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El encantamiento de un amor

Summary:

Simon huye de un padre tiránico hacia el mundo mágico buscando un nuevo comienzo. Sin embargo, su destino se cruza con el de Jack Merridew, un orgulloso Slytherin decidido a convertirse en su peor pesadilla.

(...)

Jack y Simon se conocen en el primer año de Hogwarts.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter 1: Capitulo 1.

Chapter Text

«...Fuiste admitido en la Escuela Hogwarts de Magia y Hechicería...»

 

El choque rítmico de la espátula contra la olla de hierro era un ruido constante, un metrónomo metálico que apenas lograba sacarlo de su profunda concentración. El aire de la cocina, espeso e impregnado con el olor grasiento del estofado, le revolvía el estómago de una manera que nunca antes había experimentado. Sentado en la mesa, su pie derecho rebotaba una y otra vez contra el suelo en un tic frenético, balanceando su pierna con tanta fuerza que la rodilla golpeaba el borde de la madera gastada con un golpe sordo. Había intentado detener el movimiento infinitas veces, presionando la mano sobre el muslo, pero en cuanto apartaba la atención, el temblor regresaba con el doble de intensidad.

 

«...Fuiste admitido en la Escuela Hogwarts de Magia y Hechicería...»

 

Las palabras se extendían sobre el grueso y pesado pergamino, trazadas con una caligrafía elegante en una llamativa tinta verde esmeralda que parecía brillar con luz propia bajo la tenue bombilla de la cocina. Simon se negaba a leerlas en voz alta; el solo pensamiento de que el señor de la casa pudiera captar el eco de esos vocablos prohibidos le congelaba la sangre.

 

Aun así, la euforia le recorría el cuerpo como una corriente eléctrica, impidiéndole quedarse quieto. Sentía la sangre correr a toda velocidad por sus venas, una oleada de pura adrenalina que le hacía picar la piel y le aceleraba el pulso. Su pierna se volvió a tambalearse y, atrapada en un bucle magnético, sus ojos regresaron inevitablemente a las primeras líneas. Aquellas letras que cambiarían su existencia para siempre.

 

«...Fuiste admitido en la Escuela Hogwarts...»

 

—Simon, si no deja de mirarla, se van a gastar las letras.

 

Una voz suave e impregnada de una calidez familiar lo arrancó de golpe de la ensoñación. Levantó la mirada de inmediato, encontrándose con esos ojos grises y tormentosos que había tenido la inmensa fortuna de heredar. Su madre lo observaba apoyada en la mesada, con una pequeña sonrisa divertida en los labios, contemplando cómo su hijo se dejaba hipnotizar por un trozo de papel.

 

Simon le devolvió la sonrisa con timidez, sintiendo cómo las mejillas le ardían levemente. Su madre soltó una segunda risa, suave como el murmullo de un arroyo, dejando traslucir una ternura infinita que por un instante disipó el frío de la habitación.

 

De pronto, un sonido pesado quebró el ambiente. Los pasos firmes y pausados ​​de su padre bajando la escalera de madera resonaron en el techo, devolviéndolo bruscamente a la realidad.

 

Simon compartió una mirada de absoluto pánico con su madre. Con dedos temblorosos y el corazón desbocado, dobló el pergamino en cuatro con toda la rapidez que su torpeza le permitió y lo deslizó en el bolsillo interno de su abrigo justo en el instante en que el pomo de la puerta giraba.

 

Su padre cruzó el umbral con ese aire de superioridad rígida y militar que lo caracterizaba. Pasó por al lado de Simon sin dirigirle una sola mirada, ignorando también la figura de su esposa, que había regresado apresuradamente a sus tareas frente al fuego. El hombre se sentó en la cabecera de la mesa larga, desplegó el periódico matutino con un golpe seco y se sumergió en las noticias, esperando la cena en un silencio sepulcral.

 

Solo la coronilla de su cabello quedaba a la vista; el resto de su rostro permanecía oculto tras las páginas del diario. Simon agradeció internamente ese muro de papel. Lo contempló fijamente desde su esquina, analizando la imponente figura de autoridad que su padre emanaba sin el menor esfuerzo. Era alguien a quien Simón siempre, desde que tenía memoria, le había temido. Mientras se preparaba mentalmente para marcharse de ese hogar, una duda amarga comenzó a taladrarle la mente: ahora que se iría lejos, a un castillo oculto donde la magia sería su nueva realidad cotidiana, ¿el terror de su infancia lo perseguiría también allí? ¿Ocuparía su padre un lugar permanente en sus pesadillas?

