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Summary:

Matsumura Kousei llevaba más de la mitad de su vida enamorado de Hirose Aiki, su compañero de clases en la secundaria. Perdieron contacto después de la preparatoria, pero aún así, el castaño lo invitó a su boda.

Otogiri Sou dejó escapar una risa. Matsumura jamás cambiaría. Seguía siendo aquel niño caprichoso que conoció cuando su familia se cambió de casa, cuando tenía diez años.

*Inspirado en «¿Por qué te hiciste profesor?» de Syundei.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

—¿Tú crees en el amor a primera vista?— suspiró. Lanzó una pregunta al aire solo por no sentir la incomodidad del momento, que no reparó en el hecho de a quién se lo cuestionaba.

—No— respondió sin dudar. Tal vez para el contrario existían en esas cursilerías, pero él ya había vivido lo suficiente como para saber que tales cosas no prosperan. Jamás había sentido eso que la gente llama «Amor», así que le era difícil ponerse en sus zapatos.

—¿Sabes cómo se enamoraron entonces?

Matsumura Kousei llevaba más de la mitad de su vida enamorado de Hirose Aiki, su compañero de clases en la secundaria. Perdieron contacto después de la preparatoria, pero aún así, el castaño lo invitó a su boda.

Odiaba a Nakamura Okuto, él sabía que, de haber estado en la misma preparatoria de Aiki, él estaría en ese lugar y no el pelinegro. Se odiaba por no haber pensado en esa posibilidad en su momento.

Compartía muchas similitudes con Nakamura, que la pizca de ilusión que alimentaba su fantasía, le decía que Nakamura era solo un reemplazo. Aunque viera a su amor cortar aquel pastel de bodas junto a su esposo, mientras los demás invitados los felicitaban.

—Supongo que fue la convivencia. Nakamura era tímido, pero buen muchacho. Le costó acercarse a Hirose, y cuando lo logró, jamás lo soltó. Debo darle créditos, no creo que cualquiera pueda hacer lo que él.

—Tonterías.

Otogiri Sou dejó escapar una risa. Matsumura jamás cambiaría. Seguía siendo aquel niño caprichoso que conoció cuando su familia se cambió de casa, cuando tenía diez años. El haber nacido en una familia de cuatro hermanas mayores, le hizo convivir con más motivo con un Ko-chan de apenas siete años, hijo único.

Por desgracia, años después tuvo que mudarse de nuevo y no se volvieron a ver hasta ese día, donde Ko-chan estaba esperando a su amigo en la entrada de la preparatoria Hoshimi, donde Otogiri realizaba sus prácticas de campo como maestro.

—Tintiriis— le remedó. Era su costumbre hacerlo siempre que el otro se enojaba. Lo hacía enojar, sí, pero igual le decía con eso que no valía la pena ese estado de ánimo.

—No estoy de humor y lo sabes.

—No estás de humor porque tú así lo quisiste. Sabías perfectamente que este día llegaría tarde o temprano. Desde que te volví a ver, te lo advertí.

Se impresionó cuando vio a Ko-chan de nueva cuenta. Sabía que era él incluso sin preguntarle, podría reconocer ese par de ojos brillantes y con amabilidad en donde fuera, incluso si su último recuerdo del menor fuera totalmente diferente: Ya no era bajito, estaban de la misma estatura, como alguna vez le amenazó que sería. Sus cachetitos, los cuales le gustaba aplastar con ganas, tampoco estaban. La voz chillona con la que hablaba a su niichan había desaparecido por completo. Sin embargo, aún era él. Sus gestos, su forma de ser, su amabilidad, toda su esencia ahí seguía. Jamás se iría.

Suspiró. —La esperanza es lo último que muere, ¿no?

—En eso te doy la razón.

 

Sabía que los días posteriores a la boda, Matsumura lo necesitaría. Compró helados, varias bolsas de papitas y sake para sacarlo de la depresión. Seguramente ni había almorzado. Ya estaba listo para hacerle de comer, sería una habilidad que el menor apenas descubriría.

—Pasa…— sus papás le habían dejado la casa, era demasiado grande para ellos pero a Matsumura le serviría cuando quisiera formar una familia. Ellos estarían bien en un departamento, y su hijo ya estaba en edad para vivir solo.

