándola, una voz resonó desde la otra mesa.

—¡Eh, Carlos! ¡No le vayas a soplar los números al pibe!

Carlos levantó la cabeza de golpe. —¿Qué le voy a soplar, vieja chota? ¡Si todavía no empezó!

—Por las dudas te aviso.

—¡Mabel, ocupate de tus cartones!

—¡Me ocupo de los míos y de que no hagan trampa!

—¡Andá a controlar la inflación, que eso te sale mejor!

Lionel miró a Carlos, completamente desconcertado. —¿Siempre es así?

Carlos se acomodó en la silla con total tranquilidad. —No.

Lionel arqueó una ceja.

—Hoy están bastante tranquilos.

La organizadora volvió a golpear el micrófono con un dedo. —Bueno, ahora sí. El que hable mientras estoy cantando, se jode. Después no quiero a nadie diciendo que no escuchó un número.

El bolillero empezó a girar y el murmullo fue apagándose de a poco. 

—Primer número... ¡el quince!

Alrededor suyo empezaron a escucharse los primeros "uh", "bien" y "la puta madre". Él buscó el quince con la vista durante unos segundos hasta encontrarlo en la esquina inferior del cartón.

—¿Lo encontraste? —le preguntó Carlos en voz baja.

—Sí... creo.

—¿Cómo que "creo"? O está o no está.

—Está.

—Entonces marcá, hermano.

Lionel obedeció y siguió esperando el próximo número. —¡Setenta y dos!

—¡Lo tengo! —gritó Elvira, marcándolo.

Del otro lado, Susana ya había empezado con su ritual. —Vamos, dale. Hoy sí.

—¿Le hablás al cartón? —preguntó Pablo.

—No. A la suerte.

—¿Y te escucha?

—A veces.

—Con razón viene tan poco.

Susana le pegó un codazo que apenas lo hizo moverse de la silla. —Callate, veterinario de cuarta.

—¡Treinta y ocho!... ¡Nueve!... ¡Sesenta y uno!

Carlos miró de reojo el cartón de Lionel. —Che... venís bastante bien.

—¿Sí?

—Te faltan tres para línea.

—¿Eso es bueno?

Néstor bufó. —No le digás nada, Carlos. Después se agranda.

—¿Agrandarme por un bingo?

—Acá hemos visto amistades romperse por menos.

Lionel soltó una risa. —No me asustes.

—No te asusto. La Coca estuvo tres meses sin hablarle a Mabel porque le gritó "línea" dos segundos antes.

—¡El cuarenta y siete!

—¡Mierda! —se le escapó a Carlos, golpeando la mesa.

—¿Qué pasó?

—Me faltaba ese.

—Bueno, salió.

—¡Sí, ahora! Hace cuatro rondas que lo estoy esperando.

Lionel ya no sabía si mirar el cartón o a la gente. Había entrado convencido de que iba a pasar diez minutos sentado en una silla marcando números y, sin embargo, sentía que estaba presenciando una reunión familiar donde todos se conocían desde hacía décadas.

Y, aunque todavía no lo sabía, del otro lado del salón alguien acababa de levantar la vista por segunda vez para mirarlo. Pablo sonrió apenas al verlo reírse con Carlos y negó con la cabeza. —Al final... me parece que el nuevo sí vuelve el martes que viene.

—¿Qué tanto lo mirás? —preguntó Mabel sin despegar los ojos del cartón.

Pablo siguió marcando un número antes de responder. —Nada. Me da gracia.

—¿Qué cosa?

—El pobre tipo. Tiene una cara de "quiero comprar un paquete de yerba y volverme a mi casa"...

Las cuatro mujeres soltaron una risa. —Y terminó sentado con Carlos —completó Coca.

—Pobrecito —agregó Susana—. Nadie sale ileso de esa mesa.

Pablo sonrió mientras tachaba otro número. —En dos martes ya lo convencen de venir aunque no tenga que comprar nada.

Mabel levantó una ceja y dejó el fibrón sobre la mesa. —Mirá vos...

—¿Qué?

—Hace rato que no te veía mirar tanto a alguien.

Pablo tardó unos segundos en entender por dónde venía la mano. —¿Qué decís?

—Lo que escuchaste.

—Estoy mirando al nuevo porque es un cago de risa, Mabel.

—Ajá.

—¿Ajá qué?

—Nada... digo nomás.

Susana dejó escapar una carcajada. —Ay, Mabel, dejá de hacer novelas.

—¿Novelas yo? Hace dos años que este hombre está soltero. Ya es hora de que alguien haga algo.

—¡Mabel!

—¿Qué? ¿Estoy mintiendo?

Coca negó con la cabeza. —No, mentir no mentís.

—Gracias.

—Pero sos insoportable.

—También.

Pablo resopló, divertido. —Ustedes no pueden dejar vivir a nadie, ¿no?

—No —respondieron las tres al mismo tiempo.

El veterinario negó con la cabeza y volvió a concentrarse en el cartón. —Menos mal que vine a jugar al bingo.

—No, querido —dijo Susana con una sonrisa ladina mientras marcaba otro número—. Vos viniste a que te encontremos novio.

La partida siguió entre números, quejas y comentarios cruzados. A esa altura ya nadie respetaba demasiado el silencio que las organizadoras pedían al comienzo, cada bolilla era una excusa para que alguien protestara.

—¡El dieciocho!

—La puta madre, ese tampoco.

—¡Treinta y cuatro!

—¿Quién arma estos cartones de mierda? Siempre me faltan los mismos.

—¡Sesenta y ocho! Seis ocho 

—¡Dale, hermano! ¡Sacame un número que tenga!

Las organizadoras se miraron resignadas, era exactamente igual todos los martes y Lionel ya se había relajado,  cada vez que marcaba un número, Carlos se inclinaba para mirar de reojo su cartón.

—No te ilusiones. Eso es lo peor que podés hacer acá.

—¿Por?

—Porque después perdés y te volvés caliente con una bolsa de yerba.

—¡Y un paquete de café! —corrigió Elvira.

—Bueno, una bolsa de yerba y un paquete de café.

Lionel soltó una risa.

Del otro lado, Pablo seguía escuchando a Susana renegar con el universo.

—¡No puede ser! Me vienen esquivando todos los números.

—Es un juego de azar, Susu.

—No me rompas las pelotas con la lógica, Aimar.

La organizadora metió la mano en el bolillero una vez más. —¡Cuarenta y dos!

Durante un segundo hubo silencio.

Y de pronto una voz rompió el aire. —¡¡LÍNEA!!

Coca se puso de pie con el cartón en alto y una sonrisa triunfal que le ocupaba toda la cara.

—¡Te dije! ¡Te dije que hoy era mi día!

—¡Pará, pará! —pidió una de las organizadoras mientras se acercaba—. No cantes victoria todavía.

—¿Cómo que no? ¡Revisámelo!

Susana apoyó una mano sobre el hombro de Pablo. —No, bueno... ya arrancamos mal.

—Felicitá a tu amiga, aunque sea.

Carlos, desde la otra mesa, levantó la voz. —¡Revisale bien ese cartón! ¡La Coca siempre hace trampa!

—¡Andá a cagar, Carlos! —respondió Coca sin perder la sonrisa.

—¡Te conozco hace cuatro años!

La organizadora repasó uno por uno los números de la línea mientras Coca la seguía con el dedo, conteniendo la respiración. —...setenta y uno... ochenta... y quince.

Levantó la vista y sonrió. —Línea válida.

Coca levantó los dos brazos como si acabara de salir campeona del mundo. —¡Vamos, carajo!

Susana se dejó caer contra el respaldo de la silla y negó con la cabeza. —No la aguanto más.

—Y eso que recién empieza —murmuró el menor, resignado.

La organizadora volvió a tomar el micrófono. —Bueno, señores. Se terminó la línea, ahora seguimos por cartón lleno.

Y, por primera vez desde que se había sentado, Scaloni miró su cartón con un poco más de atención.

