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El motor del gran camión de mudanzas todavía retumbaba cuando Mista, de apenas seis años, asomó la cabeza por encima de la cerca de madera atraído por el movimiento y el ruido. Un camión de mudanzas significaba solo una cosa en su mente infantil: la posibilidad de tener un nuevo compañero de juegos. Sin pensarlo mucho, salió del patio de su casa y caminó por la banqueta, ajeno al ajetreado movimiento de los hombres llevando muebles al interior de la casa.
Mista entró al jardín como si fuera propiedad suya y observó a su alrededor en busca de algo que indicara la presencia de un niño. Sería una lástima que los nuevos vecinos no vinieran acompañados de niños para más diversión en el barrio. Se adentró un poco más al jardín para ver si entre las cajas de cartón había juguetes. Mista leyó con atención las palabras escritas en cada caja, hasta llegar a una con la etiqueta «juguetes».
¡Genial! Ahora la misión secundaria era encontrar al dueño. Con el ánimo por los cielos, Mista se enderezó listo para dar media vuelta y presentarse educadamente, pero para su suerte, se topó de frente con la presencia silenciosa de quien buscaba. Parecía un niño de su misma edad. Estaba muy quieto y con la mirada curiosa puesta en él.
—¡Hola! Soy Guido —anunció Mista con entusiasmo, balanceándose sobre los talones- Ahora somos vecinos. Vivo al lado. ¿Tú cómo te llamas?
El niño de cabello rubio claro no se sobresaltó, pero inclinó levemente la cabeza. Sus ojos, de un verde turquesa profundo, siguieron fijos en Mista sin emitir palabra.
—Oye, te estoy hablando —insistió Mista, acortando la distancia— ¿Cuál es tu nombre? ¿Te gusta jugar a las atrapadas? También tengo una pelota de fútbol allá en mi casa. O de baloncesto, si prefieres.
En silencio, el niño levantó las manos a la altura del pecho. Sus dedos trazaron un ademán rápido en el aire, acompañado de un movimiento de muñeca que a Mista le pareció extraño.
—¿Qué haces? ¿Es un truco de magia? —Mista ladeó la cabeza, confundido— Habla, no te entiendo si no dices nada.
El rubio hizo un pequeño puchero y se escogió de hombros. De inmediato se señaló la boca con el dedo índice y negó despacio con la cabeza. Repitió el movimiento con calma, asegurándose de hacerse entender. Mista parpadeó; tardó unos segundos en procesar la mímica, pero la comprensión le llegó de golpe.
—Ah... No puedes hablar —murmuró Mista, bajando el volumen de su voz por primera vez en la tarde. Su tono decayó un poco, pero la curiosidad evitó que la energía se apagara— ¿De verdad? ¿Cero palabras?
El niño asintió una sola vez, y sin perder el tiempo se giró hacia una de las cajas que descansaba sobre el pasto y sacó un libro de tapa desgastada. Se sentó en el suelo, lo abrió sobre el césped e hizo un seña para que Mista se acercara.
Mista se dejó caer de rodillas a su lado y posó su mirada en la página que el niño mostraba. Había una ilustración detallada de una flor amarilla. El niño señaló la página con el dedo y luego se apuntó a sí mismo en el pecho.
—¿Te llamas... Flor? —aventuró Mista con duda genuina.
El niño sonrió por primera vez, dejando ver la falta de un diente de leche. Negó con la cabeza mientras soltaba una risita muda, que más bien fue un pequeño temblor de hombros y volvió a señalar la página, esta vez en un punto en concreto: la letra «G».
—G... Gerbera... ¿Así te llamas? —probó Mista al azar, pero recibió otra negativa.
En un nuevo intento, el niño señaló la letra en negrita y pasó la página rápidamente hasta encontrar el apartado de «Iris». Entonces Mista comprendió lo que su nuevo amigo estaba intentando hacer.
—¿Estás formando tu nombre con cada letra que señalas? —preguntó Mista.