 

Miró de reojo a su madre, que seguía de espaldas, afanada en servir los platos, y se preguntó cómo lograría mantener oculta una verdad de semejante magnitud.

 

El recuerdo de la tarde en que llegó el búho —y el caos silencioso que se desató cuando su madre descubrió la carta— seguía siendo el evento más estresante de su corta vida. Pero no había habido gritos, ni reproches, ni el rechazo violento que él tanto temía; solo un breve atisbo de muda sorpresa antes de que ella lo rodeara con sus brazos, apretándolo contra su pecho. Simon recordaba haber llorado desconsoladamente en su hombro, sintiendo las manos suaves de ella delineando sus pómulos para limpiarle las lágrimas. «Siempre supe que eras especial, mi luna», le había susurrado al oído con una voz que irradiaba un calor reconfortante. Después llegó la promesa: lo mantendrían en secreto. Un pacto de silencio absoluto entre los dos.

 

Simon prefería no imaginar qué pasaría si su padre llegara a confiscar ese pergamino. Una paliza severa por «andar inventando tonterías y cuentos de hadas» estaba garantizada. Y lo que vendría después de los golpes... Simon prefería bloquearlo de sus pensamientos.

 

(...)

 

Un internado inglés de prestigio. Esa fue la elaborada mentira que su madre le había vendido a su padre. Picton, creía recordar a Simon que era el nombre del supuesto colegio. Él no se había molestado en investigar los detalles; su madre se había encargado de falsificar los folletos y armar la cuartada. «No te preocupes por nada, cariño, déjamelo a mí. Yo te pondré al tanto de los detalles antes de que te marches», le había asegurado.

 

Ahora, a solas en su habitación, Simon contemplaba su vieja valija de cuero abierta sobre la cama. Por más que lo intentaba, no encontraba la manera lógica de empaquetar toda su existencia en ese espacio tan reducido. La desbordante emoción inicial de saberse mago y de haber sido aceptado en Hogwarts —una escuela cuya existencia ignoraba por completas semanas atrás— se había evaporado por completo, reemplazada por el peso de la cruda realidad.

 

Se iba a marchar. Se iría a cientos de kilómetros de distancia, a un rincón del mapa donde su madre jamás podría alcanzarlo ni protegerlo. Viajaría completamente solo y, al hacerlo, la dejaría a ella a su merced en esa casa sombría, atrapada con un hombre que no le inspiraba el más mínimo rastro de confianza.

 

¿Qué haría su madre cuando la casa quedara en silencio? ¿Se vería obligada a sufrir en las sombras, tal como lo hacía cuando Simon era apenas un niño pequeño? ¿Tendría que soportar el mal humor y los arrebatos violentos de su esposo ahora que no estaría su hijo para desviar la atención o servir de pararrayos? Se imaginó a su madre marchitándose lentamente bajo la opresiva y oscura presencia de su padre, mientras él, egoístamente, se dedicaba a explorar los secretos de un mundo maravilloso del que ella jamás formaría parte.

 

Dejó la ropa a medio doblar y apartó la maleta. Los pensamientos destructivos comenzaron a carcomerle la mente, un enjambre de «tal vez» y escenarios trágicos que le oprimían el pecho hasta cortarle la respiración. Desesperado por canalizar el estrés, sus dedos se movieron de forma automática: comenzó a arrancarse las pequeñas pieles que rodeaban sus uñas, tirando con saña, una y otra vez, hasta que la carne viva quedó expuesta y las gotas de sangre tiñeron sus yemas. Era una pésima costumbre, una manía nerviosa que su madre siempre intentaba corregir, pero en momentos como ese, Simon lo sentía como un castigo justo y necesario por su propia inutilidad.

 

Así fue exactamente como ella lo encontró al entrar a la habitación: el cuarto sumido en el caos, la ropa desparramada por el suelo y su hijo sentado en el borde de la cama, con los dedos ensangrentados y la mirada perdida.