Otogiri recordó todas aquellas tardes de juego con el pelinegro en dicha casa. A pesar del tiempo, pocas cosas habían cambiado y se sentía el calor de hogar que alguna vez lo recibió ahí.

Rara vez se la pasaban en la sala o en la cocina, siempre iban directo al cuarto de Ko-chan para dedicarse a los juegos hasta altas horas de la noche, cuando alguna de las hermanas de Otogiri lo fuera a buscar para que no estuviera caminando solo por las calles.

—¿Ya comiste?

—No tengo hambre— mintió. Su estómago lo delató y desvió la mirada para que el mayor no le hiciera más burla de la que seguro ya le haría.

—Te prepararé algo.

Matsumura dudó en comer. Entre la vergüenza y el miedo que le provocaba comer algo que su amigo le había hecho, no sabía cómo rechazarlo.

—¡Está rico!— dijo con ánimo al probar un bocado. Incluso cuando ya llevaban varios años de haberse reencontrado, era la primera vez que tenían un momento tan cercano. Eran amigos cuando niños, pero entre la mudanza y el crecimiento, además de las negativas que Sou le daba para conocer detalles escolares de Hirose, habían hecho que su relación no se retomara del todo como en aquellos días.

—Aprendí a cocinar gracias a Sakura. Antes de casarse decidió que era momento de dejar de depender del ramen instantáneo y de las bebidas energéticas— suspiró. Alejarse de su hermana, mayor que él pero menor entre las demás, le había afectado más de lo que pensó, pero siempre le agradecería haberle enseñado lo básico para vivir solo.

—Kkura-chan siempre ha sido amable. Puedo notar el cariño de ella en tu comida— suspiró de igual forma. Pesado. Sin ánimo. Con una media sonrisa apenas visible. Sin haber analizado las palabras que pronunció. Solo sinceridad en ellas.

Sou carraspeó. Sabía que cocinaba decente, pero era la primera vez que alguien probaba un bocado suyo y aquellas palabras le pegaron en lo más profundo. Tomó un sorbo de sake. Luego otro.

—¿Cuándo regresas al trabajo?— cambió de tema. Algo dentro de él le hacía hacerlo.

—Tres días. Pedí permiso una semana. Ya sabía que no estaría de humor.

Cuando se graduó de la universidad, consiguió un trabajo de medio tiempo en una librería. No era pesado ni demandante, ni el mejor pagado. Pero le permitía estar en orden consigo mismo en lo que decidía qué hacer. Estudió Arquitectura por su padre, con la esperanza de continuar con el negocio que había fundado, pero no era lo que le apasionaba.

En sus tiempos libres, le gustaba pintar, crear. Volver un lienzo en una obra. Pasar a transformar algo cotidiano en una genialidad. Amaba el arte.

—Podemos ir a un lugar si gustas entonces, antes de que regreses al trabajo.

Eran vacaciones de invierno. Otogiri estaba disponible. Hace dos años había conseguido trabajar en una secundaria, por lo que no tenía tanto problema sobre lo que el otro decida hacer.

—No tengo ánimos.

—Necesitas distraerte.

—Mañana… ¿Podemos ir al museo?— preguntó en voz baja, apenado. Dudoso.

 

Otogiri no era fanático de esos lugares, no los comprendía del todo, porque no se tomaba la molestia de hacerlo. Le disgustaba cuando tenía excursiones escolares en un museo, porque debía tomar la seriedad que no le nacía. Sin embargo, por Matsumura haría el esfuerzo.

Pasó a buscarlo a casa. Sabía que era lo mejor por si se arrepentía, y no tendría que esperarlo más tiempo del necesario. Matsumura llevaba ropa casual, algo raro para él, que siempre vestía de manera impecable. Al parecer, se había rendido de querer aparentar ser perfecto para la sociedad.

Kousei era hijo único, el estilo de vida de sus padres no le permitía tener dos o más hijos. Con uno era suficiente. Y creció aprendiendo a estar solo. Por lo que, cuando un niño apenas unos años mayor que él apareció en el vecindario, sabía que esa soledad no era lo único que podría existir. Quería estar siempre con él.

Sou era lo contrario. Rebelde, desordenado, un poco mal hablado. Haber crecido con hermanas mayores y que toda la atención recayera en él, siendo el único varón, le hacía pensar que podía tener todo cuando quisiera. Su falta de disciplina se compaginó con la seriedad que el menor ofrecía. Matsumura, sin saberlo, lo empezó a guíar por un buen camino.

