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Mista solo tenía dos cosas en mente: quitarse las botas húmedas por el agua del mar y comer algo delicioso. La misión había sido un dolor de cabeza de principio a fin desde que supieron que se enfrentaban a un usuario de Stand, y caminar de regreso a la casa que compartía con Giorno se sentía como una maratón interminable. Ya estaba muy molesto por haber perdido sus teléfonos y el auto. Lo último que necesitaba en este mundo era encontrarse con la chica de sus pesadillas, pero era justo lo que estaba consiguiendo.
En un instante, cualquier sensación de paz se evaporó. La chica no había tardado ni tres segundos en notar su presencia y, antes de que Mista pudiera darse la vuelta para salir corriendo, ella ya caminaba hacia ellos con determinado paso firme.
—No puede ser... —murmuró Mista, deteniéndose en seco y soltando un chasquido lleno de fastidio.
Giorno, que caminaba un paso por detrás ajustándose el cuello de su chaqueta negra, alzó la vista con curiosidad tras notar el cambio repentino en el ritmo de Mista. Ladeó la cabeza, siguiendo la dirección de su mirada y notó a la chica con la paciencia claramente agotada.
—¿Ocurre algo, Mista? ¿La conoces? —preguntó Giorno con su habitual tono tranquilo.
—Ocurre que se aproxima el peor error de mi vida. Eso ocurre —refunfuñó Mista, dejando escapar un grosero suspiro resignado— No respires, tal vez si nos quedamos quietos piensa que somos una ilusión.
Pero ya era tarde. Con pasos agigantados y taconazos fuertes contra el pavimento, la chica terminó a un metro de distancia frente a él. Su expresión dejó ver su feroz molestia.
—¡Guido! —exclamó ella, cruzándose de brazos a escasos centímetros de Mista— Por fin te dignas a aparecer. Llevo días buscándote. Necesitamos hablar de lo nuestro. Esto no se puede quedar así.
«¿Lo nuestro? ¡Pero si solo salimos por unos tragos dos o tres veces y me di cuenta de que no te importa otra cosa más que el sexo!», pensó Mista, sintiendo cómo se le empezaba a formar una vena en la sien. Por la pura tensión de la reciente misión, sus niveles de paciencia estaban literalmente en cero.
—Mira, ya te lo dije por mensaje, por llamada y la última vez que te vi —respondió Mista, levantando las manos en tono conciliador pero con la voz cargada de cansancio— No hay nada de qué hablar. Lo intentamos, no funcionó, fin de la historia. Tengo prisa, estoy agotado y me duele todo el cuerpo.
—¡No me vengas con excusas baratas! —insistió ella, dando un paso más hacia su espacio personal— Dijiste que estabas buscando lo mejor, ¡pero me evitas! Si hay un problema, lo resolvemos como adultos. A menos que haya alguien más, no entiendo por qué cortar lo nuestro de la nada.
Mista apretó los dientes. «¡¿Cortar de la nada?! Pasé días explicándote mis razones. Tú no quisiste entender que no eres lo "mejor" que estoy buscando», pensó con frustración. La palabra persistencia se quedaba corta, esto era acoso en toda regla. Podía enfrentarse a usuarios de Stand armados hasta los dientes, pero las discusiones sentimentales a mitad de la noche sobrepasaban su capacidad mental.
Necesitaba que se fuera. Necesitaba una salida, la que fuera. Ya. En un impulso de desesperación, los ojos de Mista giraron instintivamente hacia la derecha, donde Giorno permanecía quieto y en silencio, observando la escena con esa mirada tranquila que jamás perdía la compostura. Entonces un pensamiento carente de análisis atravesó el cerebro de Mista.
—¡Pues sí hay alguien más! —soltó Mista de golpe, elevando la voz.
La chica parpadeó, sorprendida por el exabrupto.
—¿Qué? ¿De qué hablas?
—¡De que no puedo estar contigo porque ya tengo pareja! —declaró Mista. Y, sin pensarlo medio segundo más, estiró el brazo y rodeó a Giorno por los hombros, arrastrándolo hacia él— ¡Es él! ¡Él es mi novio! Así que por favor, ¡déjame en paz de una vez!
El silencio cayó sobre la calle. Giorno no se movió o pestañeó. ¡Ni siquiera respiró! Se quedó congelado en su sitio, procesando las palabras de Mista. La única señal de vida en él fue cómo sus ojos turquesa se desviaron lentamente para mirar la mano de Mista aferrada a su hombro, y luego volvían a la chica.