Los ojos del niño se iluminaron. Asintió con energía y le dio un pulgar arriba en señal de aprobación.
—Entonces tu nombre empieza con G. Sigue la I...
El sonido de las hojas pasando resonó entre ellos hasta que se detuvo en «Orquídeas».
—¡Gio! —Mista se emocionó y continuó deduciendo antes de recibir respuesta— Espera, déjame adivinar tu nombre. Te llamas... ¡Giorgio! —primera negativa— ¡Ya lo tengo! Te llamas Giovani, ¿cierto? —otra negativa— Uhm, ¿entonces cómo?
De nuevo el niño avanzó entre páginas hasta llegar a «Ranúnculo». Mista le dio luz verde con el pulgar arriba y el rubio cambió a la página del «Narciso», mirándolo fijamente a la espera de que hubiese captado su mensaje.
Mista deletreó las letras en su mente: G-I-O-R-N... Le pareció un nombre raro e incompleto, pero Mista no creía que alguien pudiera llamar así a su hijo. Entonces, con su pequeño dedo índice, el rubio señaló al cielo. Mista miró hacia arriba y observó al sol resplandeciente del día... Giorn...
—¡Giorno! ¿Te llamas Giorno?
Giorno asintió efusivo y Mista celebró con una sonrisa amplia, sentándose a su lado con las piernas cruzadas para ponerse más cómodo.
—Bien Giorno, yo soy Guido Mista. ¿Quieres ser mi amigo?
Giorno asintió nuevamente y una pequeña sonrisa elevó la comisura de sus labios. Mista lo miró con curiosidad, pero sobre todo feliz porque había conseguido un nuevo amigo y no tuvo que elegir entre cuatro opciones para adivinar su nombre.
—Bueno —vaciló Mista— ¿por qué no solo señalaste al cielo desde un principio? Hubiera adivinado tu nombre más rápido.
Giorno sus manos y los labios en esa forma en que parecía comunicarse. Seguro que dijo algo, pero Mista aún no descifraba ese idioma.
—Giorno dice que quería mostrarte su libro favorito sobre flores.
Mista se sobresaltó al escuchar una voz grave y risueña a sus espaldas. Al voltear, se encontró con la presencia de un hombre altísimo desde su punto de vista.
—Hola, nuevo amigo de Giorno, ¿vives cerca de aquí? —Mista asintió despacio y señaló la casa al otro lado de la cerca— ¡Oh, excelente! Eso nos hace vecinos. Por cierto, soy Julius, papá de Giorno. ¿Cuál es tu nombre?
—Guido —respondió en voz baja, todavía un poco impresionado por la presencia del hombre. Se veía bastante amigable, pero su repentina aparición lo sorprendió por estar tan ensimismado con Giorno.
—Guido, un gusto conocerte —dijo Julius— La sala ya está lista y en orden, por si quieren pasar el rato allí mientras ordenamos el resto de la casa.
Giorno asintió rápidamente y le dio un suave toque a Mista en el hombro para llamar su atención. Señaló la casa y Mista asintió sin dudar. Se levantaron de prisa y corrieron al interior tomados de las manos. Se dejaron caer en el sofá más grande, donde Mista aprovechó para ojear el libro hasta encontrar flores parecidas a las que plantaba su abuela.
—Giorno, ¿te gustan mucho las flores? Mi abuela tiene unas así en su jardín, de todos los colores. Un día puedes acompañarme a verlas. También deberíamos ir al parque, seguro allá hay más.
Mientras Mista contaba anécdotas y planeaba sus próximas aventuras juntos, Giorno no dejó de mirarlo con una especie de admiración brillando en sus ojos. En ningún momento Mista fue grosero o imprudente sobre su mutismo, y lo trató como a cualquier otro niño normal. Mista no necesitó que él hablara para entender lo que quería comunicar. Así que, incluso cuando la luz del exterior comenzó a tornarse anaranjada, Giorno siguió pensando que había encontrado a un gran compañero de juegos y un maravilloso amigo.