 

Su madre se detuvo en el umbral de la puerta, contemplando la escena en un silencio doloroso. No dijo nada. Se dio la vuelta, desapareció por el pasillo y regresó un par de minutos después arrastrando un pequeño botiquín de metal blanco. Se sentó a su lado en la cama y extrajo el algodón y las vendas. Tomó las manos de Simon con una delicadeza extrema, como si temiera romperlo, y mientras comenzaba a curarlo, pronunció en voz baja la verdad que él tanto se esforzaba por ignorar.

 

—Sabes perfectamente que si te quedadas en esta casa por mí, solo te condenarás a una vida miserable, ¿verdad, mi cielo?

 

Volcó un chorro de agua oxigenada sobre una gasa estéril y comenzó a dar pequeños toques en la piel viva de sus dedos. Lo hacía con tanto esmero y suavidad que el escozor apenas era perceptible. Simon contuvo el aliento, agradeciéndole el gesto en el más absoluto anonimato de su mente.

 

—Te aterra lo que pueda pasarme cuando cruza esa puerta, ¿no es así?

 

Simon dudó unos segundos, con la garganta apretada. Finalmente asintiendo con la cabeza, sabiendo que intentar mentirle a esos ojos grises era una batalla perdida desde el inicio. Su madre dejó escapar un largo suspiro y, sin levantar la vista de su trabajo, continuó envolviendo sus dedos.

 

El silencio se instaló entre los dos mientras ella cubría cada herida con apósitos de colores. Al fijarse en los diseños, Simon sintió un súbito calor subirle por el cuello. Eran curitas estampadas con dibujos infantiles de animales, sus favoritas cuando era pequeño. Recordó con amargura cómo, al cumplir los diez años y convertirse en el blanco de las burlas crueles de los niños del vecindario, había jurado no volver a usarlas nunca más. La madurez forzada y la indiferencia lo habían hecho olvidar por completa la existencia de esos apósitos. Verlos ahí le provocó un vuelco en el corazón. Su madre seguía comprándolos solo por él. Quiso protestar, decirle que ya era demasiado grande para llevar ranas y ositos en los dedos, pero una parte infantil en su interior le suplicó que guardara silencio y se dejara cuidar. Ganó el silencio.

 

—Simon, mírame —pidió ella, fijando sus ojos grises en los de su hijo, anticipando la resistencia—No quiero que pase un solo minuto preocupándote por lo que ocurre en esta casa.

 

Él soltó un jadeo ahogado, una mezcla de indignación y profunda angustia. —¡Pero mamá, no puedes pedirme que...!

 

Ella interrumpió sus palabras negando con la cabeza con firmeza, colocándole un dedo suavemente sobre los labios. —Pero nada, mi niño. No voy a permitir que vayas a ese lugar con el alma rota y la mente consumida por la culpa.

 

Cerró los ojos un instante, dejando que los hombros se le hundieran bajo el peso invisible de los años. Cuando volvió a abrirlos, Simon pudo leer en ellos la crónica de una tristeza antigua, la melancolía de quien sabe que tomó decisiones equivocadas en el pasado y quedó atrapado en una red de la que ya no hay escape.

 

En una ocasión, hacía años, Simon le había preguntado directamente si se arrepentía de haber unido su vida a la de su padre. Ella lo había negado de inmediato con una sonrisa triste. ¿La razón? El propio Simón. Le había jurado que volvería a pasar por cada calvario ya caminar por cada sendero espinoso con tal de tenerlo a él entre sus brazos. Simon jamás había podido creerle del todo. Más tarde, escarbando en los recuerdos familiares, descubrió que su padre no siempre había sido ese bloque de hielo cruel e insensible. Hubo un tiempo, antes de que lo reclutaran y lo enviaran al frente de batalla, en que el hombre sonreía. Simon apenas guardaba un par de imágenes borrosas de esa época; era un parpadeo de calidez antes de que la guerra le destrozara la mente y lo devolviera a casa convertida en un monstruo de silencios y tiranía.

 

Su madre no rompió el contacto visual; el amor que emanaba de su mirada era casi tangible.

 

—No detengas tu futuro por mi, Simon —añadió ella, alzando una mano para acariciarle el cabello revuelto—Yo voy a estar bien, te lo prometo. Seguirá siendo la misma rutina de siempre: mantendré tu habitación limpia, aireada y prepararé tu comida favorita para el día en que regreses en las vacaciones de Navidad.