La joven alternó la mirada entre Mista y Giorno. Vio a Giorno: joven, ridículamente bien parecido, con su peinado extravagante y esa aura de chico angelical. Luego miró a Mista, que la observaba con una sonrisa forzada y sudor perlando su frente. El rostro de la chica pasó de la confusión a la furia en cuestión de segundos.
—¿Me... me estás cambiando por un chiquillo de la universidad? —chilló, temblando de indignación.
Giorno abrió la boca, indignado por igual. Él no era cualquier chiquillo. Era el mismísimo jefe de la organización criminal más grande de Italia. Además, ¿qué tenía de malo ser universitario? Hacía meses que se graduó y admitía extrañar un poco sus horas de estrés por los exámenes. En fin.
—Escucha, Laura —murmuró Mista con fastidio— No te atrevas a decir nada malo sobre Gio...
Pero no llegó a terminar. La chica levantó la mano y, con toda la fuerza acumulada de su orgullo destrozado, le asestó una bofetada sonora y limpia a Mista en plena mejilla derecha. El eco del impacto resonó en la calle y a Mista se le giró la cara por completo.
—¡Eres un imbécil, Guido Mista! ¡Ojalá te pudras! —gritó ella con la voz quebrada por la rabia.
Dio media vuelta sobre sus tacones y caminó a paso rápido calle abajo, desapareciendo al dar vuelta en una esquina sin mirar atrás.
Por unos segundos, el único sonido en la calle fue el viento nocturno contra las copas de los árboles y la respiración pesada de Mista, que permaneció quieto, con la cabeza aún inclinada hacia un lado y una mano sobándose la mejilla, que comenzaba a arder.
Giorno se apartó cuidadosamente de Mista, y acomodó despacio su chaqueta que se había arrugado ligeramente cuando Mista lo abrazó. Con disimulo, lanzó una mirada al enrojecido rostro de su compañero.
—Bueno —habló finalmente Giorno, rompiendo el silencio con su tono imperturbable de siempre— Parece que ya no te molestará nunca más.
Mista soltó un quejido, sobándose el pómulo dolorido mientras enderezaba la espalda.
—Maldita sea... tiene una mano pesada —refunfuñó Mista, parpadeando por el escozor— Pero tienes razón. Valió la pena. Creo que ya no va a volver.
Giorno lo miró fijamente durante un par de segundos más, con una pequeña pizca de diversión oculta en el fondo de sus ojos. Sin embargo, prefirió callar para seguir con su camino. Avanzaron un par de pasos adentrándose en una pequeña plaza poco concurrida, con el silencio volviendo a instalarse entre ellos. Solo se escuchaba el choque de sus zapatos contra el suelo y el suspiro derrotado de Mista, que seguía presionándose la mejilla con la palma de la mano.
—¿En serio no dirás nada al respecto, Giorno? —empezó Mista, deteniéndose un momento. Lo miró quedarse quieto— Mira, Giorno... —vaciló Mista, rascándose la nuca con evidente vergüenza— De verdad lo siento. Lamento haberte arrastrado a semejante estupidez. Estás en todo tu derecho de no hablarme por estar molesto conmigo. Es solo que... no sabía qué otra mierda inventarle para que se fuera. Esa mujer no entendía de razones, te lo juro. Si no salía con algo drástico, me iba a seguir hasta la puerta del infierno.
Giorno se giró despacio para finalmente mirarlo. Su rostro mantuvo esa calma imperturbable característica de él, aunque la ligera curvatura en sus labios delataba que la escena le había resultado, como mínimo, curiosa. Abrió la boca para responder, dispuesto a restarle importancia al asunto, pero las palabras se le quedaron atoradas en la garganta.
—Buenas noches, caballero —interrumpió una voz rasposa y amable desde un lado.
Ambos voltearon la mirada, encontrándose a un hombre mayor, algo encorvado y cargando en los brazos un cesto con algunas flores aún frescas. Sacó una rosa roja de tallo largo y la ofreció con una sonrisa cortés y rebosante de encanto.
—¿Le gustaría comprar una bonita rosa para su linda dama? Me parece que dar un regalo antes de regresar a casa, es un excelente detalle para terminar una cita.
Tanto Mista como Giorno se congelaron en sus lugares bajo la tenue luz del farol. Mista se quedó con la mano todavía pegada a la cara, con los ojos abiertos de par en par y los labios entreabiertos en un gesto de pura estupefacción. Giorno, por su parte, pestañeó lentamente varias veces. Su expresión de sobria elegancia se agrietó durante un segundo por la confusión, antes de volver a su neutralidad habitual.