Apoyó el marcador sobre la mesa y se permitió mirar alrededor por un instante. Hacía menos de media hora había entrado al hipermercado con la única intención de comprar un par de cosas para la semana y volver al campo antes del mediodía. Si alguien le dijera que iba a terminar jugando al bingo con un grupo de jubilados que se puteaban como hermanos de toda la vida, probablemente se le hubiera reído en la cara. Sin embargo, ahí estaba. Riéndose de las cargadas de Carlos, escuchando las teorías conspirativas de Elvira sobre los cartones "embrujados" y viendo cómo todos discutían por una simple línea de mierda. Hacía mucho tiempo que no compartía una mañana tan liviana, sin pensar en el trabajo, en las cuentas o en las tareas del campo. Por primera vez en bastante tiempo, estaba haciendo algo completamente inútil... y, contra todo pronóstico, la estaba pasando realmente bien. 

Con la línea ya entregada, las organizadoras volvieron a mezclar las bolillas. Aprovecharon esos minutos para repartir el premio a Coca, que levantó una bolsa llena de productos de limpieza como si acabara de ganar la lotería.

—¡La puta madre! —protestó Carlos desde la otra mesa—. Encima gana ella.

—Llorá más fuerte, capaz te escuchan en la caja ocho —le respondió Coca sin perder la sonrisa.

—Bueno, bueno... basta. Arrancamos de nuevo. 

Todos volvieron a acomodarse en las sillas casi al mismo tiempo. El murmullo fue desapareciendo de a poco y el bolillero empezó a girar otra vez.

—¡Veintidós!

—¡Setenta y seis!

—¡Cinco!

—¡Cincuenta y nueve!

La tensión cambió enseguida. Si durante la línea todos hablaban, ahora cada número empezaba a pesar un poco más, los comentarios seguían apareciendo, pero entre medio de largos silencios en los que cada uno buscaba desesperadamente la bolilla en su cartón.

—¿Lo tenés? —susurró Carlos.

—Sí.

—Bien.

Dos números después volvió a asomarse.

—¿Y ahora?

—También.

—Mirá vos...

Lionel sonrió sin despegar la vista del cartón. —¿Qué pasa?

—Nada... venís bastante derecho.

—No me mufe, Carlos.

El jubilado abrió grande los ojos. —¡Aprendió rápido el pibe!

—¡No le hablés de mufa! —gritó Elvira.

Del otro lado, Susana ya había dejado de hacer chistes. Marcaba los números con una concentración absoluta, murmurando por lo bajo cada vez que uno no aparecía.

—Dale... dale...

Pablo levantó apenas la vista. —¿Con quién hablás ahora?

—Con el bolillero.

—¿Y qué te dice?

—Que vos sos un rompepelotas.

—Eso ya lo sabía.

Las dos señoras largaron una carcajada.

—¡Treinta y uno!

—¡Sesenta y nueve!

—¡Cuarenta!

Las mesas empezaron a inquietarse, ya nadie tenía demasiados casilleros vacíos, algunos contaban en voz alta los números que les faltaban; otros preferían guardar silencio para no tentar a la mala suerte.

Carlos volvió a inclinarse hacia Lionel.

—¿Cuántos te quedan?

Lionel hizo un repaso rápido con la vista. —Cinco.

El jubilado soltó un silbido. —Apa...

En la otra mesa, Susana también contaba. —Cinco.

Pablo revisó el suyo. —A mí cuatro.

—No me ganés, Pablo.

—No depende de mí.

Todavía nadie se animaba a cantar, pero todos sabían que faltaba muy poco.

—¡Sesenta y siete!

—¡Veintinueve!

Carlos respiró hondo. —Dale, viejo... uno más.

—¡Cincuenta y cuatro!

Néstor golpeó la mesa. —¡La concha de su madre!

—¡Néstor! —lo retó Elvira.

—¿Qué? ¡Hace media hora que me faltan dos!

—Y el próximo número es...

El salón quedó completamente en silencio. —¡Doce!

Hubo apenas un segundo de pausa.

Y, de golpe, dos voces se escucharon al mismo tiempo desde puntas opuestas del salón.

—¡¡CARTÓN LLENO!!

Todas las cabezas giraron.

Lionel seguía con una mano levantada sosteniendo el cartón, visiblemente sorprendido de haber ganado.

Del otro lado, Pablo también tenía el suyo en alto, las organizadoras se quedaron inmóviles un instante.

—¿Dos?

—¡Dos! —confirmó Carlos.

—¡La puta madre! —protestó Susana.

—Bueno, bueno... tranquilos. Vamos a revisar.

Las dos chicas se acercaron primero a la mesa de Lionel. —¿De verdad es la primera vez que jugás? —preguntó una mientras tomaba el cartón.

—Sí...

—Mirá vos.

Carlos sonreía como si el premio fuera suyo. —¿Vieron? Les dije que el pibe venía con suerte.

Del otro lado, Susana ya renegaba. —No puede ser. Mirá si viene uno nuevo y encima gana.

—Capaz ganó bien —contestó Pablo.

—Sí, pero me rompe las pelotas igual.

La organizadora empezó a controlar uno por uno los números del cartón de Lionel.

—Quince...

—Está.

—Treinta y uno...

—Está.

—Cincuenta y cuatro...

—Está.

La revisión siguió sin problemas hasta que llegó al sesenta y siete.

—Sesenta y siete...

—Pará.

La voz salió desde la otra mesa.

Era Pablo.

Tenía el ceño apenas fruncido mientras miraba el cartón de Lionel desde donde estaba sentado.

—Creo que ese número no salió.

El salón quedó mudo.

Lionel levantó la vista por primera vez y lo miró.

Era el hombre que había visto de lejos sentado con las tres mujeres durante toda la partida. Tendría más o menos su edad, aunque era unos centímetros más bajo que él. Llevaba un pulóver azul oscuro, el pelo castaño algo largo y desordenado, con rulos que parecían hacer lo que querían, y unos ojos de un marrón tan claro que, con la luz del hipermercado, por momentos parecían color miel. Sostenía el cartón con una tranquilidad llamativa, casi impropia del escándalo que acababa de desatar. No tenía cara de estar buscando pelea; más bien parecía sinceramente convencido de que ese número no había salido. 

—Sí salió —respondió Lionel con calma.

Pablo negó despacio. —No... estoy casi seguro de que no.

—Yo lo marqué cuando lo cantaron.

—Pero me parece que no salió.

—Pablo, no rompas las pelotas —murmuró Susana.

—No las rompo, digo que no me acuerdo.

—Yo sí me acuerdo —saltó Carlos—. Salió.

—Vos te acordás de cualquier cosa.

—¿Qué dijiste?

—Lo que escuchaste.

En menos de diez segundos el salón entero estaba opinando.

—¡Sí salió!

—¡No salió un carajo!

—¡Yo también lo marqué!

—¡Vos marcás hasta los que no tenés!

—¡Callate, Mabel!

—¡Callame vos!

Las organizadoras levantaron las manos intentando recuperar el orden.

—¡Silencio! ¡Silencio un segundo!

Nadie les dio pelota.

Carlos ya discutía con Coca, Elvira defendía a Lionel como si lo conociera de toda la vida y Susana intentaba convencer a Pablo de que dejara de hacerse el auditor del bingo.

—¡Pablo, soltá el cartón del hombre!

—¡Pero si no lo estoy tocando!

—¡Entonces dejá de mirarlo!

—¡Quiero saber si salió o no!

Una de las organizadoras respiró hondo, tomó la planilla donde iban anotando todos los números cantados y empezó a repasarla desde el principio.

La chica pasó el dedo lentamente por la hoja hasta detenerse en una línea.

—Sí salió.

Pablo cerró los ojos un segundo y dejó escapar una risa por la nariz.

—Bueno... me equivoqué.

—Disculpá. Estaba convencido de que no había salido.

Lionel sonrió por primera vez directamente hacia él. —No pasa nada.

Susana le pegó un codazo a Pablo. —Mirá que te viniste a pelear con el único joven que viene al bingo.

—No me peleé.

—Le discutiste el cartón lleno.

—Le discutí un número.

—Es lo mismo.

Las organizadoras aprovecharon el momento para volver a hablar. —Bueno... confirmado. Los dos cartones son válidos.

—¿Y ahora? —preguntó Carlos.

La chica sonrió. —Ahora hacen lo que dice el reglamento.

Los dos ganadores la miraron al mismo tiempo. —El premio... se comparte.

Después alguien del fondo gritó: —¡Uh, ahora se van a tener que poner de acuerdo!

Y las carcajadas volvieron a llenar el hipermercado.