 

Le dedicó una sonrisa resplandeciente, y sus ojos brillaron con fuerza bajo la mortecina luz de la lámpara de noche. Simon se vio incapaz de no imitarla; la tensión de su mandíbula comenzó a ceder.

 

—Así que, mientras estés en Hogwarts, hazme el favor de despejar esa cabecita tuya de los fantasmas de este lugar. Ve, haz amigos, descubre ese mundo nuevo y asombroso, y luego regresa a contármelo todo en tus cartas. Ah, y por favor, averigua cuanto antes si existe algún hechizo para revivir plantas... ¡Estoy verdaderamente harta de que todas las mías se mueran a los tres días! —exclamó con un suspiro exageradamente dramático.

 

Simon soltó una pequeña carcajada, la primera en días, recordando el cementerio de macetas que su madre acumulaba en el alféizar de la ventana a pesar de sus constantes atenciones.

 

—No sé si la magia de Hogwarts cubre el milagro de tu mala mano con la jardinería, mamá.

 

—Mocoso impertinente —le respondió ella, dándole un tierno pellizco en la mejilla que no llegó a dolerle, antes de revolverle el pelo una última vez. Se puso de pie con esa energía protectora y decidida que la caracterizaba y comenzó a recoger las prendas del suelo.—Andando, terminamos de cerrar esa valija. No quiero que te dejes nada importante en este viejo nido.

 

(...)

 

Al día siguiente, muy temprano por la mañana, el viaje en auto hacia la estación de tren se desenvolvió en un silencio sepulcral, cargado de un ambiente denso e incómodo. Simon iba encogido en el asiento trasero, concentrado en su libro. O al menos lo intentaba, porque sus ojos recorrían las líneas una y otra vez sin que su cerebro lograra procesar el significado de las palabras. Los nervios continuaban carcomiéndole los pensamientos, proyectando millas de imágenes caóticas sobre cómo sería su nueva vida a partir de ese día. Se imaginó Hogwarts como su antigua escuela, pero con una diferencia radical: allí habría cientos de criaturas mágicas rondando por los pasillos. ¿Habría hadas reales como en los cuentos que su madre le leía de niño? ¿O tal vez elfos domésticos? ¿Quizás duendes traviesos que pasaran sus días gastándole bromas pesadas a cada estudiante distraído que se cruzara en su camino?

 

Cerró el pesado tomo de golpe al admitir que era incapaz de seguir finciendo, demasiado abrumado por los escenarios que su ansiosa mente se empeñaba en construir. Desvió la mirada hacia el espejo retrovisor para observar a sus padres; ambos parecían perdidos en sus propios mundos. Su madre no paraba de jugar con su anillo de bodas, girándolo sin cesar alrededor del dedo una y otra vez, un tic nervioso que comenzaba a irritarle la piel. Su padre también notó el gesto desde el asiento del conductor, pero no le prestó la menor atención, manteniendo la vista fija en la carretera con la mandíbula rígida. Probablemente pensaba que su esposa seguía histérica por enviar a su único hijo a un internado estricto donde Simon no tendría las comodidades ni la disciplina del hogar.

 

Aquella suposición, irónicamente, no estaba tan alejada de la realidad.

 

Simon apoyó la frente contra la ventanilla fría y se preguntó qué tan difícil estaría siendo para ella toda esa situación. Que un día cualquiera una lechuza apareciera de la nada con una carta dirigida a tu único hijo, anunciando que había sido aceptado en una academia de magia, lo que significaba que se iría muy lejos de tu alcance, a un mundo oculto donde jamás podrías protegerlo... Debía de ser algo sumamente difícil de digerir. Aun así, su madre había logrado lo mismo con una rapidez asombrosa, o al menos eso se había esforzado por aparecer frente a él. Ella había escuchado sus súplicas desesperadas de déjalo ir y, tras unos días de profunda y dolorosa deliberación, encontró guardar el secreto. Simon recordó haber detectado una inmensa duda en su mirada gris antes de que el miedo se disipara, reemplazada por un brillo de genuina alegría al notar la ilusión de su hijo.

 

No le alcanzaban las palabras para expresarle el amor que sentía por ella. Creyó que jamás existirían suficientes.