No era la primera vez que pasaba. La fisonomía fina, sumada a su largo cabello peinado de forma impecable y una elegancia andrógina que rozaba lo irreal, provocaba esa clase de malentendidos con cierta frecuencia entre los desconocidos distraídos. Y casi siempre, por pura practicidad o simple desinterés, Giorno prefería no gastar saliva corrigiendo a la gente.
Para él, lo que opinara un extraño en la calle no afectaba en lo absoluto sus planes ni su autoridad en Passione. Sin embargo, estar al lado de Mista —quien acababa de proclamar a los cuatro vientos que eran pareja hace menos de dos minutos— le daba a la situación un tinte casi cómico.
Mista miró al vendedor, luego miró a Giorno, y finalmente volvió a mirar al vendedor. Sabiendo perfectamente lo común que era esta confusión y queriendo evitar otro desastre comunicativo en menos de cinco minutos, Mista reaccionó por puro instinto. Otra vez.
—No, gracias —respondió Mista de golpe, aclarándose la garganta y tratando de sonar lo más natural posible— A ella no le gustan las rosas.
El vendedor parpadeó, un poco desconcertado por la respuesta tan tajante, pero no insistió.
—Ah, entiendo. Que tengan una buena noche entonces, jóvenes. Disfruten de su romance —dijo el hombre antes de darse la vuelta y retomar su camino.
En cuanto el hombre estuvo lo suficientemente lejos, Mista dejó caer los hombros y soltó un bufido largo, pasándose la mano por la cara. A su lado, Giorno permaneció en absoluto silencio, pero por dentro, una punzada de molestia comenzó a instalarse en su pecho. Las palabras de Mista lo habían tomado por sorpresa. Giorno había esperado cualquier cosa de él: un rechazo cortés al vendedor o incluso —conociendo lo descarado que podía ser Mista— que terminara comprando una rosa para él mismo solo por amor propio.
Pero que Mista inventara precisamente esa coartada... Si había algo que Giorno amaba desde que era un niño, algo que fascinaba su alma y que incluso alimentaba la esencia misma de su Stand, eran las flores. El florecimiento, los colores, los aromas. La idea de que Mista afirmara con tanta soltura que no le gustaban le parecía casi una ofensa personal. Por supuesto que estaba molesto. ¿Cómo no iba a estarlo?
Sin embargo, no dijo nada. Se limitó a seguir caminando a paso firme por la acera, manteniendo la vista al frente. Mista, a su lado, ni sospechaba la tormenta silenciosa que se estaba gestando en la mente del rubio; simplemente rezaba para llegar de una vez a su cama.
Desafortunadamente para ambos, las interrupciones no habían terminado. Apenas llegaron a la orilla de la calle para cruzar, cuando un segundo vendedor ambulante se acercó a ellos. El hombre sostenía un ramo todavía más ostentoso de rosas rojas y blancas. Rápidamente esbozó una sonrisa entusiasta al verlos.
—¡Buenas noches, jóvenes! ¿Un hermoso detalle para su novia tan hermo-?
El vendedor ni siquiera tuvo la oportunidad de terminar la frase. Giorno levantó una mano hacia el hombre y, con audacia, lo cortó antes de que pudiera pronunciar una palabra más.
—No, gracias. Él no puede pagarlo —Giorno sonrió malicioso, mirando de reojo a Mista.
Los ojos del vendedor se abrieron por el descaro de la respuesta. Dio un paso atrás y tragó saliva con dificultad. Mista, por su parte, puso exactamente la misma expresión conmocionada: la boca abierta, las cejas levantadas hasta el tope y los ojos fijos en Giorno como si le hubiera salido un tercer ojo.
El vendedor de flores, presintiendo al instante que estaba por presenciar a una pareja problemática, no lo pensó dos veces. Levantó las manos en señal de paz, pidió una disculpa con la voz demasiado baja y apretó el paso en dirección contraria, alejándose de ellos tan rápido como sus piernas se lo permitieran.
Olvidándose por completo del vendedor, de que estaban en medio de la calle y sin importarle un comino si alguien más los escuchaba, Mista soltó una exclamación cargada de incredulidad.
—¡Oye, Giorno! ¿¡Qué demonios fue eso!?
No había rabia en la voz de Mista, sino una confusión tan monumental que bordeaba lo absurdo. Estaba completamente perplejo por el ataque gratuito a su bolsillo.
Giorno giró sobre sí mismo para mirar a Mista por encima del hombro.