La organizadora desapareció unos minutos y volvió con un sobre blanco en la mano. —Bueno, gente... este mes cambiamos el premio.

Los jubilados empezaron a murmurar entre ellos. —¿No hay canasta?

—¿Qué hicieron con la canasta?

—¿La inflación también llegó al bingo?

—No, tranquilos. Hay premio igual.

Abrió el sobre y sacó una tarjeta plástica. —Los ganadores se llevan una gift card para consumir en "La Posta de Don Ernesto", el restaurante de acá a tres cuadras del hiper. Incluye una cena completa para dos personas, con entrada, plato principal, postre y bebida.

—¡Apa! —silbó Carlos.

—¡Mirá cómo levantó el nivel este bingo! —agregó Elvira.

—Yo quería el detergente... —refunfuñó Néstor, provocando otra ronda de risas.

La organizadora volvió a mirar a Lionel y a Pablo. —El tema es que hubo doble cartón lleno.

Los dos asintieron al mismo tiempo. —Así que... el reglamento dice que el premio se comparte.

—¿Y cómo compartís una cena para dos? —preguntó Coca.

La organizadora levantó los hombros. —Eso ya queda entre ustedes.

Silencio.

Pablo miró la tarjeta y después miró a Lionel.

—¿La cortamos por la mitad? —preguntó con toda seriedad.

Pablo soltó una risa antes de poder evitarlo. —Creo que no funcionaría.

—Capaz nos dejan pedir media milanesa cada uno.

—O un raviol por cabeza.

Los dos se rieron por primera vez juntos. Fue recién entonces cuando se miraron de verdad, sin un número de por medio, sin la necesidad de demostrar quién tenía razón. Lionel alcanzó a notar los rulos desordenados que caían sobre la frente del otro, la barba prolija de algunos días y esos ojos marrones tan claros. Pablo, por su parte, se encontró con una mirada serena, de esas que transmitían más calma que palabras, y una sonrisa apenas ladeada que le cambiaba por completo la expresión seria con la que había discutido hacía unos minutos, ninguno dijo nada. Apenas sostuvieron la mirada un instante más de lo normal, suficiente para que la vergüenza los hiciera apartarla casi al mismo tiempo, todavía con una sonrisa dibujada en la cara. 

Atrás, los jubilados ya estaban armando teorías. —¡Vayan los dos!

—¡Claro!

—¡Si la cena es para dos personas!

—¡Problema resuelto!

—¡Es el destino! —gritó Susana, levantando un dedo.

Pablo cerró los ojos un instante. —No empieces...

—¿Qué no empiece? Si el universo hizo todo esto.

—El universo no hizo nada.

—¿Ah, no? ¿Quién hizo que empataran?

—Las probabilidades.

—¡No me vengás con esas pelotudeces de veterinario!

Carlos dio un paso adelante y le pasó un brazo por los hombros a Lionel. —Escuchame, pibe. La comida es gratis.

—Sí...

—Bueno, listo. Comé con él y dejen de romper las pelotas.

—¡Carlos! —lo retó Elvira.

—¿Qué? ¡Estoy resolviendo un problema logístico!

—Si no te molesta... podemos hacer eso.

Pablo habló —La verdad... me parece bastante más fácil que discutir con ellos.

—Eso seguro.

Antes de que alguno pudiera decir algo más, el grupo entero empezó a despedirse, la mañana del bingo del hiper había terminado. 

Carlos fue el primero en acercarse a Lionel y le dio una palmada en la espalda.

—Bueno, pibe... ya sos parte del grupo.

—No exagerés...

—¿Cómo que no? Acá el que juega una vez, vuelve.

—Eso, eso —se sumó Elvira—. El martes que viene te queremos sentado en el mismo lugar.

Lionel soltó una risa y levantó las manos. —Bueno... prometo volver.

—¡Escucharon! —gritó Carlos mirando al resto—. ¡Quedó comprometido delante de todos!

Un aplauso espontáneo recorrió las mesas mientras varios empezaban a guardar los cartones y los marcadores. Pablo esperaba unos pasos más atrás, todavía con la gift card entre los dedos, cuando el pequeño tumulto empezó a dispersarse, se acercó al más alto con una sonrisa tranquila.

—Bueno... habrá que usar esto.

Lionel asintió. —Supongo que sí.

Hubo un silencio breve, de esos incómodos pero agradables, en los que ninguno parecía apurado por llenarlo. —¿Mañana te queda bien? —preguntó Pablo al fin.

—Sí, ningún problema.

—¿A las diez?

—En punto.

—Perfecto.

Se estrecharon la mano y cada uno volvió a su rutina. 

Cuando Lionel volvió a empujar el carrito por los pasillos del hipermercado, recién entonces recordó que seguía sin comprar la mitad de las cosas que había ido a buscar. Negó con la cabeza entre risas mientras retomaba la lista del celular, había entrado a las nueve de la mañana para comprar y terminaba saliendo casi dos horas después con una invitación a cenar, la promesa de volver al bingo el martes siguiente y la extraña sensación de que, por alguna razón que todavía no lograba explicar, ese martes cualquiera había dejado de parecerse a todos los demás.

Del otro lado del salón, Pablo observó cómo el hombre desaparecía detrás de las góndolas antes de guardar la tarjeta en el bolsillo del pulóver.

—Che, veterinario... —dijo Susana, acomodándose la cartera sobre el hombro.

—¿Qué?

—No llegues tarde mañana.

Pablo sonrió sin mirarla. —No pienso llegar tarde.

—Así me gusta.

(***) 

El resto del martes volvió a parecerse bastante a la vida que los dos conocían de memoria.

Lionel regresó al campo con la camioneta cargada de bolsas. Apenas bajó, Moro salió corriendo a recibirlo como hacía siempre, más allá del galpón, uno de los peones seguía terminando de reparar el alambrad y la rutina lo esperaba exactamente donde la había dejado: revisar los corrales, hablar con los muchachos, controlar un lote de terneros y hacer un llamado al proveedor de alimento balanceado. Sin embargo, ese martes algo era distinto. Cada tanto, sin un motivo claro, se sorprendía recordando alguna pavada de la mañana, en especial de aquel hombre que había conocido y con el que tendría una salida.

No era una persona que disfrutara demasiado de conocer gente nueva. De hecho, hacía años que su círculo se resumía a los peones del campo, algún vecino y un par de amigos con los que hablaba de vez en cuando. Por eso le llamó la atención sentirse tan cómodo en un lugar al que había llegado por pura casualidad. Y, aunque intentó convencerse de que la cena del miércoles era simplemente la forma más práctica de usar un premio, había algo en ese hombre de rulos desordenados y ojos claros que seguía apareciendo, de tanto en tanto, entre sus pensamientos.

A varios kilómetros de allí, Pablo terminó de acomodar el último paciente de la tarde en la veterinaria y cerró la historia clínica con un suspiro. Los martes solían ser largos, entre vacunas, controles y alguna urgencia de último momento, casi siempre salía cuando ya estaba oscureciendo. Saludó a la secretaria, apagó las luces del consultorio y subió al auto pensando que todavía tenía que pasar por la farmacia y comprar alimento para uno de los perros que estaba recuperándose en su casa.

Su vida también era sencilla, vivía solo en una casa modesta, a pocas cuadras del centro, donde nunca faltaban libros apilados sobre la mesa del comedor, una pava lista para el mate y algún perro en tránsito ocupando el sillón como si fuera el dueño. Aprendió a disfrutar de esa tranquilidad hacía mucho tiempo, no sentía que le faltara nada, aunque Susana insistiera, martes de por medio, en que necesitaba "dejar de casarse con el trabajo".

Mientras preparaba la cena, apoyó distraídamente la gift card sobre la mesada. La observó unos segundos antes de largar una risa para sí mismo. Lo curioso era que, cuando intentó recordar la cara de Lionel, no fue la discusión lo primero que le vino a la mente, fue esa sonrisa medio tímida que había aparecido cuando hicieron el chiste de la media milanesa. Pensó que parecía un buen tipo, tranquilo. De esos con los que el silencio no resulta incómodo.

Los dos se acostaron esa noche convencidos de que la cena del miércoles no era más que una consecuencia absurda de un empate en un bingo. 

(***) 

El miércoles empezó frío y nublado, con ese cielo gris típico del invierno cordobés que parecía no terminar de decidir si iba a largarse a llover o no. Los dos intentaron convencerse o intentar de que sería un día como cualquier otro. Y, durante varias horas, casi lo lograron.