 

Un nudo opresivo y caliente se forma en su garganta mientras un déje de profunda tristeza se hacía presente en su pecho, amenazando con desatar unas lágrimas que se esforzó rígidamente en ahuyentar. Así fue como llegó a la estación de King's Cross: con el corazón latiéndole a un ritmo frenético, la garganta obstruida y la visión ligeramente borrosa por la humedad de sus ojos, lo que lo hacía tambalearse a cada paso mientras arrastraba su baúl. Sus padres parecieron notar su torpeza, pero su padre se limitó a soltar un bufido de desaprobación, confundiéndolo con cobardía.

 

Los carteles de los andenes 9 y 10 parpadearon a unos metros de distancia. Según las instrucciones detalladas de la carta, Simon necesitaba atravesar la sólida barrera de ladrillo que se encontraba justo en medio de ambos números. Se detuvo en seco, suspir profundamente para llenarse de valor, giró sobre sus talones y enfrentó a sus progenitores.

 

Había llegado la hora de marcharse.

 

Se acercó primero a su madre, quien, al cruzarse con su mirada, supo de inmediato que era el momento del adiós. Sus cálidos brazos lo rodearon de inmediato en un abrazo reconfortante y protector. Una de sus manos se posó en su espalda mientras la otra se hundía en su cabello, dándoles leves caricias, exactamente como cuando era un niño pequeño y se despertaba llorando por las pesadillas. Simon escondió el rostro en el hueco de su cuello, aspirando el aroma floral de su perfume de lavanda, ese mismo olor que impregnaba las sábanas de su casa gracias a ella y que siempre le devolvía la paz que tanto le costaba encontrar.

 

Se abrazaron durante unos eternos segundos en un pacto de silencio absoluto, antes de que su madre se separara con gentileza. Le plantó un delicado beso en la frente y, aprovechando que el ruido de una locomotora cercana amortiguaba el ambiente, susurró unas palabras en un tono tan bajo que resultó imposible para su padre escucharlas:

 

—Espero que encuentres tu lugar allí, cariño. Diez un buen viaje.

 

Fue lo único que dijo antes de dar un paso atrás, otorgándole el espacio necesario para despedirse de su padre. Simon lo enfrentó, extendiendo la mano para recibir un rígido, formal y frío presionado de manos que se endurecieron apenas un segundo. Su padre se acercó con la cabeza, una despedida militar y cuidado de afecto. Tras una última y suave caricia de su madre en la mejilla, Simon observó cómo ambos daban la vuelta. Ella arrastró sutilmente a su esposo del brazo, llamando su atención hacia horarios unos de trenes para dejarle el camino despejado a su hijo y permitirle cruzar el pasadizo oculto a los ojos de los demás.

 

Simon contempló por última vez la silueta de su madre, quien se giró a la distancia para dedicarle un último saludo con la mano antes de desaparecer por la salida de la estación. Tragó saliva, presionó el asa de su equipaje, cerró los ojos y arremetió con fuerza hacia la pared de ladrillos.

 

Al abrir los ojos, el impacto visual lo dejó sin aliento. El panorama había cambiado por completo. El silbato de una imponente locomotora de vapor de color escarlata y los gritos de los encargados del tren resonaban con fuerza en el andén cubierto de una neblina blanquecina. Cientos de niños vestidos con túnicas negras corrían de un lado a otro, acumulando sus baúles en un rincón donde los operarios los organizaban, mientras reían y subían a los vagones con rapidez bajo las miradas críticas de algunos padres de aspecto severo.

 

Simon se movió entre la multitud sintiéndose como un intruso, observando su entorno con absoluto asombro. Notó la gran cantidad de lechuzas, búhos y gatos que maullaban y ululaban en sus jaulas, animales que se suponían le serían entregados al llegar a Hogwarts junto con el resto de los materiales necesarios para el curso. Al no tener padres magos ni ningún pariente con capacidades mágicas, la escuela le había asegurado en una nota adjunta que ellos se encargarían de costear y proveer todo su equipo básico a través de un fondo de ayuda. Simón lo agradecía infinitamente; la lista de útiles de la segunda carta contenía objetos que jamás habría sabido dónde buscar. ¿Dónde se suponía que se compraba una escoba voladora o un caldero de peltre? En su vecindario, desde luego, no.