—Soy tu novio y no tuviste la consideración de regalarme ni una sola rosa —declaró con dramatismo, acomodándose los rizos sueltos de su cabello— ¿Qué esperabas? ¿Un cumplido?
Mista se quedó paralizado en el sitio, parpadeando repetidas veces por la declaración.
—¿Pero sabes qué? —continuó Giorno, alzando ligeramente la voz para que resonara con claridad en la calle vacía— Estamos rompiendo. No me gusta tener un novio mediocre que prefiere mentir en lugar de gastar una sola lira en su pareja.
Sin esperar una respuesta y sin perder ni un milímetro de su compostura real, Giorno dio media vuelta y aceleró el paso, dejando sus pisadas firmes resonando en el ambiente.
Mista se quedó solo a mitad de la acera, con la boca abierta, mirando la espalda del rubio que se alejaba a toda prisa. Su cerebro estaba tratando de procesar lo que acababa de presenciar. La imagen de Giorno Giovanna —el mismo tipo frío y calculador que podía doblegar a capos de la mafia sin tentarse el corazón— haciendo un berrinche digno de una telenovela por una rosa de unas pocas liras era, sin duda, lo más absurdo y divertido que le había pasado en todo el tiempo que llevaba conociéndolo.
A pesar del cansancio, una sonrisa amplia se le dibujó a Mista en el rostro. Le encantaba. Le fascinaba ver esa rara expresión de genuina indignación en la cara de Giorno, esa chispa dramática que rompería la fachada de líder perfecto que siempre llevaba puesta. Mista se echó a correr tras él, acortando la distancia antes de que Giorno se le perdiera de vista.
—¡Oye, espera, Giorno! —exclamó Mista, poniéndose a su lado para cortarle sutilmente el paso— Escúchame un segundo, por favor. Si hubiera traído mi billetera, te juro que le habría comprado todas las rosas de la cesta a ese sujeto, incluso al otro también porque sé perfectamente cuánto te gustan las flores.
Giorno no se detuvo del todo, pero redujo el ritmo, manteniendo la cabeza erguida y la vista fija hacia el frente.
—Mira, creo que la perdí en medio del enfrentamiento de hoy —continuó Mista— Habría sido vergonzoso decirle que sí al vendedor, hacerme el galán y luego tener que pedirte dinero prestado cuando se supone que las estaba comprando para regalártelas. ¡Imagínate el bochorno!
Giorno finalmente se detuvo. Se giró despacio y mantuvo una mirada penetrante sobre Mista, cruzándose de brazos con una postura recta. Sus ojos turquesa ni siquiera reflejaban enojo, sino travesura.
Mista juntó las manos en un gesto suplicante, esbozando su sonrisa más carismática mientras cerraba la distancia entre los dos.
—Vamos, ¿quieres volver a ser mi novio? —pidió Mista con tono juguetón— Sé que no quieres que rompamos. Prometo que nunca volveré a decir ese tipo de tonterías, lo juro por mi vida. Sabes bien que soy un romántico empedernido dispuesto a cumplir todos tus deseos y...
Giorno resopló, interrumpiendo el discurso de Mista. Una pequeña sonrisa burlona, casi imperceptible, terminó por adornar su rostro, y antes de que Mista pudiera soltar otra de sus disparatadas promesas, Giorno dio un paso al frente, acortó aún más la distancia que los separaba y lo calló de la forma más inesperada posible: con un beso.
Fue una presión firme de los labios humectados con bálsamo de olor a chocolate contra los suyos maltratados por la resequedad. La mano de Giorno acogió su mejilla en una tierna caricia, y bajo la tenue luz anaranjada de los faroles, Mista lo sintió más cálido de lo normal. El beso apenas duró un par de segundos, pero fue lo suficientemente dulce e impactante como para congelar a Mista por completo y silenciarlo. Giorno se separó despacio, luciendo tranquilo, aunque por dentro el corazón le martilleaba duramente el pecho.
—Está bien —dijo Giorno, quitando la mano de la mejilla de Mista para alisar distraídamente las pocas arrugas que tenía su suéter— Supongo que podemos ser novios falsos otra vez. Pero promete que cuando lleguemos a casa, me harás un sándwich de focaccia con pollo.
Mista se quedó completamente rígido, parpadeando despacio y con las palabras de Giorno haciendo un eco lejano en su cabeza. El beso le dejó la mente con las ideas completamente desordenadas.