Lionel pasó la mañana recorriendo el campo, dando indicaciones, tomando mate y andando a caballo. El trabajo no le daba demasiado margen para distraerse, pero cada vez que miraba la hora en el celular, inevitablemente recordaba que a las diez tenía una cena pendiente con un completo desconocido, pensaba constantemente que era simplemente la forma más lógica de usar un premio que habían ganado entre los dos. Nada más, no una cita, nada de inventarse historias ni nada de esas boludeces por las que ya había pasado y no habían funcionado, no no. 

Pablo, en cambio, no consiguió engañarse ni cinco minutos.

La veterinaria estuvo llena desde que abrió. Vacunas, controles y un perro que había decidido tragarse media pelota de tenis, apenas tuvo tiempo de sentarse a tomar un mate. Sin embargo, por primera vez en mucho tiempo, miró el reloj más veces de las necesarias.  La idea de esa cena aparecía una y otra vez, interrumpiendo cualquier intento de concentrarse del todo.

A las siete de la tarde cerró el consultorio, llegó a su casa y dejó las llaves sobre la mesada. Abrió la heladera por costumbre, la volvió a cerrar sin sacar nada y terminó apoyándose en la cocina con los brazos cruzados.

—¿Y ahora qué carajo me pongo...? —murmuró para sí.

Hacía años que no se preocupaba por la ropa para salir a comer con alguien. Terminó abriendo el placard y descartó una camisa por "demasiado elegante", un buzo por "demasiado croto" y otro pulóver porque juraba que tenía una mancha, aunque no estuviera seguro.

Mientras seguía cambiando perchas de un lado al otro, el celular vibró sobre la cama.

Susu.

Pablo ya sabía que ese mensaje no podía traer nada bueno.

¿Ya te bañaste?

Hace diez minutos que llegué a casa.

Susu
Bueno, bañate. No vayas con olor a perro.

Muy amable.

Susu
Es por tu bien. Y ponete perfume, aunque sea una vez en la vida.

Cinco segundos después volvió a vibrar.

Ah... y acordate de afeitarte un poquito. No quiero que ese pobre hombre piense que sos un villero

Susana, no es una cita.
y no hables así!!! 

Susu
Claro que no. Y yo soy Jennifer López.

Sos insoportable.

Susu
Después me agradecés.

Guardó el celular en el bolsillo del pantalón sin responder. Por más que intentara negarlo, la vieja había conseguido ponerlo todavía más nervioso.

Mientras tanto, a varios kilómetros, Lionel terminaba de cerrar el galpón y de darle las últimas indicaciones a uno de los peones antes de entrar a su casa, se dio una ducha rápida, eligió el primer pulóver limpio que encontró y unos jeans oscuros. Tardó menos de cinco minutos en estar listo.

Frente al espejo del baño se acomodó distraídamente el cuello del pulóver y se quedó observando su reflejo durante unos segundos.

—Es una cena por un premio —se dijo en voz baja.

Agarró las llaves de la camioneta, apagó las luces de la casa y salió rumbo al restaurante con tranquilidad, nada raro iba a pasar. 

(***)

A las diez menos cinco, Lionel ya estaba estacionando frente a La Posta de Don Ernesto. Apagó el motor, miró la hora y apoyó las manos sobre el volante durante unos segundos. No entendía por qué estaba nervioso, qué le pasaba, era muy simple todo, tan simple como una cena que se ganó en un bingo improvisado. 

Terminó bajándose igual.

El aire frío de la noche le pegó de lleno en la cara mientras caminaba hasta la entrada del restaurante. El lugar tenía ese ambiente cálido de los bodegones de pueblo: luces amarillas, mesas de madera, olor a pan recién horneado y el murmullo constante de conversaciones ajenas. Apenas cruzó la puerta, un mozo le preguntó si tenía reserva. 

—No... en realidad estoy esperando a alguien.

El hombre asintió y le señaló un banco de madera junto a la ventana.

Lionel agradeció con un gesto y se quedó parado mirando hacia la calle. Cada vez que un auto frenaba frente al restaurante levantaba la vista casi por reflejo, se sintió un poco ridículo cuando se descubrió acomodándose el cuello del pulóver por tercera vez. Pero cinco minutos después, un auto gris estacionó frente al restaurante y Pablo bajó despacio, cerró la puerta con el control y respiró hondo antes de caminar hacia la entrada. Llevaba un jean oscuro, zapatillas y un pullover rojo. Los rulos seguían igual de desordenados que el día anterior, ya era una lucha perdida. 

Lionel lo reconoció enseguida.

Pablo también.

Durante un instante los dos se quedaron quietos, separados apenas a unos metros de la vereda. Era extraño, el día anterior se habían visto rodeados de personas mayores, gritos, cargadas y ahora estaban solos, sin Carlos interrumpiendo cada dos minutos, sin Susana opinando de todo y sin nadie que rompiera la incomodidad por ellos.

Fue Pablo el que sonrió primero. —Llegaste antes.

—Cinco minutos.

—Yo pensé que iba a ser el único ansioso.

Lionel soltó una risa baja. —No estaba ansioso.

Pablo arqueó una ceja. —¿No?

—Bueno... capaz un poquito.

Entraron al restaurante juntos y el mozo los acompañó hasta una mesa junto a la ventana. Apenas se sentaron, hubo unos segundos de ese silencio incómodo que solo existe entre dos personas que todavía no saben por dónde empezar una conversación. Los dos tomaron la carta al mismo tiempo, la abrieron y volvieron a cerrarla casi enseguida.

—Creo que ni la estoy leyendo —admitió Pablo entre risas.

—Yo tampoco.

Los dos levantaron la vista al mismo tiempo y volvieron a encontrarse con los ojos del otro. Scaloni descubrió que esos ojos eran todavía más claros de lo que recordaba y que Pablo tenía la costumbre de sonreír apenas con un costado de la boca cuando estaba un poco incómodo. El de rulos, por su parte, notó que la expresión seria de Lionel desaparecía por completo cuando se reía y que tenía una tranquilidad difícil de explicar…

—Creo que nunca nos presentamos —dijo Lionel, extendiendo una mano sobre la mesa.

—Tenés razón.

Pablo la estrechó con firmeza.

—Pablo Aimar

—Lionel Scaloni

Los dos sonrieron otra vez.

—Mucho gusto... oficialmente.

—Oficialmente.

Cuando el mozo se acercó, pidieron una picada para compartir mientras decidían el plato principal. Recién cuando quedaron otra vez solos, Pablo apoyó los codos sobre la mesa y negó con la cabeza.

—Todavía no puedo creer que nos hayamos conocido en un bingo.

Lionel largó una risa. —Yo sigo sin poder creer que entré a comprar café y terminé discutiendo por un sesenta y siete.

—Che... de eso te debo una disculpa otra vez.

—Ya está. Si te soy sincero, me dio risa, nada de enojos y esas boludeces. 

—Yo estaba convencidísimo de que no había salido.

—Se notaba.

Pablo se pasó una mano por la nuca, algo avergonzado. —Susana me retó todo el camino de vuelta.

—Carlos me dijo que estuviste a punto de hacer un pedido de impugnación al cartón.

—¿Ves? Por eso no hay que darle confianza a ese hombre.

Lionel volvió a reírse, esta vez con más ganas. —¿Siempre son así?

—Peor.

—¿Peor?

—Vos los agarraste tranquilos.

Lionel apoyó los antebrazos sobre la mesa y lo miró con una mezcla de sorpresa y diversión. —No quiero imaginarme un martes complicado, entonces.

—Creeme... tampoco querés estar cuando juegan el especial de fin de mes.

Los dos volvieron a reír. Y, sin que ninguno lo notara, la conversación empezó a fluir con demasiada naturalidad. 

La picada desapareció mucho más rápido de lo que cualquiera de los dos esperaba. Entre una feta de salame, un pedazo de queso y el pan recién horneado que el mozo no dejaba de acercarles, la incomodidad inicial fue cediendo hasta desaparecer por completo. Cuando llegó el momento de pedir el plato principal, Lionel eligió un bife de chorizo con papas españolas y una copa de vino tinto. Pablo, después de dudar varios minutos entre las pastas y la carne, terminó inclinándose por unos sorrentinos de jamón y queso con salsa fileto.