 

Luego de entregar su equipaje, Simon subió a uno de los vagones traseros y encontró un compartimento donde viajaban unos pocos estudiantes mayores. Se sentó junto a la ventana, esperando pasar desapercibido, y se refugió de nuevo en su libro de lectura. Sin embargo, el grupo de chicos no paraba de hablar sobre el equipo de Quidditch de sus casas y de reír a carcajadas, rompiendo repetidamente su concentración y obligándolo a reiniciar la lectura de la misma página una y otra vez. El viaje se prolongó durante varias horas mientras el paisaje inglés de campos verdes se transformaba en montañas oscuras y bosques densos. Al llegar a la estación de Hogsmeade, bajo la noche cerrada, Simon cayó en la cuenta de que el estrés no le había permitido avanzar más allá del tercer capítulo.

 

Al bajar al andén exterior, el frío de la noche le caló los huesos. Un hombre gigantesco de barba enmarañada y una enorme linterna esperaba a los alumnos de primer año, gritando con una voz de trueno que asustó a más de uno. Los guió en la penumbra hacia una flota de pequeños botes de madera que guardaban a la orilla de un inmenso y cristalino lago negro. Desde allí, al deslizarse los botes por el agua, el grupo divisó el imponente perfil del castillo de Hogwarts, cuyas ventanas brillaban como estrellas atrapadas en la roca medieval. Todos los niños de su bote contemplaron con asombro el nuevo lugar donde vivirían. Exclamaciones de pura admiración surgieron de la flotilla, y Simon no pudo más que darles la razón en silencio, incapaz de apartar los ojos de las colosales torres iluminadas.

 

Pero el gigante no les dio tregua. Entre ligeras reprimendas para que apresuraran el paso y no se quedaran rezagados, los guió a través de los patios hacia el interior del vestíbulo de piedra hasta detenerlos frente a unas gigantescas puertas de roble. Les indicaron que esperaran allí mientras preparaban el Gran Comedor. Simon, incapaz de quedarse quieto debido a la adrenalina, se atrevió a explorar visualmente el lugar. No se alejó más que unos palmos del grupo, totalmente hipnotizado por los retratos al óleo colgados en las paredes, cuyas figuras se movían, se señalaban entre sí y murmuraban sobre los nuevos estudiantes.

 

Debido a su absoluta distracción, Simon dio un paso en falso hacia atrás y chocó de lleno contra otro alumno que venía caminando apresuradamente.

 

Ambos perdieron el equilibrio y se tambalearon un par de pasos. En un intento desesperado por no caer de espaldas contra el suelo de piedra, Simon estiró las manos y se sujetó de lo primero que encontró: la túnica del otro niño. El sonido nítido y violento de la tela al rasgarse resonó con fuerza en el pasillo, rebotando contra los altos muros. Simon observó con horror cómo una gran rotura aparecía en el hombro de la túnica ajena, dejando ver la costura destrozada.

 

El otro chico, poseedor de un cabello tan intensamente dorado y brillante como el sol, contempló el destrozo de su ropa en un silencio sepulcral durante unos instantes, como si no pudiera dar crédito a lo que acababa de pasar. Luego, levantó la cabeza de golpe y clavó sus ojos directamente en los de Simon. Eran unos ojos azules, tan profundos como el océano, pero en ese momento se encontraron encendidos de pura furia.

 

—Fíjate por dónde vas, idiota —escupió con rabia, frunciendo el ceño y clavándole una mirada cargada de absoluto desprecio.

 

Simon le sostuvo la mirada, sintiendo que las mejillas le ardían de vergüenza, pero también de indignación. Estaba completamente dispuesto a disculparse, pero el tono venenoso del desconocido le encendió las alarmas; su timidez no significaba que fuera a aceptar de buena gana los insultos de un arrogante. Había sido un tropiezo accidental, provocado por los nervios de ambos, y no creía merecer ese trato hostil.

 

Sin embargo, las palabras de disculpa no llegaron a formarse en su boca porque una profesora de aspecto severo, vestida con túnicas verde esmeralda y un sombrero puntiagudo, se aproximó a ellos a grandes zancadas.