Entraron al museo. La temática de la exhibición de arte era «Nostalgia», como decía el letrero de la puerta. El autor buscaba que los asistentes recordaran en aquellas vacaciones, las cosas que tal vez la felicidad les haya hecho olvidar. Agradecer incluso los malos momentos que los habían guiado hacia una vida tranquila.

Las obras estaban acomodadas por salas de acuerdo a las etapas del ser humano, pero a la inversa. Tal vez eso es lo que le llamó la atención a Matsumura para querer visitarlo incluso si no se sentía animado.

—Increíble…— susurró Kosei al ver la primera sala. La música ambiental, apenas audible, hacía sentir que estaba en casa de sus abuelos.

Los objetos estaban esparcidos con sumo cuidado por todo el cuarto: Una máquina de coser vieja, ollas y sartenes antiguas, ropa que ya no se utiliza... Realmente se sentía la vibra que se quería transmitir.

—Aún recuerdo cuando lloré porque mis vacaciones las iba a pasar con mis abuelos... No te quería abandonar— dijo el menor, sin despegar la vista de un álbum de fotos antiguo, mientras pasaba las páginas. La voz le había salido con dolor apenas descriptible.

Eran muy cercanos y, cuando Sou se enteró que se mudaría antes de que comenzara la preparatoria, fue corriendo a la casa de su amigo para decirle. El contrario, quien minutos antes estaba feliz porque iría a un lugar que amaba, al enterarse de la noticia intentó por todos los medios no ir. Le fue imposible, y se tuvieron que despedir de manera abrupta.

—Yo también intenté no alejarme, no lo digas como si fueras el único— desvió la mirada. De pronto, una sensación de vulnerabilidad le había invadido.

Le había prometido a sus padres ser un mejor estudiante, un mejor hijo e incluso conseguir un trabajo de medio tiempo con tal de aliviar parte de los gastos de la casa, pero no quería mudarse. Estaba cómodo, se sentía seguro estando en ese lugar. Pero la universidad de su hermana mayor quedaba muy lejos y ya había sido admitida. Era necesario mudarse por ella.

—Lo sé. Jamás te culparía por eso— sonrió. Con un gesto, le indicó que era momento de avanzar.

Entraron sin prisa al cuarto, como de quien sabe lo que esperar de la siguiente sala. Estaba inspirada en una vida de oficina en su mayoría: un traje arrugado, una computadora vieja, cama desordenada y una mesa con varios objetivos regados sin relevancia. La vista de Kosei se quedó clavada en unas invitaciones de boda.

Cuando eligió ser maestro, jamás pensó que las experiencias conmovedoras empezarían desde las prácticas de campo. Ahí, en la preparatoria Hoshimi, conoció a Hirose Aiki, quien lo recibió con mucho cariño a pesar de ser un desconocido para todos los demás.
Lo ayudó en lo que pudo, académicamente hablando, y ayudó a otro de sus alumnos, Nakamura Okuto, a ser valiente y no rendirse en ningún ámbito.
Por lo que no se sentía capaz de confesarle a Matsumura que había actuado de cupido entre ambos estudiantes de manera indirecta. Amablemente, rechazó ser padrino de ambos, pero decidió acudir a la boda por Kosei, quien muy a su pesar, sabía que debía cerrar ese ciclo.

—Sabes, niichan. Tienes razón. Nakamura es un buen tipo— su voz salía diferente, con más aceptación y menos dolida que en otras ocasiones.

—Ánimo— tomó una de aquellas invitaciones y sonrió. Ninguna era del autor de la exhibición. Comprendió el porqué del cambio de actitud contraria. Tal vez fue buena idea asistir.

No necesitaba años de experiencia artística para entender que el autor pasó por lo mismo que Matsumura, y de alguna manera logró salir adelante y crecer, o quizás eso quería comprender. Lo que sea que haya sido, al parecer está funcionando para asimilar la situación.

—¿Por qué te hiciste profesor?— a pesar de representar la vida adulta, la sala no era del todo compatible con él, y al no trabajar en una oficina, suponía que para Otogiri tampoco era de gran impacto.