La conversación empezó con el bingo, como era inevitable. Pablo le explicaba que iba todos los martes desde hacía más de un año porque Susana, vecina de toda la vida y amiga de su mamá, un día apareció en la veterinaria diciendo que "un hombre de treinta y cinco años no puede pasarse toda la vida trabajando" y prácticamente lo obligó a acompañarla. Desde entonces, el bingo se había convertido en una rutina que, aunque jamás lo admitiría delante de ella, esperaba con bastante entusiasmo. Se encargó de describirle a lionel cómo era cada jubilado, de las teorías de Susana sobre el universo y se reía de la facilidad con la que Carlos había adoptado al mayor como si lo conociera de toda la vida. 

Después, casi sin darse cuenta, empezaron a hablar de ellos.

Descubrieron que apenas se llevaban un año. Pablo tenía treinta y cinco; Lionel, treinta y seis. Los dos nacieron y crecieron en Córdoba, aunque en pueblos distintos. Lionel le contó que trabajaba desde muy chico en el campo familiar, con el tiempo había comprado más hectáreas y hoy vivía prácticamente para eso. Había días en los que no bajaba de la camioneta durante horas y otros en los que terminaba embarrado hasta las rodillas por ayudar a un peón con algún animal. Lo decía con una naturalidad que dejaba claro que nunca se había imaginado haciendo otra cosa, amaba el campo, la cosecha y los animales. 

Pablo lo escuchaba con atención, un poco fascinado. Cuando el otro terminó, le tocó el turno de hablar de la veterinaria. Le contó que siempre le habían gustado los animales, algo que tenían mucho en común, que había estudiado en la universidad de Córdoba y que, después de recibirse, decidió volver a instalarse cerca de su pueblo en lugar de quedarse en la ciudad. Atendía desde perros y gatos hasta caballos y vacas de los campos vecinos. Más de una vez lo habían llamado de madrugada porque una vaca estaba pariendo o un potrillo se había lastimado.

Con el correr de los minutos aparecieron otros temas. Las familias. Lionel era el del medio de tres hermanos y todavía tenía a sus padres viviendo a pocos kilómetros del campo. Los domingos, casi sin excepción, almorzaban todos juntos. Pablo, también era el hijo del medio. Su madre seguía viviendo en el mismo barrio de siempre y lo llamaba todos los días, aunque no tuviera absolutamente nada nuevo para contarle. Él fingía que le molestaba, pero terminó confesando que, si algún día el teléfono no sonaba, probablemente sería el primero en preocuparse.

Hablaron de los perros, de los inviernos en Córdoba, de los lugares donde les gustaba tomar mate. De los libros que Pablo compraba y dejaba a la mitad porque el trabajo lo interrumpía, y de las noches en las que Lionel se quedaba sentado en la galería del campo escuchando nada más que el viento y los grillos. Eran conversaciones simples, sin ningún tema extraordinario, pero ninguno de los dos recordaba la última vez que el tiempo se le había pasado tan rápido hablando con alguien que apenas conocía.

Cuando el mozo se acercó para retirar los platos vacíos, los dos levantaron la vista sorprendidos.

—¿Les traigo la carta de postres? —preguntó con una sonrisa.

Lionel buscó el celular por costumbre para mirar la hora. Las doce.

Se quedó unos segundos observando la pantalla antes de volver a mirar a Pablo. Ninguno de los dos tenía demasiado hambre después de la picada y los platos principales, pero terminaron compartiendo un vigilante, queso y dulce de batata "para no desperdiciar la gift card", según había dicho Lionel. A esa altura ya no había silencios incómodos. La conversación iba encontrando nuevos caminos por sí sola.

En algún momento, sin saber muy bien cómo, terminaron hablando de fútbol.

—No me digas que sos de Talleres... —comentó Pablo mientras dejaba el tenedor sobre el plato.

Lionel negó enseguida con una sonrisa. —Ni loco.

—¿Belgrano?

—Menos.

Pablo arqueó una ceja. —¿River?

—River.

Los dos se quedaron mirándose un segundo antes de largar una carcajada. —Mirá vos... otra coincidencia —dijo Pablo.

A partir de ahí aparecieron anécdotas como los partidos escuchados por la radio cuando eran chicos, los domingos en familia, y la costumbre de sufrir incluso cuando el equipo iba ganando dos a cero. Ninguno era de esos fanáticos que organizaban la vida alrededor del fútbol, pero los dos hablaban de River con ese cariño porque les recordaba a sus infancias tranquilas muy de pueblo. 

Cuando el tema pareció agotarse, Pablo desvió la vista hacia la ventana, afuera la noche estaba completamente despejada y el restaurante quedaba apenas a unas cuadras del centro, pero aun así podían distinguirse algunas estrellas entre las luces del pueblo.

—Qué lindo está el cielo... —murmuró casi sin pensarlo.

Lionel también miró hacia afuera. —En el campo se ve mucho mejor.

—¿Sí?

—Muchísimo. Hay noches que apagás todas las luces y parece que el cielo estuviera más cerca, se ve hasta la galaxia, jajaja. 

Pablo sonrió con una mezcla de curiosidad y nostalgia. —Hace años que quiero ver un cielo así.

Lionel apoyó los antebrazos sobre la mesa. —¿No te pasa que mirar las estrellas te acomoda un poco las ideas?

—Sí... aunque para mí es distinto.

—Cuando era chico, mi viejo decía que cada estrella era una historia que alguien había dejado ahí arriba. Nunca supe de dónde había sacado esa idea, pero me quedó. Cada vez que tengo un día complicado salgo un rato al campo, miro el cielo y... no sé... siento que todo se vuelve un poco más chico. —Lionel permaneció en silencio unos instantes.

—Mi abuelo decía algo parecido.

—¿En serio?

—Él decía que las estrellas servían para recordar que el mundo seguía siendo enorme, incluso cuando uno creía que sus problemas ocupaban demasiado lugar.

Pablo volvió a mirarlo, había algo en la forma pausada de hablar de Lionel que transmitía una calma difícil de explicar. No levantaba la voz, no gesticulaba demasiado, pero conseguía que cualquier conversación pareciera importante.

Lionel, por su parte, volvió a perderse unos segundos en esos ojos color miel que reflejaban las luces cálidas del restaurante. Pensó que era raro sentirse tan cómodo con alguien a quien apenas conocía desde el día anterior, tan raro como agradable.

Después de un momento, llegó la hora de pedir la cuenta, sacó la gift card del sobre y la dejó sobre la mesa. Durante un segundo los dos la observaron como si les costara creer que un simple premio de un bingo los hubiera llevado hasta ahí.

Cuando salieron del restaurante, el frío volvió a envolverlos de golpe. La calle estaba casi vacía, apenas se escuchaba el motor de algún auto que pasaba a lo lejos y el ruido de las hojas secas empujadas por el viento sobre la vereda. Caminaron despacio hasta donde habían dejado estacionados los autos, estirando una despedida que ninguno parecía demasiado apurado por concretar.

Se quedaron unos segundos de pie, uno frente al otro, con las manos en los bolsillos y esa sonrisa incómoda que aparece cuando una noche sale mucho mejor de lo que cualquiera esperaba.

—Bueno... estuvo lindo —dijo Pablo.

—Sí.

El silencio volvió a instalarse entre los dos. 

Lionel desvió la vista hacia la camioneta, metió una mano en el bolsillo del pantalón, volvió a sacarla y respiró hondo, no era una persona impulsiva, definitivamente el era de esos que necesitaban todo organizado y meticulosamente armado, casi nunca hacía algo sin pensarlo dos o tres veces antes. Y, justamente por eso, empezó a discutir consigo mismo.

Se convenció durante un segundo de que lo mejor era despedirse, subirse a la camioneta y volver al campo. Incluso dio medio paso hacia atrás.

Pero entonces recordó aquella conversación.  "Hace años que quiero ver un cielo así."

Antes de que pudiera arrepentirse, levantó otra vez la vista. —Che...

Pablo, que ya estaba buscando las llaves, volvió a mirarlo. —¿Sí?

Lionel dudó apenas un instante. —¿Tenés sueño?

La pregunta lo descolocó. —ehh, no... ¿por?

—Si no tenés nada que hacer... podemos ir hasta el campo.