 

— ¿Ocurre algún problema aquí, muchachos? —preguntó, reparando de inmediato en la túnica rota del chico rubio. Sin darles tiempo a balbucear una explicación, extrajo una varita de madera clara de entre sus ropajes, apuntó al tejido y pronunció con un movimiento fluido de muñeca: —¡Reparo!

 

Las fibras de la tela se entrelazaron solas en un parpadeo mágico, volviendo a unirse de forma perfecta e impecable. La profesora avanzó satisfecha ante su propio trabajo y, con un par de suaves empujones en los hombros, los envió de regreso con el resto del grupo frente a las enormes puertas. Tras una breve reprimenda general por alejarse, Simon se encogió sobre sí mismo al notar que la mirada del rubio seguía fija en él, perforándole la nuca con un enojo redoblado. Aquel chico parecía de los que no olvidaban un agravio fácilmente.

 

Toda la tensión se evaporó de golpe cuando las inmensas puertas de roble se abrieron de par en par, dejando a la vista el Gran Comedor. El espacio era majestuoso y descomunal, dominado por cuatro larguísimas mesas ocupadas por cientos de estudiantes de todas las edades que parloteaban animadamente. En lugar de un techo sólido, un firmamento mágico reflejaba exactamente el cielo nocturno del exterior, plagado de estrellas y nubes pasajeras, mientras millas de velas flotaban en el aire suspendidas sobre las cabezas de los comensales, balanceándose con una lentitud hipnótica y bañando el lugar con una luz dorada. Al fondo del todo, en una mesa presidencial elevada, el cuerpo docente observaba la entrada de los novatos.

 

Los hicieron formar una fila frente a una pequeña tarima donde descansaba una modesta banqueta de tres patas que sostenía un sombrero viejo, desgastado y lleno de parches. Uno por uno, la profesora fue llamando a los nuevos ingresantes por orden alfabético. Al colocarse el Sombrero Seleccionador, este cobraba vida, abría una comisura a modo de boca y anunciaba en voz alta la casa correspondiente: ¡HUFFLEPUFF!, ¡RAVENCLAW! El comedor se instalaba en vítores cada vez.

 

Cuando finalmente pronunció su nombre, Simon sintió que las piernas le pesaban como el plomo. Subió los escalones de la tarima con lentitud, sintiendo las miradas de todo el colegio sobre él. Los nervios picaban con violencia bajo su piel, tentándolo a rascarse los dedos alrededor de las uñas hasta hacerse sangrar, pero se obligó a mantener las manos firmes a los costados mientras la profesora dejaba caer el artefacto sobre sus ojos, sumergiéndolo en la oscuridad del ala del sombrero.

 

«Vaya, vaya...», susurró una voz pequeña y astuta directamente dentro de su cabeza, haciendo saltar en el asiento. «Una mente compleja, llena de empatía, pero con un núcleo de puro acero. Hay mucha culpa aquí, muchacho, y un miedo profundo... pero también una valentía silenciosa que guarda el momento de despertar. ¿Dónde deberías ir?»

 

Simon no llegó a procesar todos los deliberamientos del Sombrero Seleccionador porque, al mover ligeramente la cabeza hacia abajo para espiar a través del borde de la tela, sus ojos volvieron a chocar inevitablemente con aquellos intensos ojos azules en la fila de espera.

 

El rubio no había relajado el ceño fruncido; una mueca de profundo desdén dominaba sus facciones mientras lo observaba fijamente, como esperando que el sombrero lo rechazara. Aquella mirada de superioridad subió algo en el pecho de Simon: un deseo ferviente de demostrar que él también tenía derecho a estar allí.

 

«¿Quieres demostrar tu valor, eh?», continuó la voz del sombrero, captando su chispa interna. «Sí... hay un fuego silencioso en ti. No hay duda de dónde perteneces. ¡GRYFFINDOR!»

 

El sombrero exclamó la última palabra con una voz estentórea que resonó en todo el Gran Comedor. Un estallido de fuertes aplausos y vítores resonó en la mesa de los leones, decorada con estandartes rojos y dorados. Simon se quitó el sombrero con manos temblorosas y bajó de la tarima. Al caminar hacia su nueva casa, se vio obligado a pasar justo al lado del chico rubio, notando con una pequeña pizca de satisfacción interna cómo la mueca de disgusto de este se intensificaba al verlo entrar a la casa de los valientes. Al incorporarse a la mesa, sus nuevos compañeros lo recibieron con amplias sonrisas y suaves palmadas de bienvenida en la espalda.