Giorno continuó su camino con parsimonia y Mista no tardó en seguirlo a un ritmo mucho más lento, como si llevara el piloto automático encendido. No podía evitar pensar en lo sucio que había jugado Giorno y en lo estúpido que él mismo había sido al dejarse llevar de esa forma. ¿Qué diablos había pensado para creerse su propia mentira? ¿Giorno y él en una relación de novios? ¡Ja! A la próxima comenzaría a tener más cuidado con recibir disparos a la cabeza, porque si no a ese ritmo terminaría con severos problemas mentales.
Aunque… a medida que el impacto inicial por el beso comenzaba a asentarse en su cabeza, un pensamiento más claro empezó a tomar fuerza. Claro, Giorno seguía jugando dentro de la lógica de la cita falsa, usando el drama y ese berrinche repentino para salirse con la suya y asegurar su cena. Pero Mista, sintiendo aún el calor en sus labios, estaba completamente seguro de algo: quería hacer de esa falsedad una realidad.
Con el pasar de los años Giorno adquirió una belleza innegable. Sería un tonto si lo negara solo por ser un hombre. ¿Eso quería decir que abiertamente admitía tener un enamoramiento por él? Bueno, si considera que sus últimas parejas se caracterizaban por compartir similitudes con Giorno, entonces probablemente sí estaba enamorado de él, más no se había dado cuenta hasta ahora.
Ahora que podía asegurar su obvia atracción, estaba seguro de querer algo más que una amistad con Giorno. Y quizá se estaba adelantando demasiado con los escenarios románticos junto a él, pero ¡vamos! Si Giorno no sintiera la más mínima atracción por él, ¡no se hubiera atrevido a besarlo! No era del tipo de persona que seduce para obtener algo. Así que, mientras analizaba mentalmente todas las actitudes que Giorno tuvo con él desde que se conocieron, Mista se apresuró en alcanzarlo y, antes de que el rubio lo viera venir, Mista deslizó su palma grande y tibia contra la de Giorno, entrelazando sus dedos cálidos con los dedos notablemente más fríos y delgados del rubio.
Giorno no se apartó, ni hubo tensión en su agarre o un solo intento por soltarse. Todo lo contrario, Giorno dio un pequeño apretón y con el dedo pulgar dejó una pequeña caricia en el dorso de Mista.
Mirándolo de reojo con el corazón latiéndole más rápido de lo normal, pudo ver cómo una leve y sincera sonrisa florecía en los labios de Giorno, rompiendo la compostura seria que solía mostrar. Esa simple reacción fue suficiente para que a Mista se le borrara de golpe todo el cansancio de la misión y la molestia por el fastidioso encuentro con su ex.
Con un tono despreocupado y el ánimo por las nubes, Mista comenzó a silbar una melodía alegre que resonó por toda la calle y que Giorno no había reconocido hasta que la escuchó salir del altavoz del tocadiscos cuando estuvieron finalmente en casa. Obviamente debía ser una canción de Carpenters.
El silencio cómodo de la noche fue envuelto por la letra de Happy cantada por el propio Mista. Entonces, cuando solo hubo una melodía en el aire, Giorno acompañó el silbido de Mista, siguiendo el ritmo suave de la canción mientras preparaban la cena juntos. Entre risitas y miradas cómplices, ambos terminaron sentados uno al lado del otro frente a la mesa con la cena servida. Mista, cruzándose de brazos con autosuficiencia dijo:
—Ahí tienes tu cena deseada. Ahora dime... ¿cuántos sándwiches va a costarme que este noviazgo sea de verdad?
Una chispa de sorpresa cruzó por la mirada de Giorno, pero se recompuso rápidamente, mostrando una sonrisa ladina. Sin prisa, dio el primer bocado a su sándwich antes de mirarlo a los ojos y declarar:
—Solo costará un sentimiento sincero... Pero igual vas a tener que hacerme sándwiches todas las noches, Mista.
Mista soltó una carcajada suave, negando con la cabeza mientras se acercaba para despeinarle el flequillo con cariño.
—Tienes suerte de que me encante cocinar y de que mis intenciones sean muy sinceras. Así que trato hecho —Mista se inclinó hacia Giorno para plantarle un beso en la mejilla que lo dejó bastante sonrojado.
¡Vaya! Pasar de «Él es mi novio» a «Estamos rompiendo» y finalmente a «¿Quieres volver a ser mi novio?» es algo que Mista nunca imaginó experimentar con Giorno en tan solo una noche. Pero estaba contento con el resultado final.
Sin perder la sonrisa, Mista prestó atención a su propio sándwich y se acomodó más cerca de Giorno, dando paso a una cena tranquila, donde el único sonido de fondo eran las canciones románticas de Mista que seguía tarareando felizmente entre bocado y bocado.