Pablo tardó unos segundos en responder. —¿Ahora?

—Sí.

Lionel se encogió apenas de hombros, como si la propuesta no tuviera demasiada importancia. —Son veinte minutos de acá. Además... el cielo está despejado.

Hizo una pausa breve. —Hoy dijiste que hacía mucho que no veías las estrellas.

El silencio que siguió fue completamente distinto a todos los anteriores. Pablo sintió que el corazón le daba un pequeño vuelco, el hombre que tenía enfrente se había acordado de un comentario perdido entre tantas conversaciones de la noche, algo que él mismo había dicho casi sin pensar.

Sonrió despacio. —¿Así nomás?

Lionel largó una risa baja. —Así nomás.

Lo observó unos segundos más. y no pudo contra ese pensamiento: era hermoso. Era genuinamente hermoso, y podía identificar a miles de kilómetros, después de tanta experiencia, para que lado tiraba, se preguntaba si siempre se ponía nervioso o era el momento. Pero dejó de pensar y guardó las llaves otra vez en el bolsillo.

—Bueno...

La sonrisa se le ensanchó apenas. —Mostrame esas estrellas, entonces.

Lionel sintió un alivio absurdo recorrerle el cuerpo, disimuló la sonrisa bajando la vista un segundo antes de abrir la puerta de la camioneta. —Vení. Te llevo yo. 

Mientras Pablo rodeaba el vehículo para subir del lado del acompañante, ninguno de los dos lo dijo en voz alta. Pero sabían que, en ese momento, ya no estaban yendo solo a mirar un cielo lleno de estrellas.

(***)

El camino hasta el campo transcurrió entre conversaciones tranquilas y el sonido suave de la calefacción de la camioneta. La ruta estaba casi desierta a esa hora y, a medida que se alejaban, las luces de las casas iban desapareciendo hasta quedar reemplazadas por la oscuridad del campo abierto. Ninguno sintió la necesidad de llenar todos los silencios. Después de la cena, había nacido una confianza extraña, que ninguno de lso dos entendía. Cuando Lionel dobló por el camino de tierra y apagó el motor frente a la casa, el silencio fue absoluto.

—Bajá —dijo con una sonrisa—. Acá empieza la mejor parte.

Pablo obedeció y apenas puso un pie afuera levantó la cabeza por costumbre... y se quedó completamente inmóvil.

El cielo parecía otro.

No había edificios, carteles luminosos ni luces que compitieran con la noche. Solo un manto oscuro cubierto de miles de estrellas que se extendía de un horizonte al otro. Era tan inmenso que, por un instante, Pablo sintió que le faltaban palabras.

—La puta madre... —murmuró sin despegar la vista del cielo.

Lionel sonrió de costado. —Te dije.

Entró un momento a la casa y volvió con dos cervezas bien frías y una manta gruesa. Caminaron unos metros alejándose del galpón hasta un pequeño desnivel donde el pasto estaba más corto. Lionel extendió la manta sobre el suelo y los dos se sentaron uno al lado del otro, apoyando la espalda contra un viejo tronco.

Durante varios minutos ninguno habló.

No hacía falta.

Solo se escuchaba el viento moviendo los árboles y el ruido lejano de algún grillo escondido entre los pastizales. Pablo apoyó la botella sobre una pierna y dejó escapar una sonrisa que parecía de un chico.

—No me acordaba de que hubiera tantas.

—Porque en el pueblo nunca las ves todas.

—No...

Sacudió apenas la cabeza. —Esto es otra cosa.

Lionel dio un trago a la cerveza antes de mirar hacia arriba. —Cuando era chico pensaba que si me quedaba el tiempo suficiente mirando el cielo, alguna estrella se iba a mover.

Pablo soltó una risa. —¿Y pasó?

—No. Pero igual volvía todas las noches.

Después de unos segundos, Pablo levantó un brazo señalando un grupo de estrellas.

—¿Ves esas de allá?

Lionel siguió la dirección de su dedo. —Sí.

—Parece un perro.

Lionel entrecerró los ojos. —¿Un perro? Estás ciego.

—¿Cómo que no?

—Eso es un caballo.

—¿Dónde ves un caballo?

—Ahí... mirá. Esa es la cabeza.

Pablo empezó a reír. —No tiene cabeza.

—Porque no tenés imaginación.

—Vos no tenés imaginación. Estás desesperado por convertir todo en un animal de campo.

Lionel negó entre risas. —Bueno... ¿qué ves allá entonces?

Señaló otro grupo de estrellas.

El menor observó un rato largo. —Un mate.

—¿Un mate?

—Sí.

—Eso tiene forma de cucharón.

—No.

—Sí.

—No.

—Bueno... capaz de un mate medio deforme.

Los dos volvieron a reír, las voces se perdían en la inmensidad del campo, sin molestar a nadie más que a un par de pájaros nocturnos que levantaron vuelo desde un árbol cercano. La conversación empezó a mezclarse con el cielo, hablaron de las historias que inventaban cuando eran chicos, de las noches de verano acostados sobre el pasto, de los apagones que, de repente, llenaban el cielo de estrellas y hacían salir a todos los vecinos a la vereda.

—¿Vos qué ves ahora? — preguntó el mayor.

Pablo tardó en responder, dejó la botella a un costado y respiró hondo antes de sonreír.

—Creo que... por primera vez en mucho tiempo, no estoy buscando ninguna forma.

Lionel lo miró sin decir nada.

—Solo estoy mirando.

Las palabras quedaron flotando entre los dos. el morocho volvió la vista al cielo, pero una parte de él ya no estaba observando las estrellas. Sin darse cuenta, había empezado a prestar más atención a la luz tenue que iluminaba el perfil de Pablo, a la forma en que el viento le desordenaba todavía más los rulos y a esa sonrisa tranquila que aparecía cada vez que levantaba la cabeza.

El cielo seguía contando historias.

Y, por primera vez en mucho tiempo, a los dos les dio la impresión de que esa noche también estaba empezando a escribir una nueva.

(***)

Las botellas ya estaban casi vacías cuando la conversación volvió a cambiar de rumbo. El viento seguía moviendo apenas el pasto alrededor de la manta y, de vez en cuando, algún perro ladraba a lo lejos. La noche parecía detenerse solamente para ellos.

Después de un largo silencio, Pablo habló casi sin pensarlo. —¿Hace mucho que estás solo?

Lionel tardó unos segundos en responder. —Tres años, más o menos.

Se acomodó sobre el pasto antes de continuar.

—Fue una relación larga, eramos bastante distintos. Él quería vivir en la ciudad, viajar, hacer otras cosas... y yo cada vez estaba más metido en el campo. Llegó un momento en que los dos entendimos que ninguno iba a cambiar por el otro, yo nací para esto viste. Me gusta la vida sencilla, de campo. 

Pablo asintió despacio. —A mí me pasó algo parecido.

Lionel giró apenas la cabeza para escucharlo.

—No por el campo, obviamente... —sonrió—. Pero sí por el trabajo. La veterinaria te termina comiendo muchas horas. Hay guardias, urgencias, llamados a cualquier hora... y llega un punto en que, si el otro no entiende esa vida, todo empieza a hacerse cuesta arriba.

Hizo una pausa breve.

—Terminamos bien. Simplemente... se terminó.

Los dos quedaron mirando el cielo otra vez. Era curioso porque hablaban de relaciones que habían marcado años de sus vidas sin necesidad de dar demasiadas explicaciones. Como si alcanzara con entender que, a veces, las cosas no salen mal; simplemente dejan de funcionar.

Después de un rato, fue Lionel quien rompió el silencio. —¿A vos también te costó...?

Pablo giró apenas la cabeza. —¿Qué cosa?

Lionel tardó unos segundos en encontrar las palabras. —Aceptar que te gustaban los hombres.

El veterinario dejó escapar una sonrisa pequeña, casi melancólica. —Muchísimo.

—Crecí en un pueblo donde todos se conocían —continuó Pablo, jugando distraídamente con la etiqueta de la botella—. Cuando sos chico escuchás comentarios sin entender demasiado. Que fulano era "raro", que mengano "salió torcido"... esas cosas. Y aunque nadie te las diga directamente, las vas guardando igual.

Hizo una pausa antes de sonreír con cierta nostalgia.