 

Los nombramientos continuaron de forma sucesiva hasta que la lista llegó a su fin, quedando un solo estudiante en la fila.

 

—¡Merridew, Jack! —llamó la profesora en voz alta.

 

El chico rubio dio un paso al frente con una postura impecable, la espalda recta y la barbilla en alto, caminando como si el castillo entero le perteneciera. «Así que Jack Merridew, ¿eh?», pensó Simon, acomodándose en su banco para observarlo. Al colocarse el Sombrero Seleccionador, la reacción no fue inmediata. Jack pareció enzarzarse en una tensa, larga y silenciosa discusión con el objeto mágico; sus cejas se juntaron y sus labios se apretaron en una línea dura, como si estuviera dando órdenes al sombrero en lugar de escuchar. Tras unos segundos de evidente disputa mental y de orgullo contenido, el Sombrero se abrió de par en par su hendidura y exclamó para todo el comedor:

 

—¡SLYTHERIN!

 

El rubio se levantó de la banqueta de un salto ágil, y con una sonrisa cargada de absoluta superioridad y triunfo, caminó hacia la mesa de manteles verdes y plateados. Sus nuevos compañeros de casa se estallaron en aplausos ensordecedores y golpes en la mesa; por alguna razón, el recibimiento de la casa de las serpientes se sintió notablemente más competitivo y efusivo que los demás. Jack tomó asiento en el centro, adoptando de inmediato una postura de líder entre los de su año.

 

El director se puso en pie en el estrado para ofrecer un discurso formal de bienvenida y, tras pronunciar unas breves pero enigmáticas palabras, un banquete descomunal apareció de la nada sobre las bandejas de oro de las cuatro mesas: muslos de pollo asado, papas al horno, salsas humeantes y pasteles de carne. Simon, cuyo estómago había estado cerrado por la ansiedad todo el día, descubrió que de pronto tenía un hambre voraz. Disfrutó de la cena, entablando tímidas pero agradables conversaciones con los otros integrantes del primer año de Gryffindor, dándose cuenta de que muchos de ellos compartían sus mismos temores.

 

Una vez concluido el banquete y desaparecidos los postres, los platos quedaron limpios como espejos. El prefecto de su casa se puso de pie, ordenándoles que formaran una fila para guiarlos a través de las escaleras movidas hacia la torre donde se ubicaban los dormitorios comunes. Al salir por las grandes puertas dobles del Gran Comedor, el contingente de primer año de Slytherin evacuó el lugar en paralelo, creando un embotellamiento de estudiantes en el vestíbulo. Simon no le dio mayor importancia a la cercanía de las dos filas, concentrado en no perder de vista la espalda de su prefecto, hasta que un brusco y violento empujón en el hombro derecho lo hizo tambalearse de lado, chocando contra la pared de piedra.

 

Se giró de inmediato, con el corazón acelerado por la sorpresa, encontrándose cara a cara con Jack Merridew.

 

El rubio se detuvo un instante, pero no pronunció una sola palabra. Se limitó a barrerlo con la mirada de arriba abajo, plasmando una fría expresión de absoluto desprecio y advertencia silenciosa antes de reanudar la marcha a paso firme. Iba flanqueado por otros dos muchachos corpulentos de primer año que le seguían los pasos como si fueran sus guardaespaldas personales. Simon lo vio alejarse entre la multitud del pasillo, llevándose una mano al hombro dolorido para masajear la zona del impacto con delicadeza.

 

«Perfecto», pensó con una dosis de amargura. Primer día en el colegio, apenas llevaba unas horas en el mundo mágico, y ya se había ganado el odio jurado de alguien que parecía no tener límites. Suspiré en silencio, acomodándose la túnica de Gryffindor y rogando internamente para que aquel prepotente chico de Slytherin no se convirtiera en un dolor de cabeza constante durante el año escolar.

 

Sin embargo, al evocar el brillo gelido y la promesa de violencia que habitaban en esos ojos azules, Simon supo, muy en el fondo de su ser, que sus plegarias no servirían de absolutamente nada.

 

Su historia en Hogwarts acababa de empezar, y estaba irremediablemente ligada a la del rubio.