—Me gusta poder ayudar a los jóvenes a salir adelante. Hasta antes de conocerte, mi vida parecía querer tomar otro rumbo. Era un niño, sí, pero no sé dónde estaría ahora si no fuera por ti— respondió sin pensar. Observó los demás objetos de alrededor que no notó aquel rubor que apareció en las mejillas contrarias.

Sin duda, las dos personas más importantes en su vida, ajenas a su familia, han sido Sou y Aiki, dos personas tan parecidas pero diferentes entre sí. Siempre estará agradecido de que Aiki apareciera en su vida cuando Sou se alejó de ella.

Hirose siempre ha sido alguien muy amable, pero extrovertido y ruidoso, Sou igual lo era, pero más reservado y callado. El brillo que llenaba los ojos de su niichan, solo los logró ver otra vez cuando conoció al castaño. Sin embargo, la sensación cálida que la presencia contraria le otorgaba, solo con Aiki pudo ponerle nombre.

Pensaba en que ese era el motivo por el que una vez que se volvió amigo de Hirose, le pidió de manera entusiasta que se refiriera a él como Ko-chan, tal y como lo hacía el mayor desde que lo conoció.

Siguieron a la sala de la adolescencia, ambientada en un salón de clases. El sonido ambiental eran murmullos divertidos, simulando estar en un descanso. La luz tenue aparentaba estar en el atardecer y había libros, mochilas y mesabancos por el cuarto.

Matsumura se acercó a una pizarra estratégicamente colocada al fondo. Estaba llena de problemas matemáticos, combinados con otras asignaturas y aparentes bromas colocadas por estudiantes.

—¿Te acuerdas cuando me regañabas por no comprender las fracciones?— rió con media sonrisa. Su amigo podía ser muy estricto cuando de explicar se trataba.

—Te tenía paciencia— comentó sereno.

—Siempre has amado enseñar, eso pensé cuando te volví a ver.

Cuando Matsumura fue en aquella ocasión a esa preparatoria, estaba seguro que sería una pérdida de tiempo, no sería la primera vez en la que Hirose lo dejara plantado. Reencontrarse con un viejo amigo le causó demasiada alegría, que le importó poco llamar la atención de los demás estudiantes. Ambos tuvieron que explicarle a Hirose de dónde se conocían su maestro favorito y su mejor amigo de secundaria.

Otogiri había hecho buen trabajo a su corta edad, Kosei entrando en secundaria ya sabía resolver problemas complicados para la mayoría y eso hizo que Hirose se volviera su amigo, él explicaba los temas que no comprendía. Reía al recordar que los regaños habían valido la pena por algo.

—Siempre me gustó ayudarte— revolvió su cabello de forma juguetona.

Llegaron a la niñez. Un cuarto más grande que los anteriores, que aparentaba ser una calle de un barrio cualquiera. Había pelotas, juguetes y una gran caja donde deberían ir dichos juguetes, esparcidos por todo el lugar. Otro álbum se encontraba en una mesa al centro de la sala, con algunas fotografías dispersas a su alrededor.
La melancolía se apoderó del mayor al ver las instantáneas de unos niños corriendo, jugando. Se vio a sí mismo, a ambos años atrás. Cuando apenas se conocían y eran felices con solo un balón medio inflado y dos cubetas que simulaban hacer una portería. Podían jugar con otros niños, pero Otogiri solo se preocupaba por Matsumura.

—Mira— mencionó, sacándolo de sus pensamientos. Era una foto inocente, de una niña dándole un beso en la mejilla a otro niño. Una risita se escapó de él.

—Es tierno.

—Me hace pensar que no tuve una infancia normal— comentó con pesadez en la voz.

Recordó todas las veces en las que tenía que animar a un Ko-chan, de once años, que no comprendía porque sentía bonito cada que cierto niño del vecindario lo saludaba. Su niichan tampoco tenía la respuesta exacta en ese entonces, pero comprendía el sentimiento que el menor le quería explicar, porque era lo que le pasaba cada vez que Ko-chan le decía que lo quería y que era su mejor amigo.

Un brillo apareció en sus ojos, entendiendo algo que había guardado en el fondo de su corazón por tanto tiempo y que jamás pensó que vería la luz otra vez. Tal vez, y solo tal vez, Kosei tenía un punto.

—Oye, Ko-chan… Y tú, ¿crees en el amor a primera vista?

Notes:

Para Hexbolts, que no dudó en iniciar el contenido de esta ship que ni Dios conocerá.