—Creo que pasé varios años convenciéndome de que era una etapa. Después intenté hacer de cuenta que simplemente no existía. Y cuando ya no pude seguir negándolo... apareció el miedo.

Lionel asintió despacio.

—El miedo a que te miren distinto.

—Sí.

—A decepcionar a alguien.

—También.

—A que tu familia dejara de verte igual.

Pablo lo miró de reojo. —¿Te pasó?

Lionel soltó una risa baja, sin humor. —Me pasó todo junto.

Bajó la vista hacia la botella que sostenía entre las manos.

—Mi viejo siempre fue un hombre de campo, vite’, de pocas palabras. Yo me armé un montón de películas en la cabeza durante años. Pensaba que si algún día se enteraba, me iba a cagar a palos o algo así. 

Respiró hondo antes de seguir. —¿Y sabés qué fue lo peor?

—¿Qué?

—Que nunca me dio un solo motivo para pensar eso. Era yo el que tenía miedo.

Pablo permaneció en silencio.

—A veces uno carga prejuicios que ni siquiera son de la gente que quiere —dijo finalmente—. Son de la sociedad. De todo lo que escuchó mientras crecía.

Lionel levantó la vista hacia el cielo otra vez.

—Hoy parece más fácil para los pibes.

—Por suerte.

—Todavía falta un montón...

—Sí.

—Pero al menos ya no tienen que sentirse solos como nos sentimos nosotros.

El viento volvió a mover el pasto alrededor de la manta, Pablo sonrió con una ternura difícil de esconder.

—¿Sabés qué pienso?

—¿Qué?

—Que si alguno de los dos hubiera nacido diez años después... probablemente habría sufrido bastante menos.

Hizo una pausa antes de agregar, casi en un susurro. —Aunque entonces capaz no estaría acá, mirando las estrellas con vos.

Pablo giró la cabeza para mirarlo. Y, por primera vez desde que empezaron aquella conversación, entendió que había dolores que no valía la pena borrar, porque también habían sido el camino que los llevó hasta esa noche.

—¿Nunca pensaste en formar una familia? —preguntó Lionel con cautela.

Pablo sonrió de costado. —La verdad... sí.

Dejó la botella sobre la manta y cruzó las manos detrás de la cabeza.

—Siempre me imaginé siendo papá algún día. No sé por qué, capaz porque crecí rodeado de primos, de chicos... Siempre pensé que iba a llegar ese momento.

Lionel bajó la vista un instante. —Yo también, me gustaría tener hijos.

—Enseñarles a andar a caballo, que conozcan el campo... esas cosas.

Pablo sonrió. —Y que se llenen de barro hasta las rodillas.

Lionel soltó una risa. —Exactamente.

—seguramente terminaría apareciendo con algún cachorro abandonado cada dos semanas.

—Y tu hijo te preguntaría si se lo puede quedar.

—Y perdería la discusión antes de empezarla.

Lionel dio otro trago a la cerveza y se quedó unos segundos mirando el cielo. —Che...

—¿Mmm?

—¿Cómo te diste cuenta?

Pablo frunció el ceño. —¿De qué?

Lionel lo miró de reojo, con una sonrisa apenas marcada. —De que tirabas para el otro lado.

Pablo soltó una carcajada. —¿"Tirabas para el otro lado"? ¿Qué tenés, setenta años?

—Bueno, ¿cómo querés que lo diga?

—No sé... "que te gustaban los hombres", por ejemplo.

Lionel hizo una mueca. —Es que así pierde el suspenso.

—¿Suspenso?

—Sí, queda más... cinematográfico.

Pablo volvió a reír. —Mirá vos. No sabía que eras poeta.

—No soy poeta. Soy un tipo de campo.

—Se nota.

Los dos rieron otra vez, hasta que Pablo dejó escapar un suspiro.

—No sé si hubo un momento puntual.

Se quedó pensando unos segundos. —Creo que empecé a sospechar cuando todos mis amigos hablaban de la chica linda del curso... y yo estaba demasiado ocupado mirando al profesor de Educación Física.

Lionel escupió un poco de cerveza de la risa. —¡No!

—Te juro, tenía cuarenta años, era fachero y encima jugaba al rugby, imposible competir.

Lionel seguía riéndose. —Bueno... al menos tenías buen gusto.

—¿Y vos?

El mayor se rascó la barba, haciéndose el pensativo. —Lo mío fue menos elegante.

—A ver...

—Tenía catorce años y me enamoré del arquero de la Primera del club.

Pablo abrió grandes los ojos. —¿Del arquero?

—Sí.

—¿Y era lindo?

Lionel se quedó callado unos segundos. —No.

Pablo explotó en una carcajada. —¿Cómo que no?

—¡No! Era horrible.

—¿Entonces?

Se encogió de hombros. —Qué sé yo... atajaba bien.

Los dos largaron una risa tan fuerte que un par de pájaros levantaron vuelo del árbol que tenían detrás.

Cuando lograron calmarse, Pablo negó con la cabeza.

—Mirá que el amor te deja ciego, pero enamorarte de un tipo feo por cómo atajaba...

—Bueno, no me juzgues. Era adolescente.

—No te juzgo.

Hizo una pausa, todavía sonriendo. —Pero cada vez confirmo más que sos bastante raro, Scaloni.

—Y vos discutiste un cartón de bingo con quince jubilados.

Pablo levantó la botella a modo de brindis. —Touché.

Chocaron las botellas entre risas, y por un momento el peso de las confesiones quedó reemplazado por algo mucho más liviano: la sensación de que podían reírse de sí mismos sin miedo. Porque, después de tantos años de cargar preguntas en silencio, descubrir que el otro había recorrido un camino parecido hacía que todo resultara un poco menos solitario.

La noche había conseguido algo extraño, hablar del bingo a hablar de proyectos que nunca le contaban a cualquiera, daba la impresión de que el campo, el silencio y ese cielo inmenso permitían decir cosas que en otro lugar habrían quedado guardadas.

Fue entonces cuando una luz atravesó el firmamento.

Rápida.

Breve.

Una línea plateada que cruzó el cielo de un extremo al otro antes de desaparecer.

Los dos la vieron al mismo tiempo.

—¿La viste? —preguntaron casi juntos.

Volvieron a reír. —Una estrella fugaz —dijo Pablo, todavía con la vista levantada.

—Hace mucho que no veía una.

Sin decir una palabra más, ambos cerraron los ojos por un instante.

Pidieron un deseo.

—Dicen que si lo contás no se cumple —comentó Pablo.

Lionel asintió despacio. —Mi abuelo decía exactamente lo mismo.

Se quedaron otra vez mirando el cielo, disfrutando del silencio, pero el mayor giró la cabeza casi por casualidad. Quería decir algo, cualquier cosa, pero las palabras quedaron suspendidas cuando se encontró con la mirada del otro. Bajo la luz tenue de la luna, los rasgos que durante toda la noche había observado de reojo parecían distintos. Los rulos caían desordenados sobre la frente, el frío había coloreado apenas sus cachetes y sus ojos, que durante la cena se habían visto color miel, ahora reflejaban el cielo entero.

No apartó la vista enseguida.

Descubrió que le gustaba la manera en que sonreía antes de hablar, como si primero pensara si valía la pena decir lo que estaba por decir. Le gustaba su calma, esa forma pausada de escuchar que hacía sentir que ninguna historia era demasiado pequeña para ser contada. Hacía mucho tiempo que no conocía a alguien que prestara atención de esa manera.

Del otro lado ocurrió algo parecido.

Pablo siempre creyó que algunas personas transmitían tranquilidad sin proponérselo. Pensó eso durante la cena, pero recién ahí, bajo aquel cielo inmenso, terminó de entenderlo. La expresión seria que había visto durante el bingo desaparecía por completo cuando sonreía. No era una sonrisa grande; apenas se le curvaba un costado de la boca. Sin embargo, alcanzaba para cambiarle toda la cara.

Los dos sostuvieron la mirada apenas unos segundos más de lo habitual.

A esa altura de la noche los dos empezaron a darse cuenta de algo mucho más simple: les gustaba estar ahí, les gustaba escuchar al otro, el silencio compartido, las risas y los susurros. 

Pero Aimar fue el primero en bajar la mirada, más por vergüenza que por otra cosa. Soltó una risa baja

—¿Qué? —preguntó el otro, sonriendo también.

Negó con la cabeza. —Nada...

Se tomó un instante antes de continuar. —Es raro.

—¿Qué cosa?

—Conocerte hace menos de dos días... y sentir que hace horas que no miro el cielo porque estoy más pendiente de vos que de las estrellas.

La confesión quedó flotando en el aire y Lionel sintió que el pecho se le apretaba de una forma nueva.  —A mí me está pasando exactamente lo mismo.

Pero Pablo fue el primero en romper el hechizo de tan llegada madrugada. Apoyó las manos sobre la manta y se incorporó despacio, sintiendo el frío que ya empezaba a subir desde el suelo. Se sacudió el pantalón con un par de palmadas y estiró los brazos por encima de la cabeza mientras dejaba escapar un suspiro largo, la noche había pasado tan rápido que le costaba creer que llevaran tantas horas hablando. Miró el cielo una vez más antes de sonreír para sí porque hacía mucho tiempo que no terminaba un día sintiéndose tan liviano.

—Creo que ya debería irme… mañana hay que trabajar y me olvidé. 

Leo levantó apenas la cabeza, pero no respondió enseguida. Se limitó a observar cómo Aimar caminaba unos pasos por el pasto, con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo y la vista perdida entre las estrellas. Por alguna razón, esa imagen le produjo una sensación extraña, una mezcla de nostalgia y urgencia. 

Se quedó sentado unos segundos más, inmóvil.

Podía despedirse como cualquier persona razonable, agradecer la compañía, prometer volver a verse el martes siguiente en el bingo y dejar que el tiempo hiciera el resto. Era, probablemente, lo más sensato.

Pero había un problema.

No tenía ganas de esperar hasta el martes.

"No hagás una pavada." La voz de su propia conciencia sonaba demasiado convincente pero cerró los ojos apenas un segundo.

Entonces recordó la forma en que Pablo lo había escuchado toda la noche, la facilidad con la que habían hablado de sus familias, de sus miedos, de los hijos que soñaban tener algún día. Recordó la manera en que lo había mirado cuando hablaron de las estrellas, que, durante varios minutos, ninguno de los dos había podido apartar la vista del otro.

Había cosas que no necesitaban demasiadas explicaciones.

Respiró hondo y se puso de pie, el sonido de sus pasos hizo que el menor girara lentamente y la sonrisa con la que lo recibió fue tan natural que, por un momento, Leo volvió a dudar. Sin embargo, ya estaba demasiado cerca para retroceder.

Se detuvo frente a él.

No dijo nada, solo lo miró.

La luz de la luna dibujaba sombras suaves sobre su rostro y sus ojos reflejaban el cielo de una forma que Lionel no sabía por dónde empezar a describirlo. Pensó que jamás había conocido a alguien capaz de transmitir tanta tranquilidad con una sola mirada. Pablo estaba igual, caro que vio a Scaloni debatiéndose consigo mismo desde la distancia, noto como se levantaba despacio, caminaba sin apuro y se paraba varias veces antes de llegar hasta él. No hacía falta ser adivino para entender que estaba reuniendo coraje.

Y, lejos de incomodarlo, esa vulnerabilidad le pareció profundamente hermosa.

Cuando estuvo cerca de él, levantó la mano con cierta timidez. El movimiento fue lento, casi inseguro, como si todavía le costara creer que podía permitirse tocarlo. Las yemas de sus dedos rozaron apenas el cachete de Pablo, buscando en sus ojos alguna respuesta antes de atreverse a dar un paso más.

Pablo no dijo una sola palabra.

Simplemente cerró los ojos un instante y se inclinó apenas contra esa caricia, disfrutándola como si hubiera estado esperándola desde hacía mucho tiempo. Cuando volvió a abrirlos, ahí estaba esa sonrisa: pequeña, serena, de esas que nacen sin esfuerzo. Lionel sintió cómo el aire volvía a entrarle en los pulmones. Hasta ese momento estaba conviviendo con el miedo de haber interpretado todo mal. Las miradas, las conversaciones interminables, las risas compartidas bajo las estrellas, los silencios cómodos... ¿y si todo había existido solamente en su cabeza? ¿Y si Pablo era así con todo el mundo?

Pero esa sonrisa respondió todas las preguntas que todavía no se había animado a hacer. Fue eso lo que terminó de darle el impulso que necesitaba, se inclinó despacio, sin prisa, dejando que la distancia entre los dos desapareciera poco a poco, algo casi reverencial en ese gesto, como si quisiera asegurarse de que ambos estuvieran eligiendo exactamente lo mismo.

Cuando sus labios finalmente se encontraron, el beso fue breve.

Tranquilo, lleno de la misma calma que había acompañado toda la noche. Un beso que parecía decir mucho más de lo que cualquiera de los dos podría decir con palabras. Fue corto y lindo. Las frentes quedaron apenas a unos centímetros de distancia, Lionel dejó escapar una risa baja, mezcla de alivio y nervios, mientras Aimar negaba suavemente con la cabeza, todavía sonriendo.

El viento siguió recorriendo el campo con la misma paciencia de siempre. Sobre ellos, las estrellas permanecían inmóviles, como si llevaran toda la noche esperando ese instante.

Pero fue Pablo quien volvió a tomar la iniciativa, con una sonrisa apenas dibujada, volvió a buscar sus labios. El mayor suspiró apenas al sentir nuevamente su boca, inclinándose lo justo para encontrarse con él otra vez. Sus labios se movían con una calma infinita, saboreándose sin prisa. Lionel deslizó las manos hasta la cintura de Pablo, sujetándolo con una firmeza suave, sintió cómo el cuerpo del menor se acercaba un poco más, hasta borrar la poca distancia que todavía quedaba entre ellos. El menor, por su parte, levantó los brazos lentamente y rodeó su cuello, enredando los dedos entre los pelos cortos de su nuca.

La diferencia de altura parecía hecha a medida para ellos. Encajaban con una naturalidad desarmante, como si sus cuerpos estuvieran ensayando todo este tiempo ese abrazo desde la adolescencia.  El beso fue cambiando sin que ninguno de los dos lo buscara, la respiración comenzó a acelerarse y los labios dejaron de ser suficientes. Pablo entreabrió apenas la boca y Lionel respondió al instante, dejando que sus lenguas se encontraran con una lentitud.

Cuando finalmente se separaron, se miraron de cerca, con esa mezcla de incredulidad y felicidad que solo tienen los sueños cuando, contra todo pronóstico, terminan convirtiéndose en realidad. Porque sí, ambos le habían pedido a aquella estrella el mismo deseo, el mismo sueño. 

Probar sus labios. 

Notes:

Cómo es eso de que pasó UN AÑO desde la última vez que publiqué un OS Scaimar? kkkkeeeee
Bueno... VOLVIIIIII 🥹

Pasaron un montón de cosas este último año. Conseguí trabajo en un colegio y eso hizo que, sin darme cuenta, me fuera alejando de la escritura, algo que descubrí y empecé a amar gracias a este antro allá por 2023.
Me costó muchísimo volver a escribir. Este OS me llevó más de una semana, puesss sentía que tenía que reencontrarme con una parte mía que había quedado medio dormida. Así que les pido perdón de antemano si encuentran muchas faltas, diálogos medio raros o cosas que no tienen mucho sentido. Todavía me estoy poniendo a tono. je

Tambien me tomo el atrevimiento de decir lo siguiente: Estuve viendo en Twitter cómo se está señalando y juzgando a varias autoras por si sus textos están hechos con IA o no. La verdad, me parece tristísimo que se ponga en duda el trabajo y el cariño que muchas le ponemos a lo que escribimos. Así que, con mucho respeto, les pido que si vienen con comentarios mala leche o acusaciones sin sentido, se los ahorren. No me gusta que me jodan a mi okkkk

Y, para quienes siguen acá después de tanto tiempo: Gracias por el aguante, por seguir leyendo, por dejar comentarios, por volver cada vez que aparezco con un nuevo OS. Las extrañaba muchísimo. Y LAS AMOOOOO O O O O ❤️

Espero de corazón que les haya gustado. No estoy muy acostumbrada a escribir humor, así que cualquier opinión o idea es más que bienvenida.

Como siempre, pueden encontrarme en Twitter: @scalwt o dejarme un mensajito anónimo en NGL: https://ngl.link/scalwt95155.